Capítulo V: La espiritualidad del sr. Pouget
Al trazar el retrato del sr. Pouget, tal como aparecía al visitante de la habitación 104, se me había olvidado hablar de su alma. Separación que resultaba imposible, ¿pues dónde encontrar tabiques en un hombre cuyo temperamento reproducía tan bien la unidad y la solidez de la naturaleza? Ya he dicho que en su conversación todo llevaba a todo, que el estudio de un texto del Evangelio le sumergía en el problema del radio, que una conversación familiar le devolvía a los lugares históricos mediante uno de esos «aletazos» que le gustaba descubrir en las cartas de san Pablo. Y sin embargo jamás se le hubiera ocurrido a nadie aplicarle este dicho de Fontaines sobre el sr. de Saci: «Todo le servía para pasar a Dios y para hacer pasar a los demás». Predicar aunque fuera dando un rodeo le era imposible. Por el contrario, no se molestaba si tenía que indicar de paso lo que le preocupaba. Luego se hablaba de otra cosa y reemprendía su marcha.
Las virtudes son a menudo una segunda naturaleza añadida a la primera naturaleza y a la que no se han incorporado todavía del todo, bien por falta de tiempo, bien por resistencia del fondo, también porque no hemos sabido respetar bien lo que había de nuevo en el natural. El sr. Pouget había tratado a su naturaleza como trataba a la de los demás: con respeto. De ahí su libertad en la apreciación de los métodos autorizados, de las ideas comunes y tradicionales. Si uno se extrañaba o si él mismo se extrañaba de su independencia: «Después de todo, solía decir, yo dependo directamente de Dios. Es él quien me juzgará».
No era lo suyo en manera alguna albergar un espíritu de protesta, ni siquiera de innovación. Perfecto religioso en el interior y en el exterior hasta el punto de asombrar a los que le veían vivir. El sr. Pouget conservaba una noble libertad frente a todos y compraba su independencia al precio de una constante dependencia de servicio y de caridad.
Querríamos saber cuáles eran sus ejercicios de costumbre, cómo conversaba acerca de los altos pensamientos espirituales. Querríamos las fuentes de donde extraía ese coraje tranquilo, ese contento perpetuo en su noche. Lo que yo siempre he pensado de esta vida es que era extremadamente sencilla, tan simple que se habría sentido muy molesto en definirla, y que no se le habría ocurrido nunca la idea de una vida interior separada de la otra. Los estudios están hechos de suerte que las materias se dividen en tratados y, por repercusión, llevamos estas divisiones a nuestras vidas. Muchos sabios cristianos han tenido por así decirlo dos existencias separadas: aunque se hubiera colocado un pasillo entre el laboratorio y el oratorio, aunque el paso fuera fácil y continuo, había que franquear un umbral. Para el sr. Pouget no existía la dificultad de este paso. No es porque él fuera recogido por naturaleza. Y, si yo no tuviera miedo a escandalizar, diría que, si pasaba con tanta alegría de sus ocupaciones en apariencia profanas a la ocupación sagrada, es porque no era recogido por naturaleza; el más atento por el más distraído, siempre distraído del pensamiento de Dios por el espectáculo de lo histórico, de lo concreto, de lo mensurable.
Un día en el que se le había visto muy absorto durante la misa, y en que se había detenido medio minuto en recitar el Pater, un ayudante que quería edificarse se atrevió a preguntarle: «Señor Pouget, estabais todo abstraído en Dios». Entonces se turbó y respondió como sintiéndose culpable: «¿Qué dice, pobrecito? Un rayo de sol caía sobre la patena. Me sorprendí calculando el ángulo de reflexión». Para completar el cuadro habría que añadir sin duda que en el laboratorio de física también se solía distraer de pronto con un pensamiento referente a Cristo. Lo uno compensaba lo otro. Nuestras distracciones nos retratan. Las del sr. Pouget no eran del género común
De la misma forma, no poseía el método de un asceta. Se dirigía a cuanto llamaba su curiosidad de campesino, la cual no es nunca, según una ocurrencia de Balzac, más que la observación de las cosas físicas llevada al extremo. Por una pendiente inversa a la de la pereza, se sentía atraído hacia lo que exige mayor atención. El esfuerzo era un alimento del que no sabría prescindir.
Si fuéramos a hablar de sus devociones según un orden, habría que decir que su primera devoción era una devoción a Dios. Al escribir esto, veo que sorprende. Como si la devoción pudiera aplicarse a Dios, como si no se dirigiera al Mediador, a la Virgen y a los santos! Y habrá quienes digan que, desde que el universo se ha visto agrandado infinitamente por el esfuerzo de las ciencias y que nos hallamos totalmente perdidos en él, ya no resulta posible amar a Dios en él. Entre la imagen infantil que se forma el creyente y la imagen del mundo que el estudio nos obliga a adoptar no media ni acuerdo ni proporción. La ciencia, al revelarnos la doble infinitud del Cosmos, nos ha expulsado de un paraíso terrestre donde, al caer la tarde, Dios llegaba a conversar familiarmente con el hombre. Cierto es que el sr. Pouget abordaba la naturaleza como físico. No era un artista. Quizá demasiado campesino para ser sensible a esa belleza que emana de las cosas. Las gentes del campo no se estremecen ante la hierba de los campos y los lirios de los valles. El sr. Pouget era de su raza. Había entrado en contacto con la naturaleza por la reja del arado, por la guarda del ganado, por la basura de los establos, por las veladas del invierno: se había enfrentado, desde la más tierna edad, a la resistencia. Más tarde, había proseguido este género de experiencias en su jardín botánico, que le había revelado la variedad casi indefinida de las especies. Luego el gabinete de física, con sus explosiones, le había enseñado a sus expensas la energía contenida en la materia. Cuando ya no pudo distinguir, hizo que le leyeran los libros de Perrin, de Longevin, y vio por sus ojos los tres rayos que proceden del radio. Pues bien, cada vez que podía alcanzar por la experiencia directa o indirecta la fuerza contenida que se manifiesta en el universo, entraba en la exultación. Y la ultra-física, al permitirle tocar con el dedo las fuerzas ocultas en los menores granos de materia, iba a enseñarle todavía más que sus recuerdos. El estudio del átomo y de las radiaciones le daba al final de sus días la impresión que en su adolescencia le habían producido las cataratas del Besse, la del poder soberano de Dios y de su acción infatigable.
«Me gusta la cosa de Cristo en san Juan (capítulo V, versículo 17 o 18), fijaos un poco: mi Padre trabaja hasta ahora, y yo hago lo mismo, o Pater mou eôs arti ergazetai, kai ego ergazomai. Ergon, es el trabajo que es duro, pero que no cansa. Dios no necesita descanso, no descansa. Se dice, es cierto, que Jahvé descansa el séptimo día, yo creo que es una mala traducción. Scheba quiere decir descansar, pero quiere decir también cesar, y es el primer sentido. Dios, el día séptimo, deja de actuar. Y, una vez más… y otra… es un modo de hablar. Si desapareciera el mundo entero, habría tanto ser como antes. Yo me complazco en Dios, es la única realidad de su especie. Aei o Theos en tô kosmô geometrei, decían los Griegos. Pero me gustaría decir más bien: Aei o Theos energei, anakamptôs energei.
«La creación, seguía diciendo, es un acto de bondad. Dios nos ha hecho el mayor don que pueda hacernos, y es el de darnos a nosotros mismos. El hombre es algo grande. Pero el mundo no se basta. Es precisa alguna realidad fuera del mundo y, cuando nos encontramos con el infinito, os confieso que estamos con buena compañía. El hombre tiene necesidad de Él para satisfacer su energía fundamental. En el fondo, somos una tendencia totalmente pendiente de la espera. Tengo la idea de que la creación es una realidad que tiende siempre más arriba, pero que por sí misma se hundiría, si no hubiera en ella una fuerza infinita operando de forma instantánea. Me imagino que el mundo busca sin cesar volver a la nada, pero se mantiene a pesar de todo por una especie de vibración que le imprime en cada momento el poder divino. Ved en efecto, cómo oscila cada cosa.
A Dios, vale más describirlo que nombrarlo. Me sentiría inclinado a decir que cuanto menos se le conoce, más se le conoce. Es misterio completo. Y en eso me complazco.
¿Qué tensión debe de tener lugar en su acto? Existe, detrás del universo, una fuerza que me aturde. Cómo puede ser que haya pensado en nosotros? Durante tiempo, esa fue la razón de mi incredulidad. La respuesta de san Juan me tranquilizó. Dios es amor. Su modo de amar es incomprensible.
El Dios de Bergson, me gusta, este ser que le produce cierto pudor al nombrarle y al que llegamos como al autor de la energía noble que se halla en el Cosmos. ¿Es libre? Sí, si las leyes del Cosmos no son necesarias. Si es libre, ha hecho una elección entre las leyes posibles. Entre estas leyes están las que se dirigen al ser interior. Aquí la voluntad del absoluto se impone: es la moral, mi naturaleza».
Acabamos de recoger algunos logia del sr. Pouget sobre Dios como autor de la naturaleza y fundamento de la ley moral, algo que él no perdía de vista. Pero del Dios de la razón, pasaba también y paladinamente al Dios de la fe y de la gracia: al Padre, al Hijo, al espíritu Santo, sobre lo cual vamos a citar algunos de sus pensamientos cazados al vuelo.
«Cuando pienso, decía, que las tres adorables Personas se ocupan de mí, me siento confundido. Estoy contento al ver que soy algo para estas tres realidades supremas, a las que no podemos nombrar sino por los nombres de la Escritura: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. Por lo demás, son teorías que no me dicen nada, y os confieso que no siento ya el mismo aliciente que en tiempos pasados por el prefacio de la Trinité, que explica demasiado, al estilo de las Escuelas, in personis proprietas et in essentia unitas. No sabemos qué cosa sea la naturaleza divina, cuanto menos la persona. La naturaleza divina es incomunicable a otras que no sea a sí misma: se posee de tal manera que puede obrar como quiere en un campo ilimitado. Dios no podría ser una persona humana engrandecida. Pensemos que es tan necesariamente trino como uno. Cuando hablamos de las tres divinas personas, se trata de algo mucho más interesante que cualquier otra cosa en la tierra. Sólo somos un efecto contingente suspendido del no-ser por la omnipotencia. Nuestro fin es la unión inquebrantable con Dios, os fijáis, y que se consuma en el amor. En esta vida, Dios es objeto de conclusión, más tarde será objeto de intuición. Y en la eternidad seguirá existiendo una distinción esencial entre Dios y nosotros».
Pero debemos hablar ahora sobre el Evangelio según el sr. Pouget y decir qué lugar ocupaba en su vida la imitación de Jesucristo.
Ya he referido cómo había visto el sr. Pouget la nueva ilustración que la Crítica bíblica podría suministrar a la fe. Es de notar que el estudio tan preciso de los textos, en lugar de secar su corazón le había colocado como antenas. La crítica de los Evangelios, al permitirle conocer de una manera más exacta «a Jesús de Nazaret», era el alimento de su oración. Newman había advertido que la Iglesia podía santificar los ritos del paganismo y cambiarlos en instrumentos de gracia: como por el agua lustral, el anillo de bodas, los cirios y el incienso. Aquí se trata de objetos materiales. Por qué no podríamos extraer santidad del empleo crítico de la inteligencia?
El Cristo del sr. Pouget era un Cristo campesino.
Cada uno se fabrica un Cristo que se parece a lo mejor que lleva dentro. Porque Jesucristo no podía ser imitado del todo. Entre los aspectos de una persona tan sobrehumana y tan simple al mismo tiempo, era preciso escoger necesariamente. Son los espirituales y los santos quienes hacen el análisis verdadero del Evangelio. Y por eso, si los santos se parecen a Jesucristo, Jesucristo no se parece a tal o cual santo, sino a su familia. Había en la vida de Jesús tantos géneros de existencia, tantas vocaciones, tantas grandezas diferentes, tantos modelos propuestos, que su verdadero retrato, después del de los Evangelios, no se puede encontrar en la historia de tal o cual discípulo sino en el concierto de todas esas imitaciones, sin que cada una de ellas pueda nuca fijar más que un parecido particular. Esta nota, que se aplica a los espirituales de antes, tiene que ver también con aquellos que, en nuestro tiempo y apoyados en el estudio crítico de los textos, nos han devuelto a un Jesús más histórico. Y por no citar más que a los que han fallecido, pensemos en el Jesús del P. de Grandmaison y en el del P. Lagrange. El primero de estos autores se sintió presa de algo tan sencillo y gentil, de esa limpieza de alma que santa Catalina de Génova llamaba netteza. Y los que han conocido y querido al P. de Grandmaison comprenderán por qué le habían impresionado estos aspectos. El Jesús que nos propone el P. Lagrange es de más colorido según convenía a quien había entregado su vida a la tierra palestina. El P. Lagrange insiste en ese valor que empleó Jesús contra su nación para sostener al Dios verdadero. Habla también de su gracia y de lo acertado de sus palabras que llegaban a lo íntimo. Y quizá no habría declarado a Renan culpable quien había percibido bien lo que hay de suave en Jesús. El P. Lagrange nota que Jesús tuvo amigos a quienes fue noblemente fiel y que, en medio de un pueblo de una reserva proverbial, dejó a mujeres acercársele. Nos atreveríamos casi a decir que estos dos «evangelistas» de nuestro tiempo hacen pensar en san Lucas antes que en cualquier otro. El Jesús del P. de Grandmaison tiene algo de la cortesía jesuítica; en el del P. Lagrange se transparenta más la rudeza y la ternura dominicanas. En cuanto al sr. Pouget, habría preferido continuar a san Marcos, su Cristo será el de san Vicente de Paúl.
Como el Jesús de Marcos, él era un hombre sencillo, que sembraba con viveza y tesón. Sabía lo que era la vida de los trabajadores. Varios detalles que no captan la atención de los letrados o burgueses tenían el privilegio de interesarle.
«Cristo, decía él, llevaba una túnica hecha de una pieza, probablemente sandalias. Nada de sombrero, sino una larga cabellera. No le vemos nada en la cabeza sino una corona de espinas». El hecho de esta túnica le encantaba, pues él también sólo poseía una sotana. Recuerdo cuánto le gustaba recitar los consejos que daba Jesús a los Apóstoles cuando los enviaba en misión por primera vez «sin bagajes y con el aparejo de la pobreza» y, «os dais cuenta, seguía diciendo, no deben saludar a nadie, ya que en Oriente, al encontrase se charla y se charla sin fin». La multiplicación de los panes le inspiraba esta observación: «Pan y peces que es el alimento del pobre. El pasaje de los Sinópticos sobre los chacales que tienen su madriguera, mientras el Hijo del hombre no tiene donde reposar la cabeza, le llevaba a comentarios como éste: ¡»el pobre! Huía pues no quería que le apresaran antes de su hora. Y es duro dormir sin apoyo para la cabeza… Y pensar que yo tengo una buena cama… Ah! Dios mío!» Sobre la muerte de Jesús en cruz hacía observaciones crueles y médicas. «Debió de ser espantoso; ningún órgano vital quedó sin ser afectado». No era preciso forzarle sobre la ciencia de Cristo. «La sicología de Cristo, decía… no se puede saber: era una realidad única en su género». Así el sr. Pouget, por la doble presencia del campesino y del crítico, llevaba ventaja a muchos intérpretes. No nos cansábamos, cuando se prestaba a ello, de interrogarle sobre Jesús. Entonces veíamos el carácter, me atrevo a decir, campesino de Jesucristo. En Galilea las líneas del paisaje siguen siendo las mismas, el lago es eterno, el cielo también, pero toda la vida alrededor del lago ha desaparecido, la maldición parece haber caído sobre estas orillas: les ha privado de esta presencia humana sin la cual un paisaje es como una materia sin forma. Los Beduinos que acampan en las orillas no tienen la nobleza de los antiguos Judíos, y la curiosidad de los visitantes desluce lugares donde convendría estar solo y sin otra ayuda que el Evangelio. Mientras que por nuestras planicies residuales de la Creuse o del Limousin, por estos cruces de caminos pedregosos donde se alzan viejas cruces de granito, no nos sorprendería demasiado Dios santo ver pasar al Cristo del sr. Pouget, atento a las cosas, habituado al sufrimiento, «bueno con los pequeños, severo con los mayores, y sembrando la palabra, llegada la ocasión». Aconsejo a todos, decía, que lean mucho el Nuevo Testamento y que se encariñen con Cristo, esta persona tan sencilla y tan grande, que nada tenía en la tierra siendo el dueño de todo. Cristo, en quien apenas puedo dejar de pensar, y siempre encuentro algo nuevo. Es un maestro incomparable para enseñarnos qué debemos hacer».
«Napoleón, un pequeño Corso que estuvo en Brienne con una beca. Más tarde, cuando practicaba un movimiento se enteraba toda Europa. Y san Pablo, ¡vaya un hombre de categoría! ¡Pero Napoleón, san Pablo mismo comparados con Cristo!
Cristo, durante treinta años, fue un simple obrero, menos en el episodio de los doctores, cuando es todavía un niño que hace preguntas. En Cristo se nos presentan los principales actos de su poder. Cura y se va. La palabra queda encuadrada en un hecho. No hablaba sin necesidad. Los Evangelios son maravillosos. ¡Vaya si convenía escribirlos! Cuanto más se examinan más belleza se encuentra en ellos.
Los Evangelios sinópticos han sido redactados para el pueblo que no tiene tiempo de reflexionar, pero contienen sobre-entendidos admirables. Los Evangelios, fotografía instantánea de Cristo, que sale de la eternidad para regresar a ella. Poco a poco, pero se avanza; ved sino en Mc I, 29, 34 y Mt VII, 14-17. Sin ser «beato», era piadoso por educación. La gente piadosa pone mucho de sí misma en las cosas. De san Juan me había apartado; ahora vuelvo, encuentro pruebas.
Los Evangelios nos dan un retrato moral de Cristo. Los Evangelistas dominaban el tema. Juan lo ha visto claro. Me complace pensar que Juan debió poner en el Discurso después de la Cena el resumen de los discursos especiales dirigidos a los Apóstoles: tres discursos reunidos, como lo es el Sermón de la montaña. Los Evangelios son complejos: nada se puede hacer para reemplazarlos.
No es pérdida de tiempo prepararse. Cristo estuvo oculto treinta años. Sólo empleó tres años en público.
Medito a menudo en Mt VIII, 20: El Hijo del hombre que no tiene una piedra para reclinar la cabeza. Cristo es pobre, es perseguido; por eso se va cada tarde a ocultarse en el Monte de los Olivos para escapar de sus enemigos. Mortificado, ¡oh sí! pero no macerado. Cristo come y bebe. Cristo ha elegido todas estas vocaciones a la vez, pero no ha querido que dominara la maceración: cuando se sufre no se puede apenas hacer otra cosa, y Cristo tiene mucho que hacer. No se destruye, pero tampoco se adormece. Ved un poco Marcos, 32 a 40: cuando predica el Evangelio, se acuesta tarde, se levanta antes del amanecer y va a orar. Mirad lo que come: pescado, pan, no es gran cosa, y la predicación en medio de la multitud. Me preguntáis si era alegre. Ni triste ni alegre, compasivo para el pueblo, serio, dulce y humilde. La propia vida humana con moderación, contento en paz.
Así la multitud seguía a Cristo: las masas de gente humilde, los ptókoi, los humildes, los dulces, los sojuzgables. Estaba con ellos. Para que fenómenos de este género se produzcan otra vez, bastaría que haya grandes cambios sociales. No somos profetas; eso puede volver. Cuando mi vista se perdió, fui a Lourdes. Cuando llegué ante la gente, quise considerar, criticar. Era dueño de mí mismo y sin emociones. Al fin, no me pude contener. Me invadió el sentimiento religioso. Me arrodillé: la devoción y la fe llenaban mi ser. Al lado de Cristo debía de ocurrir algo así.
En el Monte de los Olivos, Cristo sufre, tiene sudor de sangre, como en los estigmas de los santos, debido a una suerte de acción nerviosa. La sensibilidad de Cristo debía de ser excesiva, ya que tenía una naturaleza de las más delicadas. Se quejó. Cuando se sufre se puede gemir: es la naturaleza la que siente y la que habla al Padre.
No vemos que Cristo haya estado enfermo; debía de tener una constitución sólida, vivía de limosnas, tomaba las cosas como estaban, no buscaba sus gustos. Su vida, que era ordinaria en apariencia, era extraordinaria en la realidad e imitable por todos, pues ha vivido para todos.
Sólo le vemos orar solemnemente y con bastante duración en dos circunstancias. Cuando eligió a los Doce de entre sus discípulos bien numerosos, como cuerpo pastoral que debe regir su iglesia. Fundaba entonces su iglesia en lo que tiene de capital, a saber en el gobierno eclesiástico. Luego, en el huerto de Gethsemaní, al preparase para rescatar el mundo por su muerte. Así Cristo ha estado en combate siempre hasta la muerte. No se retiró nunca a la tranquilidad del retiro durante el curso de su vida pública, para la cual sólo se había preparado con un retiro en el desierto. Los apóstoles hicieron lo mismo, en los tres primeros siglos, durante los que la espada de la persecución pendía sobre la cabeza de los fieles y les golpeaba bastante a menudo; la perfección cristiana no era el estado religioso, que no existía aún, sino la lucha en medio del mundo pagano y la preparación al martirio, si Dios lo exigía. Había Vírgenes y se las estimaba mucho; tenían un lugar aparte en la asamblea de los fieles, durante la misa, diríamos, y eso era todo.
Cristo se humillaba ante su Padre, pero no ante los hombres. Pensad en lo que llamamos la agonía: es la humanidad la está afligida, la divinidad no puede estarlo. Cristo sólo se humilla y se resigna ante Dios. Cuando el sumo sacerdote le pregunta: «Eres tu el Hijo del Bendito? – Lo soy», Juan da detalles: «yo nunca he hablado en secreto, preguntad a los que me han oído. Quien es de la verdad oye mi voz». Y ante Herodes, ni siquiera responde. No es malvado, pero no se muestra tierno: «Decid a ese zorro que todavía dispongo de tres días de vida». El Padre no le había enviado para divertir a esa clase de gente. Claro que ese no era el modo de parecer popular. Pero los peligros no le detenían. Convenía llevar a cabo el mandato del Padre. Convenía que fuera el modelo. Fijaos en las órdenes religiosas. Me parece que han sido hechas para guardar la comunidad de las ideas, que es la más importante: por el contrario, son difícilmente adaptables. A un fundador se le imita, no se le copia. Pues bien, Cristo es imitable para todo el mundo y, con todo, nadie le puede igualar. Es un modelo incomparable para las almas grandes. Me entran tentaciones de decir que Cristo está más vivo ahora que cuando pasaba entre los hombres, porque entonces sembraba, y ahora la cosecha se levanta y se extiende cada vez más. Este es el sentido de la parábola de la simiente. A veces cae en el camino donde nada sale, cae también en lugares pedregosos (yo lo he visto en mi infancia: no era cómodo trabajar la tierra) significa la gente que no es generosa; cae asimismo entre espinas: son la gente absorbida por el merimna (las preocupaciones). Cae finalmente en buena tierra donde echa raíces y produce a veces el treinta por ciento, el sesenta, el ciento por ciento. Pienso también en la parábola de la cizaña y de la buena semilla: es preciso evitar que los malos hagan mal, pero hay que soportarlos, y eso es lo que la Iglesia practica: en lugar de lanzar anatemas, los papas negocian. –Pienso también en el tesoro escondido, en la perla rara, en el fermento. Hay siempre lecciones que se desprenden de estas parábolas. Y sin embargo, hasta los treinta, era obrero. ¿No es este tektón? (el carpintero), se decía, y se escandalizaban.
La enseñanza de Cristo no es confusa, es clara cuando se trata de la moral, entonces habla como maestro sin miedo a escandalizar. Volved a leer por ejemplo el capítulo V del discurso del monte o también el relato del buen Samaritano. Pero al pueblo Cristo le habla en parábolas.
Tenía casi treinta y tres años cuando fue crucificado. ¡Qué plenitud de vida moral y religiosa en un intervalo tan breve! Si su vida privada fue tan larga es porque quería servir de ejemplo para la inmensa mayoría y particularmente para los que deben comer el pan con el sudor de su frente. El sufrimiento es una prueba, un peirasmos. Es una ocasión de mérito, y la más grande cuando se acepta. Mirad, a mí que me duele la cabeza un día sí y otro no, a mí me gustaría más tener que trabajar que soportar mi enfermedad que es espantosa. La muerte de Cristo es meritoria a causa de su obediencia al Padre (Flp II, 5). El Padre no se complace en la sangre sino en la obediencia.
La muerte de Cristo no fue natural. En general los condenados se morían de miseria y se apagaban poco a poco. Las aves de presa podían venir a devorarlos vivos. La sed era extrema, y ¡qué esfuerzo de los músculos! Mirad cómo se extraña Pilatos de que haya muerto tan pronto, y también el centurión antes que él… El comentario de estos hechos lo hallaréis en san Juan, X, 18: ‘Nadie me arrebata la vida, sino que la doy de buen grado. Tengo el poder de entregarla y el poder de retenerla, esa es la orden que he recibido de mi Padre.
La persona de Cristo, a eso vuelvo siempre porque es todo y a ella hay que referirlo todo lo demás. Nos encontramos con esta persona incomparable: todo en ella es simple».
De Cristo pasaba a menudo a los santos: me gustaba recoger sus logia sobre los santos, ya que hablaba de ellos con familiaridad.
«Sólo nos quedan los santos. Hacía que me leyeran últimamente la vida de san Vicente. San Vicente no ha sido nunca iniciador. Hizo obras bajo la presión de la necesidad y casi a su pesar. Imitador, tampoco lo fue en mayor grado. Sólo empezó a ser un santo en serio cuando dejó a los Gondi; debía de tener 46 años. En los campos había una ignorancia espantosa; dio misiones. Luego se ocupó de los seminarios y casi a su pesar. Se les enseñaba la oración, los ‘casos de conciencia’ para que pudieran ir a confesar y dar el catecismo. Y todo esto también por necesidad. Y era preciso que la autoridad lo pidiera. Todo lo que hizo, lo hizo con fruto. Se adaptaba. Es el primero que sacó a las religiosas a la calle. De mística en sentido técnico no tiene nada.
Los santos predicaban con el ejemplo, exhortaban poco, juzgaban poco, recibían muy bien a los pecadores, incluso a los mayores. ¡Ah, Dios mío! Eso es lo que hacía Cristo. La santidad, en el fondo, no es otra cosa que la unidad llevada al extremo.
Se puede rezar a algunos santos que no están canonizados, si se les cree canonizables, ya que han practicado las virtudes heroicas. Los santos no eran retraídos, como lo pensamos a veces; a menudo eran muy independientes; la mejor forma de conocerlos es leyendo sus cartas. Los santos son amplios. Creen lo que cree la Iglesia, pero tienen compasión de las almas. San Ligorio rezaba a Savonarola. San Vicente invitaba al obispo Pavillon que no había querido firmar las cartas contra los Jansenistas. Cuando Richelieu hizo encarcelar a Saint-Cyran, san Vicente trataba de disculparle. No se encuentran cómodos con la ley de Dios, natural y sobrenatural. El pequeño san Hilario con su pobre túnica no tenía miedo ante san León, no más que san Bernardo cuando escribía al papa: Quam arcta et stricta est via quae ducit ad vitam et pauci sunt qui inveniunt eam!
Lo que constituye la Iglesia son los santos y, entre los pequeños, hay más de los que creemos. Almas santas encontráis más entre la gente sencilla que entre los grandes.
El esfuerzo y el sufrimiento de por sí no crean el mérito. El hábito nos hace trabajar con facilidad y contento, y así hace nuestro acto más perfecto. Hay individuos que no han conocido sufrimientos violentos y cuyo valor, si fuera preciso (es el secreto de Dios), sobrepasaría quizá el de los mártires. Los héroes son raros en todos los terrenos; para construir un instrumento de gran precisión, se necesita un cuidado del que pocos son capaces; pero vemos a cantidad de gente que, sin ser santos caminan en pos de una ley ideal, cosa que el animal no puede hacer También vemos a muchos que se privan por sus semejantes: a todos esos Cristo los colocará a su derecha el último día. Cristo ha creado el universo para un puñado de hombres que le adoran.
Me complazco en ver el entorno y la historia elevarse por los hombres de Dios».
¿Cómo practicaba el sr. Pouget los ejercicios religiosos? Con exquisito cuidado, pero siempre según su naturaleza. Se sabía de memoria tantos y tantos textos sagrados que no tenía que hacer el trabajo aconsejado por los autores espirituales desde el siglo XV y que consiste en aplicar el espíritu a una verdad hasta que broten los afectos.
«Mirad, decía, yo practico cuatro o cinco horas de oración al día. Mi oficio, mi rosario, la lectura espiritual, mis reflexiones, la misa y la acción de gracias. Y no cuento el tiempo en que repaso mi Nuevo Testamento, interrumpido a cada paso. Nosotros, los sacerdotes, nos dedicamos tanto a la oración durante el día que en muchos casos no nos queda tiempo para más y sin embargo Cristo ha dicho: id y enseñad a todas las naciones.
Cuando iba a la meditación en común y se leía un punto, a menudo me sentía molesto:
¿Dónde se ha visto ese mandamiento?’ Me parecía cosa de otro mundo. No me gusta que otro se interponga entre mí y Dios, cuando se trata de orar. En esos casos, a veces, recitaba el oficio que me sabía de memoria, o bien algún pasaje de un Padre, o del Nuevo Testamento. Pero lo que había robado a la meditación recitando el oficio, lo recuperaba durante el día con la sagrada Escritura.
Mi devoción es orar en nombre de la Iglesia. El breviario es la oración oficial; se comienza diciéndolo en ese «chorus» que clama a Dios y por la boca de Cristo. La palabra entugkanein que la Carta a los Hebreos aplica al Cristo eterno y que se traduce generalmente por ‘interceder’, quiere decir caer sobre alguien».
Apremiamos a Cristo. Para aprenderme el breviario, cuando me quedé ciego, empecé por 25 de marzo, luego por las fiestas del Señor. El patrocinio de san José no me gusta: en el 3er nocturno, san Agustín hace coincidir las dos genealogías, que no es posible. No me lo he podido meter en la cabeza, no puedo aprender lo que no me va. La Transfiguración ya me la sé, y Todos los Santos, el Oficio de los difuntos, el Santo Nombre de Jesús, la Epifanía. Para la Cátedra de San Pedro en Roma repito la homilía de san León del 3er nocturno; aparte de eso, lo digo todo. Para la Conversión de san Pablo, tomo un buen trozo de san Pablo, el que relata todos sus sufrimientos. La purificación, no siento nada, pues la virgen no necesitaba purificarse; digo el Oficio de la Circuncisión, donde encuentro sermones de san León tan hermosos».
Su virtud propia era sin duda el valor. Ya he dicho cómo sobrellevaba siempre el peso del pensamiento y de las dificultades. No creía por rutina o por opinión, sino que todos los días se ponía a rumiar de nuevo.
«En la misa, Cristo, que ruega siempre en el cielo y que pide con insistencia, viene sobre el altar. Es entonces el pontífice por quien nos acercamos a Dios, es también víctima, en cuanto es posible. Cuando ofrezco el sacrificio, estoy muy cerca de Cristo, pues participo muy especialmente de su oblación. En cuanto a decir que los ángeles nos envidian por la misa, es algo de lo que … No convendría exagerar. Ven al descubierto a Quien nosotros no vemos sino por la fe; están impregnados de la divinidad de Cristo, y son conscientes de ello.
En el siglo XVII, se creía más de voluntad que de cabeza. San Vicente tenía dudas. No podía perder el tiempo en examinar. Santa Chantal estaba llena de fe, pero también agitada de dudas. Hoy nos cuesta menos creer, porque tenemos muchos más conocimientos históricos.
Por muy inteligente que uno sea, no se sabe más de lo que ha estudiado.
Las objeciones de los Manuales son infantiles. Yo dejaré en mi Testamento: ‘Nunca me he servido de estos libros antes de dar mi clase, no quería escandalizar a los alumnos.
Nuestras razones para creer son muy numerosas y profundas. Suponen estudios considerables. El pueblo cree a ejemplo de aquellos a quienes estima. La señora ciencia es una matrona encopetada, no todos se pueden acercar a ella. El pueblo trabaja, nos da para vivir. Tiene virtud».
Pero su gran prueba era la de sus pobres ojos. Tanta curiosidad, semejante apetito de trabajo, y sin poder ver, sin ayuda, ¡qué castigo!
«Se necesita valor. Si no lo tuviera, me habría muerto. Comprendo que los no creyentes se den un tiro. Mis ojos son como si tuvieran un peso encima. Pero se puede vivir con ello.
Al quedarme ciego, pensé que ya no podría hacer nada, que me entraría el aburrimiento.
Mirad, estoy de tal manera ocupado que no doy abasto: así es la vida.
En mi enfermedad he tratado de no aburrirme. Ya que el dolor moral es desagradable para el cuerpo como para el alma. Hay que tratar de dominarse moralmente. Los que dicen que hay que rezar para no aburrirse no se enteran de que no tenemos más que una Orden contemplativa que son los Cartujos, y tienen jardincillo, biblioteca, trabajillos de carpintería, su celda. Los Trapenses se ocupan de trabajos materiales. –Para mí, la noche. Pero ya veis, tengo la eternidad cerca, y con Dios me las arreglaré mejor, si aguanto. La vida está llena de contratiempos y los que los aceptan mejor menos sufren. Para servir a Dios hay que estar alegre, y mientras a uno no le muerdan en su persona física como a Job, todas las preocupaciones no son nada».
Se puede adivinar por dónde le atacaba la miseria humana. Sería hacerle un muy flaco servicio ocultar sus limitaciones. El sr. Pouget se habría sentido inclinado a la cólera, si no se hubiera contenido. Tenía salidas que se disparaban antes de que se diera cuenta, y que eran verdaderas gozadas para nosotros, pero que se las reprochaba con amargura. Había tenido que soportar su paciencia consigo mismo. Se lo había confesado todo a una prima suya, única pariente que tuvo en París, y con quien hablaba con toda libertad. Ella le decía:
«Primo, iréis derechito al cielo». Y se reía acusándose de tres cosas: las cóleras, vapores de orgullo y exabruptos. Un día que yo le preguntaba sobre la exégesis del demonius meridianus, me había confiado que a la edad de cincuenta años había sentido las ganas de «engendrar a su semejante». De ello se había curado dedicándose a ecuaciones bien difíciles. Cosa que me hacía pensar en lo que se cuenta en las Fioretti; un día que le invadía el deseo de una familia, san Francisco se había distraído derribando muñecos de nieve.
Uno de sus cohermanos, cuyo confesonario se veía muy frecuentado, había dicho: «El sr. Pouget no es un director de conciencia». En efecto, no era director de conciencia, no poseía esta especialidad. Si hemos de creer a sus penitentes, su modo de confesar era único en su género porque precisamente no tenía ningún modo. Es costumbre rodear la confesión de cierta solemnidad. El confesor es un juez que desempeña un oficio, es un médico a quien se consulta, es el padre del alma. Y en el caso del sr. Pouget no habría resultado imposible encontrar también al juez, al médico y al padre. Pero, al primer contacto, se sentía uno impresionado por una extraña sensación de igualdad. Quizá sea porque tenía el sentimiento del carácter instrumental del sacerdote. Lamentaba la época en que la fórmula de la absolución era deprecativa (que Dios te absuelva) y no indicativa (yo te absuelvo). Y todo porque se sabía y se sentía amasado de la misma humanidad que el que se humillaba ante su ropa talar, al mismo tiempo que investido de un poder de perdón que sólo se justificaba por Cristo. Tenía de la confesión una idea muy elevada: «En el tribunal de la penitencia, nadie puede interponerse entre Dios y yo; la Iglesia puede quitarme este poder, pero mientras lo ejercite, soy el único juez, y sólo dependo de Dios». Al propio tiempo quería que el encuentro fuese un encuentro de amistad, de confianza y ayuda como cuando un hijo habla a su madre. Es inexacto decir que quería algo. Nunca había reflexionado en el modo de confesar. Era una consecuencia del concepto que tenía del cristianismo. Para el penitente acostumbrado a las formas graves y solemnes, era una impresión extraña. La conversación continuaba. Tal acusación daba pie al sr. Pouget para citar un texto de la Escritura y traducirlo con precisión. Había materias que le molestaban visiblemente, porque a su entender no eran pecados y que le hacían perder tiempo con pecadillos de «monjas». Recuerdo haberle encontrado muy nervioso después de haber recibido una confesión de éstas. «Parecía no acabar. Me acusaba sus tendencias… Qué demonios; todos las tenemos y no son malas». Como señalaremos más tarde, quería formar la conciencia de los hombres en el sentido de los verdaderos deberes. Y cuando por azar se le revelaban debilidades afines a las que él experimentaba en su interior, entonces estaba de total acuerdo, como un reumático entiende las quejas de otro reumático. Por ejemplo, el que le decía: «Padre, me he enfadado tres veces esta semana» se exponía a una interrupción como ésta: «Vaya por Dios! También a mí me pasa. Y mire que a mi edad debería contenerme. Tendremos que tener cuidado. Cristo era pacífico».
Después de estas palabras no necesitaba de otra exhortación. Esta era siempre práctica, adaptada a las condiciones de la vida. Y poseía en grado eminente el sentido de estas condiciones humanas. Cuando confesaba a un sacerdote encargado de ministerio, de los que hay tantos en París, se representaba las dificultades de su existencia entre las obras; ponía por encima de todo la predicación con la doctrina y el ejemplo, la caridad antes que las normas.
Su conducta con los laicos era inimitable. Él que no había abandonado nunca la celda, sin duda a causa de su larga vida campesina y de ese sentido humano tan desarrollado, se representaba sin esfuerzo la vida de un padre de familia, sus apuros, sus casos de conciencia conyugales, todas las dificultades que le son propias y que no siempre alcanza un sacerdote a intuir. Se veían en su casa, por la época de Pascua, personajes importantes y que tal vez no se habrían acercado al altar si no hubiera existido el sr. Pouget; tal vez un miembro del Instituto, que le exponía primero sus dificultades sobre el parecido de Buda y de Jesús; un general retirado que le hablaba lo primero de la caza del zorro; a veces también el bueno de Monsieur Legendre, a quien había ayudado a volver al buen camino y con quien tenía charlas no aptas para el oído de las monjas. –»Con M. Legendre, decía, hablamos con toda libertad». Con ocasión de haberle sorprendido en medio de estas consideraciones libres, me dijo: «Ahora comprenderá que el mundo no se compone solamente de pequeños san Juan Bautista».
Ya he dicho en su retrato qué lento era en satisfaceros, cuando íbamos a verle para pedir consejo. Al revés que una pitonisa, y si nos acercábamos a buscar un oráculo, salíamos decepcionados… Os dejaba hacerle una pregunta. La examinaba con vosotros al igual que a una vaca en la feria, y ya conocéis cuáles son las costumbres de nuestros campesinos: se la manosea, se discute el precio, se va uno, luego se vuelve y se marcha otra vez. Ante todo no hay que darse prisa. Me imagino que al principio de la pregunta el sr. Pouget tenía una idea de la respuesta pero se guardaba bien de darla a conocer. Estaba eso, luego eso otro; y sin olvidar aquello. Era el momento de revisar algunos textos del Evangelio cuya relación con lo que se había venido a buscar no se veía a la primera. Otra razón por la que no se dedicaba a las direcciones era porque tenía el alma de cada uno como una creación particular, sabiendo que no se puede uno poner en el lugar de los demás y que toca a cada cual hallar su consejo en sí. Con él nadie se sentía incómodo y se sabía que nada le extrañaría, ni le turbaría, ni le asustaría, por eso hablábamos con libertad y vaciábamos nuestro espíritu. Tras los ojos de ciego, el alma estaba atenta ante vosotros, como un espacio espiritual en el que se ordenaban sus pensamientos, como un tablero en el que se colocaban sus tentaciones y sus sentimientos, sus alfiles, sus castillos, sus peones y su reina y su rey. El sr. Pouget no necesitaba hablar, bastaba solamente que estuviera allá: no se le pedía otra cosa. Y en verdad recordábamos que era sacerdote y que por lo tanto todo cuanto se relacionaba con el dolor y el sufrimiento pertenecía con todo derecho a su dominio. Pero el sacerdocio en él no intimidaba; no había hecho más que dar una especie de consagración a sus cualidades humanas; no estaba lejos de los demás, era un hombre sencillo y bueno, un hombre al corriente del hombre. Cuando hablaba era para decir lo que le parecía verdad, pero como desapareciendo tras esta verdad, y si era dura, tenías la impresión de que se la aplicaba primero a sí mismo.
«- No admito que se quiebre la voluntad, sino que se la dirija. El Creador ha hecho la naturaleza; sabía lo que hacía.
– No creo que haya que conducir al hombre a la fuerza. La religión es cosa de persuasión. Cuando san Pablo predicaba, contaba.
– Cada uno va hacia Dios a su modo, y las relaciones son de lo más libre.
– No hay que amar a Dios hasta ponerse malo. El amor reside en la cabeza. No cansa, no es tenso, no asfixia: es un aprecio de Dios sobre todo lo que ocurre en la práctica; ahí no hay dificultades. Hay que guiarse por las circunstancias, hacer de vez en cuando algún acto que contradiga a la naturaleza y guardar en todo «la libertad de los hijos de Dios». Hay que dar frutos que duren.
– La verdad bien clara y sencilla. Si no cala, qué se va a hacer. Cuando era joven me acaloraba hasta cierto punto. La verdad es calma; ¿os ponéis a cien por un teorema? Entre los Apóstoles, aparte de Pedro que era ardiente, los otros eran tranquilos. Hablar con claridad y sencillez es cosa bien difícil. Cristo no se dejó nunca arrebatar más que contra los Grandes que pervierten al pueblo.
– Cuando Cristo envía a sus apóstoles, les dice, «Enseñad»; la verdad cuando bien se enseña se encarga del resto, y eso dura. En las Cámaras un movimiento de elocuencia atrae los votos. Pero la verdad sola aconseja el sacrificio de sí.
– Cuando se dirige a alguien, hay que aconsejar más bien que mandar. Las Órdenes religiosas están fundadas por los santos, pero no por la Iglesia. En realidad no arrastramos al alma. eso es tarea del Espíritu.
– La instrucción debe consistir en abrir ventanas donde no las hay: se podría pensar que… no podríamos sugerir que… A continuación aducís algunos ejemplos».
El sr. Pouget no era de ninguna forma relajado, era incluso extremadamente exigente, pero los puntos en los que exigía no eran los que uno pudiera esperarse. A veces aquello en que las almas religiosas se inquietan y se atormentan no atraía su atención y sí aquellos puntos cuya importancia había pasado por alto la conciencia. No admitía que se tuviera por pecado lo que viene de la naturaleza y del creador. «Nuestras tendencias, decía, no son malas en cuanto tendencias, sino por el mal empleo y las desviaciones de la voluntad».
Por el contrario, el sr. Pouget, que se sentía muy inclinado a compadecerse de las enfermedades humanas, y que sabía perfectamente distinguir lo que era medio y lo que era único necesario, era sin embargo severo en dos puntos que recordaba sin cesar: el testimonio dado a la verdad en los medios en que uno se hallaba, los servicios de caridad hechos al prójimo, al frente de los cuales ponía la caridad espiritual.
Un amigo nos ha aportado el rasgo siguiente. Le damos la palabra: «Cuando partía para mi regimiento, al salir de la Escuela normal, fui a verle; no sé lo que había leído en un tratado de Bossuet sobre la mística, y los estados de oración no me dejaban dormir. El sr. Pouget no me dio grandes respuestas. A propósito de una expresión de Bossuet sobre el descanso de las potencias y la «parte de María» que no debe perecer, me dijo: ‘Se da cuenta, Bossuet hablaba a monjitas; en ese caso hay que ser refinado’. Pero me llevó a un terreno desconocido para mí: ‘Yo era instruido, me decía, era creyente, convenía pues que en el dormitorio de la tropa no tuviera miedo en hacer por la noche una breve oración sin darme publicidad ni ocultarme. Eso no podía por menos, decía, de hacer reflexionar. Y por otra parte, decía, Newton, que fundó la teoría de la mecánica celeste, se descubría cuando se pronunciaba el nombre de Dios’. Yo debía advertir por mi debilidad ante la opinión, añade nuestro corresponsal, que este último consejo era más difícil de practicar que la oración de quietud».
Insistía con tesón sobre la observancia de la ley moral. De esta ley moral, había que ver con qué respeto hablaba de ella, era como para darle a Kant un poco de envidia. Era en sus labios el «tipo según el cual hemos sido lanzados al ser», y la expresión de la voluntad divina en nosotros. Practicar este ley en su perfección debía conducir a la perfección. Hacía notar que para alcanzar la vida eterna había que observar los preceptos de la ley natural, que es la razón en nosotros. No hacer daño al prójimo, tratar de servirle, conservar las fuerzas vivas, ser buen padre, buen esposo, buen ciudadano era mucho a sus ojos y cuando estos actos estaban penetrados de amor divino podían llevar a la santidad . Al sr. Pouget le gustaba citar, incluso citaba hasta la «saciedad», en san Marcos o en san Mateo, ese texto de los Sinópticos en que el joven interroga a Jesús sobre las condiciones necesarias para la vida eterna. Y Jesús le responde: ya conoces los preceptos, no cometas adulterio, no mates, no robes, no digas falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre. Hoc fac et vives.
La gente piadosa que escuchaba estos consejos se quedaba algo sorprendida; su primer impulso era decir: ¿no practico yo todo eso desde mi juventud? ¿No hago incluso más? ¿No entrego el diezmo de lo que tengo? ¿No ayuno varias veces por semana? Pero el sr. Pouget les dejaba hablar. Les recordaba el espíritu del Evangelio que nos sentimos todos tentados a olvidar: de nada nos sirve ser caritativos, si antes no somos justos, ni piadosos, si no cumplimos ante todo con los deberes de nuestro estado.
«Los ritos son necesarios, pero hace falta algo más. Si la misa fuera todo, cómo explicaríamos los primeros tiempos? Los obispos del concilio de Trento asistían a misa: ¿comulgaban en ella? Si sólo se tratara de mí, no iría a la comunión todos los días, de vez en cuando me abstendría para evitar la rutina que se mezcla en todo. Pero, el decir la misa, actúo como hombre público, no como hombre privado. Podría decir dos misas al día y lo haría con gusto, ya que entonces rezo como el hombre de Iglesia, con Cristo, ex officio, con el cuerpo de la Iglesia.
Un punto en que se manifestaba este equilibrio del juicio era el modo de juzgar a los incrédulos. El sr. Pouget no era tierno con los que no dejan «a Cristo acercarse a los pequeños». Era bastante duro con los que, perteneciendo a los círculos iluminados, no se esfuerzan en conocer este cristianismo que se encuentra a cada paso y al que juzgan de antemano y con preterición, con una ligereza que no se atreverían a emplear en asuntos serios. Admitía la existencia de los condenados, que se representaba como abortos, deshechos de humanidad, destinados «al oprobio, a la vergüenza eterna».
«Somos amplios para los incrédulos. Los Padres son severos. Laudantur ubi non sunt, cruciantur ubi sunt. Soy más prudente. Digo: han muerto; están en el infierno? No lo diría, son deudas difícilmente solventes. No quisiera verme en su lugar.
Dios está oculto por su misma naturaleza: en el orden natural está oculto por la creación. En el orden sobrenatural se manifiesta por obras que representan una mezcla de grandeza y de debilidad. Muere ante nosotros, pero aparece resucitado ante un pequeño grupo. Hay suficiente luz para los que quieren ver, pero no hay suficiente para los no quieren ver; es preciso que la fe tenga un mérito. Nos encontramos en la época de la prueba. Tenemos que caminar a la luz de la luna y las estrellas, peor para los que sólo quieren la luz del sol.
«No ruego por el mundo», dijo Cristo en el discurso después de la Cena. Qué les pasará a los que no han pensado más que en este mundo y que no han dejado de menospreciar cuanto representa el Hombre?
Dios no es algo que podamos menospreciar, la neutralidad frente a Dios ha sido condenada solemnemente por Cristo».
Ahora bien, ¡qué mansedumbre para las personas! ¡Qué arte para excusarlas! Más para entrar en su interior donde lo que nos parece defecto es quizá inconsciencia y naturaleza.
«Llevamos nuestra norma dentro, no podemos juzgar la responsabilidad de nadie
No hablar nunca de las objeciones sin necesidad; no sirve de nada, los Apóstoles no lo hicieron; en mis obras no he puesto nombres. Cuando se combate contra alguien es cosa de no acabar.
Mgr Leroy, viviendo en medio de los salvajes, ve que creen en un Dios único y que no tienen mitos. No es la civilización brillante y sucia de los Romanos. Lo que Dios nos pide para salvarnos se halla en la Epístola a los Hebreos, X, 6: buscar a Dios, recompensa para los que buscan.
De un joven israelita socialista a quien había recibido, había dicho: «Después de todo, nosotros tenemos mucho en común; nuestro Dios es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Él cree en el Mesías como nosotros, sólo que para él el Mesías no ha llegado aún. Y en cuanto a su socialismo, qué le voy a decir, es el Evangelio».
A un oficial le decía:
«Las largas oraciones no son necesarias. Los primeros cristianos se limitaban a decir tres veces al día la oración del Señor; podéis hacer una lectura en un libro que os agrade. Pero ante todo cumplid vuestro deber de estado; sois oficial, sed un buen oficial: antes era necesario mantener a los soldados a distancia, porque eran malhechores, hoy son ciudadanos, y es siempre un honor mandar a sus conciudadanos. Los grandes capitanes adiestraban a sus soldados, no les hacían novatadas. Juana de Arco marchaba la primera en los ataques».
A un maestro que le había preguntado sobre la comunión frecuente:
«La Iglesia sólo manda una comunión anual, prueba de que no es necesario (en sentido preciso) tomar muy a menudo este alimento sustancial. En esto la Iglesia no puede equivocarse. Pero a causa de la excelencia de este alimento, es bueno tomarlo tan frecuentemente como se pueda: es el deseo de la Iglesia. Si hay dificultades en comulgar, se pueden espaciar las comuniones, a causa del carácter tan sustancial de la comunión. Es una buena obra, pero no es difícil. Lo que es difícil son los mandamientos, como el de llevar su cruz cada día».
A un profesor que le preguntaba sobre el modo de mantener la disciplina:
«Conduzca a sus alumnos con dulzura, con persuasión. Es preciso tener con ellos una caridad inmensa. Los Apóstoles predicaban en el desierto y llegó un momento en que el desierto los oía. Hay que imitarlos en eso y nunca dejar de enseñar. ‘Sed mis discípulos porque yo soy dulce y humilde de corazón’, decía Jesucristo. Cuando uno es profesor no hay que colocarse por encima de ellos, sino a su nivel y que la verdad se imponga a ellos como a nosotros».
A un religioso que le pedía consejos de perfección:






