Susana Guillemin: Roma en Concilio

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .

Publicado en Eco 1963, 812


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Lo que en ella se descubre

En las últimas semanas he podido ver muchas cosas grandes, porque vuelvo de Roma: de Roma, que no es en estos momentos la de siempre, sino de Roma en Concilio; de Roma, en donde se encuentran reunidos los Obipos del mundo entero; que, por el hecho de esta presencia y del trabajo que resulta de la misma, se halla bajo el influjo especial del Espíritu Santo; de Roma, donde se están elaborando cosas magníficas, que apenas vemos ahora dibujarse, pero que se nos irán revelando poco a poco en los años sucesivos, a través de las directrices de nuestros Obispos y por una corriente de pensamientos que se nos comunicarán también. Criterios y directrices que tenderán a llevar a cabo una renovación en la Iglesia de Dios, es decir, en cada una de las almas y en cada uno de los grupos y estructuras que la componen. Porque la Iglesia de Dios no es otra cosa que nosotros mismos reunidos bajo las órdenes de nuestros jefes legítimos.

Tenemos, por tanto, que estar, y de hecho lo estamos, en Concilio con la Iglesia.

¿Cómo he visto a Roma en Concilio? Primero, la he visto en la persona de Nuestro Muy Honorable Padre, cuya ausencia tanto se deja sentir en nuestra Casa, sobre todo durante las fiestas de la Comunidad. Nuestra Novena tradicional a la Inmaculada se ha visto privada de las personalidades que tanto realce le dan: Su Eminencia el Cardenal Feltin, Su Excelencia Monseñor Brot…

Todos estaban allá, entregados al trabajo y a la oración. Pues bien, en Roma he visto a Nuestro Muy Honorable Padre, gozando en ese ambiente de Iglesia en el que su alma tan dada al recogimiento y a la oración debe de encontrarse como en su elemento. Gozando, y mucho, entre sus hijos Obispos, porque la Congregación de la Misión está representada en el Concilio por su Superior General y por 26 Obispos, todos misioneros. El 27 de noviembre se han reunido todos en tomo al sucesor de San Vicente, que sigue siendo su padre espiritual, en una comida de familia, sin duda única en los anales de la Congregación.

¡Qué alegría y qué gracia ha representado para mí recibir la bendición de casi todos estos hijos de San Vicente y oír de sus labios noticias de nuestras Hermanas de sus Diócesis y Misiones! ¡Qué emoción también al. ver ratificada por un insignificante hecho providencial la unión entre nuestras dos familias! Una mañana conseguí el favor (el nombre de Santa Marta es el mejor salvoconducto) de penetrar hasta la tumba de San Pedro, en donde deseaba mucho oír la Santa Misa, y resultó que fue Monseñor Tobar, Obispo de la Congregación en la India, el que celebró el Santo Sacrificio.

Roma en Concilio nos ofrece, pues, la alegría comunitaria de sentir allí presente y operante a la familia de nuestro Santo Fundador. Pero no es esto todo.

Roma en Concilio se manifiesta, en primer lugar, por un aspecto exterior especial. Por todas partes se encuentran Obispos, grupos de Obispos. A veces un grupo de sacerdotes con dulleta negra puede llamar a engaño; pero si amablemente se quitan el sombrero para contestar al saludo, entonces aparecen los solideos morados que descubren, junto con la dignidad de su propietario, la humilde discreción de nuestros Obispos modernos. Obispos de todas las razas, de todos los colores, de todas las lenguas: queda uno sobrecogido por el sentimiento de la universalidad de la Iglesia. Uno de los grandes puntos de atracción es la entrada de los Padres Conciliares en San Pedro para las Congregaciones generales. Entre las ocho y media y las nueve van llegando por grupos, a pie los que se alojan cerca y en autocares enteros los que están más alejados. Se ha organizado una «recogida» que facilita no sólo el transporte, sino también los cambios de impresiones entre los Padres del Concilio. Se ha constituido una guardia muy severa en torno a San Pedro y hay barreras que contienen a la muchedumbre de los curiosos admirativos que contemplan el asalto de las oleadas moradas que se van sucediendo al ritmo de la llegada de los coches.

Si, acabadas las sesiones generales, se logra penetrar en el interior de la Basílica, queda uno dominado por una impresión de grandeza y majestad. No sólo contribuyen a ello las proporciones grandiosas del aula conciliar, síno tanto o más el espíritu que se revela en la ordenación de todas las cosas: largas tribunas, a la cabeza de las cuales se agrupan los sillones rojos de los cardenales; la mesa de la presidencia, en la que se sienta la Comisión Central y que se encuentra dominada por el trono del Santo Padre. A la izquierda y en su lugar habitual, la estatua de San Pedro revestida con los ornamentos del Supremo Pontificado. Es impresionante la presencia de Cristo, al frente de su Iglesia, en las personas de su primer y de su actual representante en la tierra.

Sí, Roma en Concilio es, sin duda ese aspecto exterior que llama la atención de todo el mundo. Pero es también un anzbiente especial de trabajo. El trabajo es intenso. Cinco Congregaciones generales a la semana, que ocupan ampliamente las horas antes de mediodía. Y entre tanto, se va desarrollando un trabajo de clasificación, de redacción y preparación en las diversas Comisiones. Esto constituye el trabajo oficial del Concilio. Pero al mismo tiempo, también se va efectuando otro trabajo casi tan importante, aunque privado. Nuestros Obispos se reúnen entre ellos para tratar cuestiones particulares: por ejemplo, problemas en torno a la infancia, al apostolado en ambiente obrero, etc. A esas reuniones asisten teólogos y especialistas que sirven de asesores, y así, al margen del Concilio, vive y se desarrolla toda una organización de investigación y pensamiento, que no se había previsto al principio.

No conocemos el detalle de todo ese trabajo; pero tenemos una idea lo bastante clara del mismo por los diferentes informes que se han publicado, para que, de paso, nos detengamos a admirar los caminos del Señor que se sirve de todos los hombres para llevar a cabo su obra y hacer progresar a su Iglesia. Es fácil observar, a la luz de las discusiones, que existen grupos muy partidarios de una doctrina clásica y de espíritu tradicionalista, que quisieran mantener por principio, cierto statu quo en todos los órdenes, y otros grupos o personalidades que, por temperamento o por impulso de la gracia, se inclinan a revisar y a innovar. En esto se revela la riqueza de la Iglesia y la multiplicidad de los dones del Espíritu Santo. La influencia y contrapeso de un grupo sobre el otro, las luces de unos que alumbran y hacen progresar a la masa que los sustenta, sostiene y modera… la sabiduría del Papa que mantiene a todos y cada uno en la recta doctrina… todo ello es una viva manifestación de la gracia de Dios en su Iglesia. Es también una gran lección para nosotras que vivimos en Comunidad. Es cierto que, lo mismo que en la gran Comunidad de la Iglesia, Dios actua en la pequeña Comunidad (por extensa que sea en el mundo) de nuestra Compañía. Habla a cada alma, no por medio de revelaciones místicas, sino dándole luces particulares para el bien de todo el conjunto. Y es el intercambio de esas luces, bajo la dirección de los Superiores, lo que conserva y renueva el espíritu. Así es como se realizan las aportaciones de cada una a la Comunidad y las aportaciones de la Comunidad a cada una

Roma en Concilio es todo ese trabajo exterior que el mundo ve. Pero el trabajo interior que se está iniciando no puede captarse de un solo golpe de vista. Hace falta una observación y tma reflexión más profunda y documentada. Un. sacerdote encontrado al azar y que ha trabajado detenidamente con los Padres Conciliares, me ha ayudado a descubrir mejor la acción profunda del Concilio.

«El Concilio, decía, es un magno acontecimiento en el mundo actual. Será, sin duda, el acontecimiento más grande de este siglo. El trabajo de ideas llevado a cabo y las decisiones tomadas, no tendrán sólo repercusiones en la vida interior de la Iglesia, sino en toda la vida social y en las ideologías que rigen el mundo. Están dándose en el Concilio hechos nuevos y reveladores de un espíritu nuevo.»

Y citaba como ejemplo dos de esos hechos:

«En primer lugar, la forma como se ha tratado en el Concilio a los observadores de las Iglesias separadas. Su admisión ha sido un gesto muy hermoso de liberalidad por parte del Santo Padre, que les ha dicho: <Venid y ved>. Y han venido, aunque no todos, pero en número bastante considerable. Han venido y están viendo. Y han quedado muy impresionados por la acogida que se les ha hecho. Están admirados de que se les admita a oír las discusiones, y hasta se les ha permitido examinar los documentos sin más condición que la de guardar secreto. La confianza que se les ha demostrado y el clima de lealtad y verdad en que se desarrolla el trabajo de la Iglesia romana, les ha impresionado muy favorablemente. Y tal vez sea esto motivo de acercamiento con algunas Iglesias.»

Es una gran lección para nosotras: no tendremos nunca que participar en un Concilio ni que dirigir trabajos de tal magnitud…, pero todas, como cristianas y como Hijas de la Caridad, tenemos que dar a conocer nuestra Fe a los que nos rodean y que, muchas veces, a pesar de dárselas de cristianos, no creen. Recordemos que una de las condiciones esenciales para transmitir la Fe es un clima de verdad. Una vida edificante, si fuera simplemente simulada, no sería generatriz de Fe. Es preciso que los que conviven con nosotras puedan tener la certeza de que todas nuestras palabras, actitudes y maneras de ser son verdaderas. Sólo a través de este clima de verdad podrá nuestro prójimo acercarse a Dios a quien queremos darle a conocer.

Es algo muy nuevo en la Iglesia de Dios esa actitud hacia los herejes y los cismáticos. En general, todos los Concilios anteriores se han celebrado para condenarlos. Y ahora el Santo Padre ha juzgado que no era esa la postura que se había de adoptar, y que la justicia, la caridad y la lealtad actuarían más favorablemente en los espíritus que los anatemas. Regocijémonos de vivir en esta época.

Otro hecho, índice también de tiempos nuevos, que ha impresionado a nuestros hermanos separados, ha sido el método de trabajo y la actitud adoptada por el Santo Padre. La idea del Concilio no ha sido (al menos no lo creo) una revelación del cielo, pero sí una inspiración del Espíritu Santo, es decir, una clara visión dada a su inteligencia, sometida al Señor por su piedad y su deseo de la verdad y de cumplir bien su cargo. Ha tenido, pues, la inspiración del Concilio, este Concilio ha partido de él. Pero ahora, se contenta con presidirlo y orientarlo; ha entregado los mandos, la dirección de las discusiones y la elaboración de los planes de trabajo en manos de los obispos. Al frente de cada comisión, hay un cardenal o un especialista. Cada día, un Cardenal distinto, con la comisión Central nombrada, toma la dirección de las discusiones; los Obispos presentan los informes y, por mayoría de votos, deciden. El Santo Padre sanciona con su autoridad esa mayoría absoluta.

No es un abandono de los propios derechos, sino una manera especial de ejercer la autoridad, la que deja amplitud para que las opiniones se expresen libremente, la que tolera la discusión y, más aún, reconoce el lugar del Episcopado en la Iglesia. En realidad son los Obispos los que hacen el Concilio, sancionados por la autoridad del Papa.

Reunidos en la oración y el trabajó, nuestros Obispos están descubriendo la verdadera dimensión del Episcopado en el mundo. Están valorando su poder espiritual y tambíén las posibilidades de pensamiento y de investigación que representa este trabajo de conjunto.

Al terminar esta conversación, pregunté: ¿Cuánto va a durar el Concilio? El sacerdote me contestó: «No terminará nunca…». Habrá,sin duda, en un momento dado, una ceremonia de clausura… Pero como se ha descubierto un método nuevo de trabajo, una nueva manera de pensar y de reflexionar en común, es muy probable que la Iglesia continúe en estado de trabajo, que no sea obstáculo el que el Concilio se dé por terminado, para continuar trabajando, buscando lo mejor para responder a las circunstancias siempre nuevas y mudables en que vive…

Esta observación puede ser una orientación para nuestra vida personal y para la vida de Comunidad. También nosotras tenemos que estar en trabajo; no podemos imaginamos que un día habremos terminado nuestra formación, que habremos llegado a la perfección y podremos declararnos satisfechas de nosotras mismas. Siempre estaremos en marcha. En marcha hacia Aquél que es la única Perfección: Dios. Sólo cuando estemos unidas a Dios, penetradas por El, habremos alcanzado la perfección a que aspiramos. Tengamos presente este pensamiento: que debemos permanecer en estado de trabajo, trabajo sobre nosotras mismas, sín desalentarnos si nos damos cuenta de que no hemos llegado todavía a esa perfección que quisiéramos alcanzar.

Lo que Dios nos pide no es que hayamos llegado ya, sino que nos pongamos en camino. Nos pide que sigamos caminando y no nos demos nunca por contentas. Nos pide que no nos desalentemos por las deficiencias que encontremos en nosotras mismas ni en los demás, ni siquiera por las que pudiéramos encontrar en la Comunidad o en la Casa en que estamos destinadas; desde el momento en que estamos en marcha, estamos en lo cierto, vamos por buen camino. Lo que Dios espera de nosotras no es que Le poseamos aquí en la tierra sólo El puede darse, sino que Le busquemos.

Tomemos juntas la resolución de no detenernos nunca en nuestro caminar hacia Dios, de fomentar el esfuerzo. Sin cejar en él, no ya individualmente, sino todas a una, porque el Señor nos ha reunido a todas en esta Compañía a la que tanto amamos y por la que hemos de seguir pídiendo todos los días de nuestra vida.

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