Saint-Cyran (V)

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EL POLEMISTA

Es preciso insistir en que el país vasco ha dado mu­chos polemistas crónicos, muchos polemistas profesio­nales con toda la incaritativa dureza del polemista que por costumbre pone su vida entera en la polémica.

Hay que insistir asimismo en que Saint-Cyran es uno de estos desfogados polemistas. Para mayor exacti­tud de la semejanza, el bayonés posee una decidida in­clinación a los seudónimos. El seudónimo procura a quien lo usa, despreocupación y comodidad maniobrera; además, quien se escuda en el seudónimo no des­aprovecha ningún pretexto propicio al ataque.

El seudónimo favorece el instinto de agresión del que con frecuencia es una consecuencia directa. El seu­dónimo excusa en la contienda el escrúpulo de concien­cia.

El país vasco produce dos tipos de intelectuales. El intelectual que trata a toda costa de informarse donde sea y corno sea, y permanecer al día, adaptando su pen­samiento a la cambiante sucesión de conocimientos en cuanto tienen de aprovechable, sin mengua de los va­lores fundamentales cuya intangibilidad permanece pa­ra él al margen de las interpretaciones. Los caballeritos de Azcoitia son un ejemplo de la posibilidad de per­manecer al día sin dejación de la misa diaria o del rosa­rio devotamente rezado en familia. Se trata de espíritus abiertos que, sobre todo y en cuanto se pueda, preten­den comprender.

Pero hay también entre vascos el tipo opuesto de intelectual. El intelectual que, lo mismo que aquéllos, construye las antenas de su información en la soledad donde vive, pero encastilla su pensamiento roqueño, in­alterable y sin matices, detrás de esa misma informa­ción, y se convierte en obstinado francotirador. ¡Y cuán­tas veces no ocurre que los hombres que salen y tratan de reconocer el terreno se encuentran con los encasti­llados y traban feroz escaramuza! El vasco, muchas ve­ces, es un extremista abroquelado ¿Quién concilia a Saint-Cyran con Loyola?

La naciente fobia jesuita de Duvergier de Hauranne, convertido ya en abad de Saint-Cyran, fobia que más tarde en él mismo y después en sus seguidores derivaría a un verdadero furor, siguió encontrando pretextos para su desarrollo.

Las sátiras de un jesuita, el P. Garasse, contra Charrón, un autor libertino y sus amigos, y más tarde —en 1625— la publicación por el mismo P. Garasse de un nuevo libro, «La Somme théologique des verités capi­tales de la religion chretienne», un libro bien acogido por el público pero que por sus inexactitudes condenó en un principio la Sorbona, reducto entonces del galicanismo y hostil por lo tanto a los jesuitas, fue uno de esos pretextos. Gazaese, gran predicador, religioso ejemplar, era lo que por cierta similitud pudiéramos calificar de integrista auténtico. Por lo menos reacciona­ba en integrista típico. Agravaba el mal que pretendía curar, porque además, como con frecuencia ocurre con las personas de temperamento integrista, pretendía en­casillar sus ideas particulares, ya definitivamente man­dadas retirar, en el marco del catolicismo de su época.

Antes de pasar adelante, deseo hacer constar con claridad que cuando me refiero al integrismo, paralela­mente al jansenismo, aludo al integrismo religioso y no a los integristas como partido político, porque no olvido haber crecido en un hogar donde predominaban esta clase de integristas, de cuya manera de ser, impreg­nada de tremenda austeridad, no reniego, sino al contra­rio, me proclamo orgulloso.

Esa otra clase de integrismo, inconscientemente pres­ta a sus enemigos armas de ironía y de burla crítica. El integrismo, espíritu bastantes veces negativo y a ras de tierra, propende a ponerse en ridículo y poner en ridícu­lo la verdad que enardecidamente defiende.

Jansenismo e integrismo no son términos rigurosa­mente sinónimos, a pesar de que el integrismo parece en su rigidez mental interdependiente del jansenismo.

El jansenismo tuvo las derivaciones más insospecha­das, como que algunos de sus brotes surgieron con fuerza en las Cortes de Cádiz vinculados estrechamente al regalismo, una forma particular de la discusión entre la Iglesia y el Estado que significaba una intrusión ile­gítima del poder civil en negocios eclesiásticos.

En cambio, la sagacidad de mi amigo el profesor alemán Edmund Schra.mm, contrapone, en su biografía de Donoso Cortés, esta variante jurídica del jansenismo en España, a su transformación en el país vasco, don­de —escribe Schramm— «el jansenismo era una cues­tión dogmática y teológico moral».

El integrismo significa un tipo de piedad profun­damente respetuoso, que no rehusa, sino todo lo con­trario, la nutrición sacramental; el jansenismo, en cam­bio, la rechaza por un malentendido respeto. El jansenista se basta a sí mismo, aun actualmente, en los melancólicos restos de los seguidores de la doctrina des­perdigados en Holanda, que allí mueren de tristeza al margen de la unidad católica La angustia del jansenis­mo es una enfermedad de la conciencia refleja.

Cabe no obstante hacer una distinción en el sentido de que más que integrismo hay integristas y que cada integrista es un caso particular, a veces admirable, y que de la misma manera podría deducirse que más que jansenismo hay jansenistas. Y es aquí donde en cierto modo puede verificarse una aproximación o paralelismo temperamental entre el jansenismo y el integrismo, so­bre todo en cuanto esta última tendencia aparece muy a menudo como extremista de la convicción de la culpabilidad individual. El integrismo, desde su puesto de inflexible vigía de ideas, especula mucho con la catás­trofe.

Pero en modo alguno se trata de una identificación de doctrinas, porque existe entre unos y otros una diferencia fundamental.

El integrismo, celoso gendarme de la fe, conservador a ultranza, paternalista, con frecuencia se sobrepasa en las atribuciones que a sí mismo se abroga. El integris­ta jamás se arriesga intelectualmente y en cambio ob­serva con inmensa desconfianza a cuantos él se ima­gina que se arriesgan.

Por definición, el creyente que se arriesga, por poco que sea, es sospechoso para el integrista, campeón de la ortodoxia contra los mismos ortodoxos. Y entonces el integrismo deviene a ser algo así como la proyección política de un principio religioso. El integrista se em­pella en la noble pero imposible tarea de calcar la ciu­dad celestial, tal como él se la imagina, sobre la ciudad terrena.

El integrismo y el jansenismo en realidad propug­nan desde sus temperamentales puntos de vista un catolicismo estrechamente encerrado en sí mismo, un ca­tolicismo de gheto, negado en absoluto al porvenir y comprometiendo el porvenir, con la diferencia de que el jansenismo, a pesar de todo, se arriesgaba, aunque con la paradoja de hacerlo así para impedir a todo tran­ce que otros se arriesgasen.

El integrismo siempre esgrime, o trata siempre de esgrimir, la obediencia, e intenta imponerla a los demás, sobre todo a los más afines ideológicamente, más allá de la misma obediencia.

El integrismo, como manera particular de ser y de reaccionar ante los acontecimientos, es planta que flo­rece lozana en tierra vasca. El vasco, con frecuencia, es integrista en todo: integrista en religión, integrista en política y en los más diversos y encontrados aspectos y matices de la política, integrista en lingüística, en arte, en literatura, en los deportes, integrista de la misma mi­nucia, integrista del mismo integrismo. El integrismo le emana al vasco de su misma postura ante la vida.

Y yo mismo tampoco estoy demasiado seguro de no ser aquí un integrista de la postura crítica del integrismo.

Pero, para continuar, el caso es que Saint-Cyran, considerando que la censura de la Sorbona contra d P. Garasse era demasiado moderada, arremetió contra el jesuita con una serie de libelos reunidos luego por él bajo la firma de Alejandro de la Esclusa que, por cierto dedicó con largo ofrecimiento al cardenal de Richelieu, probablemente para destruir el efecto de la dedicatoria de Garasse en su propio libro. Pero Saint-Cyran en esta carta dedicatoria defiende la política extranjera de Richelieu, que los jesuitas atacaban con mucha razón porque en realidad impedía la unidad católica de Euro­pa.

El libro del canónigo bayonés se titulaba: «La Somme des erreurs et faussetés capitales contenues -en la Somme theologique du P. Fr. Garasse de la Com-pagnie de Jesus». Saint-Cyran violentamente enmendaba la plana a la Sorbona. Una crítica que, por lo me­nos, era inoportuna, porque contribuía a hacer el juego a gente antirreligiosa; pero ya para entonces lo esencial para Saint-Cyran era no dejar jesuita con hueso sano. La verdad es que Garasse, al que sus propios superio­res impusieron silencio, favorecía por su parte con sus torpezas el ardor del bayonés, metido de lleno en la polémica aun a riesgo de su salud, porque no paraba de escribir a todas horas

Había en el ataque de Saint-Cyran frases como esta: «Garasse es siempre Garasse, es decir, es siempre seme­jante a sí mismo en inepcias e imposturas, que van creciendo de tal forma que las últimas sobrepasan a las primeras… Garasse, usted es un mono de los filósofos, que suda sangre y agua por parecer lo que no es de ninguna forma: Simia semper est simia, quamvis gestet insignia.

Uno se imagina estar leyendo a polemistas vascos contemporáneos, de los que surgen incontenibles a la primera ocasión oportuna. Son los mismos recursos que emplearía cualquier otro polemista en trance parecido. Hasta el estilo se asemeja. Saint-Cyran es el tipo de polemista vasco, cuya incansable acometividad prolifera a su alrededor infinidad de acometedores polemistas contrarios.

El polemista crónico pocas veces o casi nunca suele ser escrupuloso. Los perjuicios, muchas veces enormes, que en campos laterales, ajenos al lugar de la lucha, produzca su actitud, no le importan. El polemista pro­fesional es un hombre decidido a detenerse en un sitio  determinado de su carrera espiritual. La conciencia deli­cada es el término de un largo proceso de maduración espiritual al que casi nunca llega el polemista.

Al polemista, además; jamás le faltan temas para el desarrollo de su inclinación. Si no tiene temas, los in­venta. Por añadidura, una polémica trae generalmente otra polémica. Y el que comienza haciendo polémicas termina sus días en la polémica indefectiblemente.

El papa Urbano VIII, aprovechando la buena volun­tad de las Estuardos y la coyuntura del matrimonio de Enriqueta de Francia con Carlos I de Inglaterra, envió a esta nación como vicario apostólico a Ricardo Smith, obispo in partibus de Calcedonia. Smith, recibido por los católicos ingleses con esperanzadora devoción, pron­to se puso enfrente de las Órdenes religiosas, y sobre .todo de los jesuitas reivindicando rigurosamente los derechos episcopales en un país que perseguía a los ca­tólicos. El impolítico Smith pretendía, por ejemplo, re­tirar a los religiosos el derecho de conferir los sacramen­tos sin permiso del clero, aspiración imposible en una nación donde entonces el simple hecho de ser católico significaba un heroísmo y allí donde existían en ciertos casos particulares razones para profesar el catolicismo en secreto. Pero la prepotencia, uno de los peores enemi­gos de la religión, se aviene muy mal con la prudencia.

Los jesuitas ingleses resentidos con razón contra es­tas medidas, editaron entonces una serie de impruden­tes libelos para justificarse de la desobediencia a las órdenes de Smith, que también merecieron la conde­nación de la Sorbona, a donde el vicario apostólico acudió pidiendo apoyo para su postura, puesto que por me­dio había además religiosos y doctores franceses apro­bando, a título de censores, los escritos de los jesuitas ingleses.

Por cierto que Richelieu apoyaba con particular in­terés la conducta da Smith, y se comprende fácilmente esta postura, porque los jesuitas, provistos de privile­gios romanos en un sentido universal, se oponían al particularismo religioso galicano.

Las Provinciales se adivinan en lontananza. Porque cuando la intervención de las autoridades romanas pa­recía haber solucionado definitivamente el desagradable pleito, aparecieron a su vez una serie de obras que bajo el seudónimo de Petrus Aurelius refutaban las proposi­ciones de los jesuitas ingleses. Pero esta vez el caso Smith en sí mismo cuenta poco para Saint-Cyran. Para éste, Smith es sólo un pretexto. El ataque se centra es­pecialmente contra la Compañía, a la que, entre otros insultos, califica de estúpida e ignorante, y hasta en .4 fragor de la discusión, de audazmente impía.

Petrus Aurelius, casi es inútil añadirlo, era Saint-Cyran y estas obras en las que el bayonés se proclamaba vengador de la jerarquía y debelador no sólo de la Com­pañía de Jesús sino de todas las órdenes religiosas y de sus privilegios, obtuvieron un inmenso éxito no sólo en Francia sino también en Inglaterra, particularmente entre el clero secular, defensor de la autonomía del epis­copado al margen de Roma. El clero francés, profunda­mente halagado, llegó en 1635 a reunir una suma desti­nada al editor de la obra, y además nombró una comisión encargada de descubrir el nombre del anónimo au­tor. Lancelot, incondicional biógrafo de Saint-Cyran, afirma que éste ocultaba su persona «por humildad».

Esto no es decir nada. Porque dejando a un lado, que la parte contraria a Saint-Cyran, tampoco dema­siado escrupulosa en este caso, demostraba mucha incli­nación al seudónimo, Lancelot por lo visto desconoce la voluptuosidad del sobrenombre en los escritores que presienten su verdadera personalidad entrevista o adivi­nada a través de este artificio.

¡Cuántos escritores no se adoran a sí mismos a tra­vés de su seudónimo! Un artificio a veces sutil, otras veces grosero, pero tanto más voluptuoso para quien lo utiliza cuanto más sutil y meditado haya sido anterior­mente por él. El seudónimo encubre muchas veces un desesperado anhelo de afirmar la propia personalidad.

Pero lo malo del polemista es que o bien suele subír­sele la polémica a la cabeza, o bien tiene la cabeza ya subida de antemano.

Berulle, De Condren o el mismo Vicente de Paul, amigos del bayonés, no podían menos que ponerse en guardia al oirle hablar A Vicente de Paul le dijo Saint-Cyran un día : «Yo os confieso que Dios me dio, en efecto, y me sigue dando grandes luces : me ha hecho conocer que no existe la Iglesia, y esto desde hace qui­nientos o seiscientos arios: antes, la Iglesia era como un gran río de aguas claras, pero ahora lo que nos pa­rece la Iglesia, nos es más que fango; el lecho de este hermoso río todavía es el mismo, pero no son las mis­mas aguas.»

Y otro día delante de De Condren, el famoso oratoriano, y algunos amigos de éste: «El concilio de Trento ha sido, sobre todo, una asamblea política.»

En otra ocasión, hablando acerca de los autores más invocados en su tiempo: «Son ellos, son los primeros escolásticos, el mismo Santo Tomás, los que devastaron la verdadera teología.»

Saint-Cyran sostenía a través de Petrus Aurelius que en caso de herejía cada cristiano puede devenir juge, re­solver en juez; todas las circunscripciones de jurisdic­ción exterior caducan; en defecto del obispo de la dió­cesis, corresponde intervenir a los obispos vecinos y a falta de éstos, a cualesquiera otros; esto conduce, como es natural, a que en caso de necesidad, cada cual haga de obispo, salvo siempre la suprema dignidad de la sede apostólica, excepción que según subraya Sainte-Beuve, el apologista del bayonés, es un simple paréntesis de precaución. Pero ¿quién puede juzgar, pregunta Petrus Aurelius, si verdaderamente existe caso de here­jía? Y Saint-Cyran responde escudado en su seudónino: El pensamiento del justo, esmerándose en ver cuan­to le sea posible a la luz directa de la fe, ve como en el espejo mismo de la celeste gloria.

Sainte-Beuve observa que en el trasfondo de esta doctrina se plantea por grados la omnipotencia espiri­tual del verdadero elegido, y que detrás de la armazón de razonamientos favorables a la disciplina que él se jacta­ba de sostener, Saint-Cyran edificaba furtivamente el ideal de su Obispo interior, del Director, en una pala­bra, del omnipotente Director de conciencias que él vino a ser. Pero lo más curioso de todo es que a este hombre le repugnaba el confesionario.

No es cosa de analizar palabra a palabra éstos casi siempre despectivos desahogos de Saint-Cyran. Hablan­do con absoluta sinceridad, antes de tirar la piedra sobre el tejado del bayonés, cabría preguntar cuántos son los fieles, sobre todo los fieles viejos de esta hora agitada, limpios de más o menos parecidos desahogos.

Pero hay también otra inocente pero definitiva pre­gunta. A Saint-Cyran ¿le dolía la Iglesia? De esto se trata simplemente. Porque con frecuencia muchos des­ahogos, en el fondo no revelan más que un dolorido amor a la Iglesia de Cristo crucificada de pies y manos a las imperfecciones de toda laya propias de nuestro de­leznable barro humano.

Saint-Cyran más que mirar a la Iglesia se miraba a sí .mismo como elegido, como el elegido que juzga in­apelable, omnipotente. El es justo y está sobre todos, incluso parece estar sobre la pobre Iglesia enclavada, a la que su espíritu de discordia hizo mucho mal. El polemista no hace más que mirarse a sí mismo; sobre todas las cosas le importa su razón. Y no vale decir, como el abad dijo en cierta ocasión, que la polémica le producía repugnancia. Ser polemista consiste precisa­mente en dominar y digerir el propio asco.

Más que como propulsor del jansenismo, y con serlo mucho, habría que verlo como al jansenista tempera­mental, como el hombre que contagió su virus de disen­sión a una muchedumbre de seguidores, culpables inconscientes de la descristianización acelerada de una gran parte de Europa.

Una consecuencia gravísima que la soberbia del rí­gido Saint-Cyran no pudo prever o que si la previó, no le detuvo. Porque el máximo e inhumano rigor de los jansenistas traería como consecuencia el máximo laxismo. El terror de Dios, una cosa muy distinta del santo y saludable temor de Dios, que le pone ante nuestra vista, traería asimismo como consecuencia el olvido de Dios o el ansia de dioses amables.

José de Arteche

Auñamendi

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