EL FIN
Sólo siete meses y veintitrés días transcurrieron entre la libertad de Saint-Cyran y su muerte, acaecida el día 11 de octubre de 1643.
El abad, transcurridas que fueron las naturales efusiones de los primeros días de libertad, se dedicó de nuevo al estudio tan tenazmente como solía, y deseoso de realizar una obra provechosa a la religión, encargó a sus amigos más piadosos y a la comunidad de Port-Ro-yal, que pidieran a Dios le hiciera conocer su voluntad a ese respecto. Alguien le sugirió la oportunidad de una obra contra el calvinismo, cuyos pastores ganaban abundante terreno en algunas regiones francesas. No hizo falta más. El abad inmediatamente comenzó a trabajar con mucho empeño en la redacción de la obra sugerida, al fin de la cual el abad proyectaba recluirse como simple religioso en su abadía, después de resignar aquel cargo en su sobrino Barcos, que le sucedió efectivamente.
Pero el trabajo de Saint-Cyran no alcanzada su término. Un empeño que otra vez pone de manifiesto la dualidad de este hombre triste, que una secreta afinidad aproxima a la tristeza del calvinismo, sobre todo en algún punto fundamental, como la cuestión de la Gracia, y que, sin embargo, repudia decididamente el conjunto de las doctrinas calvinistas.
Además, los azares consecuentes a la publicación de un catecismo que bajo el título de Teología familiar apareciera un mes antes de su salida del castillo de Vincennes, privaron de paz los últimos meses de la vida del bayonés. Ciertas expresiones de este catecismo a propósito de la Santísima Trinidad parecieron sospechosas y Saint-Cyran negándose obstinadamente a modificarlas, aun a súplicas de sus mejores amigos y hasta de la madre Angélica Arnauld que le instaba en vano a humillarse, condensaron otra vez encima de él las nubes de la tormenta.
La aparición del libro La fréquente Communion, original de Arnauld, que él había inspirado, y la triunfal difusión de la obra, parecieron animarlo, porque una vez más este éxito fue interpretado por Saint-Cyran como una justificación de sus doctrinas por parte de Dios, pero tres días antes de su muerte, sus palabras a Lancelot, que marchó a visitarlo en la casa del recinto de los cartujos que habitaba, sonaban a despedida.
Saint-Cyran de acuerdo con su dinámico lema favorito: Stantem mori oportet, no dejaba de trabajar; sin duda, tenía el presentimiento de su muerte próxima.
La muerte le rondaba efectivamente. El sábado, el médico que le visitaba, M. Guerin, que también atendía a los jesuitas, oyó de él estas palabras que traducen su obsesión: —»Señor, diga a sus Padres que cuando yo muera, tampoco triunfarán, y que yo dejo detrás de mí otros doce más fuertes que yo.»
El domingo, día r i de octubre, entre las cinco o seis de la mañana, las laboriosas molestias de la noche, se resolvieron en un ataque de aplopejía. No obstante, recobró el pleno conocimiento durante un par de horas, y entonces el cura de la cercana parroquia de Saint-Jacques-du-Haut-Pas, administró los últimos Sacramentos al enfermo, pero hacia las once, Saint-Cyran, víctima de otro ataque, entregó su alma a Dios. El abad contaba sesenta y dos años.
Lancelot pormenoriza los detalles de la muerte, y se extiende acerca de la gran afluencia de visitantes para rezar delante del cadáver, a cuya vista escribe estas líneas significativas : «Dirigiendo la vista sobre el cuerpo que estaba todavía en la misma postura en que lo dejó la muerte, yo lo encontraba tan lleno de majestad, y con una tan grave apariencia, que no me cansaba de admirarlo, y yo imaginaba que aun en tal estado, hubiese sido capaz de inspirar temor a sus más apasionados enemigos, si ellos lo hubiesen visto.»
La fanática estimación que le tenían sus amigos, les inspiró repartirse como reliquias sus restos. El señor de Andilly se reservó el corazón. Esta donación figuraba en el testamento de Saint-Cyran, a condición de que el mayor de los Arnauld se retirara del mundo. Las entrañas fueron dejadas aparte para ser enterradas en Port-Ro-yal de París. A instancias de Le Maitre, el biógrafo del abad, el fiel Lancelot, cortó las manos al cadáver para entregarlas a aquél, que las reclamaba exaltadamente. Y el resto del cuerpo fue enterrado en la parroquia de Saint-Jacques-du-Haut-Pas, a continuación de los funerales celebrados el martes.
Asistió un enorme y selecto concurso de incondicionales, que muchos obispos y arzobispos, presidían.
EL HOMBRE Y SU RETRATO
Debemos a Philippe de Champaigne, el pintor de los personajes jansenistas, el retrato de Juan du Verger de Hauranne, abad de Saint-Cyran.
Un rostro universal de vasco, una cabeza que puede darse en muchos puntos distintos de Vasconia, que lo mismo puede ser navarra que labortana, guipuzcoana o vizcaína que alavesa.
Una frente inmensa, abombada, que la calvicie despeja todavía más; un frontis enorme, una cavidad craneana asiento de un cerebro cuyo tamaño produjo asombro a los médicos que practicaron la autopsia; una nariz grande, afilada, prominente, que nace de una base pequeña, y cae voluminosa sobre el bigote; la boca pequeña, los labios finos, las comisuras rectas; la barba muy cuidada, en punta, que disimula un brote de prognatismo; las cejas contraídas, dibujando las líneas de la preocupación, y los ojos grandes, reconcentrados, que miran con desconfiada tristeza y, sin embargo, quieren ser amables.
En algún grabado de época, seguramente inspirado en este retrato de Philippe de Champaigne, esta triste mirada del abad de Saint-Cyran tiene casi un aire de imploración.
¿Dónde hemos visto repetido este mismo rostro? Dos siglos y medio más tarde, el guerrillero guipuzcoano Santa Cruz, un sacerdote que luego, convertido en el ejemplar Padre Loidi, extinguió su vida como ardoroso misionero en la altiplanicie colombiana, un hombre, lo mismo que Saint-Cyran, poseído por una inmensa vanidad de su propia importancia, reproduce con mucha más inclemente inhumanidad el retrato del abad.
El montaraz cura Santa Cruz, antes de lanzarse al monte en el inicio de la segunda guerra carlista, deja en su parroquia de Hernialde fama de su habilidad confeccionando flores artificiales, las flores de trapo con que el jansenismo sustituyó en los altares de las iglesias las flores del campo cuya belleza ponderó Jesús en términos encarecidos.
Philippe de Champaigne retrató a Saint-Cyran con atildamiento, con el máximo decoro clerical, lamentando seguramente la imposibilidad de realizar al abad con las galas prelaticias. Pero si quitamos a su personaje las vestiduras eclesiásticas, le enmarañamos y ensuciamos la barba y le ponemos una boina, tendremos, con las mismas bolsas debajo de los ojos, una extraña aproximación del rostro de Pío Baroja.
Y quién duda que la obstinación de entrambos personajes, impulsada desde lugares de arranque tan diversos, es gemela en muchos aspectos, incluso inspirando la desconfiada tutela que sobre ellos ejercieron sus respectivas madres.
La madre de Saint-Cyran se creía en el caso de defender a Jansenio de los excesos intelectuales a que le sometía aquél. La madre de Pío Baroja trató siempre a su hijo como un eterno menor de edad.
Una figura, la de Saint-Cyran triste por modo fundamental. Este hombre además siente la necesidad de contagiar su tristura íntima; de volcar en los demás las sombras de su morada interior. Replegado en sí mismo, como muchos de su tierra, asalta desde sus más escondidos repliegues a todos cuantos a 2 se acercan. Las líneas de la preocupación ensombrecen este rostro.
Saint-Cyran es en el retrato de Champaigne el melancólico que se autorretrata en sus crueles ataques a Garasse: «Vuestro espíritu no tiene demasiada firmeza y tampoco le acompaña esa feliz melancolía que hace clarividentes y juiciosos a los hombres, y es enteramente necesaria para afianzar los pensamientos y detener un poco la velocidad del espíritu en la lectura de los autores, a fin de sopesar mejor las palabras y penetrar más profundamente el sentido de su razonamiento.»
¿Cabe más acertado autorretrato? Acaso esas palabras encierran la clave psicológica de Saint-Cyran.
El hombre del retrato del pintor de los jansenistas, es un melancólico vencido por su propia melancolía. A la larga, la melancolía se le resolvió en acrimonia.
El impresionante fondo puesto por Elías Salaverría a la figura, tal como él la representa, de San Ignacio de Loyola, convendría admirablemente a este retrato, asimismo impresionante, de Saint-Cyran.
Las ásperas y melladas crestas de la Peña de Aya celadas de nubes, los ceñudos verdes y densos grises del paisaje sin sol, enmarcarían perfectamente al adusto hijo de Bayona.
La mirada de Saint-Cyran es una mirada que actúa. Revela la idea fija.
Todos los hijos de la tierra vasca hemos sentido alguna vez fija en nosotros esa mirada sacerdotal entre implorante y coactriz. Es la mirada de uno de tantos hombres de nuestra tierra, practicantes acérrimos de la fundamental idea de Saint-Cyran, que, aplicada absolutamente a todas las situaciones, resulta con tanta frecuencia catastrófica: Todo o nada.
Saint-Cyran, él mismo se forjó la mayor parte de sus enemigos. Su mirada es la de un hombre acorralado, que fue encerrándose él mismo a sabiendas, tal vez con una íntima complacencia de su parte.
El rostro de Saint-Cyran revela a una raza y la actitud de esa raza ante el mundo. En esa cara se lee la historia pasada y futura de una raza mucho más que en las obras de los historiadores.
No faltan tampoco quienes encuentran parecido entre ese rostro y el de San Ignacio de Loyola, el vasco equilibrado que no se perdió -sino todo lo contrario-por los caminos interiores del espíritu.
Yo mismo fuí uno de los que advirtieron y notaron ese parecido, que, desde luego, no negaré ahora; pero el retrato de Saint-Cyran posee también algo de ese misterioso resentimiento que inmoviliza duramente la cara patilluda del malogrado general Zumalacarregui.
Saint-Cyran es un hombre triste, establecido en la tristeza.
Mi tierra vasca da a menudo esta clase de hombres empecinados, obstinadamente abrazados con el fracaso, que aman el fracaso con amor casi patológico.
Y no quiero con esto, desconocer el trascendental sentido que el fracaso tiene en la economía del cristianismo. Este desconocimiento revelaría una imperdonable inconsecuencia en mí, autor de una biografía de San Francisco de Javier, el gran santo del conmovedor fracaso final.
Saint-Cyran, mi hermano bayonés, me inspira piedad.
En este momento final de este pobre bosquejo, distante, me parece, de los ditirambos de los unos, o de la implacable severidad, igualmente tocada de pasión, de los otros, necesito confesar que este hombre me inspira profunda pena.
Y esta manifestación de piedad, posiblemente es una manera de manifestar piedad hacia nosotros mismos.
Los vascos tenemos tanto de ese hermano mayor que se llama Juan du Verger de Hauranne Etcheverry…
José de Arteche
Auñamendi







