San Vicente: Amigo de los pobres: años de búsqueda (1613-1617)

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Author: Martiniano León .
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El señor Vicente abandona Clichy

El pueblo de Clichy guardó siempre un grato recuerdo del mejor de sus párrocos. Pero, cuando más entusiasmado estaba éste en sus proyectos, le llegó una carta de Berulle: Debía cam­biar sus actividades.

El director espiritual le pedía que volviera a París. Argumenta­ba que sería el preceptor de los hijos de una de las familias más in­fluyentes del reino. Los Gondi. Explicaba que había pensado en él porque tenía experiencia en este menester. Para tranquilizarle la conciencia, le advertía que, en las posesiones de los Gondi, encon­traría, también, muchos pobres: Unos siete u ocho mil campesinos.

Si lo manda el «director», es preciso obedecer. ¡Tendré que dejar la parroquia! Y, en unos momentos, hizo un hatillo con el ajuar. Subió al carruaje y emprendió el camino de París.

No sabía el joven sacerdote que los feligreses habían acudido a despedirle. ¡A la salida del pueblo! El carruaje avanzaba. Pasó entre dos filas los hombres en una; las mujeres en otra… Vicente se acordó de Pouy. Le vino a la mente la despedida de «sus» ove­jas. La oveja preferida… También, aquí, había preferencia: Los más pobres. Se los encomendarían a su vicario. Lo mismo que había hecho con su hermano. ¡Que no les falte nada!

De cuando en cuando, mientras el carruaje avanzaba, echaba una mirada. Allí estaban. Las dos filas. Permanecían inmóviles.

Antes de llegar al último recodo, volvió la vista. Las gentes llora­ban. Los bendijo.

¡Clichy! Dejar Clichy, definitivamente, no lo hizo hasta el año 1626. Hasta esa fecha, retuvo la titularidad. Siempre volvía a ha­cer algún bautizo; a asistir a algún moribundo; a ayudar a cual­quier necesitado…

La verdadera emoción de su despedida la relataba el interesado:

«Me alejé tristemente de mi iglesia de Clichy, mis ojos esta­ban arrasados en lágrimas y bendije a aquellos hombres y a aquellas mujeres que venían a despedirme y a quienes yo tanto amor había profesado. Mis pobres estaban allí, y su vista me partía el corazón.»

Se comprende fácilmente el dolor de aquellos vecinos al ver cómo se alejaba el señor Vicente. Así, le llamaban ellos: «El se­ñor Vicente.» Él mismo se lo había exigido. Al ocultar el «De Paúl» de su apellido, creaba un clima de familiaridad y acercamien­to. Durante el resto de su vida, seguirá siendo el «señor Vicente».

El señor Vicente en casa de los Gondi

¡Los Gondi! Con el nombre, habían heredado el gusto y la elegancia del renacimiento. Así que, Vicente de Paúl comenzó a vivir realmente en un palacio de nobles. Quizás, no tan suntuoso como el de la ex reina Margarita.

Las puertas del edificio, madera tallada con herrajes, se abrie­ron de par en par cuando se acercó la carroza en la cual venía Vicente. ¡Curiosa imagen! El nuevo capellán transpuso las puer­tas con el pobre equipaje de un cura de pueblo.

La vida, en palacio, es muy ruidosa. Vicente necesita silencio. Internamente, se siente atormentado por haber abandonado a sus feligreses en Clichy. En su aspecto físico, la enfermedad de la pierna le obliga a contentarse con el retiro. Solicitó un lugar lejos de los salones del palacio. Allá, viviría «como un cartujo» en la «celda de un convento».

Su principal ocupación consistía en iniciar a los jóvenes Gondi en los secretos de la lengua latina y en inculcarles los criterios de la vida cristiana.

Los esposos Gondi apreciaban la valía de aquel discreto hués­ped. Para tenerlo contento, le colmarían de beneficios. Consiguie­ron que se le otorgara la parroquia de Gamaches y que se le nom­brara canónigo de la colegiata de Ecouis.

Ni siquiera, sabemos si accedió a la parroquia de Gamaches. En Ecouis, estuvo presente el día de la toma de posesión; pero lo hizo por medio de un procurador. Sus piernas no le permitían mo­verse. La carencia de ulteriores informaciones nos hacen suponer que se desprendió del cargo.

Director de conciencia

Aquellos Gondi, adolescentes palaciegos, eran menos malea­bles que los jovencitos del internado de Toulouse. Por un tiempo, Vicente llegó a tener la sensación del fracaso. Se sentía tan ocioso como el teólogo-doctor del palacio de la ex reina Margarita.

Sin que lo pensara, le surgió un cargo: Convertirse en el ase­sor espiritual de los señores Gondi. Ellos habían visto en el cape­llán al salvador de la familia.

Felipe Manuel, señor de Gondi, era un apuesto caballero; sa­gaz; se contaba entre los más valientes y arriesgados del reino; manejaba perfectamente toda clase de armas. Se caracterizaba por su corazón entero y por su noble bravura.

Por aquellos días, iba a batirse en un duelo. Acababan de ma­tar a un pariente suyo, y él se creía en la obligación de vengar el honor de la familia. Como buen cristiano, antes de dirigirse al lu­gar de los hechos, quiso oir la Misa.

Al salir de la iglesia, Vicente le encontró:

«Señor, permita que, con toda humildad, le diga, de parte de Dios, al que acabo de mostrarle y al que usted acaba de adorar que, si no se aparta usted de ese malvado propósito, Él descargará su justicia sobre usted y sobre toda su posteridad.»

La observación del capellán produjo su efecto. El señor Gondi renunció a batirse en duelo.

Margarita de Silly, señora de Gondi, marquesa de las Islas de Oro, baronesa de Montmirail, de Dampierre y de Villepreux, era otra cosa. «Parecía una flor andando»: Piadosísima, buena, dulce, comprensiva. Escrupulosa. No se perdonaba ni un error. Las lágri­mas se le amontonaban en los ojos y el corazón se le subía a la garganta. Le gustaba que el señor Vicente estuviera siempre a su lado para poner la paz en su alma alterada por cualquier tormento.

Con la aprobación de su esposo y bajo la dirección de Vicente de Paúl, se consagró a la salvación de los siete u ocho mil campe­sinos que vivían en sus dominios.

Vicente de Paúl no se sentía satisfecho con sus oficios: Pre­ceptor, capellán, director… Recordaba, a la condesa, que hiciera visita personal a los campesinos y que sirviera a los pobres con sus propias manos.

Folleville. Primer sermón de misión

La señora de Gondi organizó un viaje por los campos de Montmirail, Folleville y Villepreux.

Vicente que había llegado desde Clichy para ser preceptor, se escapaba, cuando podía, hasta los caseríos para hablar con los campesinos y ayudar a los moribundos. En esta ocasión, acompa­ñó a la señora.

Desde Gannes, avisaron para asistir a un moribundo. Un hom­bre de bien, un cristiano viejo; muy apreciado.

Margarita acompañó a Vicente; pero, al llegar a la casa del anciano, le dejó a solas con él para que le confesase. Escuchó có­mo las mujeres se deshacían en elogios: Ese irá derechito al cielo. Nunca hizo mal a nadie. Siempre era el primero en la Misa.

Corría el tiempo. El confesor no salía. Una mujer, más atrevida, se expresó: ¡Cuánto tarda en confesarse! ¡Qué tendrá que decir!

Salió, por fin, el señor Vicente. Buscó a Margarita de Silly. La solicitada el moribundo. En su felicidad, le declaró: ¡Si no hubie­ra sido por la confesión general, que acabo de hacer, me habría condenado a causa de mis muchos y graves pecados que, hasta ahora, no me había atrevido a confesar!

Se angustió la dama. «Las lágrimas se le amontonaban en los ojos y el corazón le subía a la garganta.» Alcanzó a hacer una propuesta: Si este buen hombre se encontraba en estado de con­denación, ¿cómo estarán los otros que llevan una vida desordena­da? Señor Vicente, ¿qué podemos hacer?

Él lo pensó por un momento y dijo: Se imponen las confesio­nes generales.

Al domingo siguiente, 25 de enero de 1617, fiesta de la Con­versión de san Pablo, en la blanca iglesia de Folleville, el señor Vi­cente predicó el primer sermón de misión. A gritos, pidió a la gente que hiciera confesión general. Que salvaran sus almas. Predicó con claridad y fuerza. Conmovió. «Dios bendijo mis palabras.»

La buena gente acudió, en masa, a confesarse. Vicente y otros sacerdotes se vieron desbordados por la afluencia de penitentes. Folleville sería el ejemplo para otros campesinos.

«Concluida la tarea en Folleville, fuimos a otras aldeas de aquellos contornos e hicimos como en la primera. En todas ellas hubo concurso extraordinario y la bendición de Dios.»

Folleville fue una revelación. Hay que anunciar el evangelio de los pobres. A la pobre gente del campo. No hizo más nada aquel día. Sólo predicó «el primer sermón de misión». Sin embar­go, toda su vida recordó, a los misioneros, que el 25 de enero era el día del nacimiento de la Compañía. Repetidas veces narrará la historia de aquella primera misión.

Una vez, lo hizo con este agravante:

«…siendo aún muchacha (la señora de Gondi) al confesarse con su párroco, se dio cuenta de que éste no le daba la absolu­ción, murmuraba algo entre dientes, haciendo lo mismo otras veces que se confesó con él; aquello le preocupó un poco de modo que pidió a un religioso que le entregara la fórmula de la absolución… aquella buena señora volviendo a confesarse, le rogó, al mencionado párroco que pronunciase sobre ella las palabras de la absolución que contenía aquel papel…».

En sus visitas por los territorios de los Gondi, el señor Vicen­te ha adquirido dos experiencias básicas: El pobre pueblo se con­dena porque no hay quien le explique el Evangelio. La falta de preparación del clero que ignora hasta las elementales normas de su ministerio.

Chatillon. Otra experiencia

Cinco años llevaba en la casa de los Gondi. Pero, su vocación eran los pobres. Servirlos era el objetivo de su promesa. No, el ser tutor de los díscolos hijos de la familia Gondi. Además, Mar­garita le atosigaba con sus constantes escrúpulos. Le llamaba el pueblo. El sencillo y pobre pueblo del campo.

Por intermedio de los Padres del Oratorio de Lyon, se había en­terado Pedro de Berulle de que la parroquia de Chatillon se encon­traba vacante. ¡Un pastor competente y celoso! Se la ofreció a Vi­cente. Eran los días de la cuaresma de 1617. Vicente de Paúl respi­ró hondo cuando le propusieron abandonar la casa de los Gondi.

El campo libre. Salir de la jaula aunque fuera de oro. Tenía pena con la señora. Se despediría por escrito. Como disculpa, in­ventó el pretexto de un pequeño viaje inaplazable.

Chatillon les Dombes era un verdadero escondrijo. Tierra fronteriza había sufrido, varias veces, el pillaje de soldados de uno y otro bando.

Su situación espiritual era deplorable. La cercanía con Gine­bra la había infectado de calvinismo. En el pueblo, había seis ca­pellanes, cuya vida distaba bastante de ser ejemplar. La casa pa­rroquial amenazaba ruina. Por tanto, estaba inhabitada. Vicente hubo de buscar hospedaje. Lo encontró en casa de un hugonote jo­ven y acaudalado.

Malos ojos espiaban al nuevo cura. Pero, lo que vieron fueron cosas sumamente sencillas:

«El señor Vicente se levantaba a las cinco de la mañana, ha­cía media hora de oración, arreglaba su cuarto, rezaba las oraciones canónicas en la iglesia, confesaba, celebraba la Misa, predicaba y visitaba a los feligreses… Vestía una impe­cable sotana talar.»

Inventando la «Caridad»

Vicente de Paúl volvió la cara. Estaba en la sacristía revistién­dose para celebrar la Misa. Una vecina le interrumpió para hablarle de una familia muy pobre que habitaba a media legua del pueblo.

«Todos, en la casa, están enfermos sin que quede nadie en pie para asistir a los demás. Es difícil describir el cuadro de miseria.»

Desde el púlpito, fuertemente impresionado, el párroco habló a sus feligreses invocando su caridad para con aquella familia. Su compasión fue contagiosa; pero fue «Dios quien tocó el corazón.»

Después de vísperas, acompañado de un anciano, los visitó. Encontró el camino lleno de gentes que iban y venían. Aquello parecía una romería.

«Era la época de los grandes calores y las buenas mujeres se sentaban a orillas de los caminos a descansar y a tomar el fresco a la sombra de los árboles.»

¡Era para estar contento! Sin embargo, Vicente no estaba sa­tisfecho. Pensó:

«He aquí un acto de caridad; pero, esta caridad no está bien organizada. Estos pobres enfermos han recibido hoy provi­siones de sobra. Parte de ellas se les echarán a perder. No tardarán en encontrarse en la misma necesidad.»

Le vino la inspiración de la «primera Caridad». Tres días más tarde, el miércoles, 23 de agosto, ponían en marcha su proyecto. Empezó por aceptar unas pocas damas. Había nacido la primera Asociación de Caridad.

El Reglamente de la «caridad» de Chatillon tiene detalles del corazón y del talento organizador de Vicente de Paúl. Caridad or­ganizada, ternura y previsión.

En el párrafo que copiamos, se manifiestan las normas de ser­vicio. ¡Una madre no haría más por su hijo!:

«La que esté de turno… preparará la comida, la llevará a los enfermos, y, al acercarse a ellos saludará alegre y caritativa­mente; colocará la mesita sobre la cama, pondrá encima una servilleta, un tazón, una cuchara y un pedazo de pan; hará la­varse las manos a los enfermos y dirá la bendición; servirá el potaje en una escudilla acomodándolo todo sobre dicha me­sita; después convidará caritativamente al enfermo a comer por el amor de Jesús y de Su Madre; todo con amor, como si lo hiciera a su propio hijo o, más bien, a Dios que cuenta co­mo hecho a sí mismo el bien que se hace a los pobres.»

Si es necesario, «les cortará la carne y les echará de be­ber en un vaso». Mientras realiza todas estas cosas, «les dirá alguna palabrita de Nuestro Señor tratando de alegrar a los que estén más desconsolados».

«Reálizarán todas sus acciones por pura caridad y no por respeto humano.»

Faltaba dar algunos pasos para cumplir con las formalidades canónicas: El 24 de noviembre, el Vicario General de Lyon aproba­ba el Reglamento. Habían pasado tres meses desde la idea inicial.

El 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, se nom­braban los cargos de la Cofradía. El acto era público. Hubo muchos testigos; pero las señoras eran doce. Todo lleno de simbolismo.

Ahora, debía comprobarse si, en realidad, la «caridad» fun­cionaba.

Vicente no lo experimentaría. El 23 de diciembre, llegaba a París. El día 24, víspera de Navidad entraba, por segunda vez, en casa de los Gondi.

Cuentan que la semilla plantada por Vicente produjo abundan­tes frutos. El hambre azotó a Chatillon y su comarca. Las Damas de la Caridad, aplicando las instrucciones del fundador de la Co­fradía, se entregaron, con abnegación, al servicio de los pobres.

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