LOS AMIGOS DE SAINT-CYRAN
Saint-Cyran, lo mismo que San Ignacio de Loyola, tenía infinidad de amigos, y amigos, además, de alta consideración social. Su persona y el movimiento que suscitó, están ligados a los nombres más famosos del siglo XVII, desde Molina a Belarmino, desde Racine a Pascal, desde Bossuet a Leibniz.
El primero en la enumeración de los amigos del bayanés es Jansenio, con quien desde sus arios de activa camaradería en Bayona, nunca dejó de cartearse, casi siempre en clave o en un argot difícil de interpretar, sobre todo a partir de un reencuentro que tuvo con él en 1621, pocos años después de su separación.
En estas entrevistas, Jansenio y Saint-Cyran convinieron dentro del mayor secreto la preparación del Augustinus, la extensísima obra a realizar por el primero, cuyo espíritu se encargaría en la práctica de propagar Saint-Cyran. Este, juntamente con su amigo, planeó la arquitectura de la obra y encabezó sus capítulos. A partir de este momento, separados ya nuevamente el flamencio y el vasco, la correspondencia de entrambos es intensa, pero su sentido con frecuencia escapa a la pentración de los críticos. Jansenio es Boéce o Sulpice; los jesuitas se llaman Chimer, o también, despreciativamente, Gorphoroste. Saint-Cyran tan pronto es Ron-geart como Durillon. El proyecto que traen entre manos se llamará Pilmot. San Agustín tiene varios seudónimos: Seraphi, Aelius, Leoninus. Los protestantes respondían al extraño nombre de Cucumer.
Una carta de Jansenio a Saint-Cyran distingue entre Gorphoroste, los jesuitas de Lovaina, y Pacuvius, la Compañía de Jesús, a la que Pardo, el Papa, empuja más al precipicio envaneciéndola con la canonización de Cyprin, San Ignacio de Loyola, y también con la de San Francisco Javier.
Sin embrago, conviene no considerar demasiado malignamente esta enumeración de sobrenombres. Hay que pensar en la gran inseguridad de los correos de la época.
Jansenio tenía más dotes políticas que Saint-Cyran. Además de lector empedernido de San Agustín, era un hábil negociador. Jansenio —hay que hacerle esa justicia— vio’ con claridad el desastre que para la unidad religiosa europea significaba la política del cardenal de Richelieu cuyas maniobras favorecían a luteranos y calvinistas, y decididamente se colocó enfrente del cardenal. España, a quien favorecía esa postura, le recompensó esta actitud con el obispado de Ypres.
Jansenio y Saint-Cyran, a partir de 1621, volvieron a verse en repetidas ocasiones. Este ario renunció Saint-Cyran a su cargo de vicario de la diócesis de Poitiers para ir a establecerse en París. Los dos amigos, unidos por una profunda afección, veíanse algunas veces en esta ciudad, sobre todo cuando Jansenio, de paso por París, se trasladaba a Madrid.
En cuanto a Saint-Cyran, los primeros años de su estancia en la capital, acudía frecuentemente a asistir en su diócesis al obispo de Aire. El bayonés es el hombre de la prelacía siempre inminente. ¿Qué faltó a este hombre para ser obispo? Seguramente la decidida voluntad de llegar a la dignidad. La responsablidad efectiva del cargo de obispo ¿hubiera curado en Saint-Cyran sus ansiedades? Probablemente, sí; o por lo menos, las hubiese aliviado mucho.
Después de la muerte de monseñor Le Bouthillier, obispo de Aire, Saint-Cyran de asiento ya en París definitivamente, se relacionaba con los elementos más preponderantes del mundo eclesiástico de la ciudad. El P. de Condren, de la Congregación del Oratorio, es una de sus grandes amistades y también Pedro de Berulle, el austero primer general de esta Congregación, con quien le unía amistad estrechísima, tanto que en colaboración con Jansenio contribuyó mucho a introducir la Congregación del Oratorio en Flandes. Hubo un momento en que esta nueva Congregación parecía que iba a ser el vehículo de Pilmot.
El cardenal Pedro de Berulle, personaje de noble origen y gran calidad humana, ardiente celo religioso y notable dotes de controversista, había sido educado por los jesuitas. Al regreso de un viaje a España, introdujo en su patria la orden de las carmelitas descalzas, comenzando a remediar así la ausencia en Francia de verdaderas comunidades femeninas, y en 1611 fundó la orden del Oratorio, confirmada más tarde por el papa Paulo V. Berulle, hombre humilde, rehusó muchas veces los obispados que le ofrecieron Enrique IV y Luis XIII, y únicamente por disciplina aceptó el capelo cardenalicio dos años antes de su muerte, acaecida en París el ario 5629, sólo cuando contaba cincuenta y cuatro años de edad.
Berulle llegó a ser nombrado ministro de Estado, cargo en el que pronto tropezó con Richelieu, que por su parte sabía perfectamente a qué aspiraba. El cardenal de Berulle, además de ser gran amigo de Saint-Cyran a quien propuso para el obispado de Bayona, lo era asimismo de San Francisco de Sales y el cardenal Du Perron.
Para mejor perfilar al personaje hay que añadir que fue gran protector de las ciencias y las letras, que distinguía con sus favores a Descartes y que su celo obtuvo la conversión de muchas damas protestantes. Místico profundo, gran teólogo, aristócrata de nacimiento y de cultura, la austera figura de Berulle, henchida de interior delicadeza y unción y finura diplomática, domina el catolicismo francés de su época.
Para Saint-Cyran la amistad con Berulle, el gran espiritual, tuvo extraordinaria importancia, y es una pena que otras influencias posteriores, o mejor todavía, las alternativas de su propio genio, oscurecieran las trazas de esa influencia. Sin embargo, tal vez habría que buscar en Berulle el origen inconsciente del antijesuitismo de Saint-Cyran, pues éste recibió importantes confidencias de aquél en orden a sus luchas con las congregaciones establecidas en Francia, confidencias que fraguaron de modo explosivo en el espíritu extremoso del bayonés.
Berulle quiso a todo trance ver a Saint-Cyran, promovido a obispo, opinando en apoyo de este deseo que la responsabilidad del cargo le adaptaría a las realidades de la época.
Después de Berulle, la cita de Robert Arnauld d’ Andilly es de todo punto obligada, aunque su nombre, vinculado al de la ilustre familia de los Arnauld, tenga mejor acomodo en las páginas dedicadas a Port-Royal. Robert Arnauld d’Andilly, abogado, político iniciado desde la más temprana juventud en los secretos de la más alta administración del Estado, hombre equidistante que gozaba del favor de las más elevadas y encontradas jerarquías del Reino —la Reina Madre, el Rey, Richelieu, Condé—, el hijo mayar de la numerosa familia de los Arnauld constituye una de las más fundamentales amistades del abad de Saint-Cyran y en buena parte explica la introducción de éste en las más elevadas esferas de la Corte de Francia.
Monsieur Vincent, el señor Vicente, el gran cristiano gascón, defensor y amparo de los pobres, que andando el tiempo sería venerado en los altares con la advocación de San Vicente de Paul, es también uno de los contrastes más vivos de esta historia. Un hombre nacido en Pouy, pueblecito cercano a Dax, de una muy pobre familia de labradores. Ordenado sacerdote como muchos en aquélla época, a edad tempranísima, a los veinte años de edad, Vicente de Paul llevaba camino de ser uno de tantos clérigos negociantes, cuando un suceso imprevisto decidió otro rumbo a su vida.
En 1605, hallándose en Marsella adonde había ido para recuperar un crédito, se embarcó al regreso con destino a Narbona. Tres bergantines piratas turcos atacaron el navío y apresaron su tripulación y pasaje. Vicente de Paul fue vendido por los piratas en el mercado de esclavos de Túnez, cuando contaba unos veinticinco años de edad, a un alquimista y a un renegado originario de Niza que era melero del Bey.
Vicente de Paul que poseía extraordinarias dotes de simpatía personal, obtuvo ser tratado como amigo por el renegado y las tres mujeres que componían su harén y consiguió también, convencer a aquél acerca de la conveniencia de regresar a Francia, asegurándole el perdón a cambio de una abjuración solemne a la llegada a su patria. Naturalmente, Vicente de Paul uniéndose al fugitivo que había catequizado, recobró su libertad desembarcando con él en Aigues-Mortes a fines de junio de 1607.
Monsieur Vincent vivió todavía indecisamente algunos años. En cierta ocasión estuvo en Roma, -encargado probablemente de alguna importante misión, pues estaba relacionado con la Corte y hasta con el mismo rey Enrique IV. El contacto con Berulle fue decisivo en la vida del joven y mundano sacerdote gascón. Al futuro cardenal, confesor, director de conciencia y modelo viviente de Vicente de Paul, le angustiaban sobre todo los lentos resultados de las directrices planteadas por el concilio de Trento en orden a la reforma de la vida cristiana. Vicente de Paul adivinó esta preocupación de Berulle y terminó por hacerla suya.
Más tarde, un providencial encuentro con Francisco de Sales, el santo obispo de Ginebra, decidiría el definitivo rumbo vital de Vicente de Paul. Este conocía ya la Introducción a la vida devota, obra que desde su aparición gozó de enorme popularidad. Paul ponderaría después la impresión que su lectura le produjo, diciendo que creía estar escuchando a Cristo con su misma evangélica mansedumbre.
El reiterado trato personal con el autor de la apacible Introducción a la vida devota no resultaría menos definitivo para Vicente de Paul. Berulle, en un principio, habíale mostrado el camino de la santidad; pero Francisco de Sales significaba para el sacerdote gascón el contacto con la santidad misma en un grado eminente, porque el obispo de Ginebra resumía la humildad, la serenidad espiritual, el dominio propio y la alegría en Dios nuestro Señor.
A partir de estas conversaciones, la espiritualidad de Monsieur Vincent se condensa en esta fórmula: vivir a Cristo para llevar a Cristo a los demás. Si supiéramos, repetía, animar las almas con el espíritu del Evangelio, seríamos grandes misioneros.
Y efectivamente, desde entonces su vida se derrama por entero, heróicamente, al servicio de los pobres. Ninguna necesidad le es ya indiferente. Vicente de Paul es el apóstol sencillo de la caridad. Provee a los campesinos, hambrientos de Evangelio, de misioneros a quienes imbuye la sencillez, el ponerse a tono con el auditorio. En medio de aquella sociedad inconsciente, frívola, egoísta, brutal, siembra en las almas el espíritu de emulación en la generosidad. Funda la institución de las Hijas de la Caridad, revolucionaria fundación religiosa femenina al margen de las reglas de clausura, que permite el desarrollo del espíritu de abnegación femenina cerca de los necesitados e instituye las Conferencias de Caridad a cargo de los seglares, antecesoras de las Conferencias de San Vicente de Paul, fundadas dos siglos después por Federico Ozanam.
Todos los siglos, todas las épocas supuran porquería y el Gran Siglo no se exime, ni muchísimo menos, de atroces lacras, La infancia abandonada, los nidos que, en aquellos tiempos feroces y desolados, las madres, desesperadas, venden o desamparan; los mendigos que pululan agresivos en bandas; la adolescencia delincuente; los encarcelados; la chusma, los forzados de las galeras reales; los cristianos esclavizados por los corsarios musulmanes, a todos llegaban las ansias del corazón del más humano de los santos. Ningún aspecto de la miseria dejó insensible a Vicente de Paul que sembró por doquier semillas de ternura. Era un gran corazón dominando una gran decadencia.
Consta la gran amistad existente entre el astuto gascón y el obstinado vasco. Entrambos, Vicente de Paul y Saint-Cyran, atravesaron épocas de penuria haciendo bolsa común. Pero el concepto de la caridad los separa radicalmente.
Saint-Cyran siente también la caridad, pero el hijo de la alta burguesía comerciante de Bayona necesita imaginar para el ejercicio de la misma, circunstancias de excepción. El bayonés es algo así como el baso-jaun de la caridad, como el mítico personaje vasco, salvaje Seriar de las selvas. Desde luego, el hirsuto rostro de Saint-Cyran evoca bastante la idea del baso-jaun.
«Dios —escribe el bayonés— tiene una excelencia tan alta por encima de los más altos pensamientos de nuestro espíritu y de nuestra fe, que no correr riesgo en el ejercicio de la caridad significa servirle mezquinamente. Acordémonos solamente de los cristianos que en los primeros siglos de la Iglesia no la testimoniaban de otra forma que muriendo por El. A falta de martirio y de riesgos de perder la vida, lo menos que nosotros podemos hacer es abrazar con alegría las ocasiones que se nos ofrezcan para darle testimonio de amor y celo de caridad, extendiéndolas sobre las almas que se dedicaron a El, incluso perdiendo nuestros bienes y riquezas. Acaso seremos excusados en su juicio de no haber buscado todas las ocasiones de emplear en buenas obras los bienes que El nos concedió, y el no habernos preocupado de indagar con el fin de alimentarlos, todos los pobres que languidecen en las cavernas y en los bosques, donde abandonados de toda asistencia viven igual que bestias; pero lo que El nos reprochará seguramente, es la negligencia en socorrer a los que El mismo nos presenta, y sobre todo cuando descubrimos que desasistiendo el cuerpo, el alma corre riesgo de perderse…».
El texto constituye por sí mismo un impresionante retrato del bayonés. Hay en esas líneas un ritmo obseso, reconcentrado obstinadamente en sí mismo.
Sainte-Beuve, por su parte, subraya el párrafo alusivo a la necesidad de indagar los pobres de las cavernas y de los bosques para darles de comer, y llama la atención acerca de este vigoroso impulso caritativo encubierto en una expresión casi salvaje. Así es en efecto y mi acercamiento comparativo de Saint-Cyran a un baso-jaun de la caridad lleno de ternura, no creo ,que sea totalmente desacertado.
Pero la caridad expresada en esos impresionantes conceptos que descubren a Saint-Cyran de cuerpo entero ¿es una caridad liberadora?
Pertenecer a Dios es ser libre. La caridad no se justifica bien del todo al ser ejercida «para» otra cosa, con «otro» fin interesado, por excelso que sea; la caridad verdadera produce sus frutos por sí misma, y en definitiva ayuda siempre a los hombres a encontrar a Dios.
La caridad que edifica, es la caridad de todos los momentos, la caridad que considera en todos los hombres, sean quienes sean, el ángel que constantemente los acompaña; la caridad que puede alcanzar una cima heroica en una simple sonrisa. Descubrir al «otro» allí donde se encuentra, que generalmente es muy cerca, descubrir al prójimo necesitado ayuda eficacísimamente al descubrimiento de Dios por uno mismo. La caridad ayuda a la propia conversión, favorece en primer término al propio favorecedor, independientemente del bien que la dádiva pueda procurar al pobre socorrido.
El hombre de edad suficientemente madura podría recordar muchos inconscientes seguidores de Saint-Cyran, religiosos lo mismo que él, de vida ejemplar, gentes todas ellas envejecidas en la austeridad, pero sin haber aún aprendido —y desde luego decididos a no aprender— la fundamental lección de la sonrisa bondadosa. El cristianismo no ha calado en el hombre incapaz de bondad. Todo resulta falso en el cristiano incapaz de bondad.
Aunque lo que ahora voy a escribir me conduzca a un final de capítulo completamente distinto del que pensaba, diré que, sin embargo, cabe que Saint-Cyran al escribir eso, estuviese recordando a su país natal, donde en su tiempo la miseria extrema se daba únicamente en esas excepcionales situaciones que él pinta con sobrio toque descriptivo, en las cavernas y en los bosques.
Nada tiene que ver esto con la biografía de Saint-Cyran; al llegar aquí alcanzo uno de tantos puntos donde el bayonés me resulta sólo un pretexto para decir lo que pienso, porque otra vez, al conjuro de su evocación, por modo imprevisto regreso a la niñez, como tantas otras veces por otros diferentes motivos, pues crecí justamente al ocaso de una época, cuando cruelmente otra época infinitamente más despiadada, nacía.
La pobreza extrema es y será mal de todas las épocas, pero jamás olvidaré aquellos pobres de mi infancia, pobres totales, que sabían sentarse con dignidad en las mesas de los que tenían y que se honraban admitiéndolos consigo. Otros matices de la caridad se desconocían casi totalmente, pero permanecía éste: el pobre honraba la mesa estable, reposada, del que, de alguna forma, poseía.
Hoy se diría que esta forma de la caridad es una manera de paternalismo. Pero actualmente ni siquiera somos capaces de este profundamente ejemplar, educador, paternalismo.
José de Arteche
Auñamendi







