EL HOMBRE Y SU ESPÍRITU
El historiador alemán Ludovico Pastor en su «Historia de los Papas» comenta con implacable dureza las ideas desarrolladas por Jansenio en su Augustinus. La cita es bastante larga, pero merece la pena. «¡Doctrina verdaderamente horrible! Al hombre lo hace lisiado en sus facultades naturales, y en su vida interior, una especie de máquina sin libertad; la historia universal, la grandiosa lucha entre la luz y las tinieblas, se convierte en mero juego de muñecos, y la victoria final de Dios en una victoria sobre títeres. De Dios hace la nueva doctrina un tirano, que da preceptos, luego no ofrece a la mayor parte de los hombres la más ligera posibilidad para su cumplimiento y, finalmente ¡entrega a los transgresores a la reprobación eterna, a la que de antemano los ha destinado! Ocurre espontáneamente la pregunta de cómo era posible que aun católicos se dejasen como hechizar por tales ideas. Para la explicación se podría indicar antes que nada el influjo del calvinismo. La exterior austeridad de costumbres de muchos calvinistas pudo hacer impresión en los católicos, y a la verdad tanto más, cuanto, principalmente en el país en que el jansenismo halló el suelo más fértil, en Fran-( la, se apoderó de los espíritus un doblado celo religioso tomo reacción contra la anterior corrupción de costumbres. Ropitióse el gesto de la escisión religiosa del siglo XVI. En vez de aspirar a una renovación del hombre interior sobre la base de la doctrina antigua, se hizo responsable de la decadencia a la doctrina antigua y se procuró conseguir lo nuevo e inaudito. Pero, por más que quizá algunos fuesen incitados a mayor fervor por La austeridad de los nuevos profetas, esta dureza no podía obrar en conjunto sino perniciosamente. Si se trazaba al mundo una imagen de Dios como la hizo Jansenio, la consecuencia había de ser que el mundo se apartase de Dios.»
Hasta aquí Ludovico Pastor. Interesa ahora para mi objeto recordar aquí que la primera traducción de la Sagrada Escritura al vascuence data del ario 1571 y es obra de Juan de Lilarraga, cura católico que abrazó el calvinismo. Como que el libro, uno de los raros más codiciados por los coleccionistas de obras vascas, está escrito en dialecto labortano y dedicado a la reina doña Juana de Albret, que a la vez de encargarle la traducción y la propaganda de la doctrina- protestante en tierra vasca, lo nombró pastor de Labastide.
Tampoco es un despropósito volver a citar aquí a Sainte-Beuve, tan reiteradamente aludido a lo largo de estas páginas, que dice al comienzo del discurso preliminar de su Port-Royal: «Saint-Cyran es una especie de Calvino en el seno de la Iglesia católica y del episcopado galicano, un Calvino restaurando el espíritu de los Sacramentos, un Calvino interior de esa Roma a la que a deseaba continuar adherido».
Desde luego, Saint-Cyran tenía cierta afinidad temperamental con Calvino, afinidad que en alguna ocasión manifestó con todas las precauciones requeridas. Sabía también frenar y callarse a tiempo y aun reaccionar contra sus propios impulsos y corregirlos, estructurando razonamientos contrarios. Una de sus últimas obras, concebida precisamente contra la penetración calvinista en Francia, es una prueba de esto.
El bayonés, hombre profundamente reservado, hacía de la reserva una fuerza. Si a veces se propasaba en sus manifestaciones orales acerca de temas peligrosos, poseía asimismo el sentido del límite prudencial de la insistencia en sus palabras.
No era negarse que su alma era profundamente sacerdotal y que se inclinaba a considerar el alma humana con vehementes deseos de salvarla. Poseía, lo mismo que San Ignacio de Loyola, el don de la palabra persuasiva. Saint-Cyran, al hablar en público, no desmentía su raza vasca; hablaba corto, en aforismos, ceñido al tema. En cambio, cuando escribe lucha por expresarse, y entonces parece como que por recurso juega con el misterio. A las veces parece tenebroso. Se esfuerza al escribir en poner la cosa en situación, y alguna vez fecha sus cartas hasta con la mención de la hora. Su correspondencia en cifra con Jansenio define un carácter. Saint-Cyran se coloca desde un principio en lo que es, en hombre fronterizo, en contrabandista de las ideas.
Profesaba sin embargo la sinceridad; sostenía la necesidad de guardarse de manifestar al exterior mayor suma de sentimiento íntimo de lo que verdaderamente se siente adentro, en lo que demostraba ser un vasco perfecto. No quiere lágrimas ni gestos; tiene como las gentes de su raza el pudor del sentimiento. «Yo no quiero un dolor que se derrame en los sentidos; tened cuidado de vuestras lágrimas», aconsejaba este duro artífice de almas.
San Ignacio poseía en cambio don de lágrimas. El llanto puede fortalecer, es tónico; hay lágrimas de las que no debemos avergonzarnos. El llorar descubre con frecuencia al hombre fuerte.
Saint-Cyran hablaba elogiosamente de los primeros jesuitas. Es indudable que conocía la vida de San Ignacio de Loyola, y además a fondo, por razones raciales y de proximidad geográfica, y es difícil no hacer sitio al pensamiento de que muchas veces alude ocultamente al santo guipuzcoano. Cuando el bayonés dice que el deseo de querer hacer cosas extraordinarias, es ir contra la humildad, y que no somos santos por hacer cosas como los santos, ¿en quién pensaba verdaderamente? ¿No estaría pensando en San Ignacio de Loyola? A lo mejor estoy pecando de suspicaz, pero tal es mi sospecha vehemente.
Pero este otro pensamiento le pertenece asimismo: «No hay mayor orgullo que sobrepasar las órdenes de Dios, haciendo de la propia cabeza y por un movimiento precipitado algunas grandes obras por El, y no hay mayor humildad que hacer por El algunas grandes obras permaneciendo dentro de los medios y de las órdenes por El prescritas».
Cabe volver a preguntar en quién pensaba Saint-Cyran al escribir ese doble pensamiento y si él no expresa un disimulado paralelo de su propia persona con Ignacio de Loyola. ¿No hay aquí una forma de secreto resentimiento? Pero honradamente necesito por si acaso señalar al lector la sospecha de mi propia suspicacia.
Nada hay que objetar en cambio al pensamiento del abad, cuando dice que la verdadera humildad consiste menos en creerse incapaz de hacer las obras, grandes incluso, que en saberse pecador e incapaz de realizarlas de otra manera que por Dios.
Realmente las ocasiones de establecer paralelos entre San Ignacio y Saint-Cyran, surgen a menudo. Este, lo mismo que aquél, pensó también en hacerse cartujo, si bien varias razones, entre ellas su salud, se opusieron a este proyecto.
Tampoco puede negarse que el bayonés operó conversiones asombrosas, y que por extraño que parezca, éste es uno de los motivos que contribuyeron a enajenarle la amistad de Richelieu. El dictador llegó a concebir celos de Saint-Cyran, porque éste, por modo de conversión, le quitaba gente sobre la que él, Richelieu, abrigaba particulares proyectos.
Para ganar los corazones, este hombre ultrasevero y tenebroso adoptaba un aire alegre. Juntaba la austeridad y la ternura. Y lo mismo que a San Ignacio, le gustaban los cánticos e himnos religiosos y recomendaba a sus amigos el canto. Él mismo, en las horas amargas de su vida, cantaba en voz muy alta. Julien Green observa, en una anotación de su Diario —obra henchida a veces, sobre todo en sus primeros tomos, de una preocupación jansenista— que Port-Royal, en un principio, estaba lleno de cánticos.
Pero Saint-Cyran administraba el cielo desde aquí abajo. Da miedo pensar que el abad pueda hallarse como fiscal en el momento del juicio. Profesaba la opinión de que los pecados de importancia dejan su huella en el alma e insiste en esta idea de la herida del pecado en el alma.
¿Es sana esta doctrina? El pasado es menester olvidarlo. Los pecados perdonados no dejan huella, al menos en los hombres normales. La felicidad, la pobre felicidad posible aquí abajo, nos estaría vedada si tuviésemos siempre que estar pensando en los pecados cometidos y ya perdonados. Saint-Cyran apunta en esa opinión a la anormalidad psicológica siempre dispuesta a repensar lo ya acaecido y siempre disminuida en el ánimo ante las perspectivas del futuro, probablemente porque él mismo participaba de esa íntima y temblorosa anormalidad.
Cuando el severo bayonés sostiene vigorosamente que un solo pecado de impureza invalida en los obispos el ejercicio de la dignidad episcopal, en realidad está dictando su más íntima y austera biografía.
Para él, la primera regla de la penitencia era que aquél que pecó haciendo cosas ilícitas, debe abstenerse de las cosas lícitas. Recomienda el rezo del Salmo L, el Miserere, y sobre todo la meditación del secundara magnam misericordiam tuam, del tercer versículo del salmo, aquél que temblorosa y conmovedoramente implora: «Ten piedad de mí ¡oh Dios! según la grandeza de tu misericordia: y según la muchedumbre de tus piedades, borra mi iniquidad». Insiste en que todas las palabras de los salmos penitenciales poseen una especial virtud para curar las heridas del alma. Esta idea de la viva cicatriz de la herida del pecado en el alma, nunca le abandona.
Pocos, poquísimos, se acercarían hoy a la confesión tal como quería Saint-Cyran. La larga espera preparatoria que imponía a los penitentes, dilatada días, semanas y hasta meses, debía ser para las almas escrupulosas y aun simplemente para las almas de buena voluntad, un verdadero tormento. Esta postura indudablemente preparó terreno al De la fréquente communion, el libro de su discípulo Arnauld, que dejó vacantes los confesionarios cerrando al propio tiempo los sagrarios.
¿Hasta dónde no ha sido nuestro país vasco víctima de esa severidad? En él viven todavía algunos pocos ancianos capaces de rememorar los ya lejanos tiempos en que ciertas iglesias pueblerinas, al mediodía del Jueves Santo, acostumbraban subir los confesonarios al coro para que en él permanecieran hasta el comienzo de la Cuaresma del año siguiente.
Hace algún tiempo, en un viejo libro piadoso, se me apareció una cédula de cumplimiento pascual perteneciente al pueblecito guipuzcoano de Albíztur. La cédula, si no recuerdo muy mal, correspondía al año 1818. Aquella pequeña tira de papel destinada para unos habitantes que, sobre todo entonces, en su inmensa mayoría, desconocerían totalmente otro idioma que no fuese el vascuence, estaba impresa en castellano y la firma decía secamente: Eceiza, Rector. Evocaba la figura de alguna grave autoridad moral que señoreaba el pueblecito con indiscutido poder.
Desde luego, es menester imaginar aquellos sacerdotes a la antigua administrando cada Cuaresma celosamente la entrega de las cédulas para el cumplimiento pascual, a cambio de un satisfactorio conocimiento de la doctrina cristiana demostrado por cada aspirante. Mi abuelo materno se jactaba de-ser capaz de decir el texto completo en vascuence de la doctrina cristiana,-sin equivocarse siquiera en una coma.
Aquella vieja cédula de cumplimiento pascual me hizo recordar otra figura que debió de vivir en mi pueblo natal por aquellos mismos años o poco después y cuya memoria perduró tanto, como que por lo menos, el relato de una de sus posturas fundamentales ante la religión haya llegado a oídos del insaciable oyente de viejas historias qué yo soy.
Era don Agustín de Iturriaga un hombre rico, de ideas anticlericales, cazador empedernido. Todos los años, allá a fines de enero o principios de febrero, este hombre, al sorprender en los campos la primera flor de nabo, se encaraba la escopeta y disparaba contra la inocente flor de la planta de raíz carnosa, después que exclamaba todo enfurecido:
—iMadarikatuak! Daueneko azaldu al zerate… (¡Malditas flores! Tan pronto y estáis aquí nuevamente…).
Las amarillas flores del nabo recordaban a aquel anticlerical, la confesión anual, obligatoria en los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, pero su violenta reacción al disparar furioso contra ellas, demuestra que, a pesar de todo, cumplía aquel mandamiento, por lo visto dificilísimo para él.
Aun a riesgo de interrumpir en demasía el hilo de este relato, me atreveré aquí a una breve narración íntima, en contraste directo con las notas que inmediatamente anteceden. Espero que el lector disculpará esta reiteración exponiendo mis reconditeces familiares. Es que no encuentro otros casos más a mano.
La historia se refiere a mi padre, hijo de padres carlistas, católicos a machamartillo. Las ideas, o mejor en este caso, la contradicción de las ideas, no siempre se hereda, y mi abuelo era carlista a pesar de ser hijo de una entusiasta y enérgica liberal. En otro libro hago un corto esbozo de esta interesante mujer que nunca abdicó de sus ideas a pesar de su feliz matrimonio con mi bisabuelo, capitán carlista.
Alguna vez, mi bisabuela tuvo que hacer valer su ideología cerca de los liberales, para poner fuera de peligro a su hijo, tomado en rehenes por aquéllos. Había en casa memoria del comentario, acerbo y desilusionado, con que ella se dolía del rumbo ideológico de su hijo, y que expresaba rotundamente.
—Sí. Nunca dejará de haber carlistas y gitanos. (Bai. Karlistek eta ijituek beiriere ez die akabatuko).
No vea el lector ningún propósito de burla por mi parte en la transcripción de este pintoresco episodio.
Estoy trazando estrictamente el esbozo ideológico de una familia vasca hacia las inmediaciones de la segunda guerra civil. No trato de mofarme de nadie.
No obstante su madre, mi abuelo paterno vivía en carlista y rezaba diariamente en familia, con una fórmula no exenta de grandeza, por la salud y prosperidad de nuestro católico monarca Carlos VII y su real familia. Mi padre fue también carlista de chico, y debió de serlo de manera entusiasta, porque le oí ponderar la ilusión con que él y sus amigos solían guardar en la cartera, las crines del caballo blanco de don Carlos VII cuando éste, al pasar por Azpeitia, se alojaba en el palacio de Emparan.
Pero mi padre pasó de joven algunos años en un pintoresco pueblo vasco-francés cercano a la frontera. Solía contar que en un rincón de su cuarto reposaban apilados contra la pared, desde la segunda guerra civil, varios gruesos paquetes llenos de detentes con esta inscripción: Detente bala, el Corazón de Jesús está conmigo. Los detentes indudablemente estaban destinados al ejército carlista, y el final de la segunda guerra civil los inmovilizó, ya sin objeto para muchos años, en el cuarto ocupado por mi padre en aquel pueblo fronterizo vasco-francés.
Ignoro la trayectoria exacta de la reacción producida por este episodio en el espíritu de mi padre. Pero la deduzco, porque estoy viendo todavía el ademán burlón y la sorna que ponía al relatarnos este sucedido de sus años juveniles, y cómo también muchas veces rompía al final con alma y vida a cantar la Marsellesa desafiando la indignación que producía en mi santa madre el oirle cantar delante de sus hijos el vibrante himno nacional francés.
Perdón otra vez, pero todo este preámbulo era necesario para lo que voy a añadir. Es una historia muy simple.
Vivía en mi pueblo un sacerdote, don Ignacio Esnaola, apacible varón que servía un convento de clausura extramuros del pueblo. Don Ignacio era como un ángel que tuviese facultad de consagrar. A él acudían para confesarse las almas difíciles de varios kilómetros a la redonda. Don Ignacio las esperaba con amor en su confesonario del convento, o les enviaba discretísimos recados avisándoles estar dispuesto a oirles a la hora que más quisiesen, allí en el confesonario, o también, si así lo preferían, en la sacristía del viejo monasterio.
Todos los arios, dos veces, la antevíspera de la Virgen de los Dolores y la antevíspera de la Inmaculada Concepción, recibía mi padre, de forma delicadísima, este ofrecimiento de don Ignacio. El cariñoso recordatorio tenía la virtud de poner a mi padre radiante de satisfacción, y más de una vez le oí comentar en ocasión semejante:
—Sí, pero para ser como don Ignacio, hace falta ser hijo de miquelete. (Bai, baño, clon Ignacio bezelakue izateko, mikeletien semie ízen bier).
No era difícil adivinar hacia dónde apuntaba mi padre. Porque en efecto, don Ignacio era hijo de .miquele-te, es decir, hijo de un miliciano perteneciente al Cuerpo de Miqueletes, la guardia provincial guipuzcoana incondicionalmente adicta a los liberales durante la segunda guerra civil. Mi padre quería significar que precisamente la condición de hijo de liberal afinaba en don Ignacio su amoroso sentido dé las almas, sobre todo de cierta clase de almas. Puesto a distinguir entre el hombre y la doctrina, Don Ignacio jamás perdía de vista al hombre. Entre tener razón o llevar a Dios un alma, Don Ignacio escogía esto último.
Y aquí termina mi divagación, al margen aparentemente de la persona de Saint-Cyran, porque estoy firmemente persuadido de que cuanto aquí va relatado, tiene conexiones más o menos estrechas con su espíritu.
Porque para atrapar otra vez el tema y empalmarlo, tampoco está de más recordar a aquel sacerdote jansenista que Arnauld cita, párroco de una iglesia cercana a París, que volvió a introducir la penitencia pública estableciendo entre sus ovejas pecadoras discriminaciones que las dividían en cuatro clases, de las cuales las dos últimas habían de estar durante la misa, una parte en el cementerio que rodeaba la iglesia y la otra en un collado que estaba enfrente, y sólo eran llamados al templo para el sermón, es decir, para la reprimenda, porque los predicadores jansenistas no concebían el sermón sino como una dura reprimenda.
Barcos, sobrino de Saint-Cyran y su sucesor como abad del monasterio del mismo nombre, imponía alguna vez por penitencia vadear los ríos durante el invierno con los pies descalzos, o limitaba el trato entre casados.
La primera víctima de las exageraciones del jansenismo, es el pueblo. Ludovico Pastor, a quien vuelvo a repetir, porque además apoya con autoridad mis digresiones antecedentes, sostiene «que la excesiva severidad de los párrocos abrió una sima entre ellos y su feligresía; sólo un corto número de hombres muy piadosos permaneció fiel a los sacerdotes, pero la mayor parte de los fieles se vieron cada vez y más abandonados».
El sacerdocio desaparecería, si las ideas de Saint-Cyran en orden a la admisión de aspirantes al sacramento del Orden fuesen practicadas. Su frase: Sur dix mille prétres, pas un! —Entre diez mil sacerdotes, ¡ni uno! —es la negación del evangélico y angustioso lamento: Las mies es mucha, los operarios pocos.
Pero esta famosa y excluyente sentencia saint-cyraniana se vuelve de modo instantáneo contra el mismo que acostumbraba pronunciarla. Porque si entre diez mil sacerdotes, ¡ni uno! ¿quién queda entonces? Y lógicamente es menester responder: queda el abad de Saint-Cyran. La cuestión no tiene vuelta. Porque no tiene duda que entre la masa general de sacerdotes, el bayonés tenía un altísimo concepto de su propia persona. El se veía a sí mismo en la cima, destacando sobre todos los demás.
Para el abad, la misión sacerdotal de predicar tenía más importancia que la de ofrecer el sacrificio y el poder de perdonar los pecados. «Porque la predicación —decía— no es un misterio menas terrible que la Eucaristía, y hasta me parece más terrible, porque por ella, por la predicación, se engendran y se resucitan las almas a Dios, en tanto que por la Eucaristía no se hace más que alimentarlas, o mejor dicho, curarlas… Prefiero decir cien misas que hacer un sermón. El altar es una soledad, y la predicación una asamblea pública en donde es mayor el peligro de ofender al Señor».
Estas frases tienen un contenido y un peso enormes. La Eucaristía es un sacramento de fieles, y San Pablo, en efecto, en su primera carta a los Corintios, escribe acerca de la salvación de los creyentes por la locura de la predicación.
Pero el texto es de los que mejor alumbran la inquieta e inquietante personalidad del abad de Saint-Cyran, su doctrina y su personal fuerza de penetración, sobre todo cuando se sabe que, como el mejor medio de prepararse a la predicación, prescribía a los sacerdotes la concentración interior y el silencio perfecto, que él indudablemente practicaba antes de hablar en público. Este consejo de Saint-Cyran no tiene nada de sospechoso. Pero el texto, en su conjunto, descubre perfectamente la inquietud íntima y en cierto modo hasta una segunda intención de propósitos.
El lector de esas líneas instintivamente se pone en guardia y evoca el candor de la mente y del corazón que camina recto al deber y a la verdad, a Dios sólo en una palabra. Esa confidencia de Saint-Cyran revela a éste muy a distancia de la hermosa sencillez, de la santa simplicidad en el trato y comunicación con el prójimo.
La consideración de la inmensidad de Dios que hacía temblar al bayonés, tiene perfecta correspondencia con su convicción del mundo aparte que constituye cada alma. «Una única alma es suficiente para emplear a un sacerdote, porque cada alma y cada hombre, aunque sean cosa pequeña en su composición natural, son como un gran mundo en los designios y en la obra de la salud».
No está de más recordar aquí a San Francisco de Javier, apóstol de multitudes, gran peón de la Fe, una de las admiraciones de Saint-Cyran, cuya obra, en cambio, se dirige a un grupo restringido de elegidos.
La religión del abad es una religión de clase, de círculo cerrado, que atiende a unos pocos con tiránico exclusivismo, para desatender en- cambio por completo a la inmensa mayoría. El saint-cyranismo prendió sobre todo en la aristocracia de la clase media francesa.
El indudable celo de Saint-Cyran se practica de espaldas a la masa, y como consecuencia natural, engendra la apostasía del pueblo. En efecto, una única alma es suficiente para emplear a un sacerdote, pero a condición de atender a todas, de no desatender por ese cuidado del alma única a ninguna otra alma.
José de Arteche
Auñamendi







