Saint-Cyran (I)

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UNAMUNO Y SAINT-CYRAN

La preocupación de Miguel de Unamuno por Saint-Cyran es antigua. En un trabajo titulado De Oñate a Aitgorria, fechado el mes de setiembre del año 1909 e incorporado a su obra Por tierras de Portugal y de España, aparece esta frase referida al pueblo vasco: “Hemos tenido zorros, zorros resueltos y valerosos, de los que saben dar la cara, como Iñigo de Loyola y Zamalacarregui y Saint-Cyran, el portroyalista”.

Con fecha 3 de marzo de 1928 Unamuno evoca en su Cancionero, Diario poético, las torres gemelas de la catedral de Bayona, y a través de ellas rememora el apasionante problema objeto de estas páginas.

 

Las dos torres de Bayona

son dos alas de blancura

que inmovilizan su vuelo

en un cielo de dulzura;

este cielo jansenista

que es ignaciano, que anuda

las dos alas de mi raza

alas mellizas de lucha;

libre albedrío, ¡ay Molina,

cómo me llenas de angustia!

Gracia ¡ay Pascal, que me traga,

Tu honda sima de tortura!

¿Qué mira en realidad Unamuno cuando divisa en la lejanía las agudas torres de Bayona? La silueta de una personalidad que para él constituye una obsesión y que pocos días más tarde, el 28 de marzo, asoma en el Cancionero:

«Es vizcaíno mi hierro

hierro de palabras cortas,

tajantes, pero palabras

que son muy largas en obras.

Es la palabra de hierro

de Iñigo de Loyola

es la palabra de hierro

de Saint Cyran de Bayona.

¡ay hierro, cómo se ahonda

nuestra lucha de mellizos

de Loyola o de Bayona!»

Al año siguiente, el 15 de enero de 1929, el nombre de Saint-Cyran asoma otra vez en una poética anotación cargada de angustia religiosa:

«Ordago = ahí está!» tú quedas,

voz de una lengua que expira;

órdago, trágico envido

de milenaria agonía.

Ojalá — Así Dios lo quiera!

Arábigo fatalista;

órdago, voz de Loyola

albedrío de milicia.

Saint Cyran, vascón tozudo

jugó toda la partida;

enserió a Pascal de Auvernia

la apuesta que en Dios confía;

«Heme aquí», Señor, emen – nago

a jugarme el alma viva.

Tú que Cristo me envidaste,

dame al fin eterna vida.»

El personaje, sin embargo, se desvanece en el Dia­rio poético de Unamuno. Sólo cinco meses después, el 13 de junio, aparece una alusión, despegada, glacial, a jesuitas y jansenistas por igual. Es la clásica frívola pirueta unamuniana.

«Cristo sin cruz, jesuítico;

Cruz sin Cristo, jansenista;

hermanáos, que en la pista

ya no espera el paralítico.»

Una vez más, poco más o menos entre esas mismas fechas, el paralelo Saint-Cyran -Loyola aparece en el capítulo «La fe pascaliana» de la obra de Unamuno «La agonía del cristianismo». «Pero yo, que soy vasco, lo que es ser más español todavía, distingo la influencia que sobre él (sobre Pascal) hubieran ejercido dos espíritus vascos: el del abad de Saint-Cyran, el ver­dadero creador de Port-Royal, y el de Iñigo de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Y es interesante ver que el jansenismo francés de Port-Royal y el je­suitismo, que libraron entre sí tan ruda batalla, debie­ron uno y otro su origen a dos vascos. Fue acaso más que una guerra civil: fue una guerra entre hermanos y casi entre mellizos, como la de Jacob y Esaú. Y esta lucha entre hermanos se libró también en el alma de Pascal.»

Saint-Cyran, en la obra del escritor vasco, es una obsesión que no llega a concretarse de manera definitiva. Unamuno contempló las góticas torres de Bayona de­masiado tarde, caundo su obra estaba ya casi completamente terminada, cuando las fuerzas evocadoras ape­nas encuentran resortes en el espíritu, cuando el hom­bre melancólicamente se rinde a la evidencia de que no queda ya tiempo ni fuerzas para un resultado digno.

Y es una pena, porque en muchos aspectos se hubie­ra encontrado con un alma gemela.

BAYONA

Bayona comparada actualmente con San Sebastián, Pamplona, Vitoria y Bilbao, queda ya bastante atrás, pero durante siglos fue el emporio de la vida comercial de la tierra vasca, un emporio que se permitía el lujo de los lujos de una ciudad próspera: fundar sucursales ci­viles en las cercanías estratégicas. San Sebastián, por ejemplo, nace en el tiempo como una sucursal de Bayona, un villazgo creado por los ricos armadores y co­merciantes bayoneses, maestros del cabotaje. Aun hoy, a pesar de las catástrofes que devastaron su silueta ori­ginal, a los ojos de un observador atento, ¡cuántos mo­tivos de parecido no existen entre Bayona y San Se­bastián! El navío del blasón de San Sebastián es un navío bayonés.

Bayona, para un vasco, sea de donde sea, es una ciudad familiar. Bayona es la capital europea de Vasconia, la capital moral e intelectual del país vasco. Los elementos que dan carácter al vasco; vienen de Bayona. Los vascos de antaño experimentaban esta sensación de manera todavía más viva que al presente; no en vano la vieja sede episcopal de Bayona, restaurada por Sancho el Grande, extendió su autoridad sobre partes del mismo territorio guipuzcoano y de Navarra hasta 1566, año en que Felipe. II, pretextando un peligro de pene­tración protestante, consiguió desagregar estos territo­rios a la diócesis bayonesa. Todo el valle del Bidasoa hasta el puerto de Belate perteneció a la diócesis de Bayona. Los límites guipuzcoanos de ésta alcanzaban has­ta las puertas de San Sebastián y cercanías de Hernani. El arciprestazgo de Fuenterrabía, perteneciente a la dió­cesis bayonesa, comprendió las parroquias guipuzcoa­nas de Fuenterrabía, Irún-Uranzu, Lezo, Rentería, Oyarzun y Pasajes.

La Autobiografía ignaciana menciona a Bayona co­mo una ciudad familiar. Ignacio de Loyola declara que, al venir desde París a su tierra, atendiendo aquel con­sejo de los médicos parisinos, que le recomendaron una cura de aires en su pueblo natal, fue reconocido en Bayona. «Porque, según parece, de Bayona de Francia, donde el peregrino fue reconocido, había (su hermano Martín., mayorazgo de la casa solar de Loyola) tenido noticias de su llegada», dicta Ignacio de sí mismo, ha­blando en tercera persona, según acostumbra en su Au­tobiografía.

Arios atrás, volviendo el mismo Ignacio de Loyola de su peregrinación a Tierra Santa, cuando marchaba por el camino de Ferrara para Génova, convertido a la sazón en frente de guerra donde luchaban los dos irreconciliables enemigos, Carlos V y Francisco I, dos soldados france­ses de guardia en una torre le detuvieron al atarde­cer para conducirlo como sospechoso ante el capitán que los mandaba, un vasco natural de un pueblo cercano a Bayona. A las primeras preguntas del interrogatorio, el capitán queda estupefacto al averiguar que el detenido es guipuzcoano. Loyola todavía no sabe francés. El ca­pitán, alborozado de encontrar con quien hablar vas­cuence en aquellos lejanos parajes, ordena a su gente tra­tar a Ignacio de Loyola lo mejor posible, prepararle ade­más la cena y después dejarle proseguir en paz su ca­mino.

En camino para Behobia, probablemente a Bayona, marchaba Juan de Eguíbar, carnicero y recadista de Azpeitia, hermano de leche de San Ignacio que reconoció a éste mirando por el ojo de la cerradura del cuarto de la venta de Iturrioz, cuando el santo, procedente de París, se acercaba a Azpeitia. Eguíbar era el commission-naire, el recadista de Bayona en Azpeitia.

El gótico y exhausto Cristo de Lezo, el Cristo afei­tado, sin barba, de brazos tensos, arribado de alguna oscura región nórdica a las riberas del Pasaje de Gui­púzcoa ¿no pasaría por la antigua Lapurdum antes de mostrarse en su morada definitiva a la devoción de los guipuzcoanos? Los Templarios, aludidos reiteradamente por la tradición religiosa del país, de dónde sino del Norte llegaron también a los ásperos caminos de la tie­rra vasca? En cambio, ya se perdió entre nosotros el eco de la generosa aventura de Lacarra, obispo de Bayona, acompañando a Ricardo Corazón de León en su Cruzada, así como de los navíos bayoneses donde em­barcaron una buena parte de los efectivos de la expe­dición.

Bayona sabe de romanos, de bárbaros, godos, fran­cos, de fieros vascones surgidos por sorpresa de las sel­váticas montañas pirenaicas, de sarracenos, de norman­dos, de ingleses y de españoles. Bayona, la nunquam polluta, según proclama su escudo de armas, que con gesto elegante convirtió las cortinas y escarpas de las for­tificaciones de Vauban en amenos paseos y jardines, con­serva todavía con amor las labradas piedras de la pri­mitiva muralla romana.

Lapurdun, su antiguo nombre, denominación que conservara hasta mediados del siglo XII, suena con nom­bre asentado pero temeroso, con un eco que parece lle­gar de los cercanos y desolados arenales de las Landas.

Bayona conoce la lóbrega noche histórica de la de­vastación normanda. Sin embargo, los normandos asen­tados en la desembocadura del Adour, habían de ser el decisivo acicate de las aptitudes marineras de los vas­cos. Después de la ola normanda, los coronados leo­pardos ingleses y algún príncipe inglés atestiguan des­de las altas claves de su gótica catedral, dedicada a la Virgen María, a Nuestra Señora de Bayona, los siglos de provechoso sometimiento a Inglaterra.

Algunos rincones de la vieja y artesana Bayona, hen­chidos de entrañable intimidad, conservan todavía cier­to ingenuo aire inglés. Bayona, la clara ciudad de las persianas, parece que vierte a estas altas y angostas ca­lles, su más dulce familiaridad.

Bayona, creyente, liberal, generosa, posee la juicio­sa apacibilidad de las ciudades, donde muchas y encon­tradas influencias dejaron poso. El río que, muy cerca de la ciudad, desemboca, imponente y majestuoso, en el mar, es un río de llanura, viene henchido de no se sabe cuántas ganes distintas y lejanas procedentes de riberas apacibles, verdeantes, pero también de límpidas cascadas pirenaicas. Bayona es la puerta de entrada del país vasco-francés, y el Adour, en el mismo corazón de la ciudad da cuenta del Nive, el río de la tierra vasco-francesa.

El Adour, en su anchura caudalosa y solemne al atra­vesar el puente de Saint-Esprit, con sus buques de alto porte atracados a las orillas, posee el conocimiento de las vidas trabajosamente maduradas, posee la saltarina y espumeante experiencia del descenso por las pedrego­sas y frígidas laderas pirenaicas y también la del lento y seguro avanzar por las llanuras pobladas de rebaños, las landas erizadas de pinos o las tierras rojas sabiamente alineadas de viñas.

Bayona, ciudad gascona, puerto ‘y mercado vascos, puerto, otrora, de salida al mar del reino de Navarra, emporio comercial inglés, plaza fuerte francesa junto a la frontera española, tiene asimismo innegables rasgos españoles.

En Bayona creyó Napoleón haber definitivamente cancelado la dinastía de los Borbones en España; su ejército invasor de la península atravesó Bayona; el sitio de está ciudad a la caída del Imperio napoleónico deter­minó en el país vasco-francés muchos remedos de las fortificaciones bayonesas.

Ciudad de paso de Francia para España, el refugia­do, el exilado político español, constituye también en todo tiempo, al aire de las encontradas intolerancias de turno en España, una típica y melancólica estampa bayonesa. Y los bayaneses, en su apasionamiento como espectadores de los innumerables festejos taurinos que organizan, o en el recogimiento, lleno de sentido espec­tacular, de sus procesiones, no parece sino que ofrecen un alivio a estos paseantes sin objeto, de miradas implo­rantes.

El mismo mendigo ciego que suplica con su acor­deón bajo los soportales bayaneses, podría muy bien ser un mendigo español europeizado, un mendigó que nun­ca pide, que sólo sabe dar las gracias suavemente, y con su instrumento unas veces alegra y otras veces me­lancoliza los arcos donde ejerce con dulzura su penoso oficio.

Bayona es la ciudad que nosotros inconscientemente evocamos como el asiento definitivo o la primera etapa de un siempre posible exilio.

Bayona es una ciudad otoñal y lo es incluso durante el verano. Bayona, cuando llueve, emana una desola­ción resignada. Mirar bajo los porches de la catedral bayonesa cómo llueve sobre el viejo burgo, es sentirse anegado de taciturnidad.

Los judíos de frente alta, acerado perfil en garra y mirada penetrante, son también fácilmente reconocibles en la acogedora Bayona. Son los «portugueses», mejor dicho, son los descendientes de los sefardíes españoles expulsados de España en 1492 que, acogidos primera­mente en Portugal, tampoco tardaron a su vez en ser  lanzados de esta nación, y hallaron refugio en distintos países de Europa.

Los judíos de Bayona, judíos de rito portugués o sefardí, sostienen que algunos de sus monorrítmicos y orientales cantos sinagogales recuerdan viejas melodías vascas.

Suele decirse que Bayona es el punto donde gascones, vascos y bearneses se reconcilian para ser sólo bayaneses; pero cabría añadir que aparte de ser bearneses, vas­cos y gascones, primos hermanos entre sí, en Bayona, ciudad fronteriza, siempre atenta a las lecciones de ex­periencia humana que constantemente dimanan de la frontera, la influencia que sobre todas las influencias hoy más se advierte es la influencia vasca, sobre todo los jueves, días de mercado.

No siempre ha sido así: la burguesía gascona dirigió durante siglos la vida bayonesa. Ahora, la jactancia y la sorna del vasco aparecen a menudo visibles en Bayona. Infinidad de vascos buscan acomodo en Bayona, ciudad de vocación comercial, y el hambre que conoce el mis­terioso idioma vasco, aunque sólo sepa esta lengua, no, se pierde, ni muchísimo menos, en sus calles.

El vasco siente en lo más íntimo de su ser la pre­sencia, y al propio tiempo, la añoranza de Bayona. Vasconia nació tarde, pero Bayona ya existía antes de ese nacimiento. En la Guía de los Peregrinos del siglo XII, acabada la Gascuña, aparece la tellus Basclorum, la tierra de los vascos con Bayona como ciudad principal.

Bayona es una de las formas del mundo de nostal­gias que reposa brumosa en el alma vasca. Cada vez que el vasco se pone en trance sentimental, le brota esa canción que, a un ritmo acongojante, evoca junto con el mar, la bruma, el amor y el nombre de Bayona con su difícil barra. Es acaso una forma inconsciente de ex­presar su vocación nórdica.

Ichasua laño dago

Bayonako barraraño.

Nik zu zaitut maitiago

choriyak bere umiak baño.

(El mar está brumoso hasta la barra de Bayona : Yo te tengo más amor, querida mía, que el

pajarito a sus crías.)

Una viejísima y dulce canción de cuna pondera Ba-yona como el Perú o el Potosí míticos:

Gure aurraren aur ona

balio luke Bayona…

(Qué buen niño es nuestro niño bien valdría la ciudad de Bayona…).

¿Y quién duda que la influencia de Bayona y la influencia del país vasco-francés penetran ostensiblemen­te en el territorio guipuzcoano y en un largo sector a lo largo de la raya de Navarra, y lo mismo a la inversa? El mercado de Bayana tuvo gran importancia en todo ese territorio hasta el establecimiento de las adua­nas en la frontera de Irún. El mercado de Bayona regu­laba los merados de Guipúzcoa y los del norte de Na­varra. Los habitantes de la región de Oyarzun, en Guipúzcoa, distinguen el ifarra, el fino viento Norte, del Bayonako aizia, el viento de Bayona, el tempestuoso viento Nordeste. Y en otro orden de cosas el ejemplo puede parecer banal, pero tampoco está de más recor­dar, como una muestra más de interdependencia, que los pelotaris de un lado y otro lado de la raya actuaron siempre y siguen actuando aquí y allí sin restricción alguna.

Y ¿quién duda también que esa influencia no be­nefició y beneficia extraordinariamente a los guipuzcoa­nos? El guipuzcoano es el más diplomático de los vas­cos. El vasco es hombre de una sola cara, pero el guipuz­coano es el vasco capaz de sonreír con esa única cara. La frontera es una perpetua experiencia. La frontera siempre está insinuando, siempre está enseñando.

El obispo de Bayona, para bastantes guipuzcoanos y guipuzcoanos de mi edad es figura conocida. En los años de mi infancia, el prelado bayonés visitaba a los religiosos franceses de ambos sexos expulsados por las leyes antirreligiosas que se acomodaron a este lado de la frontera fundando colegios de fortuna, en los que muchas personas de mis años tuvimos la suerte de edu­carnos.

Un manuscrito vasco de Oñate a finales del siglo XVIII, el manuscrito de Arrazola-echea, es decir, la casa solar de Arrazola, se refiere duramente a los carreteros de la villa que van a Bayona y regresan de ella hincha­dos de cuestiones por encima de su torpe entendimiento, hablando con desconsideración de cuestiones dignas de todo respeto.

Conviene, sin embargo, oponer que una obra como las Cartas morales del P. Fray José Areso, que ilustra perfectamente acerca del espíritu, de vuelo limitadísimo, siempre a la defensiva, del catolicismo español de la primera mitad del siglo XIX, fue reiteradamente edita­da en Bayona.

Como también es verdad que las prensas de Bayona apacentaron muchas veces la fe y la curiosidad inte­lectual del vasco. Los más viejos libros piadosos de mi casa, libros en vascuence de hojas amarillentas y gasta­das por generaciones de trasabuelos devotos, ostentan en la contraportada el detallado ex-libris comercial que comienza: Se vend á Bayonne…

José de Arteche

Auñamendi

 

 

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