SAN VICENTE AGRADAR A DIOS CON JESUCRISTO

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

El Dios Trinitario de san Vicente nos lleva a hablar con naturalidad de Jesucristo en quien se deleita y se complace hasta convertirlo en su compañero de camino y el sujeto preferido de sus pensamientos y de sus comunicaciones. Se ha escrito mucho ya sobre Él, tal como lo presenta Vicente, pero, ¿sabemos de dónde viene esta elección en la proximidad que tiene con su Dios? Diversas lecturas han alimentado sus reflexiones y sus meditaciones. Es bueno recordar de donde procede este amor preferencial hacia Cristo.

Vicente está fascinado por el misterio de la Encarnación, y, en esto, Bérulle le ayuda y le inspira. Nos habla con el mismo calor de la imita­ción de Cristo; contempla el Verbo Encarnado y admira en él al religio­so del Padre, este Adorador perfecto que lo impulsa a la acción. A Vicen­te le encanta ojear la obra de Bérulle y encontrar a Jesús, hijo y servidor a la vez, que continúa viviendo en sus misterios, en su Eucaristía y en su

Palabra.

Además Francisco de Sales le ofrece un Cristo amable y concreto, sonriente y afable, un Cristo cercano a la gente. Cada uno puede rencontrarse en él, en su propio estado de vida. Francisco de Sales es céle­bre por su bondad, su exquisita sensibilidad y dulzura. Tal como hemos subrayado, el «humanizar, la virtud, la hace amar y la pone al alcance de todos.

Para el obispo de Ginebra, Cristo es el restaurador, pensando en las heridas del pecado original. Él es el sanador que ofrece frescura a la humanidad. Esto se hace con el aprendizaje de las «pequeñas virtudes de Cristo. Nada de extraordinario, nada de elevación mística, pero la una verdadera cultura al alcance de todos. Hay que vivir las conquistas de Cristo como la paciencia, la dulzura, la ascesis del corazón, la hermandad, la obediencia, la pobreza, la castidad, la ternura con el prójimo, el aguante, la diligencia y el fervor. ¿Cómo alcanzarlo? Meditando sobre la virtud opuesta a nuestra principal pasión. El principio es sencillo: trabajando en una virtud, todas las demás se perfeccionan. Es la vía de amor por excelencia, que refuerza la identificación con Cristo. Los dos sacerdotes, Francisco de Sales y Pedro de Bérulle, se juntan e influen­cian discretamente el pensamiento de Vicente. Uno le ayudará en la contemplación, y el otro en darle forma.

El misterio llama a la adoración, porque Dios se hace próximo en su Verbo Encarnado, e invita a la proximidad. Reencontrar a Dios leja­no y próximo, helo aquí, simplificado al extremo, el programa de todo vicenciano.

El Cristo que ora y actúa

Es ante todo adorador del Padre, lo que Bérulle llama «el religioso del Padre». Ver a Cristo en oración, contemplarlo entregándose total­mente a su Dios, confiando en Él, es el primer movimiento del corazón; no hay que olvidarlo nunca, porque es fácil creer que cada uno hace su camino sin una referencia al modelo.

Vicente estima que en su vida terrena Jesús vivió unido al Padre. He aquí lo que decía a sus misioneros el 21 de febrero de 1659, refi­riéndose a Jn 17,19, «por ellos me santifico a mí mismo»:

El reino de Dios por Jesús

¡Salvador mío Jesucristo, que te santificaste para que fueran san­tificados los hombres, que huiste de los reinos de la tierra, de sus rique­zas y de su gloria y sólo pensaste en el reino de tu Padre en las almas, si tú viviste así para con un otro tú, ya que eres Dios en relación con tu Padre, ¿qué deberemos hacer nosotros para imitarte a ti, que nos sacas­te del polvo y nos llamaste a observar tus consejos y aspirar a la per­fección? ¡Ay, Señor! Atráenos a ti, danos la gracia de entrar en la prác­tica de tu ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia y a abandonarnos a él en todo lo demás; haz que tu Padre reine en nosotros y reina tú mismo.

Cuando habla de la oración, ese lugar de amor por excelencia, se transforma en lírico; el 31 de mayo de 1648 adorna y exagera al hablar­nos de Cristo en la oración.

Otra de las razones que también habéis alegado es que nuestro Señor era hombre de grandísima oración; y como se ha indicado, desde sus primeros años se apartaba de la santísima Virgen y de san José para hacer oración a Dios, su Padre. Y durante toda su vida de trabajo era siempre muy puntual y fiel en hacerla. Se le veía ir expresamente a Jerusalén, se aislaba de sus discípulos para orar, y no se retiraba al desierto más que para eso. ¡Dios mío! ¡Cuántas veces se echaba al suelo con la faz en tierra! ¡Con cuánta humildad se presentaba a Dios su Padre cargado con los pecados de los hombres! Finalmente, hizo oración hasta verse totalmente agotado por el ayuno al que quiso sujetarse. Su con­tinuo y principal ejercicio era la oración.

La noche de su pasión, se separó una vez más de sus discípulos para orar, y se dice que se retiró al huerto, adonde iba con frecuencia a hacer oración. Y allí la hizo con tanto fervor, con tanta devoción, que su cuerpo, por los esfuerzos que hacía, sudó sangre y agua.

¿Cómo no seguir el camino del gran orante? Él nos conduce irreme­diablemente hacia el Padre y nos atrae hacia Él. He aquí unas palabras utilizadas con frecuencia: «Señor, atráenos a ti». Vicente, propone conocer, a nuestra vez, la atracción de Cristo por Dios, de imbuirnos de su oración para poder revestirnos de sus sentimientos.

Jesús es «llama de amor». La expresión, muy mística y muy vicenciana, acompaña a Jean Eudes (1601-1680) y su difusión de los corazones de Jesús y María y preludia la devoción al Corazón de Cristo, propuesta por Santa Margarita-María (1647-1690). El corazón de Cristo en oración, en comunión de amor con el Padre por la acción del Espíritu, es muy sensible a la pluma de Vicente, como muestra este fulgurante pasaje:

¡Fuego!

Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡qué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a pade­cer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Hermanos míos, si tuviéra­mos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados?

La oración de Cristo es atracción. Él es atraído por el Padre que a su vez nos atrae a nosotros y nos lanza hacia la misión. El sumerge las raíces de su oración en la contemplación del Padre, bajo la moción del Espíritu. En este sentido, su oración refleja su propia vida de comunión y de unión. ¿Cómo no iba Él a querer que todos los hombres participen de esto y estén a su vez en comunión con el Padre, el Padre de ellos?

Jesús es entonces el Misionero de los pobres, su Evangelizador. Él es el enviado del Padre, el que abre la vía de la salvación y que es, al mismo tiempo, el camino y la verdad. En más de ocho ocasiones, en los textos que tenemos a nuestra disposición, Vicente cita el pasaje de Lc 4,16-20, que llegará a ser la ley fundamental de todo vicenciano, tanto laico como sacerdote.

Esta misión de Cristo se inscribe en lo más íntimo de la conciencia de Vicente y de sus herederos; moviliza su energía; dirige, orienta, anima el comportamiento y les hace desear el mismo dinamismo, el mismo entusiasmo en la acción. Este Cristo en movimiento es el prototipo de todas las vocaciones misioneras. Es el que se trata de imitar y prolongar. Es la salvación ofrecida a todos, pero de manera especial a la periferia. Es el que contemplamos en su relación privilegiada con los pobres para anunciarles la Buena Nueva.

Proclamar, hablar, anunciar el mensaje evangélico es la urgencia de las urgencias y diseña el primer ideal de la vocación vicenciana. Somos los heraldos de la salvación. Siguiendo las huellas del liberador del cam­pesino de Gannes, encadenado a la debilidad de su fe y a la de sus minis­tros, debemos liberar a los hombres de hoy de sus esclavitudes y de su ignorancia. Sobre todo de su ignorancia. ¿Quién conoce hoy a Dios y su poder de salvación? ¿Se le desea sólo la salvación? ¿Y cómo proporcio­narla? ¿Qué procedimientos pedagógicos utilizar? ¿Qué carta de nobleza hay que restituir en la Misión vicenciana? ¿Qué futuro tienen las misio­nes? Vasta reflexión y preguntas urgentes para nuestro tiempo…

Jesucristo, Regla de La Misión

Jesús que ora y actúa se convierte en un modelo, una gran figura en la cual cada vicenciano está llamado a impregnar sus pensamientos y sus acciones. Para las Damas y las Hijas de la Caridad Vicente invoca igual­mente a Cristo, pasaje obligado de su ser y de su acción.

El 21 de febrero de 1659, comentando el párrafo segundo del segun­do capítulo, «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás que necesitéis se os dará por añadidura», Vicente dice para empe­zar: «Jesucristo es la regla de la Misión, él es el que habla y a nosotros nos toca estar atentos a sus palabras y entregarnos a su majestad para ponerlas en práctica”. Hacen eco de estas primeras palabras: «Nuestro Señor Jesucristo es el modelo verdadero y el gran cuadro invisible con el que hemos de conformar todas nuestras acciones». Vicente las ha puesto en práctica desde el inicio de este pequeño libro de las Reglas, en las que cada capítulo comienza por lo que ha hecho y dicho Jesús.

En resumen, Jesús no quiere que solo le imitemos, quiere que seamos sus miembros, viviendo su misma vida. Vicente ama apasionada mente a Jesucristo y al prójimo. Para él, Jesús que ha hecho de nosotros su cuerpo místico no nos llama a otra cosa que a continuar su Misión. Nosotros no hacemos nuestra obra, sino la de Dios, no hacemos otra cosa que representar a Jesucristo, lo cual renueva la necesidad de vaciarnos de nosotros mismos. Vicente decía: «Nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias… Y el que hayamos sido llamados para ser compañeros y para participar en los planes del Hijo de Dios, es algo que supera nues­tro entendimiento… Evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios. Y a nosotros se nos dedi­ca a ello como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en (a tierra». Nos convertimos en compa­ñeros de Cristo.

Cada acción es una referencia y se convierte en una posibilidad de imitación. En las mismas reglas comunes, Vicente señala una actitud de Cristo que hemos de reproducir. Así es afirmado en el capítulo de las «máximas evangélicas» (hoy diríamos las «propuestas evangélicas»); siguiendo a Cristo, él pide que sean vividas la búsqueda de la voluntad de Dios, la sencillez, la mansedumbre, la humildad, la mortificación, la disponibilidad, la igualdad. La pobreza es la de Cristo, «verdadero señor de todos los bienes del mundo y que no tenía dónde reclinar su cabeza». Del mismo modo, «el Salvador del mundo ha demostrado muy bien hasta qué extremo llegaba su amor a la castidad y cómo deseaba inculcarla en el corazón de los hombres». Él se hace obediente y nos lo ha enseñado «de palabra y de obra». También se hace maestro en la visita y en la asistencia a los enfermos y la referencia en lo que con­cierne al estilo de vida y la vida fraterna. Podemos continuar con nues­tra investigación. Cristo es la verdadera Regla, es decir, la norma de la vida misionera.

También ha de ser así para las Hijas de la Caridad. Es el deber de las Hijas de la Caridad conformar su vida con la de Cristo. La prueba de esto se encuentra en el reglamento de 1645 donde está escrito: «Y liara mejor honrar a Nuestro Señor, su patrono, tendrán en todas sus acciones la recta intención de agradarle siempre y procurarán confor­mar su vida a la suya, particularmente en su pobreza, su humildad, su mansedumbre, su sencillez y sobriedad».

El párrafo es repetido en el texto del establecimiento de la companía de las Hijas de la Caridad en cofradía, el 20 de noviembre de 1646. Jesús es el modelo de todas sus virtudes como de las de los Misioneros.

Jesús, Servidor del Amor

El Cristo de Vicente es también servidor de su designio de Amor. Conocemos su proyecto: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Él sabe que en los hombres está inscrito el deseo de salvación, pero son incapaces de conseguirla con su esfuerzo. De aquí su insatisfacción y el deseo de ser rescatados de esta mala situación. Entonces encuentra la manera de salvarlos y por quién hacerlo. Envía a su Hijo. Al precio del Amor. Al precio de la sangre ver­tida, signo del don supremo. Sin contrapartida, indudablemente. ¡La sal­vación es totalmente gratuita! Este amor se manifiesta al mundo y a cada uno por medio de Cristo que se pone en estado de servicio.

El primer camino del servicio de Cristo es su propia pobreza, como si quisiera hacernos comprender que para evangelizar al prójimo, nece­sitado de salvación, es necesario estar cerca de él, hacerse semejante a él. La pobreza de Cristo está muy marcada en Vicente de Paul. Su Cris­to no posee nada, a la vez que por su naturaleza divina lo tiene todo. «Se hizo el más pobre de todos los hombres». La pobreza «ha sido la vir­tud del Hijo; él quiso tenerla como suya».

A las Hermanas de Angers, les dice que «tienen que vivir como pobres, por amor al pobre de los pobres, Jesucristo Nuestro Señor», indicación que subraya la importancia de Jesucristo.

 

Es el encuentro con un Cristo portador de nuestras miserias, el ori­ginal y el prototipo de todos los estados y condiciones de los hombres-.

He aquí el fundamento del Cristo Servidor. Él asume totalmente la condición de los hombres, y sobre todo la de los pobres, los que no tie­nen voz, los marginados. Este Cristo se configura con los disminuidos. Vicente lo sabe. Vicente lo siente y lo vive. Él pone a punto una segun­da visión de Cristo, él es el pobre por excelencia: «Cada vez que se lo habéis hecho a uno de estos pobres, es a mí a quien lo habéis hecho», lo que encuentra eco en esta célebre exhortación:

Dadle la vuelta a la medalla

No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas edu­cadas, pues son vulgares y groseros.

Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres.

¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables.

Henos aquí frente a la célebre ecuación tan fundamental: Cristo es el pobre, el pobre es Cristo:

Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta ver­dad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios… Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encon­traréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuan admirable os esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo consi­dera, como habéis dicho, hecho a él mismo.

-Nuestro Señor está (lo hemos subrayado a propósito) en los pobres», tal es la frase síntesis más célebre del señor Vicente. ¡Evoca una otra presencia real! En este sentido estamos en comunión profunda con las perspectivas reencontradas en tal o cual autor que insiste en la identidad Cristo/pobre. Toda nuestra ambición espiritual y vital, día a día, reside en estos ecos apremiantes. Sabemos que hoy Vicente de Paul utilizaría este lenguaje.

Esto se puede afirmar de manera incisiva y estimulante. A partir de Lc 4,18 el anuncio del Evangelio a los pobres es signo de la presencia de Dios. Y es necesario que ese signo sea dado para que el Evangelio sea creíble. «Sí, tal y como nosotros creemos, el Evangelio está destinado a todos los hombres —porque Dios no tiene acepción de las personas— pero no es el anuncio universal del Evangelio el que es signo de la presencia de Dios, sino el hecho de que se realice para los pobres… Si el Evange­lio no es en primer lugar anunciado a los pobres, entonces no anuncia­mos la Buena Noticia a todos los hombres”… « La autenticidad del anun­cio del Evangelio a todos los hombres no está asegurada, si no pasa primero por el crisol del anuncio a los pobres».

A su vez, Mt 25,31-46, otra referencia de peso en la lógica vicenciana, nos recuerda que el auxilio ofrecido a quien está necesitado es dado a Cristo. Lo sabíamos. Sin embargo, no tiene utilidad alguna el conocerlo o preocuparse por ello: es ante todo una pura certeza de fe. Él es el Otro de nuestras relaciones con el pobre: «La relación con Cris­to se da en la relación con el hambriento, se da ipso-facto, sin necesi­dad de una búsqueda particular por parte del donante». «Es verdad que aquel que da de comer no sabe incluso que da de comer a Cristo, y aquel que rehúsa dar no sabe que rehúsa a Cristo». Esta relación con los pobres complica nuestra vida, la compromete, la somete a la prueba de la verdad: es la vía real, diría el señor Vicente. Concluimos con algo muy apropiado: «La diferencia significativa no está entre los que creen y los que no creen, sino entre aquellos, creyentes o no, que practican la bon­dad hacia los pobres y aquellos que no la practican».

Conste así para cada uno de nosotros, para nuestra fe y nuestra pastoral.

RENOUARD, J.: San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *