Resumen de la vida de Sor Manuela Lecina (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Vuelto el Rey Fernando del destierro en 1814, pareció llegada la hora de volver a tratar el asunto del Real Novi­ciado y restablecer las cosas al orden debido. Con ese fin se trasladó, en aquel mismo año, a Madrid el P. Salvador Colina, e hizo al Rey una representación en nombre de las Hijas de la Caridad, exponiendo en ella los motivos que tenían para pedir se cumpliese lo dispuesto por el Rey Car­los IV, en su Real orden de fundación del Noviciado, «de que en él, para siempre jamás, se observe y guarde la Regla de San Vicente de Paúl».

El Real Noviciado continuaba entonces sujeto al ilus­trísimo señor Cebrián, dignísimo Patriarca de las Indias y Confesor del Rey, y el Patriarca, lejos de pensar ceder en aquella jurisdicción, sólo trataba en afianzarla, dando al Noviciado nuevas constituciones y pidiendo al Papa Bula para ello; v cono Sor Manuela Lecina era quien más tra­bajaba para evitar aquello, contra ella se encarnizó la Maes­tra de Novicias, que gozaba entonces de mucho valimiento.

«Según Sor Manuela, confidencialmente me contó—di­ce la venerable Madre Rafols—fue muy perseguida de altos personajes y de alguna de sus mismas Hermanas, que, mo­vidas de la envidia, la malquistaron hasta con el Rey y con el Papa, y valiéndose de un facultativo, hicieron ver que no estaba bien de la cabeza y que le convenía salir de Madrid para ponerse bien. Con este pretexto, la causante de aquellos atropellos, satisfizo sus deseos, y Sor Manuela partió para su tierra natal, en donde permaneció sobre unos tres años, entre su pueblo, Lérida y Barbastro».

En efecto, a los diez días del mes de abril de 1814 salió Sor Manuela, de Madrid, acompañada de Sor Basilia Lecina, su hermana carnal y de Congregación.

En medio de tan hondas amarguras es donde hay que poner la tradición constante y fidedigna, consignada en un antiguo documento, varias veces reproducido, según el cual, un Crucifijo de la Inclusa de Madrid, ante quien ella desahogaba su dolor, Crucifijo conservado hasta hoy en gran veneración y «que, recogido en una riada del Man­zanares en 1802, fue  regalado, en 1804, por la excelen­tísima señora Condesa de Trullás a la señora Superiora de las Hijas de la Caridad de la Inclusa de Madrid, en un día de gran tribulación y completo desamparo de las cria­turas consoló a Sor Manuela Lecina con las siguientes pa­labras: «Animo, hija mía, esta planta tan tierna y al pa­recer muerta, convertida en árbol, extenderá sus ramas a ambos mundos».

Salió Sor Manuela para su paliado destierro. De los primeros gastos suyos y de su hermana Basilia se encargó la Inclusa, pero en 22 de julio del siguiente año 1815, escribía el P. Segura a las señoras de aquella Junta diciéndoles, que «con motivo de la enfermedad de Sor Lecina y su hermana Sor Basilia habían gastado no poco en» el viaje y otro tanto han hecho en el pobre establecimiento de Barbastro, en donde han estado bastante tiempo en­fermas; por tanto, si vuestras excelencias se dignasen orar alguna cosilla para el reparo de dichos gastos, lo estimaría mucho; esto lo pido de pura gracia, etc. …»

En 27 de agosto del mismo año otra carta del Mismo P. Vicario de la Congregación nos manifiesta la inutili­dad de sus peticiones «Por lo que mira—dice—a la contribución que se exigió a fin de socorrer a las Hermanas; Lecina y Basilia (que ellas nunca han pedido), supuesto que la Inclusa se halla atrasada, nada hay, que decir que Congregación, a pesar de los muchos gastos que ha sufrido por, el bien de este Instituto, queda encargada de ayudar, a su manutención, esperando que el Señor, rico en misericordia, le suministrará los medios más propios para ese efecto».

Volvióse Sor Basilia a Madrid a fines de 1815, quedán­dose Sor Manuela, en el Colegio de Barbastro, en espera de los sucesos. Estos no pudieron ser más adversos du­rante el año de 1816, Viles en ese año obtuvo de Su San­tidad el Patriarca de las Indias una Bula, por la que: el Real Noviciado quedaba separado del resto del Instituto. Pero otros eran los designios de Dios. Dicha Bula no llegó a ejecutarse, por no haber obtenido aprobación o pase en el Real Consejo, según requisito entonces necesario.

No se durmieron entre tanto las Hermanas de la Inclu­sa y, renovadas sus gestiones y las de los Superiores se consiguió, mediante el nuevo Patriarca de las Indias y el valimiento real, que el Papa derogase la citada Bula por medio de otra, expedida a 23 de junio de 1818, por la que se prohibía «que nadie se abrogase el derecho de juris­dicción sobre las Hijas de la Caridad y se reconocía su dependencia del Superior de la Congregación de la Mi­sión. Ello puso fin a las pretensiones que, primero, el Car­denal de Borbón y luego el Patriarca de las Indias tu­vieron de poner el Real Noviciado bajo su jurisdicción.

El buen sesgo de aquel negocio llenó de gozo a Sor Manuela Lecina, a quien tenían al corriente de todo sus bue­nas Hermanas de la Inclusa, y a principios de 1818. em­prendió el viaje de regreso a Madrid llamada por las mismas Hermanas. Las palabras del Señor se iban cum­pliendo.

El resto de la vida de Sor Manuela Lecina, hasta hoy completamente ignorado, nos lo dejó escrito con palabras insustituibles la venerable Madre Rafols, aquella heroína santa de los sitios de Zaragoza, en unos documentos apa­recidos providencialmente poco ha, en donde inspirada de Dios, dice entre otras cosas lo siguiente:

«A principios del año 1818 vino de su tierra natal (a Zaragoza), de tomar los aires natales, Sor Manuela Lecina y se alojó en la calle de Predicadores, en la casa de la familia Altahoja, y vino al Hospital con objeto de cono­cernos personalmente y ver si queríamos unirnos a ellas, porque, según me dijo, había llegado a saber la precaria si­tuación en que estaba nuestra Hermandad, y quería li­brarnos de tantas penas, pues ellas contaban con bastan­tes casas y con buenos apoyos de los gobernantes. Algunas Hermanas, de las que habían pensado antes marcharse, se animaron otra vez, y esto fue motivo para mí de nuevos sufrimientos. Con toda confianza acudí al Corazón de Jesús, pidiéndole su ayuda y protección en tan grande apuro. Claramente me dio a entender que aunque todas se fueran, yo no me debía ir, que no me apurase, que él sal­dría en mi defensa.

«A resultas del enfriamiento que cogió en el viaje, en­fermó Sor Manuela y ella misma pidió que la trajeran al hospital; la pusimos en el mejor cuarto que teníamos y la buscamos todas las comodidades que estaban a nuestro al­cance; pero, sobre todo, grande caridad por parte de to­das. Encontró tan buena acogida en nosotras, según de­cía ella, que se decidió estar aquí hasta restablecerse, Seis meses estuvo Sor Manuela con nosotras, y en este tiem­po llegué a conocerla muy a fondo. En mi concepto era de grandes virtudes y la intención de que nos uniéramos a ellas era muy buena, pues sólo la movía la Caridad para con nosotras y evitarnos por ese medio tantas penas y su­frimientos. No era voluntad del Corazón de Jesús, y por eso no llegó a efecto.

«Mutuamente nos expansionamos las dos y vi que era un alma de grande vida interior y de mucho espíritu de sacrificio. Tuvo la pobre grandes contrariedades que sufrir con los de fuera, pero las que más lastimaban su corazón, eran las de sus Hermanas y todo lo soportaba con gran­de resignación. Yo creo que era un alma muy agradable a Dios Nuestro Señor y que fue  instrumento de ene él se valió para la reorganización de su Instituto en España, que le costó no pequeños sacrificios hasta su logro. Ella fue  la que, inspirada por Dios, le suplicó a Sor María Mane se quedara con ella y en vez de ir a sus casas como lo hi­cieron las otras, fueron a Lérida a suplicar al Señor Obis­po su protección, y les prometió establecerlas en el Hospi­tal de Lérida; pero hasta lograr los permisos, que se reti­rasen al Monasterio de Sigena ; y con las religiosas Sanjuanisas estuvieron unos meses. Tuve una alegría muy gran­de cuando me contó esto, y más aún, cuando me dijo la  buena acogida que les habían hecho y que, en su concepto eran muy santas. Yo nunca olvidaré a las Sanjuanistas porlo mucho que les debo.

«Muchas veces me pidió perdón Sor Manuela por ha­berse querido llevar a mis Hermanas a las suyas, porque a los dos meses que estaba con nosotras me dijo: No es voluntad de Dios que esta Hermandad desaparezca, y yo. pido mucho para que sea muy numerosa. Cuando ya se pensaba que su enfermedad iba a vencer, se agravó de pronto, y aunque podía levantarse algunos días, se veía que su carrera en la tierra se acababa.  Cuánto la queríamos to­das las Hermanas. Era muy santa. Estaba tan agradecida a lo que por ella hicimos, que daba continuas gracias a Dios de que, ya que estaba separada de sus Hermanas. no las tuviera que echar de menos en nada. No le faltó nin­guna asistencia corporal ni espiritual, y para que pudiera visitar a Jesús en el Sagrario los días que se levantaba, le pusimos en el cuarto que hay junto al de Doña María, que es el mejor que tenemos, y tiene una tribuna que cae a la Iglesia. El Padre Juan la confesó muchas veces v de­cía que era un alma grande.

«Todas las Hermanas nos apresurábamos a darle lo que nos parecía más apetitoso a su quebrantada salud, pues la queríamos como si fuera de la Hermandad.

«El Padre Juan le administró todos los Sacramentos y los recibió con grande fervor y alegría. Antes de recibir el Santo Viático nos pidió perdón a todas y aún tuvo fuer­zas para hablar, a pesar de estar en la agonía, y nos dijo., que estaba muy agradecida por la caridad tan grande que habíamos tenido con ella y que en el cielo rogaría mucho para que nuestra Hermandad se extendiera, pues ella lo deseaba tanto como para su Instituto, al que tanto amaba y que en el cielo velaría por él.

«Pocas horas vivió ya, y rodeada de todas las Herma­nas de este santo Hospital, a excepción de dos que estaban en las enfermerías, descansó en la paz del Señor con una paz envidiable, el día 24 de julio de 1818. Se le hizo entierro como a nuestras Hermanas y fue sepultada en el panteón de la Iglesia de este santo Hospital. Le hicimos sufragios corno a las Hermanas y también se rezó por su alma en las salas.

«No tenía intención de escribir todo esto de Sor Manuela, ni se lo que se propone con esto el Sagrado Corazón .de Jesús, pero él me lo ha inspirado y yo no hago más que cumplir con sus órdenes; cúmplase siempre y en todo su santa voluntad.»

Posteriormente un nuevo y precioso documento ha venido a dar más noticias sobre los restos venerables de Sor Manuela Lecina. La misma Venerable Madre Rafols nos cuenta cómo fue  amortajada y el lugar preciso de su ‘se­pultura.

«Al escribir—dice—estos pequeños datos de nuestras Hermanas, el Corazón de Jesús me inspira que diga tam­bién en qué nicho están los restos de Sor Manuela Lecina; porque, andando el tiempo, sus Hermanas que en vida la tuvieron tan olvidada y despreciada, desearán tenerla en su Casa Madre para enaltecer su memoria e imitar sus virtudes. Y como tampoco le pudimos colocar lápida por la suma pobreza en que nos encontrábamos, les digo, que fue colocada en el tercer nicho, de la tercera línea, em­pezando por la derecha, del primer panteón que está debajo del altar mayor. Si llega ese caso de que las Hijas de la Ca­ridad se la quieran llevar, la reconocerán sin ninguna duda por los datos que les digo; y, además, por lo distinto que es su traje a nuestro hábito, tanto por la forma, como por el color…. La Corona o rosario grande que llevaba pren­dido en la cintura no se la puse cuando la amortajé; se la mandé junto con algunos libros y unas medallas que lle­vaba a Sor Basilia, a Madrid. También nos quedamos nos­otras con el beneplácito de Sor Manuela y del P. Boreal unas pocas prendas de ropa interior, tres libros y el rosa­rio, que la pobre Sor Manuela quiso que lo usara yo después de su muerte, porque estaba muy indulgenciado; yo lo uso con veneración por ser de un alma tan buena.. Mu­rió como mueren los santos entre dulces coloquios y pi­diéndonos perdón muchas veces con tanta ternura que nos. conmovía a todas, manifestando que su agradecimiento se­ría eterno: también decía con mucho amor que Perdona­ba a todos y de una manera singular a aquéllas que más le habían hecho merecer ante los ojos del Señor…».

Muy feliz debió sentirse Sor Manuela Lecina en su úl­tima hora, pues parece que esperó Dios a sacarla de este-mundo, cuando ya su presencia no era necesaria y al mes justo de la resolución definitiva y favorable del asunto del= Real Noviciado, asunto que tantos martirios le proporcionó.

La pesada losa del olvido había caído sobre la memo­ria de esta notabilísima Hija de San Vicente hasta el punto de ignorarse el año, lugar y modo de su muerte; pero el providencial, casi milagroso y reciente hallazgo de los citados documentos de la Madre Rafols, ha sido un foco de luz que ha iluminado la vida y muerte de Sor Manuela Lecina y nos ha guiado a la feliz posesión de sus venerables reliquias.

En efecto, el día 12 de junio de este año 1930, fecha designada por la autoridad eclesiástica de Zaragoza, en presencia del muy Ilustre Sr. Vicario General de aquella Diócesis, de los señores capellanes de aquel hospital ge­neral, de varias Hermanas de la Caridad de Santa Ana, Hijas de la Caridad de San Vicente y Padres Paules. se hizo el reconocimiento de identificación, hallándose en el’ lugar citado en el segundo documento de la Venerable Madre Rafols, las preciosas reliquias de Sor Manuela Le cina (2).

El interés grande que este acontecimiento ha desperta­do, así entre las Hermanas de Santa Ana ‘como entre las Hijas de San Vicente, es muestra de la gran veneración. que sienten por aquella sierva de Dios, cuyo sepulcro es­peran ver glorioso.

La profecía de la Venerable Madre Rafols se está cumpliendo. El Real Noviciado espera poseer pronto ese te­soro de las reliquias de la un día humillada, y hoy glorificada fundadora, y no pasará este año sin que todas las verdaderas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl se regocijen        enaltezcan su memoria, imitando a la vez sus virtudes, especialmente el constante amor a su vocación y su fidelidad a las Santas Reglas.

Esperamos que la Obra de Dios no quedará incompleta v el Corazón de Jesús, que lo ha comenzado, según reite­rado testimonio de la Venerable Madre Rafols, El la ter­minará, y una corona de resplandores ceñirá la frente de aquella humilde Sor Manuela Lecina.

El Señor cumplió su promesa. Aquella planta tan tier­na y, al parecer, muerta en 1806, se ha convertido en ár­bol que ha extendido sus ramas a ambos mundos

Las Hijas de San Vicente de Paúl Españolas son en 1930 algo extraordinario entre los Institutos religiosos similares con sus 711 fundaciones y más de .ocho mil Her­manas, sembradoras de misericordia de consuele en Eu­ropa, África, América y Oceanía.

  1. VARGAS.

3 de septiembre de 1930.

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