Roque Catalán Domingo (1874-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942.
Estimated Reading Time:

En las revistas La Milagrosa y Anales de la Congregación de la Misión y de hm Hijas de la Caridad, respectivamente, dos maestros en el arte de escribir, el P. Enrique Albiol y el Pa­dre Vicente Franco, escribieron magistralmente sobre el Her­mano Catalán, y no podernos resistirnos a transcribir aquí, casi íntegros, combinados, los dos artículos.

Para no interrumpir, con demasiadas citas, al hacer las interpolaciones, el sentido de lo que se va relatando, adver­timos desde ahora que lo escrito en tipo ordinario es del Pa­dre Albiol y lo de letra cursiva corresponde al P. Franco

I.- Un mozo como los demás

Este Hermano fue campesino y labrador antes de ser re­ligioso en la Comunidad. Cuidaba las yuntas y sus aperos, bar­bechaba y sembraba la tierra, entendía en sus cosechas pre­viéndolas y comentándolas como cualquiera de sus vecinos y alegraba las eras en estío con, el canto religioso y popular de la jota aragonesa.

Nació en Aldehuela, diócesis y provincia de Teruel, el 24 de enero de 1874. Su padre se llamaba Vicente y su madre Joaquina. Su formación en la piedad cristiana, excelente. Su instrucción intelectual, de las mejores que en un pueblo se pueden dar.

Huérfano de madre, compartía con su padre no sólo las faenas del campo, sino ciertos quehaceres de la vida íntima. Por cierto que las conversaciones que Vicente y su hijo pla­ticaban eran preferentemente piadosas. El mismo Hermano refería más tarde que su padre le hablaba de la otra vida con la unción de un santo predicador, y que nunca se entregaban al sueño sin haber leído en voz alta unas cuantas páginas de algún libro de piedad.

Pero del padre hablaremos luego.

Ahora sólo he de consignar este insignificante episodio, que, a pesar de serlo tanto, tuvo decisiva influencia en, la vocación de nuestro Hermano, y que aduzco para probar cómo la fe sincera y sanas costumbres del señor Vicente y su hijo eran patrimonio de toda la familia Catalán.

Por lo demás, quien no se lo haya escuchado de su lengua­je transparente, lo tomaría por un chiste baturro en la Te­baida.

—Buenos días, tío José —dijo el mozo, saludando a un hombre de fisonomía parecida a la de su padre, y, como éste, de corazón recto y mesurado hablar.

—¿Qué te trae por aquí, maño?

—Vengo a consultarle una cosa.

—Bueno, maño. Tú dirás.

Y con la brevedad rectilínea de un perfecto aragonés, pro­puso nuestro consultante:

—Que no sé si casarme con su chica o meterme fraile.

Otro que no hubiera sido el tío José habría recibido el dilema con una estrepitosa carcajada; pero éste, consciente de su responsabilidad y amigo de que las cosas fuesen bien hechas, se puso serio para pensar la contestación, y se la endilgó sentenciosamente:

—Buena es mi chica, Roque; pero mejor es Dios. Métete fraile.

No hubo lugar a dudas. Dios, que siempre sale al encuen­tro de las almas que le buscan con sencillez, acababa de de­clarar al enamorado mozo cuál era su voluntad.

Y, para más compelerle a su cumplimiento, hubo por en­tonces una Misión en el pueblo, predicada por dos Misione­ros Paúles de la residencia de Teruel, de cuya santa vida quedóse Roque más enamorado que de la hija del tío José.

II.- La bendición paterna

Después de recoger las reliquias de la cena y de rezar el Rosario y de leer la vida del Santo, todo ello en aquel hogar templado y semioscuro, tan semejante a las cuevas de los ana­coretas, suplicó el hijo al padre que prolongase la velada por­que necesitaba hacerle„ una confidencia. Y le habló de su des­pedida. Le reveló el vehemente deseó que martirizaba su alma de marcharse con aquellos misioneros que acababan, de edifi­car al pueblo con sus virtudes extraordinarias, hechas palabra y acción. El también quería ser misionero, no para predicar, porque muy bien comprendía que le faltaba preparación para aquella divina empresa, pero sí para consagrarse a Dios en compañía de aquellos santos varones a quienes podría servir como hermano coadjutor en, los imprescindibles menesteres materiales de la vida.

Esto decía el mozo con tanto respeto como tristeza, pero su padre no le dejó acabar. Sentía impaciencia para aprobar­la santa determinación de su hijo.

Levantóse, pues, de la silla, llenos sus ojos de lágrimas y rebosante el alma de júbilo, para echarle los brazos al cuello y decirle con fruición:

—Sí, hijo, sí; cuenta con mi permiso para irte a servir a Dios. Pero no irás tú solo. ¡Yo también quiero seguirte!

Fué aquella una escena digna del mejor pincel de la mejor escuela.

El caso es que pocos días más tarde padre e hijo se presen­taban ante el R. P. Eladio Arnáiz, Visitador entonces de los Misioneros de San Vicente de Paúl en España, pidiendo la misma gracia para uno y otro: la admisión de entrambos en la Congregación de la Misión.

Pero el P. Arnáiz puso reparos. Como no le parecía conve­niente admitir al padre, por su avanzada edad, ni creía justo admitir al hijo dejando al padre anciano y solo en el pueblo, echó un buen jarro de agua fría en el volcán de ilusiones de los, dos postulantes. Mas ¿qué es un jarro de agua para un volcán? Pronto volvieron, éstos a la carga, dispuestos a conse­guir, fuese como fuese, la realización de sus firmísimas aspi­raciones.

Yo recuerdo haber oído al Hermano Catalán los detalles de esta segunda entrevista. Su padre estiraba el brazo para probar que no le temblaba; doblaba el torso y lo enderezaba con elástica rapidez; golpeaba con las palmas de las manos el paquete muscular de sus pantorrillas, harto firmes todavía, y rogaba que se le mandase cavar, barrer, fregar, para convencer a todos de su resistencia física. No hubo medio de hacer retractar al P. Arnáiz.

Y es que Dios nuestro Señor, en su amorosa Providencia, mantenía otros santos designios respecto de aquellas almas. El P. Visitador de los Misioneros Paúles, que tanto reparo tenía en admitir a aquel hombre de sesenta años en su comunidad, no lo tuvo en recomendarlo con una tarjeta personal al Muy Reverendo Abad de la Trapa Cisterciense de Dueñas (Palen­cia), donde lo mismo fue llegar que ser admitido.

De su gran virtud habla muy claramente el hecho de ha­ber sido nombrado maestro de novicios a los dos años de vestir la cogulla monacal, cargo que desempeñó hasta los ochenta y uno de su edad, en que murió en olor de santidad, según tes­timonio de sus hermanos de hábito.

Sólo así pudo ingresar el joven Roque en la Congregación de la Misión, cuyo noviciado fue para él delicioso atisbo de la gloria.

El día de su profesión, —acaso el más feliz de su vida— pre­sentóse al R. P. Visitador para agradecerle una vez más la gracia de su admisión y pedirle otra nueva, que no le fue de­negada: la de visitar por última vez a su padre.

El cariño filial, que la vida religiosa no mata, sino perfec­ciona, gozaba con la esperanza de perpetuar aquella despedi­da en el cristal de una placa fotográfica en que apareciesen padre e hijo unidos por última vez en la tierra. No sé de qué medios se valió nuestro querido viajero para llevar consigo un fotógrafo a la Trapa de Dueñas; pero sé la oposición que allí tuvo por parte del Abad y de su padre para conseguir su empeño. Sin embargo, no era el Hermano Catalán hombre que se desalentase.

La severidad del claustro y su recogimiento izo permitía tales inocentes exhibiciones; pero nuestro aragonés halló re­cursos en su ingeniosa piedad para doblegar la rectitud disci­plinaria. Cuanto más firmes eran las negativas, más razonadas y fuertes eran sus peticiones. Supo tocar la fibra más Sensible del corazón filial del trapense con esta alusión certera, cuya fuerza estriba únicamente en el cristal de roca de su candor:

—Bueno, señor Abad. San Bernardo no negaba nunca nada de lo que le pedían por la Santísima Virgen. Pues por la San­tísima Virgen le pido yo que me conceda retratarme con mi padre. Demuestre V. R. que es buen hijo de San Bernardo.

Aquello era apedrear la voluntad del Superior con un dia­mante.

Rióse de buena gana el Abad y hubo de conceder la gra­cia al impertérrito aragonés, que luego nos contaba este episodio obsequiándonos con una fotografía bien hecha, en que aparece un trapense de luengas barbas blancas y gran, capu­cha negra bendiciendo la figura arrodillada y recogida de un Hermano Coadjutor de la Misión

III.- Misionero

Sirviendo a cierto sacerdote enfermo, le decía con cariño­sa brusquedad:

—Cuídese, hombre; que hacen falta misioneros.

Y, acto seguido, añadió:

—¡Qué grande es nuestra vocación!, ¿verdad?… Si cien ve­ces naciera, las cien sería lo que soy: lego de la Misión. Y si alguien me quisiera echar de aquí, me asiría tan fuertemente a las paredes que antes me habrían de cortar las manos…

Las misiones eran, en efecto, la pasión dominante de su corazón. Pero las misiones vicencianas, es decir, las misiones organizadas según el método de San Vicente de Paúl, que fue exactamente el que había visto seguir en Aldehuela a los Pa­dres Rufino Osaba y Valentín Rojo, acompañados del Her­mano Felipe Barbero.

Porque San Vicente había dispuesto que sus misioneros sa­cerdotes fuesen acompañados siempre de un Hermano Coad­jutor, también misionero, y que todos juntos viviesen en co­munidad —breve comunidad ambulante—, hospedándose en una casa cualquiera del pueblo, alquilada exclusivamente para ellos, en la cual permaneciesen, sin ser molestos a nadie, todo el tiempo que estimasen conveniente para la instrucción y mo­ralización del mismo. Les prohibió además aceptar dinero por sus trabajos y les mandó que obraran siempre bajo la depen­dencia del Prelado de la Diócesis y del Párroco del lugar que misionasen.

Roque Catalán había asistido con los demás mozos de Al­dehuela a los conmovedores sermones del P. Osaba y a las plá­ticas doctrinales del P. Rojo, dejándole todo ello un dulce sa­bor de espíritu que no olvidaría jamás; había visto a los mi­sioneros tratar can llaneza y gracia a los humildes hijos del pueblo, consolando a los enfermos cuyas viviendas visitaban, acariciando a los pequeñuelos, cuyas inteligencias ilustraban, y buscando a los pecadores con tanto cariño y perseverancia que no era posible resistirse a tanta amabilidad; pero sobre todo se había fijado en el Hermano Coadjutor, que les acom­pañaba a todas partes. Aquel hombre recio, humilde, piadoso y alegre, que se ocupaba en barrer la casa, comprar el pan y guisar la comida para los Padres mientras éstos oían confe­siones y predicaban la palabra divina en una u otra forma, fue para él la revelación exacta de su vocación religiosa.

Precisamente aquel hombre había de ser en Teruel su pri­mer amigo y maestro durante los tres meses de postulantado que precedieron a su ingreso en la Congregación de la Misión.

De Teruel marchó a Madrid, 18 de febrero de 1898, donde, antes de terminar el noviciado. tuvo la gran satisfacción, de ser destinado a las misiones de esta diócesis. Fácil es com­prender la devoción de su espíritu en estas santas excursiones, que se repitieron durante varios años. En Fuencarral, Alco­bendas, San Sebastián, de los Reyes y otros pueblos madrile­ños se le recuerda todavía con íntima veneración. De él se re­fiere que hacía tanto bien a las almas con su ejemplo como los Padres Burgos y Villanueva, a quienes acompañaba, con su palabra. Hizo los santos votos estando misionando en Val de Olmos, el día 19 de febrero de 1900.

Pero cuando su espíritu misionero se alegró inefablemente fue cuando supo que nuestro Santísimo Padre el Papa encar­gaba a los hijos de San Vicente de la Provincia Española la evangelización de Cuttack, región indostánica llena de peli­gros y de infieles, falta de toda clase de civilización y alber­gue de toda suerte de miserias. Ganoso de no dejarse aventa­jar por nadie en el sacrificio, se ofreció voluntariamente para ir allá en la primera expedición; pero esta fue quizá la única empresa en que fracasó su aragonesa tenacidad, pues los Supe­riores contestaron a las reiteradas peticiones del Hermano con reiteradas y rotundas negativas.

Entonces tuvo una ocurrencia original. Se desprendió de aquel retrato que se había hecho con su padre en la Trapa, escribió en el mismo su nombre y los dos apellidos, lo entre­gó a un sacerdote que iba destinado a Cuttack y le dijo enca­recidamente:

—Tome, Padre. Cuando llegue usted a la India, entierre mi retrato en la arena: ¡ya que no podrá ser enterrado allí mi cuerpo, que lo sea mi fotografía!

Y el Rvdo. P. Florencio Sanz, hoy Obispo de aquella Mi­sión, asegura haber cumplida al pie de la letra, y con devo­ción, los deseos del buen Hermano.

IV.- Enfermero

Dios quiso que este modelo de Hermanos Coadjutores die­se también pruebas de su virtud en la enfermería de la Casa Central de los Hijos de San Vicente.

En la ocupación de enfermero, como antes en la de hortola­no, gastó el Hermano Catalán sus energías. Por virtud o por costumbre o par las dos casas a la vez, ejercía sin repugnancia los más viles menesteres. En los cambios de estación, en la gripe del año 1918, en que ‘se abarrotaba la enfermería, él se multiplicaba para atender con rudo desembarazo a todas los do­lientes.

Las enfermedades contagiosas eran reservadas para él mismo. No admitía ayuda de nadie cuando había peligro de con­tagió. Cuatro Hermanos estudiantes (hoy ya son sacerdotes), que se vieron a un mismo tiempo atacados del tifus, se acuer­dan todavía con reconocimiento que el Hermano Catalán, los trasladó casi en brazos a un pabellón reservado de la enfer­mería y trasladó también las camas sin ayuda de nadie, y esto en ocasión en que estaba él mismo enfermo, pues le vieron vomitar en mitad de la tarea, sonriéndose luego y contando amenidades a los jóvenes, para quitar importancia al heroico sacrificio que al servirles realizaba.

Hubo muchas noches en que el enfermero no se acostó. Si algún enfermo requería cuidados especiales, el Hermano Ca­talán arrastraba su petate junto a la cama del infortunado y sin despojarse de la ropa se echaba en él, dispuesto a saltar, como lo hacía, a la menor indicación del doliente.

Su higiene y recetario eran el alcohol y la purga.

—¿Qué le pasa a este Hermano Novicia?

—¿…?

—¡Qué, compadre! Hay que ser valientes. Una purga, y, si no se le pasa, al médico.

Mientras preparaba el agua de Carabaña, sermones con los ideas del P. Rodríguez. Cierra los párpados y acciona con la diestra, como un martillo del revés, cuyo mango fuera el ín­dice, grueso y basto, en tiesura. Propina una dosis concentrada de ascética. La letra impresa revive, aletea con fe patriar­cal en sus labios.

Esta escena se repite con cada uno de los pacientes que a él acuden.

Profesaba unas teorías algo espartanas respecto a los enfer­mos, una mezcla de eugenesia y eutanasia, por supuesto sin conocer tal nomenclatura.

Urdía en su caletre un porvenir del novicio enfermo. Si se figuraba su fracaso en la vocación o su inutilidad para los ministerios, le trataba como a un huésped, no como a un familiar. Pero si adivinaba en él un futuro buen misionero se des­vivía por su cuidado. Y animaba con brío:

—¡Qué, compadre! Hay que 4ar gloria a Dios y a la Con­gregación. ¡Buena chuleta y buen trago!

El Hermano Catalán cuidaba a los enfermos con tal espí­ritu de fe, que reproducía en sus acciones, sin pretenderlo, las más tiernas escenas de las vidas de los santos. Cuenta a este propósito el R. P. Hilario Orzanco que él mismo le vio besar con devota veneración las llagas purulentas de un sacer­dote misionero cuyos pies hinchados y deformes curaba el pia­doso Hermano.

Asimismo refiere este Padre otra costumbre inédita en las biografías de los santos y francamente admirable, no sólo por la asombrosa ingenuidad que supone, sino también por las se­ñales con que Dios daba a entender su complacencia en ella. Es la siguiente: Apenas moría un enfermo, nuestro solícito Hermano se encargaba de amortajarlo, y, a solas con el cadá­ver, le hacía unas cuantas recomendaciones de palabra y por escrito, metiendo entre los pliegues de la mortaja una carta para el Cielo, en la cual pedía a nuestro Señor algún favor particular. Pues bien; aseguró el Hermano Catalán al Reve­rendo P. Orzanco que esta costumbre era ya vieja en él y que todas las gracias pedidas por este medio, le habían sido con­cedidas.

¿Qué cadáver se llevaría al camposanto el billetito en que pedía nuestro Hermano la gracia del martirio?

Alguna vez se percibía tristeza en sus palabras, cuando el difunto poseía una historia o una esperanza gloriosas de mi­sionero. Sus lamentaciones se anegaban en la sumisión a la divina voluntad.

V.- Espíritu de piedad

El Hermano Catalán fue muy conocido de todos los indi­viduos de la Provincia Española de la Congregación, porque toda su Vida religiosa transcurrió en la Casa Central de la misma. Y a pesar de esto, ni uno solo disiente de la afirma­ción común de que era un Hermano extraordinariamente pia­doso.

Sus devociones predilectas eran la Eucaristía y la Medalla Milagrosa. Le dio la chifladura —y de los chiflados es el .mun­do— por erigir en su pueblo un altar a la Santísima Virgen bajo esta advocación, y, sin poseer un céntimo, consiguió su pro, pósito, amén de dar estipendios cuantiosos para celebrar mi­sas en su altar, de regalar ornamentos y hasta lo superfluo y elegante, versos para recitarlos ante la nueva estatua. Logró de los Superiores la autorización para Pedir a favor de su pro­yecto, y, como le había hecho la boca un fraile, triunfó. Desde el embalaje de una casulla hasta la construcción de una carre­tera para su Aldehuela, todo salió del santo descaro del Her­mano Catalán. Contaba con la bendición de Dios. Le sorprendí en una ocasión implorando sus favores.

Fue una mañana en que bajaba yo a celebrar la Santa Misa. En el ángulo que forma el pasillo que une la casa con la Basí­lica, bajo un cuadro del Hermano Yébenes, reproducción Cristo ‘de Alonso Cano, estaba una estatuilla procesional de la Virgen Milagrosa sobre sus andas Entre las varas, el Herma­no Catalán elevaba una carta hasta tocar las manos de nuestra Señora. Le contemplé, desde la escalera. Seguro, por su posi­ción de firme, confiado, con la sonrisa en, su semblante, el Her­mano Catalán ponía la bandeja petitoria de su carta en las manos de María. ¿No iba a conseguir su empeño con tal vale­dora? Tosí para advertirle mi presencia, y él, como vergonzoso, se apartó de las andas y cruzó a mi lado con la vista reco­gida. Sentí haber roto aquel idilio de fe delicada y honda, pero el reloj no espera.

Infundía consuelo verle rezar el Via-Crucis a las cuatro de la mañana, antes de empezar su hora de oración mental con los demás Hermanos; y causaba estupefacción oírle hablar en las conferencias espirituales de comunidad, por la unción, pie­dad y sabiduría de su inflamada palabra.

Todas las mañanas ayudaba dos misas, comulgando en la primera y dando gracias en la segunda, con un fervor tan in­tenso que se hacía visible y contagioso. Después se daba de lleno al trabajo, cumpliendo más de una vez el oficio de dos y tres Hermanos Coadjutores.

En la huerta era incansable. Cavaba y rezaba al mismo tiempo, pronunciando el dulcísimo nombre de la Virgen a cada golpe de azadón, pues sin cesar recitaba el «Oh, María» de la Medalla Milagrosa. Sucedía con frecuencia que compade­ciéndose él mismo de algún Hermano que le acompañaba en esta ruda labor, le invitaba a descansar y a que leyese en voz alta algunos capítulos del Kempis, mientras él, escuchando la lectura, continuaba su trabajo.

Cuando hacía falta abono en la huerta, cogía nuestro Her­mano un carrito y paseaba las calles y las afueras de Ma­drid buscando basura sin el menor respeto humano y con, los más santos anhelos de humillarse, según manifestó un día al P. Buenaventura Antón, que más de una vez recibió su Comu­nicación espiritual.

A propósito de la Comunicación, recuerda el dicho Padre que era tan agradecido el buen Hermano Catalán que luego de percibir los consejos de su Director, se marchaba a la ca­pilla a rezar por él un Via-Crucis o una parte del Rosario.

Profesaba tanto afecto a la devoción del Via-Crucis que hubo días de repetirlo varias veces.

Una cosa que tal vez ignoren aún los que le trataban de cerca es que todos los años rezaba un Via-Crucis de Peniten­cia en el Cerro de los Angeles. Salía tempranito y en ayunas, con licencia del Padre Superior. Al trasponer el puente de los Mataderos se descalzaba y con los pies desnudos emprendía la marcha de los siete kilómetros que habían de conducirle al cerro.

Una vez allí, visitaba la ermita de Nuestra Señora de los Angeles, oyendo todas las misas que en ella se celebraban (quince oyó el 19 de julio de 1936, que fue el último año en que hizo esta romería) y después, abrazado a un gran leño en forma de cruz, solo o acompañado —que esto le importaba poco—, pasaba las estaciones del Calvario meditando, rezan- do y llorando como un auténtico penitente. Por la tarde volvía a recogerse en la ermita, donde había de ordinario Exposición de su Divina Majestad. Y por la noche llegaba a casa sin haber comido ni bebido absolutamente nada durante el día, a pesar de todo lo cual tomaba por todo refrigerio, antes de entregar­se al descanso, nada más que un corrusco de pan y medio vaso de agua.

La víspera de su muerte decía a su director espiritual: «He ido al Cerro de los Angeles y he pasado todo el día haciendo penitencia, ayunando a pan y agua, por España, porque tiene gran necesidad de misericordia. He rogado también, con insis­tencia, por nuestra Congregación y por las Hijas de la Cari­dad, para que nos llene el Señor del espíritu de. nuestro Santo Padre y nos dé fortaleza en esta revolución que tenemos en­cima. He pedido sobre todo al Divino Corazón que me conce­da la gracia de morir por su amor, de ser mártir, y espero firmemente que me lo ha de conceder.»

Era pasmosa la serenidad con que veía la muerte ajena. No por la rutina de la frecuencia ni por atrofia de sensibilidad. En la muerte veía el tránsito a mejor vida.

Quizá de esta presencia continua de la muerte sacara su desprecio por las cosas de la tierra, su poca ¡estima de la opinión mundana. Gozaba en exhibirse muerto al mundo. Cuando se autorizó a los Hermanos Coadjutores a. vestir ropa talar por la calle, se le tomaría por un cura ejemplarísimo si la indiscre­ción de unas berzas que asomaban en su atuendo clerical no le delatara por solícito comprador, lego de una comunidad. El marchaba bajo su manteo y teja con desgarbo de gañán y mo­destia de ángel, a predicar por las rúas el sermón silencioso de San Francisco.

No era solamente el orador mudo y eficaz del ejemplo. En las repeticiones de oración y conferencias mañaneras adoptaba ademanes de tribuno. Cuando era llamado a hablar, se ponía de pie,  trazaba sobre sí el signo de la Cruz amplio y enérgico, se cruzaba de brazos, cerraba los ojos y soltaba el chorro de sus piedades, poco ceñido al asunto, salpicado de citas de Santos Padres que él retenía de sus lecturas de Rivadeineyra, Nierem­berg, San Vicente… Su oratoria era fácil y burda, sin que fal­taran las expresiones felices. Era su pensamiento como esas tierras fecundas y vírgenes donde entre zarzas exuberantes apuntan flores vistosas y aromadas.

VI.- Mártir

Era un exaltado de la fe. Su anhelo de martirio había arrai­gado en él hacía años. Sin recatarse de darlo a entender, con aquella simplicidad con que los niños cuentan sus sueños, albergaba esta convicción en su alma. Somos muchos los que hemos oído esta afirmación de sus labios, en tiempos precisa­mente en que nada hacía presagiar los tristísimos acontecimientos de la revolución comunista en España:

¡Ya moriré mártir! ¡Ya lo verá usted!

Un día en que los Hermanos Coadjutores de la residencia de Madrid se hallaban reunidos con motivo de la instrucción semanal que reciben del Superior de la casa, antes de que éste acudiese, hablaban ellos entre sí del tema de la instrucción de aquella tarde, que versaba sobre el Bautismo de agua, de san­gre y de deseo, y, tomando la palabra con mucho énfasis, el protagonista de estos apuntes hizo un cálido elogio del supre­mo don del martirio, acabando con esta frase, que a unos hizo enmudecer y a otros sonreír:

—¡Yo seré mártir, y mis restos serán traídos a los pies del altar de la Milagrosa!

Así me lo ha contado el Hermano Santiago García, que fue testigo de aquella escena.

Otro día, invitado por el señor Superior (según es costum­bre entre los hijos de San Vicente) a declarar los pensamien­tos que había tenido durante la oración, como ésta hubiera versado acerca de la gloriosa muerte de Santiago, Misionero y Patrón de España, dijo sencillamente el Hermano:

—He pedido a Dios la gracia de morir corno Santiago, már­tir de su Evangelio.

Y añadió muy convencido:

—Creo que me la dará.

Esta convicción —escribe el P. Franco— creo que obedecía

a secreta inspiración de lo alto. Vaya, como prueba, esta con versación conmigo por los días en que fue denegada su petición para ir a la India. Doy fe de su veracidad, en el fondo, con mi palabra de sacerdote y mi juramento de cristiano. Me im­presionó aquel día y hoy se reproduce en mí con la plasticidad de una visión.

—Hermano Catalán, ¿ya no va usted a la India?

Así lo han dispuesto, pero yo he de ser mártir. —No sé en dónde —le objeté, para probar su convicción.

¡Qué, compadre! Si no salgo de España, en España.

—¡Oiga !, me alarmé; para que usted sea mártir aquí va­mos a andar todos de coronilla, o, mejor dicho, sin coronilla, los curas.

—Como sea, responde, marchando.

—Para eso tiene que armarse la de Dios es Cristo, y no va a quedar títere con cabeza.

Queda parado en el umbral. Parece que mi réplica le de­rribó los palos del sombrajo. Estamos en 1921 o 1922, no re­cuerdo con exactitud. Las convulsiones sociales se manifiestan en alguno que otro asesinato. Por entonces no se preocupan de los frailes. Nada hace prever la gran tragedia. El Hermano Catalán ha cerrado los ojos. ¿Mirando el presente sosegado? ¿Inconsciente, pero cierto del futuro? No lo sé. Su vacilación duró tiempo. Con ese ademán resuelto, con aquel ceño fruncido y aquella hosquedad en la mirada perdida que ponía él en los trances enérgicos, me replicó:

—Dios hará que sea mártir. El se arreglará.

Dios se arregló, conforme a los deseos del Hermano, para cumplir su vaticinio, catorce años después.

El pueblo estaba en armas. Autos erizados de fusiles im­ponían su terror por todo Madrid. Los milicianos, en patru­llas, piden documentación. Calles casi desiertas de peatones. Camionetas atestadas de puños en alto —amenaza y rencor— rasgan la soledad, como exhalaciones. Un pánico impresionan­te encierra las gentes en sus domicilios. Las voces broncas e imperativas de los aparatos de radio rugen órdenes de presenta­ción a las sindicales y proclaman victorias del Gobierno en todas las provincias. Angustias y zozobras oprimen los cora­zones. Rostros espantados atisban desde las ventanas. El miedo es dueño de la ciudad. Hay rumores de crímenes perpetrados en las personas católicas, de templos abrasados, de registros domiciliarios, de detenciones.

El día 20 se susurraba que dos Hermanos de Hortaleza ha­bían sido asesinados. ¿Quiénes? ¿Cuál sería la suerte de los demás compañeros?

Después de la comida, los Hermanos Coadjutores de nues­tra casa comentaban el suceso. Los garfios de estas interroga­ciones atarazaban las gargantas. Alguien apuntó en broma:

—Hermano Catalán, usted quería ser mártir. Ahora se le brinda ocasión. En Hortaleza reparten leña.

—¡Qué, compadre! Voy al Superior.

Fue al encuentro del P. Ibáñez, y se hinojó ante él con violento rodillazo:

—Vengo a pedir su bendición, para ir a ver qué ha pasado en Hortaleza.

Dos almas decididas dialogan. El pastor que aguarda en su aprisco el asalto de los lobos y el mastín, dócil y fiero, que se ofrece a ir a los cubiles en busca de las ovejas desperdigadas. El sacerdote trazó sobre el lego la cruz, inmolación y premio, arma de soldado y laureada de héroe.

Con, ese refuerzo se irguió el Hermano Catalán. Se vistió una blusa a rayas, empuñó un palo nudoso. Quizá recordara sus años mozos de arriero y viera, a par de él, la sombra de su pa­dre por las calzadas de Aragón y se juzgara suficientemente disfrazado. De esta guisa se presentó en la recreación de sus compañeros. La alegría inundaba su faz:

—Me voy a Hortaleza.

Todos quedan estupefactos de su osadía. No les da tiempo a responderle. Ha notado su extrañeza, présaga de desgracias, y ataja los pensamientos y los vocablos:

—Si tardo en volver, no me lloren. Canten un Tedeum. ¡Qué, compadre!

Todavía no ha vuelto. Mientras él nos espera a su lado, po demos gritar: ¡Viva la muerte!, al contemplar la suya. Me la refirió un testigo ocular, que en el momento de ver la crueldad de sus verdugos, se juró, indignado y corajudo, delatarle, y lo ha cumplido.

Serían las tres de la tarde. A la puerta del convento de La Sagrada Familia de Hortaleza se apiña medio pueblo. Es­tán saqueando la despensa de las monjas. Las caras se arreba­tan por el calor de la hora y de la ira. Frente a todos, un hom­bre con blusa de rayas azules en postura estatuaria y marcial.

A sus pies, el báculo de caminante. ¿Para qué le sirve ya en sus manos, si va a emprender un viaje de altura? Sus dedos, juntos en plegaria, indican la orientación de la ruta de su espíritu. Sus ojos bajos, casi cerrados, quieren acostumbrarse a las sombras inminentes y profundas. Densa palidez albea sus facciones, presintiendo el tremendo sacrificio de la carne.

Los espectadores se dividen en bandos. Unos exigen la in­mediata ejecución; otros disienten. La disputa no es sobre su vida, sino sobre el lugar de su muerte. El hombre de la blusa lo escucha todo, impasible, sereno, con las manos apretadas en oración, como atadas por invisible laza para su holocausto.

El Quico, entre blasfemias, corta la discusión e increpa, contrariado:

—Este tío me compromete.

Luego impera a su víctima:

—Tira p’alante.

Le obedece como un autómata. Siguen sus manos unidas. Echa a andar en dirección a Madrid. Da tres o cuatro pasos y suena un estampido. Cae a plomo, desbruzado. Sólo entonces se abren sus manos para recoger la palma del mártir. La bala perforó su cráneo por la parte posterior derecha, y se escapó por la frente. El público le contempla enmudecido. Alguna im­precación sañuda se ceba en aquellos oídos sordos. Los más se retiran, no arrepentidos, disgustados porque ya se vertió san­gre en su término municipal. El cadáver queda tendido en la cuneta, a pleno sol, más de dos horas. Loreto, nuestro fiel y antiguo panadero, guiado por los rumores de que hay un fraile besugo, pasa tímidamente ante él, mira de soslayo y reconoce en el hombre de la blusa al Hermano Catalán.

El mismo criado le daba sepultura en el rincón izquierdo del cementerio, tres días después de haberse corrompido en el depósito.

El Hermano Catalán consumó su propia profecía con el aire militar viril y piadoso con que había vivido.

Creemos sinceramente haber prestado un servicio al Her­mano Catalán y a los lectores con las copias que anteceden.

¿Verdad que resultan por extremo interesantes estos apuntes biográficos y de martirologio?

¿Habrían hablado y obrado de modo distinto a como ha­bló y obró el Hermano Catalán los santos ya canonizados?

Esperamos confiadamente que tal gloria le será dada a este a quien los que le conocimos le canonizábamos en vida y aho­ra llamamos santo a boca llena.

Sus restos gloriosos no han sido exhumados porque encima de su cadáver hay, por lo menos, veinte otros sin identificar.

Aquí podíamos poner punto final; pero, por tratarse de un posible canonizando, precisamente, hemos de ser más cuida­dosos en puntualizar y detallar cuanto a él se refiera.

Vayan, pues, unas enmiendas relativas al día de su mar­tirio:

Repetidamente se ha afirmado que la fecha de la muerte del Hermano Catalán fue el día 20 de julio. Disentimos en un todo de esta opinión. ¿Razones?

1.ª Cuando él salió de Madrid para Hortaleza, hacía algún tiempo quizá días—que aquí no sabíamos nada de los de allá. Ahora bien; el Hermano encargado de hacer los viajes con la camioneta para traer víveres de Hortaleza, estuvo allí el 19 por la mañana. Por cierto que tuvo dificultades en la ida y en la vuelta, pues le pidieron documentación varias ve­ces, y por ello no se atrevió a hacer el viaje de mediodía.

2.a El Hermano Catalán empleó una tarde en averiguar lo que pasaba por las calles de Madrid. No pudo ser la tarde del 18, porque ese día todavía se veían sotanas por Madrid, aun­que pocas, y el Hermano fue enviado en plan de obrero y más bien de pobre viejo, que ni ve ni oye ni entiende. Por cierto que en dicho paseo de vigilancia le ocurrió este incidente curio­so: un miliciano, de los fusil al hombro, le ayudó a pasar la acera en cierta ocasión, diciéndole: «Venga por acá, abuelo; que por ahí hay mucho tomate». Como disfraz único posible en horas de máxima gravedad y peligro.

3.a En la tarde del 19, fue el Hermano al Cerro de los Angeles y con sotana. Nótese bien esta circunstancio, para apreciar mejor la fuerza de la razón anterior.

4.a Escribe el P. Muruzábal: «Amaneció el día 20 de julio; yo celebré el Santo Sacrificio en la capilla del Noviciado. La Misa la oyeron los Hermanos Gelabert y Armendáriz. Este, apenas terminada, se salió por la puerta baja de la huerta… Al llegar donde le habían detenido la primera vez, le manda­ron bajar del coche y le presentaron de nuevo al Comité. Al entrar, quedó sorprendido al ver a los Hermanos Trachiner y Cecilia…» Es, pues, de suponer que el rumor de que habían matado, a estos Hermanos no llegaría a Madrid en la mañana del día 20, ya que en Hortaleza ignoraban a esas horas que estuvieran detenidos ni que había salido de casa, incluso; lo cual no es de extrañar, porque se marcharon saltando la tapia y cerca ya del mediodía.

5.a La Comunidad de Hortaleza no fue echada de su casa y detenida hasta la tarde del 20, y, al amanecer del 21 es cuando la condujeron a la Dirección de Seguridad. Contribuyó no poco a que el Hermano Catalán marchara a Hortaleza en bus­ca de noticias ciertas, el aviso enigmático, que, por teléfono, dio uno de los criados, de que algo muy grave había pasado a aquella Comunidad.

6.ª Hay quien opina que no murió antes del 22.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *