Planteamiento metodológico
Dicen que lo que importa cuando uno se pone a pensar un problema es planteárselo de tal manera que surjan interrogantes, dudas, nuevas perspectivas. De esto modo, ante un asunto, es, sin duda, más fecundo preguntar, insistir en la crítica que rellenar definitivamente la respuesta. Esto, por una parte, por otra está el que uno se ponga a mirar una realidad desde la perspectiva que favorezca más una visión penetrante, desde la que resulte más relevante y matizado el espectáculo.
Siguiendo estas intuiciones metodológicas, nos planteamos nuestro tema como una hipótesis para cuya verificación nos vamos a atrever a confrontar, a preguntar, a interpelar. En esta marcha, seguiremos los hilos de un análisis fenomenológico para ver el fenómeno de la vida religiosa implicado con la estructura antropológica; pero tal y como realmente cristaliza en la conciencia del hombre que protagoniza la experiencia. Desde este ángulo fenomenológico, lo que resalta no es la categorización teórica de la consagración religiosa, ni las pautas comportamentales que consolidan una específica tipología de formas y estructuras que configuran y representan la vida del hombre y la mujer religiosos.
Si estos hombres y estas mujeres son capaces de enfrentarse con su propia aventura, distanciándose un tanto de sus afirmaciones y seguridades habituales, dominadas en gran medida por un lenguaje más bien tópico, y llegan a descubrir las múltiples implicaciones que bullen por debajo, en lo real profundo de su forma de vida, caerán entonces en la cuenta fácilmente de la pujante fenomenología antropológica que juega en la vida religiosa. Es esa vida y concienciable movimiento antropológico lo que se despliega eficazmente operante en una serie de desafíos y jaques respecto de esas afirmaciones, esas formas y estructuras tópicas en las que viven tranquilos muchos de los que un día optaron por una existencia consagrada religiosa.
Ahora bien, cuando esa subestructura antropológica se sienta maltratada, surgirá como inevitable un fenómeno de inestabilidad psicológica y la misma crisis institucional no tardará en aparecer, sobre todo si la sensibilidad cultural reinante valora en especial la fidelidad antropológica, como tal es el caso en nuestros días.
Presupuestos introductorios
Para cualquier empeño, los presupuestos son indispensables. Efectivamente, todos nuestros análisis y raciocinios están dependiendo, queramos o no, de unas concepciones más o menos explícitas. En realidad, debajo de un tipo de existencia siempre hay, aunque sea informulada y meramente intuitiva, una cierta ideología que realmente resulta operativa y vinculante. Es por esto que estimo conveniente insistir en poner de relieve algunos de los presupuestos antropológicos que legitiman la realidad, el dinamismo y los objetivos de nuestro desarrollo central.
1. Lo humano: objetividad más subjetividad
Nada humano es susceptible de una cubicación simplista. Una afirmación categórica que se ciñe a la medición objetiva de lo empírico y constatable en la escena de lo sensible deja por los subterráneos una buena cantidad de fuerzas y movimientos de difícil apreciación pero que son las raíces de lo que sale en el despliegue visible.
Los expertos en diagnósticos humanos, generalmente, saben que una muestra personal comporta una compleja gama de factores congénitos junto con otros históricos, adquiridos opcionalmente. El hombre, en virtud de un desarrollo secular ha ido constituyendo un tipo de hominización que arroja un haz de posibilidades estructurales inseminadas en lo más medular de su red bioquímica y psíquica.
Cuando un hombre nace, su ser objetivamente gravita ya hacia un nivel de realización humana propio y determinado por el tipo de desarrollo colectivo. De esta manera, el contexto circunstancial cargado de influencias induce en todo el que llega a integrarse en él, una fisonomía objetiva, le provee con un cúmulo característico de ingredientes, hasta tal punto que es debido a ese concreto e histórico caudal a su cuenta con el que cada cual tiene que continuar su carrera en el tiempo y en el espacio. Consiguientemente, el hombre real que cada uno de nosotros somos no es el que nació un día ya lejano, ni es suficiente presumir de cuenta de ahorro histórico con que la herencia antropológica básica nos arma como hijos del grupo zoológico humano.
Todo ese potencial es tan sólo un capital fundacional. Más bien, el hombre es el sistema de inversiones, de ampliaciones, de ganancias emprendidas y capitalizadas por él mismo. Por esto, aún teniendo un capital fundacional similar, no todos los hombres dan un estado de cuentas idéntico, ni todos ofrecen de hecho la misma fisonomía personal. El hombre definitivo es lo que él mismo, intransferiblemente, hace de sí mismo, lo que él decide tomar o dejar, lo que él habla o calla, lo que quiere o rechaza. La historia, ambigua y sumamente elástica y también indeterminada de antemano, ha de ser contabilizada para diagnosticar lo humano vivo. A priori es imposible saber realmente lo que se es. De donde se deduce que las instantáneas sucesivas de la vida que van acrisolando a un hombre y a otros con diferencias individualizantes, no toleran ni la abstracción metafísica, ni la ilusión ingénua de creer que la vida caliente y concreta que cada persona es, queda captada con su vivacidad y color individuales en las definiciones de las teorías o sistemas. La objetividad de la ciencia sólo llega a ser vida cuando circula caliente por las entrañas de cada hombre que piensa y actúa como sujeto insustituible de su propia existencia.
2. El hombre inacabado: entre el ser y el no-ser
La estructura fundante del ser humano, la «urdimbre constitutiva» que diría Rof Carballo, está atravesada en sus articulaciones más sutiles de una energía que impulsa insaciablemente hacia la actividad y el movimiento progresivos. El deseo que no cesa es la llama que agita al hombre jamás acabado y lleno. Cada día, cada hora acumulan emplazamientos, citas ante las que no cabe retirada y suspensión. Nadie, por lo demás, decide de una vez para siempre, sino que todo está anclado en lo efímero. Nada es perpétuo por inercia sino que todo está a merced de una reiteración que continúa madura y matiza o de una negativa que cambia, rompe y anula. Así, o incremento sostenido o entropía inexorable; pero nunca estabilidad definitiva.
El hombre es una combustión crepitante en la que el fuego ha de ser justo y medido, como corresponde al temple apropiado de cada metal: más de lo suyo, funde; menos, no da fuerza ni calor. Esto hace suponer que por encima y por debajo el hombre está como gravemente amenazado: lo que hoy es, mañana puede malograrse, lo que ahora se decide, otra decisión posterior lo puede negar y así siempre entre el poder ser siempre y el poder no-ser también siempre. Lo que ya es por naturaleza es premisa y mediación para lo que hay que ser o no se puede ser por historia; pero las premisas y los auxilios instrumentales no nos dan todo lo que somos en un momento dado. Esto hay que sacarlo a punto, a base de inteligencia y aciertos concretos.
He aquí una de las sorpresas más desconcertantes, propiedad exclusiva del ser humano dentro de todas las demás escalas de seres vivos conocidos: el hombre puede deteriorarse, contradecirse, malograrse. Lo esencial se hace contingente, la realización está como en vilo. De esta manera, el tiempo humano está cargado de dinamismo, de sobresalto, de anhelo, de esperanza y de miedo. El paso de este tiempo es irreversible, pero también indispensable condición para que la esencia humana se vuelva existencial y vida de este hombre, de aquel; para que yo sea yo y tú seas tú, cosa que por lo demás ocurre inexorablemente se quiera o no.
3. Lo antropológico inexorable: lo real manda
Nadie dispone de tanta elasticidad que pueda arbitrariamente disponer de su capital anatómico y energético. El metal humano puede adulterarse y quebrar si no se respeta su aleación. El respeto a su propio ser es la primera misión de la autodeterminación de este pastor de lo existente, como le llamó Heidegger, empezando por sí mismo. No se puede desorbitar la naturaleza de las cosas sin que estas o mueran o se venguen si les queda ocasión de venganza. Así, dada la interdependencia orgánico-dinámica de todo lo que somos, no se puede sacar adelante un sólo aspecto, de suyo fragmentario y conexo, sin que al mismo tiempo todo el edificio del ser humano se sienta percutido, con regocijo o con quebranto. Una tergiversación parcial, si es tenaz e invencible, tras haber provocado una reacción defensiva en todo el resto vinculado con lo fragmentario, si, como he dicho, la violencia es prepotente, entonces todo el ser sufre la lesión desnaturalizante. Si todavía al organismo malherido le queda resistencia y fuerza de recuperación, al primer descuido, el hombre entero, maltrecho en alguna de sus fibras, volverá radicalmente a la recuperación de sus fueros maltratados. Pero sólo si le quedan energías sanantes suficientes; de lo contrario por una tergiversación parcial puede entrar la gangrena a la vida entera.
Así, es menester conocer lo que por naturaleza son las cosas humanas; las relaciones interpersonales, la relación posesiva con las cosas, el sexo, la trama social, la contextura corporal, etc. para no llevar más allá de un umbral de permisividad propio ni las exigencias, ni los atributos, ni las expectativas. A la larga, si es que no ocurre otro tanto también a la corta, las adulteraciones se pagan caras; siendo en último término el mismo hombre quien encaja los desquiciamientos.
4. La totalidad de lo real y la cambiante relevancia epocal
Ahora bien, el hombre entero es tan pluridimensional, tan poliédrico y estratificado que harán falta siglos y exploraciones múltiples para ir descubriendo y sacando a la luz lo que de por sí es insondable a la primera y de una vez para siempre.
Al mismo tiempo y como consecuencia, esta afirmación supone que el hombre mismo estará siempre expuesto a sorpresas sobre sus desconocidos abismos, sobre sus tesoros, ocultos en rincones por donde todavía no pasó el inventario. Por otra parte, es revelador cómo al hombre le apasiona incoerciblemente verificar nuevos descubrimientos en sí mismo. Lo desconocido en él, todavía mayoritario, todavía más de un 90% han dicho algunos antropólogos, es un acicate sin igual, un adviento apasionante. Sobre todo en este último período de la historia, las ciencias humanas se han desencadenado frenéticas buscando aclaraciones, datos objetivos, que por lo pronto autenticen las hipótesis, corrijan los equívocos, abran nuevas perspectivas, anulen o confirmen sueños y utopías. Lo que empieza a vislumbrarse es asombroso en todos estos sentidos. No deja, ciertamente, de haber precisiones novísimas, gracias a la convergencia oportuna de muchas otras disciplinas científicas que nos dan análisis de ingredientes químicos, psicológicos, sociológicos y filosóficos que en otros tiempos todavía no habían sido estudiados con la penetración y rigor que es posible en nuestra cultura contemporánea.
Por esto, hoy podemos saber algo que precipite la insostenibilidad de aquello que fue sagrado antaño; podemos descubrir complejidades inanalizables en aquello que se creía simple y mecánico Los acentos en los que se apoya nuestra sensibilidad contemporánea, con hombres más analíticos, más empíricos y seculares es muy seguro que no están puestos en los mismos valores en los que se insistía por ejemplo en los tiempos helénicos, o feudales, o renacentistas, o románticos…
Efectivamente, la angulación de lo real difiere según los planteamientos científico experienciales que va produciendo el transcurso histórico. Así, desde la perspectiva en la que nos sitúa el equipamiento epocal de hoy, se ven más unos aspectos y se ocultan otros; se tocan ya como los cabos terminales de futuros pronósticos, de tal modo que se puede decir con Michel Foucault que un tipo de hombre ha muerto en aras de otro cuyo nacimiento se yergue en estos años hacia perspectivas incalculables, escalofriantes quizá para bastantes contemporáneos. Los que vivan todavía unos decenios más seguro que asistirán a descubrimientos sobre la realidad humana que traerán crisis implacables en muchas certezas consagradas ayer mismo. Lo que valió ayer, muy posiblemente no valdrá mañana. Lo que nos conduce a pensar que convendrá estar bien armados de conocimientos por una parte y de serenidad por otra para saber aguantar los rudos impactos de esos indudables descubrimientos que ya empezamos a vislumbrar. Esta futura ebullición obligará lógicamente a proceder a selecciones precisas a todos aquellos que todavía continúen queriendo ser dueños de su destino.
5. Tendencia reconciliatoria del hombre adulterado
Como consecuencia de todo lo dicho, salta a la vista la estructura equívoca frágil y también penitencial del hombre concreto. Un hombre sin hacer por una parte y con el riesgo de malograrse por otra, si tuviera que dormise y cristalizar irremisiblemente sobre sus equívocos pasados, sería un ser desdichado, como un ser sin futuro y el pasado sería señor tirano irreconciliable. Su ley gravitoña sería el deterioro irredento. El pesimismo dejaría de ser mera cuestión emotiva y óptica aberrada, sino por el contrario y lamentablemente, lo más realista y científico.
Esto supuesto, en la intencionalidad radical de la fórmula religiosa bien planteada figura de por sí lo fundamental humano como preocupación entrañable
Por más que se desgranen los diferentes sistemas fundados en un sin fin de pequeños detalles respecto del comer, del vestir, del dormir, del hablar, del orar, etc. en realidad lo que se busca es la realización perfecta del hombre en los diferentes campos donde algo transcendental humano anda en juego. Más aún, es en la forma como se aborda la fundamental, sin lo cual el hombre sería amputado, por lo que se valoraría la real categoría de las diversas familias religiosas. Y como es natural, no es en la selva tupida de preceptos a veces nimios, ni en la presuntuosa contundencia de afirmaciones ascético-místicas, donde reside la sabiduría pedagógica, sino en las perspectivas de análisis que se ofrecen para el propio conocimiento, para la convivencia, para la evolución a ese nivel de profundidad en el que el hombre y la mujer se enfrentan radical y libremente consigo y entre sí. Si la selva de prescripciones, de ilusiones no sólo no dejara ver los árboles reales que son los hombres concretos, sino que los asfixiara o les drogara su perspicacia y su libertad, no podríamos por menos que negar, sin miedo a ningún tipo de irreverencia, el valor educativo de esos pretendidos servicios para la realización humana, precisa y principalmente por incorrección antropológica.
6. Mundanidad peculiar del hombre religioso
El «mundo», es decir, la existencia normal cotidiana que se pone de relieve con este vocablo, ha sido objeto de tergiversaciones y vilipendios, a causa de equívocos y etiquetas fundados en prejuicios, hoy ya y en gran parte, bien localizados. Por «mundo» entendemos ese imperativo categórico de toda existencia histórica que nos obliga a ser hijos de la tierra, de un grupo humano, que nos vincula a unas necesidades y gustos inexorables, por más que quisiéramos irnos a vivir fuera del mundo. Imposible pretensión ésta, utopía ilusoria. Es decir, que mientras vivimos, habitamos el mundo y nuestra presencia se desliza llenando espacios y tiempos concretos con experiencias de una cotidianeidad inevitable, por más que quisiéramos sobrevolar lo común, lo corporal, lo material, lo efímero, lo social, lo histórico. Somos, pues, esencialmente mundanos, mundanales.
La vida religiosa no puede ser, antropológicamente hablando, un exilio del mundo, una amputación de lo que por mundanidad básica entendemos. Según dice la experiencia, el juego al angelismo se paga, por lo menos, con memeces. La fórmula pedagógica que se ofrece a la inquietud humana, no puede, por tanto, despreciar el entramado, la urdimbre psicológico-social común, porque ésta es más fuerte que toda arbitrariedad maniquea, que todo el rigor montanista, que todo ilusorio espiritualismo. Los hombres de carne y hueso viven en el mundo y con esto se quiere hacer constar que hay que gastarse en aprendizajes mundanales a base de experiencias concretas de hablar, de oir, de escuchar, de ver y mirar, de sentir, de palpar, de pensar, de ir y venir, de decir que sí o decir que no; experiencias de alegría ahora, experiencias de penas después. No hay otra solución el hombre mismo se volatilizaría como por encanto y no tendríamos otra cosa que puros fantasmas o momias acartonadas si le quitamos estos ingredientes que por banales, contingentes y terrenos no por eso dejan de encerrar en lo profundo de su movimiento el arte y la gracia supremos.
Más que una fuga o un disimulo de la mundanidad, la vida religiosa es una forma de enfrentarse con esta estructura inexorable de los hombres y comporta necesariamente su correlativa manera de resolver este problema no resuelto enteramente y de manera automática por nadie y cuyas intrincadas complicaciones no siempre han sido resueltas con la precisión científica que hubiera sido menester por aquellos que por profesión se alejaban del mundo.
7. Teocentrismo-Antropocentrismo de la vocación religiosa
Somos conscientes de lo delicado del asunto sugerido para este párrafo. Aún así, es preciso abordarlo, siquiera sea casi rozándolo tan sólo.
La constitución profunda del hombre es dialéctica, pero no sin riesgos de autocontradecirse sobre la marcha en opciones anulantes. Los valores que con una correcta reciprocidad serían factores de dinamismo y complementaridad, a veces se yerguen como antagonismos irreconciliables. Dios y el hombre, desde Nietzsche, Feuerbach y sus adoctrinados, han sido calificados de incompatibles. Una opción por lo más inmediato y alcanzable como es lo humano, comporta necesariamente un eclipse de lo otro, lo divino, invisible e impreciso. Más aún, al hombre, único ser responsable del mundo y único ser con pretensiones, le corresponden a su modo lo que de manera taxativa adjudicamos a Dios. De esta manera, sumarísima y radical, se resuelve el problema, tan viejo por otra parte como el hombre mismo y con el que se han enfrentado las incalculables religiones de la historia de la humanidad.
Las fórmulas religiosas, con su pretenciosa consagración a Dios, han resultado ser de hecho una serie de soluciones de esta bipolaridad dialéctica de lo humano; pero no siempre dando con la solución de la reciprocidad correcta. Cuántas veces, si no, a Dios se le ha concebido como exigiendo el holocausto del hombre, llegando incluso a exagerar la generosidad con vistas a compensar o reparar, en manos de un voluntarismo heroico, los excesos del humanismo con que se calificaba a la historia de los hombres, absortos en construirse satisfacciones y progresos ambiguos. Consagrarse a Dios era, así, un gesto radical en el que la vida individual, como propiedad entrañable personal y del mundo era ofrecida como don a Dios. Ahora bien, como esta vida seguía ostensiblemente en manos del hombre, había que demostrarse a sí mismos la expropiación a la que un día procediera con reiterados actos de entrega, consistiendo estos en comprobarlo a base de renuncias, negaciones, sacrificios… El hombre era, a la vez, don y precio, prueba y lenguaje de este canje para el que había que armarse de una generosidad no desprovista de impulsos sospechosos de crueldad y torpezas obsesivas.
Todo esto no está, desde luego exento de una cierta parcialidad por un lado y por otro, no evita del todo la caricatura. Quizás así resalta mejor el desacierto que supone el dejar que la transcendencia de Dios se coma su propia inmanencia. Tampoco es la mejor manera de dar importancia a Dios el reducir al hombre en oferta de exportación y de dádiva martirial…
El antropocentrismo que comienza a reclamar revisiones y equilibrios al teocentrismo vigente durante tanto tiempo, no puede ser una oscilación pendular de mero resarcimiento superficial, sino una resituación de Dios en el corazón mismo de las experiencias humanas cualitativamente tales. Ni Dios ni el Hombre son rivales entre sí, sino que el hombre sólo puede experimentar a Dios a través de la radical autenticidad de sus experiencias, a través de su afán incesante de buscar el último sentido de todo lo que se considera críticamente como fundamental. Autenticidad y búsqueda que comportan también una carga densa de purificación y martirio ciertamente, como precios jugosos de la felicidad paradójica de la que como es natural, tampoco los religiosos se pueden alegre e ingenuamente dispensar.
De esta manera, religioso no sería el hombre que ha tomado la vertical para llevar en volandas su alma envuelta en el celofán de la ilusión al Dios celeste y metafísico, sino aquel que ha entrevisto el significado radical que induce el ser de Dios a toda realidad de este mundo por ser humana. Y precisamente por ser humana, formará parte integral del conjunto experiencial de la vida religiosa, so pena de que ésta equivalga a un intolerable suicidio.
Segunda parte: realizaciones concretas
Dentro de las incontables series de veinticuatro horas que constituye la trama de los días y las noches de los religiosos, me ha parecido prometedor poner de relieve algunas sugerencias sobre lo que sin duda es la ocupación y el problema fundamental de estos seres que optan por la fórmula religiosa. Entre las realizaciones concretas, destacamos la experiencia comunitaria y la triple realidad de los famosos votos de castidad, pobreza y obediencia.
1. Lo comunitario como marcha realista hacia la plenitud personal
Empiezo por lo comunitario, en cuanto que quiere ser una matización cualitativa de la dimensión social humana y porque es, sin duda, la escuela básica e implacable de toda realización personal realista. No hay realización personal que no incluya un cierto éxito en la relación con el otro, con los otros. Porque el otro está ahí, insoslayable, delante de mí exigiéndome una reacción, una acomodación, una autoubicación. Ciertamente, sin los otros, yo mismo sería inconcebible tal y como soy ahora mismo.
Lo comunitario es una armonía tensa de muchos juntos que cruzan, compaginan y fecundan recíprocamente sus existencias. Cada uno de nosotros dice su propio yo, saca su yo después y en función de los otros yo. Ahora bien, nadie dice yo de la misma manera; por eso, el otro es siempre una diferenciación, un enfrentamiento, porque siempre es alguien, indestructible en su diferencia, el que está delante de mí. El otro no es mi apéndice, mi estribo, mi sombra. Por el contrario, es mi provocación, mi inspiración, mi contraste, mi crítica… Siempre que la relación se levante debidamente sobre la distinción, la distancia, la alteridad.
El otro, en tanto que diferente, desde lo más característico de sí propio está junto a mí como estímulo de mis reacciones. Esas salidas de mí mismo me hacen nacer, me van definiendo y configurando respecto de todos los demás. Después de esta reacción, yo me encuentro ya diferente en mi mundo, en el que están incluidos los que provocaron la reacción. Sin ellos mi propio mundo dejaría de ser lo que ahora es. Igualmente el otro me saca de la ilusión de oir ecos fantásticos de mi propio hablar, me proyecta, para que las analice, las imágenes que mi óptica solitaria se crea para sí misma, no sin riesgos de espejismo. Por eso, el otro es una ocasión de realismo, de matización, de diferenciación e interpretación incesantes.
La vida religiosa es necesariamente vida comunitaria porque la antropología dinámica requiere que el proceso de la autorrealización se haga socialmente y porque hay un implícito reconocimiento de que lo mejor de nosotros mismos nos lo dan y nos lo sacan los otros. Y porque la vida religiosa no se anda organizando accidentes y bagatelas humanas, tenía que ser una manera concreta de autosometerse y autorregularse en medio de los incentivos que segrega el ámbito social.
Al mismo tiempo que es fuente de incentivos: la vida comunitaria, sobre la base de una igualdad radical, de participación, de crítica… es la fuente de una personalización paradójica. En una vida comunitaria, por tanto, nadie engulle ni sustituye, ni eclipsa a nadie. Todos están en relación con todos, nadie es padre ni madre de nadie, nadie es unilateralmente sol, ni satélite de nadie. Las galaxias de las comunidades humanas tienen una ley gravitatoria cuyos cálculos son complejísimos por la cantidad de hilos y vectores que llevan las corrientes relacionales de los diferentes miembros. Por esto mismo, consagrarse a la vida comunitaria es enfrentarse rudamente con el problema más desafiante de los hombres como es resolver en la justa medida la soledad insostenible, mediante la compañía fecunda de los otros, implacables colegas en reciprocidad y en distancia exactas.
Pues bien, si Dios es el gran suscitador de relaciones de calidad afectiva y efectiva, de relaciones fecundas para los otros: consagrarse a este Dios necesariamente tendría que dar como resultado un tipo de hombres especialmente sensibles para la comunión social, especialmente fieles, fraternales y diestros en el arte dificilísimo de convivir.
2. Los tres votos o la triple realidad implacable de todo hombre
El hombre, amalgama heterogénea de cuerpo y alma, de reacciones internas y estímulos exteriores, de tiempo y espacio, de física y metafísica, y de todo esto a la vez, es impensable de otra manera. Es imposible realización humana alguna sin que en la llama que es cada ser vivo no ardan al mismo tiempo agolpadas múltiples realidades, fundiéndose en el hilo trenzado que es la vida compleja de cada hombre.
Los tres votos hacen, pues, alusión a tres realidades que dan lugar a otras tantas experiencias: la sexualidad, la posesión, la autodeterminación. Ser tal hombre, con tales rasgos personales depende de la manera peculiar en que se organizan interiormente y se plasman externamente las reacciones sexuales, las reacciones posesivas y los actos libres. Tampoco hay vida real para nadie sin que de alguna manera estén presentes estas tres experiencias.
Estimo que dentro y fuera de la vida religiosa esta triple realidad, fundamental de suyo, anda muy necesitada de análisis serenos para salir de exageraciones cometidas a favor como en contra y que desfiguran lo mismo su naturaleza como su despliegue práctico.
a) En relación con la sexualidad, el voto de castidad, que suena a simple vista como una abstención del intercambio sexual, debería justipreciar más las relaciones afectivas, amistosas y laborales entre hombre y mujer. Hay algo que los hombres solos y las mujeres solas no consiguen, ni siquiera en la línea de su desarrollo individual. El unisexo al que ha conducido tantas veces la castidad religiosa, que por lo demás es un valor indispensable para todos los seres humanos, es una aberración; como lo es, sin duda, caer en el prejuicio liberal de que el intercambio sexual no tiene por qué tener límites y cautelas. Estimo que la fórmula pedagógica que es toda la vida religiosa no puede reducirse a una normativa abstencionista, descuidando la sutil educación que todo señorío sexual exige. Ahora bien, como es lógico, un tipo de educación sexual correcta, cosa que el simple voto no da de suyo, supone un conocimiento fiel de la antropología implícita en esta experiencia fundamental, tergiversada tanto por tabues como por liberalismos arbitrarios.
b) En cuanto a la relación con las cosas, el voto de pobreza se enfrenta con el hecho insoslayable para toda persona de vivir en un mundo en el que se necesitan unos metros cuadrados donde vivir sin que venga nadie atropellándote, unos vestidos que ponerse sin dar pie al ridículo público, unos transportes, unos libros, unos alimentos que se compran pagando religiosamente, como dice el refrán para indicar que se paga pronto y bien.
Según esto, el voto de pobreza, antes que quitarle a un hombre la administracción personal para dársela a un potente y sañudo administrador general, caricaturesco desenlace tantas veces de la pobreza religiosa, es esa sabia y rarísima capacidad de extraer de las cosas su utilidad funcional, siendo capaces de librar esa quintaesencia que cada cosa tiene en sus entrañas disponible para fecundar el espíritu del hombre que sepa acercarse a ella. Juego éste que supone una inteligente selección de aquello y de solamente aquello que es preciso e indispensable para no distraerse en la abundancia enervante. Este dar con lo únicamente necesario lo que implica la sabiduría aprendida y carismática a la vez de la pobreza, en cuyo proceso paradójico, el hombre pobre, en la medida que va teniendo un espíritu más fecundado, cada vez irá necesitando ir libando por menos cosas, hasta llegar a ese grado envidiable en que la perfección humana no está practicamente en ya no poder tener más sino en ya no poder tener menos, como dice un pensamiento agudo del escritor Antoine Saint-Exupery.
Naturalmente, la pobreza hoy, como siempre, supone tener aquello que se necesita para ser, dando lugar a que la experiencia de la riqueza del ser, al tiempo que se va consiguiendo en relación con las cosas estimulantes y fecundas de este mundo, cada vez más va siendo la única y mejor riqueza.
Porque ser pobres para ser zafios, rudos e ignorantes es confunfir la elegante simplicidad del señorío humano con el simplismo del hombre subdesarrollado. La pobreza, por eso, es sinónimo de escasez, de inseguridad, de desprendimiento; pero siempre que vaya acompañada de inteligencia selectiva, de elegancia sencilla, de señorío espiritual. De otro modo, la pobreza religiosa, valor igualmente universal e inherente a la sabiduría humana, quedará reducida a una caricatura, llena de tantas falacias que hace de tantas familias religiosas entidades empaquetadas de posesiones desorbitadas, aburguesantes y también escandalosas, mientras sus miembros no cuentan apenas con autonomía y holguras elementales para la vida social contemporánea.
c) Y por fin, el voto de obediencia, en tanto que es un extraño intento de someter unos hombres a otros, los más a los menos, claro está, resulta una manera artificiosa de regular el libre albedrío, la autodeterminación. Asunto delicado éste, sometido como los demás votos, a la impregnación cultural con que son concebidos los factores que entran en juego. Así como la castidad ha tributado al maniqueismo y al platonismo, y la pobreza ha querido tantas veces una economía angélica y simplista, la obediencia, a su vez, está hipotecada por un feudalismo monárquico y una especie de regusto por el orden militarizado y por la prontitud ejecutiva sin vacilación ni crítica.
La obediencia, sin embargo, es impensable a costa de la verdad, de la igualdad, de la libertad, de la participación. Por el contrario, es el sistema de vida en que estos ingredientes antropológicos rigen la existencia, la policroman, la densifican. La obediencia que somete unos hombres a otros, que hace de los grupos humanos escuadrones espartanos, que da a uno solo los plenos poderes y a otros, los más, todas las obligaciones, que estigmatiza la duda, la crítica, la autonomía personal, la divergencia, engendra casi con toda seguridad hombres máquinas, piezas de ajedrez, cabezas cuya función queda reducida a afirmar lo afirmado por otros, pero privados de análisis, de convencimientos personales. Semejante obediencia, desacertada siempre, está llamada con celeridad galopante especialmente hoy a vivir crisis irreversibles.
Los religiosos, precisamente porque deberían ser los hombres más cuerdos y coherentes con las coordenadas antropológicas y culturales, deberían ser ejemplos y guías envidiables para esta nueva humanidad a base de hombres verdaderamente conscientes, informados, iguales, críticos, responsables, libres. Es decir, verdaderamente obedientes. Lo que no nos dispensa de estar sobreaviso para que la obediencia cristiana, que es ante todo un oído atento a la verdad y al respeto universal de todos, no se ponga descarada o sutilmente al servicio interesado de la rapidez y de la eficacia. Hay un orden y una uniformidad que lejos de ser un blasón de ciertos grupos religiosos no pasan de ser una solapada herejía antropológica y social, que, por supuesto, tarde o temprano, termina pagándose cara.
3. La vida religiosa como profetismo plástico
Una de las certezas que más cultiva la antropología, tanto cultural como filosófica y psicoanalítica es que los hombres dependemos unos de otros hasta lo inimaginable. Dentro de esta corriente de influjos sutiles e incesantes, la palabra, el discurso, el lenguaje de los gestos son fuerzas especialmente excitantes respecto de esos modos de ser que alcanzan al hombre entero, desde la médula del alma hasta la fisonomía del semblante. Efectivamente, los hombres desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos vamos por el mundo como hambrientos de aventuras, de exploración para recoger aquí y allá recursos para nuestra elaboración, para nuestro museo personal. Los hombres nos dan, los hombres nos quitan.
Dentro de este esquema de la antropología dinámica, las instituciones religiosas no pueden menos de estar en medio de la vida social, diciendo también su palabra, irradiando una serie de influjos, para su honor o para su descrédito. No puede ser de otra manera.
Ciertamente, las familias religiosas están plantadas en los caminos, en las calles y plazas de la vida; sus hombres van y vienen, están presentes por doquier con una notoriedad que para muchos es imperdible. Efectivamente para muchos esta notoriedad es como una inherencia esencial al ser religioso. Dada la voluntad salvífica y testimonial de cuantos profesan la bondad, naturalmente esta notoriedad no tiene otra razón de ser que el influjo, el llamar la atención, el proselitismo, el servicio fraternal. A esto llamo, el profetismo plástico, incoercible por el solo hecho del bulto social que se hace, por la presencia material que toda familia religiosa hace en un tiempo y en un espacio concretos, donde los demás también coinciden. Es inevitable, pues, que al estar presentes en un sitio, allí irradie su testimonio, allí se provoque un consentimiento, una crítica, una animaversión. Si somos especialmente notorios y aparecemos con una relevancia plástica de profesionales de la perfección, será poco menos que imposible pasar desapercibidos. Puede que en algún caso se pase con indiferencia ante un religioso o ante los interminables muros de sus casas; pero quizá la misma indiferencia, sobre todo en ciertos medios ambientes, es más bien un secreto mecanismo de defensa contra una implícita presuntuosa interpelación, o es posiblemente una sagaz manera de atacar y menospreciar.
Todo esto no nos debe conducir a unas estratagemas de soterramiento de la notoriedad, ni tampoco a rebajar el testimonio de la presencia plástica en medio de la vida contemporánea. La notoriedad es una concomitancia de todo lo que vive y se mueve. Se trataría más bien de buscar cómo reforzar en un lenguaje inteligente hoy aquel testimonio que más removería las entrañas dormidas de tantos hombres, que por lo demás son más sensibles que nunca a esos valores que se llaman igualdad, conciencia de la propia limitación, el gusto por la autenticidad, la fuerza irresistible del amor. Al religioso le tocaría hacer y decir todo esto justamente de la manera más plástica, más significativa, más atractiva. Los hombres descubrirían que este tipo de grupos humanos son los más revolucionarios y fecundos de nuestro tiempo.
Tercera parte: presencia y significado
1. A merced del significado: entre la significación y la esterilidad
El hombre es un ser que tiene su vida dependiendo de la comunicación, como hemos dicho anteriormente. Los otros acarrean el carburante de nuestra combustión personal. Esta sigue las vicisitudes que comporta el hecho de que realmente la comunicación sea o no efectiva. Los informes, los mensajes, los incentivos empalman con nuestro universo personal según la permeabilidad que se ofrezcan mutuamente los significados, los que llegan y los que cada hombre ya tiene cuando recibe otros nuevos.
Ciertamente todas las realidades humanas están como en incesante emisión de mensajes: no dejan de decir lo que son y lo que hacen por más muda que sea su presencia en la tierra. El problema está en que un gran caudal de comunicaciones se pierde en el vacío porque ya nadie es capaz de descosificar la clave en que ‘emiten. Y algunas realidades, hombres e instituciones se pasan la vida gesticulando haciendo lo indecible para ponerse en comunicación efectiva y no lo consiguen o es tan insignificante el auditorio que no se sabe si compensa tanto gasto para tan escaso impacto. Todo, pues, queda a merced del significado.
Si las palabras, los gestos, los símbolos significan algo, todavía es posible que haya interlocutores, todavía sería posible la discusión abierta, el rechazo o el asentimiento; pero sin comprensión del lenguaje, todo se pierde esterilmente sin otro destino que ser ruido y bulto sin valor alguno.
Las múltiples formas de presencia y de autoexpresión que tiene la vida religiosa en el mundo, se encuentran hoy con el desconcertante descubrimiento de su tartamudez ante su nuevo interlocutor posible, el resto de la comunidad humana contemporánea. Los que todavía seguirnos pensando que la vida religiosa como tal, es una fórmula oportuna de educar y potenciar lo fundamental humano, estamos viendo, no sin lamentarlo, que todos sus atractivos han quedado apagados de poder sugerente, como pasaba hasta hace muy pocos años. Algunos habrá, sin embargo, que piensen que todos esos trasiegos pasados, en algunos casos tan masivos y casi con ribetes de imperialismo, deben olvidarse en hora buena, para que la vida religiosa sea el testimonio espléndido de pequeños grupos que con sazón concentrada sean capaces de dar sabor al colosal guiso de la vida.
Si, por la fuerza de los hechos, las cosas tuvieran que ir por ahí, sería éste un a posteriori providencial que no supondría ningún acabamiento del fenómeno religioso, sino que supondría por el contrario, una intensificación de su llama interna y de su fuerza interpelante. Nos cabe todavía y a pesar de todo, la pregunta de si en esta depauperación del lenguaje religioso, no son realmente los mismos contenidos deteriorados los que se están poniendo en evidencia. En este caso, es la misma totalidad de la vida religiosa en su planteamiento, sus finalidades y sus modos públicos de aparecer lo que debería reconcebirse y remoldelarse, primero en función del significado de los que están ya dentro y consiguientemente en función de los que desde fuera pasan a la vera de los hombres e instituciones religiosas viendo y oyendo y para que tanto unos como otros entiendan y valoren su propia sempiterna razón de ser.
2. ¿El contenido se ha vuelto acaso inválido?
En todo problema de lenguaje, la categoría del contenido no garantiza de suyo la difusión. Tampoco es un remedio armarse de imperativos autoritaristas o apologéticos. Las cosas no valen lo que unos adheridos entusiasmados se empeñan en ir repitiendo por plazas y caminos para no convencer sino a sí mismos y a pocos más. Las cosas más valiosas tienen todo su precioso meollo dependiendo de quien las lleva y las trae, del significado que se la dé. No importa la dificultad o la pesadez, ni la altura del mensaje. Todo lo contrario, cuando el producto es de reconocida calidad, es contraproducente bajar el precio, recurrir a la vulgaridad para su venta al público, haciéndolo pasar como una pura ganga. Lo que vale no se abarata, porque se está seguro que con seguridad termina vendiéndose. Sólo es preciso que quien venda sepa decir sin fingir ni abultar lo que vale aquello que exhibe y lleva en venta, y también que siga habiendo gente que quiera comprar. Es de suponer, naturalmente, que no faltarán hombres inteligentes que quieran seguir invirtiendo en valores rentables.
Saliéndonos de la comparación comercial, que sin embargo tiene mucha aplicación en nuestro caso, pensamos que la vida religiosa tiene un valor inherente que no pasará de moda tan fácilmente. Por esto mismo hay que seguir buscando revolucionarias formas de actualización de algo que por defecto de presentación puede ser confundido por algo inservible.
Los que hablan de Dios, los que predican el evangelio, los que llaman a la vida ética a las gentes, los que buscan vocaciones religiosas, etc. no tienen por qué afanarse en exhortaciones premiosas, en tirar de la manga al transeunte, en inventar promesas y solemnidades. El buen paño casi en el arca se vende… No, los valores, los ricos contenidos no bajan todavía de precio. Quizá las nuevas generaciones pasan de largo con indiferencia fragrante o dan incluso puntapies a nuestros tenderetes; pudiera ser. Pero esta desafiante y desaprensiva actitud nos debería hacer pensar, sobre todo a los que se asustan ante semejante descaro, si no será debido a que nuestros rostros, nuestras bocas, nuestras manos han perdido la gracia de saber enseñar el rico tesoro que tanto valió antaño. Lo que no cabe duda es que los contenidos más preciosos bajan de estima cuando sus profetas se vuelven mudos.
2. La vida religiosa en el «desierto rojo»
Sin embargo, basta saber mirar agudamente a los hombres que van y vienen como impulsados por mecanismos inflexibles. Las ciudades y los pueblos se llenan cada día más de un tipo de hombres cuyos deseos son insaciables. Sí, el deseo es el gran resorte de las almas que mueve pies, bocas, manos, ojos. Deseos de mil calibres y colores de esa alma humana tentada por el señuelo brillante de felicidades fáciles; pero deseos que quedan impenitentemente insatisfechos, enloquecidos de tanta pertinaz frustración. La vida se ha convertido en un desierto rojo, como dice la gran película de Antonioni, para hablar de la palpitante y febril vida moderna. Será por esto quizá, por ser desierto, al fin y al cabo, y porque el desierto, aunque sea rojo, es siempre propicio a la profunda actuación de Dios, por lo que estamos quizá a las puertas de una generación de otro tipo de anacoretas y de visionarios contagiosos que sembrarán el mundo nuevo que amanece de una mística y una ascética que sean como una brisa refrescante en medio de estos desiertos tropicales. Y entonces veremos con asombro cómo los hombres de esta nueva era histórica no han perdido, ni mucho menos, el gusto por la profundidad, y cómo a pesar de que parecen que van a la deriva en realidad todavía conservan el norte y la carta de navegar.
Conclusión
Estamos así quizá ante una nueva hora de la vida religiosa. Todo es presumible, si es verdad que las cosas se han puesto difíciles para los modos antiguos, y al mismo tiempo vemos a tantos hombre y mujeres concernidos por el problema que se han puesto a revisar sus planteamientos y están dispuestos a dar las soluciones pertinentes para salvar lo único que merece la pena salvar en la nueva frontera de la historia que se nos abre. Quizá haya que dar giros vertiginosos y habrá que afrontar el riesgo de ver cómo muchas cosas un día entrañables caen, porque el rigor implacable, y justo a la vez, las ha puesto en evidencia como vanas y sin suficiente arraigo. Todo esto puede ocurrir e incluso más.
No quisiera terminar, con todo, sin afirmar mi fe en esa extraña concomitancia: junto a los grandes riesgos surgen siempre y viven las mejores promesas. Siempre fue así: la antropología y la historia de la humanidad son testigos. Efectivamente, los hombres, los grupos humanos, la familia humana dan de sí lo mejor que son y que tienen en los tiempos más arduos. Será que es verdad lo que nos dicen hoy tantas ciencias humanas: no hay como los conflictos para que los seres vivos segreguen energía de superación. Por esto mismo, la presente situación, purificativa ciertamente e implacable también, es por encima de todo pesimismo una aurora que permite respirar con esperanza.






