SAN VICENTE AGRADAR A DIOS BAJO LA INSPIRACIÓN DEL ESPÍRITU

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Es preciso convivir todos unidos a imagen de la Trinidad. Una unión durable, verdadera y humana entre los hombres (hermanas, misioneros, hermanas y hermanos), solo es posible en y por la Trinidad, a imagen de la Trinidad, por el desprendimiento de nosotros mismos.

Como en la Trinidad, se hará por medio del Espíritu Santo; Vicente habla de ello con frecuencia, pero los textos que nos quedan son pocos. Hemos escogido dos particularmente expresivos, conclusiones de sus cartas:

En fin, vivan todas unidas, sin tener más que un solo corazón y una sola alma, a fin de que por esta unión de espíritu sean una verdadera imagen de la unidad de Dios, ya que su número representa a las tres personas de la Santísima Trinidad.

Le pido para ello al Espíritu Santo, que es la unión del Padre y del Hijo, que sea igualmente la de ustedes, que les dé una profunda paz en medio de las contradicciones y de las dificultades, que necesariamente tendrán que existir alrededor de los pobres.

Le ruego al Espíritu Santo, que es la unión del Padre y del Hijo, que la sea igualmente de todos ustedes. Así se lo debe pedir también usted sin cesar, añadiendo a esas oraciones una gran atención para unir con usted de corazón y de obra a cada uno en particular y a todos en general.

Además de la unión que inspira el Espíritu Santo, hay que hacer otra puntualización. El espíritu vicenciano es inseparable del Espíritu Santo.

Es el responsable principal. Es incluso el solo regulador de este modo de ser, porque es el que distribuye los dones y los carismas.

Un carisma se proporciona a una persona para el bien todos. Este carisma personal es transmitido para que muchos tengan parte en él, como Elías transmitió su espíritu a Eliseo. El Espíritu opera de diferen­tes maneras para la construcción del cuerpo de Cristo: por la palabra, los sacramentos, la gracia, las virtudes, en fin, por los dones especiales llamados carismas por los que se ofrece a los fieles la capacidad de asu­mir las diferentes responsabilidades que sirven al bien general de la Igle­sia. Así, el carisma de san Vicente, transmitido a miles de vicencianos, después de su muerte en 1660, y reanudado por el bienaventurado Ozanam y sus compañeros en 1833.

Si el carisma de la familia vicenciana se resume por la célebre frase «al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo», los dos se conjuntan. Todo vicenciano, digno de este nombre, está comprometido a la vez con Cris­to y con los pobres. Este doble compromiso es la segura fidelidad a la vocación vicenciana. Es la clave de la perseverancia también, sin caer en un comportamiento pietista o en un activismo social que solo será humanitario. ¿Por qué esta constancia?

Porque el trabajo de evangelización o del servicio es obra del Espí­ritu y no hay ruptura entre contemplación y trabajo propiamente vicencianos. Es el mismo Espíritu que asegura la permanencia de la presencia de Cristo en el pobre y en la oración. Todo esto es posible gracias al modo de ser de Cristo. Es aquí donde Vicente hace una feliz síntesis entre el espíritu de Cristo y el Espíritu Santo. Vayamos al encuentro de su pensamiento:

Habla del espíritu de Jesús, de su manera de ser, se puede decir de su mentalidad o su especificidad, de su ser profundo. Cada vicenciano es llamado a vivir como Cristo y a la manera de Cristo.

Revestirse de su espíritu

Así pues, la regla dice que, para hacer esto (evangelizar), lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesu­cristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh padre! ¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para per­feccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo.

A continuación, de repente, el pensamiento opera un deslizamien­to. Tenemos la impresión que asciende un escalón. Pasa de espíritu-mentalidad a la persona del Espíritu Santo, agente de esta acción. Es Él, el maestro interior, el que da las disposiciones y los sentimientos de Cristo.

El Espíritu Santo en acción

Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: »El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras-, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su perso­na, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuan­do se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu.

A partir de esta acción del Espíritu Santo, vivimos de un espíritu crístico. Cada vicenciano puede vivir en conformidad con el espíritu de Nuestro Señor porque está colmado de las gracias del Espíritu Santo, como lo estuvo Jesús. A continuación, Vicente sigue describiendo esta manera de ser de Cristo:

Un espíritu de perfecta caridad

Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfec­ta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atri­buía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre… (Jn 7, 16). ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor!…

Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exterio­res e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, des­precio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los hono­res. He aquí una descripción del espíritu de nuestro Señor, del que hemos de revestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios.

En resumen, Vicente de ningún modo distingue entre Espíritu Santo y espíritu de Cristo. Revestirse del espíritu de Jesucristo es recibir el Espíritu Santo. En la expresión vicenciana todo lo que es espíritu es obra del Espíritu Santo.

He aquí el motor de nuestro obrar vicenciano: ¡El Espíritu Santo, Espíritu de Cristo! Vicente ve a su discípulo revestido del Espíritu de Cristo y por esto lo reenvía a su Bautismo. Por este sacramento él es lla­mado a vaciarse de sí mismo. Hay que morir a uno mismo y adherirse a Dios (cfr. Ga 3, 26-27, Rom 6, 3-4,12, Col 11,1). Como dice el padre Dodin que ha bosquejado muy bien la espiritualidad según se deduce de los escritos del señor Vicente (incluso si el santo vive más de una expe­riencia que de una doctrina): «La espiritualidad de la Misión no se basa en una teología del sacerdocio, se basa en una profundización de la doctrina de la identificación con Cristo por el bautismo», y se ha de añadir esto, muy importante para nosotros: -Por el bautismo Cristo imprime en nosotros su carácter y, dándonos por así decirlo la savia de su espíritu y (le su gracia, nos permite operar acciones divinas». La acción del vicenciano es acción de gracia, por tanto, es acción de Dios. Una acción sostenida por el Espíritu de Jesús. Una acción visitada por Dios mismo, si bien Vicente afirma: «Hay que santificar esas ocupaciones buscando en ellas a Dios, y hacerlas más por encontrarle a él allí que por verlas hechas».

El «corazón de Dios» enciende el de Vicente. Alumbra un fuego en él, el fuego de su celo. ¿Cómo no dar a conocer a este Dios que es pasión de amor? Tal es el motor de su dinamismo y de su inventiva. El arde. El fuego es un elemento motor en él y brota del hogar permanente del Espíritu Santo.

Oremos:

Ruego a Dios con todo mi corazón que extienda sobre vuestra Com­pañía el espíritu de cordialidad y de unión, por el que honréis la unidad divina en la Trinidad de personas y el cordial respeto que hubo en la familia de su Hijo en su vida humana, saborearéis la paz que su Hijo nos ha dado después de su resurrección, tendréis una gran unión entre voso­tras y trabajaréis útilmente en el servicio de vuestro prójimo para vues­tra propia perfección y especialmente para la gloria de Dios, el cual os bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Bendito sea Dios!

RENOUARD, J.: “San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

SAN VICENTE AGRADAR A DIOS BAJO LA INSPIRACIÓN DEL ESPÍRITU

Es preciso convivir todos unidos a imagen de la Trinidad. Una unión durable, verdadera y humana entre los hombres (hermanas, misioneros, hermanas y hermanos), solo es posible en y por la Trinidad, a imagen de la Trinidad, por el desprendimiento de nosotros mismos.

Como en la Trinidad, se hará por medio del Espíritu Santo; Vicente habla de ello con frecuencia, pero los textos que nos quedan son pocos. Hemos escogido dos particularmente expresivos, conclusiones de sus cartas:

En fin, vivan todas unidas, sin tener más que un solo corazón y una sola alma, a fin de que por esta unión de espíritu sean una verdadera imagen de la unidad de Dios, ya que su número representa a las tres personas de la Santísima Trinidad.

Le pido para ello al Espíritu Santo, que es la unión del Padre y del Hijo, que sea igualmente la de ustedes, que les dé una profunda paz en medio de las contradicciones y de las dificultades, que necesariamente tendrán que existir alrededor de los pobres.

Le ruego al Espíritu Santo, que es la unión del Padre y del Hijo, que la sea igualmente de todos ustedes. Así se lo debe pedir también usted sin cesar, añadiendo a esas oraciones una gran atención para unir con usted de corazón y de obra a cada uno en particular y a todos en general.

Además de la unión que inspira el Espíritu Santo, hay que hacer otra puntualización. El espíritu vicenciano es inseparable del Espíritu Santo.

Es el responsable principal. Es incluso el solo regulador de este modo de ser, porque es el que distribuye los dones y los carismas.

Un carisma se proporciona a una persona para el bien todos. Este carisma personal es transmitido para que muchos tengan parte en él, como Elías transmitió su espíritu a Eliseo. El Espíritu opera de diferen­tes maneras para la construcción del cuerpo de Cristo: por la palabra, los sacramentos, la gracia, las virtudes, en fin, por los dones especiales llamados carismas por los que se ofrece a los fieles la capacidad de asu­mir las diferentes responsabilidades que sirven al bien general de la Igle­sia. Así, el carisma de san Vicente, transmitido a miles de vicencianos, después de su muerte en 1660, y reanudado por el bienaventurado Ozanam y sus compañeros en 1833.

Si el carisma de la familia vicenciana se resume por la célebre frase «al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo», los dos se conjuntan. Todo vicenciano, digno de este nombre, está comprometido a la vez con Cris­to y con los pobres. Este doble compromiso es la segura fidelidad a la vocación vicenciana. Es la clave de la perseverancia también, sin caer en un comportamiento pietista o en un activismo social que solo será humanitario. ¿Por qué esta constancia?

Porque el trabajo de evangelización o del servicio es obra del Espí­ritu y no hay ruptura entre contemplación y trabajo propiamente vicencianos. Es el mismo Espíritu que asegura la permanencia de la presencia de Cristo en el pobre y en la oración. Todo esto es posible gracias al modo de ser de Cristo. Es aquí donde Vicente hace una feliz síntesis entre el espíritu de Cristo y el Espíritu Santo. Vayamos al encuentro de su pensamiento:

Habla del espíritu de Jesús, de su manera de ser, se puede decir de su mentalidad o su especificidad, de su ser profundo. Cada vicenciano es llamado a vivir como Cristo y a la manera de Cristo.

Revestirse de su espíritu

Así pues, la regla dice que, para hacer esto (evangelizar), lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesu­cristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh padre! ¡Qué negocio tan importante éste de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que, para per­feccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por nosotros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo. Para entenderlo bien, hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo; sus acciones y sus obras están penetradas del espíritu de Dios, de forma que Dios ha suscitado a la compañía, y lo veis muy bien, para hacer lo mismo.

A continuación, de repente, el pensamiento opera un deslizamien­to. Tenemos la impresión que asciende un escalón. Pasa de espíritu-mentalidad a la persona del Espíritu Santo, agente de esta acción. Es Él, el maestro interior, el que da las disposiciones y los sentimientos de Cristo.

El Espíritu Santo en acción

Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: »El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras-, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su perso­na, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuan­do se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu.

A partir de esta acción del Espíritu Santo, vivimos de un espíritu crístico. Cada vicenciano puede vivir en conformidad con el espíritu de Nuestro Señor porque está colmado de las gracias del Espíritu Santo, como lo estuvo Jesús. A continuación, Vicente sigue describiendo esta manera de ser de Cristo:

Un espíritu de perfecta caridad

Pero ¿qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfec­ta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atri­buía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre… (Jn 7, 16). ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor!…

Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones exterio­res e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, des­precio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los hono­res. He aquí una descripción del espíritu de nuestro Señor, del que hemos de revestirnos, que consiste, en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor de Dios.

En resumen, Vicente de ningún modo distingue entre Espíritu Santo y espíritu de Cristo. Revestirse del espíritu de Jesucristo es recibir el Espíritu Santo. En la expresión vicenciana todo lo que es espíritu es obra del Espíritu Santo.

He aquí el motor de nuestro obrar vicenciano: ¡El Espíritu Santo, Espíritu de Cristo! Vicente ve a su discípulo revestido del Espíritu de Cristo y por esto lo reenvía a su Bautismo. Por este sacramento él es lla­mado a vaciarse de sí mismo. Hay que morir a uno mismo y adherirse a Dios (cfr. Ga 3, 26-27, Rom 6, 3-4,12, Col 11,1). Como dice el padre Dodin que ha bosquejado muy bien la espiritualidad según se deduce de los escritos del señor Vicente (incluso si el santo vive más de una expe­riencia que de una doctrina): «La espiritualidad de la Misión no se basa en una teología del sacerdocio, se basa en una profundización de la doctrina de la identificación con Cristo por el bautismo», y se ha de añadir esto, muy importante para nosotros: -Por el bautismo Cristo imprime en nosotros su carácter y, dándonos por así decirlo la savia de su espíritu y (le su gracia, nos permite operar acciones divinas». La acción del vicenciano es acción de gracia, por tanto, es acción de Dios. Una acción sostenida por el Espíritu de Jesús. Una acción visitada por Dios mismo, si bien Vicente afirma: «Hay que santificar esas ocupaciones buscando en ellas a Dios, y hacerlas más por encontrarle a él allí que por verlas hechas».

El «corazón de Dios» enciende el de Vicente. Alumbra un fuego en él, el fuego de su celo. ¿Cómo no dar a conocer a este Dios que es pasión de amor? Tal es el motor de su dinamismo y de su inventiva. El arde. El fuego es un elemento motor en él y brota del hogar permanente del Espíritu Santo.

Oremos:

Ruego a Dios con todo mi corazón que extienda sobre vuestra Com­pañía el espíritu de cordialidad y de unión, por el que honréis la unidad divina en la Trinidad de personas y el cordial respeto que hubo en la familia de su Hijo en su vida humana, saborearéis la paz que su Hijo nos ha dado después de su resurrección, tendréis una gran unión entre voso­tras y trabajaréis útilmente en el servicio de vuestro prójimo para vues­tra propia perfección y especialmente para la gloria de Dios, el cual os bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Bendito sea Dios!

RENOUARD, J.: “San Vicente de Paúl maestro de sabiduría

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