Era el P. Roque (así le llamábamos todos) natural de Sarrión pueblo de lo provincia de Teruel al que tan malparado dejaron los rojos: su preciosa iglesia, una de las mejores de toda la provincia, en la cual fue bautizado e hizo la Primera Comunión el P. Roque, calcinóla la bestia roja, conculcadora del arte como de la Religión y de la Patria. Y el acto vandálico no tiene la excusa que tal vez se pudiera alegar de que el objetivo militar de la toma de Teruel llevaba consigo irremediable destrucción de objetivos no militares, porque el incendio de la magnífica iglesia de Sarrión fue intencionado y ocurrió en los primeros días de agosto de 1936.
Nació el P. Roque el 21 de mayo de 1879. Sus padres, Rafael y Pascuala.
Fué el primer alumno del Colegio de Segunda Enseñanza que los PP. Paúles fundaron en 1893 en Alcorisa, del cual era Rector el P. Mariano Garcés, tío del joven Roque.
Estudió latín y humanidades, con determinación de ser Padre Paúl, medio año en Alfranca, uno en Alcorisa y otro en Teruel.
Empezó el noviciado en Madrid el 19 de septiembre de 1895. Hizo los santos votos el 21 de septiembre de 1897. Estudió dos cursos de Filosofía en Hortaleza y uno en Madrid, y aquí asimismo cursó la Sagrada Teología. Se ordenó de Menores y Subdiácono el 18 y 19, respectivamente, de diciembre de 1903; de Diácono, el 10 de enero de 1904, y de Presbítero, el 17 del mismo mes y año.
Sus destinos fueron: Tres años en La Iglesuela del Cid; ocho en Teruel; nueve en Ávila; uno en Orense y cinco en Zaragoza. Desde 1930 residía en la casita de la calle de Lope de Vega, de Madrid, sita junto al Real Noviciado de las Hermanas de la Caridad: era uno de sus capellanes.
Sus ocupaciones ministeriales han sido la enseñanza en los primeros años de sacerdocio, las Misiones en Ávila y Orense y el servicio espiritual de las Hijas de la Caridad durante su estancia en Zaragoza y Madrid. Aquí fue también Subdirector de las Hijas de María del Real Noviciado.
Era piadoso, sencillo y humilde. Su bondad era característica. El conocimiento de sus cortas luces convertía, a veces, la humildad en pusilanimidad. Era sacrificado y trabajador, observante de la Regla y, particularmente, puntual en acudir a la oración de la mañana. Sinceramente reconocía y aplaudía los grandes éxitos de los demás. Era un buen compañero. Su simplicidad le acarreaba, con alguna frecuencia, sonrisas un, si es no es maliciosas; pera el bueno del P. Roque no se ofendía por ello: casi se podía uno divertir a su costa.
Porque vivió conforme con su relativamente habitual abatimiento, sin duda, Dios le ha exaltado, y el Hijo de Dios, modificando, tal vez, alguna palabra, habrá repetido en el Cielo, al ver llegar al P. Roque Guillén, aquella su frase evangélica: «Gracias te doy, Padre mío, por que escondiste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños y humildes».
Nuestro Señor le otorgó la palma y la corona del martirio; algo grande debieron de descubrir en él sus divinos ojos.
Fue su muerte gloriosa en, compañía del P. José Fernández, a quien siguió desde el momento en que tuvieron que abandonar su residencia de la calle de Lope de Vega.







