Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (II)

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Jean Guitton · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1939.
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Capítulo II: Retrato del Sr. Pouget hacia 1930

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011Hasta ahora me había servido para contar su historia de los informes reunidos y de sus recuerdos. Ahora ya me siento más cómodo. Me va a bastar con cerrar los ojos para volver a ver aquel rostro que contemplé en todas sus facetas cambiantes, durante diez años, como el hombre del valle mira la montaña a los pies de la cual trabaja. Nunca eché de menos no haberle conocido antes. Yo habría sido demasiado joven y él no bastante viejo: se necesitaba esta distancia extrema para querernos. Y no me habría servido de gran provecho, si no hubiese conservado el pensamiento de que él se apresuraba hacia «su eternidad» y de que yo pronto lo iba a ver desaparecer. Y además, se trata del rasgo especial de esta vida que no ha proyectado sus más bellos rayos hasta el final, como si hubiera conocido su primavera después del otoño. Hay espíritus que florecen muy temprano para después consumirse. Otros, en cambio, andan penando, lejos de las miradas, sin producción aparente, y basta con una leve sacudida para que la tierra reciba su fruto.

Una paloma, la brisa,
El empujón más suave,
Un pensamiento que se ahonda
Harán caer esa lluvia
En la que postrarse de rodillas!

Cuando conocí al Sr. Pouget era ya parecido a esos viejos robles nudosos en los que uno admira ver aparecer en abril masas de pequeñas hojas. Y sin duda el viejo roble se entristece a veces, los vientos le sacuden y se curba de manera que uno se cree que se va a partir. Pero se filtra el sol por sus ranuras y entonces uno no se cansaría de verle. Creo que los que frecuentaron al Sr. Pouget en sus últimos años vieron dibujarse en su mente esta imagen del roble tendido en la luz. En cuanto a sus ex alumnos, ellos nos contarán si a los ochenta años había cambiado. No me decido a creerlo. Me imagino que había seguido siendo el mismo, solamente que «había aprendido cosas por sí mismo», según decía él y que había crecido hurgando el suelo que pisaba con sus raíces. Decía también que el hombre era el dueño de su pensamiento y que, en muchos casos, ocurre otra cosa bien distinta, sobre todo entre los grandes; y decía también que el fondo de la personalidad es que «ella se posee»: el tiempo transcurrido le había servido de ejercicio para poseer siempre más su primera naturaleza: entonces se reencontraba con ella en su pureza y, tal vez, podamos decir que fue él mismo en la extrema ancianidad.

Pasó los últimos cuarenta y un años de su vida en una celda muy ordinaria de la casa madre de París en el número 95 de la calle de Sèvres. Esta casa, donde reside el superior general de la Congregación de la Misión, se sitúa en un distrito muy bullicioso de la margen izquierda; para fijar las ideas de un lector provinciano, recordaremos que está casi enfrente del comercio del Bon Marché. Pero todo rumor humano viene a morir en el umbral de este edificio, que es un reducto de regularidad y de paz. La capilla de la casa se honra en conservar, en una urna de plata que se ilumina coronando el altar, en las circunstancias solemnes, el cuerpo de san Vicente de Paúl. La presencia mística del apóstol por excelencia de la caridad difunde, por pasillos y jardines, por locutorios y capillas calladas de la planta baja, cierto espíritu de benevolencia, de humanidad y de discreción. Muy cerca de allí, en la calle du Bac, está la colmena de donde salen cada año en batallones numerosos, con el hábito de tela azul y sus alas temblando ligeramente al viento, las hermanas de san Vicente de Paúl, o más bien, según la humilde denominación de su fundador, las «Hijas de la Caridad»; en su capilla se muestra el sillón que la Virgen de la medalla milagrosa había escogido para aparecerse a Catalina Labouré. Sea dicho esto a manera de recordatorio y para situar en estos lugares espirituales, en su lugar exacto, la habitación nº 104. El Sr. Pouget iba raras veces a la capilla conventual ya que decía la misa abajo, en la «sala de las reliquias», tan emotiva por sus recuerdos ensangrentados de los mártires de China, el beato Perboyre y el beato Clet. Y nunca iba a la calle du Bac, donde las hermanas, de las que desconfiaba un poco, no habiendo confesado nunca a ninguna mujer en su vida y conociendo mal el trabajo en esta porción aunque muy importante de la creación. Pero, el sentirse rodeado por estos efluvios de caridad y de sacrificio, en este convento honrado por la Santa Sede y muy respetado también por el gobierno de la República, en este centro francés de las iniciativas de caridad, en este seminario de Misiones donde se formaban almas según el espíritu mismo del Evangelio, en una palabra, el vivir en medio de aquellos a quienes él llamaba «los nuestros» en la mesa del «Muy Respetable Padre», esto, sin que lo sospechara, le producía una paz y una seguridad superiores. Al menos, esto impresionaba a los visitantes, que respiraban en él el espíritu del Sr. Vicente y que veían irradiarse los métodos de la caridad en lo que Pascal hubiese llamado las grandezas del espíritu.

Los que llegaban a ver al Sr. Pouget no pueden olvidar esta habitación parecida a las otras y que él había marcado por todas partes con su sello. Al otro día de su muerte, según esa ley de anonimato y de sucesión que constituye la austera grandeza de las órdenes  religiosas, los libros volvieron al fondo común, los papeles fueron amontonados, atados con cuerda y guardados, – y lo más probable es que hermanos blanqueadores dieron a la pieza un nuevo rostro. Yo temería ahora volverla a ver, y prefiero estas visitas interiores por las que sólo el recuerdo me lleva.

Esta habitación era oscura, pobre e insalubre. Era oscura, porque un ciego teme la luz, que le quema en lugar de iluminarle. Era pobre, porque poseía el alma de un pobre y se figuraba los objetos a su imagen. Y era insalubre, porque profesaba y practicaba una higiene campesina que le llevó a una edad muy avanzada, pero que nunca había admitido las virtudes de la corriente de aire; decía con guasa que había en su habitación «microbios de longevidad», a los que según su modo de pensar no había que buscarles las cosquillas. En cuanto al polvo, ese tributo inevitable de la existencia, que los criados tienen la misión de trasladar cada mañana, duraba con él ocho días tranquilos, apenas molestado cada semana por un hermano muy discreto y muy piadoso, que osaba abrir la ventana unos minutos. Es cosa segura que un escolar de Oxford o de Cambridge, que un exégeta anglicano y hasta un profesor romano del Angélico se habría extrañado que se pudiese trabajar en este «cuartucho». Pero sus alumnos pertenecían en gran parte a la Escuela normal superior y, en esta época, el monasterio laico contrastaba todavía con la mayor parte de los conventos por su estado de vetustez. Algunos cuartos resultaban difíciles de habitar a consecuencia de goteras provisionales. Al menos, con el Sr. Pouget, se estaba al abrigo de los elementos.

El color de los objetos es lo primero que conservo, y me inclinaría a creer que el color es el símbolo de lo que queda de espiritual en las cosas. Comenzaré pues por el color. Era sombrío. Los muebles, las paredes, los libros, el piso, el radiador, las cortinas, las mantas, las ropas, todo se había uniformado, cediendo uno al otro el exceso de su tinte, para confundirse en algo que no era ni verde, ni gris, ni castaño, ni negro, aunque fuera a la vez acastañado, grisáceo, verdoso; creería uno hallarse en una pieza grata a Rembrandt. Sin duda los muebles eran menos sombríos que el encerado, y los libros verdes de la colección Alcan no habían podido llegar, bien a pesar de todos sus esfuerzos de descolorido, a la palidez exangüe de un viejo Teubner; las franjas rojas de algunos libros de piedad litúrgica, incluso espolvoreados de polvo y tiza, conservaban todavía un rosado difuso, y la sotana del Sr. Pouget, por gastada que estuviera, no estaba tan «verdecida» como lo hubiera exigido  la elocuencia parlamentaria de la época. Pero los objetos habían tomado, cada uno según sus posibles y su vocación, ese tinte requemado y terroso que es el del uso y de la pobreza.

En este cuarto habitado por las sombras, la cabeza abombada del Sr. Pouget, única masa pálida y móvil, fijaba la mirada del visitante; aun cuando los rayos no la acariciaran, conservaba una fosforescencia que iluminaba todo el resto, como la claridad lunar. Y cuando la luz penetraba con libertad, era atraída por este cráneo en que los reflejos se suspendían tan bien, por esas órbitas de las que iba expulsando la sombra, donde grababa esas pupilas que no la veían. Acabo de hablar de Rembrandt, ya que ningún pintor ha dado a conocer mejor cómo esa mezcla de la sombra y del claro, esa luz avarienta y oblicua forman el medio más propicio al pensamiento, que precisa al mismo tiempo de un poco de tinieblas para recogerse y también de un poco de claridad para recibir vida de algo que se le parezca.

El Sr. Pouget no podía ver todo eso. Su horizonte natural era una niebla, una neblina blanca. Con las vibraciones que impresionan un ojo sano, éste fabrica manchas multicolores que el pensamiento limpia poniendo en ellas orden y distancia. Pero el ojo enfermo es incapaz de este trabajo y no fabrica más que el fastidio, una falsa claridad y sufrimiento. No reconocía pues ya su habitación con el ojo explorador, pero eso no le impedía conocerla. Él la exploraba con la mano, con las palmas abiertas que le servían de parachoques, con golpecitos de bastón amistosos. No tenía sin embargo ese olfato que adquieren a la larga los ciegos de nacimiento, a veces se perdía en esos seis metros cuadrados como en alta mar, y a veces me lo encontraba con un chichón en la frente que era la señal de que había calculado mal la dirección, atinado mal, de que había venido a darse contra un adversario, a saber la esquina de su alcoba.

Y ya que hemos dado el color fundamental, vayamos a los detalles, digamos dónde estaban los utensilios. Porque no vayamos a creer que nosotros la gente de pluma y de pensamiento nosotros no somos trabajadores como los que viven al aire libre y nos muestran sus instrumentos. Nosotros también tenemos esos útiles del pensamiento, esos compañeros de nuestros cuerpos entregados a este ingrato trabajo, esos seres en los que hemos puesto nuestra imagen, como Yaveh en el barro de la tierra.

Cerca de la ventana y por encima del radiador, formando una especia de reborde interior, había una plancha de madera que servía de mesa y que permitía leer a plena luz. Este dispositivo había debido ser inventado por él mismo, cuando su vista disminuyó. Como todo buen campesino, era chapucero, reparador, remendador, sabía usar de sus cosas al máximo y sacarle partido a todo lo que otro hubiese abandonado.

Esta abertura por la que entraban la luz y el aire era para sus ojos temible, y por eso, aparte de la persiana exterior que se manejaba con una cuerda se habían dispuesto unas cortinas de tela oscura que permitían tamizar la luz. Cuando sus ojos podían prestarle aún algún servicio, era allí a donde acudía, como una mariposa de noche y, la primera vez que yo le ví, contemplando una enorme Biblia hebrea del siglo XVII. Con dos pequeñas lupas que se había hecho él mismo en el gabinete de física y que colocaba una sobre otra, trataba de adivinar, más que de leer, el trazo general de una letra hebrea, y ello despertaba en su memoria dócil todo un versículo. La lentitud de este procedimiento era lastimosa, y cuando, al entrar, se le veía inclinado sobre estas dos lupas y tratando de resolver por una cantidad increíble de deducciones e inferencias lo que una simple mirada le hubiese revelado al momento, uno tenía cierta idea de la diferencia que separa al conocimiento humano tan laborioso de la ciencia divina que es una visión.

Delante de esta ventana es donde el Sr. Pouget ejecutaba a veces experimentos rigurosos para medir el grado de su agudeza visual, ya que con su avidez de matemático no quedaba satisfecho más que con cifras. Calculaba pues la distancia necesaria para intuir tal unidad de medida, y averiguaba que tenía un tres por ciento de vista normal, constatación que le gustaba añadir al pie de sus cartas después de la firma, como se hubiera hecho en un título de canónigo o en un privilegio: «G. Pouget con no más del 1/300 de vista.» Hecha la operación, habiendo apreciado correctamente la profundidad de su miseria, volvía a sus trabajos sin volver a pensar en ello, y él encontraba una especie de consuelo en la exactitud del resultado.

A la derecha de la ventana había un armario.

Este armario contenía sus ropas, los zapatos, la palangana, el jarrón, un vaso de dientes, y también en un rincón disimulado, en una lata cúbica (cuyas aristas de gustaba acariciar), una pequeña provisión de azúcar. ¿Le gustaba el azúcar? No lo sé. Lo que es cierto es que tenía una teoría sobre el poder nutritivo del azúcar, en particular sobre la acción del azúcar en la regeneración de los músculos, y esta persuasión le bastaba para querer tener siempre algo de azúcar en sus anaqueles. A veces, después de una larga sesión de estudios, al caer de la tarde, y que iba a ser preciso cambiar la mesa de lugar, sentía la necesidad de ofrecerse un pequeño descanso, y decía a su compañero con el acento del malhechor que propone un mal golpe: «Si tomáramos un trozo de azúcar…» Se iba entonces a buscar la lata cúbica; él os partía un trozo en dos, lo masticaba de prisa, y añadía: «Devolved la lata al armario, no sea que nos sorprendan. La gente diría que nos tratamos a cuerpo de rey.» Cuando tenía un verdadero dolor de cabeza, la cura era más radical. El medio azucarillo, en lugar de masticarlo, lo mandaba disolver en un poco de agua, moviendo la mezcla con el dedo: Así se formaba una poción que tenía la virtud de aliviar casi inmediatamente el dolor de cabeza. Yo admiraba el poder de la imaginación cuando afirmaba: «Es curioso cómo alimenta el azúcar…» Teníamos cuidado en mantener esta provisión de azúcar, que era el único punto por el que era accesible al placer. El Sr. Chevalier se preocupaba incluso de traer verdadero azúcar, azúcar de caña que tenía gusto a azúcar de cebada y que era bonito de ver con sus cristales.

Cerca de esta ventana que no abandonaremos todavía, ya que era el foco de esta habitación de ciego, había también un tablero negro muy gastado y de dimensiones considerables, pesado de llevar como un decorado de teatro. Sobre este tablero negro posado en el mismo suelo, sin carrito, y que por ello exigía inclinarse para escribir, no se veían más letras hebraicas o símbolos de álgebra, raramente de latín, nunca geometría. Cuando el Sr. Pouget estaba atormentado por un problema matemático o cuando quería recuperar un teorema que había dejado de parecerle evidente, entonces, con un mal trozo de tiza, llenaba el encerado de jeroglíficos. O bien él se recitaba hebreo, y transcribía el resultado. O bien asimismo, se entregaba a algún ejercicio de gran maniobra y, un día que lo encontré acurrucado al pie del tablero cubierto de caracteres hebreos y como con aire de triunfo, dijo: «Acabo de vestir el Magnificat  y se presta a ello muy bien.» Lo que significaba que había investigado y hallado el texto arameo primitivo del que el griego de san Lucas es traducción. Pero bastante extraño que el tablero recibiera mensajes tan notables. Se servía de él como de una agenda o un memento. Por ejemplo, anotaba en griego, para evitar las indiscreciones posibles, o misthos tou didaskalou? Lo que quería decir que quería preguntar a algún visitante esperado alguna información sobre el sueldo de los maestros. Por lo general el tablero estaba cubierto de apuntes ilegibles que habrían ejercitado la paciencia de un Maspero; las líneas estaban escritas una encima de la otra, el ocho inclinado que indica el infinito figuraba con un aleph o un tsadé; el hebreo se sorprendía de hallarse así mezclado con las matemáticas.

En el centro de la pieza, estaba la mesa. Una mesa de las más ordinarias pero bella por lo pulido del uso. Las pequeñas mellas en los bordes, las ondulaciones de la madera, los imperceptibles repliegues de la superficie transmitían a las manos del Sr. Pouget agradables sensaciones, y le agradaba acariciar las orillas y los acantilados y los cabos de su mesa, primero de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha, como si tratase de experimentos sobre la génesis de la noción de espacio. Y, una vez llegado al ángulo, exploraba el lado corto de su mesa, siguiendo una dirección perpendicular a la primera, y descubría así la segunda dimensión, yo veía claramente que se complacía con esta sensación de diferencia. Los ciegos pueden enseñarnos las riquezas del mundo sensible y qué gozo puede haber en lo palpable y qué diversidad en las más simples sensaciones: la vista nos abruma de riquezas, nos fascina y nos hace insensibles a la sinfonía siempre actual de las impresiones llegadas por el tacto. Y Maine de Biran tenía sus razones de alabar al geómetra ciego y encontrarle superior. La mesa llevaba un cajón, cuyo contenido estaba ordenado según un orden fijo y que era controlado de vez en cuando por el tacto explorador. Este cajón contenía en particular el Ordo de los lazaristas y era en él donde el Sr. Pouget mandaba inscribir con letras cabalísticas sus intenciones de misas. Este Ordo le ligaba a la vez a la Iglesia romana cuya liturgia indicaba, a su congregación cuyos miembros y fiestas autorizadas le recordaba, por último a todas las intenciones de sus amigos que le habían pedido una misa por un aniversario, por una fecha temida o querida. Pero se daba el caprichito de nunca servirse de este instrumento de cómputo para enterarse del oficio propio del día, y por ejemplo si la fiesta era doble o semidoble  y si las vísperas eran de las primeras vísperas o de las segundas vísperas; se felicitaba cuando tenía la ocasión de hacer un cálculo en una materia tan contingente. Y, del mismo modo que se paraba a veces en clase de física para decir a sus alumnos: «¿Y si cubicáramos el sol?», así como le gustaba medir la distancia de un avión o de un relámpago fundándose en la velocidad del sonido, – así, sabidas las leyes de ocurrencia y concurrencia, encontraba por sí mismo el orden de las fiestas, sin tener que servirse de lo que llamaba él su pequeño «asno-guía».

En general, al entrar el visitante, se lo encontraba sentado sesudamente en la mesa, como el carpintero ante su banco, o el piloto a su timón, o mejor aún como el campesino empuñando la esteva del arado. Quiero decir que era parecido  a un obrero rudo, dócil y preparado, a un artesano pleno de fuerza y de conciencia, mucho más que a un hombre de letras o a un profesor. Y lo que contribuía a dar esta impresión virgiliana era que la mesa estaba vacía, que no había ningún papel por allí, que no se veía ni tinta, ni lápiz, ni pluma, sino sólo una máquina de escribir, cuyo golpeteo vacilante y tranquilo se oía.

Esta máquina era su apero de trabajo, y sentía por ella el afecto del agricultor hacia una máquina agrícola. Él la respetaba, la cuidaba, la limpiaba, y sobre todo se negaba a admitir que pudiera envejecer ni romperse y, al igual que sus ropas o su breviario, la recomponía a toda costa. Nunca habría querido gravar a la congregación. La máquina estaba pues en un estado obsoleto o inutilizable para un Francés (dispuso por largo tiempo de una máquina española) o prestada por un amigo. Durante mucho tiempo se le vio un aparato singular: se le había roto el muelle. El Sr. Pouget había reemplazado el empuje de la energía elástica por la fuerza más constante todavía de la gravedad; había encargado al hermano carpintero un pequeño plano inclinado de madera que servía de zócalo a la máquina. «Yo utilizo la gravedad, decía, ella no pide más que trabajar.» Y, cuando al final de cada línea, forzaba al rodillo a remontar su pendiente, tocaba con el dedo por decirlo así esta degradación de la energía que, como ya lo veremos, le parecía llena de sentido en la interpretación del cosmos. La máquina estaba también provista de una pieza de cartón colocada perpendicularmente al plano del teclado y que lo dividía en dos partes iguales: esto servía para guiar sus dedos y descubrir por el solo contacto el lugar de las letras. Dedico estas indicaciones a los aprendices, a los reparadores y a los constructores.

La gran dificultad era que nunca podía releerse, y que debía componer su frase del todo en la cabeza antes de confiársela a sus dedos. Todo el trabajo de acabado, de tachones y retoques que el vidente hace en el papel, todos esos esbozos de futuro que formamos con la pluma, corrigiéndonos y puliéndonos, él los debía hacer interiormente: y, como era tan severo con la exactitud y sobrecargaba adrede su frase de incidentes y de epítetos por amor a la línea dentada de la verdad, constituía para él un trabajo agotador: «Yo me hundo»: exclamaba a veces.

A esto hay que añadir una prueba más pesada y que daba lugar a incidentes cómicos. El Sr. Pouget no disponía de secretario, tampoco tenía portería ni antecámara; no se podía librar de los visitantes, porque estaba ciego y solo; no podía despedir a los inoportunos porque era muy bueno. Era pues molestado con frecuencia, sobre todo por la irrupción de sus penitentes, que eran en general sacerdotes muy atareados del clero parisiense. Cada molestia suponía una catástrofe, ya que, una vez marchada la visita, no podía volver a hacerse con el hilo de su discurso, y ver dónde había quedado. Era preciso pues que esperara ayuda, como un náufrago sobre sus restos, o que, llevando la máquina bajo el brazo como un recién nacido acudiera a un cohermano para pedirle ayuda. Pero a veces tenían lugar terribles sorpresas. Llegaba uno. Os pedía que le leyerais la página que acababa de escribir. A pesar de la buena voluntad que uno ponía en complacerle o de evitarle toda molestia, había que confesarle que la página estaba en blanco, perfectamente en blanco; apenas se lograba ver el perfil de las letras, como raspaduras: el rodillo de tinta estaba tan gastado o mal colocado que había trabajado para nada. Otras veces, había copiado un texto sobre otro impreso ya, y nadie podía descifrar aquel palimpsesto. Entonces, al pensar en la cantidad de tiempo perdido, los rasgos del Sr. Pouget se alteraban, lanzaba un gemido y, durante un segundo, no parecía lejos de la desesperación.

A un metro cincuenta poco más o menos al suroeste de la mesa, en un repliegue debido al morro de la chimenea, había un reclinatorio que hacía de confesonario de circunstancias. Este reclinatorio era de madera. Sobre él tenía algunos viejos libros de piedad, en particular su viejo totum: llamaba con este nombre a un breviario en un volumen, de él se había servido siempre y lo había recogido de un difunto. Porque se sentía orgulloso de no haber producido nunca el menor gasto a la congregación por la compra de un breviario.

Él veía en la costumbre de dividir los breviarios en cuatro tomos siguiendo las estaciones una invención de los editores para llevarse el dinero de la pobre gente. Hay que decir que tenía bolsillos de una capacidad considerable, y que podía esconder en ellos, durante el duro invierno, un calentador de gres. Mantenía esta idea campesina que un bolsillo digno de tal nombre debe poder contener una botella, y era un juego, en tales condiciones, alojar en él un breviario en un solo tomo. Junto al breviario había una estatua de la Virgen de madera pintada que se había traído de Maurines, su pueblo natal, en 1911. Un primo suyo «amante de antiguallas» la había encontrado en un desván. Su tía centenaria había rezado con frecuencia delante de ella. Era, decía él, una virgen campesina, y en efecto tenía una ingenua expresión bonachona. El Sr. Pouget, sentía apego hacia pocas cosas, le tenía gran afecto. La virgen tenía sus admiradores. Un penitente arqueólogo, al acusarse de sus pecados, había notado esta rara pieza y, una vez absuelto, le había pedido que se la vendiera. Como es natural el Sr. Pouget había rechazado una demanda sacrílega, pero se había sentido feliz al oír que su virgen tenía valor y que podía dar cabida al pecado de la envidia.

En el ángulo opuesto al reclinatorio, se ha de notar la presencia, bajo un mapa descolorido de Francia de un gran sillón de madera y de paja que era más solemne que cómodo. Allí es donde el Sr. Pouget se sentaba después de las comidas, cuando descansaba, quiero decir cuando pasaba revisión a algún batallón de sus recuerdos, o cuando se recitaba el oficio. Si se le sorprendía así, y se entablaba conversación, el visitante se sentaba en el reclinatorio como sobre la plancha de piedra de un umbral, y él, enseñando en su cátedra, con los pies ligeramente extendidos hacia adelante, las dos manos coincidiendo por la punta de los dedos, el busto echado hacia atrás, daba entonces la impresión de una fuerza en reposo, y nada hay tan dulce, nada tan tranquilizador como ver una fuerza que se recoge. Pero a veces se recogía y se inclinaba hacia delante, le detenía una dificultad y su cuerpo instalado en aquel sillón os hacía pensar entonces en esas estatuas antiguas de san Pedro cuyas manos de bronce va a besar la gente.

Creo que acabamos de dar la vuelta por el cuarto, y con todo nos hemos dejado los muebles tan importantes como las bibliotecas. Había en efecto tres bibliotecas, una enfrente de la chimenea, la otra (con cristales) a la izquierda de la ventana, y la tercera, digna de mención especial, a la izquierda del reclinatorio y de la virgen.

La primera biblioteca contenía libros de ciencias: tratados de mecánica, de física, de astronomía y de cálculo. Aunque atraía la atención, esta biblioteca era apenas usada: representaba al pasado, el estudio de esas ciencias físicas que le habían apasionado durante cincuenta años, que le apasionaban todavía, pero que palidecían ante otra luz, la de las ciencias religiosas, más pura ésta, ya que nos informa sobre el destino. Se había tamizado el polvo sobre los libros de ciencias, símbolo de ese olvido, que no era por falta de indiferencia, sino el índice de una preocupación más elevada.

A la izquierda se abría la biblioteca  de cristal, muy difícil de abrir ya que, habiendo entrado en desuso la cerradura, hacía falta un giro de la mano que sólo conocía el iniciado: entre paréntesis, es la única ventaja que tienen las cosas que se tambalean sobre los objetos nuevos. Esta biblioteca era la biblioteca filosófica. Contenía en particular la Suma teológica que ocupaba el segundo estante y, al lado, una serie de cuadernos con resúmenes de esta misma Suma por el Sr. Pouget.

En el piso de debajo se podían ver algunos libros de filosofía, junto a la Revue d’Histoire et de Philosophie religieuses, algunas obras de filosofía moderna, como L’Évolution créatrice, el último libro que bahía podido leer con sus ojos. Bajo esta biblioteca se extendían algunos estantes más tímidos y más humildes, los de los viejos «clásicos» que el Sr. Pouget confiaba a su memoria: Virgilio, Horacio. Lafontaine. Molière con Le Misanthrope, Boileau con Le Lutrin; recreaciones inocentes que se permitía a veces y que tenían el don de hacerle reír. Quizás la poesía no ejerce toda su fuerza más que cuando se la toma en pequeñas dosis como  el elixir: aquí también nos perdemos ante la abundancia: una fábula de Lafontaine, algunos versos del Lutrin o de la Eneida bastaban al Sr. Pouget para evadirse a otro mundo.

La biblioteca de cristal se abría pocas veces. Representaba la tradición humana, los autores aprobados y los comentadores. No sucedía lo mismo con la biblioteca del fondo, la que separaba la alcoba del reclinatorio, la que habría visto al despertarse si hubiera podido ver. Esa contenía los libros de la tradición divina, las tropas fieles de la vieja guardia. Esos soldados de la guardia de Napoleón (los gruñones) estaban siempre en formación de batalla, listos para hacer fuego: allí había ediciones críticas del Antiguo y del Nuevo Testamento, diccionarios, léxicos, Eusebio, la Didajé, Harnack, Schurer, etc. había sobre todo un Nuevo Testamento grecolatino encuadernado en negro que no dejaba su lugar más que para la mesa. Encima dormitaba una edición pobre, pequeña y polvorienta de Platón, de Filón y de Aristóteles, edición que el Sr. Pouget había comprado por cuatro perras chicas en los muelles del Sena y que, por eso mismo, tenía ante él un valor infinito. El volumen que contenía el Timeo se abría por sí mismo en la página en la que se trata del demiurgo que llega a ordenar un mundo que, antes de él, se movía plemmeleôs kai atoktôs; el De Anima de Aristóteles se rompía en el capítulo del III libro, en el que se dice que el alma patética está sujeta a la corrupción: o de pathetikos phthartos, se trataba de las dos enfermedades de estos grandes: el dualismo en Platón y el panteísmo en Aristóteles. Estos viejos libros se parecían a enfermos que ofrecían su debilidad a la luz cristiana para que viniera a perdonarlos y curarlos.

En resumen, la celda del pensador contenía bastantes pocos libros. Muchos licenciados eran más ricos. Digamos que el Sr. Pouget podía aprovecharse de la biblioteca de San Lázaro y que, en su época de salud, era huésped asiduo de la Biblioteca nacional. Pero distinguía los libros que uno consulta y lee, de los que uno se guarda siempre al alcance de la mano, como herramientas. Cada una de las obras que podía llamar suyas representaba una adquisición difícil o un hallazgo meritorio. Las había releído o mandado releer con tranquilidad: se puede decir con toda verdad que las poseía. Hojear, leer superficialmente, recorrer, es un arte que no conocía y que, por suerte, nunca había tenido que aprender, no habiendo ejercido nunca esos oficios (tal el de candidato o de conferenciante) que exigen ostentación y rapidez. No sabía qué cosa era sentirse apurado de tiempo. Cuando leía, avanzaba, como se labra, uniformemente, línea por línea, página por página, hasta el momento que dejaba la señal y se llevaba el tesoro. He dicho que uno de sus escrúpulos era el de no pedir nada a su congregación, que estaba formada por pobres y para los pobres. Y, en este aspecto, nada le desanimaba. Cuando no podía procurarse un libro que juzgaba importante, no había por qué preocuparse, se iba a la Nacional, y lo recopiaba. Tengo varias obras que había recopiado así, con un cuidado meticuloso: una tiene más de trescientas páginas, muy apretadas, ya que también había que ahorrar papel. De esta forma, se había «hecho» con un tratado de acentuación griega, una gramática hebrea, un diccionario copto, la Pistis Sophia, la Didajé y cantidad de otros textos raros. Encontré también la copia amarillenta del célebre artículo titulado Introduction à la Métaphysique, de Bergson.

Hemos concluido con la celda nº 104. El lector habrá encontrado sin duda esta descripción demasiado larga, pero su aburrimiento le ayudará a comprender el estado de impaciencia en que se hallaba el visitante, cuando esperaba al Sr. Pouget en su habitación. Al Sr. Pouget, que era la actividad misma, le gustaba dejar su hogar, para que le leyeran algún texto. Iba adonde los novicios, quaerens quem devoret, decían aquellos religiosos jóvenes llenos de malicia. Como era tan difícil encontrárselo en los recovecos de esta inmensa casa, y las leyes de sus desplazamientos sufrían cambios notables, lo más práctico, cuando no se había visto su silueta al fondo de algún pasillo, era también entrar en su escondrijo y esperarlo allí.

Después de meditar en esta alianza tan especial de la pobreza, de la ceguera y de la ciencia inscrita por todas partes en esta habitación, después de distraerse mirando a los estudiantes que paseaban por el jardín, después de sacar por enésima vez el reloj para calcular el retraso, el visitante habituado a la acústica del Sr. Pouget podía adivinar el paso arrastrado pero aún y todo muy seguro, un paso acompasado por golpecitos de bastón en el enlosado o la pared.

El Sr. Pouget conocía la casa de memoria, como los ciegos, traduciendo el espacio en pasos con una precisión matemática, lo que le permitía bajar las escaleras tan a prisa como otro cualquiera. En terreno descubierto, avanzaba resueltamente en el vacío, una vez que se había asegurado por el cálculo. El bastón se limitaba a verificar sus inducciones sobre la presencia altamente probable aquí de una pared y allí de una puerta, su puerta. Se oía girar la llave en la cerradura, y el Sr. Pouget entraba con presteza, como lo hacía todo (vita in motu, se repetía), luego se volvía para cerrar: entonces aparecía en la penumbra, recitando alguna oración o algún texto, llevando en la mano el libro que le habían leído. Como es natural, uno se presentaba, ya que nadie se atrevía a quedarse como testigo invisible a la manera del hombre de Wells, lo que a pesar de todo hubiera sido bien tentador, puesto que el hombre se abandona cuando está solo y sin el control de una mirada extraña. Pero él era tan natural que uno tenía todas las ventajas del hombre invisible, aun sabiendo que estabais allí. Venían las presentaciones, y no era cosa rara que, sin entrar en materia ni ceremonia, os pusiera al corriente de sus últimas preocupaciones, os contara su última comida y algún incidente molesto de la digestión o echara mano de vosotros incontinenti pidiéndoos verificar una palabra en el diccionario. La conversación comenzaba a propósito de todo o de nada, y sólo Dios sabe adónde podía llevar. Poco importaba por lo demás que el visitante fuera un desconocido, le trataba siempre como a un viejo conocido, y le daba muestras de la misma simpatía que a sus compañeros familiares. «Pablo», «Juan», «Marcos», «Mateo», es decir san Pablo, san Juan, san Marcos, san Mateo, – Pero entre viejos conocidos se pueden permitir estas intimidades.

Uno de sus amigos se acuerda que en la primera visita y sin otro preámbulo, el Sr. Pouget le habló de Juan y de Pablo, como quien habla de los vecinos. Se retrocedía en el tiempo a contrapelo y se entraba en otra especie de duración y de compañía.

El Sr. Pouget era como el montañés. De estatura baja, pero aguerrido, sólidamente armado y musculoso, hecho para el trabajo del suelo que exige agacharse y levantarse. Sus hombros soportaban una cabeza que hacía juego con el cuerpo pero que se inclinaba hacia adelante como bajo el efecto del peso del pensamiento. El perímetro de su cráneo era de consideración, y nunca había encontrado sombrero de su talla. Esta enorme cabeza, bastante bombeada en la frente hundía la parte baja de la cara que siempre permanecía a la sombra y como al abrigo de esta masa. Era calvo, mas aquí y allá, en la nunca, en las sienes y cubriendo un poco sus orejas monumentales y muy arrugadas, se podían ver hermosos cabellos rizados naturalmente y que siguieron negros hasta el final. Solía llevar en los últimos tiempos un gorro redondo de tela negra, que había mandado hacer al hermano sastre después de inventarlo, ya que era simétrico, y alargado de un trozo que recubría la sien y la ceja izquierdas para protegerlas del contacto del aire y del frío. Lo cual contribuía a darle el aspecto de una criada, o de un explorador de las regiones polares. Con esta especie de toca, con su bufanda negra liada al cuello con un giro de la mano, sus anteojos protegidos igualmente en los lados por pedazos de tela negra, habría producido una impresión extraña y severa, si una sonrisa bonachona y de contento no hubiera llegado a descomponer este grave aparato. Apenas ofrecía hechuras propias de los eclesiásticos, y la sotana conservaba siempre el aspecto de una ropa de labor: creo que nunca se puso el bonete hasta su lecho de muerte. ¿Se había mirado alguna vez  al espejo? Un día se le había oído decir confidencialmente: «Yo no soy agraciado; tengo la nariz torcida (y era verdad), pero mi cabeza no está mal. Después de todo, el cráneo sirve para contener los órganos del conocimiento».

El ojo derecho no existía ya; el izquierdo tenía aún una mirada extraviada, la pupila flotaba en el vacío. Sus ojos no hablaban más, no alumbraban ya, no penetraban ya como antes, porque en las fotografías eran como dos agujas, y él mismo contaba que antaño, cuando los fijaba en alguno, podía hacerle bajar los párpados: así lo había hecho un día, cuando en el Colegio de Francia seguía un curso del viejo Renan, Sus ojos se habían apagado por demasiada avidez y uso y con ellos se habría apagado también su rostro, si no hubiera tenido otros órganos para sustituir a su vista. Los ojos no sólo reciben la luz, la devuelven también, o más bien, son un órgano que posee de alguna manera luz y que puede conservarla, proyectarla en caricias impalpables. Pero en los ciegos, el alma utiliza otros lenguajes que, si son menos profundos y menos seguros, rivalizan en finura. Así los labios del Sr. Pouget se movían siempre, hablaban mucho. Se distendían o se plegaban, se levantaban por la comisura esbozando una sonrisa, o bien os dibujaban en el centro una pequeña fuente de sombra como para un cuchicheo, o bien se doblegaban para manifestar la tristeza, o también daban paso a diversos ruidos y que eran un complemento de su lenguaje, ruidos intranscriptibles, hechos para expresar matices y extremos de su pensamiento sobre todo aquellos que la caridad no le daba derecho a decir: a falta de signos gráficos, no dejaré constancia aquí más que del ¿cómo así? que indicaba difícil procedimiento, el pst… que la cosa no era del todo así, el ta, ta, ta, tan, que quería decir la desaprobación frente a la aprobación sistemática, y el ¡ay no! señal de sorpresa con irritación.

El Sr. Pouget no hablaba solamente con los labios, también lo hacía con las manos, – esas manos que, entre los campesinos como entre los músicos, expresan lo espiritual tan bien, a veces quizás mejor que el rostro. Porque el rostro está más controlado por la voluntad y conserva menos que la mano el hábito del oficio. Aquellas manos servían, como ya he dicho, para acariciar las aristas de la mesa o palpar con dulzura un libro; cuando buscaba un texto o una idea, las manos le servían por así decirlo, para domesticar el cerebro y proporcionarle el primer movimiento, bien sea picando el índice derecho con la uña del pulgar izquierdo, bien golpeando la mesa como si fuera un teclado. En sus grandes momentos docentes, tenía las manos completamente abiertas, y las colocaba como para desvelar y rechazar el error, y entonces uno se trasladaba a esos bajorrelieves de los batientes de las catedrales que representan a Dios Padre separando el día de las tinieblas.

Era en esos momentos cuando producía impresión, pero tampoco es preciso que, en un retrato, los instantes raros nos lleven a olvidarnos del hilo ordinario. La cara expresaba en general cierta mezcla de atención, de gravedad y de candor, todo ello envuelto en una tenue red de padecimiento. Pasaba por momentos en que se sentía abrumado y languideciendo, ensordecido y acabado, pero nadie recobraba tan rápido los ánimos como él, de tal suerte que el trabajo era a la vez la causa y el remedio de su mal. La aplicación le curaba del cansancio. Se necesitaba muy poco para devolverle la alegría cuando estaba físicamente triste. Cuando narraba alguna buena aventura de su comarca natal, o alguna de esas historias clericales que alegran a los espíritus sencillos, o alguna ingenuidad «inefable» sacada de algún viejo documento, alguna malicia tomada de Duchesne y que se purificaba al pasar por sus labios, entonces recorría su rostro una claridad deliciosa y su sonrisa se parecía al encuentro furtivo de su mente con su corazón.

El Sr. Pouget, según el humor, era diferente: se sabe que uno de cada dos días vivía en una niebla de luz difícil de soportar, y según que coincidiera en un día malo o en uno bueno, teníamos a dos hombres muy opuestos. La amabilidad de la acogida variaba también con la categoría social a la que pertenecía el visitante: amigo de todos y esforzándose por hacerse todo a todos, tenía con todo sus preferencias, y yo había creído vislumbrar esta ley: en igualdad de condiciones sin embargo, como dicen los geómetras, recibía a un militar mejor que a un civil, a un laico mejor que a un clérigo, y a un estudiante mejor que a un penitente. Si la ley es exacta, el que tenía la mayor probabilidad de ser rechazado era un clérigo que venía a confesarse. Y, en cambio, quien podía contar  ser  acogido con efusión  era un oficial o un soldado llegado para preguntar e instruirse: esto ocurría a veces en tiempo pascual, de donde resultan las entrevistas interminables de las que hablaremos más tarde. Lo que justificaba estos favores era que él creía, con razón o sin ella, que los civiles, los clérigos y los penitentes disponen siempre de mucho tiempo libre; era asimismo que los soldados, los universitarios y los intelectuales estando implicados en el mundo y recibiendo de mil formas el asalto de la increencia moderna, necesitaban, a su manera de ver, de reavituallamiento sólido y seguro que  él  más que cualquiera otro era capaz de proporcionarles. En general, como ciego, no se fiaba del visitante, fuera quien fuera, ya que nunca se encontraba inactivo. Pero en el segundo instante, se mostraba tanto más dulce cuanto más duro había estado en el primero. Y le era tan difícil la despedida como le había sido molesto acogerle. Había días en que hablaba sin parar, yendo de esto a aquello y de aquello a esto, comentando, charlando, contando, recitando. Entonces, daba la impresión, y que se me perdone repetir la comparación, de una montaña vista bajo un cielo cambiante: días de luz en las vertientes, y siempre esta impresión de poder y de una masa que ocupa casi todo el cielo. Pero era también capaz de montar en cólera; yo no hablo aquí de sus enfados cómicos a veces, como sucedía cuando no encontraba los anteojos o el bastón, hablo de la indignación virtuosa que sale del fondo del alma ante el mal y sus triunfos. Así, cuando oía hablar de algún proyecto contra la ley de Dios, y sobre todo contra la ley sin defensa de los pequeños, él que era tan inclinado a la misericordia, era presa de una especie de turbación sagrada que acentuaba los trazos de su cara y que daba al pálido reflejo de su ojo vacío un no sé qué de terrible.

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