Reunidas para vivir en un designio común

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1982 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1982.
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Hemos tomado conciencia de la «continuidad» que existe entre las Cofradías de la Caridad y la Compañía de las Hijas de la Caridad. Así nos será más fácil —y de todas formas, es todavía más necesario y más importante— captar en su misma fuente el «designio común» con miras al cual el Señor ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad. Al emplear esta expresión ya el 31 de julio de 1634 —y sin duda lo haría también en las dos conferencias anteriores que no han llegado hasta nosotros—, San Vicente ponía inmediatamente de relieve la originalidad, lo específico de la Compañía, tal y como Dios la había querido. En adelante, los Funda­dores no dejarán de insistir, a tiempo y a destiempo, en este punto fundamental: el Señor es el autor de la Compañía y nuestra única preocupa­ción ha de ser la de coincidir lo más exactamente posible y cada vez más, con su designio.

Al final de su vida, el 14 de febrero de 1659, San Vicente diría a sus Misioneros, a propósito del espíritu y de las máximas evangélicas que han de ser la norma de su vida, estas palabras extraordinarias que cua­dran igualmente a las Hijas de la Caridad:

«Hemos de esperar de la bondad de Dios, de las disposiciones que al presente tienen ustedes y de la gracia de la Compañía que ha hecho de estas reglas como un resumen del Evangelio adaptado al uso que más nos corresponde a nosotros hacer de él para unirnos a Jesucristo y entrar en sus designios, que El nos otorgará la gracia de llevar cada una de estas máximas y cada una de estas reglas hasta el último grado de la per­fección.

«Se trata de formar una Compañía animada por el Espíritu de Dios y que se conserve en las operaciones de ese Espíritu. ¡Bendito sea Dios que ha echado sus fundamentos y les ha escogido a ustedes para tal efecto! ¡Bendito sea su santo Nombre por haberles dado las disposiciones necesarias! Ello se desprende de que han dejado ustedes el mundo y han hecho los votos para dedicarse más a la santa imitación de Nuestro Señor.

«Estamos, pues, por su misericordia, dispuestos y comprometidos a practicar sus máximas, si no son contrarias al Instituto. Llenemos de ellas nuestro espíritu, llenemos nuestro corazón del amor que contienen y viva­mos según ellas. Roguemos a los apóstoles que tanto las amaron y tan exactamente las guardaron; roguemos a la Santísima Virgen que, mejor que nadie, penetró hasta su médula y enseñó su práctica; roguemos, por último, u Nuestro Señor que las estableció, que nos conceda la gracia de ser fieles en practicarlas, a lo que nos excitaremos por la consideración de las virtudes y los ejemplos de ellos. Hay motivo para esperar que, vién­donos encaminados a vivir según esas máximas, nos sean favorables en el tiempo y en la eternidad» (Coste, XII, 129).

Lo «esencial», lo hemos dicho muchas veces, para las Hijas de la Caridad se expresa en la «entrega total para el servicio de los pobres». Quizá siendo menos esclavos de la «letra» y más fieles al espíritu de los Fundadores, deberíamos decir: «la entrega total al Señor en el servicio a los Pobres»… Esta fórmula expresaría mejor la originalidad de la vocación y la fuerte unidad de vida que de ella se desprende. Se hace entonces evi­dente —según una expresión que las Constituciones de 1969 habían tomado del Concilio Vaticano II— que no sólo «la acción apostólica y benéfica per­tenece a la naturaleza misma de su vida consagrada» de Hijas de la Caridad, sino que «el ejercicio de ,su apostolado es la expresión de su con­sagración al Señor (n. 68). Es la forma que ellas tienen de «hacer pro­fesión», como tan bella y vigorosamente lo decían las Reglas particulares de las Hermanas de las Parroquias (art. 2), después del célebre párrafo «no teniendo ordinariamente por monasterio más que las casas de los enfermos…», etc., que el P. Almeras trasladó a las Reglas Comunes aun­que, desgraciadamente, sin ese final que le da toda su fuerza y su pleno sentido.

Sí, San Vicente tenía razón en añadir:

«Por todas estas consideraciones, deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa.»

Una «entrega total» así vivida es terriblemente exigente, y si es cierto que —volviendo a tomar una expresión de las Constituciones— el servicio a los pobres con un amor humilde y sencillo es el «medio privilegiado», para las Hijas de la Caridad, de su encuentro con el Señor, también lo es que no podrá ser así, en verdad, más que si la vida toda está pola­rizada por Cristo, «Manantial y Modelo de toda Caridad».

«Las Hijas de la Caridad, fieles a su bautismo y en respuesta a un llamamiento divino, se consagran por entero y en comunidad al servicio de Cristo en los pobres, sus hermanos, con un espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad» (C. 1. 4).

Esta fórmula lo dice todo en su rigurosa unidad, pero cada una de sus palabras debe pesarse con todo lo que representa en nuestra vida:

«La única cosa necesaria es pensar a menudo en el fin para el que la Compañía ha sido instituida y en la intención con la que cada una de vosotras ha venido a ella», decía San Vicente el 18 de octubre de 1655 a] emprender la explicación de las Reglas Comunes (C. X, 123).

Esto será lo que no habremos de perder de vista mientras que, para captar bien lo específico de la Compañía en relación con las Cofradías de la Caridad, vamos a volver a situarnos en los tres niveles que ya con­sideramos al hablar de la continuidad: su finalidad, su estatuto en la Igle­sia, su espíritu y estilo de vida.

I. Finalidad

Queda definida en el primer artículo de las Reglas Comunes. Es inte­resante comparar la redacción del P. Almeras con la de 1655:

«El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como Manantial y Modelo de toda Caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, ya sean enfermos:, niños, encarcelados u otros cualesquiera que por rubor no se atrevan a manifestar sus necesidades.»

«Pensarán a menudo que el fin principal para el que Dios las ha lla­mado y reunido es para honrar a Nuestro Señor, su Patrono, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, va como niño, va como necesitado, ya como enfermo, ya como encarcelado.»

Ambos textos puntualizan de inmediato que la «santidad» de las Hijas de la Caridad está completamente ordenada a este fin, orientada e infor­mada por él, y, de manera especial, que las reglas que van a continuación han sido concebidas a tal efecto:

«Por tanto, para que puedan corresponder dignamente a tan santa vocación e imitar un modelo tan perfecto, procurarán vivir santamente y trabajar con mucho cuidado en adquirir su propia perfección, uniendo los ejercicios interiores de la vida espiritual a los empleos exteriores de la caridad cristiana, que ejercitarán con los pobres, conforme a las Re­glas siguientes que procurarán practicar con fidelidad, como los medios más a propósito para conseguir este fin.»

«Y para ser dignas de tan santo empleo y de un Patrono tan perfecto deben tratar de vivir santamente y trabajar con cuidado en su propia per­fección y, para ello, harán lo posible por practicar bien los siguientes re­glamentos que son otros tantos medios para conseguirlo.»

Así pues, como tantas veces lo hemos recordado, para las Hijas de la Caridad, Cristo es inseparable de los Pobres, de la misma manera que los pobres son inseparables de Cristo. Pero, dentro de la línea de su bautismo que viven así «por un título nuevo y especial», y poniendo en ello un acento de radicalidad, han de aspirar a una intimidad tan pro­funda como posible sea con el Señor, el «Pobre de los pobres», como decía el Reglamento de Angers, y a una identificación con El lo más completa que les sea dado.

De todas formas —y los Fundadores han insistido en ello— ¿dónde podrían estar más cercanas a sus hermanos, más cercanas a los pobres que en el Corazón de Cristo? Y ¿qué significaría su «servicio» si no fuera esencialmente misionero, es decir, si por encima de todo no tendiera a encontrar a Cristo en la vida de los pobres, «donde su gracia no cesa de actuar para santificarlos y salvarlos»? ¿Si no tendiera por encima de todo a anunciarles y revelarles a Jesucristo?

En toda entrega total a Dios, en toda «vida consagrada» en el sentido amplio de la palabra, encontramos cierto número de exigencias funda­mentales y análogas. Pero los valores evangélicos que polarizan esa entrega total se viven en ella de maneras diversas, según un «espíritu» primitivo y original, que la Iglesia reconoce y autentifica.

2. Primacía del servicio

A las Reglas Particulares de las Hermanas de las Parroquias, San Vi­cente aÑadió un, a modo de compendio, de las Reglas Comunes, cuyo ar­tículo primero decía:

«Preferir el servicio de los pobres enfermos a cualquier otro ejercicio corporal o espiritual, y no hacer escrúpulo de adelantar o diferir todo por esto, con tal de que sea la necesidad urgente de los enfermos y no la pereza o disipación exterior la que les haga obrar así».

A menos de desnaturalizar el pensamiento del Fundador, no se puede comprender esta primacía otorgada a la Misión y Al Servicio si no es viéndolas como una participación en la misma acción divina, a la que han de unirse cada vez más y aplicarse a coincidir con ella, por decirlos así, cada vez mejor.

Como acabamos de decirlo, en toda «entrega total», hay una «convi­vencia de amistad con el Señor, tan profunda y tan íntima como posible sea alcanzarlo en la tierra, convivencia regida por aquello que se está lla­mado a vivir con El y por El; ahora bien, lo que las Hijas de la Caridad están llamadas a vivir esencialmente con Jesucristo, es su amor a los pobres: precisamente, se entregan totalmente a El para contemplarle y servirle en los pobres, en los que Le encuentran:

«Tenéis que saber, Hermanas, que Nuestro Señor ha querido experimentar en su propia persona todas las miserias imaginables. El texto de la Escritura es que ha querido servir de escándalo a los Judíos y ser lo­cura para los gentiles; con ello quiere mostraros que podéis servirle en todos los pobres afligidos. Por eso ha querido entrar en ese estado, para santificarlo como todos los demás. Tenéis que saber que El está presente en esos pobres desprovistos de razón, como lo está en cualquiera otros. Y con esa creencia es como debéis prestarles servicio; y cuando vais a verlos, regocijaron y deciros en vuestro interior: Voy a ver a esos pobres para honrar en ellos a la persona de Nuestro Señor; me voy a ver en ellos a la Sabiduría encarnada de Dios, que ha querido pasar por tal estado, sin serlo.

«Ahora bien, hijas mías, hasta el presente vuestros fines han sido hacer lo que acabamos de decir (San Vicente acaba de hablar de los enfermos, de los niños expósitos, de los forzados, de los dementes). No sabemos si llegaréis a vivir para ver cómo Dios da nuevos empleos a la Compañía. Pero lo que sí sabemos es que si vivís de conformidad con el fin que Nues­tro Señor pide de vosotras, si cumplís como es debido vuestras obligacio­nes, tanto en el servicio de los pobres como en la observancia de vues­tras reglas, si obráis bien, como espero que vais a empezar a hacerlo, ¡ah!, entonces Dios bendecirá cada vez más vuestros ejercicios y os conser­vará. Pero tenéis que serle fieles para haceros dignas de esto (Conf. del 18 de octubre de 1655, C. X, 125).

Precisamente para excitarlas a esa «fidelidad», las Constituciones (1.5), ponen ante los ojos de las Hijas de la Caridad a Jesucristo vuelto por completo hacia el Padre, Adorador del Padre, y por lo mismo, Servidor de su designio de Amor y Evangelizador de los Pobres.

Hemos visto cómo, desde el principio, las Hermanas trabajaron a las órdenes de las Damas para servir, como ellas y con ellas a Jesucristo en los pobres, pero tornaron el puesto de los criados y criadas con tal espíritu, se entregaron enteramente al Señor.

De aquellas primeras Hermanas, Madre Rogé ha podido decir: «Se nos presentan como empapadas, embebidas, en el amor de Dios y en el amor de los pobres. No es que estén exentas de deficiencias y debilidades. Pero presentan los mismos rasgos característicos en su fisonomía espiritual, esos rasgos que van a configurar la silueta de la Hija de la Caridad:

Están centradas en lo esencial de la Fe, unidas a ella por convicciones fervientes: pertenecen a Dios para servirles en los pobres.

Tratan de vivir en un desposeimiento radical, humildemente, si­guiendo el ejemplo de San Vicente y de Santa Luisa.

Son «libres», con una profunda libertad interior que las une sin cesar a Dios» (Ecos de la Compañía, julio-agosto 1981).

3. Jesús manda desde el pobre

El Cristo de San Vicente y de Santa Luisa, por decirlo así, es un Dios encarnado en la historia de los hombres y eminentemente implicado y activo en esa historia. Ellos se sintieron llamados a imitarle como a Mi­sionero del Padre. Y en esta misión de Cristo, dentro de ella, quisieron hacer una opción, tanto más dinámica y actual cuanto más concreta: el Misionero de los pobres, el Enviado a los pobres.

Como tal, bajo ese aspecto, es el «Patrono» de las Hijas de la Caridad, el Patrono, pero también «Patrón» que manda y al que se obedece, al que se es dócil y para el que se está disponible… por eso, precisamente, son los pobres «nuestros amos y señores»:

«Del Hijo de Dios aprenden las Hijas de la Caridad que no hay mi­seria alguna que puedan considerar como extraña a ellas. Cristo interpela continuamente a su Compañía por medio de sus hermanos que sufren, por los signos de los tiempos, por la Iglesia… Múltiples son las formas de po­breza, múltiples las formas de servicio, pero uno solo es el amor que Dios infunde en las que ha llamado y reunido» (C. 1, 8).

Así, «un mismo amor anima y dirige su contemplación y su servicio. Saben en la Fe que Dios las espera en los que padecen».

Las Constituciones insisten reiteradamente en esta «unidad de vida»: «Entregadas a Dios para el servicio de los pobres, las Hijas de la Caridad encuentran la unidad de su vida en esta finalidad».

Y ese mismo artículo (C. 2. 1), explica tal afirmación fundamental: «Reconocen en los que sufren, en los que se ven lesionados en su dig­nidad, en su salud, en sus derechos… a hijos de Dios, a hermanos y her­manas de los que son solidarias.

Según querían los Fundadores, los miran como a maestros que les predican con su sola presencia, y como a sus señores a los que deben amar con ternura y respetar mucho.

«Pero, sobre todo, los pobres les representan a Cristo, que ha dicho: Lo que hicisteis con uno de éstos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.

«El servicio de las Hijas de la Caridad es, al mismo tiempo que mi­rada de Fe, puesta en práctica del Amor del que Cristo es fuente y mo­delo. La imitación de Jesús Servidor es el fundamento que San Vicente y Santa Luisa les proponen para su vida de buenas cristianas.

En efecto, es cierto que para las Hijas de la Caridad «entrega total» y «servicio» son dos términos, o mejor, dos realidades inseparables y complementarias; sólo tienen sentido a través de su relación recíproca, y se mantienen en pie juntas, o se derrumban al mismo tiempo, como lo enseña la experiencia diaria.

Lo hemos repetido con frecuencia: para nosotros, como para la Igle­sia —y nosotros somos Iglesia— es cuestión de descentrarnos de noso­tros mismos y de centrarnos cada vez más en Cristo y, en El y por El, en la Misión, en el Servicio. En ello estriba la médula de la fidelidad:

Si la Iglesia se replegase en ella misma, sería infiel, porque su única razón de ser es continuar la misión de Jesús, para mostrar y hacer oír la voz de «Aquel que viene»; pero si la Iglesia se preocupara sólo de su aspecto exterior, de la imagen que da, sería igualmente infiel, porque debe entrar constantemente en comunión con su Señor para poder dar testimonio de El. Eso mismo nos ocurre a nosotros, porque hemos de dejar que Jesucristo prosiga en nosotras y a través de nosotros su pro­pia misión de Evangelizador de los Pobres.

De hecho, ¿qué puede significar «servir a Jesucristo en los pobres» —cuando El mismo ha dicho que ha venido para servir y no para ser servido— si no es entrar en su propia actitud de Servidor? Si Cristo es «glorificado» (sacado a plena luz) es al glorificar al Padre y por lo tanto, al realizar su designio de Amor que, concretamente, se traduce en que la «Buena Noticia sea anunciada a los Pobres». Nosotros nos ponemos, pues, a su disposición para que El pueda continuar, a través del tiempo y del espacio, esa misión evangelizadora, ese servicio de Amor.

«¡Ah!, ¡qué dicha!, ¡qué dicha, decía San Vicente a sus Misioneros el 15 de octubre de 1655, el hacer siempre y en todo la voluntad de Dios! ¿No es hacer lo que el Hijo de Dios vino a hacer a la tierra, como ya lo hemos dicho? El Hijo de Dios vino para evangelizar a los pobres. Y noso­tros, ¿no somos enviados para lo mismo? Sí, los Misioneros están enviados para evangelizar a los pobres. ¡Qué dicha hacer en este mundo lo mismo que Nuestro Señor hizo, es decir, enseñar el camino del Cielo a lo.s pobres!» (C. XI, 315).

Este texto nos permite captar a lo vivo la visión selectiva que tenía San Vicente de Cristo. Cristo no hace sino cumplir la voluntad del Padre o, dicho de otro modo, se hace el Servidor de su designio; esa voluntad del Padre es que lleve la Buena Noticia a los pobres. Entonces, nosotros nos hacemos servidores con Jesucristo cuando llevamos, con El, la Buena Noticia a los pobres. Esta es la señal por excelencia de su reino.

Esto nos explica de manera especial la insistencia de San Vicente en no separar la Encarnación de la Redención. En cierto modo, la idea queda todavía más clara en Santa Luisa que, modificando un poco, pero con toda intención, las palabras de San Pablo, da como divisa a sus hijas: «La ca­ridad de Jesús crucificado nos apremia». En el Misterio Pascual, Jesús se humilla, se hace «Servidor» al máximo, si está permitido expresarse así; en el Misterio Pascual aparece con toda claridad que las opciones de Cristo («Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique») son las del Ser­vidor, las del Amor humillado. La víspera de su pasión, nos dio la «clave» de su actitud poniéndose de rodillas ante los apóstoles para lavarles los pies y nos invitó a adoptar esa misma actitud: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo», «Ejemplo os he dado, para que hagáis lo mismo».

Pues a ese mismo Cristo, humillado y doliente, es al que vamos a en­contrar «en los más pequeños de sus hermanos».

Y no lo olvidemos: Es la Compañía en sí la que el Señor ha querido y la Iglesia ha reconocido como dedicada a esa participación en la Misión del Salvador. Nuestro «servicio» no adquiere todo su valor más que si actuamos como miembros de la Compañía y enviados por ella:

«Cada uno de los gestos de la Hija de la Caridad está verdaderamente al servicio de los pobres, porque la Compañía entera les está consagrada y ‘todo en ella ha sido concebido con tal fin» (C. 2. 17).

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