Renovación de los votos (Hijas de la Caridad)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: José Llamet · Año publicación original: 1977 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1977.
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La Renovación de los Votos, el 25 de marzo, es para las Hijas de la Ca­ridad motivo de oración y de reflexión, una revisión de vida.

En nuestros días es más necesaria que nunca esta reflexión espiritual, puesto que los interrogantes, las «contestaciones», las «búsquedas» ocasionan una crisis de identidad y de valores que, por otra parte, es sólo manipulación de la actual quiebra de valores en la sociedad y en la Iglesia.

De nada sirve lamentarse sobre nuestro tiempo, ya que este tiempo es el nuestro, el que nos toca vivir. Más bien debe ser «rescatado» según la ex­presión de San Pablo (Ef. 5,16), es decir, evangelizado.

No se trata de una búsqueda preferentemente intelectual. Sin duda al­guna, las ciencias humanas —la psicología, la sociología, la política— influyen sobre la vida consagrada. Nos hacen más atentos al hombre concreto y nos ayudan a comprender mejor la persona humana y sus necesidades, la vida de grupo con sus conflictos, la relación con el mundo donde tenemos que vivir y actuar. De ahí que condicionen el cómo de la vida consagrada, pero sin que nos digan el porqué, que es la cuestión fundamental. Esta es de dis­tinto género. Si creemos que la vida consagrada es un carisma, un don de Dios a su Iglesia, entonces sólo la comprenderemos estando atentos a la «hora de Dios», esto es, escuchando a Dios con fe y Oración.

El ejemplo de San Vicente es muy ilustrativo. Cuando hablaba a las Hijas de la Caridad las encaminaba siempre a la cuestión fundamental: «Por qué ha querido Dios esta Compañía? ¿Por qué han venido ustedes a ella? Esto no suprimía los problemas del cómo; pero en medio de las dificultades debían tener presente esta finalidad: Es Dios Quien ha querido esta Compañía para servir a los Pobres. En esa respuesta encontraban las Hermanas fuerza y alegría, no para enorgullecerse, sino, por el contrario, para humillarse por ser tan pobres y tan poco numerosas frente al campo de acción que el Señor les deparaba. Su seguridad estaba en Dios.

Y cuando se trataba de una implantación se utilizaban sin duda las cien­cias humanas para estudiar el terreno; no se iba a ciegas o por motivos interesados. El motivo principal era: «¿Será Dios glorificado? En la hora presente ¿dónde debe revelarse a Jesucristo en la hora presente?

Hoy, como ayer, sólo el Espíritu puede conservarnos fieles al   don que Dios nos ha hecho en beneficio de todo el pueblo de Dios.

 

La renovación de los votos se hace en tiempo de Cuaresma; la Cuaresma nos invita a unirnos al sacrificio de Jesús. Nos imaginamos a Jesús seguro de sí. Sin embargo, pasó por la experiencia de la fragilidad humana; experi­mentó la tentación en lo más íntimo. Oyó la voz de Satán, del «adversario», que quería desviarle de su misión, invitándole a utilizar los medios humanos: el poder, el prestigio. Pero el poder del Espíritu que lo llevó al desierto le permitió superar la tentación y escoger el camino hacia el Padre, el camino de la Cruz. Es una parábola de la vida cristiana y de la vida consagrada; en medio de nuestras incertidumbres, dudas y tentaciones, sólo el poder del Espíritu nos ayudará a superar los deseos y proyectos demasiado humanos, para encontrar en Dios nuestro alimento y saciedad: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

La vida consagrada nació y se desarrolló en un ambiente religioso cris­tiano, donde los valores y normas cristianas constituían la trama de la so­ciedad. En ella se reconocía a la vida consagrada un lugar propio.

Hoy día, en un mundo secularizado y pluralista, donde la referencia cris­tiana no es ya normativa para muchos, el cristiano y el religioso debe encon­trar en sí y en el apoyo de su Comunidad, en una fe más profunda y en una mayor intimidad con Dios, los fundamentos de su vida. Deben creer y tener confianza en el valor de su vida.

En nuestra época de búsquedas, de interrogantes, de dudas sobre puntos de fe o sobre los valores de la vida consagrada: el celibato, la obediencia, la vida común, la oración, muchos corren el riesgo de verse, como dice San Pablo, zarandeados como niños por las olas y arrastrados por mil ventoleras doctrinales de la astucia y consumados en las estratagemas del error.

Si vivimos superficialmente, dejándonos llevar por el deseo de «evadirnos», de exterioridades o del activismo, careceremos de sólidos puntos de apoyo e iremos a la deriva.

Por eso, sin duda, como reacción contra este mundo, los valores de si­lencio, soledad, reflexión y oración vuelven a ser actualidad.

 

1. Primeramente su carácter eclesial

La vida consagrada nace en la Iglesia por la voz del Espíritu, bajo diversas formas según el carisma propio; la vida consagrada es para la Iglesia y per­tenece a su vida y a su misión.

Tal vez se ha tenido tendencia a establecer una especie de jerarquía entre los diferentes estados de vida, según la importancia del servicio que prestan a la Iglesia y a los hombres.

La vida consagrada no es un privilegio o un carisma selectivo de mayor perfección, es una misión, un servicio confiado a servidores que se reconocen pobres y débiles.

Y lo mismo que otras formas de vida cristiana es, o debería ser, por su búsqueda de Dios, por su amor a los pobres, por la creación de una comu­nidad, como una célula, como una «micro-realización» de Iglesia. No está aparte en la Iglesia, sino en medio de ella, tratando de simbolizar y de man­tener viva allí la exigencia evangélica. En cierto sentido debería ser, corno se ha dicho, «la conciencia crítica de la Iglesia», siendo signo patente de lo que es la vida según el Evangelio.

Una comunidad que tiene por misión el servir a los pobres, no dispensa a los demás miembros de la Iglesia de la caridad y del servicio, porque cada miembro de un mismo cuerpo está adaptado a las funciones que conciernen a la vida y misión del mismo cuerpo.

Esto no impide que haya personas o comunidades que tengan por misión especial el recordar y manifestar en qué consiste la misión de toda la Iglesia en todos sus miembros.

Sucede lo mismo con la contemplación y el apostolado misionero. Toda la Iglesia es contemplativa y también es misionera en todos sus miembros. Las vocaciones contemplativas y misioneras tienen por misión ser testigos y signos vivientes, estimulantes de lo que es deber de todos.

Según el Vaticano II, la vida consagrada sólo se puede comprender en el marco más dilatado de la vida cristiana. La consagración «se enraiza íntima­mente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud».

Pero no hay que considerar la vocación bautismal como una vocación mí­nima, como si fuera la vocación de quienes no son llamados a ninguna otra. Porque, en ese caso, las demás vocaciones aparecerían como unas superes­tructuras que vinieran a cubrir ese esqueleto.

Lejos de ser un mínimum, la vocación bautismal goza, en el orden de las vocaciones, de una primacía de necesidad y de honor. Efectivamente, no hay nada más grande ni más necesario que participar de la vida de Dios, como hijos del Padre y miembros de Cristo. No hay nada más grande que la dig­nidad bautismal.

Con este motivo, es conveniente destacar ciertos aspectos de la vida con­sagrada.

Por eso no se parangona con ninguna otra vocación; es la Vocación fun­damental, sin la cual, las demás no tendrían ni consistencia ni utilidad. No ocupa un lugar determinado, sino que está en todas partes, sosteniendo a las demás y haciendo precisamente de ellas vocaciones cristianas.

La vocación bautismal se expresa y realiza en las derruís vocaciones.

La vocación bautismal aporta a todas las vocaciones cristianas como un fondo común.

«Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad… Todos están llamados a la santidad y han alcanzado idéntica fe por la justicia de Dios… Existe una auténtica igualdad entre todos los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo» (Lum. Gen. 31,32).

Pero sobre ese fundamento radical de los valores cristianos comunes a todos, cada uno: sacerdote, seglar, religioso, según su carisma y su vocación propia ejerce una misión en la Iglesia y manifiesta los valores espirituales de Cristo.

Todos los cristianos están llamados, por consiguiente, a manifestar las exi­gencias del bautismo; pero la Iglesia camina por un mundo pecador: ¡Qué pocos cristianos son conscientes de su bautismo y lo ratifican con su vida! Y Dios llama a algunos y les confía la misión específica de manifestar y re­cordar ciertos aspectos de la misión de la Iglesia en el mundo.

«En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y per­feccionen en su vida la santificación que recibieron» (Lum. Gen. 40).

La santidad del ser se debe traducir en santidad de vida.

Cuando San Vicente pedía a las Hijas de la Caridad que fueran «buenas cristianas», «Hijas de la Iglesia», quería decir con ello que «su donación a Dios para servir a los pobres estaba en la línea de la consagración bautismal» que les permitía llevar una vida cristiana más plena y más auténtica.

Se ha tenido, sin duda, cierta tendencia a considerar la vida consagrada como si tuviera un lugar aparte en la Iglesia, con leyes propias y un estatus propio, sin hacer hincapié en que, al mismo tiempo, tenía una vocación a la unidad y constituía la Iglesia junto con los demás bautizados.

Así, la vida consagrada se descentra de ella misma; en lugar de contemplar­se a sí misma, contempla a Cristo y a la Iglesia. Su existencia está justificada en y por la Iglesia y en esta misma óptica debe contemplarse y valorarse. La renovación y revisión que se le ha pedido es para hacerla más apta para cum­plir su misión eclesial.

En esto existe una llamada a la apertura, a la colaboración y participación en la vida de la Iglesia, en sus iniciativas y directivas.

 

2. Otro punto que deriva de ese carácter eclesial es la unión íntima entre consagración y misión. Conocemos la expresión de San Vicente: «Entregadas totalmente a Dios para el servicio de los pobres».

Se ha presentado durante mucho tiempo la vida consagrada como huida o separación del mundo. La consagración evocaba una imagen cultural, sa­grada, según la perspectiva del Antiguo Testamento. Un vaso sagrado se sustraía a todo uso profano y se reservaba al culto de Dios. De la misma ma­nera, una vida consagrada estaba, en cierto modo, sustraída al terreno pro­fano para dedicarse sólo a Dios; una vida sustraída a la vida sexual, a las actividades económicas y a la voluntad propia, a fin de dedicarse a Dios en la castidad, la pobreza y la obediencia.

Era preciso, pues, preservarla de toda contaminación profana; se ponía sumo cuidado en cultivar costumbres prudentes contra los peligros del mun­do; de ahí también la gran importancia que se daba al acto de la consagración. Cuando alguien se había consagrado era necesario perseverar. Ahora bien, cuando se trata de una persona libre, lo importante es la fidelidad dinámica. La consagración es una actitud interior que hay que estar manteniendo, re­novando y profundizando continuamente. No se trata de eternizar un mo­mento de la vida, el de los primeros votos. Se trata de tenerlo siempre pre­sente, de actualizarlo constantemente para asegurar el futuro.

«Os habéis dado a Dios», decía San Vicente, pero añadía: «Démonos a Dios…»

Ese es el sentido de la renovación anual.

San Vicente vivió en la época del Renacimiento, en la que el hombre tomó conciencia de su dominio de las cosas y de la historia y empezó a extender su influencia sobre la naturaleza. En ese mundo es donde va a florecer el genio de San Vicente. El amor a Dios no puede permanecer en el interior del alma, debe verterse en la construcción de un mundo más justo y reflejarse en el servicio a los pobres. Así aparece la concepción de una nueva forma de vida consagrada, donde el don total a Dios se convierte en servicio de los hombres.

San Vicente coincide así con el pensamiento de Cristo. Cuando Jesús se consagra a su Padre, pone a su servicio su vida humana, su trabajo, sus afec­tos, sus relaciones, sus creaciones, su muerte. Lo santo no es lo sagrado opuesto a lo profano, es todo lo profano vivido con espíritu filial.

Se trata, pues, de la consagración de todo lo humano al servicio de Dios y de los hombres.

La castidad, la pobreza y la obediencia siguen siendo renunciamientos, no cabe la menor duda, pero son ante todo opciones humanas válidas y signifi­cantes.

El sentido del celibato por el Reino es la elección voluntaria de relaciones humanas, de estilo fraterno; es también una actitud de gratuidad y de res­peto al otro, sin carácter exclusivo ni posesivo.

Es un tipo de afecto que deja al otro su libertad. Es, por ejemplo, el caso de los educadores que dan a los alumnos su corazón, su tiempo, su vida, su inteligencia, pero al mismo tiempo no reclaman nada; no se otorgan ningún derecho y permiten a las jóvenes ser ellas mismas. No cabe duda que puede haber desviaciones en el sentido de un cierto autoritarismo, de un derecho de posesión sobre «nuestros» niños, «nuestros» enfermos, «nuestros» ancianos.

Se corre el riesgo de querer que correspondan a nuestro afecto: iCómo! ¿Después de todo lo que he hecho por ti, ya no tienes confianza conmigo, ni vienes a verme?» Sólo un motivo mueve a elegir esa vida: el amor.

Esa existencia no es una vida vivida sin amor. Eso sería afirmar que, aquí abajo, no existe otra clase de amor más que el amor conyugal. Al contrario, sólo un motivo mueve a elegir esa vida: el amor. Las que no se casan prac­tican una disponibilidad total en el trabajo, en la oración y en el servicio. Su corazón está abierto a muchos, de diferentes maneras. A través de éstos y en éstos, encuentran a Cristo, al Único, al Fiel. Es El quien abre el corazón a lo universal y a la predilección por los más abandonados.

No es tampoco una vida sin cuerpo. El cuerpo está destinado a algo más que a la unión sexual. Existe para poner de manifiesto la bondad, para decir la verdad y para ser punto de partida de otros muchos servicios. El cuerpo se revela fecundo. Más que de renunciar al cuerpo (aunque las mortificacio­nes se impongan) se trata de consagrarlo, con todas sus fuerzas, al Señor: «El cuerpo es para el Señor…» (I Cor. 6,13), aunque esto impone mortifica­ciones…

Igualmente no se renuncia a la feminidad. Los psicólogos hacen la distin­ción entre sexuado y sexual; el celibato no nos exige que renunciemos a esa parte de nuestra vida que nos hace existir como hombre o como mujer. Se realiza la tarea humana como hombre o como mujer; ninguna facultad del cuerpo o del espíritu es superflua.

Así, la consagración no es renunciamiento o mutilación de lo que nos constituye en lo más íntimo; se trata de poner todo lo humano al servicio de Dios y de los hermanos. Y es una opción de libertad, porque el hombre es capaz de sobrepasar las condiciones de su naturaleza, a fin de estar libre y disponible para un amor más universal. El hombre puede orientar su vida de manera tan directa como posible hacia lo que permanecerá siempre: el amor a Dios y a los hombres, el Reino de Dios.

Podemos hacer la misma advertencia respecto a la pobreza. La pobreza no quiere decir que se rompa el vínculo del hombre con los bienes de la tierra, como si éstos fueran malos. Además, esto no es posible. La pobreza es la opción de un estilo de vida donde el trabajo y la actividad humana no tie­nen como fin el provecho propio, la posesión o acumulación de bienes, la promoción personal y el dominio sobre los demás, sino el compartir los bienes.

De esta manera, la vida consagrada no aparece como un mundo aparte, encerrada sobre sí misma; es un modo de vivir el Evangelio con referencia a Jesucristo, cuyas opciones plantean interrogantes a los hombres que buscan la verdad. Esto sitúa la vida consagrada en el corazón mismo de la vocación de la Iglesia, que tiene como misión ser signo de Jesucristo en el mundo de hoy.

Dos expresiones de San Pablo resumen bien el sentido de esta vida: con­sagrase a Dios «buscando complacerle a Él sólo» (I Cor. 7,32), orientando toda la vida hacia Él, con sencillez, rectitud y desprendimiento. Esto no quiere decir que se llegue a conseguirlo automáticamente cuando se hacen los Votos, sino que el trabajo y el proyecto de vida se encamina a llegar, con Cristo, a esa unidad.

Esa adhesión total nos hace libres del todo, a ejemplo de Cristo. Desde luego, la persona consagrada es una persona humana, con una misión terrena y un corazón humano. Pero, al permanecer libre de esos valores reales que son el matrimonio, la posesión, la voluntad propia, etc., pone de relieve que esas realidades no son valores absolutos, y no pueden saciar el corazón del hombre más que si se viven «en el Señor» con un amor que es olvido de sí, en la fe y la esperanza de la Resurrección.

José JAMET,

Director General.

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