PRISIÓN Y PROCESO DE SAINT-CYRAN
En la madrugada del 14 de mayo de 1638, ocho días después de la muerte de Jansenio, el señor de Andilly, tesorero de la nación, el hermano mayor, como ya se dijo antes, de la madre Angélica Arnauld, cruzaba de viaje el parque de Vincennes. El rostro acerado y expresivo de Andilly que, amigo incondicional del abad, el día anterior le había visitado en su residencia, expresó enorme asombro.
Una veintena de guardias escoltaba un carruaje que conducía a Saint-Cyran. De momento, Andilly no identificó la naturaleza de la escolta, cuyos componentes llevaban todos vueltas las casacas, precaución, al igual que lo desusado de la hora y las grandes cautelas preliminares a la detención, que significaba un reconocimiento de la gran popularidad y prestigio del abad. Andilly, alegremente, gritó a su amigo sin imaginarse que éste iba preso.
–¿A dónde lleva usted toda esa gente?
—Si son ellos los que me llevan —respondió el detenido.
Andilly, que conocía al jefe de la escolta, autorizado por éste pudo hablar con el prisionero y aún, lleno de moción, abrazarlo. Saint-Cyran preguntó a Andilly si no llevaba algún libro consigo. El tesorero que en aquel momento tenía las Confesiones de San Agustín, le entregó esta obra. Poco después el abad ingresaba en la torre alta de Vincennes.
La detención de Saint-Cyran respondía a una orden del mismo Richelieu, el omnipotente dictador de Francia. La respuesta del bayonés al jefe de la escolta que, penetrando en la habitación de aquél, cortésmente le comunicó la orden de prisión emanada del rey, contiene una profunda ironía. Saint-Cyran, tomando con amabilidad la mano del jefe, dijo a éste:
—Vamos, caballero, allí donde el rey me ordena trasladarme; yo no tengo mayor alegría que cuando se me presentan ocasiones de obedecer.
El registro se hizo minuciosísimamente, interviniéndose manuscritos, que, publicados, hubiesen originado de treinta a cuarenta infolios. El magistrado encargado de examinar aquella masa de papeles, manifestaba su asombro ante aquella inmensa producción original de un sólo hombre. Sólo se salvaron del registro unos papeles que formaban dos o tres volúmenes, que estaban en el fondo de un cofre, unas meditaciones acerca del Santísimo Sacramento, que luego Barcos, el sobrino del abad, se apresuró, lleno de temor, a echar al fuego Richelieu conoció a Saint-Cyran en Poitiers, cuando como obispo de Luçon visitaba en aquella ciudad a su amigo el obispo titular de la misma M. de la Roche-posai de quien el bayonés era vicario general, o mejor todavía, el prelado adjunto de la diócesis. Saint-Cyran tenía entonces cerca de cuarenta arios de edad. El obispo de Luçon, futuro déspota de Francia, gran psicólogo, adivinando enseguida las dotes del canónigo bayonés, intentó atraerlo a su esfera de influencia.
Una primera tentativa del cardenal de Richelieu para alejar a Saint-Cyran de Francia no tuvo éxito. Richelieu, sin consultar con el abad, intentó agregarlo como primer confesor a la corte de Enriqueta de Inglaterra, hija de Enrique IV y de María de Medicis, cuando en 1625 aquélla contrajo matrimonio con Carlos I, rey de Inglaterra. Pero los consejos de Berulle a Saint-Cyran a propósito de este nombramiento, pusieron en guardia al bayonés, que no aceptó esta especie de honorable deportación.
Richelieu insistió entonces cerca del abad, tratando de que aceptara la dignidad episcopal. El cronista Lancelot asegura el ofrecimiento a Saint-Cyran hasta de ocho obispados distintos. Una de las veces, la vacante de Bayona entró tentadoramente en la oferta.
El abad, en cada una de estas ocasiones, nunca dejó de presentarse cortésmente a Richelieu, a la vez que para agradecerle sus atenciones, para rehusar con firmeza aquellas sucesivas designaciones, que más tarde, sin embargo, le dolieron profundamente. El bayonés entendía cine su misión estaba en París. La ambición indecisa, que es una de sus características, le cerró los caminos que le conducían a la prelacía. Richelieu, político taimado, sabía también ponerse a tono, al menos en público, con aquella urbanidad que él interpretaba como argucia de un carácter indomable, fuera de sus posibilidades de captación. Un día, como recibiera a Saint-Cyran delante de los cortesanos, presentó a éstos el abad con estas palabras:
—Señores. He aquí al hombre más sabio de Francia.
Pero indudablemente era otro el pensamiento íntimo del déspota ante la obstinada resistencia del taciturno sacerdote vasco. En la mente de un tirano, el elogio al disidente encubre siempre algún propósito inconfesable. En el fondo, Saint-Cyran se resistía a aceptar ninguna suerte de compromiso moral con el omnipotente- dictador.
No tardaron tampoco los servicios secretos de información en llevar a Richelieu el comentario que su dictadura merecía íntimamente al abad : «Un gobierno que no quiere más que esclavos».
Todo, poco a poco, fue concitándose fatalmente contra el bayonés, que no abundaba tampoco en dotes políticas. Pertenecía a esa categoría de vascos típicos que endurecen los problemas. Carecía del sentido de la medida; como buen vasco practicaba ciegamente el principio del todo o nada.
Cerró las puertas de Port-Royal a toda influencia ajena a la suya, alejando incluso a los cistercienses que imaginaron y quisieron volver a regentar espiritualmente el monasterio.
Algún motivo parecido entraba en la enemistad que le profesaba Sebastián Zamet, duque-obispo de Langres, protector en un principio de las religiosas de Port-Royal, un personaje muy influyente en Francia, como que formó parte de la asamblea del clero celebrada en París para pedir la admisión de los decretos del Concilio de Trento. Zamet creó luego un Instituto de religiosas para la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. El duque-obispo de Langres calificaba a Saint-Cyran de espíritu violento e injurioso, sin el menor respeto a quienes aventuraran la menor oposición a su manera de pensar.
Pero fue el famoso Padre José, el aristócrata capuchino, eminencia gris de Richelieu, quien sugirió a éste una de las más desfavorables impresiones acerca del abad. El capuchino que dirigía a la comunidad de religiosas del Calvario, encargó, durante una ausencia, de esta dirección al bayonés. El Padre José encontró al regreso, que las monjas eran muy diferentes en su espíritu. Las severas normas espirituales del abad habían cambiado radicalmente la comunidad, en el ánimo de cuya superiora sobre todo, el capuchino creyó encontrar mucha menos docilidad. El segundo de Richelieu, a partir de este momento, fue declaradamente hostil a la persona de Saint-Cyran.
Pero en la desgracia de éste anduvo también por medio la envidia, y no precisamente vinculada sólo en la persona del Padre José.
Había también la oposición que la susceptibilidad de Richelieu adivinaba en el grupo de solitarios que, reunidos en torno a Port-Royal, seguían las inspiraciones espirituales de Saint-Cyran. Los tiranos, personajes extraordinariamente suspicaces, poseen instrumentos muy sensibles para detectar los núcleos de oposición y resistencia.
Barcos, el sobrino del abad, aseguraba a Lancelot, el biógrafo del bayonés, que éste, días antes de su detención, recibió de parte de Richelieu proposiciones sumamente tentadoras. La ambición del mando desconoce la medida, y parece que el Cardenal acariciaba la idea de establecer en Francia la dignidad de Patriarca, erigiéndose patriarca él mismo, e intuía, con razón, que Saint-Cyran y sus amigos serían decididamente hostiles a este propósito.
La publicación por Jansenio en Lovaina del Mars Gallicus, durísima requisitoria contra Richelieu y su política antiespatiola de alianzas contra los protestantes, y por último, los comentarios, justos, valerosos, del propio Saint-Cyran acerca de la escandalosa anulación ordenada por el cardenal del matrimonio de Gastón de Or-leans y Margarita de Lorena, decidieron a Richelieu a la detención del abad.
El impulso último, un pretexto que poderosamente vino a añadirse a los otros pretextos, vino de un comentario del tratado sobre la Virginidad de San Agustín, original del Padre Seguenot, de la Congregación del Oratorio, que había deslizado en él frases que se juzgaron como muy sospechosas, alusivas a la complicada situación sentimental del rey Luis XIII, enamorado platónicamente de la señorita de La Fayette, dama de la corte. Este platónico amor, por otra parte puro, sumía a menudo a Luis XIII, rey melancólico y devoto, en crisis escrupulosas. La encuesta, una encuesta predirigida, demostró que esas frases fueron escritas bajo la inspiración de Saint-Cyran, demostración interesada y falsa, porque la rigurosa y casta doctrina de Port-Royal acerca del matrimonio estaba en conjunto a gran distancia las opiniones de Seguenot.
«El más sabio hombre de Europa», se transformó en el concepto del cardenal de Richelieu, en un visionario peligroso.
La ,mañana misma de la detención de Saint-Cyran, el cardenal de Richelieu que estaba en Compilgne, se creyó en el caso de confiarse a su mayordomo, el abbé de Beaumont, Hardouin de Beaumont de Péréfixe, el futuro arzobispo de París, el mismo de las turbulentas e ineficaces entrevistas, años más tarde, con las rebeldes religiosas de Port-Royal: —Beaumont: Hoy hice algo que revolverá contra mí a mucha gente. He mandado detener por orden del rey al abad de Saint-Cyran. Los sabios y las personas decentes puede que armen ruido. Pero no me importa; tengo tranquila la conciencia por este servicio a la Iglesia y al Estado. Si se hubiera puesto presos a Lutero y a Calvino cuando empezaron a dogmatizar, se hubieran ahorrado muchos desórdenes y desgracias.
Pero los verdaderos motivos de la detención eran políticos, enmascarados de razones religiosas. Las alusiones a Lutero y Calvino en boca del cardenal son cínicas, porque cuando convenía a su política no tenía ningún inconveniente en aliarse con los protestantes. Richelieu con su arbitraria decisión exasperó hasta el ápice a los partidarios de Saint-Cyran, los arrojó al extremismo ideológico e hizo así grave daño a la religión.
Pese a la respuesta, de irónicas raíces vascas, del abad, camino de Vincennes, al señor de Andilly, la prisión resultó para aquél una dolorosa .prueba moral, si ‘bien no tanto físicamente, porque Richelieu tuvo buen cuidado de guardar consideraciones para su prisionero. En medio de las formalidades de un proceso ilegal a todas luces, puesto que ni siquiera se guardaron las formas, porque dado que sólo existían acusaciones religiosas, únicamente un tribunal eclesiástico hubiese tenido competencia para el juicio, Saint-Cyran atravesó una dramática crisis espiritual.
El vasco, hombre esencialmente hecho para la acción, se destruye pensando, y el bayonés en su celda de la torre de Vincennes se preguntaba a sí mismo si tenía razón al obrar como obraba, si sus ideas eran justas, si su audacia no era una culpable temeridad. La lectura de la Escritura Santa, le producía terror.
Al llegar aquí, es menester una honrosa mención para la conducta de San Vicente de Paul, llamado a declarar por el juez Martín de Laubardement, cuya actuación, como bien se comprende, inspiraba en todos sus detalles el propio Richelieu.
La mención es tanto más notable cuando se considera que Vicente de Paul, antiguo amigo del abad, se había separado de éste precisamente por discrepancias doctrinales. Vicente de Paul, que por cierto no cuenta con el cariño de los jansenistas, recusó al juez Laubar-dement, manifestando la incompetencia de un tribunal civil para juzgar a Saint-Cyran, y mucho más tratándose, como se trataba, de un juicio que directamente interesaba a la teología.
Lescot, futuro obispo de Chartres, fue más tarde encargado por el arzobispo de París de juzgar al abad. Ante Lescot compareció también, entre otros personajes, Vicente de Paul, que, además de preparar por escrito sus respuestas, hizo un derroche de habilidad para defender a su antiguo amigo. A la pregunta de Lescot, de si no había oído decir al inculpado, que el papa y la mayoría de los obispos no constituyen la verdadera Iglesia, por desprovistos de la vocación y del espíritu de la gracia, Vicente de Paul respondió que nunca le había oído a Saint-Cyran afirmar el contenido de la pregunta a no ser que una vez dijo que «muchos obispos eran hechura de la Corte, y, por tanto, no tenían vocación», y que al revés, nunca había visto a otra persona que tanto como el acusado estimara al episcopado ni a algunos obispos, como por ejemplo, al difunto prelado de Cominges, y además ponderó la grande estima que el abad tenía del difunto Francisco de Sales, obispo de Ginebra, al que solía llamar bienaventurado.
El juez eclesiástico preguntó también a Vicente de Paul si no había oído a Saint-Cyran decir que el concilio de Trento cambió y alteró la doctrina de la Iglesia y no era concilio legítimo, negando el declarante habérselo oído decir aunque sí en cambio afirmar que en él había habido intrigas.
—¿Ha dicho Saint-Cyran que Dios destruiría a su Iglesia, y que los que la sostenían obraban contra la intención divina?— es la pregunta clave del interrogatorio de San Vicente de Paul en el proceso del bayonés.
El declarante no pudo negar habérselo oído, si bien precisó que una sola vez. «Esta proposición —agregó Vicente— me causó desde luego gran pesar.» Pero inmediatamente el apóstol de la caridad autorizó a su antiguo amigo con las palabras de un papa: «Después me pareció que decía esto en el sentido en que el papa Clemente VIII lamentaba llorando que mientras la Iglesia se extendía por las Indias, le parecía que se destruía en los países cristianos.»
Saint-Cyran repetía con San Gregorio Nacianzeno que «nosotros no tenemos para dar a la Iglesia otra cosa que nuestras lágrimas». La postura del abad paralizaba los espíritus. Una ideología triste paraliza el espíritu de apostolado. La Iglesia a veces solicita de nosotros las lágrimas, pero también algo más.
San Vicente de Paul completó su defensa de Saint-Cyran manifestando que las palabras de éste había que interpretarlas a través de sus acciones, «que en su mayor parte —según dijo— contribuyen al sostenimiento de la Iglesia…», añadiendo por último que el abad vivía en armonía con las órdenes religiosas más acreditadas y que su hostilidad a los jesuitas se reducía a sustentar la opinión de que se les retirase la facultad de enseñar la teología.
La caridad de Vicente de Paul sólo ve en aquellos momentos a un hombre en peligro, y olvida las fundamentales discrepancias que de él le separan, y que más tarde, arios después de la muerte del abad, denunciaría valerosamente.
La declaración del propio Saint-Cyran, dilatada por cierto un año, contribuye, en lo que respecta a Vicente de Paul, a descubrir una vez más la exclusivista y maniática personalidad del bayonés y el orgulloso concepto de su persona. Ni aun en aquellos graves momentos deja de subrayar la gran distancia a su juicio existente entre su propio talento especulativo y el de su antiguo compañero.
Lescot le preguntó si tenía a Vicente de Paul «por hombre de bien y de honor, juicioso y de mucha prudencia»; y el cazurro bayonés respondió que le tenía «por hombre de caridad, de buena voluntad y que hace profesión de ser prudente.»
El juez se creyó en el caso de insistir para aclarar esta intencionada matización a propósito de la prudencia del futuro santo.
–pero cree, en efecto, que el señor Vicente es prudente y hombre de bien?
El abad que seguramente aguardaba la petición aclaratoria, respondió.
—Yo creo que el señor Vicente es prudente, pero que puede equivocarse por falta de luces y de inteligencia en las cosas de la doctrina y de la ciencia, pero no por falta de buena voluntad y, desde luego, le tengo por hombre de bien.
La exagerada vanidad de Saint-Cyran encubre precisamente su más íntima debilidad, las quiebras invisibles de su contextura interior. El abad necesita siempre estar afirmando su valía con relación a los demás.
Normalmente el vasco es un extravertido. Por eso, esta secreta falla que lleva de manera directa a una intimidad seguramente dolorosa, conduce a su vez a la infancia de Saint-Cyran, y, sobre todo, a alguna perturbadora tara de origen familiar.
La prisión, desde luego, aureoló al bayonés con nimbo de mártir, acrecentando extraordinariamente su indudable prestigio. Además el encierro profundizó y purificó su pensamiento: «Jamás conocí mejor las’ verdades y los hombres», pudo decir a su juez Lescot.
Los reiterados paralelos entre Saint-Cyran y San Ignacio de Loyola a lo largo de estas páginas, hacen obligado al llegar aquí otro motivo de semejanza. Las prisiones de San Ignacio ponían camino de la cárcel a muchos prestigiosos incondicionales deseosos de visitarle y de favorecerle, y lo mismo ocurrió con Saint-Cyran. Muchos y autorizados amigos, dos prelados entre ellos, el de Lisieux y el de Pamiers, se presentaron reiteradamente a Richelieu intercediendo por el abad.
La muerte del Padre José, ocurrida en diciembre de aquel mismo ario, sugirió a los amigos del encarcelado volver a la carga, pues imaginaban que aquel religioso había inspirado la detención. Pero todo resultó inútil, inclusive el ofrecimiento de constituirse en rehenes, de tres de los más honorables amigos de Saint-Cyran.
Condé mismo, el grande, el vencedor de Rocroi, que para interceder por el abad, se entrevistó con Richelieu, escuchó de éste el concepto en que tenía al bayonés: «un hombre más peligroso que seis ejércitos de invasión». El dictador exageraba, pero era patente su propósito de mantener indefinidamente encerrado a Saint-Cyran.
El número y la calidad de los amigos del abad aconsejó a Richelieu la dulcificación del régimen carcelario del preso que no parece que nunca fuese duro. Barcos, Haitze y Arguibel, sus sobrinos, se distinguieron acompañándole durante el encierro y tampoco le faltaron los servicios de su fiel criado Oihenart, vasco también lo mismo que ellos. El abad pudo ponerse en comunicación con sus seguidores, enfervorizados en la adhesión, porque además las medidas represivas del primer ministro también les alcanzaron.
Los solitarios de Port-Royal, fervorosa agrupación masculina en torno a los ideales de Saint-Cyran, que a la prisión de éste, abandonando prudentemente los alrededores del monasterio parisino, se habían reagrupado en el primitivo Port-Royal, fueron también disueltos y expulsados de este lugar, Singlin, sin embargo, una hechura del bayonés, se encargó de avivar el fuego sagrado de aquellos incondicionales para quienes el abad era un mártir.
—Acordáos —salía exclamar la Madre Inés Arnauld— acordáos que el abad de Saint-Cyran ha sido encarcelado nada más que por haber mostrado los verdaderos caminos de la penitencia.
El hermano menor de los Arnauld, Antonio Arnauld, el Gran Arnauld, entra precisamente en la escena de esta historia, yendo a visitar a Saint-Cyran encerrado en el castillo de Vicennes.
La primera visita del joven estudiante de Teología, que entonces era Antonio Arnauld, al abad preso, produjo en aquél profundo efecto. El joven Arnauld penetró con decisión en el austero y riguroso sistema jansenista. La incorporación a éstos del menor de los Arnauld, iba a tener enorme importancia para el movimiento que Saint-Cyran impulsaba.
Antonio Arnauld, niño prodigio dirigido por su madre al estado eclesiástico, fue más tarde un dialéctico y polemista extraordinario, que, de haber poseído ternura, hubiera sido un hombre irresistible. Las cuatro tesis reglamentarias de la Sorbona sostenidas por el menor de los Arnauld de manera brillantísima, arrancaron ovaciones de un auditorio de prelados y magistrados. Pero no obstante el brillante porvenir prometido a su talento, Antonio Arnauld compartía el temperamento y comulgaba idénticos sentimientos que sus hermanos, y lo mismo que éstos, admiraba a Saint-Cyran que lo había trabajado profundamente en el espíritu. Antonio Arnauld visitaba y se correspondía con frecuencia con el prisionero de Vincennes.
Arnauld, al igual que su maestro, declaró también la guerra a la Compañía de Jesús. Un incidente mundano le dio pretexto para la rotura de las hostilidades. Un jesuita, el padre Sesmaisons, autorizó a su penitente, la marquesa de Sablé, adicta por cierto a Port-Royal, para bailar el mismo día en que había comulgado, autorización denegada precisamente por Saint Cyran a su dirigida la princesa de Guéméné. Con este motivo las ametralladoras teológicas de uno y otro campo reanudaron fragorosamente la lucha. Pero convendría que los lectores, para ponerse más exactamente en la verdad de la situación, tuvieran en cuenta que los bailes objeto de esta polémica eran señoriales bailes de salón, bien distintos de los: de hoy día, predominantemente sexuales a menudo.
Los términos de la controversia recuerdan mucho el estilo de muchas otras polémicas a lo largo de este mismo siglo en bastantes pueblos vascos, salvo, claro es, la altura de la discusión.
Saint-Cyran había escrito un pequeño tratado de piedad para uso de la princesa, en donde fundamentaba sus austeras prescripciones espirituales. La princesa de Guéméné pasó el librito a su amiga la marquesa de Sablé, porque entrambas se criticaban sus respectivas conductas; y la marquesa, a su vez, lo prestó al jesuita que también escribió otro tratado que recorrió el mismo camino en sentido inverso.
El abad, escandalizado de las ideas a su juicio laxas del jesuita, imaginó entonces una gran obra en respuesta a los conceptos de Sesmaisons; pero diversas circunstancias, la edad y el tiempo que cada vez más apremia según se avanza en la vida, impidieron la realización de este proyecto, del que se apoderó su discípulo, el menor de los Arnauld.
La nota que sigue, rompe una vez más la línea cronológica de este relato, pero la capital importancia del episodio exige imperiosamente hacer un sitio al mismo, porque es fundamental para el entendimiento de toda esta historia.
En Agosto de 1643, Antonio Arnauld, dos meses y medio antes de la muerte de Saint-Cyran, publicaba, en la misma línea ideológica de éste y de Jansenio, el tratado de la Fréquente Communion, libro elocuente, de páginas que a veces rozan lo sublime, pero del que se siguieron consecuencias lamentables para la religión.
El Gran Arnauld, con este libro que tuvo un éxito clamoroso, se proponía restablecer la verdadera doctrina acerca de la práctica de los sacramentos, doctrina según él pervertida por el laxismo de los jesuitas. Arnauld consideraba la Comunión, no como medio de aumentar la Gracia y cobrar así más fuerza, sino como una sublime recompensa que era preciso merecer sólo en muy raras ocasiones, y únicamente por medio de muy severas mortificaciones previas. Sólo debían comulgar quienes al efecto sintiesen un decisivo llamamiento de la Gracia divina. Los confesores, antes de autorizar la Comunión a sus penitentes, debían imponerles juntamente con severas penitencias, una larga espera. Abstenerse de comulgar venía a ser el signo distintivo de una piedad ejemplar y profunda humildad del alma. El resultado fue fatal. Párroco hubo que luego se jactó de la ausencia total de comuniones sacrílegas en su parroquia en muchos arios, porque durante muchos arios, efectivamente, nadie había comulgado en su parroquia.
El fanatismo se contagia y el rigorismo de Saint-Cyran, sistematizado y exagerado por su discípulo Arnauld, llegaría a imponer a sus adeptos espantosas limitaciones espirituales. Arnauld, lo mismo que el abad, mantiene la necesidad de diferir la absolución hasta tanto que el penitente haga penitencia.
Saint-Cyran y su discípulo Arnauld, como luego la secta jansenista, ven en la Eucaristía lo tremendo de este misterio, no lo atrayente. De las religiosas de Port-Royal de París —las religiosas de Port-Royal del Santísimo Sacramento— que profesaban un ejemplar e impresionante respeto a la Eucaristía y que comulgaban los días de fiesta y un día entre semana, se llega, de exageración en exageración, a las ideas de los jansenistas ardientes que se jactaban orgullosamente de comulgar sólo una vez al ario o aun de no comulgar nunca. Vicente de Paul se lamenta en una de sus cartas, de que ya no se veía casi a nadie comulgar en las grandes solemnidades, como no fuese a algunos en las iglesias de jesuitas.
El abad de Saint-Cyran y sus amigos quitan al hombre, pretendiendo ofrecer a Dios, lo que quitan a sus hermanos. Y en este tristísimo caso puede añadirse que ellos quitan Dios mismo al hombre y pretenden ofrecer a Dios con temblorosa reverencia esta monstruosa privación.
Saint-Cyran y Antonio Arnauld oponen al amor ilimitado de Dios que con infinito anhelo quiere darse, un respeto estremecido y paralizante.
Una vez más, la socarronería gascona de San Vicente de Paul, llena de buen sentido, pondría un agudo y exacto comentario a las ideas de Antonio Arnauld. El Santo de la caridad subrayó con picardía, que Arnauld manifestaba en su libro que celebraba misa diariamente, después de sostener que ningún sacerdote, por perfecto que sea, está al abrigo de ciertas miserias, que de tiempo en tiempo le impiden celebrar.
Por lo demás, salvo la primera deprimente época de la prisión, una incesante actividad llena los cuatro arios y ocho meses que Saint-Cyran estuvo encerrado en Vincennes. El abad, desde su celda del castillo, redobla los contactos epistolares con sus discípulos que leen las cartas de aquél como verdaderos oráculos y las circulan con afán. El abad escribe, aconseja y determina sin darse reposo. Además el Augustinus, editado en 1640, inflamó las energías del prisionero que aguardaba con ansia aquel acontecimiento, bien consciente de su trascendencia.
En cuanto a los demás detenidos en la torre de Vincennes, es fama que rodearon al abad con extraordinario afecto, sobre todo dos generales alemanes, Ekenfort y Juan de Wert allí prisioneros. El primero de ellos sobre todo frecuentaba asiduamente la celda del bayonés, anheloso de escuchar sus consejos espirituales. Cercana ya la libertad de los dos generales y su regreso a Alemania, Richelieu invitó a entrambos a una representación teatral de gala, a la que asistieron también los reyes, y deseando conocer el efecto que la lujosa función había producido en los alemanes, envió a preguntarles un emisario oficioso. Richelieu afectó no haber oído la respuesta que dio el bravo de Wert, a quien París consideraba en cierto modo como el Marlborough de la época. De Wert dijo que el espectáculo le parecía hermosísimo, pero que lo más asombroso de todo en el reino del Rey Cristianísimo era ver los obispos en la Comedia y los santos en la prisión.
La muerte de Richelieu el día 4 de diciembre de 1642, el mismo día de la conmemoración de San Cyran, como hacían observar los jansenistas, determinó la libertad de abad. En efecto, Mazarino, sucesor del cardenal de Richelieu en los asuntos de Francia, no dilató mucho el mandamiento de la libertad que le solicitaron los innumerables amigos del abad, sobre todo el señor de Andilly, que demostró en todo momento su incondicional adhesión al preso.
El día 6 de febrero de 1643, los habitantes de Vincennes, con su clero al frente, y la guardia del castillo despidieron apoteósicamente a Saint-Cyran.
La noticia llegó con rapidez a Port-Royal de París, en donde la abadesa, la madre Inés Arnauld, deseosa de comunicarla a la comunidad, se presentó a ésta, desciñéndose acto seguido la correa, para no transgredir la regla del silencio. Todas comprendieron al punto la significación de aquel gesto, y poco después, en el locutorio del monasterio, acogieron rebosantes de gozo al liberado abad.
La algazara de la acogida desconcertó a Saint-Cyran. La timidez junto con la enorme importancia que siempre se concedía a sí mismo, dos características frecuentes en los vascos, están en las breves palabras que dirigió a las regocijadas religiosas y en su inmediata retirada del locutorio después de pronunciarlas:
—Yo tenía, efectivamente, algo que deciros; pero sería menester otra distinta preparación. Dejémoslo para otra vez.
José de Arteche
Auñamendi






