Saint-Cyran (XII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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DOS SAINT-CYRAN DISTINTOS

Pero hay que volver al hilo del relato. Lancelot, el incondicional biógrafo del abad, cuenta cómo ocho días después de ser éste puesto en libertad, le propusieron la celebración en Port-Royal de París de una misa solemne de acción de gracias. Saint-Cyran, sin embargo, rehusó por encontrarse demasiado débil, y, con la estola puesta, se limitó a recibir la Sagrada Comunión. Terminada la misa, se cantó un Te Deum. El biógrafo del abad re­lata enseguida con detallismo lo ocurrido a continua­ción.

Saint-Cyran envió a su criado a la sacristía, para rogar a los allí presentes reunirse en la iglesia. Entre ellos se contaban Singlin y Arnauld, celebrante y diácono res­pectivamente de la solemne misa recién terminada. Una vez todos reunidos, el abad propuso el canto de un sal­mo, el primero que saltase, que pudiera servir como cán­tico de alegría y en acción de gracias, todos los viernes, día de su liberación, y para todo el resto de su vida. Lancelot prosigue relatando cómo después de invocar a Dios, el celebrante introdujo un alfiler en el salterio sostenido por Arnauld. Salió el salmo XXXIV, el que comienza: «Juzga, oh Señor, a los que me dañan: bate a los que pelean contra mí». Saint-Cyran, agradable­mente sorprendido de la aparición del salmo, y conven­cido de que Dios se lo mostraba por intermedio de uno de sus ministros, quiso inmediatamente cantarlo, y rogó a todos que abandonaran la capilla.

Salieron todos en efecto, menos Singlin y Lancelot. Estos, afectando marcharse, se escondieron en una esqui­na de la iglesia para observar los transportes del abad, sin ser vistos por éste. Entrambos esperaban que la de­voción de Saint-Cyran les edificara íntimamente.

Y en efecto, quedaron edificados, al ver al abad can­tando con mucha efusión de lágrimas el salmo y vién­dole también al final postrándose rostro en tierra. Y así permaneció largo tiempo delante del altar gimiendo y suspirando.

Lancelot, al final de su largo pasaje relatando el su­cedido, imagina que durante aquella prolongada pros­ternación el espíritu de Saint-Cyran resolvió las vengan­zas que el salmo implora, en ansia de bendiciones para sus propios enemigos.

Por su parte Sainte-Beuve dice que el pasaje de Lancelot, leído en voz alta, le conmovía hasta las lágrimas y añade que, en efecto, en aquella ocasión, Saint-Cyran indudablemente rezaba por sus perseguidores, es decir, por los jesuitas. Pero Sainte-Beuve no es vasco y yo sí, y aquí me atrevo a manifestar el sentimiento de íntima incomodidad que experimento a la lectura de ese pasaje que refleja, en muchos matices, un episodio a todas luces carente de naturalidad. La natural alegría de la libertad en un hombre normal, se resolvería en efusiones más sencillas.

La oración, según Jesús, debe ser una secretísima ofrenda al Padre. Desde que Sainte-Beuve manifestara su emoción ante ese pasaje de la vida del bayonés, han ocurrido muchas cosas. Los hombres de hoy poseen, muchas veces a pesar suyo, una antena extraordinaria­mente sensible para captar la ausencia de naturalidad.

Hay mucha distancia entre esa oración y sus apara­tosos añadidos, y la singular y muda imploración noc­turna de San Ignacio de Loyola, de rodillas en la azotea de su residencia romana, mirando con los ojos arrasados en lágrimas a la noche estrellada. Esta postura de San Ignacio tiene naturalidad, posee validez y la conserva, acrecentada, en nuestro doloroso siglo XX. Hoy, este acto de San Ignacio, no nos ruboriza; al contrario, nos conmueve profundamente.

La visita de Saint-Cyran a Port-Royal des Champs, refugio de los solitarios, descubre en cambio, por medio de la narración del mismo Lancelot, el amor y la preo­cupación por los niños que el abad sentía.

Los gritos de un campesino pidiendo socorro porque su mujer había dado a luz un niño muerto, interrumpie­ron, y luego derivaron al tema de los niños, la conver­sación que en aquel momento Saint-Cyran mantenía con Le Maitre, director espiritual de los solitarios, en la celda de éste.

«Yo amo extraordinariamente toda clase de niños», dijo entonces al abad. Y descubrió su corazón a Le Maitre confesándole que su íntima inclinación le lleva­ba al servicio de los niños. El mejor Saint-Cyran se expresa en estas confidencias recogidas por Lancelot con todo detalle. El abad, hallándose preso en el cas­tillo de Vincennes, ejercía de maestro de uno de los niños de una viuda pobrísima, al que cuidó también de alimentar, y luego envió al monasterio de Saint-Cyran, «recomendándolo como un niño de Dios», que él, el abad, amaba como si fuese hijo suyo. «Yo hubiera podido retenerlo en la prisión como una especie de ju­guete vivo —añadió— pero quise más alejarle a tiempo de mí y separarle de un medio ambiente donde no podía adelantar en la virtud».

Saint-Cyran confesó asimismo a Le Maitre, haber educado él mismo a un carpinterito que todavía permanecía en su monasterio. Por eso recomendaba a los mon­jes del mismo, que hablaran a menudo de Dios a este muchacho, y le hicieran rezar, «porque sin esto todo es inútil». Y aún añadió otras muestras de su afecto a los niños, como por ejemplo, la costumbre que tenía en Vincennes de adoptar niños de pecho pagándoles las nodrizas y encargando a éstas la compra de las ro-pitas de aquellos pobrecitos.

El abad proyectaba también la recogida de huérfanos en su abadía. «Poco antes de salir del castillo de Vincennes, me hablaron de un huerfanito a quien envié a mi abadía. Y he querido que sepa —añadió— que un abad llamado de Saint-Cyran cuida de alimentarle, y quiero también que rece a Dios por este abad diaria­mente, puesto que a es quien reemplaza a su padre y a su madre fallecidos. Cuando estos niños sean grandes, cuidaré de que aprendan un oficio, o les educaré según las dotes de gracia que adivine en ellos. Siempre trato de cuidar a estos niños hasta el fin, a fin de que mi limosna sea semejante a la limosna y a la gracia que Dios nos concede. Si la limosna no llega hasta el fin, es una limosna propia de réprobos.»

Y el abad terminó así sus propósitos a Le Maitre acerca de los niños: «Es necesario rezar constantemen­te por las almas de los niños y vigilarlas siempre, ha­ciendo guardia como si se tratase de una plaza en armas. El Diablo las ronda por fuera y ataca temprano a los cristianos; viene a reconocer la plaza, y si el Espíritu Santo no la ocupa, el Diablo la ocupará. El Diablo ata­ca a los niños, y éstos no combaten: es preciso combatir por ellos. Una cizaña lanzada un instante antes de dormirse es suficiente al Diablo, que no busca en las almas tiernas más que pequeñas aberturas.»

Ante este Saint-Cyran es menester descubrirse con todo respeto. El problema de lo inconsciente está plantea­do en las hermosas palabras del abad. Este vasco agreste descubre aquí, en un rapto de intimidad, los tesoros de bondad de su corazón, apareciéndosenos como uno de esos hombres que necesitan poner la cara adusta, para así encubrir mejor su ternura cordial.

Habría, sin embargo, que oponer un reparo a cier­tos matices pesimistas de su concepto de la educación de los niños. «Aun cuando el hombre más sabio del mundo acometiera la obra de educar un niño para Dios, no podría triunfar si Dios mismo no preparara de ante­mano el fondo del corazón de este niño. Los pintores escogen el fondo de sus más hermosas creaciones y lo preparan de antemano; pero corresponde a Dios, y no a nosotros, la formación del fondo de estas almas y su primera preparación.»

Hoy diríamos, apostillando este pensamiento de Saint-Cyran, que en orden a las almas, Dios ansiosa­mente aguarda nuestra ayuda, y que mientras exista un hálito de vida, nunca debe desesperarse de ninguna al­ma.

Y en el fondo, el mismo abad aplicaba este princi­pio, porque, en definitiva, el último juicio de las almas nos está vedado, y únicamente pertenece a Dios nues­tro Señor.

Pero estas confidencias al ocaso de la vida, unos me­ses antes de la muerte, nos asoman a la desconcertante interioridad de este hombre que, sin lugar a duda, equi­vocó su rumbo vital.

¿Qué clase de animadversión desvió a este hombre, que con entrañas de piedad amaba a los niños, condu­ciéndolo a una estéril lucha de por vida, fatal en sus trágicas consecuencias para la fe que indudablemente amaba de todo corazón?

Un respetuoso sentimiento nos paraliza conmovidos delante de este vasco bayonés, el mejor Saint-Cyran, que, por sorprendente paradoja, tenía acerca de la edad de la comunión de los niños casi las mismas ideas que San Pío X; delante del sacerdote que, pensando en imágenes, respiraba a Dios, y que sumándose preci­samente a los jesuitas, impulsara positivamente el sen­tido de la mayor dignidad en la celebración del San­to sacrificio y en la ostensión del Santísimo Sacramento; ‘delante del hombre de oración, autor de meditaciones que a veces rozan lo sublime.

«Reconozco, Dios mío —escribió Saint-Cyran, en sus Maximes— reconozco por experiencias reitera­das que es mucho más difícil conseguir que remon­te hacia Vos, es decir, hacia la misma fuente, por medio de un humilde acto de agradecimiento, la gracia recibida por el alma, que de atraerla al al­ma por la oración, y que ese retorno hacia su origen de la gracia es mucho más meritorio que las efusiones de la misma fuera de su manantial. Por esto os pido yo esta gracia única, compendio de todas las demás: que vuestra gracia jamás se detenga en mí, que nunca descienda a mí sino para que ascienda de nuevo hacia Vos, y que tampoco remonte nunca sino para que otra vez descienda a mí, a fin de que eternamente sea rocia­do de Vos y seáis Vos como rociado por las aguas que vertáis en mi corazón».

A la lectura de esa oración profunda, admirable, ca­be otra vez, con inmensa pena, preguntarse qué miste­rio psicológico alumbró tan temprano en Saint-Cyran, esa su inmensa y pueril vanidad que lo apartó de su in­terioridad más verdadera, advocada a destinos más glo­riosos por otros más humildes caminos.

José de Arteche

Auñamendi

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