Saint-Cyran (VIII)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana1 Comment

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PORT-ROYAL

Port-Royal y Saint-Cyran son nombres inseparables. Henry de Montherlant, en su drama Port-Royal, minu­ciosamente enterado de este episodio de la historia del jansenismo, presenta a las religiosas fanatizadas por la memoria de Saint-Cyran. Esta es una de las constantes del drama de Montherlant. En la pieza dramática de éste, Saint-Cyran llena de su espíritu descontento y de su fiebre ansiosa todo Port-Royal. Las religiosas a cada momento recuerdan la memoria del riguroso antiguo di­rector de conciencias del convento; repiten sus máximas; las religiosas jóvenes sobre todo invocan llenas de fe su celeste intervención. Cristo es menos recordado que Saint-Cyran.

Sor Angélica —Angélica Arnauld d’Andilly— ma­nifiesta a sus compañeras propicias a la rebeldía, que ella se prepara a la persecución ya inminente contra la comu­nidad„ meditando los trances del calvario de Saint-Cyran, solemne advertencia con que tácitamente les invita a hacer otro tanto. A sor Angélica no se le ocurre en aquel trance evocar la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní o el episodio del Cirineo.

La dirección espiritual de Saint-Cyran fue omnipo­tente. Nunca se insistirá bastante acerca de la tremenda dictadura espiritual de este vasco totalitario. El vasco ama apasionadamente la libertad, siendo en el fondo totalitario. Porque una cosa es dominar monjas, que tampoco debe ser cosa demasiado fácil, y menos tratán­dose de religiosas corno las de Port- Royal, de temple excepcional; pero es que Saint-Cyran, además, ejerció incontestablemente su dominio espiritual sobre hombres importantísimos de su tiempo.

Port-Royal des Champs, abadía de religiosas cistercienses en un pequeño valle a unos veinticinco kilóme­tros al suroeste de París, es el foco principal de las doc­trinas jansenistas. La historia ele Port-Royal y la del jansenismo se confunden. Según la leyenda, el nombre de Port-Royal proviene de haberse refugiado el rey Fe­lipe-Augusto durante una cacería en una ermita bajo la advocación de San Lorenzo sita en aquel paraje soli­tario. La misma leyenda atribuye la fundación del mo­nasterio, o por lo menos esa intención, al mismo rey.

Pero las leyendas a menudo trasladan los sucesos en el tiempo y en el espacio, y a este doble cambio añaden o quitan circunstancias que desfiguran la primitiva his­toria y por todas las trazas el caso se repite en la historia de los orígenes de Port-Royal.

La verdadera fundación del monasterio de Part-Royal se remonta al año 1204. Matilde de Garlande, espo­sa de Mateo de Montmorency, que había partido dos años atrás con las tropas de la cuarta Cruzada, fundó el monasterio a la intención’ del regreso de su esposo y de acuerdo con Eudes de Sully, obispo de París. El lugar parece que se llamaba Porrois, topónimo de la baja lati­nidad referido a una espesura en un hondón de aguas dormidas. El topónimo originario sería más tarde idealizado en la forma definitiva de Port-Royal.

Pero a los fines de este estudio, la historia del famoso monasterio comienza en realidad el 5 de Julio de 5602, cuando Angélica Arnauld, niña de diez años y medio, aunque por su carácter inteligente y dispuesto fuese lo menos niña que se puede ser a esos años, toma con bu­las de dispensa en razón a su edad, posesión del cargo de abadesa del monasterio. Seis meses más tarde, el abad de los Cistercienses la confirmó solemnemente abadesa y le administró la primera Comunión. Detalles que re­velan sin más la corrupción ambiente y la relajación re­ligiosa de la época. Puede también imaginarse la situa­ción del mismo Port-Royal. A la memoria acuden los vergonzosos abandonos que un San Vicente de Paul tra­tó de colmar durante su vida.

Decíase del confesor de las religiosas de Port-Royal, un benedictino de la reforma de San Bernardo, cazador impenitente, que no entendía el Patei. Era un ignorante en religión que no abría otro libro que el breviario. Pero esto en cierto sentido es un elogio, porque de otros podía decirse que ni conocían el breviario siquiera. Durante treinta años sólo se había predicado en Port-Royal ocho veces, en ocasión de excepcionales solemnidades de pro­fesión religiosa. La biblioteca del convento únicamente contenía un libro, también el breviario. Se comulgaba de mes en mes y en las fiestas solemnes, exceptuándose la Purificación porque siendo la época de carnaval se or­ganizaban mascaradas en el monasterio. Las mundanas religiosas vestían en el monasterio según la moda. No existía clausura; en el convento penetraba quien quería.

Angélica Arnauld era hija de Antonio Arnauld, otro de los más influyentes amigos de Saint-Cyran, hom­bre, lo mismo que San Ignacio de Loyola, de fundamen­tales amistades. Arnauld, perfectamente situado en la Corte, obtuvo para su niña Angélica la abadía de Port-Royal, y para otra de sus hijas, más niña todavía, la de Saint-Cyr. Son detalles —es preciso insistir acerca de esto— que ilustran acertadamente las costumbres de aquellos tiempos.

Los Arnauld pertenecían a una vieja familia de ilus­tres abogados y parlamentarios sutilísimos originaria de Auvernia. Antonio Arnauld, padre de Angélica, tuvo en su matrimonio veinte hijos, de los que sólo diez sobrevivieron. El mayor de todos, Roberto Arnauld d’Andilly, ya mencionado anteriormente como uno de los más íntimos amigos de Saint-Cyran, sería el padre del marqués de Pomponne, ministro del Rey Sol.

Angélica Arnauld hacía el número tres de los hijos de Antonio Arnauld; el sexto fue obispo de Angers; cinco hermanas de Angélica, viudas o vírgenes, tomaron el hábito en Port-Royal, y el menor, Antonio, el Grande Arnauld, nacido, en 1612, vendría a ser uno de los jefes morales del jansenismo. Este Antonio Arnauld, teólo­go, formidable dialéctico y polemista, trabajador tenaz, con el espíritu inquebrantable de los Arnauld, es el ri­guroso autor de LA Frecuente Comunión, el rígido cuanto funesto libro que en realidad cerraría los sagrarios al pueblo creyente.

Pocas personas fueron en su trayectoria humana más tenazmente perseguidas por la curiosidad histórica que Angélica Arnauld. Su tempranísima profesión religiosa no fue obstáculo a una educación sumamente mundana. Mujer de gran amor propio, conocía los autores paga­nos, y vivía en su espíritu los grandes personajes de la Antigüedad clásica.

La vida de Port-Royal ofrecía muchos motivos de distracción a la jovencísima abadesa; abadesa simbóli­ca y honoraria, pero sin mengua de la efectividad de su cargo. Pronto la acometió el fastidio, y Angélica Arnauld llegó a deliberar el abandono del monasterio, cuya dirección se le hacía insoportable, para ya otra vez en el mundo contraer matrimonio. Una grave en­fermedad le impidió llevar a término esta resolución. Tenía entonces quince o dieciséis años. Sus padres, en­tonces, la trasladaron en litera a su palacio de París, ro­deándola de afección tanto como de lujo y comodidades, atenciones que contribuyeron a exaltar más que nunca las mundanas inclinaciones de Angélica Arnauld, re­suelta decididamente al abandono del monasterio.

Pero como su padre entrara en sospechas, un día pre­sentó a Angélica un documento ordenándole violenta­mente que lo firmara. Ella obedeció llena de despecho, adivinando a través de una lectura furtiva del papel que se trataba de una ratificación de sus votos. También estos procedimientos brutales que pisoteaban la libertad, entraban en las costumbres de entonces.

Angélica Arnauld volvió por lo tanto a su monaste­rio, resignada más que otra cosa. Sin embargo, la cari­ñosísima acogida de las religiosas, la conmovió profun­damente. La convalecencia siguió su curso durante el invierno, y a la cuaresma del ario siguiente, Angélica solicitó de una religiosa, la señora de Jumeaiville, a quien la madre de la joven abadesa había encargado de vigi­larle discretamente, un libro de devoción. Esta lectu­ra, aliada con la predicación de un capuchino, monje mediocre, bastante desarreglado por cierto, que a su pa­so por Port-Royal solicitó hablar a las religiosas y des­arrollando el tema de la humildad de Jesús al nacer en un establo, alcanzó a mover el corazón de la religiosa, fueron el comienzo de una profunda crisis en el alma de aquella joven superiora a la fuerza.

Angélica penetró decidida no sólo en el camino de su propia reforma personal, sino también en el de la reforma del monasterio a ella encomendado, con ardi­miento muchas veces indiscreto, porque su salud, re­sentida de nuevo, exigió que otra vez volviese a la ca­sa paterna para rehacerse.

No obstante su regreso al monasterio no resultó tan melancólico como la vez primera. Angélica Arnauld retornó esta vez como a la mansión añorada. Port-Ro-yal iba a ser famoso bajo el cetro, lleno de carácter, de la hija de Antonio Arnauld, el cual si en un principio dirigía en realidad de verdad al monasterio, hasta el ex­tremo de que excluyó de él a los capuchinos por com­pleto, tuvo que ceder ante los propósitos de Angélica, decidida a la más rigurosa austeridad.

La hija de Arnauld, sobreponiéndose a las murmu­raciones, impuso además de una pobreza estricta, las maceraciones, las oraciones nocturnas, el uso de un bur­do hábito y la clausura rigurosa de Port-Royal, sin ex­ceptuar de ella ni a su mismo padre, todopoderoso con­sejero civil del monasterio. El tremendo carácter de An­gélica Arnauld consiguió imponerse al autoritarismo de su padre en una jornada patética, un triunfo moral dig­no de un drama si la escena no hubiese acobardado a los artistas. Ni las súplicas más cariñosas, ni las más indig­nadas protestas, ni las más furiosas amenazas consiguie­ron romper la férrea determinación de la madre Angé­lica Arnauld, y su padre tuvo que volver a París sin conseguir sus propósitos de penetrar en Port-Royal.

Años más tarde la misma madre de Angélica Arnauld, después de la muerte de su marido, profesaría como religiosa en Port-Royal, lo mismo que fueron tam­bién religiosas seis de sus hijas. Madame Arnauld, des­pués de oir un sermón en una entrática, se echó conmo­vida a los pies de su hija para venir a ser la hermana Catalina de Santa Felicitas. Desde entonces llamó Ma­dre a su hija Angélica, lo mismo que a Inés, otra hija suya austerísima por cierto, una de esas personas aman­tes de la austeridad por el gusto de la misma austeridad que alternaba con su hermana el cargo de abadesa. En cuanto a sus otras hijas religiosas, Madame Arnauld las llamaba hermanas, dándoles siempre trato de prefe­rencia por haberle ellas antecedido en la profesión re­ligiosa.

No quiero comentar esta brutal inversión de afectos en la madre y en las hijas. Prefiero contenerme. Sólo añadiré que, al menos bajo mi modesto punto de vista de hombre de la calle incapaz de remontarse a semejan­tes alturas espirituales, algún impulso sano se me su­bleva íntimamente con violencia al considerar las rela­ciones de esta madre viuda religiosa con sus hijas reli­giosas viviendo dentro de un mismo monasterio.

Lo mismo que algún otro impulso parecido protesta asimismo violentamente al considerar la prohibición del estado mayor jansenista al menor de los Arnauld, de visitar a su madre moribunda, alegando que este per­miso tan humano, lógico y archinatural, «concedía de­masiado a la naturaleza».

La madre Angélica Arnauld no sólo reformaría su propio monasterio, sino que se entregó a la labor de la reforma de los monasterios cercanos que a la verdad harto lo necesitaban. Una labor ingrata, ejercida a ve­ces en novelescas circunstancias, que pondría a prueba el carácter excepcional de la resuelta religiosa, a quien los monasterios femeninos cistercienses llamaban uná­nimemente la Teresa de la Orden femenina Cistercien­se.

La reforma de uno de estos monasterios, el de Maubuisson, emprendida por Angélica, ofreció por cierto a San Francisco de Sales ocasión para conocer a esta mu­jer de acero. Ella escribiría luego que la vista del santo obispo de Ginebra, en cuyo rostro, según decía, apare­cía Dios verdaderamente visible, le produjo un gran deseo de comunicarle la conciencia. Francisco de Sales visitó tres o cuatro veces a Angélica Arnauld en Maubuisson, y a instancias de ella marchó asimismo a Port-Royal, sobre todo para consolar a Inés Arnauld, afligida por las responsabilidades de su cargo de abadesa adjun­ta en ausencia de su hermana. Francisco de Sales, ad­mirado del espíritu de las religiosas, no escatimó sus elogios a Port-Royal.

El obispo de Ginebra puso además a Angélica Arnauld en relación con Madame de Chantal, juntamen­te con quien aquél fundara la orden femenina de la Vi­sitación, que dió tanto impulso a la devoción del Sa­grado Corazón de Jesús. Las devociones fundamentales no nacen y toman vida merced a impulsos caprichosos, y la mención al Sagrado Corazón se hace sitio de modo natural en esta evocación de Saint-Cyran y de su, fre­cuentemente, de puro rigoroso, inhumano sentido reli­gioso.

Porque el Sagrado Corazón de Jesús, pese al deplora­ble sentido de su representación iconográfica manifesta­do por tantos mediocres artistas o por tantos fabricantes de ñoñas imágenes, es ante todo, el corazón de Dios conmovido a la vista de los hombres que El ama infi­nitamente y definitivamente. El Sagrado Corazón es, con un rostro humano, el Dios Amor que bajo unos rasgos apacibles, cordialmente nos invita a tratar de comprender el misterio incomprensible de Dios. El Sa­grado Corazón es, en definitiva, resumen viviente del cristianismo.

Port-Royal bajo la dirección de Francisco de Sales, hubiera seguido bien distinta ruta de la que tomó bajo la dirección espiritual de Saint-Cyran. Aquél es el hom­bre de la efusión, el afectuoso siempre dispuesto a salir al balcón de la sana imaginación. Francisco de Sales es un escritor que hace gala de sencillez. Su estilo es tra­sunto de su finura y suavidad, de su alegría cortés. Sa­les es el antitriste por excelencia; su alma rebosa ale­gría constantemente.

Francisco de Sales alienta los propósitos de la madre Angélica Arnauld, pero previniéndola para resultados muy lejanos. ¿Adivinó en ella la impaciencia, fatal para la vida espiritual? El obispo de Ginebra, propenso a ver el bien más que el recuerdo del mal, es un poeta que conforta, tranquiliza y consuela las almas.

Cuando Angélica Arnauld escribe a Francisco de Sales manifestándole el temor que ella siente de que su fervor y atención no sean duraderos, el obispo de Gi­nebra la contesta sabia y lógicamente: «Servid hoy bien a Dios, y mañana Dios proveerá». Sales aplicaba a la vida espiritual el precepto evangélico que manda aban­donar los cuidados al Padre que atiende con amor a los pajarillos y a las flores del campo.

Francisco de Sales, alumno de los jesuitas lo mismo que Saint-Cyran y Jansenio, es afectuoso, expansivo, op­timista, un amante de los símbolos de la Naturaleza, -un hombre que rebosa salud mental y realiza el precep­to evangélico de hacerse niño, un creyente asombrado de los medios de salvación y, sobre todo, de las venta­jas de la Redención.

El obispo de Ginebra ama a la Virgen con ternura conmovedora. Saint-Cyran la ama también ternísimamente, no en vano es autor de una Vida mística de Nuestra Señora, pero se hace una idea de la Virgen sugerida asimismo por el temor. Saint-Cryan, inspirado probablemente en el capítulo VI del Cantar de los Can­tares, habla e insiste acerca de la grandeur terrible de la Vierge. Cada hombre habla el lenguaje de su tiem­po, y Saint-Cyran no se exime de esta regla. El bayonés considerando así a la Virgen María, dice verdad en cierto sentido, pero a una Madre —a la Madre— con Dios en los brazos no se le puede aplicar el adjetivo te­rrible. Saint-Cyran tenía debilidad por el adjetivo te­rrible.

¿Fue Saint-Cyran quien contagió esta forma de pen­sar a su tierra vasca? Cuando Kitolis, el heroico pesca­dor de Kresala, la novela vasca del presbítero don Do­mingo de Aguirre, termina su conmovedor relato de la nocturna catástrofe marítima ocurrida una antevíspera de Navidad y promete no olvidarse nunca de rezar el Ave María y la Salve al volver a salir al mar, incons­cientemente está rodeando a la Virgen de rasgos ven­gativos. Kitolis perdió en la catástrofe a su mismo hijo, todavía un niño a quien él, su padre, aferrado desespe­radamente con una mano a la zozobrada lancha, apre­taba contra su pecho para prestarle calor, y sin embargo, en la invernal noche interminable, pereció de frío. Kitolis relaciona tácitamente el impresionante episodio con su olvido aquella vez de rezar el Ave María y la Sal­ve al cruzar la barra para hacerse a su duro oficio.

En la postura del pescador laten sin duda muy com­plejas motivos, hay en ella una casuística fetichista, pero en lo más hondo aparece también el temor reverencial hacia la Virgen María.

Y no obstante, dudo mucho que exista ningún otro pueblo en el mundo que cante a la Virgen María con acentos más viriles y al propio tiempo más enternece­dores que el pueblo vasco. Hay que oir cantar a ese pueblo al final del acontecimiento social que en tierra vasca constituye anualmente las funciones de la no­vena a la Inmaculada Concepción.

Pero continúa. Es Sainte-Beuve mismo quien observa la insistencia de Jansenio acerca de la condenación de los niños muertos sin bautismo. Jansenio opina que los recién nacidos muertos sin bautismo son condenados a penas sensibles, a fuego inclusive. Este pensamiento de la condenación de las almas sin culpa personalmente imputable, que concibe con ese espíritu de vengativo esbirro a Dios nuestro Señor, sería una de las más -bár­baras formas de ofenderle, sobre todo a la luz de la doc­trina del Sagrado Corazón. Para una infinidad de pa­dres de familia, esta odiosa opinión de Jansenio sería literalmente la desesperación, de no existir el recurso de indignarse contra semejante atrocidad, imaginada como todas las atrocidades, al margen del corazón.

Saint-Cyran, el íntimo de Jansenio y su más directo inspirador, representa todo lo contrario del espíritu de San Francisco de Sales. El bayonés no es escritor. Es una cabeza teológica carente de la complicada gimnasia mental a que, sobre todo en ciertas épocas, obliga el penoso ejercicio de escribir para la gente. Además es duro, sistemático, enamorado de la casuística, escrupuloso, severo, triste, tembloroso. Nicole decía de él que era una tierra muy fértil, pero fértil en espinas y zarzas. Como infinidad de vascos excepcionales en el espíritu, Saint-Cyran, además, es un hombre otoñal: Al decir de Sainte-Beuve, las flores de primavera le des­placen porque pasan demasiado pronto y porque en su mayor parte se pierden sin dar frutos. El bayonés pre­fiere lo avanzado del otoño aunque entonces no se ven en los árboles más que hojas secas y marchitas. Sainte Beure añade que éste es un hieroglifo de su talento, que dio frutos en vez de flores.

También San Ignacio era hombre otoñal; el hijo menor de la casa de Loyola se determinó a cambiar de vida un otoño. Pero el otoño y la visión reiterada de sus melancólicos paisajes desde su alta ventana de convaleciente, no paralizaron el alma de San Ignacio, sino que lo animaron a la más radical y la más animosa de las resoluciones. ¡Pobre del vasco que no sepa enderezar su temperamento otoñal hacia una primavera riente y prometedora! ¡Pobres sobre todo quienes caen bajo la órbita de esta clase de vascos otoñales!

Port-Royal vino a ser bajo la dirección de Saint-Cyran un monasterio animado por un pensamiento mucho más viril del conveniente a un convento de mujeres. Este espíritu, introducido por Saint-Cyran, explica la pública enemistad existente entre Port-Royal y la Orden de la Visitación, que respondía al espíritu de San Francisco de Sales.

Julien Green se hace eco con admiración en su Journal, de las frases que se decían en las oraciones de Port-Royal, frases, según él dice, de grandeza pascaliana : «Soyez plus fort pour nous sauver que nous ne sornmes pour nous perdre»: —Señor, sed para salvar­nos más fuerte de lo que nosotros lo somos para perder­nos—. El trazo es definitivo y alumbra claramente aquella religión de temblor, empeñada siempre en ver en todo la malicia y nunca la humana fragilidad.

Hay que hacer no obstante a Jansenio la justicia de haber desaconsejado a su amigo la dirección de Port-Royal. Cuando Saint-Cyran, después de oponer largo tiempo a las religiosas una resistencia puramente táctica, para hacerse más de rogar, imagina ya las líneas directrices de su gobierno espiritual y consulta a Jansenio, éste le contesta que la dirección de un monasterio femenino no hará más que complicarle la vida. Pero el bayonés no escucha el sensato consejo de su amigo, y Port-Royal penetra en la órbita totalitaria de aquél.

La turbulenta historia posterior de Port-Royal está inserta en la ciega afección que las religiosas profesaron a Saint-Cyran, considerándolo como indiscutible maes­tro espiritual y hasta canonizándole en el recuerdo como un verdadero mártir. Henry de Montherlant acierta al subrayar habilidosamente a lo largo de su drama con trazos de fanatismo esa idolátrica obsesión de las re­ligiosas.

En la gran batalla jansenista, la feroz guerra civil de ideas entablada en torno de las proposiciones de Jansenio en su Augustinus —el libro concebido en Bayona y que apareciera en Lovaina el año 1640 como un grue­so infolio en tres tomos contenido en un volumen de intencionada y aparatosa portada— Port-Royal del Santo Sacramento, la fundación parisina a donde las religio­sas del viejo Port-Royal se trasladaron por justificados motivos de salubridad, es un reducto donde siempre se adivina la presencia activa o la memoria apasionada de Saint-Cyran.

El bayonés había ya muerto, pero su recuerdo ali­mentaba la fría y fiera resistencia de las religiosas de Port-Royal negándose con orgullosa tenacidad, jugán­doselo todo a una sola carta, a la firma del Formulario condenando la doctrina de las cinco proposiciones de Cornelio Jansenio contenidas en el Augustinus. La bre­ve fórmula de esta condenación había sido aprobada por el papa Alejandro VII y declarada obligatoria por la Asamblea del clero francés. «Yo condeno con el cora­zón y con la boca la doctrina de las cinco proposiciones de Cornelio Jansenio, contenidas en su libro titulado Augustinus.»

Alejandro VII, siendo cardenal Chigi, había sido uno de los comisarios encargados por Inocencio X de revisar las cinco proposiciones. Este papa había también condenado las proposiciones de Jansenio como blasfematorias, impías e injuriosas a la misericordia divina, porque en resumen, dicho sea en términos breves y ase­quibles al hombre de la calle, las cuatro primeras soste­nían que el hombre sólo peca porque le falta la gracia, y como en nada puede contribuir a que reciba la gracia, su eterna salvación o su eterna condenación no depende en modo alguno de su propia voluntad, sino solamente de la eterna predestinación de Dios. A su vez, la quinta proposición, desoladora y tristísima, afirmaba que Cris­to no murió por todos los hombres, pues si hubiese muerto por todos, hubiera adquirido gracia para todos. En resumidas cuentas, según esta angustiosa doctrina, Cristo, a quien los jansenistas representaban crucificado con los brazos alargados, hacia arriba, rehuyendo la tie­rra, nunca con los brazos extendidos en ancho por el amor, Cristo, en definitiva, no derramó su sangre por todos los hombres.

De Port-Royal se apoderó el vértigo de la resisten­cia a toda costa y hasta el fin, ocurriera lo que ocurrie­se, sin aceptar la menor componenda, que también fue­ron políticamente ofrecidas, porque la política tuvo in­numerables interferencias en la cuestión contribuyendo a envenenarla más y más.

Sostienen algunos que de vivir Saint-Cyran, se hu­biese por fin sometido; pero la verdad es que su espí­ritu, el secreto placer de la catástrofe, peculiar en mu­chos vascos, planeaba en el monasterio parisino. Porque al fin sobrevino la catástrofe.

Hardouin de Peréfixe, arzobispo de París, intimó la obediencia a las religiosas, extremando para conseguirlo todos los medios de conciliación, rechazados absoluta­mente por aquellos ángeles de soberbia. Una de las ve­ces Peréfixe, a quien las religiosas comparaban con Diocleciano, cometió el error de rogarles el sometimiento para así agradar al Rey, lo que naturalmente produjo el efecto de exaltar la oposición.

El arzobispo marchando en persona al convento, a donde con anterioridad bahía comisionado a Bossuet, también sin resultado, interrogó una por una a las reli­giosas. El diálogo con la abadesa, la madre Angélica de San Juan, la sucesora de Angélica Arnauld, muer­ta de amargura, tuvo perfiles de increíble violencia. «Puras como ángeles, soberbias como demonios», dicen que exclamó Hardouin de Peréfixe. Las religiosas de Port-Royal, ya en los linderos del iluminismo, jugaban al martirio.

Y el capítulo concluye por donde empezó. Porque el episodio está dramatizado por Henry de Montherlant y rio precisamente con efectos hostiles a las religiosas de Port-Royal, sino todo lo contrario, encendiendo en rebeldía a los espectadores, lo cual es facilísimo porque la misma escena ayuda extraordinariamente a ese efec­to. También aquí está presente el espíritu de Saint-Cyran.

El día 26 de agosto de 1664, Hardouin de Peréfixe, acompañado de agentes de policía y soldados, penetró en Port-Royal de París, y en medio de un silencio mor­tal, entrecortado de sollozos, procedió de orden del Rey a ejecutar la orden de disolución de la comunidad de Port-Royal. Los agentes y soldados disolvieron la co­munidad trasladando a las religiosas a diversos convén-tos.

Pero tampoco fue este el fin. Al saqueo de Port-Ro-yal, verificado por los soldados, y a la demolición del monasterio, siguió más tarde otro episodio mucho más lamentable: la profanación del cementerio del convento en donde reposaban personajes que, como Racine, eligieron aquel lugar para reposó de sus huesos. Los restos de Racine pudieron apresuradamente ser puestos en lugar seguro, pero en general los perros hambrientos ayudaron a la macabra labor de los profanadores a suel­do. Con razón Franlois Mauriac ha podido llamar a Luis XIV: déterreur de nonnes, desenterrador de mon­jas.

José de Arteche

Auñamendi

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