Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (XV)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1939.
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El Mundo moral

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011El segundo cuidado  de nuestro autor era colocarse en presencia de este mundo invisible del que el hombre forma parte por lo alto e íntimo del ser, y que él llamaba el mundo moral. Varios caminos se ofrecían para explorar el orden moral y, según su método de pesquisas convergentes, rebuscando por todas partes, sacando el sustento de todos los lados, había conseguido hacerse una idea del mundo moral que estuviera basada, no sobre teorías, sino sobre la experiencia y la revelación.

Caracteres del Mundo moral: el yo profundo y la libertad.

Los escolásticos distinguían dos clases de voluntad, nos decía, la voluntad considerada como facultad, la única en la que residía la libertad, y la voluntad considerada como una naturaleza; ésta no era otra a sus ojos que este «yo profundo» del que había hablado el Sr. Bergson. Y esta distinción correspondía a lo que él observaba en su propio interior: veía sus tendencias nobles subir hacia lo infinito como una marea, – después, entre todas las tendencias altas y bajas que constituían su ser, controlándolas, aceptándolas y, en su caso, reprimiéndolas y negándolas, aparecía un poder soberano: era el yo, más profundo que la tendencia más íntima, el yo que dice yo, que hace su elección con toda lucidez y que realiza por su libre voluntad en el campo más o menos extenso de su libre acción lo que la razón práctica o conciencia moral le había señalado ya como preferible y ya como obligatorio. De este mundo interior tenía un concepto muy opuesto al de los Griegos, para quienes, decía él, la voluntad no es más que un apéndice de la inteligencia. Se figuraba su yo a imagen de esta cascada burbujeante del Besse (río de su Cantal, junto al cual guardaba sus ganados en las landas): energía constante, múltiple, inalterable, idéntica, y cuya contemplación silenciosa, ahora que estaba solo consigo mismo en su noche interminable, le producía una emoción como metafísica; en ella se ponía en contacto con el ser. Cuántas veces no le habremos oído celebrar su yo profundo, «ese magnífico conjunto de tendencias, que no cesan de pasar al estado de acto, aun en medio de lo que querría perturbar su paz» He aquí por ejemplo una de estas revelaciones, tal y como la conservo en mis papeles:

– «Hay un mundo en el interior del átomo. Es una espantosa pequeñez – si así puede ser (ya que me pregunto si los últimos elementos del mundo físico no serían de otro orden que la geometría, y por ejemplo de la energía: la geometría así no sería más que una apariencia en medio de las cosas). En mí hay un fondo que no pasa desapercibido. Es mi identidad personal. No dudo de mi yo; aquellos que tienen dos o tres personalidades son tarados. No conocemos directamente ni a Dios ni siquiera nuestra alma. Los obtenemos a los dos por conclusión, a Dios por la causalidad y al alma por la identidad. Bergson vio con claridad que hay en nosotros un torrente de vida con una pequeña fuente de luz que lo ilumina, es la conciencia. Pues bien, los Griegos, quienes se dedicaban con mayor intensidad a las matemáticas, no veían en nosotros más que la inteligencia y definían el alma por la inteligencia. Ciertamente, hay en nosotros una realidad profunda que es iluminada por la inteligencia, pero que no se confunde con ella. Napoleón apenas se cansaba; dormía muy poco; arrastraba hombres tras sí y hablaba en concreto. Nuestras virtualidades reunidas forman el fondo de nuestro ser. Es un río en el que hay corrientes de agua múltiples con algo que las ilumine (la inteligencia) y algo que pueda dirigirlas, pero no enteramente (la voluntad). La voluntad no tiene el dominio más que sobre los músculos, que dependen del sistema cerebro-espinal. Sobre los otros músculos como los del cuerpo, como los que producen la cólera, sólo tiene un poder indirecto. El enemigo puede andar acechando alrededor, pero la voluntad continúa dueña pacífica, aunque pasible.»

Multiplicidad del Mundo moral.

Tal es pues el mundo moral de este planeta, al que llamamos la humanidad. ¿Es este mundo moral el único en nuestro universo material? O bien, ¿existen en otros planetas, unidos a otras estrellas, otras humanidades, al menos otros vivientes capaces de elección, y por lo tanto pertenecientes al mundo moral? En esto, son la experiencia y la inducción las que han de decidir.

– «La razón, decía el Sr. Pouget, considera posible la existencia de otros Mundos del orden moral análogos al nuestro; incluso se inclina a ver esta existencia como muy probable. En nuestro universo en efecto, nuestra estrella es un sol y, a juzgar por nuestro sol, cada estrella puede poseer un mundo moral y quizás incluso varios. En esto, sin embargo, la razón no puede superar la probabilidad, en contra de lo que se inclinan a pensar cantidad de cabezas, incluso cultas, pero ajenas al estudio de las realidades del orden espiritual. Para esta clase de gentes sería una anomalía el que, en el universo que nos rodea, inmenso y tal vez sin límites, no hubiera más que un solo mundo moral y que se encontrara en la tierra, que no es más que un simple punto en el universo. Pero pensar de esta manera es ignorar que no hay punto de comparación posible entre el mundo físico y el mundo moral: estos dos mundos pueden coexistir en un mismo lugar, sin que la existencia de uno lleve consigo la del otro; y el menor de los seres de nuestro mundo moral supera en perfección o en calidad al universo físico entero, que sólo nos domina por la cantidad».

¿Existen pues, fuera del universo material, otros seres pertenecientes al mundo moral? La razón no ve la imposibilidad. Y la revelación judeo-cristiana nos enseña que no somos el único mundo moral existente; se ha de añadir el de los Ángeles, que es quizás múltiple, y nos vemos reducidos, en este mundo o en estos mundos, a lo que nos dice la Escritura convenientemente interpretada.

Caída de los seres del Mundo moral

¿Qué sabemos de estos mundos morales? La revelación nos habla de una caída de los seres del mundo moral. ¿Cuál es el sentido de esta caída? ¿En qué medida está conforme con los datos de la experiencia?

– «Por caída se entiende aquí la transgresión de la ley propia a los seres del mundo moral. Con un imperio absoluto pero sin obligación alguna, esta ley manda a estos seres vivir según su naturaleza en el campo de su libertad, es decir obrar según el tipo conforme al que han sido llamados a la existencia. La posibilidad de falta para todos los seres del mundo moral, aun para aquellos del rango más elevado, proviene de que todos estos seres son criaturas. Para no apartarse de su ley en este campo, el ser moral tiene resistencias que vencer, las cuales nacen bien de su naturaleza, bien de su ambiente. Para nosotros los humanos, estas resistencias, que se pueden llamar pasiones, no vienen más que de nuestra naturaleza sensible: siempre el orgullo y la ambición, con frecuencia la avaricia y la cólera son pasiones espirituales más difíciles de refrenar que las tendencias sensibles.»

Esta experiencia de la propensión a la caída cada uno la podemos hacer en nosotros mismos. Pero sería sólo individual, si no se la confrontara con la experiencia ampliada que da la historia, y que el Sr. Pouget no descuidaba.

Y las informaciones no le faltaban. Siempre había sentido pasión por la historia, sobre todo de la historia que, más allá de los remolinos de la política, de la economía y de la guerra, refleja el drama del hombre colocado ante el bien y ante el mal y haciendo elección según su parecer.

– «La historia, decía, permite seguir la vida de nuestra especie durante un gran periodo de su existencia en la tierra; la parte de este periodo que corresponde a la prehistoria, y que es tal vez más larga que la parte histórica, nos es desconocida por la carencia de datos o al menos de datos precisos; pero la parte histórica se alarga singularmente y cada vez más debido a la interpretación de las antiguas escrituras».

Y esta historia de los pueblos del Antiguo Oriente le parecía tener un valor particular, bien porque estos pueblos más rudos y más sencillos que los nuestros dejaban ver claramente los móviles de su acción, o bien porque se podía experimentar, por el método de la diferencia, lo que era la humanidad moral entregada a sí misma y sin ningún auxilio. En cuanto a la humanidad presente, añadía él, ahí están los periódicos, pero no es suficiente.

– «La lectura de los periódicos de toda clase, tan abundantes hoy, no es suficiente para informarse a gusto sobre el estado moral de un pueblo. Los relatos de los viajeros inteligentes e imparciales que van a un país para estudiarlo y que pasan en él un tiempo conveniente nos enseñan más en unas páginas que todo el fárrago de los periódicos en los que se ha de emplear una labor considerable para recoger una escasa información. Sin embargo estos viajeros «inteligentes e imparciales» deben, si queremos verdaderamente que nos instruyan sobre este punto concreto, colocar la situación moral de un pueblo por encima de todos los demás estados, tanto económico como político o artístico, a este propósito, seguía diciendo, los relatos de los misioneros cristianos son nuestros mejores medios de estudio».

Él tenía la suerte de servirse de las observaciones de estos misioneros. Sabemos que la mayor parte de sus alumnos habían estado en las misiones de China y del Oriente Próximo. La casa madre de su Congregación, calle de Sèvres, era como un  pequeño G. Q. G. de la Caridad. Los misioneros pasaban y volvían a pasar. Se los encontraba a menudo en la celda 104, y de todos los tipos: ya modestos soldados de segunda clase del ejército de caridad, ya cabezas de la Iglesia y obispos misioneros a quienes no se distinguía por ninguna insignia, a no ser por un cierto atisbo de autoridad en unos rostros muy jóvenes: así Mons Sévat, obispo de Madagascar, Mons Fabrègue, obispo de Pekín. Todos llegaban a declarar, no ya sobre su acción conquistadora, sino sobre esa porción de la especie humana en la que habían plantado su tienda.

Añadid a todo esto, como documentos humanos, las confesiones incesantes de los sacerdotes de la ciudad y de los alrededores, y todo el capital de observación que se transmite en un ambiente de religiosos que viven entre los hombres, y especializados en el amor de la miseria humana. Añadid también el estudio concienzudo de los documentos bíblicos y evangélicos en los que se encuentran referidas, fotografiadas, fijadas en filmes hablados, las actitudes del hombre frente al misterio y a la llamada.

Debían de hallarse pocos hombres en París, la gran ciudad, que tuvieran a su alcance tales instrumentos de investigación reales sobre el hombre moral. Lo que evidentemente le faltaba al Sr. Pouget era el estudio concreto de los pecadores. Pero por mucho que hubiera conocido uno de esos ambientes corrompidos, habría perdido demasiado tiempo, y aparte de un matiz pintoresco, no habría enriquecido gran cosa su bagaje de imágenes fundamentales. Su universo habría estado mejor amueblado, más coloreado, pero infinitamente más restringido. Se dirá también que no tenía la experiencia del pecado, entiendo del pecado grave y caracterizado, el que mancha y confunde. El cura de Ars no lo conocía más, al menos con este conocimiento: existen otras maneras de conocer que la experiencia y, cuando la piedad informa el espíritu, conoce mejor la esencia del pecado que al pecador mismo.

¿Qué le enseñaba entonces este estudio sobre la miseria humana? Veámoslo:

– «Nacemos moralmente en desarrollo, pero no desarrollados: esta condición exige una educación cuidada y de bastante larga duración; que en la infancia no sería otra cosa que adiestramiento. Cuando ya se ha llegado, no sin trabajo ni ayuda, a un grado conveniente de desarrollo moral, se puede, o bien quedarse estacionario, o avanzar y seguir subiendo. Esta última es la opción de los santos y de aquellos que se esfuerzan en imitarlos. Pero estas almas elegidas que superan todos los obstáculos y no conocen límite a su ascensión moral, se encuentran casi exclusivamente en el catolicismo, y aun aquí no son muy numerosas. El gran número lo forman aquellos que, después de un desarrollo moral medio, pretenden quedarse en un estado estacionario y no siempre lo consiguen. Lo que se opone a nuestra estabilidad en el estado de moralidad media al que hemos llegado es la lucha continua que tenemos que mantener contra nuestros enemigos internos y los esfuerzos que hemos de hacer siempre para no ser arrastrados por la corriente externa del medio en el que nos vemos obligados a vivir. El medio nos seduce con las palabras y con los ejemplos, y a veces nos obliga al mal con los malos tratos. Lo enojoso del caso es que los enemigos exteriores están en relación con enemigos interiores de los que no nos podemos deshacer. Estos últimos son nuestras tendencias sensitivas que, si no están ordenadas por la razón y hasta frenadas de vez en cuando por la voluntad, rebajan al hombre al nivel del animal superior, sino por debajo como sucede con demasiada frecuencia».

Ahora bien, si examinamos la especie humana, vemos que estas caídas han sido numerosas y de consideración.

– «Antes de Cristo, Dios no era conocido verdaderamente más que en Israel y la moral religiosa no existía; sólo estaba el sentimiento religioso, natural al hombre, fanático en algunos pueblos, más o menos tibio en otros. El culto, expresión de este sentimiento, estaba en todo lugar mezclado con supersticiones vulgares, suciedades de toda suerte y en no pocos lugares hasta con crueldades, que llegaban a los sacrificios humanos. La moral para consigo mismo no era exigida más que por el bienestar al que ayudaba el instinto de conservación: era pues casi desconocida en el interior de la vivienda, y en lo referente a regular y moderar las pasiones, sólo se les ocurría a los Estoicos, pero se pasaban un poco imponiendo a todos prácticas propias de los ascetas y que no deban adoptarse sino con prudencia y plena libertad; los Estoicos no eran numerosos tampoco y habría resultado en vano buscarles discípulos entre la gente. En lo que hace a los deberes con nuestros semejantes, un buen número de sabios conocieron la justicia, contenida en ese dicho: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, pero sólo el Evangelio nos ha enseñado la caridad, contenida en la máxima: Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos (Mt VII, 12). Había afecto recíproco entre parientes próximos y amigos, es decir en círculos reducidos, pero la caridad sin distinción de personas y sobre todo hacia los desdichados no era conocida ni practicada. Los grandes explotaban a los pequeños, los fuertes oprimían a los débiles; esto se hacía sin forma ni medida y el resultado era la esclavitud de la mayor parte de la población en provecho de la menor. En estas condiciones, el hombre era tratado como un animal doméstico, al que se vende o se guarda en casa, al que se le permite o no se le permite propagarse y hasta se le priva de la progenitura de sus autores.

Desde el principio de nuestra era, las cosas han ido cambiando y mejorando poco a poco en los ambientes sociales que recibieron el Evangelio y se dejaron influir más o menos. Parece que desde ese tiempo nuevo, el hombre puede ya sostenerse por sus solas fuerzas. Pero existe aquí una ilusión cuya causa es que nuestras experiencias y nuestras observaciones se realizan en países todavía cristianos o que conservan un fondo serio de cristianismo: la mayor parte de los habitantes recibieron en la infancia, y a menudo también en la primera juventud, una educación a la vez moral y religiosa; son reservas que los desórdenes morales de la vida consiguen raramente hacer desaparecer del todo. Pero en las regiones que no conocieron el Evangelio o muy superficialmente, sucede ordinariamente lo contrario: una falta lleva a otra hasta que el hombre cae en un estado completamente amoral. En las poblaciones que no poseen tan siquiera una civilización puramente material, tal y como se las ve quizás todavía en el centro del continente negro, los grandes y los fuertes se comen, podríamos decir, a los pequeños y a los débiles, y los segundos les pagarían con la misma moneda a los primeros si pudieran; allí, el hombre es apenas un animal superior, que se sirve de la razón para hacer el mal, como nosotros con demasiada frecuencia sólo empleamos nuestros descubrimientos para destruirnos. En los países de civilización material relativa, pero que apenas han recibido el Evangelio, como es todavía el caso de las inmensas regiones del Extremo Oriente, hay una moral exterior pero es la sociedad la que la impone a sus miembros como condición necesaria de su existencia y de una marcha un poco regular de su funcionamiento: es una apariencia de moral y nada más.

De todo esto sale una conclusión un tanto sorprendente: que se encuentre el pecado en el mundo moral no tiene nada de particular; sólo Dios es impecable por naturaleza; los seres creados, sea cual fuere su perfección, no son impecables más que por privilegio, excepto, al parecer, cuando han llegado al estado de beatitud sobrenatural. Lo que sorprende, cuando se reflexiona, es la gran capacidad de pecar del mundo moral del que formamos parte.

Los resultados que la historia del pasado y la observación del presente nos ponen ante los ojos sobre el estado del mundo moral en la superficie del globo son desoladores y llevarían al sabio a preguntarse si el autor del mundo moral ha provisto suficientemente a las necesidades de nuestra especie».

Por lo demás, en estos campos invisibles sobre los que la revelación nos ofrece oscuras claridades, aprendemos por ella que ha habido también caídas: algunos ángeles eligieron el mal y cayeron.

Desde entonces el problema que impresiona la mente humana sobre el mundo moral se puede resumir así: ¿de dónde procede la miseria del mundo moral? ¿Cómo explicarla junto a su grandeza? ¿Por qué quiso Dios este mundo tan lleno de dones y de privilegios y sin embargo tan frágil, y tan fácilmente, tan terriblemente culpable? ¿Cómo se entiende esta misericordia junto a esta justicia? Quien haya podido responder a estos problemas, habrá disipado el escándalo que impresiona a tantas mentes ante la obra divina y que se resume en lo que llamamos el mal. Si Deus est, unde malum?

Cristo y el Mundo moral

Acudamos de entrada al principio que inspiraba al Sr. Pouget en todas sus reflexiones y que había sacado de san Pablo y de san Juan, las dos columnas. Consistía en no separar el mundo moral humano de la persona de Cristo en su centro. Cuando se examina el mundo moral según el método del filósofo, se examina una posibilidad que de hecho no se ha realizado. Es cierto que semejante método es necesario, cuando se quiere respetar la estructura del ser, cuando se quiere caminar per vias rectas de la razón a la fe, como ya lo hemos señalado al principio de este capítulo, pero no sería suficiente si uno se limita a él, porque le faltaría realismo.

Además, aun si la razón argumentara sola, debería encarar la realidad del mal, y dado que por sí misma no puede proponer ningún remedio, pronto caería en el peligro o bien de resignarse a no ver lo que es o bien a caer en la desesperación. Es de tal manera tentador  pasar por alto la existencia de la falta, reduciéndola a una especie de fealdad del ser como los Griegos, o colocándose, como Kant, en ese estado ideal y ficticio en el que la conciencia se identificaría con la ley. Y, si no se aceptan sus soluciones irreales, entonces uno se extraña de que el mal reine en el mundo sin contrapartida, y el hombre llega a dudar de lo que es él.

Esto porque la solución de la razón pura desdeña un dato del problema, que sola la fe conoce. Este mundo moral no se sostiene por sí mismo. No subsiste solo. Es en Cristo donde hay que verlo. Es así al menos como él lo examinaba. Y vamos a decir cómo.

1º Demostraba que Cristo eleva el mundo moral a un grado de excelencia sublime por su Encarnación;

2º Después, que ofrece a los seres del mundo moral los medios sobreabundantes de reparar sus caídas por los méritos infinitos de sus sufrimientos redentores.

Cristo eleva el Mundo moral a una sublime excelencia por su Encarnación.

Para el Sr. Pouget, Cristo, en cuanto hombre, era la cabeza, el jefe del mundo moral. No solamente forma parte de él, según se ha de concluir por lo que dice san Pablo (Ef I, 3-10), sino que también está en el mundo moral como un centro al que

– «van unidos todos los órdenes de este mundo, único o múltiple; es una cabeza en la que se resume en una calidad sobreeminente toda la perfección de este enorme cuerpo, que anima todas sus acciones y que dirige todas sus partes. Según san Pablo, en Cristo se reúnen – o se incorporan- todas las cosas del cielo y de la tierra. Pues, según el contexto, estas cosas no son ni los cuerpos celestes ni los elementos terrestres, sino los seres del mundo moral, ya que al llegar la plenitud de los tiempos Dios, según su benévola voluntad, realizó su plan de incorporar o hacer terminar en Cristo todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, y nada de lo que aquí dice el apóstol puede entenderse de los elementos materiales del cielo y de la tierra.

Entonces Cristo reúne en sí el mundo moral entero, visible e invisible. El primero de estos mundos, parte inferior del todo y compuesto de espíritus incorpóreos, el Salvador se lo incorpora por su comunidad de naturaleza con nosotros. Al segundo de estos mundos, compuesto de espíritus puros en todos sus órdenes, por su alma, superior en perfección a todo espíritu creado, aunque no sea más que un alma humana. Por otra parte, Cristo Hombre sobrepasa en dignidad a todos los seres de orden moral, a causa de la apropiación que el Hijo eterno de Dios se hizo de nuestra naturaleza. Además, en Cristo Hombre, tal y como nos lo representan el conjunto de los Evangelios según testigos oculares inmediatos o casi inmediatos, advertimos un equilibrio perfecto de fuerza y de dulzura, de calma y de actividad, en una palabra una medida que no encontramos para ninguno de nuestros semejantes en la historia profana o sagrada, ni para ninguno de los espíritus celestes que intervienen tan a menudo en los relatos bíblicos. Los grandes y los pequeños no existen para el Cristo de los Evangelios: él humilla tan fácilmente el orgullo de los primeros como eleva la bajeza de los segundos; habla con la misma facilidad del cielo y de la tierra, del tiempo y de la eternidad. Encarna la perfección moral del hombre en su más alta excelencia.

Como cada ser del mundo moral depende directamente de Dios, el mundo moral, aun en la Encarnación, tenía un centro que unía a todos sus miembros y una cabeza que los dirigía a todos; pero este centro y esta cabeza que eran Dios mismo no formaban ni podían formar parte del mundo moral, a causa de la perfección infinita de la divinidad. Cristo, en cambio, como hombre verdadero, puede formar parte del mundo moral, pues aunque en él el hombre tenga una dignidad infinita como parte integrante, ya que no necesaria ni perfeccionante, de una persona divina, sin embargo su naturaleza humana es cosa creada, y por ello finita, pero la más perfecta de las cosas finitas. Cristo puede entonces entrar en el mundo moral, pero con un lugar aparte del todo, es decir como centro y como cabeza. Posee esa doble cualidad como Hijo propio del Padre (Rom VIII, 32), pero, debido a este título, él lo tiene necesariamente y no por amor y por elección y no está en el mundo moral sino que está siempre infinitamente por encima.

Al contrario, por su naturaleza humana, el Salvador puede naturalmente entrar en el mundo moral y ocupar en él el lugar que le conviene; pero es preciso que lo quiera, ya que no se ve obligado a ello. ¿Lo quiso?  Tenemos en san Pablo (Ef I, 3-10) un pasaje de los más notables que permite una respuesta afirmativa: la voluntad benévola del Padre se propuso recapitular en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra, o de reunir en Cristo como en la cabeza todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Todos estamos incorporados a Cristo Hombre naturalmente, porque toda rodilla, aun en el cielo, debe doblarse ante Aquél a quien el Padre ha dado el nombre que está sobre todo nombre (Flp II, 5-11). Por la Encarnación el mundo moral, la parte más alta de la creación, es elevado en su cabeza, Cristo Hombre, a los honores de la Divinidad. Cristo es pues en cuanto hombre cabeza y centro del corazón del mundo moral, del que no forma parte más que a título de hombre, pero como un principio que, según el pensamiento del Apóstol, vivifica, dirige y domina a todo ese vasto cuerpo».

El Sr. Pouget encontraba estos pensamientos en san Pablo. Habría podido sacarlos de san Juan. Y los textos famosos de dos Sinópticos sobre el omnia mihi tradita sunt a Patre, certificados por la tradición crítica, le parecían contener la primera expresión de esta doctrina, tal como había salido de la boca misma de Jesús.

Cristo no se limita a habitar el mundo moral íntima y oscuramente, instruye a los miembros de su cuerpo místico mediante la gran obra de su Iglesia, que manifiesta la sabiduría de Dios a los espíritus celestiales, al propio tiempo que es un medio seguro de salvación para todos los hombres. Él los instruye cada vez más por sus acciones y las virtudes que sus acciones revelan. ¿Cuál es en efecto para un ser del orden moral el punto culminante de la perfección?

– «Es caminar libremente al unísono con la voluntad divina, por difícil que sea lo que pide a su criatura, y sin tratar de adivinar el motivo que legitima la orden, cuando se sabe que esta orden viene de arriba; cada orden en efecto no es más que la aplicación a un caso particular de la ley eterna, según la cual Dios rige todos los mundos y el mundo moral ante todo. Ahora bien, para obedecer a la voluntad del Padre, Cristo en  cuanto hombre sacrificó su vida humana  por el suplicio infamante y muy doloroso de la crucifixión. El Salvador había previsto esta muerte y la había anunciado varias veces a sus discípulos; es verdad que en Getsemaní pidió al Padre que alejara de él, si era posible, aquel cáliz amargo, pero enseguida añadía: ‘Sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’, dirigiéndose al Padre. Nunca un ser creado ha obedecido a Dios con tanta perfección en su voluntad y tanto sacrificio en su persona».

Así, por Cristo y en Cristo, el mundo moral se basta y posee en sí mismo todo aquello que puede necesitar para perfeccionarse. Rinde a Dios un homenaje digno de él. Con la Encarnación se puede decir pues que se  terminó la obra de Dios.

Hasta este punto de nuestro análisis, no hemos hablado de las miserias propias del mundo moral ni de su falibilidad esencial. Pero ya nos damos cuenta de que el mundo moral recibe por la sola Encarnación una riqueza y una grandeza espirituales sin comparación: por lo tanto, su debilidad se encuentra ya reparada por parte de Dios, pues la proporción del mal, por grande que sea, se empequeñece ante la del Bien. Por fin por la presencia en su centro del Hijo encarnado, por sus ejemplos y por su gracia, el mundo moral recibe un perpetuo auxilio, que le ayuda a mantenerse, a sostenerse: tiene de qué vivir sin  caer.

Mucho más, tiene con qué levantarse, si cae. Esto es lo que nos queda por ver.

Cristo ofrece a los seres de este Mundo moral los medios

de reparar sus caídas: la Redención.

Cuando Dios es conocido y el mundo moral halla en él su fuente primera y su fundamento supremo, entonces la noción del pecado se transforma. La culpa no es ya una mancha externa, ni una imperfección íntima, ni una degradación frente a nuestra propia conciencia, sino que se convierte en una transgresión de la ley establecida por Dios mismo. A esta ley se añade la ley positiva promulgada por Cristo Hombre-Dios. Toda transgresión es pues un desprecio, al menos indirecto, del Legislador supremo. Si sucediera en frío y con pleno conocimiento de causa (lo que a los ojos del Sr. Pouget debía de ser bastante raro en los hombres), el desprecio sería directo, flagrante, escandaloso. Y además, cualquiera que sea el grado del ultraje que hacemos al Ser infinito con nuestros pecados, es imposible al hombre repararlo. Y no es porque un ser finito pueda hacer a Dios un ultraje infinito, como algunas mentes exageradas se permiten decir. Ni tampoco porque causemos daño a Dios con nuestros pecados: «Se dice a veces en las homilías, nos confesaba, yo mismo lo he dicho, pero no lo veo en la Escritura. Un santo da a Dios todo lo que puede. Un pecador sólo se hace daño a sí mismo.»  Pero, si Dios está demasiado alto para que puedan alcanzarle nuestros ultrajes, la vergüenza al menos nos abruma, y nos hace caer del estado de sobrenaturaleza al que Dios nos ha destinado y al que sólo él nos puede devolver: si nos reintegra en él, se dice que nos perdona; pero el perdón es un regalo, y nadie puede estar obligado a perdonar, a no ser que se obligue a sí mismo de alguna manera.

Esto es lo que la Trinidad santa quiso permitiendo las humillaciones y los sufrimientos de Cristo Hombre.

– «Si Cristo carga con los pecados de todo el mundo moral cuya cabeza es, puede por sus humillaciones, cuyo mérito es infinito por causa de la persona del Hijo que las soporta por su naturaleza humana, puede, decimos, rendir a la Trinidad santa homenajes capaces, cada uno en particular, de reparar todos los ultrajes del mundo moral a la Divinidad. Cristo es pues capaz, el único capaz, de hacernos recobrar lo que hemos perdido por estas mismas faltas. Es suficiente que quiera cargar con nuestros pecados a su naturaleza humana inocente y que el Padre acepte esta sustitución del inocente en lugar de los culpables. Es un igual, el Hijo, quien ante sus iguales, el Padre y el Espíritu Santo, ha intercedido como hombre a favor de numerosos hermanos de quienes es el primogénito, y esta intercesión ha sido acogida favorablemente».

Las grandes aguas del pecado no podrán pues engullir el Amor de Dios en Cristo, ya que no existe proporción entre lo que es finito y lo que es infinito. El pecado y la redención no son del mismo orden. Finito sólo el pecado, infinita la redención.

El Sr. Pouget, en su último trabajo se había dedicado a desarrollar estas ideas. Como el viejo san Juan, acababa por el amor, que desecha todo temor, menos para aquellos que se niegan obstinadamente al amor. ¿Cuántas veces no habrá dicho que «la Encarnación redentora del Hijo eterno de Dios da a Dios infinitamente más gloria y honor que los pecados de los hombres, aun llevados al absoluto, le habrían podido sustraer?»

El origen del mal moral y la redención

Nos quedaba todavía un problema, de importancia a pesar de ser secundario, aunque haya ocupado desde hace quince siglos a esta parte un lugar preponderante en las especulaciones sobre el mal, el del origen del mal moral, el de la primera caída, y de sus consecuencias funestas.

¿Cuáles son las causas del fracaso de la humanidad y de este desequilibrio de nuestra especie, y también de esta privación de gracia en la que nacemos? Al crearnos libres a su imagen y semejanza, ¿no habría podido Dios crearnos más fuertes y más capaces de conservar los dones? Además, si resolvió en su bondad elevarnos a una vida superior, ¿por qué no nos la otorga en el nacimiento mismo? Y sobretodo, ¿cómo explicar que la falta de Adán haya sido la causa de nuestro nacimiento fuera del estado sobrenatural al que aun así estamos destinados? Lo sobrenatural no nos es debido; la soberana bondad nos lo puede conceder con las condiciones de su agrado. Pero, si la justicia de Dios no se cuestiona, ¿se podrá decir otro tanto de su sabiduría? ¿Cuántos niños muertos sin el bautismo antes y después de Cristo, quienes han sido, quienes son o serán privados de bienaventuranza celestial, sin que exista de por medio falta alguna por su parte? En estas condiciones llega uno a preguntarse si era digno de la sabiduría divina poner en manos de Adán y Eva, pareja probablemente adolescente y en todo caso inexperta, la suerte eterna de la especie humana entera. ¿No existe una desproporción tan grande entre la causa y el efecto que parece incompatible con la idea de la razón? Y sin embargo Dios no hace nada sin razón, y él mismo es la suprema razón.

El Sr. Pouget se entregaba a estos problemas bien a su pesar y para sostener a bien altas inteligencias que se sentían atormentadas y frenadas en el dintel de la fe por las dificultades del dogma del Pecado original. Era, según lo henos visto, una de sus ideas más queridas que los dogmas no se nos habían dado para satisfacer nuestras curiosidades, por legítimas que fueran, sino para revelarnos las verdades necesarias a nuestra salvación, sin dejarnos demasiado ir más allá. Algo que está claro en la Escritura es que nacemos fuera de la gracia aunque para la gracia, y en el desequilibrio de las potencias. Y lo que se halla expuesto en el capítulo V de la Epístola a los Romanos es que la causa de este estado es el pecado de Adán en el Paraíso; pero aquí la luz es menor. Porque, ¿quién sondeará los planes divinos, quién podrá decir que esta causa es la única causa de la conducta divina y de nuestro nacimiento en la privación de la sobrenaturaleza y en el desorden de la naturaleza? Pío V definió contra Bayo que el estado en el que vivimos en el mundo no es tal que no se pueda explicar con el pecado, como lo pensaba por ejemplo Pascal. Dios habría podido, si hubiera querido, crearnos en el estado en que actualmente nacemos.

El esfuerzo del Sr. Pouget no consistía en interpretar, con riesgo de minimizarlo o de desfigurarlo, el dogma del pecado original: era todo lo enemigo del gnosticismo que podía. Su natural lo llevaba hacia lo positivo, a comprender con la precisión más minuciosa lo que se había definido exactamente en los anatemas de los Concilios, tanto en Orange contra los semipelagianos, en el clima agustiniano, como en Trento, contra los protestantes, y en el clima tomista.

Para saber el alcance de las definiciones de la Iglesia, se han de conocer cuáles son los errores que los Padres se proponen condenar. El sentido de una definición se limita en los anatemas a la negación de un error; si lo extendemos nos exponemos.

La muerte le sorprendió en estos estudios, por eso no insistiremos, por el peligro de tomar como declaración definitiva de su pensamiento lo que no era más que  medio y que hipótesis. Limitémonos a las directrices.

El primer resultado útil de su estudio era corroborar con argumentos sacados de la historia lo que es de común enseñanza. La noción de pecado se ha desarrollado y precisado de treinta siglos para acá. Hemos asociado cada vez más la idea de pecado a la de responsabilidad personal. A nuestros ojos el pecado es un acto interior hecho con plena conciencia y que no se puede imputar más que a la persona que lo ha cometido libremente.

Nadie podría pecar por mí. Y yo no puedo sufrir el castigo que corresponde al pecado de otro. Por esta razón el pecado original no se parece al pecado propiamente dicho más que por su efecto que es privarnos de la gracia. Una culpa grave tiene un doble efecto. El primero es el de constituirnos en deudores para con la justicia divina: ese efecto afecta a la persona que ha pecado y no se podría trasmitir. El Sr. Pouget decía con energía, según el pensamiento del profeta Ezequiel: «Nadie puede ser condenado a una pena ni a una vergüenza sin fin por un pecado cometido por otro; iría contra toda justicia y violaría la ley moral misma.» Pero existe un segundo efecto del pecado, que es debilitar el vigor moral del pecador, lo que influye en su vida por el juego de la mala costumbre, lo que puede incluso pasar a su entorno por contagio de la influencia y a sus descendientes por herencia. La transmisión de estos últimos efectos no es tan sólo posible, sino real con demasiada frecuencia.

La Iglesia ha enseñado que existe finalmente un tercer efecto, en lo que se refiere al pecado de Adán, y que consiste en privarnos de la gracia y vulnerar la naturaleza. Pero aquí, el Sr. Pouget se preguntaba si, en el plan divino, el pecado de Adán era la única causa de que naciéramos destinados a la gracia pero privados de ella por el momento. Una palabra que le había llamado largamente la atención era la de constitutus que se halla en el primer canon de la sesión V del Concilio de Trento; en él vemos que Adán por su pecado perdió la justicia y la santidad en la que había sido establecido; in qua constitutus fuerat. Así, el concilio no dijo que el primer hombre fue creado (creatus) en el estado de gracia, sino que fue establecido (constitutus) en este estado. El concilio redactó así su decreto para dejar libertad a las diferentes escuelas de teología: cuando esta libertad se ejerce sin daño para el dogma católico es costumbre de la Iglesia preservarla. En el siglo XVI la mayor parte de los teólogos pensaban con santo Tomás que Adán  había sido creado en estado de gracia, y la Biblia, decía el Sr. Pouget, parece darles razón, si bien en esta materia no se han de presionar demasiado los viejos textos. En todo caso, otros teólogos como Pedro Lombardo, Ricardo de San-Víctor, Duns Escoto y sobre todo san Buenaventura, pensaban que Adán no había sido establecido en estado de gracia hasta poco después de su creación; primero, aunque hubiera sido creado en un estado de integridad y de justicia natural con el dominio espontáneo de sus inclinaciones inferiores, sólo se encontraba en estado de inocencia y de amistad natural de  Dios, pero en vistas de una amistad sobrenatural muy cercana. En este caso, se le habría dado la gracia después de una prueba y cuando hubiera sido capaz y digno de recibirla. Los Padres, tomados individualmente, se inclinaban por la doctrina tomista, pero no quisieron excluir la otra idea. Es pues libre aceptarla. Y él se inclinaba hacia esta segunda hipótesis. Pensaba entonces que Adán había sido creado no en gracia, sino para la gracia. Este modo de ver parecía deducirse de lo que se dice sobre Adán en el Génesis (si al menos se comparan los dos relatos de la creación); y, además, le parecía más conforme al modo según el cual el gobierno divino conduce a la bienaventuranza a los seres del orden moral por la infusión de la gracia: Dios opera y estos seres libremente cooperan, lo que no pueden hacer sin emplear la razón. El Sr. Pouget pensaba también que, si Adán no hubiera pecado, los descendientes habrían pasado por la misma situación que su primer padre y sin gozar del privilegio que la Iglesia ha definido para la madre del Hombre-Dios: habríamos venido al mundo en el estado de inocencia y no habríamos recibido la gracia más que cuando hubiéramos sido capaces de cooperar con ella. Me temo que esto parezca a muchos una suposición del todo ociosa. Suponer lo que Dios habría hecho si Adán no hubiera pecado, es colocarse en una hipótesis irreal, y todos saben qué difícil es en la simple historia humana decir lo que habría sucedido si tal suceso no se hubiera producido, preguntarse por ejemplo qué sería el cristianismo sin el apostolado de san Pablo o el mundo sin el cristianismo. Pero la perspectiva de una historia posible y no realizada ayuda a comprender mejor la historia real. Por lo demás sea como fuere esta visión de nuestro autor, ella tendía, en su mente, a hacer ver, según el pensamiento de Pío V, que el estado en que venimos al mundo no era un estado de condenación y que la naturaleza, si bien vulnerada por la primera culpa, no estaba de ninguna manera corrompida ni viciada, como creían los luteranos. Él, por su parte, no echaba de menos el estado de inocencia de Adán en el paraíso. Le oí decir varias veces que prefería estar con Cristo en este valle de miseria y de muerte, antes que estar sin él e inmortal en medio del paraíso. En un mundo sin Cristo, el pecador habría estado continuamente expuesto a perderse: con la redención, el mundo moral tiene la seguridad de no caminar hacia la ruina, ya que Dios se ha comprometido a perdonar siempre el verdadero arrepentimiento. «Ahora, en medio de las dificultades sin cuento, solía decir, tenéis una cantidad de hombres más virtuosos que la primera pareja». Y los niños de padres bautizados gozan de una ventaja incomparable. Si no han sido creados en la gracia, se encuentran establecidos en la amistad de Cristo desde el nacimiento.

Y cuando se le oponía el famoso paralelo de san Pablo entre Adán, quien nos constituye en pecadores por su desobediencia y Cristo que nos constituye en justos por su obediencia, hacía esta observación:

«Si verdaderamente hubiéramos pecado en Adán y hubiéramos sido constituidos realmente pecadores, habría que confesar que Adán habría sido más fuerte para perdernos que lo que Cristo es para salvarnos. En efecto, Adán nos habría perdido y condenado a pesar de nosotros, mientras que Cristo para salvarnos tiene necesidad de nuestro consentimiento y de nuestra libre cooperación. Tal no es el pensamiento de san Pablo, quien al contrario se propone demostrar la excelencia del nuevo Adán cuya obediencia nos ha justificado infinitamente más de lo que la desobediencia del primer Adán  nos había perdido.»

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