Religiosos y Laicos, una misión común en la iglesia y la Sociedad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Benjamín Romo, C.M. · Año publicación original: 2002.
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I. La Misión Común de la Iglesia

Para esta primera parte me serviré significativamente de dos artículos del P. Robert Maloney, Superior General de la CM. “El Rol de los laicos en nuestra Familia Vicentina” y “El Perfil del laico Vicenciano en el Siglo XXI. Inéditos.

1. Una palabra sobre los laicos en el Nuevo Testamento

Para nosotros hoy, que vivimos en una Iglesia bastante jerárquica, nos es difícil valorar la importancia del papel de los laicos en la Iglesia en sus inicios, especialmente el papel de las mujeres laicas. Una lectura del Nuevo Testamento desde esta óptica nos llevará a descubrir que existieron muchos hombres y mujeres laicos profundamente comprometidos con el anuncio de Jesucristo y su mensaje de salvación para la humanidad.

Un breve recorrido por el Nuevo Testamento nos lleva a recordar a varias personas que al encontrarse con Jesucristo se convierten en colaboradores y continuadores de su misión. Al leer el evangelio de Juan nos damos cuenta que no fue ni Pedro ni Juan, ni otro apóstol, sino la misma María Magdalena la primera quien va a anunciar a los mismos apóstoles: “He visto al Señor” (Jn 20, 18).

El Nuevo Testamento menciona a otros muchos laicos, hombres y mujeres,  que se unieron para una misión en común: anunciar a Jesucristo y su proyecto del Reino. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles (9,36) nos encontramos con Tabitá, quien “repartía muchas limosnas y hacía obras de caridad” Se habla también de María, la madre de Juan Marcos, cuya casa se usó en Jerusalén como lugar de encuentro para la oración (Hech12,12). Los mismos Hechos de los Apóstoles nos hablan de Lidia, la mujer comerciante de púrpura de la ciudad de Teatira (Hechos 16, 14), fue en su casa donde Pablo y Silas se reunían con los cristianos de esa ciudad. Existió también Febe, a quien Pablo describe como diaconisa y a quien alaba por haber sido de tan gran ayuda para muchos, incluyéndose él mismo (Rom 16,1-3).

Una lectura del Nuevo Testamento desde la óptica del laicado en la vida de la Iglesia nos llevará a descubrir la presencia activa que ellos tuvieron. Quizás la prueba más llamativa de todo el Nuevo Testamento sea una afirmación que hace Pablo de Prisca y Aquila. Pablo dice que todas las comunidades de gentiles estaban en deuda con este matrimonio[note]Rom 16, 4[/note]. Será difícil encontrar mayor alabanza que esta. Pablo y Lucas consideraban a este matrimonio como excepcionales misioneros. Aparecen en la carta a los Romanos (16, 3), en la primera carta a los Corintios (16, 9), en el capítulo 18 de los Hechos (18, 2; 18, 26) y al final de la segunda carta a Timoteo (4, 19) y fueron, con Pablo, los fundadores de la Iglesia en Efeso.  Priscila a quien Pablo llama Prisca es mencionada en dos ocasiones por delante de su marido. Esto parece ser un indicio de que ejerció un papel más importante que el de él en la actividad misionera de la Iglesia primitiva. Si hablamos de colaboración creo que teniendo como telón de fondo estas hechos será fácil descubrirla: Todos sintiéndose Iglesia, desde su propia condición (casados, solteros, jóvenes “presbíteros”), todos transformados por Jesús y comprometidos con sencillez en el anuncio de la salvación que es Jesús mismo. Todos unidos en una Misión común.

Durante veinte siglos de historia el papel de los laicos ha tenido muchas luces y también sus sombras. La Jerarquía de la Iglesia, sobre todo en el último milenio, ha jugado el papel de protagonista en el quehacer y misión de la Iglesia, no sin detrimento del papel del laico y su colaboración en la obra de la redención. Sin embargo no podemos negar que ha habido muchos hombres y mujeres laicos que han tenido una influencia muy importante en muchos de los grandes movimientos espirituales de la Iglesia. En los siglos tercero y cuarto, la mayoría de los padres y madres del desierto fueron laicos. En la tradición mística de los siglos XII y XIII, muchas mujeres laicas, como Juliana de Norwich, jugaron un papel fundamental. En Francia en el siglo XVII, una época de santos como Francisco de Sales, Vicente de Paúl, Madame Acarie, madre de seis hijos, fue una de las personas más buscadas como guía espiritual de aquella época. Podríamos hablar de muchos otros hombres y mujeres que a lo largo de la historia son ejemplo de entrega comprometida.

2. Cinco convicciones que fundamentan la colaboración entre laicos y religiosos

La acción del Espíritu Santo ha llevado a la Iglesia a emprender nuevos caminos para vivir el proyecto de Jesucristo en medio del mundo. Los laicos y las comunidades religiosas sintiéndose Iglesia toman cada día una mayor de la misión y de la colaboración. Y así, ponen en común, la propia riqueza que se convierte en fuerza transformadora en medio del mundo.

Permítanme compartir con ustedes cinco convicciones que entre otras muchas fundamentan esta colaboración:

Primera: La Misión no es una actividad de la Iglesia, es la esencia de ella. Si el Reino de Dios es la realidad fundamental en la predicación de Jesús, entonces “misión” es el imperativo dirigido por Jesús a sus discípulos: ¡Vayan! ¡Vayan y anuncien el Reino![note]Cfr Mc 1,15; Mt 28, 19-20[/note] Su misión, por tanto, es predicar el Reino. En la Iglesia todos sus miembros son misioneros. Ya en 1975, Evangelii Nuntiandi, hablaba diciendo que: “Quien lee en el Nuevo Testamento los orígenes de la Iglesia y sigue paso a paso su historia, quien la ve vivir y actuar, se da cuenta de que ella está vinculada a la evangelización de la manera más íntima[note]Evangelii Nuntiandi, 15.[/note]. Entonces, es toda la Iglesia que recibe la misión de evangelizar y el trabajo de cada uno es importante para el crecimiento de todos. Religiosos y laicos por tanto comparten en la Iglesia la tarea de ser misioneros en medio del mundo y desde el propio carisma anuncian a Jesucristo haciendo efectivo el evangelio. Podemos decir por tanto que no hay varias “misiones”, hay solo una Misión compartida, y es la de anunciar a Jesucristo.

Segunda. Los laicos insertan su misión en el mundo. Inspirados en documentos como Evangelii Nuntiandi y Christifideles Laici (1988), los laicos, hombres y mujeres ejercen una amplia y variada gama de ministerios en la Iglesia. Ellos se desempeñan como cabeza de las comunidades locales, como catequistas, como maestros, como animadores de oración, como servidores de la Palabra, como ministros de los enfermos en casas y hospitales, como servidores de los pobres. Ellos juegan un papel importante en las acciones por la paz y la justicia entre las naciones. Los laicos son llamados por vocación a evangelizar el mundo de la cultura, de la política, de la economía, de las ciencias, de las artes, de la vida internacional y de los medios de comunicación. Hoy vemos a los laicos con mucha frecuencia creando páginas webs en Internet, elaborando sólidos proyectos para la promoción del hombre, su cultura, su desarrollo. Cada vez son más los laicos que motivados e inspirados en el carisma de un instituto comparten la propia riqueza para hacer más eficaz su labor en el mundo.

Compartir el carisma de la propia comunidad religiosa con los laicos es llevar el evangelio a través de ellos a muchos rincones de nuestro mundo, lugares a los que aún la vida religiosa como tal no ha sido capaz de penetrar.

Tercera: La Misión es el camino hacia la santidad. La santidad es la vocación universal de todos los bautizados en Cristo. La llamada al seguimiento de Jesucristo es válida para todos los fieles incorporados a la vida y misión de Jesús. El camino de la Misión es el camino de la santidad. “Esta llamada a la santidad no es una exhortación moral sino una insuprimible exigencia del ministerio de la Iglesia”.[note]Christifideles Laici, 16.[/note] La santidad es la perfección en la caridad, y la caridad es la tarea fundamental de la Iglesia desde la cual construye el reino de Dios. Los cristianos son llamados a crear la cultura de la solidaridad, expresión del amor y desde ella establecer la civilización del amor abarcando todo los hombres y todas las esferas de la humanidad. Compartir la misma vocación a la santidad, pone en circunstancias de igualdad que permiten compartir entre religiosos y laicos el camino de seguimiento a Jesús para trabajar juntos en la edificación del Reino.

Cuarta: La familia y los jóvenes son llamados a desempeñar un papel especial en la común misión de la Iglesia. Si pensamos en las familias es importante recordar el bello nombre usado por el Vaticano II y repetido por Evangelii Nuntiandi describiéndola como la “Iglesia doméstica”.[note]Lumen Gentium 11; Apostolicam Actuositatem, 11.[/note] La familia, como Iglesia, es un lugar donde el evangelio se trasmite, especialmente a los pequeños, y a través de ellos viene irradiado a otros, particularmente a través del testimonio de unidad y de amor. Por otra parte tanto en el Nuevo Testamento como otros documentos de la Iglesia hacen especial mención de los jóvenes. Timoteo y Tito, dos de los grandes misioneros de la primera Iglesia, eran jóvenes. En efecto, Pablo debe advertir a Timoteo: “Que nadie te menosprecie por tu juventud”.[note]1 Tim 4, 12.[/note] Hoy el 64 % de la población mundial tiene menos de 25 años y este dato nos revela el potencial evangelizador que existe en la juventud. Compartir el carisma del propio instituto con las familias y los jóvenes es una urgencia crucial de nuestro tiempo.

Quinta: En este momento que iniciamos el siglo XXI, el Espíritu del Señor está abriendo nuevos caminos para la actividad misionera de los laicos. Por otra parte, el documento Vita Consecrata constata cómo las comunidades religiosas hoy viven su carisma compartiéndolo con los laicos.

Y las razones por las cuales se comparte el propio carisma no son la falta de vocaciones a la vida sacerdotal o religiosa, tampoco son de tipo sociológico. La razón es más bien eclesial, ya que la Iglesia es una comunidad caracterizada por la comunión y la participación. Hablando de esta realidad podemos evocar una ilustradora cita del Papa que dice:“La novedad de estos años es sobre todo la petición por parte de algunos laicos de participar en los ideales carismáticos de los Institutos. Han nacido iniciativas interesantes y nuevas formas institucionales de asociación a los Institutos. Estamos asistiendo a un auténtico florecer de antiguas instituciones, como son las Órdenes seculares u Órdenes Terceras, y al nacimiento de nuevas asociaciones laicales y movimientos en torno a las Familias religiosas y a los Institutos seculares. Si, a veces también en el pasado reciente, la colaboración venía en términos de suplencia por la carencia de personas consagradas necesarias para el desarrollo de las actividades, ahora nace por la exigencia de compartir las responsabilidades no sólo en la gestión de las obras del Instituto, sino sobre todo en la aspiración de vivir aspectos y momentos específicos de la espiritualidad y de la misión del Instituto[note]Caminar en Cristo, 31[/note]. Uno de los frutos de la Iglesia “Comunión” es la colaboración y el intercambio de dones, para participar más eficazmente en la misión de la Iglesia. El carisma del instituto se manifiesta de dos maneras: viviéndolo y compartiéndolo con otros.

II. Una experiencia de colaboración: La Familia Vicentina

Hablando de laicos y religiosos en una misión común, me permito presentar algunas características del camino que ha recorrido el carisma de san Vicente de Paúl en los últimos años y al servicio de los pobres en la Iglesia.

El carisma vicentino nace con Vicente de Paúl a principios del siglo XVII, y rápidamente lo compartirá con los laicos de su época. Desde la óptica de la colaboración descubrimos en él al santo que:

  • Creyó en la fuerza de los laicos.
  • Creó espacios para que los laicos vivieran su fe en medio del mundo.
  • Compartió con los laicos la visión de Jesucristo y del pobre.
  • Compartió su estilo evangélico de vida con toda clase de laicos.
  • Mantuvo una actitud de escucha a los laicos, a los pobres; y de ellos aprendió a dejarse transformar por Dios.

1. Las diferentes ramas

Les hablo, de algunas de las Asociaciones que fundadas por san Vicente o nacidas al interior de la Familia Vicentina, y que manteniendo su propia identidad, comparten una espiritualidad y una misión común.

San Vicente de Paúl creyó en la fuerza de los laicos y del papel evangelizador y transformador de las mujeres en la Iglesia y sociedad. Desde esta convicción y atento a las necesidades de pobres, funda en Francia en el año 1617 Las Caridades, hoyse llaman Asociación Internacional de Caridades AIC. Estos grupos constituidos fundamentalmente por mujeres, presentes en 52 países con un total de 250 mil miembros, trabajan  desde proyectos de promoción a los pobres, desde “frentes” de denuncia y desde acciones de presión contra las estructuras de injusticias.

Buscando la evangelización de los pobres y la renovación del clero, Vicente de Paúl funda La Congregación de la Misión o Misioneros Vicentinos (CM). Presentes en 80 países y con alrededor de 4000 misioneros que colaboran con los laicos en la promoción integral de las personas y de las comunidades.

En el año de 1633 Vicente de Paúl juntamente con Luisa de Marillac fundan La Compañía de las Hijas de la Caridad (HC). Hoy presentes en 90 países y con alrededor de 23,500 miembros que colaborando con los laicos, especialmente las asociaciones vicentinas se hacen presentes en los países más azotados por la pobrezas y las guerras llegando a los más pobres entre los pobres.

Inspirado en el carisma de Vicente de Paúl, el joven Federico Ozanam y sus compañeros de Universidad fundan en París en 1833 La Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP). Su finalidad es: Ayudar a nuestro prójimo, a los que sufren, a los abandonados como lo hacía Jesucristo y según la tradición vicentina.[note]Cfr. Mt 25, 31-48[/note] Esta fundación fue una excelente forma de actualizar el carisma vicentino a las necesidades de un momento histórico concreto. Esta Asociación está presente en 133 países y cuenta con alrededor de 650 mil miembros.

A partir de las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa a Santa Catalina Labouré en un día como hoy del año de 1830, nace la Asociación de Juventud Mariana Vicenciana (JMV). Su finalidad es la formación de sus miembros para la vivencia de una fe sólida en el seguimiento de Jesucristo, evangelizador de los pobres. Viviendo su vocación misionera y desde el estilo vicentino participan en la promoción de los pobres y en la evangelización de las comunidades más alejadas. Trabajan en estrecha colaboración con otros grupos de la misma Familia Vicentina. Están presentes en 62 países y cuentan con 72 mil miembros.

También a partir de las apariciones de la Virgen a Catalina Labouré nace la Asociación de la Medalla Milagrosa (AMM). Parte también de la Familia Vicentina, y está presente en 30 países. Dedican su actividad en la Iglesia a la evangelización y promoción de las familias pobres de la propia comunidad llegando a los sectores más alejados. Esta Asociación cuenta con alrededor de un millón de miembros registrados.

Los Misioneros Seglares Vicencianos (MISEVI):Esta es una asociación vicentina que nace en 1999 y cuya finalidad es: vivir con fuerza la dimensión misionera del carisma vicentino. Por ello después de una formación sólida en su vida humana y cristiana, y habiendo recibido una capacitación técnica o profesional salen a la misión “ad gentes” para gastar parte de su vida (de dos y hasta 10 años) en la promoción de los pobres. Sus proyectos están siempre en colaboración con las obras de las Hijas de la Caridad o de los mismos misioneros vicentinos fundamentalmente. La Asociación tiene misiones permanentes laicales en Mozambique, Bolivia, Honduras y España.

Hay otras muchas asociaciones e institutos que beben de este pozo común que es el carisma vicentino[note]Un estudio reciente habla de 267 comunidades aparecidas a lo largo de la historia después de san Vicente, y de las cuales 167 están presentes hoy en el mundo.CfrBetty Ann McNeil, D.C. “The Vincentian Family Tree”, Vincentian Studies Institute, 1996.[/note], como por ejemplo los Religiosos de san Vicente de Paúl que están presentes entre nosotros, pero para la finalidad de esta intervención quisiera centrarme principalmente en la colaboración entre los grupos arriba mencionados.

Todas estas asociaciones o institutos comparten un mismo carisma porque:

  • Reconocen a San Vicente como fundador o inspirador.
  • Tienen una misma misión: el servicio evangelizador de los pobres.
  • Tienen, de alguna manera, un mismo estilo concreto de servir al pobre.
  • Todas comparten una espiritualidad común, de encarnación: Cristo, encarnado en el pobre. Comparten un carácter secular.

2. Algunos elementos de su estructura jurídica

Todas las asociaciones antes mencionadas son reconocidas por la Santa Sede. AIC tiene su Asistente eclesiástico nombrado por la Iglesia, lo mismo sucederá con la Sociedad de San Vicente de Paúl. Curiosamente la Juventud Mariana Vicentina, la Asociación de la Medalla Milagrosa y Misioneros Seglares Vicentinos tiene por disposición de la misma Santa sede al Superior General de la Congregación de la Misión como su Director General. Todas estas asociaciones tienen un presidente laico elegido por ellos mismos. Entre todas ellas, las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl y la Congregación de la Misión se da una relación de familia y una interacción sólida y respetuosa. Se han unido fuerzas para buscar caminos de formación y así, emprender proyectos comunes de servicio y evangelización a los pobres.

3. Experiencias de colaboración

Los laicos y consagrados vicentinos presentes en 135 países del mundo motivados por el carisma, las llamadas de la Iglesia y del mundo hoy, han emprendido algunos proyectos comunes. Estos son algunos de ellos:

Se han elaborado programas para la formación en común. Animados por las palabras del Papa que nos ha dicho: Queridos hijos e hijas de San Vicente: hoy más que nunca, buscad con audacia, humildad y competencia, las causas de la pobreza y estimulad soluciones a corto y largo plazo,  soluciones efectivas, flexibles y concretas.  Al hacerlo, cooperarán a la credibilidad del Evangelio y de la Iglesia.[note]Juan Pablo II a la Asamblea General de la CM , 1986[/note] A partir de esta invitación, muchos son los programas que cada país ha puesto en marcha para la formación permanente de laicos, Hijas de la Caridad y Congregación de la Misión. Diversos proyectos de formación en común especialmente centrados en la espiritualidad vicentina y doctrina social de la Iglesia se han venido realizando.

Un proyecto de servicio directo a los pobres es el llamado“Globalización de la Caridad: Lucha contra el hambre”. Los responsables de las principales ramas de la Familia Vicentina, durante su reunión anual del 2001, en el amanecer del nuevo milenio, eligieron el hambre como su enfoque común para los siguientes dos años, proponiéndose canalizar las energías de las diversas asociaciones para combatir este flagelo. Dos tipos de acciones se realizan: proporcionar alimentos de inmediato y luchar con proyectos contra sus causas como es la educación, la sensibilización, la participación solidaria de la comunidad civil, trabajo en común con los poderes públicos.

Cada año se realiza el Encuentro de Responsables Internacionales de la Familia Vicentina. Ocho son las ramas de la Familia Vicentina que se reúnen para compartir experiencias y proyectos de servicio a los pobres. También se tienen momentos de reflexión y formación, de oración y puesta en marcha de proyectos en común.

También se lleva a cabo un Encuentro nacional anual de las distintas ramas de Familia Vicentina. Con motivo de la celebración de san Vicente, anualmente se realiza un encuentro de las distintas asociaciones y grupos vicentinos en cada país. Es una oportunidad para orar, convivir, y formarse juntos en el espíritu propio y así dar respuestas más eficaces a las pobrezas de su entorno.

En muchos países existe una Comisión Coordinadora que organiza en común programas de formación, proyectos apostólicos y momentos de oración en los que participan las distintas ramas de la Familia.

Además se está preparando un libro sobre la espiritualidad vicentina laical. Este material de formación se elabora con la finalidad de ofrecer una espiritualidad vicentina más encarnada en la realidad de hoy y desde la experiencia de los mismos laicos.

Por último menciono la Oración en común de la Familia Vicentina. Con la colaboración de los responsables internacionales se ha elaborado y difundido en todos los países una oración común. Ésta, nos une en un mismo espíritu y nos impulsa a la acción evangelizadora de los pobres. Además algunas de las ramas han elaborado, o están elaborando su propio “libro de oraciones vicencianas”.

III. Algunos desafíos que plantea la acción en común: religiosos – laicos en la misión

1. Compartir el propio carisma con los laicos.

Este es un primer desafío que la vida religiosa hoy tiene, compartir el carisma para crecer y renovarse. “No pocos institutos han llegado a la convicción de que sus carismas pueden ser compartidos con los laicos”.[note]Vita Consecrata, 54.[/note] Es un hecho que ya se da y que beneficia sea a los consagrados que a los laicos. Por un lado, las personas consagradas irradian su espiritualidad propia; por otra parte reciben de los laicos una visión nueva del propio carisma que favorece la apertura de nuevos proyectos que responden más eficazmente a las realidades del hombre hoy. “Todo el mundo espiritual religioso, a menudo enclaustrado en pequeños problemas, irrumpe ante los graves problemas del pueblo y la  naturalidad con la que éste soporta hambre, frío, estrechez, incomodidades y la inseguridad de toda su vida…Es un hecho que la vida religiosa que se va adentrando en ese mundo…empieza a redescubrir los orígenes carismáticos de su consagración…La vida religiosa ha descubierto vivencialmente que el pobre constituye una mediación privilegiada para el encuentro con Dios”.[note]V. Codina-M.Zevallos, Vida religiosa: Historia y teología, ed. Paulinas, Madrid, 1987, p. 188.[/note]

La colaboración es fuente de renovación al interior de las comunidades religiosas, ya que los laicos han venido a descubrir lo esencial de la vida y del carisma mismo. Compartir el carisma es compartir el don recibido para que otros, los laicos, vivan su fe, comprometidos por la causa de la justicia y de la paz en el mundo. ¿Qué acciones podemos emprender desde las Institutos, comunidades provinciales y locales, para compartir el carisma y vivir más eficazmente la Misión común?

2. Vivir el propio carisma con espíritu de colaboradores

Desde una Eclesiología de comunión y participación se desprende una actitud de corresponsabilidad en la acción común por construir el Reino. Colaborar en la realización del proyecto de Jesús significa ser lo suficientemente humildes para saber retirarse y permitir al laico que ocupe puestos de vanguardia en aquellos campos que son los suyos, en la Iglesia y en el mundo. Significa cambiar actitudes obsoletas y autosuficientes ante el laicado, rompiendo con una mentalidad clericalista y elitista. Significa también asumir posturas de escucha, diálogo y discernimiento en conjunto. Colaborar es vivir en una actitud de apertura para dar y darse, y al mismo tiempo, recibir y dejarse transformar. Muchos santos y muchos de nuestros mismos fundadores vivieron una profunda transformación en su espiritualidad y carisma desde la interpelación de Dios desde el encuentro con los laicos y los acontecimientos. Desde nuestras comunidades, ¿cómo se vive la colaboración? ¿Cuál es la mentalidad predominante?

3. Asumir juntos religiosos y laicos el reto de la formación

La formación es alma y motor de la Misión y del compromiso por construir el Reino. La falta de formación es uno de los mayores obstáculos para la participación de los laicos en la Misión de la Iglesia. La colaboración entre religiosos y laicos comienza por una formación. Nuestra misión hoy, me parece, se centra en gran parte en la formación de los ministros laicos. La formación integral para que sea al servicio de la Misión de la Iglesia, parte de la realidad y a ella regresa para transformarla. La Palabra de Dios, la historia presente, los acontecimientos del mundo, la reflexión sobre el propio carisma y situación de los pobres, son los lugares teológicos para la formación. Esta formación se asume como un reto fundamental para el futuro de las comunidades religiosas y de la misión del laico en la Iglesia. La formación de los laicos y consagrados debe ser objeto de una atención permanente. ¿Qué espacios permitimos a los laicos para nuestra formación? ¿Qué proyectos de formación en común tenemos con los laicos?.

4. Impulsar juntos una espiritualidad laical

El seguimiento de Jesucristo de los primeros cristianos era  una práctica que se mezclaba con la vida diaria, la iluminaba y la transformaba. El compromiso misionero partía de la vida y tocaba la vida misma transformándola. Una interacción equilibrada entre la oración y la acción es de suma importancia para ir abriendo camino a una espiritualidad laical saludable, encarnada en la propia historia del hombre y de la humanidad. El “ora” de la contemplación necesita ser conjugado armoniosamente con el “labora” de la acción, de esta manera la espiritualidad unirá todas las expresiones de la vida humana en una experiencia de fe. Retomar el camino de la santidad hoy nos sumerge en una profunda comunión con Dios, y en un compromiso transformador del mundo. Religiosos y laicos necesitamos crear una espiritualidad centrada en Cristo y su evangelio. Se trata también de hacer de nuestras comunidades “escuelas de oración” para los laicos[note]Cfr Nuevo Millennio Ineunte, no. 33[/note].

5. Caminar juntos con espiritualidad misionera

La Iglesia es por naturaleza misionera. La misión es su esencia y la razón de ser. Existe para evangelizar y servir. El Concilio Vaticano II ha subrayado que toda la Iglesia es misionera, y por tanto, todo bautizado debe sentirse llamado a dar su propio aporte al anuncio del evangelio. Para la vida religiosa por tanto la dimensión misionera no es facultativa, sino algo esencial. No pocos laicos hoy son llamados por Dios a vivir la misión ad gentes, reto nuestro es llegar a crear también las condiciones y estructuras necesarias para que vivan su vocación como misioneros. En un mundo globalizado como el nuestro se impone una disponibilidad para ir ahí donde nuestro carisma es necesario y para ello nosotros mismos necesitamos una mentalidad misionera, porque solo quien es misionero hace a otros partícipes de la misión. Descubrir los espacios misioneros de nuestro  carisma para compartirlos con los laicos es nuestro reto. Acompañarlos en la misión es también parte de la tarea de las comunidades religiosas. ¿Cómo vivimos y contagiamos la dimensión misionera desde nuestro propio carisma?

6. Estar con los más pobres.

A los laicos no podemos dejarles en la ambigüedad de la fe y en un tibio compromiso de frente al mundo, se impone la coherencia de vida y la radicalidad evangélica. El testimonio de vida de nuestras comunidades debe manifestar con claridad el “dónde estamos”, y “con quién estamos”. El bautismo es para los cristianos la motivación más profunda que lleva a hacer de nuestro compromiso con Jesús una opción preferencial por los  más pobres y excluidos de la sociedad. El desafío para la vida religiosa sigue siendo el de mantener una presencia real y efectiva ante las nuevas y las viejas pobrezas que siguen azotando el mundo y siendo causa de escándalo para la humanidad. La guerra, el hambre, la exclusión social, la enfermedad, la violencia, y otras muchas realidades de este estilo, siguen reclamando una presencia comprometida de los seguidores de Jesús. En la Iglesia hay un despertar del laicado que busca la radicalidad en el compromiso de su fe y que espera de la vida religiosa con actitudes más coherentes con el evangelio y con el propio carisma. Los laicos buscan comunidades religiosas  abiertas, acogedoras y que desde un estilo de sencillez y cercanía les muestren el camino para el encuentro con los pobres.

7. Crear “nuevos espacios” para la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo.

Uno de los mayores desafíos que la Iglesia tiene y la vida religiosa dentro de ella, es el de crear nuevos espacios para vivir la fe. La vida religiosa puede crear desde el propio carisma nuevos espacios para que los laicos compartan la vida, el carisma y el apostolado propio de las comunidades, especialmente la oración y el servicio a los pobres. En este campo se han llevado a cabo grandes adelantos desde el Vaticano II, pero aún queda mucho por hacer. Una mayor participación de los laicos en la Iglesia significa reformular el rol de la Jerarquía, y por decir así, “reubicar” el clero. Los documentos oficiales de la Iglesia subrayan la actividad secular de los laicos, pero no los limitan a ese campo. ¿En veinte siglos de historia cuánto hemos avanzado en este camino de la participación y de la corresponsabilidad que ya se daba en las primeras comunidades donde Priscila y Aquila tuvieron un papel de primera importancia?  Los mismos documentos mencionan también la posibilidad de la participación de los laicos en la Iglesia como ministros, desde nuestras comunidades, ¿qué se ha hecho en la práctica?. El documento Vita Consecrata nos impulsa a ir más allá: “Es por tanto, urgente dar algunos pasos concretos, comenzando por abrir a las mujeres a espacios de participación en diversos sectores y a todos los niveles, incluyendo los procesos de elaboración de decisiones, especialmente en aquello que les incumbe”[note]Vita Consecrata no. 58[/note]. ¿Qué pasos se deberían dar a nivel de nuestras comunidades religiosas para buscar una presencia femenina más significativa en la Iglesia y el mundo?.

Conclusión

La colaboración será profundamente eclesial en la medida en que exista una profunda convicción en la Iglesia sobre la llamada universal a la santidad, sobre la llamada universal a la Misión y sobre la llamada universal a crear una civilización del amor. Por otra parte la colaboración se realizará más eficazmente en la medida que exista claridad, encarnación e inculturación del carisma de los mismos institutos. En definitiva, la colaboración brotará de la credibilidad en el laicado y de la convicción de que ellos tienen hoy un papel cada vez más importante en la Iglesia.

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