Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (IV)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1939.
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Capítulo III: El Sr. Pouget y la crítica religiosa

Omnis scriba doctus in regno coelorum  similis est homini patri familias, qui profert de thesauro suo nova et vetera.
(Mat., XIII,52.)

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011Al dejar esbozarse en la mente, un rasgo tras otro, una primera imagen de nuestro modelo, hemos dado a entender que para comprenderle bien, no había que perder de vista el recuerdo de su infancia campesina: volver a aquellos años en que manejaba el arado, cuando llevaba a apacentar sus ganados por los páramos de la alta Auvernia. Fue mientras rezaba en el seminario de Saint-Flour, ante una estatua de san Vicente de Paúl, cuando el Sr. Pouget había tomado conciencia de su vocación. Al igual que su patrón, él fue un campesino toda su vida. Y esa es la razón de quererlo.

Al Sr. Vicente se le parecía por cierta curvatura de los hombros que recuerda la vieja costumbre de inclinarse hacia el suelo, y por ello su aspecto rechoncho y macizo. Se le parecía también por su naturaleza. He conocido a lazaristas que han sabido dar a sus conductas, a sus juicios, y a veces hasta a sus rostros, mediante un ejercicio continuo, el carácter de sus maestro. Al Sr. Pouget no le había costado tanto. Su santo y él eran gente conocida: se reconocían al primer vistazo por el efecto de la fraternidad campesina, por la identidad de sus orígenes y me atrevería a decir que eran como cómplices. Se ha dicho del Sr. Vicente que fue toda su vida un campesino. El Sr. Pouget era un campesino sabio: era su carácter y su sabor.

El Sr. Pouget y el espíritu crítico

Pero se admiraba en él la prudencia de los viejos campesinos que, una vez transfigurada, se convertía en espíritu crítico.

Nadie mostró más consideración hacia los métodos llamados críticos. No sé cómo pronunciaba Kant la palabra  kritik que él puso sobre el candelero, pero le oí hablar más de una vez de «la Crítica» con un tono de respeto que os comunicaba una emoción imborrable. Esta palabra que muchos pronuncian como Eva debió hablar de la serpiente en su ancianidad, cuando pasaba por los labios del Sr. Pouget, se cargaba de ternura: él decía la crítica, como el soldado de verdad dice «el ejército», como un verdadero sacerdote habla de «la misa»; después de todo, su oficio era ser crítico; era crítico como su padre era labrador y aguador.

Recuerdo una tarde, al caer el día, me lo encontré sentado en aquel sillón de paja que ya he descrito, sombrío, encorvado y mordisqueándose las uñas. La sombra era completa: daba a la celda ese aspecto «informe y vacío» del abismo inicial cuando el Espíritu de Dios, el primer día del mundo, se movía sobre las aguas. Pero en aquel lugar también, un espíritu velaba y fecundaba las tinieblas. Se puso a pensar en voz alta: «Ah! señor, cuando el cielo era azul y yo podía verlo, me producía un placer inmenso.» Yo pensaba en aquello de Job: «su soplo regala al cielo la serenidad…» ¿Es de día aún? Añadió, dirigiendo hacia la ventana una mirada cándida,  – luego, sin esperar respuesta, continuó, hablándose a sí mismo, como para consolarse, como para justificarse: «Para mí, es de noche, siempre. Pero hago crítica. La crítica, cuánto se habla en contra. Cuando se hace bien, habría que bendecirla. El siglo XIX, que la aplicó el primero, es un siglo de gigantes.» Este pensamiento que se le había escapado me permitió entrever de repente lo que había de nuevo en aquel anciano. La crítica que había logrado en el siglo XIX echar por tierra todo lo que el mundo adoraba, entre las manos de Pouget, y sin dejar de ser ella misma, se volvía serena, saludable y, si se llegaba a purificar esta palabra de toda insulsez, era verdaderamente constructiva.

Pero a fin de explicar esta novedad y este favor, bueno será hacer correr detrás de nuestro modelo un telón de fondo ligero, exponiendo primero el estado de espíritu de sus contemporáneos y por qué era mérito suyo colocar bien alto todo aquello que en derredor suyo era sospechoso a veces.

Nadie puede cuestionar que, desde hace tres siglos, los teólogos no hayan demostrado desconfianza ante muchos de los descubrimientos logrados por la aplicación de los métodos científicos. Y ello es más curioso porque las dos fuentes de nuestros conocimientos, como son la razón y la experiencia, han sido respetadas, purificadas y defendidas por la Iglesia. Durante toda la Edad Media el ejercicio de la razón era respetado entre los clérigos: si la Edad Media merece un reproche, quizás sea el de haber llevado el racionalismo demasiado lejos al querer explicar por conceptos lo que debe seguir fuera de nuestro alcance. En cuanto a la experiencia, no debería ser para un cristiano más que el lenguaje y la palabra de Dios que, según Pascal, es «infalible en los hechos mismos». Pero, debido a la autoridad de Aristóteles y a los servicios prestados en la infancia del mundo, debido a un concepto demasiado restringido de la inspiración de las Escrituras, y también al efecto de esa prudencia perezosa que lleva a las sociedades establecidas a consagrar las costumbres para siempre, sucedió que muchos de los grandes descubrimientos que hoy se celebran parecieron victorias arrancadas a la enseñanza eclesiástica, aun cuando los creyentes hayan contribuido a ello, como fue el caso de Copérnico, que era canónigo. La astronomía, la geología, la historia de las especies, la antropología, la ciencia de las religiones, la crítica bíblica se formaran sin la Iglesia y a veces contra ella, tan difícil había sido desprender el espíritu cristiano del sistema antiguo del mundo con el cual se había mezclado. Tantae molis erat.

No se podía razonablemente esperar que todos los sabios tuviesen la prudencia de Descartes, y que renunciasen a publicar sus obras para ponerse de acuerdo con la disciplina. Muchos fueron más allá, reivindicaron altivamente su autonomía, y todo avance científico adoptó un aire de protesta o de desafío, hasta en los dominios neutros e indiferentes. De esa manera, el espíritu científico parecía contener en el fondo algo del espíritu de revuelta. Los partidos extremos se ponían de acuerdo, unos para celebrarlo, otros para deplorarlo, en considerar la ciencia como una religión nueva. Bajo todas estas influencias, cómo no pensar por parte del mundo religioso que el espíritu de la ciencia, altamente laudable en sí, presentaba en la práctica peligros, parecido a un elixir saludable, pero que reclama al tomarlo precauciones infinitas y que debe negarse a los que se sientan tentados a forzar la dosis?

Y, si esto se sospechaba del espíritu científico, tomado en general, cuánto más de esa delicada flor llamada el espíritu crítico! Se habían presenciado en el siglo de Strauss y de Renan los estragos del espíritu crítico. La incredulidad parecía más temible que nunca, ya que no podía abandonar el tono de la pasión y hablar con la impasibilidad de una técnica. No era ya una elocuencia, ni una filosofía, sino una conclusión aparentemente necesaria del examen crítico de los libros santos. El primer deber de la Iglesia ante esta nueva ola del eterno asalto había sido el de preservar a sus hijos, hacerles volver a sus viejas murallas y bajar las compuertas. Las cuestiones que se planteaban eran demasiado numerosas, demasiado nuevas, y era prudente esperar a tiempos más favorables en que, crecida la cizaña y el buen trigo con ella y en medio de ella, llegara et tiempo de realizar la cosecha. Pero, como toda política lleva consigo una mentalidad, como de todo método se desprende un espíritu, como el común de los mortales ve por encima ignorando los matices, era fatal  que se acentuara entre el clero una especie de desconfianza frente a la ciencia independiente, y que esta desconfianza apareciera como corolario de la prudencia y de la piedad.

Esto se notó sobre todo en los institutos donde se formaba al clero medio. Las clases de ciencias se consideraban de escasa importancia; las de la sagrada Escritura de segundo orden. La docilidad en dar la lección o el manual era una cualidad superior al espíritu de iniciativa y de búsqueda; el arrojo se consideraba temeridad. El gusto demasiado pronunciado por los estudios positivos sería con toda facilidad indicativo de falta de aptitud para la vida clerical, o al menos una condición poco favorable a la santidad. Renan ha descrito bien esta atmósfera en sus Recuerdos de Infancia y de Juventud. Había tenido también buenos maestros para instruirse en las lenguas semíticas. Pero hacia 1880, apenas se habían hecho progresos. Oí contar al padre Lagrange, que fue seminarista en San Sulpicio con Mons Battifol, qué poco espacio se daba entonces al estudio de la sagrada Escritura en los programas de  estudios. Creo recordar que se había confiado esta enseñanza de descanso al sulpiciano encargado del economato, o que estaba condenado al ocio del retiro, y además se trataba sobre todo de encontrar en la Escritura los sentidos espirituales. Por una curiosa contradicción, la enseñanza de las materias bíblicas se creía a la vez peligrosa y accesoria.

Estas anotaciones serían inútiles si no debieran servirnos para comprender el espíritu del Sr. Pouget: puesto que, en este mundo donde la claridad viene de la sombra, sólo se pinta por contrastes. Habría crecido en medio de tubos de ensayo, microscopios y de máquinas si no hubiera poseído en alto grado ese sentido de lo positivo del que Augusto Comte nos ha dejado una definición  bien abstracta, bien sistemática, y para decirlo todo, muy poco positiva. Aparte de que el Sr. Pouget vivió, mientras tuvo vista, con predilección en «el gabinete de física», disponía para que le sirviera aquí también de la experiencia campesina: el trabajo de la tierra, la vida dura de las montañas, será sin duda un buen laboratorio natural que predispone al otro. Con qué satisfacción habría refrendado este pensamiento de Barrès: «¿Dónde se defiende hoy la civilización? Se defiende en los laboratorios y en las iglesias».

No hablaré aquí de aquellos hábitos de honradez, de escrúpulo y de paciencia que él poseía como todo sabio: sentía en particular un horror absoluto por la información de segunda mano, que yo admiraba en la Sorbona entre los maestros. Aun estando ciego, necesitaba referencias precisas, y cuántas veces le oí decir, cuando no se podía encontrar en su casa un texto exacto: «Subamos a la biblioteca», lo que representaba para su edad toda una expedición llena de peligros y de la que regresaba a veces, después de golpearse con alguna rinconera, con un chichón que adornaba su monumental cráneo durante varios días. Y daba compasión verle palpar los gruesos volúmenes de la patrología que reconocía por el perfil del lomo, por las faltas de la encuadernación, y que abría mal que bien por la página buena, con la ayuda de su recuerdos táctiles.

Pero el espíritu crítico no es tan sólo el gusto por la exactitud en las citas. Los estantes de nuestras bibliotecas se curvan bajo el peso de libros cargados de notas, irreprochables, y que nos dan una idea falsa. En realidad, el espíritu crítico, este nombre técnico y un poco secreto de la sensatez, es un buen hábito del juicio que nos lleva a no afirmar nunca más de lo que podemos probar razonablemente. Esta reserva se manifestaba en el Sr. Pouget por un constante cuidado en basar cada uno de sus dichos en motivos probados, es decir capaces de ser aceptados por toda mente recta. Se conoce ese criterio dado por el filósofo Adam Smith para discernir la moralidad de un acto: que cada uno de nosotros se represente como un espectador imparcial. Si este espectador aprueba, el acto es bueno. El Sr. Pouget se refería siempre en materia de razonamiento a un espectador de esta clase, independiente, razonable y mesurado. Si el espectador asentía, la prueba tenía peso. Si dudaba, señal de que la prueba no era buena y había que buscarse otra. Cuántas veces enfrentado a una opinión que gozaba de autoridad en la enseñanza común, y hasta a una de sus ideas hasta entonces familiares, y que le repetíamos como el texto de una lección, yo le veía alzar primero la cabeza, y le oía decir: «Podría ser, pero habría que ofrecer pruebas.» Pero él trataba ante todo de ser irreprochable, y según decía él también de «no presentar el flanco a la crítica». Desconfiaba de la manía que tenemos todos los cultos de querer saber demasiado. Creo que para él las enfermedades del juicio eran de dos clases: había en primero lugar un mal mortal, el que os lleva a construir premisas, a «solicitar los textos» para dar consistencia a vuestros deseos; y había también un mal por decirlo así venial, que os lleva a ir más allá en las conclusiones de lo que iba dado en las premisas. La antífona que acudía siempre a sus labios y que canta en mi memoria cuando me propongo evocarla en sus funciones críticas, es la expresión; «no necesariamente», de la que usaba y abusaba.

Con los preceptos que se le escapaban de vez en cuando se hubiera podido preparar un pequeño manual de método crítico para uso de los cristianos que tienen la misión de pensar. Me ciño a componer un breve bosquejo preparatorio y que insinúa toda una mentalidad, reuniendo aforismos de acá y de allá en el curso de diez años de conversaciones:

No hay que ser demasiado católico, ya que pondríamos el catolicismo por las nubes privándole de las bases de que le ha dotado el Creador.

La piedad, cuando se encuentra sola, deforma un poco. Los Antiguos no tenían ningún conocimiento científico. Los teólogos de la Edad Media solicitaban los textos en busca de las mayores (del silogismo). Se creía que un libro inspirado debe enseñarlo todo. Pues bien, el texto dice esto; podría decir también aquello; pero habría que probarlo. Quien prueba demasiado, no prueba nada.

Los Antiguos no tenían gran idea de la cronología, que es cosa difícil. – Filón y Josefo hacen redactar todo el Pentateuco a Moisés; el cristianismo ha adoptado estas tradiciones. Pero no se han de confundir los negocios del pueblo mal instruido con el cristianismo, porque sería reducirlo a poca cosa. Para conocer el cristianismo se han de estudiar sus fuentes y resignarse a no saber más de lo que las fuentes nos dicen.

Estad siempre dispuesto a creerlo todo, pero de hecho, creed lo menos posible: no creáis más que aquello de lo que estéis seguro o que lo que se os impone. No puedo comprometer a la Iglesia, cuando ella no se compromete; además, os podéis equivocar, y las retiradas no se hacen nunca en buen orden.

No nos atrevemos a fiarnos de la razón, y con todo, si esto no cuenta, ¿qué es lo que contará?

No dejarse nunca liar aquí (señalando la frente). Cuando nos encontramos atados por la verdad, entonces somos libres.

La Iglesia no puede imponerme las pruebas de la Iglesia. Aquí sólo la razón es la dueña, y en eso consiste toda la dignidad del hombre. Yo no me inclino delante del papa porque tenga tres coronas, sino porque mi razón me ha mostrado la misión divina de Cristo, la fundación de la Iglesia por Cristo y la autoridad de Pedro.

No diga: esto es verdad. Dé pruebas. – Fulano ha dicho eso. – Ah! bueno, pero ¿qué razones tenía?

La verdad se oculta siempre, como la levadura. Nunca se llega a saber demasiado, nunca.

Mire, somos la más terrible de las democracias, ya que la verdad, aunque la hayan descubierto los más pequeños, acaba siempre por triunfar.

El testimonio de los Padres prueba la fe que se tenía en su época; pero no vamos a hallar en ellos  por fuerza todo lo que se ha explicitado. Me acuerdo de haber oído a Duchesne que decía: «Dejad hablar a los Padres, pero no les hagáis hablar.» Tertuliano empleaba la crítica: en su De Praescriptionibus decía: «Fijaos en las grandes Iglesias, lo que creen, y cuánto hace que creen».

Existe gente que se sirve de pruebas que a su vez necesitan pruebas. Los hay que creen que acumulando pruebas débiles van a obtener una prueba fuerte. Si se tratase de testimonios, habría convergencia. Pero se trata de textos: pues, si un texto es dudoso, los otros no evitarán que sea dudoso. Me citan a los Antiguos, pero los Antiguos no estaban por el trabajo preciso: se ve en sus traducciones en las que se contentaban con el poco más o menos. Para otros la tradición es lo que ellos piensan hoy: «Eso siempre se ha creído. – Señor, precisamente es lo que se cuestiona. Usted me da el enunciado del problema como la prueba del problema».

La verdadera defensa de la religión es la crítica. Consiste en no afirmar nunca más de lo que se sabe por el texto y por la historia, en no imponer nunca lo que no es necesario, Los métodos racionales de estudiar se imponen a todos y para todo. Ninguna autoridad puede ir contra su buen empleo.

Cuanto más se adelanta más se acerca uno a una docta ignorancia.

Hay pocas verdades esenciales. Y la verdad no es un sistema geométrico.

Debo practicar la religión porque hay razones objetivas que me lo imponen.

Si el catolicismo y la razón se encuentran no es culpa mía; hay hechos que traen consigo sus consecuencias. El catolicismo, son hechos; la historia, son hechos. La razón se pasea entre ellos y ahí está todo.

El Sr. Pouget y la Biblia

Ha llegado el momento de decir cómo había llegado el Sr. Pouget a hacer crítica: y fue para conocer mejor la Biblia o más exactamente la revelación contenida en la Escritura. Recordemos en qué circunstancias fue inducido él casi a su pesar a examinar la Biblia con más atención, cómo pasó de la física, que fue la pasión de su juventud, que le ocupó exclusivamente en sus últimos cuarenta años.

Por una feliz ilusión, desde sus cincuenta años, el Sr. Pouget se creyó siempre bastante cerca del fin. Pues, a medida de que avanzaba en el tiempo y se acercaba a «su eternidad», se daba cuenta de que las ciencias, por altas y venerables que fueran en su certeza y su precisión, no podrían introducirlo en el Incondicionado que presuponen. En toda cosa, el Sr. Pouget quería fundarse sobre  datos  seguros y experimentados. El cuidado que ponen la mayor parte en devanar sus deducciones, sabemos que lo empleaba en controlar y asegurar sus bases. Ahora, las bases en materia religiosa eran en definitiva textos, ya se tratase de los libros canónicos, ya se tratase de los símbolos de la fe y de las definiciones conciliares o papales. Había que determinar con exactitud el origen de estos textos, su alcance y su significado. Se dedicó primeramente a sabérselos de memoria, lo que le resultaba bastante cómodo con una memoria tan dócil; se esforzó luego por entenderlos bien, cosa más difícil para un católico de finales del siglo diecinueve, según lo vamos a ver por su propia historia.

Cuando leyó por primera vez la Biblia, tenía sobre la Inspiración ideas comunes entre los doctos. Creía pues que el Espíritu Santo había dictado a Moisés el Pentateuco, este libro no podía contener ninguna clase de inexactitud. Se podía entonces considerar cada versículo como una proposición de geometría, o como un texto de ley. Este concepto llevaba a consecuencias singulares que, a su anciana edad, tenían el don de rejuvenecerlo. Él contaba cómo se hacía intervenir la autoridad del Espíritu Santo para garantizar la existencia de la cola del perro de Tobías y la estancia de Jonás dentro del famoso monstruo marino, en la que Jonás, notaba el Sr. Pouget, debió sentirse a sus anchas, ya que tuvo tiempo de componer allí un cántico. Y, como en el salmo LVII, se trataba de un áspid que se cierra las dos orejas, se presentaba la cuestión de saber cómo realizaba el animal semejante esfuerzo: la veracidad divina se salvaba por la ingeniosa teoría según la cual el áspid pegaba una oreja al suelo y se tapaba la otra con la cola.

Por lo demás, con el fin de reparar sin duda la condena de Galileo, se entraba en coqueterías con la ciencia moderna y, cada vez que aparecía una teoría científica nueva, sobre todo en geología y en astronomía, todo eran esfuerzos por demostrar que Moisés la había enseñado misteriosamente. Lo que descubría la ciencia debía hallarse en los versículos del Génesis donde se nos describen las etapas de la creación, y tampoco era difícil encontrar en él efectivamente la existencia «del éter», o bien la idea de los periodos y de las catástrofes geológicas.

Ante el «concordismo» que había parecido una tabla de salvación a nuestros abuelos, quedamos sorprendidos de este exceso de  respeto que presupone. Y lo más curioso no es que hayan entendido las afirmaciones de las Escrituras hasta en las verdades del orden físico, ya que había en ello desde el siglo XVI una especie de tradición. Sino que hayan tenido una confianza cándida en el carácter definitivo de la ciencia de su tiempo. Me sentiría inclinado a decir que su mayor debilidad fue una devoción exagerada hacia el nuevo ídolo. Con frecuencia se ha advertido que los católicos andan retrasados, pero se podría mantener como más verosímil que también se han sentido con frecuencia fascinados por lo que triunfa.

De todas maneras, el Sr. Pouget cayó en su propia trampa. Como era tan astuto como piadoso, creyó que estudiando en el propio texto las enseñanzas de Moisés, podría adelantarse de alguna forma a la geología y extraer de la exégesis algunas indicaciones sólidas que servirían de hipótesis a la ciencia. Si lo lograba, tendría la doble ventaja de proporcionar a la ciencia direcciones seguras y de verificar científicamente la inspiración del Génesis apoyándola en los últimos descubrimientos. Para poder examinar la letra inspirada con más cuidado y conciencia, el Sr. Pouget, que debía profesar siempre una santa desconfianza en las traducciones y los comentarios, había aprendido el hebreo desde su permanencia en Dax, y había «descorchado el Viejo Testamento» con Vigouroux. Pero «al abrirle los ojos» Duchesne y al dominarle la idea del método crítico, tan conforme a sus inclinaciones naturales, entró en otro mundo. Su idea entonces fue, no tanto la de comprender la Biblia por el medio oriental en el que había nacido, sino por la de compararla con ella misma «sin a priori» de ninguna clase.

La crítica comenzó con Richard Simon, pero no era la época. Bossuet mandó poner las obras de R. Simon en la perrera. Yo mismo estaba en ello. Yo conocía la Escritura, mas para mi piedad tan sólo. Leí a Duchesne: al principio, me crispaba, porque todo aquello iba contra mis ideas: «Qué caramba!, me dije, vaya si nos da pruebas».

Un día me di cuenta de que la Biblia conocida por fuera no vale la Biblia conocida por dentro. Cuanto más adelantaba, más despacio la iba leyendo. La Escritura os depara una de esas libertades, una de esas andaduras… Comentad el Evangelio con el Evangelio. Examinad los pasajes paralelos, lo que os enseñará una cantidad de cosas. En la Escritura se hallan cosas debajo de cada palabra. Las inteligencias mediocres han leído un libro y saben ese libro. Pero saberse un libro no es saber una cosa. Hay que comprender el libro de un autor como él mismo lo ha comprendido, porque así es como él lo ha escrito y, por ello, en las materias que examinamos, es preciso, para estudiar bien, cambiar la orientación ordinaria de nuestra mente. A medida que dilatamos nuestros conocimientos, se ve uno obligado a dilatar la Biblia, y se presta a ello muy bien. Conocemos la Biblia cada vez mejor.

Este cambio de orientación del que hablaba el Sr. Pouget tuvo lugar entre sus cuarenta y cincuenta años. A decir verdad, no fue tanto un cambio completo cuanto una vuelta a su primera naturaleza que simplemente tuvo que recobrar después de despejar las opiniones adventicias, los hábitos accidentales. Allá donde, como consecuencia de nuestra educación clásica y escolástica, nos vemos sorprendidos, o al menos molestados, allá donde nos disponemos como san Agustín a malgastar sutilezas infinitas para hacer concordar textos contradictorios, él se hallaba a sus anchas para comprender, saborear y respetar. En ese universo concreto, el Sr. Pouget se desenvolvía como pez en el agua. No conocía el Oriente, por no haber salido nunca de su celda, pero el Oriental es un hombre de la tierra y existen afinidades entre los rurales de todos los climas: las astucias campesinas se parecen a las agudezas de los Beduinos, la prudencia normanda a la prudencia siria. Sin llegar a decir con Gobineau que el Oriente no tiene la misma idea que nosotros de la verdad, se puede admitir que no posee lo que Renan llama en alguna parte la candidez occidental, y por eso no le preocupan las contradicciones. La precisión, el cuidado de la prueba, el sentido de la propiedad literaria, son conquistas griegas. El Sr. Pouget se complacía en estas libertades. «Es lo concreto», decía. «El Semita, comentaba él con su percepción casi exclusiva de lo concreto, no es más que un buen literato descriptivo, pero quizás sea por ello por lo que Dios lo escogió para llevar a los hombres la verdad revelada. La Biblia en efecto, libro muy concreto podemos decir, cae fuera de todo sistema filosófico. Es una bloque natural en el que el estudio mediante análisis minuciosos y pacientes descubre siempre algo nuevo».

En este punto, reprochaba un poco a san Agustín. Y yo que, por ese tiempo, lleno de veneración por el autor de las Confesiones, redactaba un trabajo sobre su pensamiento, me sentí impresionado en mi interior, cuando según su expresión capté matices de esta índole:

San Agustín no amaba ni conocía a los Griegos; Tertuliano no sirve para la interpretación de la Escritura. San Cipriano no poseía estudios de teología. Habría que haber estudiado con Orígenes quien conocía el Oriente, con Atanasio, con los Capadocios, y estos hombres existían cuando Agustín comenzaba. Pero él lo sacó todo de sí mismo. Tomó la Biblia por un texto jurídico. El Oriente griego tenía perspicacia en cuanto griego, pero tenía la libertad del Oriente. San Agustín trató la Biblia como un libro de derecho. Para el Occidente fue una desgracia.

Pero a medida que el Sr. Pouget avanzaba en edad y experiencia, sobre todo a medida que conocía a descreídos notables, así como a creyentes pertenecientes a la Universidad o a las corporaciones de sabios, encontró nuevas razones de escrutar los documentos recogidos en la Biblia. Comprender la Biblia tal y como lo era para los autores de la Biblia, era ya como «hacer crítica», pero esta crítica estaba todavía oculta en el interior de la creencia católica como un niño en el seno de su madre y suponía creer primero en la Iglesia, guardiana y garante de las Escrituras. Pero se puede dar a la crítica su papel? ¿Se pueden estudiar los textos según el método crítico sin caer en la tentación de cuestionar la autoridad que los presentaba como divinos? Él se daba cuenta cada vez más de que todo trabajo teológico sobre la Escritura supone un estudio previo, y que llevaría como asunto la autenticidad de la Iglesia. Pues bien, para establecer el origen sobrenatural de la Iglesia, se ha de partir de los datos de la historia. Y estos datos históricos son, en gran parte, los textos y los testimonios contenidos en el relato sagrado. Desde este punto de vista, la Escritura resultaba ser la colección de los textos por los cuales el Sr. Pouget creía poder probar la transcendencia de la sociedad religiosa de la que era miembro, y más aún la divinidad de Jesucristo, fundador de la Iglesia. Constituía no sólo el telescopio con el que él iba a poder explorar el cielo, sino que servía además para garantizar la solidez de la plataforma sobre la que gravitaba este telescopio.

Por ahí se dibujaba en sus ojos la idea de un conocimiento, al que no daba nombre, él que no ponía nombre a nada, y que se podría llamar la crítica religiosa. Esta crítica, tal y como él la practicaba, tendría dos objetos o, si así lo prefieren, cubriría sus dominios en dos etapas. En la primera, debería descubrir y controlar los datos de hecho sobre los cuales se funda la fe cristiana. Luego, en una segunda etapa, una vez que hubiera distinguido bien en la Iglesia un origen superior y por consiguiente una autoridad de enseñanza, tendría que determinar el contenido de esta enseñanza, bien antes, bien después de Jesucristo, es decir recuperar el mensaje divino entre las condiciones humanas de su transmisión. Era cuestión en particular de determinar en la enseñanza ordinaria y común lo que estaba definido, y lo que no lo estaba. Esta ciencia de la revelación sería, por su objeto, el más alto de los conocimientos humanos, primero porque nos permitiría conocer con seguridad y con exactitud las verdades propias para guiar la conducta y llevar a los hombres hacia su fin, luego porque nos facilitaría visiones sobre la realidad primera y sus misteriosas operaciones, en un terreno en el que la razón se declara impotente por falta de rango. Aprendamos aquí abajo aquello cuya ciencia nos seguirá al cielo, discamus in terra, quorum nobis scientia perseveret in  coelis, de esta forma hablaba san Jerónimo, y se puede decir que es la más excelsa de las razones que empujaban al Sr. Pouget a escudriñar el sentido de las Escrituras.

Se comprende que se le escaparan a menudo reflexiones como ésta:

Durante veinticinco años anduve loco por la física matemática; una integral me llenaba de gozo, y todavía hoy tengo que defenderme de ellas. Pero, ya soy un anciano, y todo eso me parecen chiquilladas. Así es, no podría ser de otro modo. – Lo que es complejo es el reino de Dios. Antes de que Pascal abriera las Escrituras, no veía otra cosa que la experiencia y el cálculo. Luego, un día escribió a Fermat: he dejado todo eso; hay cosas más altas de las que ocuparse: de la Religión. Yo diría lo mismo.

Pues él leía la Escritura y la releía sin parar porque, «para saborear la Biblia y hallar en su lectura satisfacción y provecho espirituales, es preciso leerla y volverla a leer y siempre». Y aquí citaba el verso de Horacio:

Vos exemplaria sacra

Nocturna versate manu, versate diurna.

«El Viejo Testamento es hermoso, decía, pero el Nuevo es incomparable.» Siempre iba a parar a este Nuevo Testamento, y hablaba de él con esa emoción precisa, ese ardor sumiso y contenido que era su elocuencia.

Tomado en su conjunto, escribió en algún lugar, el Nuevo Testamento es un diamante caído del cielo; la Encarnación es la más grande de las obras divinas y no podría ser superada. Porque el Nuevo Testamento es un tratado magistral de la Encarnación y por este título nos revela la naturaleza de Cristo, su lugar en la Divinidad, sus enseñanzas de palabra y de ejemplo, y sobre todo la autoridad de la Iglesia católica que debe continuar hasta el fin de los tiempos su obra de redención y de salvación eterna. Porque nunca libro alguno tratará materia más elevada. Además que este librito fue escrito por los enviados inmediatos del Salvador, es decir por los Doce o por Pablo o por un discípulo: ellos lo han escrito por igual por orden del Maestro, y después de ser inspirados por el Espíritu que procede del Padre y a quien se lo envió el Padre en nombre del Hijo quien se lo había prometido. Nunca libro alguno de los que poseemos fue escrito en  un conjunto tan maravilloso de circunstancias.»

Los principios de su crítica

El Sr. Pouget era poco didáctico. Y con todo su pensamiento se desprendía por necesidad de lo que Newman llamaba primeros principios y que son, decía él, un organum investigandi necesario[1] para alcanzar la verdad en materia religiosa.

Estos principios no son nuevos: todos aquellos que, en diferentes épocas de la vida de la Iglesia, se ocuparon de los problemas fundamentales, tuvieron que encontrarlos bajo una forma u otra, aun sin que tuviesen conciencia clara de ello. Quizás definir algunos será una obra del siglo que viene. El Sr. Pouget sólo los citaba de refilón, y los demostraba como se demuestra el movimiento, es decir andando. En bien de la claridad y del rigor me he visto obligado a formularlos y a exponerlos de una manera un poco sistemática, a fin de componer lo que antes se llamaba un tratado o un discurso. Dicho tratado podría llevar por título: Del método crítico en el conocimiento religioso. Más para que el lector no se vea sorprendido, daré después de cada artículo un comentario que indique su empleo. Comparado con esas dos formas contrarias de enseñar, la de la Escuela que lo coloca todo según orden y sistema, y la del Sr. Pouget que no se elevaba casi nunca por encima de los hechos concretos y de su interpretación singular, el método que he escogido no contentará a nadie del todo; pero quizás podamos estar seguros también de que haciendo coincidir las dos vías contrarias, corrija los defectos de una por la otra.

Estas reglas o principios los hemos clasificado en dos grupos de tres. El primer grupo concierne a la noción de «libro sagrado», y las reglas que se exponen tienen por efecto introducir la idea de crítica en el estudio del libro sagrado sin destruir ese carácter misterioso y transcendente.

Por eso en esta primera perspectiva suponemos que el crítico es un creyente, que admite la tradición religiosa del cristianismo y por vía de consecuencia la inspiración de las Escrituras.

Ya no ocurrirá del todo lo mismo en la perspectiva en que nos situamos con la regla cuarta. Aquí, consideramos el hecho religioso como un dato, ante el cual el observador podría en rigor mostrarse extraño: estudia, se informa, busca las hipótesis que respetan los hechos. Las nociones nuevas que introducimos aquí, la de minimum, de desarrollo, de mentalidad, tienen por objeto librarnos de todo sistema, permitirnos expresar la singularidad del objeto estudiado. Nos ayudan a discernir cómo una realidad espiritual y de alguna manera trans-histórica entra en el tiempo: en este sentido parecen particularmente útiles a la inteligencia del judeo-cristianismo, aun sin adherirse a su fe.

Ya tenemos pues seis reglas o principios. Añadimos una séptima que prefigura y anuncia un desarrollo del capítulo futuro de este trabajo en el que me propongo describir la obra positiva del Sr. Pouget, es decir la interpretación de los datos de la historia judeo-cristiana y las conclusiones que se pueden y deben sacar para guiar la conducta humana.

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