Responder juntos al clamor de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. .
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El clamor de los pobres

Los libros de historia que se han estudiado en las escuelas y en las universidades en los últimos ciento cincuenta años están llenos de nombres sonoros de reyes, condes, banqueros, grandes industriales, conquistadores, artistas al servicio de los poderosos, intelectuales…No se libra de ello ni siquiera la historia, la escrita, de la Iglesia. )Dónde están en esos libros las inmensas muchedumbres de los que para producir no poseen más que sus propios brazos? Parecerían haber nacido mudos.

Pero no eran mudos; también sabían hablar y clamar, pues eran, aunque a veces no lo parecieran, seres humanos. Clamaban a su manera. Por ejemplo, en dieciséis años de la vida adulta de Vicente de Paúl, de 1631 a 1647, hubo, en prácticamente todas las grandes ciudades y regiones de Francia, numerosos levantamientos populares muy violentos de campesinos y de trabajadores urbanos, enfurecidos por la explotación a que estaban sometidos.1

Lo que querían decir los desposeídos con su violento clamor no le importaba a Richelieu, primer ministro del rey y cardenal de la Iglesia, más que como un problema de orden público que él intentó resolver con represiones sangrientas. Para Richelieu los desposeídos no tenían nada que decir; estaban mucho mejor callados y sumisos, trabajando para otros como si fueran mulos. De mulos los califica él mismo en sus Memorias.

Para un hombre como Vicente de Paúl, contemporáneo suyo, los pobres estaban muy lejos de ser mulos pasivos que deben sufrir con resignación los juegos y los caprichos de los poderosos. Para Vicente de Paúl el pobre es, aunque a veces no parezca humano, la imagen viva de Jesucristo;2 el trabajar por ellos es un camino seguro nada menos que para llegar al Dios verdadero, fin de toda vida verdaderamente humana, pues «servir a los pobres es ir a Dios«.3

Pero para pensar así hace falta tener fe, una fe de las buenas que de ninguna manera podrá parecer a nadie como «opio del pueblo». El ver en los pobres la imagen viva de Jesucristo no le impedía a Vicente de Paúl tener una visión muy subversiva de la historia profana («vivimos del sudor de los pobres«) y también de la historia sagrada («entre los pobres se encuentra la verdadera religión, la fe viva«.4

Para quien tiene fe, el clamor de los pobres no puede ser ante todo «un fantasma que amenaza a Europa«, contra el que han entrado en «santa alianza… el papa y el zar…, los radicales franceses y el espionaje de la policía alemana«, como dice provocativamente el Manifiesto. Para quien tiene fe el clamor de los pobres no puede ser otra cosa que una llamada de la gracia, un eco de las palabras de Jesús en la sinagoga de Nazaret que invita a los que creen en él a dedicarse, como él, a la evangelización y redención de los pobres. Ellos son los verdaderos «amos y señores« que nos enseñan cuál es el sentido de la historia verdadera, la historia de la salvación. La historia de la salvación tiene como su objeto propio la salvación de la humanidad que debe darse ya en la tierra. La salvación final, la vida eterna, pura gracia y don del Dios de Jesucristo, no es ya historia, sino consumación final de la historia, post-historia, el fin definitivo de la historia.

Le que se anuncie la Buena Nueva de la salvación a los pobres es señal infalible de que el Salvador (el único salvador) está actuando ya en la historia (Mt 11,5). Con toda claridad lo veía ya una hija de la caridad de la primera generación, inspirada sin duda por su fundador (IX 61/IX 74).5 La salvación de los pobres es vehículo de salvación histórico-terrena para el resto de la humanidad, aunque no tal vez como lo esperaban de la salvación de la clase proletaria Marx y Engels; y son además ciertamente portadores de salvación eterna para quienes trabajan por su redención y liberación, como lo creía con firmeza Vicente de Paúl.6

Con toda razón el documento de la Asamblea General califica su visión como «enseñanza profética de san Vicente« una enseñanza que empalma con y continúa lo mejor de los antiguos profetas y lo mejor del mejor, más grande y último de todos ellos, Jesucristo, el enviado por Dios Padre para evangelizar y redimir a los pobres sin voz, que parece que no hacen la historia, y ciertamente no suelen escribirla.

Responder al clamor de los pobres

Responder al clamor de los pobres es responder al Espíritu de Dios Padre que habló, primero, por los profetas, y luego definitivamente por su propio Hijo, a favor de aquellos cuyo clamor no pasa a los libros de historia; aunque a veces sí lo hace como clamor subversivo rechazado por los Poderes de este mundo que quieren controlar la historia.

A san Vicente de Paúl nunca le pareció subversivo ese clamor, ni tampoco lo rechazó. Todo lo contrario: del escuchar ese clamor y tratar de responder a él como servidor de los que claman hizo el principio inspirador de su vida a partir de 1617 hasta su muerte en 1660. «Ha respondido —dice muy acertadamente el documento de la Asamblea General— profética y creativamente al clamor de los excluidos de su tiempo«.7 Ese modelo evangélico «nos interpela una vez más al comenzar el nuevo milenio«.8

El clamor de los pobres no interpela sólo a la Familia Vicenciana. La Iglesia entera de Jesucristo dará pruebas de su fidelidad al Espíritu que la debe animar en todo tiempo si da muestras no ya sólo de preocupación por los pobres, sino de su «opción preferencial» por ellos. Esa es la mejor prueba de su fidelidad: «¡Qué dicha para nosotros demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia trabajando por los pobres.9

Aunque con altibajos y deficiencias importantes, la Iglesia de Jesucristo nunca ha dejado de evangelizar a los pobres. No podría haberlo hecho sin dejar de ser la Iglesia de Jesucristo, pues la evangelización de los pobres es una de las >notas= que, junto con los cuatro notas de la teología clásica, debe definir y caracterizar en todo tiempo el perfil histórico de la verdadera Iglesia.

Unos años antes de que el Manifiesto Comunista se presentara al mundo con la pretensión de ser la respuesta al clamor de los empobrecidos, habían surgido algunas voces dentro de la Iglesia misma para recordarle (ante una política oficial orientada a defenderse a sí misma de otros desafíos del mundo moderno aparentemente más fundamentales y más urgentes) que el desafío fundamental al evangelio y a la Iglesia seguía siendo, como había sido siempre, el anuncio de la Buena Nueva en el mundo de los pobres, mundo que era además, por cierto, infinitamente más amplio que el tenido en cuenta por los autores del Manifiesto. Éste se limitaba al submundo del proletariado industrial, sobre todo del europeo. No fue la única, pero una de las voces que definieron el problema con mayor riqueza y decisión fue una voz de tonos netamente vicencianos, la voz de Federico Ozanam.

Aún tardó la Iglesia oficial unos cincuenta años en asumir de lleno la idea. Pero cuando por fin lo hizo, en 1891, lo hizo con claridad y valentía en la encíclica Rerum novarum: «Es urgente proveer al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate en condiciones miserables y calamitosas«.10 No hace esa declaración León XIII movido por razones de estrategia política, para, por ejemplo, arrebatar a los movimientos izquierdistas el protagonismo en la lucha a favor de los pobres. Lo hace movido por sus obligaciones pastorales como vicario de Cristo («la conciencia de nuestro oficio apostólico«)11 de «velar por la salvación común«,12 es decir, por la salvación de toda la humanidad.

También la encíclica de León XIII parecía pensada para tratar de redimir sobre todo la pobreza en el mundo industrial, Pero posteriores documentos hasta hoy mismo han ensanchado el horizonte hasta dejar del todo claro que la llamada Doctrina Social de la Iglesia está pensada para la redención no ya sólo de los obreros industriales pobres y explotados por patronos y empresarios,13 sino de los pobres del mundo sin más.

Responder juntos al clamor de los pobres

La Familia Vicenciana quiere participar de lleno en esta visión de la Iglesia. Al hacerlo, piensa que no sólo no traiciona o distorsiona la visión de su inspirador, sino que lo hace precisamente para ser fiel a esa visión, adaptándola a lo que va a exigir de ella y de la Iglesia la evangelización de los pobres en el próximo milenio.

Quiere además hacerlo precisamente como Familia. Ahora bien )se encontrará entre las ideas de san Vicente alguna base para poder hablar hoy con fundamento sólido sobre >Familia Vicenciana=? )o será más bien éste un concepto motivado, por ejemplo, por la escasez de vocaciones en algunas de sus ramas? )o habrá surgido tal vez de la necesidad obvia de aunar fuerzas para afrontar con mayor eficacia pastoral los desafíos que se presentan hoy a la Misión, o los que se presentarán en el ya cercano nuevo milenio?

Las dos últimas razones, escasez de vocaciones y mayor eficacia pastoral, han influido sin duda en la creación misma de la expresión >Familia Vicenciana=, así como en el creciente entusiasmo que se siente por ella en muchas partes del mundo. Pero también san Vicente hubiera apoyado sin duda alguna esa expresión y ese entusiasmo. De hecho él veía las varias fundaciones que dependían de él mismo (Congregación de la Misión, Cofradías de la caridad, Hijas de la caridad, Damas de la caridad) como instituciones que, aunque diversas, debían llevar a cabo en colaboración un único programa de evangelización integral de los pobres. Así lo expresó con toda lucidez y claridad en una de sus cartas:

«Nuestra pequeña compañía se ha entregado a Dios para servir al pobre pueblo corporal y espiritualmente…, de manera que a la vez que ha trabajado en las misiones por la salvación de las almas, ha buscado un medio para aliviar a los enfermos a través de las cofradías de la caridadLas damas de la caridad son otro testimonio más de la gracia de nuestra vocaciónLas hijas de la caridad han entrado en el plan de la Providencia como un medio que Dios nos da para hacer por sus manos lo que no podemos hacer por las nuestras…; ellas se dedican, igual que nosotros, a salvar y ayudar al prójimo. Y si dijera con nosotros, no diría nada contrario al evangelio, sino algo muy conforme con la práctica de la Iglesia primitiva, ya que Nuestro Señor se servía de algunas mujeres que le seguían« (VIII 238-239/VIII 226-227).

La carta fue escrita por san Vicente muy al final de su vida, en febrero de 1660, siete meses antes de fallecer. Lo que quiere decir que el texto que hemos citado ha de verse como su visión definitiva, una especie de testamento espiritual para todas las instituciones que apelan a san Vicente de Paúl como fundador e inspirador. La escasez de vocaciones en una u otra de sus instituciones y el motivo de una mayor eficacia pastoral pueden muy bien ser razones legítimas que lleven a los miembros de las instituciones vicencianas a responder juntos al clamor de los pobres. Pero la carta citada deja en claro que en este tema las instituciones vicencianas se juegan algo mucho más fundamental: la fidelidad, también hoy, a la verdadera intención y a la verdadera visión espiritual y pastoral de su inspirador original.

Añadiremos, para terminar, una última observación acerca de unas líneas del documento de la Asamblea General que afectan directamente al tema de este trabajo. Dice el texto de la Asamblea (en III. Compromisos, 2. Responder juntos al clamor de los pobres, a):

«Colaborar con otros miembros de la Familia Vicenciana dedicando más personas, más tiempo y más medios económicos a la evangelización de los pobres, a fin de impulsar su promoción humana y espiritual«.

A las instituciones vicencianas no se les puede pedir Bcomo parecen hacerlo estas líneas en una primera lectura- que dediquen más personas, más tiempo y más medios económicos a la evangelización de los pobres, pues todas ellas han sido fundadas para dedicar a esa evangelización todas sus personas, todo su tiempo y todos sus medios económicos. No creemos hacer una lectura falsa de este breve texto si pensamos que su verdadera intención, en el contexto general del documento, no es que se dediquen más personas, etc., a la evangelización de los pobres, sino que las diversas instituciones vicencianas deben intensificar, en colaboración personal y económica, lo que ya están haciendo hoy en diversas partes del mundo para responder juntos al clamor de los pobres.

  1. Ver mapas al final del libro «Les soulèvements populaires en France au XVIIe siècle», Boris Porshnev, Flammarion, París, 1972 (trad. castellana, «Los levantamientos populares…», ed. Siglo XXI, Madrid, 1978). No sólo en Francia; también, por ejemplo, en Rusia y en China por los mismos años. Ver R. Mousnier, «Fureurs paysannes…«, Calmann-Lèvy, París, 1967 (trad. castellana: «Furores campesinos…» ed. Siglo XXI, Madrid, 1976).
  2. XI 32/XI 725 ed. en castellano.
  3. IX 5/IX 25.
  4. XI 201/XI 120-121.
  5. IX 61/IX 74
  6. IX 235/IX 241.
  7. Convicciones, 2.
  8. Compromisos, 2.
  9. XI 37/XI 730.
  10. Rerum novarum, 1.
  11. ibid.
  12. ibid.
  13. «se fue entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la codicia de los competidores» (o. c., 1).

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