Requiem por San Agustín de La Laguna

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: P. Desiderio Aranguren, C. M. · Source: Anales españoles, 1964.
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adbrComienzo esta segunda crónica de La Laguna con una serie de coincidencias que me han emocionado: Como to­dos vosotros ya sabéis, la crónica tiene que ir a Madrid a media asta y con crespones negros. Pues bien; al colocar la cuartilla en la máquina ha comenzado a sonar en mi tocadiscos la «marcha fúnebre» de la tercera sinfonía de Beethoven. Los pasos lentos del cortejo fúnebre parecían salir de nuestra iglesia en ruinas. Además, hoy, martes 16 de junio, me recuerda aquel otro martes día 2 que hizo llorar a un pueblo. Todo este espectáculo de tiempo, fue­go, cenizas y marcha fúnebre tiene como telón de fondo la contemplación de nuestras negras ruinas desde esta habitación que me han prestado. Venid vosotros aquí, sen­taos en mi lugar con mi cuerpo y alma y veréis que hay motivos para emocionarse.

No sé si recordaréis que os ofrecí en la crónica pasada nuestra casa. Tengo que rectificar la invitación, porque desde el día 2 de junio nos encontramos sin casa ni iglesia. Un fortísimo incendio se llevó todo en muy poco tiempo. A las cuatro menos diez de la tarde salía a examinarme y, como es natural, fui a saludar a Jesús Sacramentado. Advertí fuego debajo del coro, detrás de un retablo. Las llamas, de dos metros de altura, en seguida alcanzaron los artesonados del techo, a unos quince metros.

A la media hora ya se había desplomado en una ingen­te hoguera toda la techumbre. No quedó nada que pudie­ra ser pasto de las llamas: altares, imágenes, bancos, puertas y ventanas. Sólo han permanecido en pie las paredes desnudas y las columnas con sus arcos con las piedras despellejadas por el intenso calor. La estructura parece que podrá aprovecharse.

Ni bomberos, ni buena voluntad, ni consternación, ni lágrimas pudieron detener el fuego. La bellísima madera de «tea» canaria hace que el fuego en seguida se desboque. Nuestra residencia, adosada a la iglesia corno una fiel ser­vidora, corrió la desdicha de aquélla. El P. Chacobo tuvo la feliz idea de levantar una casa a base de hierro y ce­mento; aquí se detuvo el fuego que parecía desafiar al mismo mar, aunque la parte posterior de la residencia, en­cima de la sacristía, también ardió.

Total: apenas se salvó algo de la iglesia. Nada, desde luego, de la ropa de culto. Pudo ser extraído el Santísimo con dificultad. Los sudores e ilusiones de tantos Padres que hicieron de San Agustín un palacio para Dios hoy ya­cen en silencio, en soledad, esperando el amor de un sepul­turero. Las ruinas de Itálica dan la mano a las de San Agustín.

La residencia de la Comunidad quedó muy afectada.

Materialmente se tiró la casa por las ventanas. Los mue­bles se estropearon y algunas de las pocas cosas que uno tiene.

Os decía en la pasada crónica que nuestra magnífica iglesia era la casa paterna de todos. Ahora pensad cómo reaccionan los hijos ante las ruinas de su casa. Algún mozo del Norte puede pensar que en Tenerife nos hacemos llorones; pero cuando muere una madre o se quema la casa familiar no hay más remedio que llorar, porque lo piden las ruinas de la madre y de la casa.

Yo nunca había visto tantas manifestaciones de cariño sincero. Ni me lo podía imaginar. La iglesia desaparecida ha hecho derramar muchas lágrimas de orfandad a hom­bres, mujeres y niños. Los Padres estamos confundidos ante tantas atenciones. Hoy toda la isla es nuestra. ¡Bendita necesidad de quedarse en la calle por amor de Dios!

Entre las muchas casas que nos han ofrecido hemos preferido la del buenísimo don José Vicente Buergo. Aquí hacemos la vida normal y ya os puedo decir, con permiso de don José, que en la calle Bencomo, número 33, tenéis vuestra casa. Él se ha ido a una de sus fincas y nosotros estaremos aquí hasta la reconstrucción de nuestra casa. Ha tenido el detalle de dejarnos hasta un palomar con 30 palomas. Si venís pronto aún os podremos obsequiar con palomas de don Vicente.

En todo el archipiélago canario se han abierto suscrip­ciones, y son un éxito.

No puedo callar la constante labor de Radio Juventud, que se ha puesto incondicionalmente al servicio de San Agustín. La campaña ha tenido escenas emotivas. En la primera noche se recaudaron 200.000 pesetas. Un anóni­mo monaguillo de nuestra iglesia dio cien pesetas con la ilusión de volver pronto a arrodillarse sobre lo que hoy son cenizas.

Nuestro Superior, el P. Luis Hernández, se presentó in­mediatamente procedente de la isla de La Palma. El 15 de abril había salido a la campaña misionera y pensaba estar hasta mediados de julio. Su serenidad y sentido práctico han hecho de nuestra inesperada diáspora un paseo triun­fal. El P. Félix P. Lapuente ha ido a sustituirle en el últi­mo mes misional.

El P. Julián Tobar llegó asimismo de Madrid cuando las mangueras luchaban aún con el fuego Su presencia nos animó mucho. El y el P. Luis Hernández han tenido un programa lleno de entrevistas con autoridades ecle­siásticas y civiles. Una noche nos habló el P. Tobar por Radio Juventud agradeciendo al archipiélago su magnífi­co comportamiento. Él os puede contar qué grata impre­sión ha llevado a Madrid. Las autoridades nos quieren, y contra la fuerza de la autoridad y del amor se rinden las llamas.

A los tres días de la catástrofe pisaba tierra canaria el Padre Munárriz. Su cariño a la Casa de La Laguna, ahija­da su ya, se desplomó cuando vio tanta ruina. A pesar de todo, el misionero de los Andes prefiere estas cenizas a la grandeza del Chimborazo. Su temple festivo nos ha cura­do una llaga. Gracias, P. Munárriz.

Hacemos los servicios religiosos en la iglesia del hospi­tal de los Dolores. Así la vida espiritual de los fieles se per­petúa en este segundo templo de San Agustín.

Pasando al mundo frío de los números se calculan las pérdidas en unos 15 millones de pesetas. Inesperadamen­te el señor rector de la Universidad nos ha traído de Ma­drid el consuelo de un millón. No obstante, los ministerios competentes tienen fijada para estos días su última pa­labra.

Desde estas páginas de ANALES lanzamos a los aires el mensaje de nuestro agradecimiento a los Padres de La Oro­tava y de Las Rehoyas, que enseguida acudieron; a nues­tras incomparables Hermanas, que nos hicieron olvidar­nos de nuestras madres: así nos están mimando; a las Congregaciones Religiosas de ambos sexos; a todos los que nos han enviado el mensaje de su simpatía; a la Prensa, Radio y Televisión; al viento, en fin, que ese día 2 no qui­so saltar a tierra, por esas cosas que tiene la compasión.

Amigos de ANALES: Esperando contaron en la próxima noticias que os van a agradar, queda con vosotros el Se­ñor Obispo de Tenerife, cuyo mensaje, publicado en la Prensa, Radio y Televisión del día 2, es el siguiente:

LLAMAMIENTO DEL PRELADO

«Venerables hermanos y amadísimos hijos: Todos los habitantes de la ciudad de La Laguna sois testigos del he­cho: la iglesia de San Agustín, regentada por los PP. Paú­les, y su Residencia han quedado totalmente destruidas por el fuego. Esta tarde se declaró un voraz incendio que las redujo a pavesas.

Los PP. Paúles son beneméritos de la Diócesis y en par­ticular de la ciudad de La Laguna. Las virtudes que bri­llan en estos religiosos y su acción pastoral en favor de los hijos de Tenerife son de todos conocidas. No podemos silenciarlas en estos momentos de amargura y de dolor por los que el Señor ha permitido que pasaran. Todos nos he­mos de asociar a esta desgracia y unirnos a su pena.

Por otra parte, no podemos permitir que el ministe­rio que vienen desarrollando con tanta competencia y efi­cacia en la Diócesis cese. Sería una gran pérdida para el bien espiritual de nuestros hijos.

Por esta razón he determinado abrir una suscripción en la Diócesis para que rápidamente se puedan reparar los daños y reanudar los servicios religiosos en la. Iglesia. In­vito a todos con la más viva insistencia a colaborar en ella. Los donativos son para la causa de Dios. La Diócesis encabeza la suscripción con 50.000 pesetas. Los donativos se pueden entregar a las Superioras del Hospital Civil de San Cruz; del Hospital Militar, también de Santa Cruz, y del Hospital de Dolores de La Laguna.

De antemano agradezco la colaboración de todos. A to­dos bendigo.»

LUIS FRANCO. Obispo de Tenerife. La Laguna, 2 de junio de 1964

Cronista,
P. Desiderio Aranguren, C. M.

 

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