Salvador Codina

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1935 · Source: Notas Biográficas.
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P. Salvador Codina. Nació en Hostalrich el 14 (le abril de 1765; fue admitido en la Congregación el 2 de febrero de 1785 e hizo ros votos el 3 de febrero de 1787. Se distinguió mucho como misionero y como profe­sor. Falleció en Barcelona el 28 de enero de 1819. Refie­ren de él las Memorias: «Este señor fue un sujeto de los más aventajados que ha tenido la Congregación en letras y virtud, y que desempeñó con gran lustre los cargos más di­fíciles de la Congregación. Porque primero fue profesor que con mucho método y gran claridad enseñaba, haciendo que con gran facilidad aprendiesen sus discípulos. Después fue superior de la casa de Mallorca, encendiendo a todos sus individuos con sus discursos llenos de instrucción y de fuego, y gobernándoles con gran suavidad; pero con gran entereza y prudencia, fue quitado de este empleo y dejado sin otro que de súbdito, mostró su humildad quedando tranquilo en este abatimiento, lo mismo que cuando de re­pente fue apeado del cargo de profesor. Se aplicó a com­ponerse sus funciones, que como era buen orador, para otro que él, serían demasiado elevadas. Era muy curioso y así escribió acerca de las rúbricas y el cómputo eclesiástico y otras cosas, y muchas notas de Moral, de que llenó todos los márgenes de un Compendio Salmanticense que él se tenía. Hecho individuo de la casa de Barcelona, se ejerci­tó muchísimo en las funciones del ministerio, yendo a las misiones y predicando a ejercitantes; pero con tal espí­ritu, que en los púlpitos de los pueblos parecía un Apóstol, y predicando a los eclesiásticos un San Pablo, y como su virtud y ejemplo acompañaba su predicación, hacía en todos un fruto admirable.

Era muy afable y muy cortés, y por esta su pulidez había antes sido enviado a Madrid por asuntos de las Hermanas de la Caridad, de donde tuvo que marchar, porque por de­cir la verdad que algunas señoras cortesanas de la Junta de la Caridad no podían sufrir, supo le iban a desterrar.

Padecía sus achaques, y en especial en los ojos, que lle­vaba con gran paciencia y aun alegría, no queriendo sin­gularidades… A pesar de sus achaques había estudiado sus funciones de memoria, tan al pie de la letra como pudie­ra hacerlo un puro gramático, sin hacer ninguna que no la supiese bien; lo que hacía que las hiciese con mucho garbo, de modo que era gusto oirle, y no sólo en el púlpito, más aún en las conferencias de la Comunidad, así cuando su­perior como cuando súbdito.

La última enfermedad, por decirlo así, le cogió con las armas en la mano: pues estando predicando en Olot a los eclesiásticos que le oían como a un Sto. Padre de la Igle­sia, cargó tanto sobre él… [sigue más de una línea en blan­co], que teniendo que ceder al mal, se retiró a casa, donde poco a poco fue reducido a no poderse mover del cuarto, a donde le iban a visitar, principalmente en tiempo de recrea­ción, los sacerdotes… Luego le dio un accidente que, dán­dole el médico por mortal, se le acudió luego con los san tos sacramentos, que recibió con muchas muestras de devo­ción y auxiliándose él mismo con actos de virtud, dio su alma al Criador.»

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