Saint-Cyran (VI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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LOS AMIGOS DE SAINT-CYRAN

Saint-Cyran, lo mismo que San Ignacio de Loyola, tenía infinidad de amigos, y amigos, además, de alta consideración social. Su persona y el movimiento que suscitó, están ligados a los nombres más famosos del siglo XVII, desde Molina a Belarmino, desde Racine a Pascal, desde Bossuet a Leibniz.

El primero en la enumeración de los amigos del bayanés es Jansenio, con quien desde sus arios de activa camaradería en Bayona, nunca dejó de cartearse, casi siempre en clave o en un argot difícil de interpretar, sobre todo a partir de un reencuentro que tuvo con él en 1621, pocos años después de su separación.

En estas entrevistas, Jansenio y Saint-Cyran convi­nieron dentro del mayor secreto la preparación del Augustinus, la extensísima obra a realizar por el primero, cuyo espíritu se encargaría en la práctica de propagar Saint-Cyran. Este, juntamente con su amigo, planeó la arquitectura de la obra y encabezó sus capítulos. A partir de este momento, separados ya nuevamente el flamencio y el vasco, la correspondencia de entrambos es intensa, pero su sentido con frecuencia escapa a la pentración de los críticos. Jansenio es Boéce o Sulpice; los jesuitas se llaman Chimer, o también, despreciativa­mente, Gorphoroste. Saint-Cyran tan pronto es Ron-geart como Durillon. El proyecto que traen entre ma­nos se llamará Pilmot. San Agustín tiene varios seudó­nimos: Seraphi, Aelius, Leoninus. Los protestantes res­pondían al extraño nombre de Cucumer.

Una carta de Jansenio a Saint-Cyran distingue en­tre Gorphoroste, los jesuitas de Lovaina, y Pacuvius, la Compañía de Jesús, a la que Pardo, el Papa, empuja más al precipicio envaneciéndola con la canonización de Cyprin, San Ignacio de Loyola, y también con la de San Francisco Javier.

Sin embrago, conviene no considerar demasiado ma­lignamente esta enumeración de sobrenombres. Hay que pensar en la gran inseguridad de los correos de la época.

Jansenio tenía más dotes políticas que Saint-Cyran. Además de lector empedernido de San Agustín, era un hábil negociador. Jansenio —hay que hacerle esa justi­cia— vio’ con claridad el desastre que para la unidad religiosa europea significaba la política del cardenal de Richelieu cuyas maniobras favorecían a luteranos y cal­vinistas, y decididamente se colocó enfrente del carde­nal. España, a quien favorecía esa postura, le recom­pensó esta actitud con el obispado de Ypres.

Jansenio y Saint-Cyran, a partir de 1621, volvieron a verse en repetidas ocasiones. Este ario renunció Saint-Cyran a su cargo de vicario de la diócesis de Poitiers para ir a establecerse en París. Los dos amigos, unidos por una profunda afección, veíanse algunas veces en esta ciudad, sobre todo cuando Jansenio, de paso por París, se trasladaba a Madrid.

En cuanto a Saint-Cyran, los primeros años de su estancia en la capital, acudía frecuentemente a asistir en su diócesis al obispo de Aire. El bayonés es el hom­bre de la prelacía siempre inminente. ¿Qué faltó a es­te hombre para ser obispo? Seguramente la decidida voluntad de llegar a la dignidad. La responsablidad efectiva del cargo de obispo ¿hubiera curado en Saint-Cyran sus ansiedades? Probablemente, sí; o por lo me­nos, las hubiese aliviado mucho.

Después de la muerte de monseñor Le Bouthillier, obispo de Aire, Saint-Cyran de asiento ya en París de­finitivamente, se relacionaba con los elementos más pre­ponderantes del mundo eclesiástico de la ciudad. El P. de Condren, de la Congregación del Oratorio, es una de sus grandes amistades y también Pedro de Berulle, el austero primer general de esta Congregación, con quien le unía amistad estrechísima, tanto que en cola­boración con Jansenio contribuyó mucho a introducir la Congregación del Oratorio en Flandes. Hubo un momento en que esta nueva Congregación parecía que iba a ser el vehículo de Pilmot.

El cardenal Pedro de Berulle, personaje de noble origen y gran calidad humana, ardiente celo religioso y notable dotes de controversista, había sido educado por los jesuitas. Al regreso de un viaje a España, intro­dujo en su patria la orden de las carmelitas descalzas, comenzando a remediar así la ausencia en Francia de verdaderas comunidades femeninas, y en 1611 fundó la orden del Oratorio, confirmada más tarde por el pa­pa Paulo V. Berulle, hombre humilde, rehusó muchas veces los obispados que le ofrecieron Enrique IV y Luis XIII, y únicamente por disciplina aceptó el capelo car­denalicio dos años antes de su muerte, acaecida en Pa­rís el ario 5629, sólo cuando contaba cincuenta y cuatro años de edad.

Berulle llegó a ser nombrado ministro de Estado, cargo en el que pronto tropezó con Richelieu, que por su parte sabía perfectamente a qué aspiraba. El cardenal de Berulle, además de ser gran amigo de Saint-Cyran a quien propuso para el obispado de Bayona, lo era asimismo de San Francisco de Sales y el cardenal Du Perron.

Para mejor perfilar al personaje hay que añadir que fue gran protector de las ciencias y las letras, que dis­tinguía con sus favores a Descartes y que su celo obtu­vo la conversión de muchas damas protestantes. Místi­co profundo, gran teólogo, aristócrata de nacimiento y de cultura, la austera figura de Berulle, henchida de in­terior delicadeza y unción y finura diplomática, domi­na el catolicismo francés de su época.

Para Saint-Cyran la amistad con Berulle, el gran es­piritual, tuvo extraordinaria importancia, y es una pena que otras influencias posteriores, o mejor todavía, las alternativas de su propio genio, oscurecieran las trazas de esa influencia. Sin embargo, tal vez habría que bus­car en Berulle el origen inconsciente del antijesuitismo de Saint-Cyran, pues éste recibió importantes confiden­cias de aquél en orden a sus luchas con las congrega­ciones establecidas en Francia, confidencias que fragua­ron de modo explosivo en el espíritu extremoso del bayonés.

Berulle quiso a todo trance ver a Saint-Cyran, pro­movido a obispo, opinando en apoyo de este deseo que la responsabilidad del cargo le adaptaría a las realida­des de la época.

Después de Berulle, la cita de Robert Arnauld d’ Andilly es de todo punto obligada, aunque su nombre, vinculado al de la ilustre familia de los Arnauld, tenga mejor acomodo en las páginas dedicadas a Port-Royal. Robert Arnauld d’Andilly, abogado, político iniciado desde la más temprana juventud en los secretos de la más alta administración del Estado, hombre equidistan­te que gozaba del favor de las más elevadas y encontra­das jerarquías del Reino —la Reina Madre, el Rey, Richelieu, Condé—, el hijo mayar de la numerosa fa­milia de los Arnauld constituye una de las más fun­damentales amistades del abad de Saint-Cyran y en buena parte explica la introducción de éste en las más elevadas esferas de la Corte de Francia.

Monsieur Vincent, el señor Vicente, el gran cris­tiano gascón, defensor y amparo de los pobres, que an­dando el tiempo sería venerado en los altares con la advocación de San Vicente de Paul, es también uno de los contrastes más vivos de esta historia. Un hombre nacido en Pouy, pueblecito cercano a Dax, de una muy pobre familia de labradores. Ordenado sacerdote como muchos en aquélla época, a edad tempranísima, a los veinte años de edad, Vicente de Paul llevaba camino de ser uno de tantos clérigos negociantes, cuando un suceso imprevisto decidió otro rumbo a su vida.

En 1605, hallándose en Marsella adonde había ido para recuperar un crédito, se embarcó al regreso con destino a Narbona. Tres bergantines piratas turcos ata­caron el navío y apresaron su tripulación y pasaje. Vi­cente de Paul fue vendido por los piratas en el mercado de esclavos de Túnez, cuando contaba unos veinticinco años de edad, a un alquimista y a un renegado origi­nario de Niza que era melero del Bey.

Vicente de Paul que poseía extraordinarias dotes de simpatía personal, obtuvo ser tratado como amigo por el renegado y las tres mujeres que componían su harén y consiguió también, convencer a aquél acerca de la conveniencia de regresar a Francia, asegurándole el per­dón a cambio de una abjuración solemne a la llegada a su patria. Naturalmente, Vicente de Paul uniéndose al fugitivo que había catequizado, recobró su libertad desembarcando con él en Aigues-Mortes a fines de ju­nio de 1607.

Monsieur Vincent vivió todavía indecisamente al­gunos años. En cierta ocasión estuvo en Roma, -encar­gado probablemente de alguna importante misión, pues estaba relacionado con la Corte y hasta con el mismo rey Enrique IV. El contacto con Berulle fue decisivo en la vida del joven y mundano sacerdote gascón. Al futuro cardenal, confesor, director de conciencia y mo­delo viviente de Vicente de Paul, le angustiaban sobre todo los lentos resultados de las directrices planteadas por el concilio de Trento en orden a la reforma de la vida cristiana. Vicente de Paul adivinó esta preocupa­ción de Berulle y terminó por hacerla suya.

Más tarde, un providencial encuentro con Francis­co de Sales, el santo obispo de Ginebra, decidiría el de­finitivo rumbo vital de Vicente de Paul. Este conocía ya la Introducción a la vida devota, obra que desde su aparición gozó de enorme popularidad. Paul pondera­ría después la impresión que su lectura le produjo, di­ciendo que creía estar escuchando a Cristo con su mis­ma evangélica mansedumbre.

El reiterado trato personal con el autor de la apa­cible Introducción a la vida devota no resultaría menos definitivo para Vicente de Paul. Berulle, en un prin­cipio, habíale mostrado el camino de la santidad; pero Francisco de Sales significaba para el sacerdote gascón el contacto con la santidad misma en un grado eminen­te, porque el obispo de Ginebra resumía la humildad, la serenidad espiritual, el dominio propio y la alegría en Dios nuestro Señor.

A partir de estas conversaciones, la espiritualidad de Monsieur Vincent se condensa en esta fórmula: vivir a Cristo para llevar a Cristo a los demás. Si supiéramos, repetía, animar las almas con el espíritu del Evangelio, seríamos grandes misioneros.

Y efectivamente, desde entonces su vida se derrama por entero, heróicamente, al servicio de los pobres. Ninguna necesidad le es ya indiferente. Vicente de Paul es el apóstol sencillo de la caridad. Provee a los campe­sinos, hambrientos de Evangelio, de misioneros a quie­nes imbuye la sencillez, el ponerse a tono con el audi­torio. En medio de aquella sociedad inconsciente, frí­vola, egoísta, brutal, siembra en las almas el espíritu de emulación en la generosidad. Funda la institución de las Hijas de la Caridad, revolucionaria fundación re­ligiosa femenina al margen de las reglas de clausura, que permite el desarrollo del espíritu de abnegación fe­menina cerca de los necesitados e instituye las Confe­rencias de Caridad a cargo de los seglares, antecesoras de las Conferencias de San Vicente de Paul, fundadas dos siglos después por Federico Ozanam.

Todos los siglos, todas las épocas supuran porquería y el Gran Siglo no se exime, ni muchísimo menos, de atroces lacras, La infancia abandonada, los nidos que, en aquellos tiempos feroces y desolados, las madres, de­sesperadas, venden o desamparan; los mendigos que pu­lulan agresivos en bandas; la adolescencia delincuente; los encarcelados; la chusma, los forzados de las galeras reales; los cristianos esclavizados por los corsarios mu­sulmanes, a todos llegaban las ansias del corazón del más humano de los santos. Ningún aspecto de la mi­seria dejó insensible a Vicente de Paul que sembró por doquier semillas de ternura. Era un gran corazón do­minando una gran decadencia.

Consta la gran amistad existente entre el astuto gascón y el obstinado vasco. Entrambos, Vicente de Paul y Saint-Cyran, atravesaron épocas de penuria ha­ciendo bolsa común. Pero el concepto de la caridad los separa radicalmente.

Saint-Cyran siente también la caridad, pero el hijo de la alta burguesía comerciante de Bayona necesita ima­ginar para el ejercicio de la misma, circunstancias de ex­cepción. El bayonés es algo así como el baso-jaun de la caridad, como el mítico personaje vasco, salvaje Seriar de las selvas. Desde luego, el hirsuto rostro de Saint-Cyran evoca bastante la idea del baso-jaun.

«Dios —escribe el bayonés— tiene una excelencia tan alta por encima de los más altos pensamientos de nuestro espíritu y de nuestra fe, que no correr riesgo en el ejercicio de la caridad significa servirle mezquina­mente. Acordémonos solamente de los cristianos que en los primeros siglos de la Iglesia no la testimoniaban de otra forma que muriendo por El. A falta de martirio y de riesgos de perder la vida, lo menos que nosotros po­demos hacer es abrazar con alegría las ocasiones que se nos ofrezcan para darle testimonio de amor y celo de caridad, extendiéndolas sobre las almas que se dedicaron a El, incluso perdiendo nuestros bienes y riquezas. Acaso seremos excusados en su juicio de no haber buscado todas las ocasiones de emplear en buenas obras los bienes que El nos concedió, y el no habernos preocupado de indagar con el fin de alimentarlos, todos los pobres que languidecen en las cavernas y en los bosques, donde abandonados de toda asistencia viven igual que bestias; pero lo que El nos reprochará seguramente, es la negli­gencia en socorrer a los que El mismo nos presenta, y sobre todo cuando descubrimos que desasistiendo el cuer­po, el alma corre riesgo de perderse…».

El texto constituye por sí mismo un impresionante retrato del bayonés. Hay en esas líneas un ritmo ob­seso, reconcentrado obstinadamente en sí mismo.

Sainte-Beuve, por su parte, subraya el párrafo alu­sivo a la necesidad de indagar los pobres de las cavernas y de los bosques para darles de comer, y llama la aten­ción acerca de este vigoroso impulso caritativo encubier­to en una expresión casi salvaje. Así es en efecto y mi acercamiento comparativo de Saint-Cyran a un baso-jaun de la caridad lleno de ternura, no creo ,que sea totalmente desacertado.

Pero la caridad expresada en esos impresionantes conceptos que descubren a Saint-Cyran de cuerpo en­tero ¿es una caridad liberadora?

Pertenecer a Dios es ser libre. La caridad no se jus­tifica bien del todo al ser ejercida «para» otra cosa, con «otro» fin interesado, por excelso que sea; la caridad verdadera produce sus frutos por sí misma, y en defi­nitiva ayuda siempre a los hombres a encontrar a Dios.

La caridad que edifica, es la caridad de todos los momentos, la caridad que considera en todos los hom­bres, sean quienes sean, el ángel que constantemente los acompaña; la caridad que puede alcanzar una cima heroica en una simple sonrisa. Descubrir al «otro» allí donde se encuentra, que generalmente es muy cerca, descubrir al prójimo necesitado ayuda eficacísimamente al descubrimiento de Dios por uno mismo. La caridad ayuda a la propia conversión, favorece en primer tér­mino al propio favorecedor, independientemente del bien que la dádiva pueda procurar al pobre socorrido.

El hombre de edad suficientemente madura podría recordar muchos inconscientes seguidores de Saint-Cyran, religiosos lo mismo que él, de vida ejemplar, gen­tes todas ellas envejecidas en la austeridad, pero sin haber aún aprendido —y desde luego decididos a no aprender— la fundamental lección de la sonrisa bonda­dosa. El cristianismo no ha calado en el hombre incapaz de bondad. Todo resulta falso en el cristiano incapaz de bondad.

Aunque lo que ahora voy a escribir me conduzca a un final de capítulo completamente distinto del que pensaba, diré que, sin embargo, cabe que Saint-Cyran al escribir eso, estuviese recordando a su país natal, don­de en su tiempo la miseria extrema se daba únicamente en esas excepcionales situaciones que él pinta con so­brio toque descriptivo, en las cavernas y en los bosques.

Nada tiene que ver esto con la biografía de Saint-Cyran; al llegar aquí alcanzo uno de tantos puntos donde el bayonés me resulta sólo un pretexto para de­cir lo que pienso, porque otra vez, al conjuro de su evo­cación, por modo imprevisto regreso a la niñez, como tantas otras veces por otros diferentes motivos, pues cre­cí justamente al ocaso de una época, cuando cruelmen­te otra época infinitamente más despiadada, nacía.

La pobreza extrema es y será mal de todas las épo­cas, pero jamás olvidaré aquellos pobres de mi infancia, pobres totales, que sabían sentarse con dignidad en las mesas de los que tenían y que se honraban admitién­dolos consigo. Otros matices de la caridad se descono­cían casi totalmente, pero permanecía éste: el pobre honraba la mesa estable, reposada, del que, de alguna forma, poseía.

Hoy se diría que esta forma de la caridad es una ma­nera de paternalismo. Pero actualmente ni siquiera so­mos capaces de este profundamente ejemplar, educador, paternalismo.

José de Arteche

Auñamendi

 

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