SAN VICENTE AGRADAR A DIOS EN DIOS

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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El inefable misterio

Más allá de los razonamientos teológicos necesarios y buenos, es en nosotros mismos donde vemos cómo Dios vive y ama. Cada uno de noso­tros vehicula los razonamientos. Sus propios pensamientos. También es cierto que cada uno mantiene su modo de pensar y no da su brazo a tor­cer. Algunas veces decimos que nos hablamos a nosotros mismos. En Dios, la diferencia es considerable. Del soliloquio se pasa al coloquio. Dios se responde de alguna manera y establece en sí mismo un cara a cara: Dios piensa, y su Pensamiento le responde, se convierte en Pala­bra (Verbo), Hijo, al mismo tiempo que él se hace Padre. Y el amor es tan fuerte, tan poderoso, que produce el Espíritu Santo.

Dicho de otra manera, en Dios hay perfección en las relaciones. Él es una comunidad, un solo Ser en la diferencia: el Padre engendra al Hijo, su Palabra; él se lo da todo y el Hijo, que no es más que un solo Ser divino con él, es, sin embargo, distinto porque lo recibe todo. Se comunican en un amor mutuo, el Espíritu Santo. Simultánea y eterna­mente, este Padre y esta Palabra «respiran» su Amor; es el Espíritu, que lo recibe todo y todo lo entrega.

Este amor no permanece replegado sobre sí mismo. Es todo difusión y está enteramente volcado hacia el exterior y, por así decirlo, hacia los hombres. Dios-Trinidad-Amor quiere, libremente, crear por amor los seres que puedan descubrir su universo y le den gloria e igualmente par­ticipen de la dicha de amar y ser amados.

Vicente conocía todo esto muy bien y lo transmite a sus amigos y, allende sus personas, para nuestro beneficio. Sus enseñanzas y su práctica son para nosotros muy estimulantes. A la Congregación de la Misión le da como patrón a la Santa Trinidad e instituye su fiesta el domingo que le es consagrado. Una tradición que se ha conservado hasta nuestros días. Esta consigna la encontramos en el capítulo X de las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión:

«Por la bula de fundación de nuestra Congregación debemos vene­rar de manera especial los misterios inefables de la Santísima Trinidad y de la Encarnación. Debemos hacer esto con el mayor cuidado y de todas las maneras posibles, y en particular de estas tres: 1. a haciendo a menudo y de corazón actos de fe y de religión acerca de estos miste­rios; 2. ° ofreciendo cada día en su honor algunas oraciones y obras bue­nas, y sobre todo celebrando sus fiestas con solemnidad y con la mayor devoción posible; 3.° trabajando con diligencia con la palabra y con el ejemplo por esparcir en las almas de la gente el conocimiento, el honor y el culto a esos misterios».

Se observa una triple consigna: creer, celebrar, instruir. Instruir, dado que en el siglo XVII, la fe en el Misterio de la Trinidad era condi­ción para la salvación. Pero, ¿quién no quiere hoy día dar a conocer este hogar de Amor que no existe más que para expandirse? Nos gusta hablar siempre del Amor.

Hemos dicho que en el frontispicio de estas Reglas Comunes Vicen­te sitúa la imagen de la Trinidad con estas palabras: «Sancta Trinitas unus Deus». Cada día empezaba con la plegaria: «¡Bendita seas, santa e indivisible Trinidad!» y la recomendación de signarse con el gesto de la fe al inicio del día.

Esta enseñanza es muy clásica y llena de consideraciones útiles para nuestra vida espiritual; veamos algunas:

— Dios está siempre trabajando en sí mismo. El Espíritu nace del amor del Padre y del Hijo. Este trabajo de Dios postula, pide el nues­tro y le da sentido. Si Dios actúa siempre, ¿cómo puedo quedar inactivo? ¡Yo también, he de trabajar incesantemente! ¡He de amar laboriosamente!

– Dios nos dignifica, ¡verdad evangélica donde la haya! Se complace en nosotros; nos colma de las gracias de la fe, de la esperanza y de la caridad; él nos ha escogido como su morada y habita en el alma fiel, insistencia joánica, con toda seguridad.

— La Trinidad de las personas divinas implica la obligación de bus­car la unión para cada una de las asociaciones vicencianas; Trinidad dice comunidad. Una hermana anónima, interrogada por Vicente, dijo sabia­mente: «La unión me parece que es la imagen de la Santísima Trinidad. Las tres personas no son más que un solo y mismo Dios; están unidas desde toda la eternidad por el amor. De esta forma nosotras no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas, unidas juntamente con vistas a un mismo fin, por amor a Dios. Por el contrario, la desunión me parece que es la imagen del infierno, donde los diablos y los condenados están en perpetua discordia y odio». Tal es el mensaje que ha perdurado a través de los siglos, la enseñanza ineludible de san Vicen­te. Es la mejor justificación de la vida fraterna, ¡en su sentido justo y verdadero! La reflexión es tanto más preciosa cuanto que manifiesta el fervor y el entusiasmo de los comienzos —está datada en 1643— de estas mujeres sin instrucción, pero fortalecidas por el Espíritu Santo al que amaban y servían.

La Trinidad es la imagen de una comunidad bien constituida. Cada una tiene su lugar, sin espíritu de dominación (incluso nadie reconoce quién es la hermana sirviente, es decir, la superiora), en espíritu de unión, como en el paraíso. Volveremos a tratar este tema cuando hablemos de la comunidad fraterna.

La Trinidad es la fuente de toda Misión, Misión del Hijo con toda seguridad, el enviado del Padre por excelencia. ¿Cómo no extasiarse con este dialogo imaginado por san Vicente en el seno mismo de la Trinidad con el Fiat (el Sí) del Hijo en el cielo?

Lo que el Padre propuso a su Hijo

Cuando el Padre eterno quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y padecer. Ya conocéis la vida de Nuestro Señor, cómo estuvo llena de sufrimientos. Su Padre le dijo: «Permitiré que seas despreciado y rechazado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permiti­ré que todas las criaturas se pongan contra ti».

Eso es lo que el Padre eterno le propuso al Hijo, que le respondió: «Padre, haré todo lo que me mandes». Esto nos demuestra que hay que obedecer en todas las cosas en general.

El Sí (Fiat) de María responderá a aquel de su hijo.

Y la Misión del hijo es clara: Glorificar a Dios, establecer su Reino, liberar a los seres del Espíritu del Mal que los quiere aprisionar en el pecado y la ignorancia, dar a conocer a Dios a los pobres, desvelar su Nombre bendito, en resumen, evangelizar a los pobres, ya que son los más alejados de esta Revelación, la más sublime entre todas. Misión que todos los vicencianos deben proseguir.

En cuanto al Espíritu Santo, es luz y fuente de unión y de santifica­ción. Está expandido en el corazón de los bautizados como el Oteo Santo que lo simboliza y lo comunica.

El sol de los corazones

Cómo no reproducir aquí la espléndida reflexión de Bernard Koch, sacerdote de la Misión, que nos ofrece interesantes perspectivas sobre el Dios del señor Vicente, y que gustamos hacer nuestra, a título de una intuición.

¿Qué es Dios para sin Vicente? Evidentemente, el sigue la fe de la iglesia: Dios es para él el ser absolutamente perfecto e infinito, sin com­paración posible con las criaturas, y que, sin embargo, es la fuente de su existencia, que vela por ellas y que, muy especialmente, nos ha amado infinitamente, y ha querido estar cerca nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. Cada fiel y cada santo hace especial énfasis sobre uno u otro aspecto de esta doctrina de la Iglesia; algunos son más sen­sibles a la adoración o al misterio; otros a la proximidad del amor. ¿Pode­mos nosotros esbozar un poco el Dios de san Vicente?…

«Creo poder decir que, para san Vicente, Dios es intimo a sus cria­turas, porque las sostiene en el ser y vela por ellas, en su Providencia; es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, porque vive en nosotros: en virtud del bautismo, las tres personas divinas se engendran en noso­tros mismos.

«Sin embargo, por otro lado, él nos aparece como extraño, parece que nos ha abandonado, sus propósitos no son las nuestros, y la fe en su bondad es con frecuencia un salto hacia lo desconocido… un abandono en sus manos…

«Y todo esto se nos hace posible por Jesucristo, que nos ha mani­festado el amor del Padre, revelado las relaciones de los Tres, y quien, por su propia impresión de ser abandonado, nos ha enseñado el abando­no en la Providencia, la adhesión a la voluntad del Padre»211.

El autor ilustra sus propósitos con citas adecuadas que nosotros con­densamos: Dios es cercano y genera confianza. El Dios de Vicente es un Dios de amor que inunda de alegría el alma que se abandona a Él. «El gusto de Dios, la alegría de Dios, el contento de Dios, por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que permanecen en el conocimiento de su miseria». El alma así entregada, se aplica a la adoración y reconoce la grandeza de Dios, sin jamás sufrir ningún tipo de anulación. El anonadamiento, en el siglo XVII, muy presente en Bérulle, significa más bien la dependencia de las criaturas en relación a su Creador y la conciencia de su santidad. No conduce jamás a la anulación ni a la inexistencia. He aquí la otra cara de Dios, su enigma. El Todo-Otro, el Ausente u el Dios oculto. Puede dar la impresión de no estar a veces de manera tangible en su Iglesia y, sin embargo, el vicenciano no teme la desaparición de ésta. Su última palabra humana será la de su maestro, el misma Vicente: «¡Confianza!».

Jesús compasivo

Cuando uno ha sentido en sí mismo las debilidades y las tribulacio­nes, es más sensible a las de los demás… “Tenemos un pontífice, dice san Pablo, que sabe compadecer nuestras debilidades, porque las ha experimentado él mismo”. ¡Si, Sabiduría eterna, tú has querido experi­mentar y tomar sobre tu inocente persona todas nuestras pobrezas! Ya sabéis, hermanos míos, que él hizo todo esto para santificar todas las aflicciones a las que estamos sujetos, y para ser el original y el proto­tipo de todos los estados y condiciones de los hombres. Salvador mío, tú que eres la sabiduría increada, tomaste y abrazaste nuestras mise­rias, nuestras confusiones, nuestras humillaciones e infamias, excepto la ignorancia y el pecado.

En resumen, la Trinidad es el misterio de las relaciones divinas que se expanden entre ellas y manan sin cesar hacia nosotros, para imprimir en nuestro ser la marca del «solo Dios en tres personas», hasta llegar a ser íntimo, mucho más que nosotros lo somos a nosotros mismos. Punto de anclaje y de salto hacia los otros, a quienes somos enviados, hacién­donos testigos de la bondad de Dios para con los más empobrecidos. La caridad de Dios se hace misericordia a través de nuestras manos. Mise­ricordia que nunca está lejos de la ternura.

Un misterio tan grande en el pensamiento de san Vicente, no podía más que incitarle y obligarle a darlo a conocer; lo consideraba como una necesidad de salvación. Era fiel a su época, incluso admitiendo que algu­nos teólogos eran menos rigurosos.

Este pasaje, extraído del sermón sobre el santo Nombre de Jesús, está cargado de pedagogía y experiencia y demuestra la gran preocupa­ción de Vicente: dar a conocer el corazón de Dios.

La Santísima Trinidad

Hijos míos, os voy a poner una comparación, que nos enseñó san Agustín, y que está sacada del sol. De la misma manera que en el sol hay tres cosas y esas tres cosas no hacen tres soles, también en la san­tísima Trinidad hay tres personas, pero esas tres personas no hacen más que un solo Dios. Así pues, en él hay tres cosas, que son el cuerpo del sol, la luz y el calor.

El cuerpo del sol es ese astro tan hermoso que vemos en el cielo. La luz es lo que nos ilumina a nosotros y a todos los que están en la tie­rra, lo que disipa las tinieblas de la noche y lo que finalmente alegra al mundo; porque, si estuviéramos en tinieblas, ¿qué alegría podría haber? La tercera cosa que hay en el sol es el calor, un gran calor, que proce­de del cuerpo del sol y de la luz. Ese gran calor es el que hace madurar los frutos y las demás cosas que hay en la tierra. Cuando veis que hace calor, un calor sofocante, como el que hacía cuando hemos entrado aquí, es del sol de donde procede.

Por esa comparación podéis comprender cómo no hay más que un Dios y tres personas en Dios, que son inseparables las unas de las otras, lo mismo que el sol es inseparable de su luz y de su calor. Esas tres cosas no se separan, como muy bien sabéis por experiencia ¿Por qué no hará tanto calor esta noche como está haciendo ahora? Porque el sol se habrá retirado; y como el calor es inseparable del sol, ya no lo sentiremos, porque el sol se habrá retirado.

«El «corazón de Dios» activa el de Vicente. Alumbra un fuego en él y en nosotros, el del celo; ¿cómo no dar a conocer a este Dios que no es más que pasión de amor? Tal es el motor de su dinamismo y de su inven­tiva, relevados por los nuestros.

Oremos:

Ruego a Dios con todo mi corazón que extienda sobre vuestra Compañía el espíritu de cordialidad y de unión, por el que honréis la unidad divina en la Trinidad de personas y el cordial respeto que hubo en la familia de su Hijo en su vida humana, saborearéis la paz que su Hijo no. ha dado después de su resurrección, tendréis una gran unión entre vosotras y trabajaréis útilmente en el servicio de vuestro prójimo para vuestra propia perfección y especialmente para la gloria de Dios, el cual os bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Bendito sea Dios!

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

SAN VICENTE AGRADAR A DIOS EN DIOS

El inefable misterio

Más allá de los razonamientos teológicos necesarios y buenos, es en nosotros mismos donde vemos cómo Dios vive y ama. Cada uno de noso­tros vehicula los razonamientos. Sus propios pensamientos. También es cierto que cada uno mantiene su modo de pensar y no da su brazo a tor­cer. Algunas veces decimos que nos hablamos a nosotros mismos. En Dios, la diferencia es considerable. Del soliloquio se pasa al coloquio. Dios se responde de alguna manera y establece en sí mismo un cara a cara: Dios piensa, y su Pensamiento le responde, se convierte en Pala­bra (Verbo), Hijo, al mismo tiempo que él se hace Padre. Y el amor es tan fuerte, tan poderoso, que produce el Espíritu Santo.

Dicho de otra manera, en Dios hay perfección en las relaciones. Él es una comunidad, un solo Ser en la diferencia: el Padre engendra al Hijo, su Palabra; él se lo da todo y el Hijo, que no es más que un solo Ser divino con él, es, sin embargo, distinto porque lo recibe todo. Se comunican en un amor mutuo, el Espíritu Santo. Simultánea y eterna­mente, este Padre y esta Palabra «respiran» su Amor; es el Espíritu, que lo recibe todo y todo lo entrega.

Este amor no permanece replegado sobre sí mismo. Es todo difusión y está enteramente volcado hacia el exterior y, por así decirlo, hacia los hombres. Dios-Trinidad-Amor quiere, libremente, crear por amor los seres que puedan descubrir su universo y le den gloria e igualmente par­ticipen de la dicha de amar y ser amados.

Vicente conocía todo esto muy bien y lo transmite a sus amigos y, allende sus personas, para nuestro beneficio. Sus enseñanzas y su práctica son para nosotros muy estimulantes. A la Congregación de la Misión le da como patrón a la Santa Trinidad e instituye su fiesta el domingo que le es consagrado. Una tradición que se ha conservado hasta nuestros días. Esta consigna la encontramos en el capítulo X de las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión:

«Por la bula de fundación de nuestra Congregación debemos vene­rar de manera especial los misterios inefables de la Santísima Trinidad y de la Encarnación. Debemos hacer esto con el mayor cuidado y de todas las maneras posibles, y en particular de estas tres: 1. a haciendo a menudo y de corazón actos de fe y de religión acerca de estos miste­rios; 2. ° ofreciendo cada día en su honor algunas oraciones y obras bue­nas, y sobre todo celebrando sus fiestas con solemnidad y con la mayor devoción posible; 3.° trabajando con diligencia con la palabra y con el ejemplo por esparcir en las almas de la gente el conocimiento, el honor y el culto a esos misterios».

Se observa una triple consigna: creer, celebrar, instruir. Instruir, dado que en el siglo XVII, la fe en el Misterio de la Trinidad era condi­ción para la salvación. Pero, ¿quién no quiere hoy día dar a conocer este hogar de Amor que no existe más que para expandirse? Nos gusta hablar siempre del Amor.

Hemos dicho que en el frontispicio de estas Reglas Comunes Vicen­te sitúa la imagen de la Trinidad con estas palabras: «Sancta Trinitas unus Deus». Cada día empezaba con la plegaria: «¡Bendita seas, santa e indivisible Trinidad!» y la recomendación de signarse con el gesto de la fe al inicio del día.

Esta enseñanza es muy clásica y llena de consideraciones útiles para nuestra vida espiritual; veamos algunas:

— Dios está siempre trabajando en sí mismo. El Espíritu nace del amor del Padre y del Hijo. Este trabajo de Dios postula, pide el nues­tro y le da sentido. Si Dios actúa siempre, ¿cómo puedo quedar inactivo? ¡Yo también, he de trabajar incesantemente! ¡He de amar laboriosamente!

– Dios nos dignifica, ¡verdad evangélica donde la haya! Se complace en nosotros; nos colma de las gracias de la fe, de la esperanza y de la caridad; él nos ha escogido como su morada y habita en el alma fiel, insistencia joánica, con toda seguridad.

— La Trinidad de las personas divinas implica la obligación de bus­car la unión para cada una de las asociaciones vicencianas; Trinidad dice comunidad. Una hermana anónima, interrogada por Vicente, dijo sabia­mente: «La unión me parece que es la imagen de la Santísima Trinidad. Las tres personas no son más que un solo y mismo Dios; están unidas desde toda la eternidad por el amor. De esta forma nosotras no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas, unidas juntamente con vistas a un mismo fin, por amor a Dios. Por el contrario, la desunión me parece que es la imagen del infierno, donde los diablos y los condenados están en perpetua discordia y odio». Tal es el mensaje que ha perdurado a través de los siglos, la enseñanza ineludible de san Vicen­te. Es la mejor justificación de la vida fraterna, ¡en su sentido justo y verdadero! La reflexión es tanto más preciosa cuanto que manifiesta el fervor y el entusiasmo de los comienzos —está datada en 1643— de estas mujeres sin instrucción, pero fortalecidas por el Espíritu Santo al que amaban y servían.

La Trinidad es la imagen de una comunidad bien constituida. Cada una tiene su lugar, sin espíritu de dominación (incluso nadie reconoce quién es la hermana sirviente, es decir, la superiora), en espíritu de unión, como en el paraíso. Volveremos a tratar este tema cuando hablemos de la comunidad fraterna.

La Trinidad es la fuente de toda Misión, Misión del Hijo con toda seguridad, el enviado del Padre por excelencia. ¿Cómo no extasiarse con este dialogo imaginado por san Vicente en el seno mismo de la Trinidad con el Fiat (el Sí) del Hijo en el cielo?

Lo que el Padre propuso a su Hijo

Cuando el Padre eterno quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y padecer. Ya conocéis la vida de Nuestro Señor, cómo estuvo llena de sufrimientos. Su Padre le dijo: «Permitiré que seas despreciado y rechazado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permiti­ré que todas las criaturas se pongan contra ti».

Eso es lo que el Padre eterno le propuso al Hijo, que le respondió: «Padre, haré todo lo que me mandes». Esto nos demuestra que hay que obedecer en todas las cosas en general.

El Sí (Fiat) de María responderá a aquel de su hijo.

Y la Misión del hijo es clara: Glorificar a Dios, establecer su Reino, liberar a los seres del Espíritu del Mal que los quiere aprisionar en el pecado y la ignorancia, dar a conocer a Dios a los pobres, desvelar su Nombre bendito, en resumen, evangelizar a los pobres, ya que son los más alejados de esta Revelación, la más sublime entre todas. Misión que todos los vicencianos deben proseguir.

En cuanto al Espíritu Santo, es luz y fuente de unión y de santifica­ción. Está expandido en el corazón de los bautizados como el Oteo Santo que lo simboliza y lo comunica.

El sol de los corazones

Cómo no reproducir aquí la espléndida reflexión de Bernard Koch, sacerdote de la Misión, que nos ofrece interesantes perspectivas sobre el Dios del señor Vicente, y que gustamos hacer nuestra, a título de una intuición.

¿Qué es Dios para sin Vicente? Evidentemente, el sigue la fe de la iglesia: Dios es para él el ser absolutamente perfecto e infinito, sin com­paración posible con las criaturas, y que, sin embargo, es la fuente de su existencia, que vela por ellas y que, muy especialmente, nos ha amado infinitamente, y ha querido estar cerca nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. Cada fiel y cada santo hace especial énfasis sobre uno u otro aspecto de esta doctrina de la Iglesia; algunos son más sen­sibles a la adoración o al misterio; otros a la proximidad del amor. ¿Pode­mos nosotros esbozar un poco el Dios de san Vicente?…

«Creo poder decir que, para san Vicente, Dios es intimo a sus cria­turas, porque las sostiene en el ser y vela por ellas, en su Providencia; es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, porque vive en nosotros: en virtud del bautismo, las tres personas divinas se engendran en noso­tros mismos.

«Sin embargo, por otro lado, él nos aparece como extraño, parece que nos ha abandonado, sus propósitos no son las nuestros, y la fe en su bondad es con frecuencia un salto hacia lo desconocido… un abandono en sus manos…

«Y todo esto se nos hace posible por Jesucristo, que nos ha mani­festado el amor del Padre, revelado las relaciones de los Tres, y quien, por su propia impresión de ser abandonado, nos ha enseñado el abando­no en la Providencia, la adhesión a la voluntad del Padre»211.

El autor ilustra sus propósitos con citas adecuadas que nosotros con­densamos: Dios es cercano y genera confianza. El Dios de Vicente es un Dios de amor que inunda de alegría el alma que se abandona a Él. «El gusto de Dios, la alegría de Dios, el contento de Dios, por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que permanecen en el conocimiento de su miseria». El alma así entregada, se aplica a la adoración y reconoce la grandeza de Dios, sin jamás sufrir ningún tipo de anulación. El anonadamiento, en el siglo XVII, muy presente en Bérulle, significa más bien la dependencia de las criaturas en relación a su Creador y la conciencia de su santidad. No conduce jamás a la anulación ni a la inexistencia. He aquí la otra cara de Dios, su enigma. El Todo-Otro, el Ausente u el Dios oculto. Puede dar la impresión de no estar a veces de manera tangible en su Iglesia y, sin embargo, el vicenciano no teme la desaparición de ésta. Su última palabra humana será la de su maestro, el misma Vicente: «¡Confianza!».

Jesús compasivo

Cuando uno ha sentido en sí mismo las debilidades y las tribulacio­nes, es más sensible a las de los demás… “Tenemos un pontífice, dice san Pablo, que sabe compadecer nuestras debilidades, porque las ha experimentado él mismo”. ¡Si, Sabiduría eterna, tú has querido experi­mentar y tomar sobre tu inocente persona todas nuestras pobrezas! Ya sabéis, hermanos míos, que él hizo todo esto para santificar todas las aflicciones a las que estamos sujetos, y para ser el original y el proto­tipo de todos los estados y condiciones de los hombres. Salvador mío, tú que eres la sabiduría increada, tomaste y abrazaste nuestras mise­rias, nuestras confusiones, nuestras humillaciones e infamias, excepto la ignorancia y el pecado.

En resumen, la Trinidad es el misterio de las relaciones divinas que se expanden entre ellas y manan sin cesar hacia nosotros, para imprimir en nuestro ser la marca del «solo Dios en tres personas», hasta llegar a ser íntimo, mucho más que nosotros lo somos a nosotros mismos. Punto de anclaje y de salto hacia los otros, a quienes somos enviados, hacién­donos testigos de la bondad de Dios para con los más empobrecidos. La caridad de Dios se hace misericordia a través de nuestras manos. Mise­ricordia que nunca está lejos de la ternura.

Un misterio tan grande en el pensamiento de san Vicente, no podía más que incitarle y obligarle a darlo a conocer; lo consideraba como una necesidad de salvación. Era fiel a su época, incluso admitiendo que algu­nos teólogos eran menos rigurosos.

Este pasaje, extraído del sermón sobre el santo Nombre de Jesús, está cargado de pedagogía y experiencia y demuestra la gran preocupa­ción de Vicente: dar a conocer el corazón de Dios.

La Santísima Trinidad

Hijos míos, os voy a poner una comparación, que nos enseñó san Agustín, y que está sacada del sol. De la misma manera que en el sol hay tres cosas y esas tres cosas no hacen tres soles, también en la san­tísima Trinidad hay tres personas, pero esas tres personas no hacen más que un solo Dios. Así pues, en él hay tres cosas, que son el cuerpo del sol, la luz y el calor.

El cuerpo del sol es ese astro tan hermoso que vemos en el cielo. La luz es lo que nos ilumina a nosotros y a todos los que están en la tie­rra, lo que disipa las tinieblas de la noche y lo que finalmente alegra al mundo; porque, si estuviéramos en tinieblas, ¿qué alegría podría haber? La tercera cosa que hay en el sol es el calor, un gran calor, que proce­de del cuerpo del sol y de la luz. Ese gran calor es el que hace madurar los frutos y las demás cosas que hay en la tierra. Cuando veis que hace calor, un calor sofocante, como el que hacía cuando hemos entrado aquí, es del sol de donde procede.

Por esa comparación podéis comprender cómo no hay más que un Dios y tres personas en Dios, que son inseparables las unas de las otras, lo mismo que el sol es inseparable de su luz y de su calor. Esas tres cosas no se separan, como muy bien sabéis por experiencia ¿Por qué no hará tanto calor esta noche como está haciendo ahora? Porque el sol se habrá retirado; y como el calor es inseparable del sol, ya no lo sentiremos, porque el sol se habrá retirado.

«El «corazón de Dios» activa el de Vicente. Alumbra un fuego en él y en nosotros, el del celo; ¿cómo no dar a conocer a este Dios que no es más que pasión de amor? Tal es el motor de su dinamismo y de su inven­tiva, relevados por los nuestros.

Oremos:

Ruego a Dios con todo mi corazón que extienda sobre vuestra Compañía el espíritu de cordialidad y de unión, por el que honréis la unidad divina en la Trinidad de personas y el cordial respeto que hubo en la familia de su Hijo en su vida humana, saborearéis la paz que su Hijo no. ha dado después de su resurrección, tendréis una gran unión entre vosotras y trabajaréis útilmente en el servicio de vuestro prójimo para vuestra propia perfección y especialmente para la gloria de Dios, el cual os bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Bendito sea Dios!

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

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