«Renuévense, pues, mis queridas Hermanas, en su primer fervor»

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Fuente: Ecos 1998.
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Introducción

El título de esta segunda conferencia como preparación de la Renovación, es una petición que santa Luisa hace en una carta dirigida a las Hermanas del Hospital de Angers. La Fundadora conoce la situación de aquella comunidad: escaso fervor, desobediencias, poca dulzura y caridad en el servicio a los pobres, trato indiscreto con algunas personas o apego hacia otras, poca unión fraterna en la comunidad… Santa Luisa les pregunta: “pende está el espíritu de fervor que les animara en los comienzos?” Y después de corregirles de esos defectos les dice: “Renuévense, pues, mis queridas Hermanas, en su primer fervor.

Tomando en sentido más amplio esta petición de santa Luisa, y conectándola con la convicción expresada en Un fuego nuevo: “Avivar la opción vocacional, el amor primero”, les ofrezco estas reflexiones con la intención de ayudarles a conseguir la finalidad que tiene la Renovación anual.

En este año especialmente dedicado al Espíritu Santo, le pedimos este “don” para toda la Compañía. Y si tiene a bien concedérnoslo, lo tomaremos como el mejor fruto de la Asamblea. Por eso se ha incluido esa petición de santa Luisa a las Hermanas de Angers entre los textos que complementan el Documento.

Después de haber reflexionado en la conferencia anterior sobre las posibles situaciones y estados de ánimo en que podemos encontrarnos en nuestro camino vocacional, veamos algunos medios que pueden ayudarnos a “avivar la opción vocacional, el amor primero”.

 

La experiencia de los discípulos de Emaús

El evangelista Lucas nos ha dejado esta bella y profunda catequesis sobre la Pascua. Todo el relato’ es una parábola que nos habla de cómo puede transfor­mar un encuentro profundo con el Cristo resucitado.

Se trata, probablemente, de dos discípulos que durante algún tiempo habían seguido a Cristo con entusiasmo, pero que, ante lo ocurrido al Maestro, ahora están desanimados, tristes y decepcionados porque sus expectativas inmediatas habían sido defraudadas. Esperaban un triunfo y se han encontrado con el fracaso y la derrota: “Nosotros esperábamos que él fuera quien redimiría a Israel, pero…” Y el peregrino que ha salido a su encuentro les explica las Escrituras y el sentido del sufrimiento y de la muerte del Mesías como acontecimientos salvadores. Y mientras escuchaban al compañero de camino experimentaban que el “corazón les ardía”.

La narración tiene su punto culminante cuando los dos discípulos descubren que el peregrino que ha caminado con ellos, que comparte la mesa, parte el pan y se lo da, es el Maestro, muerto pero resucitado. El resultado es que vuelven a recuperar la esperanza, se reaviva su fe, desandan el camino del desánimo y se convierten en testigos gozosos del resucitado ante los otros discípulos.

Esta narración pascual puede iluminar nuestra experiencia vocacional. Porque, como dijimos en la conferencia anterior, también en nuestro camino es posible que aparezca el desánimo, el pesimismo y el desencanto. Si en estos momentos nos preguntase Cristo, como a los dos discípulos de Emaús: “pe qué habláis por el camino?”, ¿qué responderíamos?

De las 26.000 Hijas de la Caridad, sin duda que, en su mayor número, podrían responder y contarle con agradecimiento su gozo por el don de la vocación, el sufrimiento de los pobres (“su peso y su dolor”), su experiencia de comunidad en la que experimentan la fraternidad y el apoyo en la misión, la preocupación por la escasez de vocaciones, el envejecimiento de las Hermanas en bastante países y el crecimiento esperanzador en otros…, etc.

Y no faltarían otras que, como los discípulos de Emaús, le hablarían de des­encantos y cansancios, de situaciones conflictivas en las comunidades, de res­ponsables autoritarias, de estructuras poco flexibles, de qué va a ser de la Com­pañía en el futuro…

Y a unas y a otras el Maestro les enseñaría a leer los acontecimientos, los felices y los tristes, a la luz de la Palabra de Dios, como signos a través de los cuales El está hablando’. Y les recordaría también que vendrán pruebas y que la cruz aparecerá en nuestra vida, porque el discípulo no es más que su maestro; que no tengan miedo, porque todo ocurre para bien; que la historia está en las manos del Padre; que no estamos huérfanos y que se nos ha dado el Espíritu Consolador. Y que con el don de su Palabra y en la mesa de la Eucaristía —en nuestro encuentro sincero con El y con los hermanos— las fuerzas se reponen, se recupera la esperanza y se ve con otros ojos —con los ojos de la fe— lo que antes sólo se veía con mirada miope.

Y como los discípulos de Emaús podrían contar a otras Hermanas y hermanos su experiencia gozosa: que el Señor no nos abandona, que la luz es más fuerte que la tiniebla, que es posible cambiar la tristeza en alegría, recuperar la espe­ranza, desandar el camino, levantarse y convertirse.

 

“Avivar la opción vocacional”

En todo momento, pero especialmente en tiempos de crisis y de dificultad, tenemos que saber resituarnos ante la vocación. La opción vocacional la tomamos un día por motivaciones de fe, porque sentimos que Dios nos llamaba a seguir a Cristo tras las huellas de los Fundadores. Lo que contaba en aquel momento de nuestra opción era un deseo sincero de darnos a Dios sirviéndole en los pobres. Y si quizá las motivaciones no eran aún tan claras, el tiempo de formación inicial tuvo como finalidad purificar y ahondar dichas motivaciones. Al final de ese tiempo (etapas) de formación inicial, la meta debió quedar clara: un “sí” confiado y generoso a la santidad, viviendo una entrega total a Dios y al servicio de los pobres en la Compañía. Pero incluso aunque éste haya sido el proceso, pueden aparecer momentos de crisis. “La experiencia nos dice que la mayor parte de las personas, en un momento u otro, se encuentran en la turbación, en la duda, en la incertidumbre del camino a seguir”

Cuando algunas Hermanas me han expuesto sus dificultades o resistencias ante la disponibilidad que se les pedía (ante un cambio de comunidad, de servicio, de oficio, etc.), después de haber escuchado sus puntos de vista, siempre he termina­do aconsejándoles que recuerden las motivaciones que tenían cuando iniciaron este camino: contaban solamente Dios y los pobres, y no el dónde, cómo, a quiénes y con quiénes, estilo de la autoridad… Las dificultades que estas circunstancias origi­nan, o las crisis vocacionales ocasionadas por otros motivos, pueden ser obstáculos y oscuridades en el camino, pero nunca apartarnos de la meta.

Cuando alguna otra Hermana me ha expuesto sus inquietudes o inclinación hacia otro modo de vida (contemplativa, por ejemplo), respetando lo inescrutable de los caminos del Señor, mi consejo ha sido el siguiente: normalmente Dios nos muestra su voluntad por los acontecimientos que nos va presentando la vida. Si estás en la Compañía es porque en un momento de tu historia personal aparecie­ron unas personas y unos hechos que te fueron mostrando el camino que Dios quería para ti. Y tú lo emprendiste libre y conscientemente. Si Dios hubiese que­rido para ti otro camino te habría presentado otras personas y otros acontecimien­tos. Vive, pues, con intensidad y con paz tu vocación en la Compañía. No es bueno andar por un camino dudando de si será el nuestro.

 

Dinamismos para avivar la opción vocacional

Cuando se quiere renovar algo, hay que partir de una recta comprensión de aquello que deseamos renovar. En nuestro caso, de lo que es la vocación y de lo que su seguimiento implica.

 

a) La vocación es un don de Dios

La vocación es un don de Dios para seguir el proyecto de vida de Jesús por la senda de los Fundadores. Primero El llama; lo nuestro es acogida y respuesta del don ofrecido. “No fuisteis vosotros quien me elegisteis a mí; fui yo quien os elegí a vosotros”.

Concebida la vocación como regalo de Dios, hay que acogerla y vivirla con agradecimiento. Para ello, que las Hijas de la Caridad recuerden estas palabras de san Vicente a las primeras Hermanas: “Este es, mis queridas Hermanas, uno de los estados más excelentes que conozco. No es posible encontrar ninguno que sea más perfecto”. “No he visto jamás a una Compañía que dé más gloria a Dios que la vuestra. Ha sido constituida para honrar la caridad de Nuestro Señor” 9. Y exhortaba a las Hermanas a amar a la Compañía como a la propia madre

(En una ocasión me correspondió presidir una celebración para acoger a un grupo de postulantes. La madre de una de aquellas jóvenes me dijo al finalizar refiriéndose a su hija: “No saben ustedes, Padre, qué joya y qué regalo doy a las Hijas de la Caridad”. Mi respuesta fue: “Y usted tampoco sabe qué regalo de Dios ha recibido su hija al ser llamada a la Compañía”).

Sí, comprender la vocación como un don de Dios implica vivirlo también con alegría. Jesús llama felices y dichosos a los que le siguen por la senda de las bienaventuranzas. Vino para llenarnos de la misma alegría que El tuvo y para cambiar nuestra tristeza en un gozo que nadie podrá arrebatarnos. La Exhorta­ción Vita Consecrata afirma: “Nuestros contemporáneos quieren ver en las perso­nas consagradas el gozo que proviene de estar con el Señor”. El 30 de septiem­bre de 1997 el Papa Juan Pablo II dijo a los 800 religiosos jóvenes que participaron en el Congreso: “Estáis llamados a vibrar con el mismo celo (de Cristo) por el Reino, a ofrecer como El vuestras energías, vuestro tiempo, vuestra juventud y vuestra existencia por el Padre y vuestros hermanos… Este es el secre­to de la alegría de tantos religiosos y religiosas, alegría desconocida para el mundo y que vosotros tenéis el deber de comunicar a vuestros hermanos y her­manas mediante el testimonio luminoso de vuestra consagración. También Un fuego nuevo añade el adjetivo “gozosa” a la manera de vivir vuestra entrega a Dios. Vivir con gozo la vocación implica no añorar otros posibles caminos, pen­sando que por ellos habríamos sido más felices. Es que, a veces, damos la impresión de estar haciendo nosotros un favor a Dios, en vez de vivir en el agra­decimiento por la vocación y por la perseverancia en ella.

 

b) Una semilla a cultivar

Alguno de los formadores que he tenido me hablaron del don de la vocación sirviéndose de la comparación de un tesoro que se me había confiado y que debía guardar cuidadosamente en un cofre para no perderlo. La comparación me pare­cía un tanto estática. Creo que en el Evangelio hay imágenes más dinámicas. Por ejemplo: un talento que se nos ha confiado y del que se nos pedirá cuenta de cómo lo hemos administrado; o la de la semilla sembrada que requiere riego y cultivo porque está llamada a dar fruto; o la de la higuera para quien el labrador pide un tiempo de cuidados especiales antes de cortarla.

La planta de la vocación requiere colocarla en un clima favorable y cultivarla continuamente. Ese clima favorable se obtendría haciendo realidad el contenido de los tres capítulos de las Constituciones: “Relación a Dios”, “Servicio de Cristo en los pobres” y “Comunidad fraterna” 15. O lo que es lo mismo: un equilibrio, a la vez que autenticidad, en la triple dimensión de vida espiritual, apostólica (ser­vicio corporal y espiritual a los pobres) y comunidad fraterna para la misión. Cuando no se cultivan armónicamente esas tres dimensiones algo se resiente y deteriora en nuestro modo de vivir la vocación. Sin tratar de dar más importancia a una que a otra, creo que una tentación actual en bastantes Hijas de la Caridad es el activismo o celo apostólico desenfrenado, que desgasta física, psicológica y espiritualmente. Será conveniente tenerlo en cuenta para evitar deterioros difíci­les de subsanar después.

 

c) Conectar con la experiencia fundante

En los primeros años de nuestra vocación se dio una experiencia que, con el correr de los años, ha podido desvanecerse o quedar oculta por cenizas que se han acumulado encima.

Aquella experiencia inicial fue de ilusión y generosidad en el camino empren­dido; deseo sincero de vivir la entrega al Señor de los pobres y en una comunidad fraterna; ruptura valiente de los obstáculos que se oponían al ideal descubierto y abrazado… Fue algo así como nuestro pentecostés personal: sentíamos la acción del Espíritu del Señor como fortaleza, como gozo, como celo por la causa del Reino… ¿Qué ha sido de toda aquella experiencia? Pues que está ahí como parte de nuestra vida e historia personal. Está ahí sedimentada en lo más profundo de nosotros mismos, quizá como una caña que aún humea y que necesita un soplo nuevo que la reavive.

“Avivar la opción vocacional, el amor primero” significa conectar de nuevo con lo más válido y auténtico de aquella experiencia de los primeros años sobre la que se cimentó nuestra vocación (experiencia fundante). El hacer memoria de experiencias fuertes y auténticas tiene un poder renovador: “Creí mi fuego apa­gado, revolví las cenizas/y me quemé la mano”. Una vez más habrá que recordar que la Asamblea, al dar nombre a su Documento final, lo hizo pensando en la necesidad de reavivar el fuego del carisma de la Compañía, la respuesta gene­rosa de cada Hija de la Caridad a su vocación, de donde brotará ese “nuevo ardor” que reclama la nueva evangelización.

 

d) “Estaba yo sin fuerzas, pero el Señor me salvó”

Las crisis en la vocación pueden presentársenos y podemos experimentarlas especialmente fuertes en determinados tramos del camino. Es entonces cuando con más intensidad y perseverancia tenemos que acudir al Señor. Como los após­toles en la barca amenazada de hundirse por la tempestad tendremos que orar gritando: “¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo!”‘

Hay salmos que nos pueden ayudar a orar en momentos de dificultad. Bien podemos suponer que cuando el salmista oraba diciendo: “Me falta el ánimo”, “estoy a punto de desfallecer”, “me siento como en una charca fangosa”…, estaba experimentando un peligro inminente, el desánimo, la inseguridad, a la vez que la incapacidad personal para verse libre de la situación. “Señor, ven en mi auxilio, date prisa en socorrerme”.

A veces tendremos que orar de igual manera, porque nos sentimos incapaces de superar las pruebas contando sólo con nuestras fuerzas. Es como si pisásemos en un terreno pantanoso; cuantos más esfuerzos hacemos para salir, más nos hundimos. En situaciones semejantes, solamente otro que esté en tierra firme puede darnos la mano y sacarnos del peligro. La experiencia del salmista después de orar de esa manera fue sentir al Señor como “roca firme donde me pongo a salvo”, “alcázar y escudo que me protege”, “salvador cuando me faltan las fuerzas”, etc.’.

Orar con la insistencia con que oró Jesús al Padre en el huerto de los Olivos ante los sufrimientos inminentes’, o ante la experiencia de abandono en la cruz”. Orar hasta cansar a Dios, como aquél que no deja de golpear la puerta del amigo pidiendo pan hasta que se lo conceda’. El consejo de san Pablo es: “Tened paciencia cuando sufrís; nunca dejéis de orar”‘.

Una oración así está significando que somos conscientes de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad para superarla, a la vez que de una expresión de confianza en la fuerza de lo alto, porque el Señor escucha el grito del pobre y rehace las fuerzas de los débiles que confían en El.

 

e) La ayuda fraterna

En todo momento, pero especialmente en tiempos de turbación, de desánimo o desconcierto, una ayuda importante nos puede venir confiándonos sinceramente a una persona amiga. El encerrarnos en nosotros mismos es renunciar a la ayuda que Dios nos ofrece por medio de los hermanos y hermanas. Compartir nuestras dificultades con otros buscando su ayuda nos libera, a la vez que escuchamos el consejo de quienes, quizá, han pasado por situaciones similares y las han supe­rado.

Es triste escuchar quejas como “nadie me ayudó”. A veces por falta de sen­sibilidad y cercanía de los otros, pero también porque nosotros no pedimos ayuda. Siempre, y más en momentos difíciles, necesitamos la orientación de un director espiritual, de los Superiores, de la Comunidad… Y, por supuesto, de la gracia salvadora que nos viene por el sacramento de la reconciliación, especialmente como culminación y expresión de un proceso de conversión.

 

“Por la intercesión de la Virgen Inmaculada”

La fórmula con que las Hijas de la Caridad emiten o renuevan los votos termina pidiendo al Señor la gracia de la fidelidad por la intercesión de María. Y hacen ese acto el día de la solemnidad de la Anunciación del Señor.

Fue en ese momento cuando María aceptó libremente el plan de Dios sobre ella: ser Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Y lo hizo no desde la total claridad, sino desde la confianza en la Palabra. Y, por supuesto, sin saber de antemano lo que ese “sí” iba a implicar. Por eso, cuando no comprendía algunas situaciones que se le presentaban a lo largo del camino, las reflexionaba en su corazón’. La fidelidad de María al “sí” de la Anunciación se prolonga y se mantiene, incluso hasta en la muerte de su Hijo en la cruz. Allí está ella de pie junto al crucificado, sin desfallecer ante la prueba’.

La Exhortación Vita Consecrata pide a todos los consagrados un amor filial a María “Maestra de seguimiento incondicional y de servicio asiduo”, y como tal, ejemplo de vida. La vida consagrada “está llamada a acoger a María, amándola e imitándola con la radicalidad propia de su vocación y experimentando a su vez una especial ternura materna… Por eso, la relación filial con María es el camino privilegiado para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda eficacísima para avanzar en ella y vivirla en plenitud””.

Y la Exhortación termina con esta invocación: “Virgen de la Visitación, te en­comendamos (a las personas consagradas) para que sepan acudir a las necesi­dades humanas con el fin de socorrerlas, pero sobre todo para que lleven a Jesús… A ti, Madre, que deseas la renovación espiritual y apostólica de tus hijos e hijas, elevamos nuestra súplica: …que cuantos han recibido el don de seguirlo en la vida consagrada, sepan testimoniarlo con una existencia transfigurada, ca­minando gozosamente, junto con todos los hermanos y hermanas, hacia la patria celestial y la luz que no tiene ocaso”.

 

“Reaviva el don que recibiste” (2Tim 1,6)

Insistamos, una vez más, en el significado del acto de la Renovación anual de las Hijas de la Caridad. Lo sintetizan admirablemente las Constituciones: “La renovación anual permite a las Hermanas afianzar su voluntad de responder a la vocación, a la vez que garantiza la estabilidad de su servicio a Cristo en la Compañía: supone un acto libremente hecho e inspirado por el amor. Y la Instrucción sobre los votos acentúa otros aspectos importantes: “Toda la vida de la Hija de la Caridad está sellada por el don total a Dios sin discontinuidad, hasta la muerte. Esto implica un continuo desprendimiento de sí misma. En efecto, al cabo del año,

  • recobra su libertad en cuanto a los votos, pero para sacrificar de nuevo esa libertad,
  • demuestra a Dios que está satisfecha de haberse entregado a El,
  • recibe nuevas fuerzas y nuevas gracias para vivir y perseverar en su vocación.

La espiritualidad de la Renovación requiere por parte de las Hermanas una seria preparación, pues cada año debe marcar una nueva etapa en la intensidad de su don total a Dios para el servicio a los pobres”.

Por lo mismo no debe caber la rutina en este acto anual. Está llamado a ser la expresión de un caminar ascendente ganando en coherencia entre el ideal y la realidad, respuesta continuamente afirmada y sostenida a la vocación en la Com­pañía.

La experiencia os dice que no se dan “fotocopias de vuestra Renovación”, porque la historia personal es distinta cada año. Con la vista orientada hacia la meta, cada año es una ofrenda del camino recorrido y un impulso para hacer el siguiente con ánimo renovado. Sí, una ofrenda de los frutos cosechados y un regar la planta para que mantenga su frescura o la recupere si se hubiese marchitado. La Renovación tiende a hacer más real y verdadero cada año el don total a Dios según el espíritu y el fin de la Compañía.

Frecuentemente encontramos en las Hermanas mayores ejemplos y testigos vivientes de que es posible una fidelidad creciente y gozosa de la vocación. Con toda naturalidad confiesan que “Mil veces que naciese sería Hija de la Caridad”. La juventud del corazón es una realidad en muchas de ellas. Ciertamente son un tesoro para la Compañía.

 

“Una terapia espiritual”

Esta es la expresión que utiliza Vita Consecrata para indicar la misión de la vida consagrada en el mundo y en la Iglesia. La práctica auténtica de los consejos evangélicos es la respuesta de los consagrados a los desafíos que les lanza la cultura actual”. Tal respuesta constituye una “terapia espiritual” para el mundo.

Algo similar quiso indicar la Asamblea cuando expresó la siguiente “convic­ción”: “Cimentar sólidamente los valores de nuestro carisma específico —”la cultura de la Compañía”—, Sólo así seremos sal y levadura en el mundo, testigos y profetas del Evangelio, capaces de responder a los desafíos que nos lanza este mundo en mutación” 34.

No faltan quienes afirman que la vida consagrada no tiene futuro. Si no la vivimos con autenticidad, ciertamente no lo tiene. Sería como la sal que ha perdido su sabor y no sirve sino para tirarla. Lo mismo podríamos afirmar de la Compañía si no encarna con fidelidad dinámica el espíritu y el fin que los Fundadores le legaron. Afortunadamente, “la Renovación de los votos permite a las Hermanas afianzar su voluntad de responder a su vocación”. Con ellos confirman su don total a Dios para servir a Cristo en los pobres. El P. Maloney ha escrito: “Los votos son signos proféticos y parábolas atrayentes si los vivimos verdaderamente a fondo. De lo contrario son un escándalo, una mentira, la historia de uno que da y enseguida retira”37. Vita Consecrata justifica la vida consagrada cuando en ella se da una “sobreabundancia de gratuidad y de amor”‘. Por lo mismo sería una contradicción vivir nuestra vocación sin ilusión y dinamismo, en la rutina, la medio­cridad y el desánimo. Ciertamente que vivida de este modo no tiene futuro, porque no provoca ni cuestiona, no ilumina ni transforma; no será esa “terapia espiritual” para el mundo.

Nos ha tocado vivir en tiempos difíciles. Pero las contradicciones, los valores y contravalores de la cultura actual, algo están pidiendo al mundo y a la Iglesia. Madre Guillemin dirigió a la Compañía estas palabras con motivo de la Renovación de 1967: “Alegrémonos de vivir en una época en la que es más difícil ser una Hija de la Caridad tibia. El mundo no tolera ya la mediocridad de las consagradas. Es una inmensa gracia que Dios nos hace: vernos obligadas a reconsiderar nuestra vida, a descubrir lo que en nosotros podría no ser un buen ejemplo. Es un aguijón que el Señor nos clava. ¡Bendito sea Dios!

 

Conclusión

En las dos conferencias preparatorias de la Renovación de los votos de este año 1998, nos hemos hecho eco de la “convicción” expresada por la Asamblea sobre la necesidad de “avivar la opción vocacional, el amor primero”‘. Herma­nas, el acto de la Renovación les ofrece la oportunidad de hacer realidad esta convicción.

Estamos en el año dedicado al Espíritu Santo. La mejor manera de que este año no transcurra insignificativamente para nosotros será abrirnos a su acción transformante. El puede regar lo que está seco, calentar lo que está tibio, forta­lecer lo que está débil y consolidar y acrecentar todo lo bueno que existe. El fue quien inspiró a los Fundadores el modo de seguir a Cristo en la Compañía. Por eso, en el año de una especial acogida a la acción del Espíritu Santo, y para que no quede en un simple recuerdo, deberíamos sentirnos impulsados a vivir con mayor docilidad y radicalidad el carisma vicenciano que el mismo Espíritu suscitó en la Iglesia.

“Reaviva el don que recibiste”, exhorta Pablo a Timoteo. “Renuévense, Herma­nas, en su primer fervor”, les pide también a ustedes hoy santa Luisa. “¿En qué consiste la renovación que se nos pide?”, se pregunta Madre Guillemin el 1 de enero de 1967. Y ella misma daba la respuesta:

“Consiste, en primer lugar, en encontrar de nuevo la gracia del pri­mer llamamiento, de la que surge impetuosa el agua de vida; esa frescura de sentimientos, esa visión deslumbradora de las cosas sobrenaturales, esa capacidad de buscar a Dios incesantemente, propios de la juventud espiritual y que encontramos a veces tan viva en algunas Hermanas mayores que han conservado el ardor de sus años juveniles. Renovarse es también fortificar nuestra fe en los gran­des principios evangélicos sobre los que hemos cimentado nuestra vida; desprendernos de las sombras que han podido enmascararlos a nuestros ojos, y descubrir las desviaciones que han podido falsear su verdadero sentido. En una palabra: hacer brillar la luz”.

El acto de la Renovación y los días de Ejercicios Espirituales de este año, ¿no serán nuevas oportunidades que les ofrece el Espíritu para “avivar la opción vocacional, el amor primero?” ¿Por qué no?

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