SAN VICENTE AGRADAR A DIOS POR DIOS

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Dios enamorado de los pequeños

Cada uno puede crecer en el acercamiento a Dios. «Todo hombre es una historia sagrada». La relación con la persona de Dios es una geome­tría variable porque aquello que buscamos es inasible por naturaleza. Vicente no escapó a esta regla, y conoció un recorrido progresivo hacia la cumbre. Él nos invita a amar a Dios «a la manera de los pequeños» del campo. Ellos confían en Dios.

Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siem­pre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdade­ra religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. No los veréis nunca, en medio de sus enfermedades, aflicciones y necesidades, murmurar, quejarse, dejarse llevar de la impaciencia; nunca, o muy raras veces.

La confesión es tardía, pero dice mucho de su experiencia personal que lo ha marcado y modelado desde su infancia. El envidia la sencillez de la vida de los campesinos de Une-de-France, «nada de finuras, nada de palabras de doble sentido», su gran humildad, su sobriedad, su pureza de vida, su modestia, en una palabra, su pobreza y dependencia. Todo esto con el fin de exhortar a las nuevas hermanas que ha reunido en comunidad a poner toda su confianza en Dios.

¡Bendito sea Dios y cuán bueno es confiar en Él!

Hijas mías, ¿no habéis oído decir alguna vez que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? ¿Y qué creéis que es esta elección que ha hecho Dios de las campesinas? Hasta el presente, las religiosas llamadas al servicio de Dios eran todas ellas hijas de casas ricas. ¿Qué sabéis, digo yo, hijas mías, si, al llamaros Dios para su gloria y para el servicio de los pobres, su bondad no quiere quizás probar vuestra fide­lidad para mostrar esta verdad, que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? La fe es una gran posesión para los pobres, ya que una fe viva obtiene de Dios todo cuanto razonablemente queremos. Hijas mías, si sois verdaderamente pobres, sois también verdaderamen­te ricas, ya que Dios es vuestro todo. Fiaos de él, mis queridas herma­nas. ¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las prome­sas de Dios se han visto engañados? Esto no se ha visto nunca, ni se verá jamás. Hijas mías, Dios es fiel en sus promesas, y es muy bueno confiar en él, y esa confianza es toda la riqueza de las Hijas de la Caridad, y su seguridad. ¡Qué felices seréis, hijas mías, si no os falta nunca esta con­fianza! Porque seréis entonces verdaderas Hijas de la Caridad, y parti­ciparéis del espíritu y de las buenas prácticas de las verdaderas aldea­nas, que tienen que ser vuestro modelo, ya que Dios se ha servido primero y principalmente de ellas, para empezar vuestra Compañía… ¡Qué consuelo siento, mis queridísimas hermanas, cuando me encuentro con alguna de vosotras, que sé que tiene este espíritu y virtudes verda­deramente generosas! Sí, hijas mías, hay entre vosotras algunas dignas de admiración. ¡Bendito sea Dios, hijas mías! Cuando veo y me encuen­tro por los caminos a personas de condición que tienen verdaderamen­te el espíritu de las buenas aldeanas, que llevan un cesto a la espalda, que van cargadas por las calles y caminan con modestia que da devo­ción, hermanas mías, ¡cuánto consuelo me da esto! ¡Bendito sea Dios por las gracias que les concede!

Un Dios, huésped del hombre

El Dios presente en el hombre tiene su preferencia. Él va de lleno hacia Aquel que da la vida y se manifiesta por su presencia universal: Dios está en todas partes»… Y nosotros, nosotros somos «lo mismo que un pájaro que encuentra el aire por todas partes, por mucho que dé vueltas y revolotee”. Nosotros nos bañamos en Dios, lo respiramos. Él es el medio en que vivimos. Dios nos habita. Él está en «las buenas almas». Allí hace su morada. Está en medio de nosotros. Nos penetra todo entero y «se aloja en el fondo de nuestros corazones».

Esta presencia de Dios embelesa a Vicente. Es necesaria. Es una gran ayuda para la perfección. La convierte en una consigna espiritual para el comienzo de la oración e incluso fuera de esta costumbre coti­diana. Presente en el cielo, en cada criatura visible y en su propio cora­zón, Dios está ahí y esto da sentido a la actividad cotidiana y a otros compromisos. En realidad, Vicente está fascinado por el hecho de que Dios tiene su morada en nosotros. Dios toma posesión del cristiano y más todavía del consagrado.

Dios está en las almas buenas

Dios no solamente está en todas partes, sino que se encuentra en un alma buena que está llena de su amor de una forma muy especial. Por consiguiente, Dios está en las almas buenas, como en las Hijas de la Caridad, y no hay nada para él más agradable que estar allí. Mirad, hijas mías, no hay nada por lo que Nuestro Señor sienta tanto amor como por las almas buenas. No encuentra nada que sea más hermoso, ni en el cielo ni en la tierra, que eso. Allí dentro se siente satisfecho y pone allí su morada. Él está en medio de nosotros. Él es el que nos hace mover, el que nos hace oír y el que concurre con nosotros en todas las acciones naturales y sobrenaturales que hacemos. Él es el que nos ha dado su ley y el que nos da el deseo de guardarla. Ved qué dicha es tener a Dios presente de esta manera. Os lo decía hace poco; quizás no os acordéis todas de ello y por eso os lo volveré a repetir: cuando una persona sirve a Dios por los caminos del amor, todo lo que hace, todo lo que piensa y todo lo que dice le agrada tanto a Dios que no hay ningún padre que sienta tanto gusto en ver lo que hace su hijo como Dios al contemplar a una hija de la Caridad que le ofrece todo lo que va a hace, desde las primeras horas de la mañana. Y esto ha de entenderse de todas las Hermanas de la Caridad que guardan bien sus reglas y que tienen el propósito de no cometer un solo pecado voluntariamente, sino servir a Dios con toda la perfección que él quiere que le sirvan. Pues bien, Dios habita en las almas que se portan de este modo.

De estas palabras emerge una profunda estima del creyente y, más ampliamente, del hombre. Vicente está empapado de la declaración de Juan 14,23: «El que me ama guardará mi palabra, y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».

No cito más que una frase de una reflexión, sin fecha, ya muy leja­na, un día de Pentecostés, en la que Vicente muestra bien esta íntima relación entre el alma y la Trinidad:

El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo.

Hay en este tipo de afirmación repetida de Vicente una estima del hombre que es, a su manera, fe en el hombre y que nos pone en un esta­do de admiración, de acción de gracias y de alegría profunda, comple­tamente evangélica.

De la presencia activa y ligada al hombre, podemos pasar rápida­mente a una consideración moderna del hombre y comprender las pala­bras dignidad, grandeza, belleza. La dignidad del hombre en Vicente es indiscutible.

Nadie puede empañar esta imagen en la que Cristo se refleja. Y si el Verbo Encarnado está presente en el hombre, es para restituirle sus cartas de nobleza. Este es el binomio indefectible: «Servir a los pobres, es servir a Jesucristo».

Nuestro contemporáneo Maurice Zundel, actualiza maravillosamente este «culto del hombre» en lo que hay de trascendente en él y le lleva a Dios creador para hacerlo presente a través de él. Hay algo «más que si mismo» en él, porque está abierto a Dios que lo ha creado.

Un Dios caritativo y misericordioso

Vicente no es un ingenuo. Conoce bien la tendencia del hombre a caer en la bajeza, su prontitud y su capacidad para hacer el mal. Tiene experiencia de sus propios límites. Encuentra en la vida de todos, tam­bién entre sus hermanos, «paja y buen grano». Vicente es realista y objetivo. Al final de su vida, en 1659, enseña la oposición que hay en nosotros mismos al ser y a la santidad de Dios y señala nuestro aleja­miento de la vida y de las acciones de Jesucristo. Pero al mismo tiempo experimenta la riqueza y la abundancia de la misericordia de Dios. Recordar la miseria del hombre no lo lleva a aplastarlo, sino a exaltar la caridad de Dios que nos ha amado hasta el punto de querer compartir nuestra condición, con sus limitaciones y sus miserias, para poder com­prendernos de la manera más justa.

De este modo Dios da forma al hombre desde el interior. Lo mode­la, lo esculpe, lo hace poco a poco apto para la gracia y la santificación. Dios gusta modelar al hombre a su semejanza, tal como indica el gesto del alfarero en Jeremías. La temática de la creación por Dios, para Vicente, se apoya sobre una verdadera teología de trabajo. Trabajar, para él, es participar en la obra de Dios, que realiza incesantemente en sí mismo la generación de su Hijo en el Espíritu, y al exterior de sí mismo, la producción de la creación. Más todavía, Dios está atareado en cada uno de nosotros por el don de su gracia y la santificación que opera en nuestras almas. El propio Cristo no hizo otra cosa durante su trans­curso terrestre. Se asocia a la acción constante del Padre. San Juan ha hecho el comentario más autorizado sobre este tema: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo (Jn, 5,17)».

Para Vicente, Dios interviene siempre en la vida del hombre, a condición de que su corazón le esté abierto, en estado de disponibilidad y de deseo. Él viene a colmar nuestro vacío y nos hace repetir: “Cuando nos vaciemos de nosotros mismos, Dios nos llenará de él, pues no puede tolerar el vacío».

Dios se pone a trabajar en el alma que le recibe y que se abre a su caridad y su misericordia. Este Dios de bondad nos maravilla y nos envuelve con un amor asombroso, como en esta parábola: «Cuando Dios coge una vez cariño a un alma, la soporta, haga lo que haga. ¿No habéis visto alguna vez a un padre, que tiene un niño pequeño al que ama mucho? Le deja hacer a ese niño todo lo que quiere y hasta llega a decir­le: «Muérdeme, hijo mío». ¿De qué proviene todo esto? De que ama a ese niño. Pues lo mismo se porta Dios con nosotros, hermanos míos.

Esa comparación de la paternidad de Dios se repite con frecuencia y nos estimula. «Dios Padre está siempre actuando y nos conduce según nuestras necesidades; de niños nos manifiesta su afecto y de adultos nos deja a nuestra libertad, sin cesar de amarnos, y aunque exteriormente parezca que se desinteresa, nos ama aún más». El amor de Dios no se relaja nunca, es para toda la vida.

«¡Quiera la bondad de Dios! », escribe Vicente con frecuencia cuan­do está en juego un asunto importante y con consecuencias de peso. La bondad de Dios es tan grande que da a todos los hombres los medios para salvarse. Estos son sus intermediarios, como las Damas de la Caridad, que manifestaron su bondad salvando de la inexistencia a los niños abandonados. Gracias a ellas, los niños conocieron la bondad de Dios. Bondad fascinante, bondad estimulante que acrecienta el fervor y el deseo de trabajar para abrirse a Él.

Un Dios Providencia

Esta presencia amorosa y activa de Dios para el hombre, presenta a un Dios Providencia, que nos hace comprender que es menos necesario temblar en su presencia, que contar con Él, poner su confianza en él y rendirle nuestro honor. La confianza en Dios es lo primero, deriva de la le viva. A la manera vicenciana, se basa en razones muy sencillas: «Dios guía nuestras vidas, no nosotros». Él es: «abundante en riquezas» y provee de todo como hace con los pájaros; da su gracia a quien la nece­sita; es nuestro padre del mismo modo que nuestra madre y manifiesta su amor con ternura procurándonos todo aquello que necesitamos. Espi­ritualidad difícil de vivir, pero generadora de amor.

Un niño y su nodriza

Confianza y esperanza son casi la misma cosa. Tener confianza en la Providencia quiere decir que debemos esperar de Dios que se cuidará de todos cuantos le sirvan, lo mismo que un esposo se cuida de su esposa y un padre mira por su hijo. Así es como se cuida Dios de nosotros, y mucho más. No tenemos que hacer otra cosa más que confiarnos a su dirección, tal como dice la regla que hace un niño en manos de su nodriza. Si ella pone al niño en su brazo derecho, a éste le parece bien; si se lo pone en el izquierdo, se queda contento; con tal que le dé de mamar, se quedará satisfecho. Así pues, hemos de tener también nosotros esa confianza en la Providencia divina, ya que ella se preocupa de todo lo referente a nosotros, del mismo modo que lo hace una nodriza con el niño y un espo­so con su esposa; así también hemos de abandonarnos nosotros a ella por completo, lo mismo que el niño al cuidado de su madre y como confía la esposa en que su marido se cuide de sus bienes y de toda la casa.

La espiritualidad vicenciana exalta la Providencia y encuentra en ella «grandes tesoros ocultos”. La inquietud atormenta el corazón. Dios está allí y solo Él basta, como canta Teresa de Ávila. Las reflexiones positivas son numerosas: Dios nos liberará de Id., tentaciones o las trasformará en nuestro provecho; nos guardará de todo temor en el servicio o en la evangelización de los pobres, a pesar de las dificultades, que no cesarán de surgir; hará maravillas con ellos, a pesar de que las hermanas y los misioneros son pobres y limitados. Basta con guardar las Regles (las Constituciones y los Reglamentos), servir bien a los pobres y Él hará el resto. En numerosa’, ocasiones, encontramos en la acción vicenciana la idea de que Dios cui dará de nuestros asuntos si nosotros cuidamos de los suyos. Hay en esto una certeza que concierne a la misma fe. Aquel que »se coloca bajo la bandera de la confianza en Dios, se verá siempre favorecido con una especial protección de su parte»188. Nada definitivamente enojoso le puede llegar.

Una luz mora en el corazón del creyente enfrentado al problema del mal, en las pérdidas, las afrentas, las imperfecciones y la miseria o la desesperación. Cuando todo falta es bueno abandonarse en Dios y poner toda su confianza en él, porque se sabe que «lo que él guarda, está bien guardado”. Nos puede extrañar tanta confianza, pero estamos en el corazón de la fe viva del señor Vicente.

He aquí una perspectiva difícil de vivir en la vida cotidiana, pero evangélica y respetuosa de la libertad del hombre que puede rechazar este punto de vista o admitirlo. Vicente sabe que no somos conducidos por Dios de forma automática y arbitraria y que respeta demasiado al hombre como para humillarlo o hundirlo. Hoy, el recurso a la Providen­cia indica una vía de confianza y abandono. Hay en esta devoción de Vicente, en apariencia anticuada, una llamada a sobrepasar lo vivido en el momento, para abandonarse entre los brazos del Padre, en un dejar­se ir que, tarde o temprano, da frutos o encuentra una salida a la luz y a la paz.

¿Cómo no pensar en Vicente, en la cima de la angustia, cuando las dudas le invaden y le oprimen? No sabe qué hacer. Busca muletas y se sirve de un escrito, plegado sobre su corazón, para confesar su fe en Dios. Sufre, lucha, al ritmo de la aridez del alma y de sus rebeliones Interiores. Prueba diversos remedios y finalmente se abandona a la fe de la Iglesia, a la fe desnuda y verdadera como así lo reafirma: «Sólo las verdades eternas son capaces de llenarnos el corazón y de guiarnos con seguridad».

Manifestación de una fuerte experiencia interior y comunicación benéfica, expresada en algunas palabras, para todos aquellos que padecen una prueba o combate espiritual. Vicente habla con frecuen­cia de experiencia (se entiende experiencia espiritual) y hace de ella una lectura práctica sacando una enseñanza directriz para su vida y con frecuencia a la luz de la Palabra de Dios. Hay en él un interro­gante permanente que lo empuja a la introspección: cuando sobrevie­ne un acontecimiento, sencillo o estridente, ¿qué es lo que Dios me quiere decir?

Para él, todos los hechos de la vida, esperados o inesperados, tienen un valor de signo. Dios habla y se revela por el menor de los acon­tecimientos. Es preciso estar al acecho como el cazador, estar en esta­do de vela, tomar el tiempo necesario para rumiar, sobre todo en la oración. Ese es el momento privilegiado en el que se espera de Dios la revelación del bien más grande. Y en la acción se verifica el valor espi­ritual de esta interpretación. En otros términos, a esto se llama releer la propia vida a la luz del evangelio.

Todo acontecimiento, lejos de distraer el Espíritu, es portador de Dios y manifiesta su voluntad. El arte del santo, del misionero, de las siervas de los pobres y de todo vicenciano es hacer coincidir su conduc­ta con los designios de Dios, descubrir la Providencia en la obra de la propia vida. ¡Un verdadero arte de vivir!

Una cuestión se plantea y cosquillea al discípulo del señor Vicente: se trata de seguir «paso a paso» la Providencia de Dios, de ir a su ritmo.

Está claro que Vicente con frecuencia ha tenido que hacerlo ante personas apresuradas por ser jóvenes e impetuosas. Como Bernardo Codoing, primer superior del seminario en Annecy, responsable en Roma, en San Carlos, en Saint Meen, en la Rosa y finalmente en Richelieu. Personalmente tenía una marcada tendencia a la precipitación, de ahí la ponderación manifestada por Vicente con respecto a él. Pero sobre todo se trata del temperamento de Vicente mismo que, con el paso del tiem­po, lo hemos visto, está al menos marcado por el sello de la prudencia y la moderación. Le gustaba tomar distancia, aplazar y reflexionar; no se dejaba contagiar de la prontitud y la prisa. Para él, sin duda alguna, «el tiempo lo cambia todo», «el tiempo lo hace todo». Cultiva el «poco a poco», «los momentos de Dios», la buena oportunidad. Estamos sin duda ante la vertiente campesina de su experiencia, y hace suyo el proverbio que puede irritar a más de uno, ayer y hoy: «Todo llega a su hora para el que sabe esperar». No olvidemos que Vicente está embebido de san Francisco de Sales, el gran cantor del Amor y la Provi­dencia, doctor en lenguaje sencillo y persuasivo.

Es más, Vicente eligió la virtud de la prudencia. Virtud que mira a las palabras y los actos de la vida: hablar con mesura y obrar «como es debido, cuando es debido y por el fin que es debido». Se puede decir también «según peso, número y medida». Un verdadero [andes es enteramente descrito en estos propósitos: una bonhomía natural, un paso moderado, un lenguaje apropiado y una acción siempre desconcer­tante por su lentitud y su discreción, es decir, esperar y ver. Pero Dios camina a este paso, el de la mesura, para nuestro bien. Lo importante es cumplir su voluntad. ¿Por qué no?

Un Dios mendigo de nuestra voluntad

Este lenguaje de san Vicente y el de muchos espirituales, puede Parecer un poco anticuado: ¿es preciso hacer la voluntad de Dios? Y, sin embargo, aun siendo anticuada, la fórmula no es menos evangélica. Querer lo que Dios quiere es la mejor aproximación de un amor que no desea otra cosa que complacer al que ama y que es amado.

Las mejores fuentes sugeridas más arriba son estas: Ignacio de Loyo-la, Benito de Canfield que influye en el párrafo tercero del capítulo II las Reglas comunes de la Congregación, Francisco de Sales quien quiere la perfección abierta a todos. Sin olvidar a Bérulle que proporciona un ideal de vida perfecta para todo aquel que cumple con la voluntad de Dios. «Cada circunstancia de la vida del Hijo de Dios es un misterio y a cada misterio le corresponde un estado del Verbo encarnado, que toma su valor de la encarnación», señala Luis Cognet. Se encuentra también en Vicente el eco de Teresa de Ávila como el de La Imitación de Jesu­cristo (libro III, 15).

Vicente se debe a estos espirituales y a otros, pero no se somete a ninguno y toma distancia cuando escoge otra dirección más concreta y provechosa para las almas que tiene a su cargo.

Hacer la voluntad de Dios, para él, es ser esencialmente pragmáti­co. Si elige algunos principios, los analiza y los mide en función de los efectos obtenidos. El une la voluntad de Dios a la fidelidad de lo coti­diano. El actúa día a día con la intención renovada de hacer lo que Dios quiere. «Por agradarle y por su amor». Nada extraordinario sustituirá esta regla de oro: Orientar cada acción hacia Dios.

En resumen, yo diría que Vicente toma el ardor del cumplimiento de la voluntad de Dios de sus autores preferidos, pero se remite a su propia experiencia espiritual para orientar esta práctica. Lo más espectacular es que relaciona ésta con la evangelización de los pobres, comprometerse en esta vía significa entrar con toda seguridad en el deseo y en el buen querer de Dios.

Evangelizar a los pobres, es querer lo que Dios quiere

De forma que, si queremos, podemos hacer siempre la voluntad de Dios. ¡Qué dicha, padres, hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es esto hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer en la tie­rra, como ya hemos dicho? El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros, padres, ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros han sido enviados a evangelizar a los pobres. ¡Qué dicha hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor, que es enseñar el camino del cielo a los pobres!… Pidámosle a Dios que nos conceda esta gracia de hacer siempre y en todas las cosas su santa y adorable volun­tad y de adquirir esta práctica. ¡Quiera Dios concedernos esta gracian.

De este modo se ilustra lo que subraya Abelly: «Podemos decir que esa conformidad de su voluntad con la voluntad de Dios era la propia y principal, y como la virtud general de este Santo Varón, que extendía sus influencias sobre todas las demás. Era como el resorte principal, que hacía actuar a todas las facultades de su alma, y a todos los órganos de su cuerpo; era el primer móvil de todos los actos de piedad más santos, y generalmente de todas sus acciones”..

¡El resorte principal! Hoy diríamos el eje de su práctica espiritual. Adherirse a la voluntad de Dios, es conformarse con su deseo más pro­fundo, con sus elecciones, con los signos y los movimientos del corazón que él comunica.

De este modo comenta el pasaje del combate extremo de Cristo:

Tu voluntad, no la mía

Nuestro Señor, al meditar en el huerto de los Olivos en los tormentos que tendría que sufrir, los miraba como queridos por su Padre; nosotros hemos de decir como él: «Que no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya». De forma que, conociendo la voluntad de Dios por esos acon­tecimientos repentinos de una desgracia o de un consuelo, podemos practicar su voluntad pasiva, aceptándolos como venidos de Dios, que es el único que puede dar la vida y la muerte. Así pues, la voluntad de Dios es activa y pasiva: es activa, cuando la cumplimos por la obser­vancia de sus preceptos y por (a práctica de las cosas que le son agra­dables; y es pasiva, cuando dejamos que la cumpla él mismo en noso­tros sin nosotros… Desearía, entretanto, que os acostumbraseis a ofrecer a Dios todo lo que hagáis o sufráis, diciéndole: «Dios mío, es voluntad tuya que me prepare a predicar, a decir la santa misa, a hacer esta obra; que esté cansado, tentado, afligido; que esté perturbado o en paz, triste o alegre; así lo quiero yo también, Señor, y lo quiero por­que es tu voluntad».

Oremos:

«Tu gusto, Salvador del mundo, tu ambrosía y tu néctar es cumplir la voluntad de tu Padre. Nosotros somos tus hijos, que nos ponemos en tus brazos para seguir tu ejemplo; concédenos esta gracia. Como no podemos hacerlo por nosotros mismos, te lo pedimos a ti, lo esperamos alcanzar de ti, pero con toda confianza y con un gran deseo de seguir­te. Señor, si quieres darle este espíritu a la compañía, ella trabajará por hacerse cada vez más agradable a tus ojos y tú la llenarás de ardor para que sea semejante a ti; y este anhelo la hace ya vivir de tu vida, de modo que cada uno puede decir como san Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

SAN VICENTE AGRADAR A DIOS POR DIOS

Dios enamorado de los pequeños

Cada uno puede crecer en el acercamiento a Dios. «Todo hombre es una historia sagrada». La relación con la persona de Dios es una geome­tría variable porque aquello que buscamos es inasible por naturaleza. Vicente no escapó a esta regla, y conoció un recorrido progresivo hacia la cumbre. Él nos invita a amar a Dios «a la manera de los pequeños» del campo. Ellos confían en Dios.

Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siem­pre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdade­ra religión está entre los pobres. Dios los ha enriquecido con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida. No los veréis nunca, en medio de sus enfermedades, aflicciones y necesidades, murmurar, quejarse, dejarse llevar de la impaciencia; nunca, o muy raras veces.

La confesión es tardía, pero dice mucho de su experiencia personal que lo ha marcado y modelado desde su infancia. El envidia la sencillez de la vida de los campesinos de Une-de-France, «nada de finuras, nada de palabras de doble sentido», su gran humildad, su sobriedad, su pureza de vida, su modestia, en una palabra, su pobreza y dependencia. Todo esto con el fin de exhortar a las nuevas hermanas que ha reunido en comunidad a poner toda su confianza en Dios.

¡Bendito sea Dios y cuán bueno es confiar en Él!

Hijas mías, ¿no habéis oído decir alguna vez que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? ¿Y qué creéis que es esta elección que ha hecho Dios de las campesinas? Hasta el presente, las religiosas llamadas al servicio de Dios eran todas ellas hijas de casas ricas. ¿Qué sabéis, digo yo, hijas mías, si, al llamaros Dios para su gloria y para el servicio de los pobres, su bondad no quiere quizás probar vuestra fide­lidad para mostrar esta verdad, que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? La fe es una gran posesión para los pobres, ya que una fe viva obtiene de Dios todo cuanto razonablemente queremos. Hijas mías, si sois verdaderamente pobres, sois también verdaderamen­te ricas, ya que Dios es vuestro todo. Fiaos de él, mis queridas herma­nas. ¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las prome­sas de Dios se han visto engañados? Esto no se ha visto nunca, ni se verá jamás. Hijas mías, Dios es fiel en sus promesas, y es muy bueno confiar en él, y esa confianza es toda la riqueza de las Hijas de la Caridad, y su seguridad. ¡Qué felices seréis, hijas mías, si no os falta nunca esta con­fianza! Porque seréis entonces verdaderas Hijas de la Caridad, y parti­ciparéis del espíritu y de las buenas prácticas de las verdaderas aldea­nas, que tienen que ser vuestro modelo, ya que Dios se ha servido primero y principalmente de ellas, para empezar vuestra Compañía… ¡Qué consuelo siento, mis queridísimas hermanas, cuando me encuentro con alguna de vosotras, que sé que tiene este espíritu y virtudes verda­deramente generosas! Sí, hijas mías, hay entre vosotras algunas dignas de admiración. ¡Bendito sea Dios, hijas mías! Cuando veo y me encuen­tro por los caminos a personas de condición que tienen verdaderamen­te el espíritu de las buenas aldeanas, que llevan un cesto a la espalda, que van cargadas por las calles y caminan con modestia que da devo­ción, hermanas mías, ¡cuánto consuelo me da esto! ¡Bendito sea Dios por las gracias que les concede!

Un Dios, huésped del hombre

El Dios presente en el hombre tiene su preferencia. Él va de lleno hacia Aquel que da la vida y se manifiesta por su presencia universal: Dios está en todas partes»… Y nosotros, nosotros somos «lo mismo que un pájaro que encuentra el aire por todas partes, por mucho que dé vueltas y revolotee”. Nosotros nos bañamos en Dios, lo respiramos. Él es el medio en que vivimos. Dios nos habita. Él está en «las buenas almas». Allí hace su morada. Está en medio de nosotros. Nos penetra todo entero y «se aloja en el fondo de nuestros corazones».

Esta presencia de Dios embelesa a Vicente. Es necesaria. Es una gran ayuda para la perfección. La convierte en una consigna espiritual para el comienzo de la oración e incluso fuera de esta costumbre coti­diana. Presente en el cielo, en cada criatura visible y en su propio cora­zón, Dios está ahí y esto da sentido a la actividad cotidiana y a otros compromisos. En realidad, Vicente está fascinado por el hecho de que Dios tiene su morada en nosotros. Dios toma posesión del cristiano y más todavía del consagrado.

Dios está en las almas buenas

Dios no solamente está en todas partes, sino que se encuentra en un alma buena que está llena de su amor de una forma muy especial. Por consiguiente, Dios está en las almas buenas, como en las Hijas de la Caridad, y no hay nada para él más agradable que estar allí. Mirad, hijas mías, no hay nada por lo que Nuestro Señor sienta tanto amor como por las almas buenas. No encuentra nada que sea más hermoso, ni en el cielo ni en la tierra, que eso. Allí dentro se siente satisfecho y pone allí su morada. Él está en medio de nosotros. Él es el que nos hace mover, el que nos hace oír y el que concurre con nosotros en todas las acciones naturales y sobrenaturales que hacemos. Él es el que nos ha dado su ley y el que nos da el deseo de guardarla. Ved qué dicha es tener a Dios presente de esta manera. Os lo decía hace poco; quizás no os acordéis todas de ello y por eso os lo volveré a repetir: cuando una persona sirve a Dios por los caminos del amor, todo lo que hace, todo lo que piensa y todo lo que dice le agrada tanto a Dios que no hay ningún padre que sienta tanto gusto en ver lo que hace su hijo como Dios al contemplar a una hija de la Caridad que le ofrece todo lo que va a hace, desde las primeras horas de la mañana. Y esto ha de entenderse de todas las Hermanas de la Caridad que guardan bien sus reglas y que tienen el propósito de no cometer un solo pecado voluntariamente, sino servir a Dios con toda la perfección que él quiere que le sirvan. Pues bien, Dios habita en las almas que se portan de este modo.

De estas palabras emerge una profunda estima del creyente y, más ampliamente, del hombre. Vicente está empapado de la declaración de Juan 14,23: «El que me ama guardará mi palabra, y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».

No cito más que una frase de una reflexión, sin fecha, ya muy leja­na, un día de Pentecostés, en la que Vicente muestra bien esta íntima relación entre el alma y la Trinidad:

El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo.

Hay en este tipo de afirmación repetida de Vicente una estima del hombre que es, a su manera, fe en el hombre y que nos pone en un esta­do de admiración, de acción de gracias y de alegría profunda, comple­tamente evangélica.

De la presencia activa y ligada al hombre, podemos pasar rápida­mente a una consideración moderna del hombre y comprender las pala­bras dignidad, grandeza, belleza. La dignidad del hombre en Vicente es indiscutible.

Nadie puede empañar esta imagen en la que Cristo se refleja. Y si el Verbo Encarnado está presente en el hombre, es para restituirle sus cartas de nobleza. Este es el binomio indefectible: «Servir a los pobres, es servir a Jesucristo».

Nuestro contemporáneo Maurice Zundel, actualiza maravillosamente este «culto del hombre» en lo que hay de trascendente en él y le lleva a Dios creador para hacerlo presente a través de él. Hay algo «más que si mismo» en él, porque está abierto a Dios que lo ha creado.

Un Dios caritativo y misericordioso

Vicente no es un ingenuo. Conoce bien la tendencia del hombre a caer en la bajeza, su prontitud y su capacidad para hacer el mal. Tiene experiencia de sus propios límites. Encuentra en la vida de todos, tam­bién entre sus hermanos, «paja y buen grano». Vicente es realista y objetivo. Al final de su vida, en 1659, enseña la oposición que hay en nosotros mismos al ser y a la santidad de Dios y señala nuestro aleja­miento de la vida y de las acciones de Jesucristo. Pero al mismo tiempo experimenta la riqueza y la abundancia de la misericordia de Dios. Recordar la miseria del hombre no lo lleva a aplastarlo, sino a exaltar la caridad de Dios que nos ha amado hasta el punto de querer compartir nuestra condición, con sus limitaciones y sus miserias, para poder com­prendernos de la manera más justa.

De este modo Dios da forma al hombre desde el interior. Lo mode­la, lo esculpe, lo hace poco a poco apto para la gracia y la santificación. Dios gusta modelar al hombre a su semejanza, tal como indica el gesto del alfarero en Jeremías. La temática de la creación por Dios, para Vicente, se apoya sobre una verdadera teología de trabajo. Trabajar, para él, es participar en la obra de Dios, que realiza incesantemente en sí mismo la generación de su Hijo en el Espíritu, y al exterior de sí mismo, la producción de la creación. Más todavía, Dios está atareado en cada uno de nosotros por el don de su gracia y la santificación que opera en nuestras almas. El propio Cristo no hizo otra cosa durante su trans­curso terrestre. Se asocia a la acción constante del Padre. San Juan ha hecho el comentario más autorizado sobre este tema: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo (Jn, 5,17)».

Para Vicente, Dios interviene siempre en la vida del hombre, a condición de que su corazón le esté abierto, en estado de disponibilidad y de deseo. Él viene a colmar nuestro vacío y nos hace repetir: “Cuando nos vaciemos de nosotros mismos, Dios nos llenará de él, pues no puede tolerar el vacío».

Dios se pone a trabajar en el alma que le recibe y que se abre a su caridad y su misericordia. Este Dios de bondad nos maravilla y nos envuelve con un amor asombroso, como en esta parábola: «Cuando Dios coge una vez cariño a un alma, la soporta, haga lo que haga. ¿No habéis visto alguna vez a un padre, que tiene un niño pequeño al que ama mucho? Le deja hacer a ese niño todo lo que quiere y hasta llega a decir­le: «Muérdeme, hijo mío». ¿De qué proviene todo esto? De que ama a ese niño. Pues lo mismo se porta Dios con nosotros, hermanos míos.

Esa comparación de la paternidad de Dios se repite con frecuencia y nos estimula. «Dios Padre está siempre actuando y nos conduce según nuestras necesidades; de niños nos manifiesta su afecto y de adultos nos deja a nuestra libertad, sin cesar de amarnos, y aunque exteriormente parezca que se desinteresa, nos ama aún más». El amor de Dios no se relaja nunca, es para toda la vida.

«¡Quiera la bondad de Dios! », escribe Vicente con frecuencia cuan­do está en juego un asunto importante y con consecuencias de peso. La bondad de Dios es tan grande que da a todos los hombres los medios para salvarse. Estos son sus intermediarios, como las Damas de la Caridad, que manifestaron su bondad salvando de la inexistencia a los niños abandonados. Gracias a ellas, los niños conocieron la bondad de Dios. Bondad fascinante, bondad estimulante que acrecienta el fervor y el deseo de trabajar para abrirse a Él.

Un Dios Providencia

Esta presencia amorosa y activa de Dios para el hombre, presenta a un Dios Providencia, que nos hace comprender que es menos necesario temblar en su presencia, que contar con Él, poner su confianza en él y rendirle nuestro honor. La confianza en Dios es lo primero, deriva de la le viva. A la manera vicenciana, se basa en razones muy sencillas: «Dios guía nuestras vidas, no nosotros». Él es: «abundante en riquezas» y provee de todo como hace con los pájaros; da su gracia a quien la nece­sita; es nuestro padre del mismo modo que nuestra madre y manifiesta su amor con ternura procurándonos todo aquello que necesitamos. Espi­ritualidad difícil de vivir, pero generadora de amor.

Un niño y su nodriza

Confianza y esperanza son casi la misma cosa. Tener confianza en la Providencia quiere decir que debemos esperar de Dios que se cuidará de todos cuantos le sirvan, lo mismo que un esposo se cuida de su esposa y un padre mira por su hijo. Así es como se cuida Dios de nosotros, y mucho más. No tenemos que hacer otra cosa más que confiarnos a su dirección, tal como dice la regla que hace un niño en manos de su nodriza. Si ella pone al niño en su brazo derecho, a éste le parece bien; si se lo pone en el izquierdo, se queda contento; con tal que le dé de mamar, se quedará satisfecho. Así pues, hemos de tener también nosotros esa confianza en la Providencia divina, ya que ella se preocupa de todo lo referente a nosotros, del mismo modo que lo hace una nodriza con el niño y un espo­so con su esposa; así también hemos de abandonarnos nosotros a ella por completo, lo mismo que el niño al cuidado de su madre y como confía la esposa en que su marido se cuide de sus bienes y de toda la casa.

La espiritualidad vicenciana exalta la Providencia y encuentra en ella «grandes tesoros ocultos”. La inquietud atormenta el corazón. Dios está allí y solo Él basta, como canta Teresa de Ávila. Las reflexiones positivas son numerosas: Dios nos liberará de Id., tentaciones o las trasformará en nuestro provecho; nos guardará de todo temor en el servicio o en la evangelización de los pobres, a pesar de las dificultades, que no cesarán de surgir; hará maravillas con ellos, a pesar de que las hermanas y los misioneros son pobres y limitados. Basta con guardar las Regles (las Constituciones y los Reglamentos), servir bien a los pobres y Él hará el resto. En numerosa’, ocasiones, encontramos en la acción vicenciana la idea de que Dios cui dará de nuestros asuntos si nosotros cuidamos de los suyos. Hay en esto una certeza que concierne a la misma fe. Aquel que »se coloca bajo la bandera de la confianza en Dios, se verá siempre favorecido con una especial protección de su parte»188. Nada definitivamente enojoso le puede llegar.

Una luz mora en el corazón del creyente enfrentado al problema del mal, en las pérdidas, las afrentas, las imperfecciones y la miseria o la desesperación. Cuando todo falta es bueno abandonarse en Dios y poner toda su confianza en él, porque se sabe que «lo que él guarda, está bien guardado”. Nos puede extrañar tanta confianza, pero estamos en el corazón de la fe viva del señor Vicente.

He aquí una perspectiva difícil de vivir en la vida cotidiana, pero evangélica y respetuosa de la libertad del hombre que puede rechazar este punto de vista o admitirlo. Vicente sabe que no somos conducidos por Dios de forma automática y arbitraria y que respeta demasiado al hombre como para humillarlo o hundirlo. Hoy, el recurso a la Providen­cia indica una vía de confianza y abandono. Hay en esta devoción de Vicente, en apariencia anticuada, una llamada a sobrepasar lo vivido en el momento, para abandonarse entre los brazos del Padre, en un dejar­se ir que, tarde o temprano, da frutos o encuentra una salida a la luz y a la paz.

¿Cómo no pensar en Vicente, en la cima de la angustia, cuando las dudas le invaden y le oprimen? No sabe qué hacer. Busca muletas y se sirve de un escrito, plegado sobre su corazón, para confesar su fe en Dios. Sufre, lucha, al ritmo de la aridez del alma y de sus rebeliones Interiores. Prueba diversos remedios y finalmente se abandona a la fe de la Iglesia, a la fe desnuda y verdadera como así lo reafirma: «Sólo las verdades eternas son capaces de llenarnos el corazón y de guiarnos con seguridad».

Manifestación de una fuerte experiencia interior y comunicación benéfica, expresada en algunas palabras, para todos aquellos que padecen una prueba o combate espiritual. Vicente habla con frecuen­cia de experiencia (se entiende experiencia espiritual) y hace de ella una lectura práctica sacando una enseñanza directriz para su vida y con frecuencia a la luz de la Palabra de Dios. Hay en él un interro­gante permanente que lo empuja a la introspección: cuando sobrevie­ne un acontecimiento, sencillo o estridente, ¿qué es lo que Dios me quiere decir?

Para él, todos los hechos de la vida, esperados o inesperados, tienen un valor de signo. Dios habla y se revela por el menor de los acon­tecimientos. Es preciso estar al acecho como el cazador, estar en esta­do de vela, tomar el tiempo necesario para rumiar, sobre todo en la oración. Ese es el momento privilegiado en el que se espera de Dios la revelación del bien más grande. Y en la acción se verifica el valor espi­ritual de esta interpretación. En otros términos, a esto se llama releer la propia vida a la luz del evangelio.

Todo acontecimiento, lejos de distraer el Espíritu, es portador de Dios y manifiesta su voluntad. El arte del santo, del misionero, de las siervas de los pobres y de todo vicenciano es hacer coincidir su conduc­ta con los designios de Dios, descubrir la Providencia en la obra de la propia vida. ¡Un verdadero arte de vivir!

Una cuestión se plantea y cosquillea al discípulo del señor Vicente: se trata de seguir «paso a paso» la Providencia de Dios, de ir a su ritmo.

Está claro que Vicente con frecuencia ha tenido que hacerlo ante personas apresuradas por ser jóvenes e impetuosas. Como Bernardo Codoing, primer superior del seminario en Annecy, responsable en Roma, en San Carlos, en Saint Meen, en la Rosa y finalmente en Richelieu. Personalmente tenía una marcada tendencia a la precipitación, de ahí la ponderación manifestada por Vicente con respecto a él. Pero sobre todo se trata del temperamento de Vicente mismo que, con el paso del tiem­po, lo hemos visto, está al menos marcado por el sello de la prudencia y la moderación. Le gustaba tomar distancia, aplazar y reflexionar; no se dejaba contagiar de la prontitud y la prisa. Para él, sin duda alguna, «el tiempo lo cambia todo», «el tiempo lo hace todo». Cultiva el «poco a poco», «los momentos de Dios», la buena oportunidad. Estamos sin duda ante la vertiente campesina de su experiencia, y hace suyo el proverbio que puede irritar a más de uno, ayer y hoy: «Todo llega a su hora para el que sabe esperar». No olvidemos que Vicente está embebido de san Francisco de Sales, el gran cantor del Amor y la Provi­dencia, doctor en lenguaje sencillo y persuasivo.

Es más, Vicente eligió la virtud de la prudencia. Virtud que mira a las palabras y los actos de la vida: hablar con mesura y obrar «como es debido, cuando es debido y por el fin que es debido». Se puede decir también «según peso, número y medida». Un verdadero [andes es enteramente descrito en estos propósitos: una bonhomía natural, un paso moderado, un lenguaje apropiado y una acción siempre desconcer­tante por su lentitud y su discreción, es decir, esperar y ver. Pero Dios camina a este paso, el de la mesura, para nuestro bien. Lo importante es cumplir su voluntad. ¿Por qué no?

Un Dios mendigo de nuestra voluntad

Este lenguaje de san Vicente y el de muchos espirituales, puede Parecer un poco anticuado: ¿es preciso hacer la voluntad de Dios? Y, sin embargo, aun siendo anticuada, la fórmula no es menos evangélica. Querer lo que Dios quiere es la mejor aproximación de un amor que no desea otra cosa que complacer al que ama y que es amado.

Las mejores fuentes sugeridas más arriba son estas: Ignacio de Loyo-la, Benito de Canfield que influye en el párrafo tercero del capítulo II las Reglas comunes de la Congregación, Francisco de Sales quien quiere la perfección abierta a todos. Sin olvidar a Bérulle que proporciona un ideal de vida perfecta para todo aquel que cumple con la voluntad de Dios. «Cada circunstancia de la vida del Hijo de Dios es un misterio y a cada misterio le corresponde un estado del Verbo encarnado, que toma su valor de la encarnación», señala Luis Cognet. Se encuentra también en Vicente el eco de Teresa de Ávila como el de La Imitación de Jesu­cristo (libro III, 15).

Vicente se debe a estos espirituales y a otros, pero no se somete a ninguno y toma distancia cuando escoge otra dirección más concreta y provechosa para las almas que tiene a su cargo.

Hacer la voluntad de Dios, para él, es ser esencialmente pragmáti­co. Si elige algunos principios, los analiza y los mide en función de los efectos obtenidos. El une la voluntad de Dios a la fidelidad de lo coti­diano. El actúa día a día con la intención renovada de hacer lo que Dios quiere. «Por agradarle y por su amor». Nada extraordinario sustituirá esta regla de oro: Orientar cada acción hacia Dios.

En resumen, yo diría que Vicente toma el ardor del cumplimiento de la voluntad de Dios de sus autores preferidos, pero se remite a su propia experiencia espiritual para orientar esta práctica. Lo más espectacular es que relaciona ésta con la evangelización de los pobres, comprometerse en esta vía significa entrar con toda seguridad en el deseo y en el buen querer de Dios.

Evangelizar a los pobres, es querer lo que Dios quiere

De forma que, si queremos, podemos hacer siempre la voluntad de Dios. ¡Qué dicha, padres, hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es esto hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer en la tie­rra, como ya hemos dicho? El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros, padres, ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros han sido enviados a evangelizar a los pobres. ¡Qué dicha hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor, que es enseñar el camino del cielo a los pobres!… Pidámosle a Dios que nos conceda esta gracia de hacer siempre y en todas las cosas su santa y adorable volun­tad y de adquirir esta práctica. ¡Quiera Dios concedernos esta gracian.

De este modo se ilustra lo que subraya Abelly: «Podemos decir que esa conformidad de su voluntad con la voluntad de Dios era la propia y principal, y como la virtud general de este Santo Varón, que extendía sus influencias sobre todas las demás. Era como el resorte principal, que hacía actuar a todas las facultades de su alma, y a todos los órganos de su cuerpo; era el primer móvil de todos los actos de piedad más santos, y generalmente de todas sus acciones”..

¡El resorte principal! Hoy diríamos el eje de su práctica espiritual. Adherirse a la voluntad de Dios, es conformarse con su deseo más pro­fundo, con sus elecciones, con los signos y los movimientos del corazón que él comunica.

De este modo comenta el pasaje del combate extremo de Cristo:

Tu voluntad, no la mía

Nuestro Señor, al meditar en el huerto de los Olivos en los tormentos que tendría que sufrir, los miraba como queridos por su Padre; nosotros hemos de decir como él: «Que no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya». De forma que, conociendo la voluntad de Dios por esos acon­tecimientos repentinos de una desgracia o de un consuelo, podemos practicar su voluntad pasiva, aceptándolos como venidos de Dios, que es el único que puede dar la vida y la muerte. Así pues, la voluntad de Dios es activa y pasiva: es activa, cuando la cumplimos por la obser­vancia de sus preceptos y por (a práctica de las cosas que le son agra­dables; y es pasiva, cuando dejamos que la cumpla él mismo en noso­tros sin nosotros… Desearía, entretanto, que os acostumbraseis a ofrecer a Dios todo lo que hagáis o sufráis, diciéndole: «Dios mío, es voluntad tuya que me prepare a predicar, a decir la santa misa, a hacer esta obra; que esté cansado, tentado, afligido; que esté perturbado o en paz, triste o alegre; así lo quiero yo también, Señor, y lo quiero por­que es tu voluntad».

Oremos:

«Tu gusto, Salvador del mundo, tu ambrosía y tu néctar es cumplir la voluntad de tu Padre. Nosotros somos tus hijos, que nos ponemos en tus brazos para seguir tu ejemplo; concédenos esta gracia. Como no podemos hacerlo por nosotros mismos, te lo pedimos a ti, lo esperamos alcanzar de ti, pero con toda confianza y con un gran deseo de seguir­te. Señor, si quieres darle este espíritu a la compañía, ella trabajará por hacerse cada vez más agradable a tus ojos y tú la llenarás de ardor para que sea semejante a ti; y este anhelo la hace ya vivir de tu vida, de modo que cada uno puede decir como san Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

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