Saint-Cyran (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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PRIMER ENCUENTRO CON SAINT-CYRAN

Esta extrañeza nos llegaba de manera indirecta, en forma de elogios que exaltaban la religiosidad de nues­tros antepasados, que, según algunos nos decían, co­mulgaban escasísimas veces al año, una, dos o tres ve­ces, en ocasiones muy solemnes, pero salían prepararse a esas comuniones desde bastantes días atrás. Jansenis­mo puro, indudablemente, en una de sus innumerables facetas; no hay ni siquiera que plantear la duda.

La inclinación jansenista hacia las tumbas y el es­pectro de la muerte penetró en nuestra formación reli­giosa. El primer recuerdo del sombrío camposanto de mi pueblo me viene unido a una gran concentración que la tarde de un domingo, después de Vísperas, se dio ci­ta en aquel lugar sobre cuya puerta campean alentadoramente estas palabras del salmo L, del Míserere: EXULTABUNT OSSA HUMILIATA

Ahora, a distancia, doblado al cabo del medio si­glo, ahora es cuando me parece ver claro que nuestra niñez y parte de nuestra juventud estuvieron informa­dos por una piedad con bastantes resabios jansenistas, que lo mismo podrían llamarse saint-cyranistas.

No es difícil adivinar los sombríos toques jansenistas en ciertos libros nutricios de nuestra piedad infan­til. Pertenezco a las primeras promociones de niños be­neficiados por las sabias disposiciones de San Pío X respecto a la comunión de los pequeños y alcanzo a re­cordar, muy lejanamente, entre las nieblas de la me­moria, la extrañeza que en un principio produjera aque­lla determinación del Santo papa de mi infancia.

Aprendí de memoria cuando era muy pequeño estas palabras que entonces no sabía traducir, pero me so­naban adentro con aire misterioso y solemne, pues in­tuía su significado y, además, porque yo establecía el contraste entre su importancia y la humilde entrada que presidían. Son palabras que de niño me conmovían sin saber exactamente por qué, y de mayor me siguen conmoviendo mucho más. Unas palabras tremendas y definitivas, abiertas a la esperanza más luminosa, encima de la puerta bajita de un pobre camposanto.

Y siendo muy niño, como de cuatro años, me veo, al atardecer dominical, de la mano de mi abuelo materno, encima de una tumba, pisando tierra blanda, y veo también a un austero jesuita subido a la losa de una sepultura, dirigiendo ardorosamente la palabra al pueblo creyente.

Pero ese lejanísimo pero indeleble recuerdo, una de mis primeras vivencias, no dejó en mi ánimo ningún resabio triste; al contrario, creo haberme sido muy bene­ficioso. Aunque parezca extraño, siempre vinculé ese recuerdo a una impresión de optimismo.

Acaso sea una asociación de ideas equivocada, que no responde exactamente a la realidad, pero la imagen se­vera que aquel jesuita predicando sobre la losa de una sepultura, me induce asimismo el pensamiento de que los jesuitas, que, dicho sea sin mengua ninguna de la benemérita labor de otras órdenes religiosas, formaron espiritualmente a las masas religiosas del país vasco y terminaron de darles forma, quedaron a su vez, después de su victoria contra la tenacidad jansenista, de algún modo impregnados de las tendencias de éstos.

En muchos pueblos del país el término jesuita era sinónimo de misionero.

Que el vencedor quede saturado de las ansias ideo­lógicas del enemigo a quien acaba de vencer, es fenó­meno que frecuentemente ocurre en las contiendas de ideas. La misma dureza del combate ideológico entre jesuitas y jansenistas condujo a una especie de colabora­ción de las contradicciones. Casi siempre que un católico lucha contra un error, sobre todo si, preferentemente, lucha con armas temporales, queda, más pronto o más tarde, de alguna manera inficionado por las mismas ideas que con tenacidad combate.

Hoy las maneras religiosas del país vasco son distin­tas a las de mi infancia. Estos últimos años, muchas costumbres han sufrido en poco tiempo un gran cam­bio. Entonces, creo que lo mismo que ahora, los jesuitas dirigían en mi pueblo las congregaciones marianas de Luises e Hijas de María, asociaciones piadosas que agru­paban, con asistencia viva, entusiasta, a la mayoría de la juventud local. Las escasísimas excepciones podían contarse con los dedos de una mano y sobraban dedos. Alcanzo a recordar entre lo más lejano de mis vivencias la lectura desde el púlpito de los nombres de las congre­gantes expulsadas del seno de la Congregación femenina por transgredir el precepto reglamentario que establecía la prohibición de bailar, de valsear como solía decirse. Esta prohibición alcanzaba en tiempos más lejanos, aun­que de manera menos severa, hasta a los mismos bailes del país.

La lectura de los nombres de las expulsadas, fue, más tarde, suspendida, pero durante muchos años per­duró todavía cierto modo de penitencia pública, de raíz posiblemente jansenista, que se imponía a las readmiti­das, las cuales, durante algunos meses, en las funciones mensuales de la Congregación debían acercarse a comul­gar cuando todas las demás habían comulgado. Necesito sin embargo, para no faltar a la estricta verdad, señalar la naturalidad de estas costumbres en aquel ambiente y en aquel tiempo. Era una cuestión puramente discipli­nar; existía la opinión del castigo público al quebrantamiento público de un compromiso. Había también por medio un amor profundo a las Congregaciones marianas a las que se pertenecía por decisión libérrima, aceptando previamente sus reglamentos.

El P. Manuel de Larramendi, en varios capítulos de su «Corografía de Guipúzcoa», libro escrito hacia 1760, dama, sin pelos en la lengua, contra los misioneros, in­cluso de la misma Compañía de Jesús a que 61 perte­necía, que sistemáticamente tronaban desde los púlpitos contra el tamboril y las danzas típicas del país.

El jansenismo es un semiprotestantismo, una manera disfrazada del calvinismo. El calvinismo arrasa el folklore allí donde arraiga o por donde pasa. El jansenismo entre los vascos hizo estragos a este respecto, arruinando cantidad de inocentes y pintorescas costumbres para siempre. Pero la manera de pensar del P. Larramendi no pre­valeció; triunfó la severidad por la severidad: una se­veridad irracional para nuestra manera actual de pensar, una severidad que tiene excusa en las rígidas ideas de la época.

El P. Francisco Antonio de Palacios, hijo de Oñate, en su Respuesta satisfactoria del Colegio de Misioneros de N. P. San Francisco de la N. Villa de Zarauz a la consulta, y dictámenes impresos por la N. Villa de Balmaseda… Pamplona, 1791), opina que el tamborilero, «si no deja para siempre su oficio, peligra su alma». Aña­de que el tamborilero, en el baile público «es el que peca más, y debe dejar el oficio si quiere la absolución». Este mismo P. Palacios, apoyándose en Lancelot, nom­bre que en esta historia aparecerá muchas veces, parece querer dar a entender que los tamborileros deben ser excluidos de la Sagrada Comunión por analogía con los cómicos excluidos por los cánones de la recepción del Santo Sacramento.

El jesuita P. Pierre Lhande solía evocar a su abuelo, tamborilero de Atharratze, pueblo de Zuberoa, en el país vasco-francés, que por ser tamborilero no podía en­trar en la iglesia jamás, pero que siendo como era un santo varón, oía misa arrodillado en el umbral de la puerta del templo.

El siglo XIX había avanzado cuatro lustros, y, sin embargo, existían en el país confesores que compartiendo las opiniones del P. Palacios, consideraban como pecado­res públicos a los tamborileros y sostenían la necesidad de negarles la absolución si antes no entregaban al párro­co el silbo y tamboriles para que fuesen quemados. Sin este requisito, el tamborilero no podía acercarse a comul­gar y si se acercaba, aunque hubiese sido absuelto en alguna otra parroquia o convento, debía rechazársele.

Saint-Cyran y su fiel discípulo Arnauld, cuando sos­tenían la necesidad de dilatar la absolución hasta des­pués de cumplida la penitencia, no lo hubiesen hecho mejor.

La piedad del tiempo de mi infancia y de mi juven­tud estribaba mucho en prohibiciones. Todo, casi todo, era malo. Los sermones, larguísimos, interminables, diri­gidos a un auditorio que llenaba las naves en penumbra de las iglesias, porque antes de comenzar la predicación era de ritual el correr las cortinas de las altas vidrieras del templo para crear o para aumentar la mística de la oscuridad, frecuentemente se basaban en preceptos nega­tivas, en prohibiciones.

Aunque no ignoro que casi todo el decálogo está en forma de prohibiciones, en aquel sistema de predicación echo de menos alguna manera más frecuente de animoso estímulo. Algo así como una menor reiteración del Viejo Testamento, en beneficio de más abundantes alusiones al Nuevo Testamento.

Muchas veces no parecía sino que toda la religión se centrara en el cumplimiento del sexto mandamiento, preocupación obsesionante de los predicadores. Las trans­gresiones colectivas o posibilidades de transgresión obte­nían sin tardar desde el púlpito un violento correctivo.

El noviazgo se consideraba con gran sospecha. Los novios, aun las parejas más ejemplares, veían cerradas las puertas de los teatros o cines dependientes de la iglesia. Algún discreto pero inexorable aviso les constreñía a se­pararse dentro de estos lugares de esparcimiento.

El jansenismo, el saint-cyranismo, contribuyó a hacer, sin término medio, bastantes rebeldes y bastantes fari­seos.

Hoy las cosas han cambiado mucho, probablemente demasiado, pero en mis tiempos juveniles el criterio jansenista sometía a un calvario a los novios de muchos pueblos del país vasco. No se olvide que el ‘matrimonio era para el jansenismo una de las más bajas condiciones del cristianismo. Para el jansenismo tampoco había términos medios; todo lo que es naturaleza en el hombre llevaba el sello de la impureza. El tema sexual era tabú; o no existía, o se cerraba ante él una cortina espesa. El joven penetraba en la vida desarmado y a ciegas. Ante un problema que requiere suma y limpia franqueza, se prefería la postura del mie­do a la verdad.

La embriaguez era duramente fustigada en los ser­mones misionales, pero de las invectivas de los predica­dores se salvaba la gula. También es verdad que es muy difícil un pecado mortal contra la gula, pero esta puerta de escape, inteligentemente entreabierta, abría un pasa­dizo a los campos de Rabelais, tan amados por el genio vasco. Porque, además, a fin de cuentas, un hombre y un pueblo que saben comer tienen categoría.

Espero ser entendido recta y benignamente si digo que hay que desconfiar profundamente de los pueblos que no comen ni beben, ni saben entonar canciones a coro. El concepto rabelesiano de la vida en los vascos no está exento, sino al contrario, de tremenda formalidad.

Y cuando digo rabelesiano aplico a este adjetivo el concepto sano, chestertoniano, que tiene en ‘nuestro país. No se olvide que Rabelais es una de las grandes admiraciones de Chesterton, el fecundo escritor católico inglés, maestro de la paradoja.

Yo me acuerdo al llegar aquí de aquel vasco, rabelesiano auténtico, que a la hora de morir, rechazó las imá­genes de la Virgen María más o menos insustanciales que presidían su agonía, reclamando en cambio que le colocaran delante, a la vista, la imagen de la Virgen de los Dolores.

Recuérdese que la medalla que San Ignacio de Loyo-la llevó siempre pendiente al cuello, ostentaba la imagen de la Virgen de los Dolores.

El pasadizo rabelesiano tiene conexiones con el genio de la solemnidad religiosa, característico del vasco. La buena mesa tiene mucho que ver con las expansiones co­rales. Al final de los banquetes y de las cenas copiosas, gusta al vasco entonar las más severas melodías de su repertorio religioso. En mi pueblo natal, en parecidas ocasiones gastronómicas, oí muchas veces el canto a coro de un estremecedor Miserere que allí se acostumbra en la procesión de la cofradía de la Veracruz la tarde del Vier­nes Santo. José María Salaverría, en su libro «Las som­bras de Loyola», se hace eco de la profunda impresión en él producida por este Miserere.

La tremenda severidad de las funciones religiosas obtenía un alivio los días navideños. La alegre misa que esos días se cantaba a toda orquesta emparejaba con las tocatas populares que el organista acostumbraba esos mis­mos días durante las Vísperas. El organista aprovechaba las pausas entre uno y otro versículo para un ameno re­paso a todo el repertorio de música popular vasca. Las melodías más solemnes las reservaba para el Magnificat, para los holgados espacios que los sacerdotes, portando cetros y revestidos de lujosas capas pluviales, aprovecha­ban para descender del coro y cruzar la iglesia a todo lo largo e ir a incensar el altar mayor. Eran momentos lle­nos de grandiosidad. El órgano interpretaba entonces alguna señorial melodía vasca. Acaso algún rayo de sol atravesando la altas vidrieras iluminaba los viejos oros del soberbio retablo mayor.

Ya los niños no creo que acuden a Vísperas, pero de mí sé decir que la asistencia a la función dominical vespertina contribuyó mucho al desarrollo de mi facultad ensoñadora.

Esos días navideños íbamos contentos a Misa mayor y Vísperas. Pero una interpretación demasiado riguro­sa de las disposiciones de San Pío X sobre música sa­grada dio también cuenta de aquellas inocentes expan­siones.

Había también por medio la asistencia impuesta. Un caluroso domingo agosteño de mi infancia en que, faltando a Vísperas, marchamos unos amigos a bañar­nos al río, el párroco acertó luego a pasar cerca de don­de estábamos nadando. Recuerdo bien su severa re­primenda por haber osado faltar a Vísperas y cómo escuchamos aquella irritada amonestación, profundamen­te avergonzados, porque, además, nos hallábamos me­dio desnudos.

No niego haber oído, en tiempo de Misiones so­bre todo, hacia su final, conmovedores sermones acer­ca de la parábola del Hijo pródigo, o también, bellas y consoladoras alocuciones durante las novenas de la Inmaculada Concepción, el Sagrado Corazón, u otras ocasiones semejantes, pero, en realidad, el ofuscador y beneficioso descubrimiento del Dios Providencia, del Dios que nos ama infinitamente más que nosotros mis­mos sabríamos amarnos, es en nuestras vidas muy pos­terior a la infancia. Esa perspectiva del amor infinito del Padre se nos abrió mucho más tarde Y es sobre todo la misma vida la que particularmente abre esa luminosa perspectiva.

El Dios de nuestra infancia es el Dios-Autoridad, el Jefe Supremo con autoridad inapelable, un Dios justiciero siempre pronto al castigo; pero yo no re­niego, ni muchísimo menos, de ese Dios de mis días infantiles

Dios es total, Dios nuestro Señor es también el Pa­dre de la clemencia, pero no le hace falta al hombre vivir muchos años para descubrir la tremenda presen­cia de Dios en la trama de los sucesos de la vida. ¡Po­bre del hombre educado de niño sin el sentimiento del temor de Dios! Adquirir la convicción de la trascen­dencia de ir siempre agarrado de la mano de Dios, es fundamental en la vida del hombre.

La calidad moral del país vasco, en gran parte se debe a su concepto temeroso de la ley de Dios

El pueblo vasco es un pueblo fiero, adorador de la fuerza, un poco paganoide, agudo, inteligente, pero sin flexibilidad, que necesita de violentos reactivos en el espíritu. El pueblo vasco es un pueblo aún primitivo con todas las magníficas virtudes y todos los grandes de­fectos del primitivismo.

El vasco vive en un estadio cultural anterior a la edad reflexiva de la conciencia. En la religión de los vascos, la tradición juega un importante papel. El vas­co, aun el menos atado a las tradiciones, vive de tradi­ción. El vasco posee la certeza de estar en la verdad y escucha más que lee.

Escucha, o predica. Porque misioneros vascos hay muchísimos y en todas las partes del mundo; contem­plativos vascos en cambio, poquísimos.

La presencia de Dios planeando sobre nuestras ac­ciones, suelen expresarla con lapidaria frase los confa­bulados de esa picaresca vasca del mundillo de las apuestas: Jaungoikoa goyan.

Jaungoikoa goyan, literalmente, Dios arriba, pero en su verdadero sentido, Dios manda desde arriba, Dios vigila desde arriba. Así exclaman resignados, aceptando como castigo merecido la vuelta catastrófica contra ellos mismos de la combinación laboriosamente preparada pa­ra desplumar a los incautos. La rotura del aparejo que tira de la prueba de bueyes, un tropezón y la caída del korrikalari, la repentina indisposición del aizkolari… To­do se viene abajo y ya no queda tiempo y no es posible cubrirse. El’ desastre económico cernido sobre los inge­nuos se vuelve contra los mismos pícaros que lo fra­guaron, hombres de fe al fin y al cabo que, entonces, prorrumpen por lo bajo: Jaungoikoa goyan.

La verdad es que el vascuence tampoco se presta a ñoñas efusiones devotas. Las enseñanzas religiosas nos llegaron a través del vascuence, netas, recias y viriles. La fundamental seriedad del idioma vasco se correspon­día con la austeridad de las ideas religiosas a que servía de vehículo. Nuestros sacerdotes no nos enseñaron, creo que por fortuna, canciones equisvalentes al meloso: «Dueño de mi vida — vida de mi amor — ábreme la herida — de tu corazón».

Sí: a mí se me imagina que aunque ellos ni siquie­ra lo sospecharan, Saint-Cyran irrumpía en el espíritu de los sacerdotes y religiosos jesuitas que nos exhortaron en nuestra infancia y juventud, presentándonos a Dios co­mo una fuerza terrible.

El pueblo vasco auténtico excluye toda frivolidad. El pensamiento de la muerte siempre se halla de algu­na manera presente en las iglesias de los pueblos vas­cos.

Sainte-Beuve escribe que un día preguntaran a Jansenio cuál era el atributo de Dios que más le impresio­naba. Jansenio respondía que la Verdad. Sainte-Beuve comenta que San Francisco de Sales, hombre coetáneo, hubiera seguramente respondido en el mismo caso: «¡Caridad del Hijo! ¡Caridad! ¡Humildad! y que a su vez Saint-Cyran, amigo del santo obispo de Gine­bra, a la misma pregunta acaso respondiera: » ¡Poder! ¡Pavoroso Poder del Padre! ¡Abismo! ¡Eternidad! «.

Jaungoikoa, el Señor de lo Alto, el Dios Creador, eclipsa un tanto en la conciencia del vasco al Dios en­carnado, el Dios hecho hombre. El vasco ante todo fue pastor nómada, luego agricultor de modos prima­rios. El fondo primitivo late siempre en él. Tiene una conciencia planetaria. Y ese fondo primitivo explica tal vez las deserciones del vasco fuera de su ambiente.

Estrabón observa la preferencia de los vascos por la vestimenta oscura, pero suelo a veces preguntarme si no sería Saint-Cyran el que mucho más tarde, subra­yando la austera moda generalizada por los Austrias, terminó de inspirar a los vascos el miedo al color. Posiblemente la ropa oscura es la ropa que mejor les sienta; el negro, color del ceremonial y de la elegancia, resalta mejor la pechera blanca, pero cabría preguntar si es sano ese miedo al colorido en un país donde la pesadum­bre del clima y el cielo casi siempre gris oprimen a los espíritus tensándolos hasta los límites de lo patológico. Pero ¿qué es lo normal y qué es lo patológico? ¿Dón­de está la frontera entre lo normal y lo patológico? Cada cual es como es; cada hombre es un mundo.

Hay también por medio la timidez. Pero, el vasco ¿es tímido o es vergonzoso? Más que tímido, el vasco creo que es vergonzoso. ¿No habéis visto nunca a los niños de un caserío agrupados silenciosamente a la puer­ta al paso de un caminante? ¡Cuánto no enseña la precoz seriedad de esos niños solitarios! Esta vergonzosidad explica la arlotería del vasco, su inadaptación, ex­plica asimismo la existencia de dos vascos en cada vasco, otro vasco totalmente distinto del que aparece a primera vista. Porque la vergonzosidad, la timidez, al resolver­se, engendra desmesura, falta de equilibrio espiritual.

Pero es seguro que estoy tratando de hacer distingos imposibles entre timidez y vergonzosidad. El cáncer del pueblo vasco es la timidez. Porque, además, en el fondo del tímido está siempre el sentimental.

Todas estas cosas explican también la existencia de dos pueblos vascos asimismo distintos: el pueblo vasco de adentro y el pueblo vasco de afuera. Este, el de fue­ra, para bien o para mal, es como es; el de adentro, como le dejan ser. El vasco de adentro es un reprimido, un hambre constreñido estrechamente por el ambiente.

En cambio, en el vasco de afuera aparece con fre­cuencia la verdad de un temperamento. Y a veces tam­bién en el vasco de adentro. El ímpetu de los vascos rebotados de la fe, iguala, si es que no supera, el ímpe­tu de los vascos creyentes verdaderos

La acritud extremista de los anticlericales vascos es la de hombres rebotados de un ambiente cargado de clericalismo. Unos y otros, clericales y anticlericales, poseen la dureza de los no acostumbrados a dar a otros la razón.

El pueblo vasco, profundamente creyente, siempre fue, sin embargo, anticlerical, pero de una forma benig­na en tiempos antiguos, bonachonamente sonriente. Dejando aparte las respetuosas limitaciones opuestas por alguna vieja Ordenanza a las posibles intervenciones del clero en los asuntos puramente civiles, las fórmulas anticlericales casi siempre se expresaban de forma cari­ñosa.

Lamento mucho no haber hallado un sinónimo del término anticlerical que exprese más adecuadamente mi idea. Quien traduzca aquí esa palabra con una carga de resentimiento y acrimonia se equivoca de medio a medio.

A principios del siglo XVII, el clérigo e historiador guipuzcoano Lave de Isasti, nos cuenta las pintorescas intimidades de los pescadores guipuzcoanos con los es­quimales de Terranova, amigos incondicionales de aquéllos, y amigos también de la «bonita» sidra que acos­tumbraban llevar en sus navíos como acompañamiento obligado durante sus campañas pesqueras. Isasti, con ser clérigo él mismo, se complace relatando las regocijantes locuciones en vascuence que con un bonachón sentido anticlerical, no exento, sin embargo, en su tras­fondo, de cariño al clero, gustaban de enseñar aquellos pescadores guipuzcoanos a los esquimales con quienes convivían durante la temporada del bacalao.

¿Nola zaude? —¿cómo estáis?— preguntaban los pescadores a los esquimales y éstos respondían con na­turalidad, sin comprender el oculto sentido de la frase, «sin saber ellos qué cosa es clérigo sino por haberlo oído». —» Apaizak obeto» (Los clérigos están mejor). Al presbítero e historiador Lope de Isasti la respuesta le hace mucha gracia y la relata complacido.

Este anticlericalismo de bonachón porte rabelesiano, desapareció, por desgracia. El anticlericalismo agrio y militante es, tal vez, la respuesta a la prepotencia cle­rical entronizada por el jansenismo. La prepotencia, el peor enemigo de la religión, es una consecuencia directa del jansenismo.

A veces me pregunto si a los vascos de adentro en realidad nos falta algo. Amigos exiliados me advierten a su regreso después de larga ausencia en tierras ame­ricanas, haber advertido con desilusión en su propio país, cierta falta de humanidad, en contraste con la ge­nerosa exuberancia vital de los países donde habían vivido

Es verdad que la ausencia afina la vista acerca del valor de las cosas recobradas; también es muy posible que esa observación signifique una certera crítica de la íntima v desilusionante actitud de nuestro pueblo, o para ser más exactos, de muchos de nuestro país, en el momento actual, pero cabría asimismo la interrogación de si a pesar de sus fabulosos adelantos técnicos, es posible tomar en serio a ciertos pueblos.

Pero también es verdad que la virtud, aunque no se vea, existe en todas las partes del mundo. Por eso, al­gunas veces, asintiendo en secreto a esas amargas crí­ticas, me pregunto con tristeza si existe otro país como el nuestro, como el pueblo vasco, donde se haga tanta gala de la virtud por motivos recónditos que nada tie­nen que ver con la virtud.

Sin embargo, para defenderme de esa depresiva re­flexión, pienso también que la virtud es virtud, aunque a veces, o muchas veces, se le junten otros ingredientes que disminuyen sus quilates, pero no la matan del todo.

Porque además, en definitiva, aun aceptando el caso de que el único motivo de la acción no sea confesable, la parábola del fariseo y del publicano, ¿no es acaso un ejemplo propuesto por Jesús a los hombres de todos los países y de todas las épocas?

 

José de Arteche

Auñamendi

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