Resucitados con Cristo

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Riol, C.M. · Año publicación original: 1999 · Fuente: Informativo Provincial de las HH.CC. de Pamplona.
Tiempo de lectura estimado:

«Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios» (Col. 3, 1-3).

Cada año por Pascua irrumpe con fuerza la naturaleza y asistimos, siempre admirados y sorprendidos, al milagro de la vida. La naturaleza se renueva y brota a borbotones como signo y preludio de la vida en Dios que él nos ofrece con la Resurrección de Jesucristo. Pascua debe ser para nosotros vida en abundancia, plenitud de vida. Cristo resucitado lo llena todo de luz, de vida, de alegría interminable, de paz indecible, de fuerza invencible, de presencia amistosa. Sí, Pascua es plenitud de vida, es el punto culminante de la historia y el principio de una nueva historia, de una nueva vida. La Pascua es la clave para interpretar la vida y la razón de ser de todas las cosas. Pascua es creer y vivir que Cristo está resucitado en mí. La Resurrección de Jesucristo es el principio de las resurrecciones; es anticipo de la transformación del mundo.

La experiencia de Cristo resucitado no es sólo la convicción de que Jesús vive. Es algo mucho más hondo y profundo. Es experimentar en todos y cada uno de nosotros su fuerza victoriosa. Es creer que Cristo ha resucitado y, sobre todo, que nosotros resucitamos con él. Es morir y esconder nuestra vida en Cristo, para aparecer gloriosamente con él. No basta creer que Cristo murió y resucitó, sino que Cristo muere y resucita en mí, que yo muero con Cristo y resucito con él.

La experiencia pascual no es algo teórico, sino algo vivo; es experimentar la fuerza victoriosa de Cristo resucitado; es sentir que Cristo es «vida nuestra», que Cristo «Vive en mí». Vida nueva. En la Pascua todo es nuevo: el fuego, la luz, el agua, la levadura, los vestidos… Todo con la marca de Cristo resucitado. Es obvio que han de cambiar, transformarse, rejuvenecerse muchas actitudes: nuestros gustos, nuestros sentimientos, nuestros comportamientos, nuestros ideales. Hay que elevar nuestra puntería, porque Cristo está arriba, y no quedarse con los bienes que se nos ofrecen aquí abajo.

¿Cómo vivir hoy en actitud pascual? ¿Cómo vivir yo eso que vivieron y experimentaron los primeros discípulos y que cambió tan radicalmente sus vidas? ¿Cómo experimentar que Cristo vive resucitado en nuestras vidas?: Muriendo-Resucitando con él. Resucitando todo lo que se nos muere: a veces se nos muere la ilusión, la alegría, las ganas de conversión, la esperanza, la confianza, la mansedumbre, la pobreza y humildad; la verdad, el compromiso y el servicio; la apertura, libertad, fraternidad y respeto; el desprendimiento y la comunicación cristiana de bienes; el aprecio a todos, el amor, la fe en las personas y el amor a los enemigos; la valentía, el sacrificio y los criterios evangélicos; vivir siempre pendientes de la providencia y la voluntad de Dios… Morir con Cristo al egoísmo, la violencia, el error y el fanatismo; la indiferencia e irresponsabilidad, la tristeza, melancolía y el fatalismo; la posesión y el dominio, la discriminación, la esclavitud y la opresión, la cobardía y comodidad, la imposición y la cerrazón, la soberbia, la ira y la venganza; renunciar con Cristo resucitado a los criterios materialistas y a confiarlo todo al dinero…

La mañana de Pascua, las mujeres comentaban quién les quitaría la piedra de la entrada de la tumba. No habían tenido aún la experiencia del Resucitado. Esta piedra es el símbolo de todos los pesos que aplastan y atemorizan al ser humano y le impiden salir a espacios distintos y diferentes. Nos preguntamos, como las mujeres: ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada? ¿Quién me librará de esta situación que me aplasta y me impide salir a la vida? ¿Quién me librará de todo lo que me impide resucitar?

Creemos que es imposible resucitar, cambiar, ser diferentes, emprender una nueva vida. Esas situaciones nuestras, nos resultan montañas infranqueables que nos paralizan e impiden avanzar, subir, llegar a la cima, cambiar. Creemos que no existe en nosotros fuerza suficiente para levantarnos de nuestros sepulcros, de nuestras muertes. No tenemos fuerza para liberarnos de esas piedras que nos aplastan contra la tierra y nos impiden volar, ir hacia lo alto para emprender una nueva vida, una vida de resucitados con Cristo.

«La fe mueve montañas». Creer que Cristo resucitado puede transformar mi vida y creerlo de verdad, de modo que me lleve a actuar desde esta convicción, hace que las piedras que me aplastan desaparezcan, se quiten de las entradas de nuestros sepulcros para que podamos salir a una nueva vida. No quitan las piedras de nuestras tumbas ninguna fuerza humana ni nuestras propias fuerzas limitadísimas. Es el Espíritu de Dios, la fuerza del Resucitado quien abre los sepulcros. Sólo se nos pide la fe, que dejemos que nuestro corazón arda con el «fuego nuevo» de la Pascua para que purifique y reduzca a cenizas todo aquello que pertenece al hombre viejo y nos impide resucitar y vivir la luz nueva de la Pascua, lo que nos impide vivir la luz de Cristo resucitado.

¿Cuáles son nuestros puntos oscuros, los rincones que deben ser iluminados por la luz pascual, la luz de Cristo resucitado? ¿Cómo los podemos iluminar? Como hizo el ángel: «Y se sentó encima» (Mt. 28,2). Si nosotros utilizamos la fuerza de la fe, podemos aprovecharnos de las propias losas que creernos nos aplastan para convertirlas en medio de perfección e instrumento de trabajo e incluso de evangelización, como hizo el ángel del Señor. Esa dificultad que me impide resucitar, que me impide ser luz y vida nueva en Cristo resucitado, bien asumida, puede ayudarme a crecer y puede servirme para hacer bien a los demás. Nos presentamos humanos, con capacidad de cambiar y de resucitar.

Porque esta experiencia pascual es compartida por muchos. Hay una ingente muchedumbre de personas que, desde la experiencia de la Resurrección de Jesucristo saben orientar toda su vida. Experimentan a Cristo vivo y que les empuja a vivir desde el Evangelio, le sienten vivo. Jesús sale del misterio de la muerte y se comunica con ellos. Toda la iniciativa parte de Jesús, ellos eran muy reacios para creer, pero Cristo les impone su presencia, se les impone lleno de vida.

Es un encuentro que afecta a la persona entera, a todo el ser del hombre. Los discípulos están totalmente invadidos por la presencia de Jesús resucitado. Es una experiencia pacificadora: «La paz con vosotros», se sienten acogidos, bendecidos por Dios, «los bendijo». Les enseña, es una experiencia iluminadora. Les consuela, es una experiencia de consolación. Los envía a anunciar el Evangelio, experiencia vocacional. Todos los que tienen esta experiencia saben que Cristo está vivo y resucitado, lo viven como una realidad, como un acontecimiento que les afecta totalmente, les coge totalmente. Son otros, criaturas nuevas. Son imparables, capaces de anunciar el Evangelio hasta los confines del mundo.

Desde la Pascua, desde la Resurrección de Jesucristo podemos entender el misterio de Jesús. Sólo el que vive la experiencia pascual, sólo el que se encuentra con el Resucitado, descubre todo lo que se encierra en Jesús. Los discípulos descubrieron ahí que Jesús era el Cristo, que no había que esperar a nadie más. Dios no resucitó a Isaías, Jeremías, Juan Bautista ni a ningún sabio fariseo… Ha resucitado a Jesús. Y no sólo es el Mesías: es el «Señor», el Señor de la vida y de la muerte.

La experiencia pascual es un acontecimiento transformador. A los apóstoles les cambia totalmente, de miedosos en el Huerto y en la Cruz, les convierte en mártires y la razón es que esta vivo, nadie puede con él. El caso extremo es el de Pablo: de perseguidor para a ser el mayor evangelizador de este Cristo resucitado. Sin evolución; se produce en él un cambio repentino. ¿Cómo se explica? Ellos dicen siempre: «nos hemos encontrado con él, está vivo».

La experiencia pascual es llamada a la misión. Siempre es llamada a anunciar el Evangelio. Todos los episodios de la resurrección, terminan en misión-evangelización. Todos los que han recibido esta experiencia no pueden por menos de comunicarlo, así aparece en el Evangelio. El que vive la experiencia pascual, contagia lo vivido. Cuentan lo que ellos han vivido, lo que les ha pasado.

Si yo no siento necesidad, si no siento urgencia de contagiar vida y resurrección, no me he encontrado con el Resucitado. Ser cristiano es vivir de tal manera que contagies ilusión, alegría, vida, ganas de vivir. Que alguien sienta envidia y ganas de contagiarse con nuestro estilo de vida y nuestras ganas de vivir. Con nuestra vida, con la manera de ser, hay que contagiar y transformar toda la realidad que nos rodea. Es la mayor propaganda vocacional. Una persona convencida, que vive la resurrección de Jesús, atrae a los demás para hacer esta misma experiencia.

La experiencia pascual se prolonga a lo largo de la vida. No se trata de momentos puntuales, momentos privilegiados. Esta experiencia tiene repercusión, continuidad para toda la vida. Los que han vivido esta experiencia de la resurrección de Cristo viven de una manera pascual: muriendo al pecado y resucitando a una vida nueva.

Con la resurrección de Jesucristo, Dios está protestando contra el mal, el odio y el egoísmo. Dios no está de acuerdo con la cruz, con las injusticias que cometemos los hombres. No está de acuerdo con esta vida en que hay tanto sufrimiento, injusticia, asesinatos… En la cruz se nos descubre que los hombres somos capaces de crucificar al mejor hombre que ha pisado la tierra. En la cruz se nos descubre el poder del mal, el misterio de la iniquidad: somos capaces de matar al hombre más humano, al mejor. ¿De qué nos podemos sorprender? El primero que ha hecho una manifestación y reaccionado contra la injusticia es Dios. Es el primero en protestar. Desde la resurrección, Dios dice que no está de acuerdo y que las cosas no van a quedar así.

Dios no permitirá que nuestras vidas terminen en el fracaso porque una persona que ha vivido desde y para el amor, que vive entregado al Padre y a los hombres, una vida crucificada en seguimiento de Jesús hacia el Padre y los hermanos, que se «desvive» por el Padre y los hermanos, sólo le espera resurrección. Dios es nuestro futuro. Por eso escribía san Juan: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (lJn. 3,14).

Nosotros, nuestras comunidades, estamos llamados a morir a toda clase de desunión, de mal, de pecado y resucitar a la luz nueva del Cristo Pascual, del Cristo resucitado, para ser luz que brilla en nuestro mundo. Una nueva luz, un nuevo fuego que nos transforme y atraiga a los demás.

Pedimos vocaciones. Nuestra mejor oración por las vocaciones es el ejemplo de nuestras comunidades. Hacer de la vida de nuestras comunidades una oración continua con la contemplación y la acción. Si son comunidades pascuales, comunidades que rebosan vida pascual, vida resucitada, serán imanes potentes que atraigan a jóvenes generosos, con deseos de servir y experimentar la vida del Resucitado que nosotros con nuestras propias vidas les transmitimos. No se trata de trabajar más, se trata de ser más profundos, de ser más sinceros, de ser más auténticos y reales, más decididos, más coherentes y más convertidos para aceptar a Cristo resucitado en el centro de nuestras vidas como nos indican las Constituciones en el nº 59.

Desde la Resurrección vemos el sentido último de la vida. Se ve el final, el horizonte. La vida no es un paréntesis entre dos vacíos, entre la nada. Al que cree en la. resurrección no se le puede amenazar con nada, nada le puede pasar. Los discípulos de Jesús que han vivido la experiencia del Resucitado salen a comunicarla a los cuatro vientos, no tienen miedo a nadie ni a nada. Salen de sus escondites. Se ven transformados, son imparables, nadie los puede detener, han perdido el miedo a la muerte y al fracaso. No piensan en sus limitaciones y en las dificultades que se van a encontrar. ¿De dónde sacan las fuerzas? ¿Cómo se ha producido esta transformación? Cristo resucitado es su fuerza. Al que cree en la resurrección, esa fe capacita para vivir sin reservas, sin presupuestos, sin prevenciones. ¿Hasta qué punto creemos en la resurrección? ¿Tenemos esta fe en Cristo resucitado? ¿Cómo está actuando en nosotros?

En la resurrección de Jesús, descubrimos la fuerza resucitadora, transformadora, vivificadora del Espíritu. Quien resucitó a Jesús fue el Espíritu, el amor. Si el Espíritu de Jesús anima nuestro trato, trabajo, misión, servicio, relaciones de comunidad…, resucitaremos. Y ese Espíritu es su amor. Amar gratuitamente, será lo que nos lleve a la resurrección. El amor es eterno, más fuerte que la muerte. ¿Qué podemos decir de un amor sin compromiso, con fecha y hora de caducidad? El amor de verdad pide eternidad, como todo lo auténtico y evangélico. ¿Qué estoy viviendo que merezca la pena para la vida eterna? ¿Qué amor, ternura, servicio…, que merezca la pena ser eternizado, resucitar? «Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos te salvarás» (Rom 10, 9). ¡Feliz Resurrección! ¡Feliz  Pascua de Resurrección!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *