PASCAL, HIJO ESPIRITUAL DE SAINT-CYRAN
Pascal, el gran Pascal, el antiloyola furioso, estrictamente se halla al margen de la cronología existencial de Saint-Cyran, pero está inserto totalmente en esta historia, y es de todo punto obligado que aparezca en ella, aunque la primera carta de sus Provinciales sea posterior en doce años a la muerte del abad. Pascal es el más universal de los hijos espirituales del bayonés, el que lleva más adelante y con el mismo espíritu de implacable ferocidad, la guerra ideológica emprendida por éste y por Jansenio contra la Compañía de Jesús.
Vaya aquí por delante que mi condición de paisano de San Ignacio de Loyola y mi gran amor a su figura y también a su obra, no empecen a mi admirativo respeto hacia la persona del gran Pascal. Creo conocer bastante la obra de éste, porque a lo largo de mi vida sentí alguna vez la necesidad de razonar mi instintivo cariño hacia San Ignacio considerando a fondo los más recios ataques a su obra.
Y entre estos ataques ¡qué duda cabe que los de Pascal están en primera fila! Y sin embargo, la lectura de las Cartas Provinciales, puro ataque antijesuístico, coloca decididamente a un lector de ánimo generoso del lado de los jesuítas, a pesar de que Pascal en todo momento presenta a los jansenistas como víctimas. Porque hoy ya no se trata de ningún problema de persecución, sino de un problema ideológico, de una forma particular de concebir la religión.
La primera de las Cartas Provinciales revela ya un período muy álgido de la disputa entre jansenistas y jesuítas. ¡Y qué disputa! Pero al llegar aquí, es menester poner al lector un poco en situación.
En 1649, Nicolás Cornet, Síndico de la Facultad de Teología de París, extrajo del Augustinus las famosas cinco proposiciones, que el 31 de mayo de 1653 una bula del papa Inocencio X declaró heréticas. Los jansenistas oponen entonces la argucia de que el Papa no ha querido decir que las cinco proposiciones estuviesen contenidas en Jansenio y que no están por lo tanto condenadas en el sentido de Jansenio.
Cinco años más tarde, en plena polémica, un sacerdote parisino con la aprobación de M. Olier, otro venerable sacerdote, niega la absolución al duque de Liancourt, por estar en relación con los solitarios de Port-Ro-yal, educar allí a una nieta y dar albergue en su casa al abate de Bourzeis, famoso jansenista. Al ario siguiente Antonio Arnauld denuncia este caso en una carta abierta, que provoca a su vez un recrudecimiento de la polémica. «Respuesta a algunas preguntas, cuyo esclarecimiento es necesario en los tiempos presentes, por el Padre Francisco Annat, de la Compañía de Jesús y confesor del rey», es la más importante de las contestaciones a Arnauld. Este responde, a su vez, pero unos meses más tarde, el 14 de enero de 1656, la Facultad de Teología de París declara que Antonio Arnauld ha sido un temerario al afirmar que las cinco proposiciones no están en Jansenio.
Entonces Arnauld se oculta, porque los teólogos además han planteado la temible cuestión de derecho, referente a la acusación de herejía. Singlin, Nicole, Saci, de Rebours, de Barcos, sobrino de Saint-Cyran, se reunen en torno del refugio del Arnauld. Alguien sugiere que acaso Pascal, incondicional del jansenismo y afecto también al grupo, podría intentar una ágil defensa, algo diferente de todo lo que hasta entonces se había acostumbrado en aquella polémica.
Pascal se puso a trabajar sin pérdida de momento. Y el día 23 de enero de 1656 apareció la «Carta escrita a un provincial por uno de sus amigos, sobre el tema de las presentes disputas de la Sorbona». Nadie sospechó en Pascal al autor de esta carta ni de las diecisiete restantes, que aparecieron en el intervalo de un año, firmadas todas con el seudónimo Louis de Montalte, que, sin embargo, parecía aludir a la ciudad de Clermont-Ferrand, patria del sabio matemático.
De esta primera Carta y también de otras que le siguen, Dios está ausente, o por lo menos Pascal lo presenta como un gendarme caprichoso. En la forma como el gran pensador, asesorado por el estado mayor jansenista, plantea la cuestión, la verdadera religión apenas cuenta. Casi todo es odio y burla. Más tarde, gozando de la embriaguez del anónimo y de la enorme repercusión de sus cartas, trata hábilmente de oponer los dominicos a los jesuitas, utilizando para ello armas de polémica, golpes bajos propinados con mucha habilidad a un adversario sorprendido.
Pascal se va creciendo; sus Cartas favorecidas con el poderoso eco de lo clandestino, revelan también el aliento de una masa de incondicionales. La tercera de sus Cartas, la más hábil de todas, defendiendo a Arnauld y apuntando a la intriga de sus adversarios que votaron su censura, tuvo que hacer gran efecto, sobre todo al final, donde Pascal pretende que la disputa es una cuestión meramente personal al margen de una cuestión de doctrina. «Son disputas de teólogos y no de Teología».
Pero inmediatamente, en la siguiente Carta, el indignado pensador hace sin quererlo la mejor apología de los jesuitas, que sostienen, que; para pecar gravemente, se necesita tener conciencia de pecado e intención y voluntad de pecar. Es increíble que Pascal no supiera lo que hoy cualquier niño, conocedor del catecismo, sabe; pero en todo caso, la irritada obstinación de Pascal alumbra la sombría indignación de los jansenistas, empeñados en desconocer que puede haber pecados involuntarios.
El jesuita que disputa con Pascal, al revés que éste, creía en la salvación de la mayoría, creía sencillamente en la infinita misericordia de Dios, mientras Pascal se obstina en olvidar el perdón setenta veces siete, es decir, el perdón siempre, prescrito por Jesús.
No puede negarse habilidad a Pascal en la manera de concebir sus panfletos; pero el tiempo ha dado totalmente la razón a los jesuitas, que él, en su quinta Carta, ataca, por tratar de predicar en China un cristianismo «glorioso». La miopía mental, intrigando incesantemente, hizo fracasar aquel generoso proyecto de la Compañía de Jesús de convertir a las masas chinas usando el método paulino de hacerse todo a todos, un intento que, de proseguirse, hubiera seguramente cambiado los rumbos ideológicos de China; pero hoy no cabe más que lamentar con amargura aquel doloroso fracaso. Y cuanto más tiempo pase, los motivos de lamentación no harán sino acrecerse penosamente.
Pascal excluye la buena fe y en las siguientes Cartas se mueve en un mundo de triquiñuelas, a enorme distancia de toda cordialidad. Todo es fijarse en las palabras; todo es frío, duro, triste, implacable. Pascal y sus amigos semejan espías del hombre. Vigilan al hombre, incapaces de concebir el abrazo al hombre, al hermano hombre. La sombra de Calvino planea en estas páginas desoladas. El que no se fía del hombre mal puede fiarse de Dios.
Pascal, lo mismo que Saint-Cyran, quita al hombre, pero lo peor de estas páginas donde no hay más que palabras y palabras que pervierten la teología y que ahora en su pesadez resultan insoportables aunque en su tiempo parecieran admirables, es que de Dios ni nos hablan siquiera. Porque por lo menos Saint-Cyran quería ofrecer a Dios lo que quitaba al hombre.
El amor está definitivamente ausente de las Provinciales de Pascal. El camino del cielo es estrecho, pero Pascal quiere hacerlo todavía mucho más estrecho. El pensador parece en muchos casos ultrarreaccionario, ultraconservador. Hoy, a distancia, muchos de sus argumentos producen efecto diferente del que se proponían. Pascal sólo se fija en casos aislados. La tendencia, la propensión de orden espiritual, la desconoce y, lo que es más triste, semeja como que quiere desconocerla. Las cuestiones económicas, nimios problemas de restitución le preocupan.
Pascal, asceta fríamente razonable, formidable razonador, hombre de alma geométrica pero que siempre irradia y a las veces estremece, es extraño en sus Cartas a las razones del corazón. También el calvinismo es una lógica. El corazón para Pascal es la cumbre del espíritu y no la base de sentimientos. El mundo sería inhabitable con personas que prescriban como él. A Pascal no se le ocurre ni puede ocurrírsele que a Dios nuestro Señor le gusta dejar hacerse trampa en punto a misericordia. Pascal no entiende la parábola de los trabajadores de la última hora que nos recuerda que en el universo cristiano las cuestiones mezquinas carecen de sentido. Ni siquiera concibe la intervención misericordiosa de la Virgen María en última instancia.
Hay Cartas, como la décima de la serie, en donde Pascal en realidad se condena a sí mismo, y que provocan en el lector una instintiva simpatía hacia aquéllos que él condena.
La confesión, según la quiere Pascal, discípulo fidelísimo de Saint-Cyran, sería para los penitentes un tormento. El confesor, para Pascal, es sólo y únicamente un juez, no un padre. Pascal quiere retener, no absolver, y considera que Jesús es tan duro como él es. ¿Quién se confesaría hoy, si los confesores se comportaran con los penitentes como Pascal quiere? ¿Qué otra solución cabría a los pecadores, que lo somos todos, sino la rama de árbol y la cuerda, o algún otro procedimiento a fin de cuentas equivalente? El mundo perfecto, según Pascal, sería un mundo de réprobos con una minoría de perfectos espiándose entre sí constantemente. Pascal destruye la confianza.
Pocas cosas existen más contrarias al espíritu de la parábola del Hijo Pródigo, que los conceptos desarrollados por Pascal al comienzo de su Carta XI, cuando responde a los jesuitas que en el ardor de la polémica contraatacaban reprochándole el hacer mofa y risa de las cosas santas. «No pretendáis, pues, padres míos —dice Pascal—, persuadir al mundo de que es cosa indigna de un cristiano burlarse de los errores; porque resulta fácil enterar a los que lo ignoran, de que esta práctica es justa, usada de los Padres de la Iglesia y autorizada por la Escritura, por el ejemplo de los mayores santos, y por el de Dios mismo. ¿No vemos que Dios aborrece y desprecia a los pecadores al extremo de que, a la hora de la muerte, cuando se hallan más tristes y desconsolados, la sabiduría divina une la mofa y la risa a la venganza y al furor, para condenarlos a suplicios eternos?».
La verdad es que este último párrafo recuerda con extraña semejanza apóstrofes de bastantes sermones de nuestra infancia.
Por otra parte sería un error considerar a la Compañía de Jesús en la lucha contra los jansenistas formando un bloque compacto. Hubo jesuitas que también fueron acusados de jansenismo.
Pero tampoco es cosa de negarle a Pascal la razón, cuando ésta le asiste, porque si por un lado sus invectivas, en ciertos momentos, alcanzan o traspasan los límites del ridículo, puesto que hasta el anagrama de la Compañía de. Jesús, el IHS le parece sospechoso, es menester asentir de corazón a su manera de pensar acerca de la limosna, o afirmar con el, cuando coincidiendo con sus impugnadores, dice «que no se debe hacer el menor daño para el mayor bien».
Es esta una rara y terca lucha, una tremenda polémica con todo el horror de las polémicas desmelenadas, en las que, atada previamente la caridad de pies y manos, todos los procedimientos parecen lícitos.
Pascal opone frente a frente a los jesuitas de su tiempo con San Ignacio y a los primeros generales de la Compañía, repitiendo así la táctica que a veces utilizó Saint-Cyran. Probablemente aquéllos, en el ardor del combate ideológico, abusaron también de las armas polémicas y de las que no lo eran tanto, y a través de las Cartas de Pascal semejan hallarse ya contaminados de alguna manera de jansenismo. La dureza de la polémica entre jesuitas y jansenistas, condujo a una especie de cooperación de las contradicciones. Por su parte, Pas-cal que odia con un odio que él ate santo a los casuístas, resulta también otro casuísta. Era aquel un catolicismo de preceptos nimios. Al final, los contendientes a las veces semeja que ignoran lo que discuten, al menos a través de Pascal: sus razones, largas, interminables, se parecen más que a ninguna otra cosa a monólogos entreverados a cada momento de insultos. Pascal utiliza asimismo las más-acerbas burlas, unas burlas que hacen presentir a Voltaire, pero un Voltaire por desgracia no ceñido en sus mofas únicamente a los jesuitas. Las Cartas Provinciales allanaron el camino a Voltaire.
La agresividad de Pascal, maravilloso estilista, alcanza la cúspide al final de sus Cartas, sobre todo en la Carta XVI que constituye una defensa de Jansenio, Saint-Cyran, Arnauld, las religiosas y los solitarios de Port-Ro-yal, entre los cuales él se cuenta, pero en el fondo se advierte el cansancio del polemista.
En la Carta siguiente, la XVII, fechada el 23 de enero de 1657, dedicada preferentemente a la defensa de Jansenio, aparece una bella confesión de fe: «Gracias a Dios, sólo reconozco en la tierra la Iglesia católica, apostólica, romana, en la cual quiero vivir y morir, bajo la obediencia y comunión de su soberana cabeza el Papa, lejos de la cual estoy persuadido de que no hay salvación».
Esta confesión, indudablemente sincera y sentida, puede asimismo ser una preparación táctica de sus postreros razonamientos y de la sugerencia definitiva de sus Cartas, intuida por él en la marcha de la polémica.
Porque el final se adivina. Pascal en la Carta siguiente se queja de su dificultad para encontrar impresores propicios a la edición de sus escritos, alusión a una orden del Justicia del Reino, prohibiendo en adelante la edición de las Cartas sin la firma de su anónimo autor, y además, sin previa censura. Las últimas Cartas Provinciales quedaban por lo tanto fuera de la ley, si bien todas ellas reunidas en un volumen, fueron editadas clandestinamente en marzo de 1657.
Pascal vuelve a defender a Jansenio arguyendo que no cabe achacarle una herejía que sus enemigos no pueden expresar, y que antes de condenarle es menester saber qué es lo que se condena y dónde, en qué sitios precisos del libro de Jansenio se expresan y mantienen las proposiciones que por una Bula acaban de ser condenadas. Pascal, ya en el mismo alero, se revuelve largamente contra la condenación de las cinco proposiciones, y sugiere que el Papa ha podido ser sorprendido en esta cuestión. Sin nombrar a los jesuitas, pero aludiendo claramente a ellos, Pascal añade que, como informadores del Sumo Pontífice, pudieron haber abusado de la confianza puesta por Su Santidad en ellos, y estima que un testimonio tan sospechoso, siendo por el contrario tan considerable el de sus adversarios, «es bastante razón para suplicar al Papa se sirva disponer que se examine este hecho en presencia de doctores de entrambas partes, para poder tomar una .decisión solemne y regular». Los papas repetidamente fueron engañados, afirma el pensador, con ejemplos verdaderos, pero esgrimidos con sorda irreverencia. Pascal alude incluso y maliciosamente a Galileo y su policíaca denuncia, y por último vuelve a solicitar que el único recurso para juzgar dignamente y persuadir a todos, consiste en examinar el libro de Jansenio en una conferencia bien ordenada.
Y ya no queda más que un pequeño fragmento de Carta, un embrión de una posible XIX Carta Provincial, que quedó en proyecto, dirigida lo mismo que las dos anteriores, al P. Armar, y en donde Pascal por lo visto pensaba desarrollar el tema de la profunda tristeza, del íntimo sufrimiento y congoja de los jansenistas, obligados a jurar y firmar lo que no estaban obligados a creer. En la conducta de los jansenistas, según Pascal, no hay nada que no se halle infinitamente alejado de la rebeldía y de la herejía, y su conducta sólo atiende a la conservación de la paz y la verdad, dos cosas amadas también por ellos infinitamente.
Pero tal vez en este repentino abandono de la polémica, alumbra un grave drama íntimo. El polemista, que en ciertos momentos produce la impresión de estar polemizando furiosamente consigo mismo, acaso se dio cuenta de que su proceder perjudicaba seriamente a su fe, y tuvo la fuerza de voluntad de detenerse en seco. De otro modo, es difícil explicar su inopinado silencio. Porque estaba prevista hasta la Carta XX. Una cita de Sainte-Beuve viene aquí muy a punto, aunque en una dirección afirma demasiado exclusivamente: «Las Cartas Provinciales mataron a los jesuitas, a los molinistas y a los tomistas; pero ellas debilitaron también profundamente muchas otras cosas».
Además, en realidad, Pascal, más que favorecer la causa de Port-Royal, asestó él mismo y contribuyó a que otros le asestaran los más duros golpes. Con el rigor y la fuerza característicos de las fórmulas del siglo XVII, excitó hasta el ápice aquella dramática guerra ideológica. Tal como Pascal plantea el problema, ya no habría cuartel en la lucha. Pero con todos los excesos lamentables que en ella se dieron, no es ésta la peor de las consecuencias. Una ideología triste paraliza la actividad apostólica, y el jansenismo del siglo XVII inutilizó a la Iglesia contra el racionalismo del siglo XVIII.
En medio de la espesa polvareda de aquella contienda entre jansenistas y antijansenistas —contienda europea con ramificaciones hasta en América— poco sitio podían tener los componentes del tercer partido, engrosado por hombres de centro, sin prejuicios, de muchas y diferentes gamas, liberales en el más noble sentido del vocablo, antiescolásticos del escolasticismo mal comprendido, partidarios de la necesidad de un regreso a la patrística y asimismo a un San Agustín auténtico.
Ortodoxos fieles, aristócratas del espíritu, llenos de sentido común, abominaban de la controversia y deseando esencialmente la paz, eran moderados y tolerantes. Este deseo de paz distinguía sobre todo a los prelados afectos al tercer partido, que además querían separar de las contiendas teológicas a los laicos y a las mujeres, propósito que claramente los distanciaba de los jansenistas. Sin embargo, sus deducciones, en el camino de la lógica, apuntaban lejos, al entender, por ejemplo, que no todo lo admirable de Trento carecía de defectos y que la puesta en marcha del mundo católico sobrepasó sus propósitos al convertir la Sagrada Escritura en inaccesible para los fieles, cortándoles así el directo contacto con las fuentes de la fe.
Emile Appolis, en su Le «Tiers Parti» Catholique au XVIIIé, los etiqueta con el nombre de católicos édairés, adjetivo que puede traducirse por idóneo o por ilustrado. Los jansenistas desconfiaban de ellos aunque en determinados momentos se inclinaban a considerar a algunos como eventuales aliados. Unos eran antijesuitas, de un anti que rompiendo en este caso con el sentido común llevaba su enemiga hasta la cuestión de los ritos chinos; otros, exalumnos de los colegios de la. Compañía, hacían subidos elogios de la misma; otros volvieron a la amistad de la Compañía después de haberla atacado. En la dolorosa ocasión de la supresión de los jesuitas esta rehecha vinculación a los miembros que fueron de la misma alcanzó tangencias conmovedoras.
Pero volvamos a Pascal.
Julien Green se pregunta, si Pascal habrá convertido a un hombre solamente, y emplaza a que se le cite un sólo caso de conversión obtenida por medio de los Pensamientos.
La cuestión es atroz, y su sólo planteamiento seguramente injusto, porque, para que un libro opere ese milagro que es la conversión, se necesitan muy especiales circunstancias. Personalmente, a mí, esta intencionada pregunta de Green, me produce una oscura pena. Los Pensamientos son una cima indiscutible y no únicamente en el aspecto estilista, sino muchísimo más allá del estilo. El agustinismo al rojo vivo de Pascal, cuando marcha libremente, sin ajenas insinuaciones, es distinto del agustinismo alambicado y al propio tiempo endurecido, lleno totalmente de distingos teológicos, de los post-royalistas.
Sin embargo, es preciso reconocer que Blas Pascal, el gran creyente, contribuyó por medio de las Cartas Provinciales, a preparar al cristianismo sus angustias de cien años más tarde.
José de Arteche
Auñamendi







