Acude a la reunión de los ancianos,
¿que te encuentras con un sabio?
júntate a él.
Si VI, 34.
Introducción
Cuando los azares de la vida nos han colocado frente a un gran ejemplo, sería verdaderamente una falta de espíritu guardarse esta enseñanza para sí solo. Los Ancianos insistieron mucho sobre este deber de gratitud que era, a sus ojos, el más sagrado. Me parece que en nuestros días se confía más en las propias virtudes, hay titubeos en decir lo que se debe. Se habla mucho de la solidaridad y de los lazos misteriosos que hacen de todos los hombres un solo cuerpo; se multiplica la gratitud hasta el infinito cuando se quiere evitar restringirla a aquellos a los que se puede llamar por su nombre propio. A mi parecer, la piedad no se aplica solamente a Dios y ella nos aconseja reavivar y resucitar, como lo hizo Marco Aurelio en sus Pensamientos, la imagen de los que nos dieron en este mundo lo mejor de sí mismos.
Por lo mismo que el Sr. Pouget, de quien no voy a dejar ya de hablar, no se dio a conocer durante los días de su vida mortal; ponía todo el cuidado en ocultarse, cosa que otros ponen en hacerse valer, un cuidado meticuloso y arisco. Y eso nos urge más todavía a celebrarlo, aunque no sea más que para restablecer el equilibrio por justa compensación
Se podría citar en nuestro siglo de charlatanes a varios de estos pensadores oscuros que no han lanzado ningún escrito en público y que han tenido en cambio posteridad. Pienso en el abate Noirot, en el abate Huvelin, en Louis Aguettant, en Lucien Herr, y en aquel Jules Lagneau de quien decía Alain que era «el único Gran Hombre con quien se hubiera encontrado». El Sr. Pouget era de esa clase y en grado heroico. Hacía pensar en estos seres descritos en Las Dos Fuentes del Sr. Bergson como constituyendo por sí solos una especie; no se parecía a nadie más.
Reunía los contrarios. No tenía presencia y era sin duda una de las inteligencias más fuertes de su tiempo; por fuera era un viejo profesor retirado del mundo, sin títulos universitarios, sin notoriedad, sin ningún brillo, ni siquiera entre los suyos, y sin embargo albergaba bajo ese sacramento de oscuridad un espíritu abierto a todo, informado en todos los conocimientos humanos, desde las matemáticas a las lenguas orientales pasando por el dédalo de la historia sagrada y profana, y sobre todo poseía un juicio seguro y sereno, osado y prudente que hallaba infaliblemente, después de dar vueltas, sufrir y gemir, la línea exacta que separa lo que se puede saber de lo que se debe ignorar. En primer lugar se quedaba uno estupefacto de su prodigiosa memoria que convertía su enorme cráneo en una biblioteca viva, pero esta memoria, lejos de abrumar como suele suceder en esos casos, estaba a su disposición y para servirse de ella; le permitía basar su reflexión y renovarse sin parar. En el fondo era un hombre de la tierra, habituado a los métodos del trabajo del suelo, hablando el lenguaje de la gente de la tierra: era un campesino puro pero un campesino sabio y autodidacta, que roturaba la física y la exégesis como lo hubiera hecho con un helechal. Un sabio, decía yo, pero también y más todavía un sabio de tiempos pasados, un «hombre de Dios» y quien lo había dejado todo por las cosas de Dios, primero sus campos, luego sus ojos, después sus ciencias queridas, su tranquilidad y la libre disposición de su tiempo, y quien a pesar de sus sacrificios se interesaba con pasión por todo aquello que ya tenía superado, en particular por los descubrimientos de las ciencias, por la conversación de los profesionales, por todo lo que ocupa y preocupa a la gente del mundo.
Una sabio respetuoso con los especialistas, y que no obstante pensaba por sí mismo, y lo sometía todo a discusión. Llevando al estudio de la teología los métodos de sumisión, de precisión y de prudencia que había recogido de su terruño, de la práctica de las ciencias exactas y del espíritu sólido de san Vicente de Paúl. Tan independiente y despierto como lo puede ser un espíritu fuerte, tan poco dispuesto como el más puro de los racionalistas a someterse sin razones y a dejarse «enredar aquí» (señalando su frente con el dedo), y con todo el más pronto en callarse, y en confundirse con la masa, y en respetar cada decisión de la disciplina eclesiástica o religiosa. Rindiendo de esta forma a la Iglesia romana, de la que era humilde servidor, el más hermoso homenaje que ella pudiera desear de un hombre: el de una conciencia indomable y de una razón muy difícil en materia de pruebas. Meditando siempre a Cristo, «lanzando, como él decía, a Cristo» a diestro y siniestro, pero señalando detrás de Cristo a la Iglesia. Libre de todos sometiéndose a todos.
Se había pasado lo mejor de su vida entre las dos guerras y en esta época en que tantas cabezas generosas habían ensayado instalar un puente entre el siglo y la Iglesia y no habían sido reconocidas por ninguno de los dos; había perdido casi al mismo tiempo y en ese tiempo los ojos y la cátedra, sin dejarse desanimar por ello. Había trabajado «lo mismo que un motor que gira, aun sin que se le embrague». Silenciosamente había construido un bonito arco de piedra tallada, sin amargura y sin prisa, sin caerse ni con precipitación crítica ni antiguos prejuicios. Privado de la vista desde hacía treinta años, vivía un día sí y otro no en una neblina de luz más lacerante que las tinieblas, pero este anciano poseía ese don único de haceros discernir siempre, en todo lo que se le proponía, la parte del artífice, del enredo y el pequeño núcleo en su punto justo. Por último, para decirlo todo, del fondo de su noche, el Sr. Pouget dejaba partir tan puros rayos de luz que se desprendían de él y que uno podía llevarse consigo.
Ahora querría explicar lo que más me ha sorprendido con este hombre. En un pasaje de sus Recuerdos con Jules Lagneau, el Sr. Chartier se propone averiguar cómo un hombre inteligente y libre, un Lachelier por ejemplo (ya que es en él en quien está pensando) puede todavía tener la fe. Y da la razón siguiente: a los ojos de un cristiano, nos dice resumiendo, todo es seguro, todo está regulado en cuanto al fondo, y esta entrega primera de la libertad y de la inteligencia le produce una gran seguridad. El creyente, a la usanza de Descartes, puede arriesgarlo todo ya que se ve apoyado por todas partes. Y, para terminar, el Sr. Chartier escribe: «Finalmente el católico no tiene nunca la obligación de pensarlo todo. Alguien piensa por él». Cuando hallé esta frase en ese librito cuya piedad me encanta, conocí como en un destello que definía mejor que otra cualquiera lo propio del Sr. Pouget, pero evidentemente era al contrario. Cada mañana, cada momento, este nuevo Atlas se imponía la obligación de pensar el todo sin que en ningún momento admitiera que nadie pensara por él. Se echaba encima esta carga como el buey de labor se deja uncir al yugo bienhechor. O mejor como el labrador acepta cada día el peso total de la tierra. Y yo no digo que la fórmula el Sr. Chartier no sea verdadera para la mayor parte de nosotros. ¿Cómo iba a ser de otra forma? Él mismo se refiere a este amo que le había dado la impresión de sostener el universo; basta en efecto con que haya uno. Se entiende perfectamente que en la sociedad religiosa muchos sigan pensando por rutina, por tradición, por obediencia, por disciplina, por el juego normal de la imitación, por la repetición de lo que se dijo y se dijo bien, por respeto a las palabras caídas de la boca de los santos: por otra parte ahí está la fuerza de la Iglesia en infundir su verdad en estas reflexiones perezosas que normalmente no deberían suponer una parte tan importante; se ve por las otras religiones y tradiciones. Pero preciso es que haya siempre en algún lugar ciertas personas fuertes, ciertos pilares y, como decía el apóstol, ciertas columnas implicadas en el duro trabajo de soportar el edificio y de demolerlo sin cesar en espíritu para poder sostenerlo por el solo pensamiento. Era entonces esta inquietud de llevar el Todo la que daba al Sr. Pouget, como a Parménides, algo de venerable y de oscuro. Puesto que, en cada cuestión que se le ponía o que él exponía, sacaba a relucir un montón de cosas. De continuo volvía a las bases, a los comienzos y a los principios, y en ellos se daba el tiempo necesario. Oh! y cómo se sufría, cuando se había llegado de lejos para proponerle una dificultad apremiante, y no saber sacarle una respuesta! Mi problema, yo se lo lanzaba nada más franquear la puerta, como un mensajero anuncia la noticia; y entonces le veía penetrar en el gran laberinto de sus pensamientos. Subía por senderos de cabras hasta las cimas confusas para mí y en las que era preciso que él se detuviera. Pero así, enseñaba a palpar la cosa por uno mismo, luego a decidirse según la propia conciencia.
Se comprende que muchos jóvenes, que muchos hombres maduros y algunos ancianos se hayan sentido empujados por un irresistible atractivo hacia la humilde celda donde vivía y de la que más adelante daremos la descripción y el inventario. Como el Sr. Pouget era ciego, era extremadamente fácil atrapar al vuelo lo que decía, respetar el movimiento de su estilo oral, captar su pensamiento en las propias comisuras de los labios. Si hubiera tenido vista, su modestia habría paralizado este espionaje, y creo también que nos habríamos sentido cohibidos por una especie de pudor; nuestras palabras no pertenecen a nadie, y no se firma más que lo escrito. Al escucharle así, y al tomar apuntes a la sordina, pensaba yo en estas palabras de Papías referidas en la Historia eclesiástica de Eusebio. El viejo obispo de Hierápolis nos dice con qué avidez escuchaba él a los que habían sido los discípulos de los apóstoles: «No pensaba que las cosas recogidas en los libros me pudiesen servir de tanta utilidad, seguía diciendo, como lo que procedía de una palabra viva.» ¡Qué bien convienen estas palabras a los que escuchaban al Sr. Pouget y espiaban atentamente sus curiosos modos de decir las cosas!
Su candor era extremo. A veces, oía el ruido del portaplumas en el papel, porque poseía grandes oídos que percibían los pequeños ruidos.
«Pero, ¿qué está haciendo usted? – Señor Pouget, le decía, tomo algunos apuntes… – Ah sí, decía, usted apunta una idea que se le ha ocurrido.»
Se volverá una y otra vez sobre las líneas generales, como hace el que dibuja, que duda, que vuelve y deja a veces para un mismo contorno varios trazos en lugar de uno solo, pues sabe muy bien que las repeticiones no causan daño a la verdad y que en cambio la ayudan haciendo entrar en el ojo del que mira ese movimiento del modelo que el dibujo no puede dar. Me atrevo a esperar que nuestros lectores, después de los intentos ciegos y la inevitable confusión del principio, queden al fin satisfechos; ojalá lleguen a ver poco a poco salir el rostro del Sr. Pouget de su penumbra y mirarlos con su sonrisa bonachona.
Pues a menudo será el propio Señor Pouget quien hable; es lo que yo llamo, con un término que citaba con frecuencia para los Evangelios, sus logia, sus dichos, según una vieja palabra francesa. Los que le conocieron y le quisieron volverán a ver quizás en esas frasecitas cortadas y ágiles, en ese acento, ese giro inimitable y esa mirada de la voz que es tan difícil evocar cuando se piensa en los muertos.
27 de agosto de 1939.
Capítulo I: La vida del Sr. Pouget hasta 1920.
El lector buscará en vano en la relación que vamos a entablar un biografía completa del Sr. Pouget. La vida de aquellos que se dedicaron al estudio, sobre todo si no han publicado ninguna obra, no presenta ninguno de esos acontecimientos en los que pueda apoyarse el narrador. El Sr. Pouget apenas escribía cartas: las que se han conservado y que me han llegado acaban por resultar didácticas y sólo hablan de él ocasionalmente. He dicho que era de verdad un desconocido al mundo. Las vueltas que he dado para conocer su pasado han sido de escasos resultados. Se hubiera dicho que había cierta indiscreción en penetrar ese misterio de regularidad y de humildad, como si alguien deseara conocer la vida de su madre cuando no era todavía más que una jovencita.
Todo cuanto se puede hacer en este capítulo inicial, necesario como fondo de cuadro, y primer esbozo es decir lo que el Sr. Pouget contaba de ese pasado en la ancianidad en que le conocí: si con frecuencia se refrescaba, volvía a los recuerdos de su vida campesina por expansión, por piedad hacia sus «pobres padres», por la coquetería de la edad avanzada: era este periodo el que revivía mejor en su memoria, como si todo el intervalo hubiese estado lleno de tareas y de ocupaciones y que estuvieran allí sus raíces: en todo él había sido campesino. Y el lector comprenderá poco a poco porqué el Sr. Pouget no podía nunca separarse de sus mesetas y de sus páramos.
El Sr. Pouget era al mismo tiempo un cerebral y un rural: estas dos cosas se oponen con mucha frecuencia, como se ve por tantas inteligencias que no han sabido desarrollarse sino desarraigándose o buscándose los orígenes después. El Sr. Pouget no tenía que hacer este trabajo. Era un verdadero campesino. Aunque se había despojado de todo amor propio, había seguido apegado a esta tierra materna que él conocía como la conocen los labradores y los pastores, por haberse doblado sobre ella, por haber explorado todos sus recovecos, de manera que podía recorrerla todavía con la mente, cuando quería. Sin embargo, me contaron por allí una historia dolorosa. En 1911, cuando fue a su país por última vez (visita que recuerdan todavía los viejos, como el Sr. Podfer, uno de sus primos), su vista comenzaba a enturbiarse. Los suyos querían que se dejara acompañar en sus paseos. Pero, pensemos un momento, qué humillación, qué fastidio! Con el fin de probarse a sí mismo que no estaba tan ciego y quizá también para disfrutar más de su tierra y de su pasado, quiso partir solo. Y se dirigió hacia los campos que labraba con su padre y sobre todo hacia los pastos de Jaunisse donde cuidaba los ganados, hacia los campos y los pedregales del Ronne, por las orillas del Besse. Y allá se perdió, como más tarde se perdía en su pequeña celda de la calle de Sèvres, buscando la puerta allí donde estaba la ventana, y entonces se le tomaba la mano, se le calmaba, porque se echaba pestes contra sí mismo, poniéndole en su camino. En su casa, en sus tierras que conocía de memoria, se vio obligado a llamar y pedir auxilio. Es probable que se hubiera retrasado y el día estuviera cayendo. Sin duda que lo trajo a casa, como Antígona guiaba a Edipo, uno de esos chicos de enorme cabeza como los que he visto en la aldea de Moranges. ¡Qué desesperación debió de ser! Pero si su ojo tenía desfallecimientos, su memoria no se perdía nunca, y su vieja Auvernia vivía en él, objeto natural de sus pensamientos.
Había nacido el 14 de octubre de 1847, en la aldea de Moranges (en otro tiempo Mouressanges), en el municipio de Maurines, a siete kilómetros de Chaudesaigues, el deanato, a veintiocho kilómetros de Saint-Flour. Era la una de la mañana, un año después, decía él, de que se había dado la primera cavada en Ninive. Era el «primero de su madre», que se había casado a los veintidós. De esta madre sólo me había contado su muerte. «En el 74, le habían dado unos «ataques». A los cuatro días: «Vaya a buscarme al Sr. Cura.» El cura vino; quiso administrarla. «Todavía no, Señor Cura, ya le avisaré cuando haga falta.» Y dos días después: «Id a decir al Sr. Cura que me traiga la extremaunción.» El Sr. Pouget se acordaba también de un tío, hermano de su padre, hombre pequeño y decidido que murió a los noventa y siete años menos tres meses. Un día, en casa de un comerciante en vinos, había sesión de hipnotismo. Este Pouget había dicho: «Esa tía no me magnetizará.» Estaba sordo y ciego, rezaba todo el tiempo. Una mañana dijo: «No sé lo que me pasa, me siento mal como nunca lo he estado. Que me vayan a buscar al cura». El cura vino y le dio todos los sacramentos. Una hora después había muerto.
Se ve de qué manera pasaban de este mundo al otro los Pouget en aquellos tiempos pasados: como gentes prácticas y sencillas, observadores de las señales y en primer lugar de sí mismos; no tenían ninguna prisa en morir, pero cuando veían llegar el momento, entonces sin adelantarse ni retrasarse, cuando tenía que ser, se morían como cristianos.
La pieza más curiosa de la galería de antepasados era, sin la menor duda, la tía abuela de su madre, Gabrielle Gastal, que murió más que centenaria:
Era una mujer que creía firmemente en Dios. Hablaba poco, limitándose a decir oc por sí. Mi tía tenía cien años en 1867, cuando entré en San Lázaro. Murió tres años más tarde. Tenía un cura que le hacía muchas preguntas. «¿Veis este pájaro, decía ella al verle, es rojo como una cereza.» Y también: «Ah! señor cura, qué aïs (fastidioso) es usted!»; eso porque no tenía ganas de contestarle. El cura le había preguntado si Dios era joven o viejo. Ella le respondió: «Akil dati es joube amébiel. O ou toute. Si you ere coumasil nourio pas besou de ris. Él no es ni joven ni viejo, señor cura, lo tiene todo, si yo fuera como él, yo no necesitaría nada.» Al sermón, el cura, a quien le gustaban la retórica y las figuras, decía: «¿Lo habéis oído, hermanos, lo habéis oído? – Sí, señor cura, respondía mi tía, en voz alta, ya veis que ella no se molestaba. – ¿Lo haréis, hermanos, lo haréis? – Quién sabe, señor cura.» Eso, porque ella se sabía débil. Esa gente son la rectitud misma.
Ella tenía un prado y en ese prado un viejo manzano; hilaba la lana de sus ovejas. El rey, el emperador, le importaban muy poco. A Napoleón, elle le llamaba Paleioum. Recordaba haber ido a llevar un trozo de pan a los refractarios en escondrijos imposibles. Había en aquel tiempo, en el pueblo, un viejo soldado que había visto al Emperador. Él recordaba que el Hombre le había dicho: «Quítate de ahí, que voy a orinar.»
El Sr. Pouget era el mayor de seis hijos. Tenía una hermana que se había muerto de miedo, al ver a un hombre muerto en un campo. En cuanto a su hermano más pequeño, Jean Pouget, había nacido en 1860, y vivía en Maurines. Había tenido cinco hijos de los que una niña muerta de poca edad, dos chicos muertos en la guerra, uno en los Dardanelos, el otro a consecuencia de los gases, una hija muerta de una tisis que había contraído cuidando a su hermano gaseado; no quedaba más que la última niña que se casó tarde, de manera que ahora el apellido Pouget se ha apagado.
Sus padres eran labradores; habían ejercido pequeños oficios en París, como porteador de agua. Su padre volvió a la capital en 1850, con Guillaume, a la sazón de tres años. Y es en París, en el distrito de la Madeleine, donde situaba el Sr. Pouget su primer recuerdo. Le gustaba situar este primer despertar de la conciencia, advirtiendo que podía abarcar ochenta años de historia en una misma mirada interior. Esto le daba una prueba como a él le gustaban, es decir casi experimental, de su identidad y del misterio de la persona. A fuerza de trabajar y de privarse su padre pudo reunir un peculio que consolidó su modesto acomodo.
Los Pouget eran pequeños propietarios como la mayor parte de nuestros campesinos. Tenían una casa. Esta casa no estaba construida a la altura de la aldea, sino en la parte pobre y algo despreciada que se la llama, por allá, tierras bajas. Pero no tan miserable. Por encima de la puerta (bonita puerta de madera provista de un llamador y de un clavo al que se enganchaba el cerdo para despiezarlo), todo el mundo puede ver todavía, esculpidos en piedra viva, un corazón y un cáliz, luego entre el cáliz y el corazón, la fecha de 1827. La pieza central es estrecha; iluminada por dos ventanas abiertas en una pared de gran espesor. Esta disposición deja delante de los cristales un largo recodo donde es fácil dejar un utensilio, un libro, un cuaderno, apoyar los codos y leer. Los que conocieron al Sr. Pouget adivinarán porqué le gustaba trabajar sobre una tablilla colocada delante de la ventana, sobre el radiador. A la izquierda de la chimenea, he advertido un refuerzo que servía para recibir la resina. Las noches se prolongaban a la tenue luz de una pastilla resinosa que se colocaba en este reducto y que ardía echando muchos vapores, pero era suficiente para que las mujeres hicieran punto. Las camas del fondo, con jergones de hojas de haya, eran púdicas como tumbas. Quedaban disimuladas en la obra de madera y tan altas que para subirse había que trepar sobre un arcón, que contenía la ropa. En fin que, como más tarde, en la celda del Sr. Pouget, no se perdía nada de sitio y todo se disponía en sentido práctico, no sin cierta discreción y elegancia nacidas de la economía misma. Al lado de esta pieza familiar y a la que no le faltaba un lujo austero con sus maderas esculpidas y su rampa de escaleras artísticamente trazada, sin transición ninguna se pasaba a la cuadra, que podía tener seis vacas y veinte ovejas. Animales y personas eran vecinos y en un corto espacio, sin gran libertad de movimientos, pero la vigilancia era fácil, y esta vecindad permitía sin duda luchar contra el frío utilizando el calor y el aliento. No era precisamente la higiene de los Americanos. No era tampoco la pobreza. Ningún aparato, pero «algo es algo» y bueno es «tenerlo». Lo que supone que se era autosuficiente, que no había que pedir nada a nadie ni doblar el espinazo ante cualquiera. Servir a todos, pero estar libre de todos: la nobleza campesina. La hidalguía campesina. El territorio de los Pouget, que se acrecentó ciertamente mediante una perfecta gestión durante un siglo, es por ahora de diecisiete hectáreas.
El Sr. Pouget había vivido primeramente para ser campesino. Relataba a veces sus primeros sueños de futuro. Como había visto construir un puente de piedra, él soñaba con construir puentes también: es en otro sentido muy distinto como debía hacer más tarde estos puentes sólidos entre las opiniones y las exigencias opuestas y que permiten pasar con toda seguridad de una orilla a la otra. Sentía también una pasión por los tejados y construía casas de barro, que recubría con las hojas de ese gneis esquistoso que forma el basamento de las lavas y de los basaltos, vomitados por los volcanes del Cantal.
El Sr. Pouget pasó la infancia ayudando a sus padres en su ruda labor. Fue educado en parte por una tía, que pertenecía a una Orden Tercera. Aprendió a leer casi solo: a los cinco años, se las arreglaba. No comenzó a ir a la escuela hasta los doce años, y eso tres meses al año. A esta edad, se puso también a labrar con su padre.
– A veces, contaba él, mi padre, con el arado, se salía; el arado encontraba una piedra que salía despedida; os podría saltar a la cara y dejaros allí mismo. Yo decía: «¿Qué es lo que hace, papá? – No te preocupes, chaval.» Y, de vuelta a casa, decía a mi madre, cuando me creía fuera: «Y que trabaja mejor que yo, el gracioso de él.»
Todas las ovejas de la comuna eran guardadas entonces por un pastor: un niño expósito, un mal mozo que me disgustaba. Por dos veces lo tiré al suelo. El otro no volvió a las andadas. Para que luego se diga que este país no es práctico. Yo le quería. Había serpientes enormes, había lobos. Había sitios donde el río saltaba, saltaba de tal manera que ya no era más que espuma.
Se trataba del Besse, en el que le gustaba de vez en cuando zambullirse hasta el cuello, lo que le daba, ya desde los primeros tiempos, la idea del poder físico. Ese amor a la energía, a la fuerza en acción lo llevaba muy dentro: como diremos más tarde, hablaba de Dios, como de una Energía incondicionada, fuente de las energías «formidables» de la creación. La imagen del Besse tumultuoso que se precipitaba por las gargantas era para él el símbolo y la base de esta energía creada y también de su degradación lenta, uno de sus temas.
Había también en la comarca costumbres supersticiosas: cuando una vaca no quería dar la leche, se creía que era víctima del mal de ojo. Por las noches, circulaban los cuentos. El Sr. Pouget se acordaba de la vieja Catherine, una vecina, que tenía una papada enorme, una mala lengua y tres hijos cuyo padre no se conocía. Se ganaba pobremente la vida hilando la lana. Mandaba cocer calderadas de patatas cortadas y harinosas. Por la noche, en invierno, mientras las mujeres remendaban delante de los hombres, quienes, después de hablar, se arrellanaban de pronto como masas, la vieja Catherine contaba sus historias de aparecidos tan terribles que los pequeños Pouget no se atrevían a dejar el fuego para ir a la cama
La región era una región dura, avara con los hombres. Se alimentaban con pan de centeno, patatas, panecillos de trigo moreno, requesón, queso seco. Los días que la familia Pouget se iba a Saint-Flour, distante veintiocho kilómetros, se permitían el lujo de ir a comer repollo a un albergue. Entonces el pequeño Pouget se escapaba para ir a contemplar la catedral, y recibía sus primeras impresiones de arte. Recordaba el asombro de la gente ante los primeros ferrocarriles.
Imposible que esta mecánica ande sola, decían los avispados. Eran caballos los que la arrastraban. Al pararse, los caballos se apean.
A una legua del pueblo, había una camada de lobos. Una noche, hacia las once, yo estaba en un agujero, me habrían podido matar. Me puse a cantar para darme valor.
En resumen, era una región sana. Los jóvenes vivían esperando el matrimonio: algunos bailes pero delante de los padres que lo vigilaban todo. Tal vez un boyero llegado de Lozère abusaba de una criada, y entonces los padres aceptaban el matrimonio, que se cerraba a toda prisa. Se reverenciaba al cura, y no se hacía gran caso del alcalde. Eran raros los recalcitrantes que no aceptaban cumplir con Pascua, en cuyo caso se veían obligados a presentar sus razones. En el pueblo de Maurines no había más que un obstinado. Citado a dar los motivos, respondió haber oído decir a un portero de París (el cual lo había visto impreso) que «ahora es Napoleón, Jesucristo ya no». Todavía no decía que no. «Entonces, qué, le insistía el señor cura, la Pascua se acerca. – No me suelo echar atrás, pero cuando haya construido mi casa, ya vendré.»
Esta comarca daba sacerdotes con «bastante facilidad». Más tarde eso fue cambiando. Cuando el Sr. Pouget regresó, en 1883, se encontró con que había subido el bienestar, y con él la indiferencia religiosa.
Nos gustaba la Biblia. Había historias que nos gustaban enormemente. El pueblo estaba allí. Hoy, desde que se sabe dar a un botón, ya se sabe física. Mi padre leía la Biblia por la noche. Se decía Moise, como en Oise y no Moïse; los Parisiens y no los Pharisiens. A propósito de la torre de Babel los niños preguntaban: «Papa, ¿habría llegado hasta el cielo?».
Guillaume Pouget comenzaba ya, como había de hacerlo toda su vida, a estudiar sin maestros, a practicar solo. Aprendió a leer por propia iniciativa, en un viejo alfabeto de letras gordas, y él se ejercitaba también en una biblia familiar de la que se sacaban las lecturas de la noche. Porque su padre, en una de sus idas a París, había tenido ocasión de comprar esta edición protestante, que traía unas cincuenta figuras, con las de Abraham e Isaac.
A los cinco años, Guillaune Pouget leía sin ayudas. Algo más tarde, mientras guardaba los ganados por la Planèze, se planteaba problemas, como el del área del círculo o del triángulo. Un primo suyo, que tenía libros de escuela, se los prestaba. De doce a quince años, durante los cuatro meses de invierno, se los devoraba. A los nueve, quiso ir al catecismo. El cura le dijo: «Eres demasiado joven, tú a casa». Entró al año siguiente, y se lo aprendía con facilidad, aunque no era fácil: «un resumen de teología abstracta.» «Me pedían explicaciones sobre Dios. Y las daba. El vicario decía: está hecho un pequeño teólogo».
El cura de Maurines, impresionado por estas dotes excepcionales, propuso a los padres del pequeño Pouget apartarle del trabajo de la tierra, pero él habría preferido quedarse en los campos. Y entonces, a partir de los doce años, durante los tres meses de invierno, le mandaron a la escuela del pueblo: le iba bien, menos en caligrafía. A los quince años, su padre le colocó en el Seminario Menor de Saint-Flour, con la esperanza de que tuviera vocación de sacerdote, de que se quedara en la región y de que pudiera vivir allí con su joven hermana. Como no sabía latín, se le puso en octavo, con los pequeños que, al ver a este grandullón ignorante, se reían de él.
– Oía cuchichear: «es un burro.» Aquello era como azotarme. A las tres semanas pasé a séptimo. Al año siguiente, a cuarto, donde me llevé todos los primeros premios. A los diez años, ya lo había terminado todo. Me habría gustado ser bachiller. Mis padres me dijeron: «Toma la sotana, eso nos gustará». Así que me quedé sin ningún título.
Desde entonces, G. Pouget no volvió ya a su tierra más que por las vacaciones. A este respecto, le oí a menudo traer a cuento una experiencia que le había llevado a reflexionar en el cansancio de los que piensan. Antes de partir al seminario, le resultaban fáciles las cosas del campo; cuando llegó, a primeros de agosto, al cabo de un año de estudios, trillando el grano, y se puso a ayudarlos, lo que era para él antes un juego. Pero, esta vez, al cabo de un solo día, me sentía agotado. Y la conclusión era que el trabajo intelectual gasta más que el trabajo manual, porque «afecta a las funciones nutritivas». A este trabajo se dedicaba ahora.
– En el Seminario Menor, durante los dos primeros años, fui pasando. El tercer año me leyeron las Confesiones de san Agustín. Lo pensé bien y me dije: «Por qué no?» Y entonces tuve la idea de hacerme sacerdote, y hasta religioso. A partir de entonces, me cansaba de ser siempre el primero, y me decía: «¿No estaría bien fracasar un poco?» Tenía miedo de ser orgulloso, cometía faltas adrede. Cuando lo pienso ahora, me digo que era una tontería, porque el remedio era peor que la enfermedad. En lugar de adelantar me atrofiaba, y echaba a perder el dinero de mi pobre padre, que apenas le alcanzaba. Siendo pequeño, se me habían ocurrido muchas cosas; había tenido la idea de ser militar, y hasta (¡qué risa me da ahora!) oficial de artillería, sí, para bombardear a los otros (con riesgo de ser bombardeado yo mismo). Luego, pensaba ser profesor de Universidad. Pero, cuando leí las Confesiones, me dije: «San Agustín, sigámosle.» Cuánto me habría gustado recibir títulos, pero mis pobres padres querían verme con sotana: entré pues inmediatamente en el Seminario Mayor. Cuando me acuerdo del momento en que dejé a mis padres, mis pobres padres que me habían criado, todavía me conmueve, con sólo pensarlo. Una vez que recibí la sotana, mis padres no me volvieron a tutear. Pensaba primero quedarme en la diócesis. Lo que me determinó a ir a los religiosos, fue la regla. Me decía: «Seré vicario, quizás hasta párroco, estoy impaciente, tendré una criada, me enfadaré. Me gustaría una vida reglada.» Tuve primero la idea de hacerme jesuita a fin de tener más facilidad para los estudios. Pero al fin, entré en San Lázaro. Lo que me impresionó de ellos fue el buen trato entre ellos.
Por Pascua, cuando oraba ante una estatua de san Vicente, me dije: «¿Y si entrara en la orden de este santo. La idea me daba vueltas en la cabeza. Fue la humildad la que me decidió: «Yo no seré extraordinario, me decía a mí mismo. Yo no pasaré por encima de mis compañeros. Si me hiciese jesuita, me vería expuesto a parecer, es mejor que vaya a los lazaristas.» La idea de entrar en los jesuitas se me ocurría siempre en las «comunicaciones». A los dos años. Hice los votos, y se acabó. Mis padres no me comprendieron. Mi padre tenía la idea de que me estableciera como sacerdote en la diócesis y que mi hermana pequeña viniera a cuidar de la casa… Cuando enfermó mi pobre padre, me habría gustado que el superior me dejara ir a verle por última vez. No me dejó; era un hombre tieso como una I mayúscula… Y sin embargo tenía el derecho natural a mi favor. Y desde entonces, desde entonces, ya nunca he tratado de parecer. Pero si aparezco, me da lo mismo. Y a pesar de todo, he trabajado, oh! vaya si he trabajado! Dios lo sabe. No he tenido nunca recreos ni vacaciones…
En su juventud, el Sr. Pouget era travieso, y llevaba en el saco más de un truco. Así, cuando se trataba de recitar una lección, con la buena vista que tenía, no dejaba de echar una miradita al texto. «Me contentaba, para hacer tiempo, con decir al profesor: Ah! Señor, tengo una dificultad. Y entretanto, yo le ojeaba».
Conocía también el arte de hacerse notar de sus examinadores respetables. Cuando un viejo maestro de Auvernia, el Sr. Brioude, presidía el examen y le hacía preguntas indiscretamente. «Para responderos bien, señor superior, se le ocurría entonces al joven Pouget, tendría que tener vuestra edad y vuestra experiencia. Yo sólo soy un joven. – Claro que sí, decía el bueno del señor Brioude, claro, eso está bien. La modestia vale la ciencia.» Y el Sr. Brioude le ponía una buena nota. El Sr. Pouget se acordaba también de un tal Sr. Duchambon, un canónigo, quien había anunciado desde el púlpito: «Hoy, hermanos míos, vamos a hablar de la circuncisión de la Santísima Virgen».
– Yo aceptaba, añadía él, todo lo que me decían, pero no me ponía a pensarlo demasiado. En el primer año, repasé toda la teología dogmática. Me ponía objeciones y me respondía ingenuamente. Luego, leía algo en Billuart. Después, nos enviaron a Dax. La enseñanza era con frecuencia una pena, la escolástica no existía. Así, nos decían que las tres cosas más fuertes en el mundo eran mors, mos, mas, la muerte, la costumbre, el macho. Leí a san Bernardo, enseñé la filosofía escolástica en 1870 y 1871. Tenía tres volúmenes venidos de Italia. Los alumnos tenían un resumen de ellos. Yo daba la clase en francés o en italiano sin ningún trabajo. Me interesaba.
En 1872 a 1883, estoy en Evreux. Primero en segundo; enseño griego. Tengo veintiséis horas de clase a la semana, porque doy las ciencias en todas las clases. Leí la Iliada. Daba la clase paseando. Tenía buena memoria. – «Oiga usted, explíqueme esto… Pero, vamos, se ha dejado una palabra.» Los alumnos decían: «¿Qué clase de hombre es éste?» Por desgracia, suprimieron la enseñanza del griego, al darse cuenta que era profano.
Tenía un jardín botánico, y bien señalado, palabra. Sencillamente había imitado lo que se hacía en París, en el Jardín de las plantas. Los alumnos trabajaban conmigo en el recreo. Yo los enfrentaba a la realidad. Les hacía ver tejidos en el microscopio, lo que les daba cierta idea de las cosas. Tenía setecientas y pico plantas y fichas de todas clases. En mis paseos, tenía la costumbre de andar mirando el suelo y me decía: «anda! ésta no la tengo…»
No siempre me comprendían. Un día me enteré de que mi jardín había sido revuelto, anexionándolo al huerto para cultivar patatas… Ay! Ahora que me encuentro ciego, no puedo tan siquiera imaginarme una flor. La flor más pequeña no puede dibujarse en mi memoria: sin duda que «el centro visual» está enfermo.
Era profesor de clases elementales. Ah! aquellos buenos chicos. Con mi máquina neumática les hacía uno de esos vacíos. Y comprendían. Enseñaba también matemáticas, – solo. Me costaba mucho trabajo. Había fórmulas que no llegaba a entender. Al año siguiente, leía los clásicos latinos. Con los elegíacos, había palabras que no encontraba en el diccionario, habría necesitado un Forcellini. En 1873, comenzaba a aprender el hebreo, logrando hacer cuatro o cinco lecturas de la Biblia en hebreo. Yo era concordista, y buscaba en ella geología. Ay, señor… Predicaba cuando me tocaba. Decían que había que presentar las homilías: yo las escribía. Luego, ya no las escribía. Mis sermones no significaban nada. No contenían doctrina. Fue observando gramíneas con lupa y largo tiempo como me arruiné la vista.
Se debieron adivinar las consecuencias. Uno de sus antiguos alumnos de entonces recuerda tan sólo que siendo profesor de química, el Sr. Pouget por poco se intoxica, él y los suyos, con emanaciones de cloro. Todos sus alumnos tuvieron que salir del laboratorio a todo correr, saltando por la ventana, que por suerte se encontraba en la planta baja.
En 1883, le nombraron superior del colegio de Saint-Flour, y duró tres años. Pero fue tiempo suficiente para dejar huella. De este superiorato tan corto hablaba con gusto. Porque le gustaba el estudio y también la juventud, sobre todo la juventud destinada a vivir la vida ordinaria y práctica, la de la humanidad común.
– Cuando me nombraron superior lloré. Lo que me consoló fue este pensamiento: después de todo, pueden hacerme superior y quitarme. Pero si logro algo por mí mismo, sólo Dios me lo puede quitar. Aprendí qué cosa es la administración. Tuve que atender a un montón de cosas que no me hacían gracia: disponía de todos los materiales para hacer andar. Además, doce horas de clase a la semana. Ya me decían: sois el superior, no tiene que ser profesor; pero cuando estaba en clase, estaba bien tranquilo.
Mientras era superior, tenía que tragar saliva. Ah! si no me hubiera contenido… Sin embargo, una vez no me aguanté. Había un profesor que me ponía los alumnos en la puerta. Dije: yo solo tengo ese poder. Cuando se trata de algún castigo, quiero tener solo el poder. Uno tiene un mal carácter. Bueno. A nosotros nos toca cambiarle. Sólo despedí a uno por una carta y eso porque era pública. Le dije: «Muchacho, aquí hay que respetarse». Hacía la lectura espiritual a los mayores. Les enseñaba cantidad de cosas. Me parece que les enseñaba a vivir. Yo tenía de treinta y seis años a treinta y nueve: es la edad de la actividad. Había leído ya tres o cuatro veces la Biblia; estaba furioso con los días-época. Empleaba las matemáticas. Yo me recitaba mis buenos trozos…
Los padres no podían molestarme. Cuando el niño dejaba que desear, yo se lo decía, y me comprendían a la primera. En cuanto a la piedad, me esforzaba por formarlos. Había congregaciones, yo trataba de que entraran los mayores. Se hacía lo que se podía. Los dos quintos iban al Seminario Mayor. Ninguno se perdió. Nadie se volvió sectario. Llegó a gustarme. Son algo bueno estos seminarios menores: luego nos volvemos a encontrar, nos tuteamos; fulano lleva sotana, mengano levita. Venían a confesarse a mí. Sabían muy bien que yo ya no era superior. La confesión, sabe, es otra cosa. A los mayores les gustaba contarme sus miserias. Yo les decía: «Tened cuidado, si yo llegara a saberlo, si un profesor os pillara en el acto o si vinieran a decírmelo, me vería obligado a poneros en la calle, y vuestros padres no se alegrarían nada, ni yo, ni vosotros.» Sabían que yo no era de los que espían. Son personas en ciernes. Hay que respetarlos.
Por estas confidencias se puede adivinar, creo yo, lo que pasó durante el superiorato de Saint-Flour. A los treinta y seis años, llegaba el Sr. Pouget desde el gabinete de física y de su jardín botánico para hacerse cargo de la dirección de un grande y poderoso establecimiento, este importante colegio de Saint-Flour, que es uno de los monumentos de esta alta ciudad de Auvernia. El hijo de los campesinos de Maurines iba a regir, en su diócesis original, lo que esta diócesis tenía de más preciado. Había una dificultad que el Sr. Pouget no había sopesado antes. Le habían dicho que fuera: y había ido. Se debía de tratar de un superior poco banal y el menos respetuoso con las formas que se pueda imaginar. Conocía la administración a su manera, que no era la clásica. ¿Se había visto a un superior que continuaba haciendo sus estudios en secreto, como si no estuviese versado en ciencias, que se negaba las vacaciones, matándose con trabajos suplementarios, lo que podría dar lugar a pensar que las vacaciones no eran indispensables en absoluto; que nunca había llegado a comprender esa parte teatral que entra en todo cargo eminente, por humilde que éste fuese; que arruinaba la autoridad de los profesores con sus múltiples especialidades, por fin, – y esto es el colmo -, que era casi incapaz de castigar? El Sr. Pouget tiraba del carro y a buen paso, sin sospechar que sus modos podían chocar a los prudentes. Producía gran impresión en los alumnos por algo que sentían bien sin poderlo definir y que era el contraste entre esta ciencia y esta sencillez infantil. La ocasión de los problemas fue que el personal del colegio pertenecía a dos categorías bien distintas: estaban los auxiliares, que eran sacerdotes de la diócesis, y estaban también los lazaristas. Él apoyaba a sus sacerdotes, que eran sus compatriotas. Los jaleos, creo yo, vinieron de sus cohermanos. Lo cierto es que no duró más de tres años y que su partida coincidió con la de los lazaristas. Su paso por Saint-Flour dejó por largo tiempo una estela de luz, y sus antiguos alumnos le fueron fieles. Pero habría sido una pena que se hubiese quedado por más tiempo en estas funciones administrativas que no eran de su talla. En todo, por otra parte, era admirable, pero difícilmente imitable y utilizable.
De 1886 a 1888, el Sr. Pouget es profesor de ciencias en el estudiantado de Dax. A decir verdad, enseñaba algo distinto a las ciencias, por ejemplo la historia, la filosofía, el «Viejo Testamento», como él decía, y por primera vez, para gran gozo suyo, daba el curso de hebreo. Pero siempre según su método.
Cuando me destinaron a Dax, di filosofía y también otras cosas. Vamos a hacer preguntas, decía a los alumnos. Luego veremos las dificultades. Hace quince años yo las resolvía sin tropezar. Ahora, ya no soy tan sabio.
¿Qué pasó en Dax? ¿Hubo dificultades también? El hecho es que no se quedó mucho tiempo en la cuna de san Vicente de Paúl.
Le vemos en París, done en adelante va a transcurrir su vida, de1888 a 1933. Allí fue donde formó a esos alumnos que debían ir a llevar el Evangelio a todas las partes del mundo, en particular a Siria y a China.
Cuando llegué aquí tenía cuarenta y dos años. Había trabajado mucho durante veintidós años, pero en el fondo no sabía gran cosa. Trabajaba solo y comprendía como podía. En moral eran sólo casos de conciencia. La historia eran historias. Y en Sagrada Escritura uno se contentaba con leerla piadosamente. Vivía del pasado. Era conservador y nec plus ultra. Vigouroux era mi hombre. Estaba a favor de la concordancia de la geología con los relatos bíblicos. En 1889 había leído unas observaciones de Loisy que, si bien inofensivas, me habían producido sobresalto. No tenía guía. Fue Duchesne quien me abrió la mente. Iba a asistir a su curso sobre los Hechos: primero rechiné los dientes y no volví: ya me entiende, había leído la Biblia no sé cuántas veces, pero ¿porqué? Para buscar geología. Leí a Duchesne, verifiqué los textos, y me dije: no contiene muchas pruebas pero son buenas. Lo que me podían decir, si no me daban pruebas, eres inútil. Leí a X.: de cinco citas, había tres falsas: lo dejé a un lado.
Dios sabe qué trabajo tenía aquí: clases en cantidad; cuatro horas de hebreo; tres sesiones de ciencias por semana; entraba a las ocho, salía a mediodía. Enseñaba también historia y, para hacerlo, necesitaba leer mucho, y Duchesne me había convencido de estudiar la historia. Llegó el tiempo en que, por economía, me suprimieron el presupuesto del gabinete de física; pero me dieron el Viejo Testamento. Nunca, esto entre paréntesis, se me ha permitido enseñar el Nuevo: pero ello no me ha impedido meter la nariz y sabérmelo pasablemente. Me acostaba a las diez, me levantaba a las cuatro con cuatro sueños de una hora y cuarto. Rezaba el breviario al regresar de la Biblioteca nacional. Me sabía los salmos de memoria. Leía las lecciones del primer Nocturno en el jardín del Palacio Real; cuando llegaba al Carrusel atacaba el segundo Nocturno; al llegar a los Puentes y Calzadas, el tercer Nocturno. Lo que he trabajado, ya lo creo que sí.
Trataba de enseñar a los jóvenes a aprender. Les ponéis un libro en las manos, pero ¿qué es un libro? Un pequeño montón de papel que pasa a la mente y que se borra enseguida. Siempre había tratado de fabricar gente que comprendiera algo, Aburría a los que tenían una inteligencia media y que se contentaban con C. Q. F. D. (lo que había que demostrar). Si hubiera podido, habría dividido a mis alumnos, diciendo: a tal individuo con tal aptitud pongámosle ahí. Usted tiene a éste que pronunciará muy bien los sermones: yo le formaría para predicar bien. A aquel otro le enseñaría algo de matemáticas. En física, yo hacía los experimentos en virtud de los cuales se lograba lo que estaba escrito en los libros de física. Me pasaba la mitad del día en el gabinete de física. Nunca me he tomado descanso. Durante las vacaciones me pasaba el tiempo en la Biblioteca nacional. Daba la clase paseando, me sentía más libre. Llegaba con brazadas de libros. Durante cinco años di el curso de apologética. Parece que los alumnos se quejaban de que ponía las objeciones demasiado chocantes; sí, eh, ya verán cómo se las ponen cuando vayan al mundo, y eso los morderá, que no son hombres de paja. No seguía la doctrina de un autor impreso. En tal caso habría bastado con un fonógrafo. Ahora veo que para este curso sólo me debieron dar algunas inteligencias selectas. Comprendí más tarde que una clase como la mía no se podía dar ante todo el mundo. La mayor parte se queda como el pueblo, se quedan con las dificultades más que con las respuestas. Las dificultades fundamentales exigen que se penetre la materia a fondo. En 1897, mis alumnos mandaron escribir algo que yo había escrito sobre el Pentateuco. Yo no lo ocultaba, es más se lo di a sacerdotes. El prefecto de los estudios lo encontró en manos de otro… Sin embargo, nunca vinieron a atacarme en mi presencia, porque yo les habría dado mis razones. Fueron a quejarse al Sr. Fiat, superior general. Me llamaba a su habitación una vez al año. Me corregía: pero delante de los demás, me apoyaba. Decía: «El Sr. Pouget tiene fe, nunca hará nada malo.» No obstante, llegó un día en que él ya no pudo defenderme. Era el 20 de julio de 1905, al otro día de la fiesta de S. Vicente. El hermano vino a decirme: «El muy honorable padre os llama.» Yo estaba leyendo la Biblia en siriaco. –»Bueno, yo no os puedo seguir defendiendo más. Os he apoyado durante ocho años.» Quería destinarme a Dax para enseñar la física. Pero yo tenía los ojos muy mal. «¿Qué quiere usted?, le dije entonces, ya que usted no lo desea, ya no daré más clase.» Se levantó y me dio un abrazo. Llegaba con retraso a mi clase. Tenía cincuenta y dos años. Dos años después, me quedé sin vista… Manus Domini tetigit me. Se había terminado.
Ahora, cuál era la impresión producida en los alumnos?
«Nunca supo enseñar, apegado siempre a sus ideas. Cuando leía, se entusiasmaba. Creían estar perdiendo el tiempo, y después venía una clase maravillosa que lo recuperaba todo.»
«Puedo decir con toda sinceridad, escribía otro, que casi todas sus clases descubrían vastos horizontes, porque él nos daba cuenta de sus lecturas más recientes y nos sentíamos seguros en ciencias, como en historia, como en Sagrada Escritura y en lenguas orientales, de estar siempre al día. No faltaba quien se quejaba de que no avanzábamos en la materia del curso propiamente dicho. Era verdad, ay, en cuanto a la preparación del próximo examen, pero cuánto le agradecíamos el amor al trabajo que nos comunicaba, por el saludable método crítico en el que nos iniciaba, por la inmensa cultura que ponía al alcance de jóvenes principiantes».
«Le tuve de profesor de historia, de Sagrada Escritura y de hebreo de1899 a 1904. Y siendo uno de los asiduos a todas aquellas lecciones particulares que él prodigaba a los «intelectuales», llegué a ser pronto uno de sus lectores y secretarios. Entre mi habitación de estudiante y la suya era un ir y venir frecuente. Y el tiempo no contaba para él, no más que el sonido de la campana o del reloj que no oía o mejor no «reparaba» en él. Cuántas veces los cinco minutos que me pedía que pasara a su habitación a estudiar o verificar un texto se alargaban hasta horas! «Señor Pouget, que son las once. – Es posible! Pobre! Vaya enseguida a acostarse, pero quítese los zapatos para no molestar a los otros!» No encontraba otro medio a veces para reservarme tiempo que quitar la llave de la puerta como si estuviese ausente. Pero lo hacía de mala gana, ya que disfrutaba tanto intelectualmente preguntándole, escuchándole y hasta contradiciéndole para provocar su explicación. En clase, preocupado por ponerse a la altura de la mayor parte y por no escandalizar intelectualmente a los nuevos, se veía obligado a repetirse y a explicar una y otra vez algunos textos, principios y razonamientos; se dejaba llevar por «ingenuidades» de la juventud. Estábamos por entonces en la crisis aguda del modernismo. Las mentes estaban en ebullición: todo el mundo quería estar al día, no se empleaban suficientes sarcasmos con los atrasados y los loros, se cuestionaba todo, se criticaban minuciosamente todas las pruebas, se perseguían todos los a priori metafísicos y otros, sin sospechar a veces que se iba a remolque de otros metafísicos. Evidentemente acudíamos al Sr. Pouget, y qué cosas no le hacíamos decir! Desde el momento que criticaba los argumentos rutinarios traídos para apoyar tal tesis de fe, es que no admitía la tesis. Cuando no admitía el sentido «tradicional» de tal pasaje bíblico es que no admitía su inspiración. Por otro lado, siendo la rectitud y la sencillez mismas, no podía suponer la menor falta de franqueza en un Loisy y en un Turmel: su caridad era inagotable, non cogitabat malum, y hacía prodigios de interpretación caritativa para salvaguardar y defender su ortodoxia, molestándose, con una indignación muy cristiana, cuando se la ponía en duda, aun después de la publicación de los libritos rojos. Fue para él un verdadero disgusto cundo debió rendirse ante la evidencia. Esta caridad cristiana no era menor con los adversarios quienes por todos los medios trataban de contrarrestar su prodigiosa influencia sobre los jóvenes: no puso nunca en duda su buena fe y excelentes intenciones. «Y decir que irán derechitos al cielo a causa de su celo! Pero será divertido ver la sorpresa que se llevarán allá arriba. Mientras tanto, aprovechemos los méritos que nos proporcionen!» Con él todo llevaba a Dios por Cristo. Es una de las almas más hermosas y santas que haya conocido nunca.
Experimentábamos, «realizábamos» en él una inteligencia, penetrante, perfectamente al corriente de lo antiguo y de lo nuevo, de lo profano y de lo sagrado, de la verdad y de la objeción, sintiendo horror ante las ideas preconcebidas y las frases hechas, no dejándose dominar por la derecha ni la izquierda, quitando todas las máscaras, desinflando todos los balones, enseñándonos a no fiarnos de las etiquetas sino a darnos cuentas de la mercancía que encierran, sintiendo una devoción especial por la recomendación de san Pablo: Spiritum nolite extinguere: omnia autem probate, quod bonum est tenete. Nos mandaba verificar con cuidado y criticar todos los textos y todos los hechos (lo que no deja de suponer por otra parte ruidosos y frecuentes fracasos en los experimentos de física y de química por la vista y la de su ayudante, el H. Veron: hubo explosiones trágicas); nos enseñaba a distinguir bien entre el dato revelado o tradicional (que había que aceptar con humildad y todo el fervor del alma, razonable siempre) y la parte constructiva del espíritu humano, inevitable, necesaria pero relativa, variable, progresiva. Y después de limitar inteligentemente, críticamente, la realidad, sobrenatural y natural, nos daba con edificación ejemplo de sumisión total con un alma infantil, inocente, con una candidez atrayente, sin segundas intenciones egoístas, una vez tranquilizados los reflejos nerviosos de su temperamento sensible y reactivo.
Nos formaba pues eficazmente con sus lecciones y ejemplos en el verdadero espíritu crítico, siempre en guardia contra el poco más o menos, contra lo ficticio y lo postizo, separando la cizaña del buen grano, lo esencial de lo accesorio, la verdad de su expresión, la historia de la leyenda, la devoción de las formas más o menos legítimas de su expresión, los revestimientos legendarios de un hecho del hecho mismo. Nos hacía constatar que no había que temer por el pico y el martillo demoledores de la sana crítica: su labor no era otra que hacer más visible y admirable la obra divina de Cristo edificante, una vez disipado el polvo y retirados los escombros de los enyesados. Qué imborrable impresión nos han dejado sus acentos al hablar de Cristo omnia et in omnibus!
Todos aquellos que, a pesar de las primeras impresiones poco atrayentes, pusieron su confianza en el Sr. Pouget y se dejaron formar por él, han llegado a ser y lo son espíritus abiertos y progresistas al mismo tiempo que se vacunaron contra el virus del modernismo agnóstico y racionalista. Y eso fue, aunque en grados diversos, la gran mayoría entre los numerosos estudiantes que pasaron por la casa madre de 1888 a 1905 antes de dispersarse luego a las cuatro esquinas del mundo en nuestras misiones y seminarios. Los lazaristas escriben muy poco por tradición de familia, y por eso sucede (quizás felizmente) que su acción intelectual no produjo entonces ruido literario y retrasó su jubilación. Pero sus repercusiones a través de sus discípulos han sido mucho más profundas y difundidas de lo que se cree, primero en Francia en los veinticinco seminarios mayores confiados a los lazaristas, en Italia y en América después de cerrados.»
La imagen del Sr. Pouget reconfortaba a estos futuros misioneros como una prueba viva y, cuando fueron destinados a los países más lejanos, muchos hasta China, eso fue lo que los sostuvo. Le gustaba decir que sus antiguos alumnos «no habían perdido la fe»; era una frase modesta. Me sucedió, en el centro de Siria, encontrarme, en colegios o residencias, con lazaristas muchos de los cuales habían sido alumnos suyos: habrían sido incapaces de reproducir sus lecciones, sólo se acordaban de pequeñas anécdotas amigas de la memoria, se reían y se reían con respeto. Pero se adivinaba enseguida que de todas las enseñanzas recibidas, aquella, si bien era la más oscura y la más desconcertante, era también la que mejor se había incorporado a su sustancia.
También, el Sr. Pouget había sido sacrificado, como muchos en aquel tiempo, y por confundirle con la escuela de los innovadores. Tendremos ocasión de insistir una vez más sobre este punto. Esta será siempre la suerte de aquellos que quieren enfrentarse a las dificultades y tomar parte en las luchas reales: estos francotiradores, estos combatientes de primera línea corren peligro de ser confundidos con los salteadores. Lo que nos admira de él es que no se inmutó por ello. Cuántas veces le oí decir palabras de este estilo:
Después de todo, uno no está obligado a enseñar, sino solamente a buscar la verdad. Fíjense en las dinamos: cuando no se las embraga, nada les impide girar. No me siento cohibido, pero yo doy vueltas. Me pueden quitar mi enseñanza, mis títulos, pero delante de Dios, ¿qué significa eso? Hasta si me prohibieran confesar, qué supondría eso, no está uno obligado a confesar, sino a confesarse. Siente uno tentaciones de murmurar contra la autoridad, pero detrás de la autoridad está Cristo.
No había amargura, ya que nunca había trabajado para la publicidad, sino para la verdad pura y única.
Poco después de su retiro, una prueba más difícil vino a probarle, porque le afectaba en su propia carne: dejó su sello en toda su vida, y en primer lugar en su rostro. Decía que la mano del Señor le había tocado. Y le tocó en el punto que le era más sensible, quiero decir en aquellos ojos a los que su ávida curiosidad pedía tantos servicios. El primer ataque le había venido en Evreux, porque había exigido de su vista esfuerzos demasiado grandes en su pequeño jardín botánico. A pesar de este debilitamiento, prosiguió sus experimentos en particular los de física, y le ayudaban poco, porque de «chico de laboratorio», de «preparador» no se podía hablar en la morada del servidor de los pobres. Una explosión le quemó la cara. En 1895, se entregó a un médico escogido sin duda por lo módico de sus honorarios: éste se equivocó en la operación: pinchó torpemente el ojo entre el iris y el cristalino, en lugar de pinchar en la esclerótica, lo que ocasionó la pérdida del ojo derecho (22 de abril de 1895). Tenía cuarenta y ocho años. Después se vio afectado el izquierdo y la vista disminuyó, sobre todo a partir de 1901, hasta reducirse a menos de una centésima de vista normal.
Me puse a leer despacito. Me pude servir del ojo durante doce años. De vez en cuando tenía días malos. En 1909 pude leer La Evolución creadora y un libro de física. En este momento podía leer el hebreo con lupa, luego algunas fórmulas. Estaba tan irritado! Si tengo los ojos así es a causa de los modernistas: me pasaba el tiempo copiando copto; solo me importaba hacer andar a mi mano y mis ojos. El 2 de enero de 1908 me faltó la vista. Pude leer con todo un poco. Pero de enero a febrero de 1909 todo se acabó.
Cualquiera otro se habría derrumbado. No ver más cuando todo hasta entonces se lo debía a sus ojos! Pero el Sr. Pouget encontró en su enfermedad un rejuvenecimiento. Como ciego fue a la vez «el mismo y otro», y para expresarlo todo mejor él mismo; se aupó a alturas de pensamiento y de vida que tal vez no habría alcanzado de otro modo. Los primeros momentos fueron terribles. Decía que no había tenido fe, habría sentido la tentación de destruirse, como se cuenta que le había ocurrido a Brochard.
Me conformaré alegremente con ser ciego, lo más alegremente que pueda, pero el paso es lo más duro. Ya no soy más que una ruina.
Por ser ciego, se vio obligado a concentrarse en sí mismo, ya veremos pronto que poseía una memoria prodigiosa. Hizo inventario de lo que sabía; comparó lo que sabía con lo que sabía. Como ante todo se había aprendido textos de la Escritura, se vio obligado a comparar la Escritura con ella misma, lo que constituía tal vez el secreto de su método. Además, como ciego, se vio clavado en su sitio, en pleno París, y se le podía encontrar en todo momento del día.
Y es aquí donde tuvo lugar en su vida un acontecimiento infinitesimal, que iba a tener largas consecuencias, y que iba a proyectar un rayo de luz y de consuelo en medio de sus pruebas: quiero referirme a su encuentro con el Sr. Chevalier y del extraordinario afecto que éste le tuvo.
El Sr. Chevalier pasaba las vacaciones en Cérilly, en el Borbonesado, donde sus padres poseían una mansión. Un niño de Cérilly, cuya vocación había cuidado la madre de Chevalier, Antoine Sévat, ahora obispo de Madagascar, había entrado en los lazaristas. Fue Antoine Sévat quien llevó a Jacques Chevalier, alumno por entonces de la Escuela normal, al Sr. Pouget.
«Aquí tenemos, le decía, como profesor, a un hombre extraordinario: su enseñanza me sobrepasa. Pero con toda seguridad que le apreciaréis.» Así que me llevó a ver al Sr. Pouget, refiere J. Chevalier, en su humilde celda del segundo piso cerca del reloj. Me senté en un taburete, y sin otro preámbulo, se puso a hablarme por dos horas, de Pablo y Juan, del pueblo judío y de la misión de Cristo. A la primera me sentí conquistado y me aficioné a él para siempre, adivinando, sin comprenderla del todo, la grandeza incomparable que se ocultaba detrás de tanta sencillez».
J. Chevalier le trajo a sus amigos, entre otros a Maurice Legendre, a Emile Genty.
Dieciséis años más tarde, durante la guerra anterior, le presentó a algunos de sus antiguos alumnos lioneses, como André Fugier y Léon Husson, normalistas entonces. Desde ese día el Sr. Pouget tuvo una razón social. El Sr. Chevalier le decidió a adquirir una máquina de escribir para legarle su «pequeño saber». Fue así como escribió varios «trabajitos», destinados a los jóvenes intelectuales formados en los métodos críticos, a fin de que pudieran enfrentarse a las objeciones que encontrarían de continuo en su entorno. Pero el mayor servicio que prestaba era en las conversaciones y sobre todo en aquellas «sesiones «en que trabajaba con dos o tres jóvenes, ofreciéndoles el espectáculo que es quizás el más hermoso y el más raro, y el más conmovedor para el espíritu: una inteligencia trabajando con la única idea del deseo de la verdad.
En 1921, por el mes de junio, vi al Sr. Pouget por primera vez. Así que tenía setenta y tres años.







