P. Salvador Codina. Nació en Hostalrich el 14 (le abril de 1765; fue admitido en la Congregación el 2 de febrero de 1785 e hizo ros votos el 3 de febrero de 1787. Se distinguió mucho como misionero y como profesor. Falleció en Barcelona el 28 de enero de 1819. Refieren de él las Memorias: «Este señor fue un sujeto de los más aventajados que ha tenido la Congregación en letras y virtud, y que desempeñó con gran lustre los cargos más difíciles de la Congregación. Porque primero fue profesor que con mucho método y gran claridad enseñaba, haciendo que con gran facilidad aprendiesen sus discípulos. Después fue superior de la casa de Mallorca, encendiendo a todos sus individuos con sus discursos llenos de instrucción y de fuego, y gobernándoles con gran suavidad; pero con gran entereza y prudencia, fue quitado de este empleo y dejado sin otro que de súbdito, mostró su humildad quedando tranquilo en este abatimiento, lo mismo que cuando de repente fue apeado del cargo de profesor. Se aplicó a componerse sus funciones, que como era buen orador, para otro que él, serían demasiado elevadas. Era muy curioso y así escribió acerca de las rúbricas y el cómputo eclesiástico y otras cosas, y muchas notas de Moral, de que llenó todos los márgenes de un Compendio Salmanticense que él se tenía. Hecho individuo de la casa de Barcelona, se ejercitó muchísimo en las funciones del ministerio, yendo a las misiones y predicando a ejercitantes; pero con tal espíritu, que en los púlpitos de los pueblos parecía un Apóstol, y predicando a los eclesiásticos un San Pablo, y como su virtud y ejemplo acompañaba su predicación, hacía en todos un fruto admirable.
Era muy afable y muy cortés, y por esta su pulidez había antes sido enviado a Madrid por asuntos de las Hermanas de la Caridad, de donde tuvo que marchar, porque por decir la verdad que algunas señoras cortesanas de la Junta de la Caridad no podían sufrir, supo le iban a desterrar.
Padecía sus achaques, y en especial en los ojos, que llevaba con gran paciencia y aun alegría, no queriendo singularidades… A pesar de sus achaques había estudiado sus funciones de memoria, tan al pie de la letra como pudiera hacerlo un puro gramático, sin hacer ninguna que no la supiese bien; lo que hacía que las hiciese con mucho garbo, de modo que era gusto oirle, y no sólo en el púlpito, más aún en las conferencias de la Comunidad, así cuando superior como cuando súbdito.
La última enfermedad, por decirlo así, le cogió con las armas en la mano: pues estando predicando en Olot a los eclesiásticos que le oían como a un Sto. Padre de la Iglesia, cargó tanto sobre él… [sigue más de una línea en blanco], que teniendo que ceder al mal, se retiró a casa, donde poco a poco fue reducido a no poderse mover del cuarto, a donde le iban a visitar, principalmente en tiempo de recreación, los sacerdotes… Luego le dio un accidente que, dándole el médico por mortal, se le acudió luego con los san tos sacramentos, que recibió con muchas muestras de devoción y auxiliándose él mismo con actos de virtud, dio su alma al Criador.»







