Saint-Cyran (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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COMIENZO DE UN ESBOZO DE BIOGRAFÍA

Sainte-Beuve, puntual y apasionado biógrafo de Saint-Cyran, pero a quien es preciso además reconocer certerísimas intuiciones acerca de la personalidad de és­te, en una nota a pie de página de su Port-Royal, se ha­ce eco de la referencia de un jesuita acerca de una con­versación de Richelieu con dos clérigos, a propósito del bayonés. Uno de los dos interlocutores de Richelieu era el famoso Padre José, el fraile capuchino de noble ori­gen, Franlois le Clerc du Tremblay, el amigo, el con­fidente, la mano derecha del Cardenal que, mandando en amo absoluto los destinos franceses, echó los cimien­tos del nacionalismo estatal. Como Richelieu observa­ra que sus interlocutores se reservaban una parte de su más íntimo pensar, el cardenal, entonces, descubrió el suyo haciendo esta semblanza de Saint-Cyran:

—»Es vasco, tiene las entrañas ardientes por tempe­ramento, y ese excesivo ardor llena su cabeza de vahos que se transforman en imaginaciones melancólicas, que él toma por reflexiones especulativas o por inspiraciones del Espíritu Santo.»

Sainte-Beuve, por su parte, juzga acertado este bos­quejo temperamental. Sainte-Beuve, sin ser vasco y aca­so por eso mismo, atina este fundamental aspecto de su personaje. En cuanto a mí, vasco por todos los cos­tados, ‘también me parece exacto el retrato de Saint-Cyran por Richelieu, aunque esté inspirado por el de­seo de justificar una arbitrariedad dictatorial: la prisión ordenada por él sin motivo de Saint-Cyran, o, por lo menos, sin motivo proporcionado a esa decisión.

Cabe sin embargo preguntar si, cuando Richelieu pronunciaba ese juicio acerca de Saint-Cyran, pensaba únicamente en este personaje o si en el fondo no alen­taba en él un resentimiento contra alguna otra perso­nalidad vasca a la que deslealmente cerró también los caminos. Desde luego, el retrato de Saint-Cyran por Richelieu es un magnífico contrarretrato de este gélido político.

Juan Ambrosio du Vergier de Hauranne, más tarde famoso abad comendatario de Saint-Cyran, la abadía benedictina en Brenne, en la frontera de la Turena, Berry y Poitou, nació en Bayona el ario 1581, en medio del mundo práctico de una familia vasca perteneciente a la alta burguesía comerciante de la ciudad.

Saint-Cyran —así lo llamaremos desde ahora, por el ‘nombre con que universalmente es conocido— nieto de Joantot du Verger, un carnicero establecido en la calle Vieille-Boucherie, era el hijo mayor de Jean Duvergier e Inés de Etcheverry, gente poderosa, padres de una familia numerosa que constaba por lo menos de trece hijos, porque Jean Duvergier quedó viudo y había vuel­to a contraer matrimonio. Juan Ambrosio era hijo del segundo matrimonio.

Juan Duvergier no contaba al morir más que cin­cuenta y cuatro años, pero para entonces había desem­peñado cargos importantes en la administración civil de Bayona, donde fue primer teniente alcalde y tesorero de la villa. La pasión política es connatural de los Duvergier que con alguna frecuencia aparecen tomando parte en las violentas luchas del municipio, celoso de sus fueros, con el gobernador. Un Duvergier tuvo fama de ser el primer espadachín de Bayona. Los Duvergier eran brutales y sobre todo pendencieros. En el padre de Saint-Cyran la pasión política iba acompañada de una desmedida ambición comercial. Juan Duvergier acrecentó enormemente el patrimonio de los Hauranne. Monopolizaba el aprovisionamiento de carne en la ciu­dad, y su afición al contrabando explica, según es fama, el rápido acrecentamiento de su gran fortuna. Mu­rió en 1596, cuando su hijo Juan Ambrosio no contaba más que quince años de edad.

Los Duvergier morían jóvenes, víctimas de alguna tara congénita, probablemente la tuberculosis. Muchos de los hermanos de Saint-Cyran no pasaron de la infan­cia. A la mitad del siglo XVII el apellido Duvergier de Hauranne estaba extinguido. Varios primos de Saint-Cyran eran enfermos mentales.

Daranatz, concienzudo historiador de Bayona, aña­de un sugeridor dato de la casa de Du Vergier de Hauranne cuando so:tiene, con muchísimos visos de verdad, que el sacerdote Silvain Pouvreau —un personaje a quien pienso dedicar un capítulo a lo largo de este es­tudio— uno de los clásicos del vascuence, el primer traductor al, vasco de la Philotea, de San Francisco de Sales, en un principio criado de Saint-Cyran, y más tarde su secretario, comenzó en casa de éste su apren­dizaje del vascuence, porque el euskera era el idioma familiar en la opulenta mansión de los Hauranne-Et-cheverry. Esto explica que Pouvreau, nativo de Bour-ges, pudiera más tarde ser nombrado cura de la pa­rroquia de Bidart.

El itinerario juvenil de Saint-Cyran, joven sediento de estudiar, librófago insaciable, estudiante empederni­do, comienza, en realidad, en el colegio de jesuitas de Ajen, establecimiento prestigioso que adquirió fama en la enseñanza de las Humanidades, y pasa luego por la Sorbona, la famosa escuela de teología de París, en donde estudió en compañía de Petau, después célebre jesuita, el gran adversario del Augustinus de Jansenio y del libro de la Fréquente Communion de Arnauld. Más tarde Saint-Cyran marcha a proseguir sus estudias de teología en la Universidad de Lovaina, donde tam­bién se preparó en el colegio de la Compañía de Jesús. El colegio de los jesuitas de Lovaina estaba entonces en su apogeo y por su parte la Universidad de Lovaina era ilustre entonces por las polémicas acerca de la Gra­cia entre Bayo, el precursor del jansenismo, y Lesius. El dato ya comienza por sí solo a poner en situación a nuestro personaje.

Pero hay que volver a esa condición de alumno de los jesuitas que Saint-Cyran reiteradamente exhibe. El bayonés, por mucho que él mismo se revuelva más tar­de, es un hombre marcado para siempre, hasta la mis­ma muerte, por el sello educacional de la Compañía de Jesús. Y en el subconsciente de su feroz enemiga a la obra de San Ignacio de Loyola alienta el reconoci­miento de una eminente superioridad que él mismo llegó a ponderar en sentidas frases al final de sus cursos.

La dedicatoria de sus tesis a Echauz está asociada al agradecimiento que debe a los profesores de la Com­pañía de Jesús. «Es de esas fuentes inagotables de don­de yo extraje cuanto poseo de claro y excelente. Yo sería el más ingrato de todos los hombres, merecedor de ser marcado con el estigma de la ingratitud, si al­guna vez olvidara las bondades que los Padres tuvieron conmigo. No siendo al presente capaz de agradecerlo de otra manera, yo les presento los monumentos de mi espíritu. Durante toda mi vida llevaré grabado en mi corazón el recuerdo de su benevolencia».

Que el bayonés era sincero cuando escribía estas lí­neas, lo acredita que más tarde ingresó a su sobrino Barcos, su sucesor al frente de la abadía de Saint-Cyran, en el colegio de jesuitas de Lovaina.

Y sin embargo, el odio de Saint-Cyran a la Compa­ñía da Jesús desmintió estos propósitos juveniles. Un odio que no es un pensamiento sino una pasión, porque el odio justificado casi nunca es implacable y el del abad lo es. Y el odio es una enfermedad del alma.

¿Saint-Cyran conoció a Jansenio en Lovaina? Pa­rece probable; pero el punto donde los dos personajes pudieron conocerse, ni añade ni quita a esta historia, al menos desde su particular punto de enfoque.

Desde luego, en Lovaina sostuvo el bayonés su te­sis sobre la teología escolástica, que produjo la admira­ción de Justo Lipse, o Lipsio, según la moda huma­nista, uno de los jueces del tribunal.

Lipsio, uno de los eruditos más famosos del siglo XVI, sufrió en su espíritu, reflejo de su tiempo, las tri­bulaciones de la revolución religiosa que trastornaba en­tonces a Europa. Lipsio, siendo como era belga, fue alumno de los jesuitas  de Colonia, que le afianzaron en su extraordinaria afición a las literaturas clásicas, latina y griega. Pasó por Roma, Viena y Jena, ciudad esta última donde hizo abierta profesión de luteranismo. Más tarde sintióse atraído por el calvinismo, pero el rigorismo teológico de esta doctrina no arraigó en su espíritu. Lipsio volvió al catolicismo en Lovaina, y abjuró de sus herejías en Maguncia. Este hombre inmor­talizado por Rubens, y a quien Felipe II honrara en Lovaina y el papa Clemente VIII hiciera altos ofreci­mientos, terminó su vida asistido por jesuitas  y fran­ciscanos.

Que la inteligencia del joven Saint-Cyran era po­derosa y abarcaba extraordinariamente, lo demuestra el interés y los consejos del mismo Lipsio, que se preocu­pó de él paternalmente, pero que tan pronto le aconse­jaba la literatura para ornato de sus estudios de Teo­logía, como le invitaba a la lectura de los Padres grie­gos y latinos, para de esta forma aliviar la aridez esco­lástica, como le disuadía la lectura de Cicerón, invitán­dole a buscarse a sí mismo en la interioridad, conven­cido como estaba de que el genio interior llevaba muy lejos a su discípulo.

Pero tan distintos consejos revelan en Lipsio la con­fusión de quien no acierta a ver claro en el espíritu aje no. Saint-Cyran desconcierta desde muy joven a quienes pretenden entenderle.

En la nómina de importantes personajes que abundan en la historia del bayonés, ingresa ahora como decidi­do protector suyo, el obispo de Bayona, Bertrand de Echauz, más tarde arzobispo de Tours, y consejero y primer confesor de Enrique IV y luego de Luis XIII, reyes de Francia.

Echauz, amigo de Richelieu cuando éste no era más que obispo de Lyon, contribuyó eficazmente a abrirle el camino del favor real. Francia debe uno de sus más famosos ministros a la influencia del arzobispo Echauz.

 

Este, al desarrollar su generosa conducta, no imagina­ba que la influencia y las intrigas de su mismo favore­cido y la debilidad de carácter del rey Luis XIII, habían de cerrarle el camino al cardenalato. Echauz es también a su modo una víctima de Richelieu. La deslealtad es el alma de la política.

Cuando Richelieu enjuiciaba tan duramente a Saint-Cyran ¿no estaría también pensando en el arzobispo Echauz?

Bertrand de Echauz, natural de Baigorry, en la re­gión de los Alduides de la Baja Navarra, fue nombra­do obispo de Bayona en 1598 por el rey Enrique IV, de quien era muy conocido. El padre de Bertrand de Eohauz, vizconde de Echauz, jefe de la noble casa de su mismo apellido —la casa de Echauzea, de Baigorry, muy cercana en aquella época a la frontera de las dos Navarras— prefirió antes que abjurar de su religión, abandonar la corte de la reina Juana de Albret y so­portar al propio tiempo la pérdida de sus bienes. Antonino de Echauz, padre de Bertrand, católico militan­te, defendió la fe en sus dominios particulares con las armas en la mano al frente de sus mesnadas. Esta em­presa de sostener la religión contra la entronización del protestantismo, le costó serios percances; sus enemigos le quemaron su hermoso castillo.

Antonino de Echauz, juntamente con otros señores vascos, estuvo además excluido de la amnistía conce­dida por Juana de Albret, aunque al fin obtuvo el per­dón gracias a sus poderosas relaciones personales, en­tre las que se contaba el mismo rey de Francia. Echauz, pariente del futuro Enrique IV, aparece alguna vez, antes de la proclamación de éste como rey de Francia, sacándole de apuros económicos.

Digno hijo de tal padre, el genio del obispo Echauz estribaba en la controversia, afición fundamental del vasco, y a su celo pastoral se debe en buena parte la casi desaparición de la herejía hugonote, la herejía de los aristócratas, en la diócesis de Bayona

Al otro extremo ideológico, en su haber consta su oposición, decisiva en cierto momento, a la siniestra farsa del bárbaro inquisidor De Lancre, magistrado, fa­nático verdugo del país vasco-francés en el famoso pro­ceso de sus sedicentes brujas, supervivencia del horror del medioevo ante la brujería, Tic culminaba en ho­rrores muy superiores a los muchas veces supuestos ho­rrores que combaría. El feroz De Lancre —Rosteguy de apellido, que, a pesar de su mismo apellido, confun­día su odio a los vascos con su odio a las brujas– se preparaba a añadir más víctimas a los cientos de des­dichados que envió a la hoguera, cuando Echauz, por mediación del Parlamento de Burdeos, obtuvo la can­celación del escandaloso proceso.

La indignación de De Lancre dejó escapar una sig­nificativa frase de la que es menester que aquí quede constancia. El magistrado dijo, resentido, que los sa­cerdotes en el país vasco son «semidioses».

Axular, rector de Sara, el pintoresco pueblecito vas­co-francés cercano a la frontera de España, el clásico por excelencia del idioma vasco, dedica en el ofrecimiento de su Guero, elogios superlativos a Echauz, ya a la aparición de su libro, arzobispo de Tours. Ningún vasco de­dicó jamás a otro vasco, utilizando el idioma euskaldun, elogios semejantes. El vasco es reacio al elogio, y esta ponderación de un prelado por un súbdito, tiene valor extraordinario. Quienes hablando de Axular ma­nifiestan extrañeza por el silencio de su libro ante las coetáneas atrocidades de De Lancre, no meditaron los términos del ofrecimiento a Echauz de la obra del rec­tor de Sara. Descubren al súbdito, voz de otros súb­ditos, que se sintieron amparados por su superior je­rárquico durante la despiadada persecución:

«Zure Etxea, egon eta ibilli zaren leku guztietan, «beti ere izatu da euskaldunen etxea, pausalekua eta «portua. Guztiek zuregana laster. Zuri bere arrenkurak, «egitekoak, koaitak eta ondikoak konta. Eta zuk guz-«tiak, arraiki eta alegeraki errezibi, zuhurki kontseilla, «kida, goberna eta burutan atera. Zu izan zara eta «izanen zara euskaldunen ohorea, abea, iabea, sosten-«gua eta kantabres fina, naturala eta egiazkoa.»

Valía la pena reproducir íntegramente esta parte del elogio de Axular a Echauz, lingüista notable asimis­mo, puesto que además del vasco y del francés, poseía el latín, griego, hebreo y el patois bearnés. Esas líneas significan:

«Vuestra casa, dondequiera os hayáis hallado, ha «sido siempre casa, refugio y orientación del vasco. To-«dos os recurren pronto en la necesidad. A vos presen­tan sus penas, proyectos, cuitas e infortunios. Y a todos recibís vos risueño y animoso, les aconsejáis, guiais «y gobernáis prudentemente encauzándoles a una considerada solución. Vos habéis sido y seguís siendo la «honra, la columna, el sostén de los vascos, cántabro «fino, natural y verdadero.),

Al final de este retrato de Echauz tampoco debe fal­tar el maligno trazo que le dedica La Rochefoucauld en sus Memorias. El duque de La Rochefoucauld, despec­tivo con todos y despectivo muchas veces consigo mis­mo, imagina que el arzobispo de Tours, anciano de ochenta años, demostró por Madame de Chevreuse más interés que el conveniente a un hombre de su dignidad y de sus arios, cuando aquella dama le solicitó ayuda a raíz de unos incidentes muy comprometedores para su seguridad.

La intrigante Madame de Chevreuse, amiga íntima de La Rochefoucauld, era asimismo amiga muy íntima y encubridora de la equívoca conducta de la reina Ma­ría de Médicis, madre de Luis XIII. Esta conducta ve­nía siendo estrechamente vigilada y hasta interrogada por altos dignatarios de la Corte, que llegaron a acu­sarla de tratos con el marqués de Mirabel, ministro de España. Al saberlo Madame de Chevreuse, que estaba confinada en Tours, llegó a temer por su seguridad y se confió al arzobispo Echauz que, sin pérdida de mo­mento, dio a la Chevreuse la ruta que debía seguir has­ta la frontera de España, y cartas de recomendación pa­ra el momento del paso, cartas que, por cierto, ella ol­vidó cuando, vestida de varón y acompañada de dos hombres, emprendió la fuga, descuido que trajo como consecuencia una serie de penosas complicaciones para ella y para Echauz.

El autor de las Máximas olvida que Echauz, hom­bre palatino sin duda, pero crecido a lomos de la fron­tera, poseía la psicología del fronterizo dispuesto siem­pre al favor, al riesgo y a la aventura. Este es en los fronterizos un reflejo natural. El olvido de esta senci­lla realidad, induce a La Rochefoucauld a ponerse en ridículo con sus celos culpables, deslizando además una maligna y abyecta sugerencia.

Pero prosigamos, o mejor volvamos otra vez a Bayona. Bertrand de Echauz protegió decididamente a Saint-Cyran al comienzo de su carrera. Parece por todas las trazas, que él le aconsejó que estudiara Teología en Lovaina y precisamente en el colegio dé los jesuítas, de quienes era apasionada admirador. El P. Rapin es­cribe en su Histoire du Jansenisme, que Echauz siem­pre consideró al futuro abad de Saint-Cyran como su criatura, y añade que le colmó de favores.

La provisión del curato de Itxassou, el pintoresco pueblecito vasco, en la persona de Saint-Cyran, fue una de las pruebas de esa afección, si bien —según el mismo Rapin corroborado a esta parte por Daranatz— el joven bayonés no se decidió a permanecer en un medio tan rústico, entre vascos desconocedores del francés, y con­certó con un sacerdote, de apellido Guillentena, la sus­titución de su beneficio mediante una pensión. Guillen-tena era navarro, lo mismo que Axular. Una disposi­ción de Enrique IV había autorizado a los sacerdotes navarros el ejercicio de su misión en los territorios franceses.

Guillentena era un hombre culto e inspirado poeta. El Manual devotionezcoa edo esperen, oren oro escuetan errabiltfeko liburutchoa, de Joannes Etcheberry, un de­vocionario en verso que constituye una de las más raras joyas literarias del vascuence, tiene la aprobación con­junta de Axular y P. de Guillentena, fechada en Sara el 11 de enero de 1626. Además, la obra contiene una poesía muy trabajada de Guillentena, un bello elogio del autor a quien el poeta recuerda emocionadamente un hermano médico fallecido antes de la aparición del libro. Guillentena lamenta esta desaparición, pero re­cuerda a su amigo Etcheberry que su hermano está en­tonando las poesías del libro en la presencia de Dios nuestro Señor que merece alabanzas en los cielos y en la tierra. La poesía aparece firmada así: P. Guillentena; Itsassuco Erretorac. Guillentena afirma orgullosamente su condición de párroco de Itsassou, el precioso pueblo rodeado de cerezales, un vallecito que señorea la cua­drada torre de su iglesia, una traza que parece arranca­da de algún pueblo del cercano Baztán navarro.

Saint-Cyran carecía de una virtud esencial: la sen­cillez. Es muy difícil ser sencillo siendo joven, pero Saint-Cyran no es sencillo ni en la juventud ni en la madurez. Saint-Cyran es un viejo prematuro. Siempre irresoluto de carácter, dilató largo tiempo su ordenación sacerdotal, sin poder por lo tanto ejercer su curato de Itxassou, en donde el futuro abad hubiera aprendido infinidad de cosas que los libros que él adoraba no en­señan. En el fondo, el bayonés desdeñaba al pueblo, o también, más probablemente, se reconocía carente del conjunto de ricas calidades humanas necesarias al sa­cerdote para establecer contacto con el pueblo. El apos­tolado de Saint-Cyran se dirige siempre a un escogido grupo de selectos.

El bayonés olvidaba, o pretendía olvidar, que el clero de su tierra siempre está presente en el pueblo. Pero esta huida del curato de Itxassou comienza, sin más, a carac­terizarle, a revelar las tremendas limitaciones de su ge­nio.

En cambio su sustituto Guillentena debió pasar en Itxassou días felices. Pero Guillentena era poeta, mejor todavía, era bersolari; tenía alma de niño y son los niños quienes verdaderamente descubren las cosas.

Poco tiempo después, una canonjía vacante en la iglesia catedral de Bayona fue provista por Echauz en la persona de Saint-Cyran, porque estaba considerado por el obispo como el sacerdote más inteligente de su diócesis y por tanto el más digno entre todos para acce­der a los beneficios de la misma. Sin embargo, el nuevo canónigo rehusó aceptar la distinción, hasta tanto que obtuvo del cabildo la dispensa de asistir al coro los do­mingos y algunas fiestas solemnes. El ansia de estudiar, el ansia empedernida de los libros inspira esta postura.

Saint-Cyran llevaba consigo firmemente el designio de su propio camino. Pero este camino ¿era el suyo ver­dadero?

José de Arteche

Auñamendi

 

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