Relación de lo ocurrido a las Hermanas durante el bloqueo de La Habana en 1898

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1898 · Source: Anales españoles, 1898.
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SENCILLA RELACIÓN DE LO OCURRIDO a LAS HERMANAS DURANTE EL BLOQUEO DE LA CIUDAD DE LA HABANA, 1898

El día 22 de Abril se presentó la escuadra americana, que ya había anunciado su llegada, intimando a las tropas que desocuparan la plaza, o de lo contrario bombardearía la ciudad.

Desde ese momento todo cambió de aspecto, pues hasta entonces no se temía verdaderamente. La detonación de los tres cañonazos como señal del principio de la guerra puso en movimiento, no sólo a las tropas, que momentáneamente ocuparon sus respectivos puestos, sino a todas las familias, que trataron de resguardarse lo mejor que les era posible. Este Colegio quedó sin niñas al cabo de dos horas; y pre­viendo que pudiese ocurrir algún accidente desagradable durante la noche, con nuestro respetable Padre Director dispusimos trasladar las Hermanas ancianas y enfermas al Hospital de San Francisco de Paula y a la Casa de Benefi­cencia, situada entonces en el centro de la Habana. Esto era a las siete de la noche.

Nos retiramos, como de costumbre, bien encomendadas a la Virgen Santísima, pues de nuestros labios no se oían otras frases más que de una entera confianza en esa Madre Milagrosa, estando persuadidas de que haría milagros en nuestro favor, si era necesario.

Todas las puertas y ventanas tenían clavada la santa Me­dalla, y ni la terraza quedó sin ellas, sintiéndonos ya pre­servadas por la protección de María.

A las once de la noche los disparos de los cañones nos llenaron de alarma y nos hicieron volver a nuestra Capilla para implorar la protección del Cielo, presidiendo estas oraciones nuestro Padre Güell, que se había quedado en esta Casa.

Viendo que el fuego no continuaba, nos volvimos otra vez, y a las cuatro, como de costumbre, nos levantamos. Ya nos esperaba el Padre Güell para confesarnos y prepararnos a morir de la manera que Dios fuese servido, ya también para obedecer prontamente a dejar la Casa en el momento en que la obediencia lo indicara, pues le aseguro a Ud. que no era poco el sacrificio de abandonarla.

Nos concedió para ese día una Comunión, que por cierto todas recibirían por Viático, esperando ver quizá a nues­tro buen Jesús bien pronto. Pero como era necesario el consumir y el copón estaba lleno de las Sagradas Formas, como quien ganaba jubileo íbamos y veníamos a la ba­randilla, comulgando algunas hasta cuatro veces y reci­biendo tantas Formas, que apenas nos cabían en la boca. Esto, que para aquel momento era de una suma alegría, daba por resultado el dejarnos sin Jesús Sacramentado, nuestro mayor consuelo, y nuestros ojos fueron el intérpre­te más fiel de la amargura que inundaba nuestros corazones.

Lo restante de la mañana se pasó sin novedad, aunque no cesando las noticias de todas especies. El parecer gene­ral era que no debíamos permanecer en esta Casa, por es­tar frente de una fortaleza, y así a la una de la tarde se mandaron seis Hermanas a las escuelas de la Purísima, con idea de que se emplearan en el hospital militar inmediato en caso de necesidad. Tal vez haya quien se extrañe de que aquí se tomaran esas precauciones habiendo dos esta­blecimientos en las mismas condiciones de éste; pero como aquéllos tienen sus administraciones, y, por lo tanto, sus pobres no podían moverse sino bajo sus órdenes, y esta Casa, como Ud. sabe, no está bajo esas condiciones, no quedaron aquí más que seis Hermanas, incluso su servi­dora, ocupándonos inmediatamente de recoger todo lo que se podía: todos los libros de la Comunidad, papeles inte­resantes, ornamentos de la Capilla, los vasos sagrados y otras cosas a este tenor, llevó el Sr. Güell a su casa de la Merced, dándonos muestras de un cariño todo paternal y de un sincero afecto. La ropa fue colocada en baúles y en­viada a otras casas, y lo que no era posible sacar se colocó en la parte más retirada. Ya puede Ud. imaginar lo que esto ha costado; más parecía un cementerio que habitación de Hermanas.

Estos arreglos obedecían a que se fijaba el veinticinco para el bombardeo de la Habana, y, efectivamente, creímos llegado el momento de salir de casa; pues eran tales las seguridades que se daban, y añadiéndose unos cuantos ca­ñonazos, que nos disponíamos a marchar; mas afortunada­mente nos ocurrió la idea de subir la terraza y ver si el peligro era real, y gracias a Dios sólo se distinguían, como siempre, los buques que bloqueaban nuestro puerto, por lo cual determinamos quedarnos. Ya estábamos bien tranqui­las, cuando a las once de la mañana la Superiora del Hospi­tal Militar de Beneficencia vino a avisarnos haber recibido la orden de la evacuación de enfermos, porque iba a empezar el bombardeo. Efectivamente, en dos horas quedó desalo­jado, juntamente con el Militar de Alfonso XIII, quedando solas las Hermanas, pues ellas no fueron incluidas en el tras­lado. Después de mucho esperar, aquí se recogieron las del Hospital de Beneficencia, permaneciendo las del otro Hos­pital en la casa sin enfermos. Aseguro a Ud. no haber sido esto la menor de las pruebas, y no dudamos que estos sa­crificios habrán completado la corona de algunas de nues­tras Hermanas que han volado al Cielo en estos meses. Gracias a Dios tal bombardeo no tuvo efecto en esta ciu­dad, y entre temores y esperanzas pasamos como un mes.

Cuando el hambre se comenzó a sentir, empezamos también a pensar menos en el bombardeo, pues ya las con­versaciones y noticias eran de distinta clase. Nuestra puerta abundaba de pobres extenuados, de mujeres que casi no podían andar, de chicos que buscaban algo que comer. No despedíamos a nadie sin dar alguna cosa, y dentro de la Casa se volvieron a abrir las escuelas de las niñas pobres, alimentando a unas trescientas, que quizá no tenían otra cosa. De mucho consuelo nos era, y más cuando asistían a la Santa Misa con puntualidad, aun sin abrir las clases, cosa no usada hasta aquí, pues la mayor parte de la gente no acostumbra oirla.

Los víveres estaban tan caros, que una libra de manteca importaba hasta un peso, y un pan ocho centavos. Las pa­naderías estaban con guardia, para evitar los atropellos, que no fue siempre posible, y afuera se juntaba una multitud esperando la hora de abrirla, para ver quién alcanzaba el pan.

Mas como los pobres no tenían dinero, han padecido mucho y muerto no pocos, devorando más amarguras las familias vergonzantes. Algunas veces hemos oído decir: «Si Dios mandara otro San Vicente…, que los tiempos de él eran iguales a estos».

No crea Ud., mi respetable Madre, que esta miseria ha sido nada más que de estos meses; casi un año hace que para algunos establecimientos empezó el bloqueo, pues la miseria, que ha sido general durante el sitio, venía siendo particular, pudiendo señalarse con especialidad el Manico­mio (Mazorra), que ha tenido una baja de quinientos pobres poco más o menos. Las casas de Matanzas han padecido igualmente, y en la actualidad continúan en tales circuns­tancias, que parece imposible la conservación de algunas.

Durante el bombardeo de Santiago de Cuba, del cual desgraciadamente estará Ud., mi respetable Madre, ente­rada verbalmente, sufrimos muchísimo por la falta de co­rreos. Ya comprenderá que en esos casos se aumentan las noticias y que las que recibíamos por los periódicos eran bien desagradables. Se pusieron telegramas valiéndonos de los medios que nos parecían más influyentes, pero todo en vano, pues la contestación no llegaba. El día de la Asun­ción de la Santísima Virgen recibimos la primera noticia del embarque de las Hermanas y los Padres, y un poco después otro que, aunque nada satisfactorios por cierto, nos sacaban al menos de la ansiedad.

Desde ese momento creímos que nuestra salida de aquí era infalible; hoy día parece que no lo es tanto, pero espe­ramos los resultados, que es lo que hemos de creer. Todavía no se habla sino de desgracias, de enfermedades en abundancia; en una palabra, de tantas calamidades, que naturalmente exclama uno: «¡Mejor es morir!»

Desde el día 5 del corriente hemos vuelto a abrir este Colegio; pero como la mayor parte salió para otras pobla­ciones o eran muy crecidas de edad, apenas tenemos al­gunas, las cuales con verdad no forman colegio. Sin duda esperarán a ver el resultado de estas comisiones para saber a qué atenerse.

Otras muchas cosas pudiera decirla, pero esto es lo más notable; sólo añadiré que los Padres han sido unos verda­deros hermanos nuestros y que también han tenido su parte en la pobreza general.

Estando cierta que en sus oraciones hemos tenido lugar de preferencia, le doy a Ud. las gracias, y cuente Ud., mi respetable Madre, con el socorro de las de su hija, que la ama en Jesús. SOR EDUVIGIS LAQUIDAIN, i. h. d. 1. C. s. d. 1. p. Habana, 20 de Octubre de 1898.

RELACIÓN DEL BLOQUEO, BOMBARDEO Y CERCO DE SANTIAGO DE CUBA
POR LOS NORTE-AMERICANOS EN 1898.

21 de Abril. — Rotas nuestras relaciones con los Esta­dos Unidos, Mac-Kinley decreta el bloqueo de Cuba y Puerto Rico.

17 de Mayo. — A las cinco y cuarenta y cinco minutos, el semáforo del Morro anuncia a la plaza la presencia de tres buques americanos, los que se aproximan a las nueve y veinticinco, alejándose un poco quince minutos después.

18 de Mayo. — Aproxímase la escuadra enemiga, rom­piendo el fuego a las doce y treinta de la tarde. El General Linares y el Gobernador se trasladan al Morro, el que, unido a Punta Gorda y la Socapa, contestan con su artillería, cesando el fuego a la una y veinte de la tarde. No ha ocu­rrido desgracia personal, y en las inmediaciones de nues­tras fortalezas y Cayo Smith hay varias granadas sin ex­plotar. Desde la torre de la iglesia de San Francisco, a cargo de los Padres Paúles, se ve el fuego que hacen nues­tras baterías, oyéndose un incesante cañoneo. Entusiasmado un artillero de Punta Gorda al disparar el cañón, tira el sombrero, diciendo: «¡Éste va por mi Rey!», y aquella gra­nada fue a dar en la proa de un barco americano, que al punto se aleja con averías.

Un crucero francés aparece a la vista, y los yankees se retiran, dejando entrar a aquél en nuestra bahía. Sale a las cinco de la tarde un buque inglés para Jamaica con infini­dad de familias. Pónese el sol sin más novedad.

19 de Mayo.—Fiesta de la Ascensión; al amanecer el semáforo anuncia la llegada de la escuadra española, y una hora después los tejados, azoteas, y hasta las lomas, apa­recen coronadas de gente que presencia la entrada de los cuatro cruceros y dos destroyers, a saber: Entró el primero el María Teresa, que enarbolaba insignia de Almirante, y en él venía el Sr. Cervera, oyéndose la Marcha Real de abordo. Al verle el vapor Méjico, surto en bahía, disparó algunos cohetes, que alarmaron a las devotas que estaban oyendo Misa en San Francisco, abandonando el templo in­mediatamente. Poco después entró el Vizcaya, el Cristóbal Colón y el Oquendo, con los destroyers Furor y Plutón, pues el Terror tuvo que quedarse en Martinica, de donde a los pocos días burló el bloqueo y entró en Puerto Rico. Durante todo el día multitud de personas, en botes y re­molcadores, recorren la bahía felicitando a la Escuadra.

20 de Mayo. — Sale de nuestro puerto el crucero fran­cés. A las ocho de la noche, una imponente manifestación contra los yankees, compuesta de 2.000 españoles, reco­rre con teas encendidas y música las principales calles de la población. Al pasar por San Francisco encendiéronse bengalas.

25 de Mayo. — A las nueve y treinta minutos se divisa un buque enemigo a la vista, que se retira a las diez, volviendo a hacer lo mismo a las cuatro de la tarde. El Cír­culo Español dio a los Generales, Jefes y Oficiales de la escuadra un banquete, en el que se pronunciaron sentidos brindis. Repartiéronse 2.000 raciones por los socios del Círculo.

22 de Mayo. — a las cinco y cuarenta y cinco minutos se ven a la vista dos barcos enemigos, que se aproximan a las ocho y se alejan a las once y veinte minutos para unirse a otros dos más, quedando siempre en nuestro horizonte.

Por la noche, ja música del Infanta María Teresa y la de Cuba tocaron en la Plaza de Armas.

23 de Mayo.— Continúan a la vista buques enemigos.

24 de Mayo.- Desaparecen durante el día los buques americanos.

25 de Mayo.—Vuélvense a divisar y después se aumenta el número. El Colón, de nuestra escuadra, avanza hacia Cayo Smith y los demás barcos se alejan hasta la ensenada de Cabanitas, pero a vista de la población. Cae durante el día un fuerte aguacero.

26 de Mayo.— Continúa la lluvia. Los buques enemigos aumentan hasta el número de 20, entre cruceros, torpederos y barcos mercantes artillados. Los días 27, 28, 29 y 30 de Mayo siguen a la vista los mismos barcos enemigos.

31 de Mayo.—Amanecen los mismos; a las dos y quince minutos de la tarde rompen el fuego, contestándolo nues­tras baterías y el Colón, que está a la boca del Morro. A las dos  y cuarenta y cinco minutos se alejan con averías; nosotros sin novedad. Hasta las tres y cuarenta y cinco mi­nutos óyense disparos de cañón.

1 de Junio.— Amanecen los mismos, y durante el día se les unen cuatro barcos más.

2 de Junio.— Los mismos a la vista.

3 de Junio.—A las cuatro de la mañana óyese un fuerte cañoneo que despierta a la población. Un barco mercante enemigo, intentando obstruir el canal, entra velozmente haciendo fuego por todos sus costados, protegido por un acorazado; crúzanse los fuegos, y un torpedo, lanzado por un destroyer, echa a pique al Merry-Mak, que recurvó hacia Cayo Smith. El crucero enemigo huyó cañoneado por nuestras baterías y por el Reina Mercedes, que estaba de pontón a la boca del Morro. Una hora duró el fuego, por nuestra parte sin novedad. A los americanos se hicie­ron prisioneros un Oficial y seis marineros. También se les cogió la bandera americana, en donde se leía Maine. Este triunfo llenó de entusiasmo. Los prisioneros fueron trasladados al Cuartel Reina Mercedes, donde permanecen incomunicados.—Por la noche óyense muchos cañonazos sobre Aguadores, sospechándose hiciesen algún des­embarco,

4 de Junio.— Continúa el enemigo a la vista.

5 de Junio. Los yankees piden parlamento e intiman la rendición de la plaza, que es contestada negativamente por las Autoridades.

6 de Junio.—A las ocho de la mañana comienza un rá­pido y nutrido fuego de cañón que llenó de pánico la pobla­ción entera. Cesa el bombardeo a las diez y treinta minutos, después de habernos lanzado más de 1.500 proyectiles, que caen cerca de nuestra escuadra, pasando algunos por la parte Este de la población. Tuvieron ellos muchas y grandes averías, vistas desde nuestras fortalezas. De nuestra parte el segundo Comandante del Mercedes muerto y cuatro mari­nos más, con siete soldados heridos. A las doce óyense ca­ñonazos, continuando hasta las tres de la tarde, que se aleja el enemigo.

7 de Junio.—Hay a la vista el mismo número de bar­cos enemigos. Dase sepultura con gran concurso al segundo Comandante, D. Emilio Acosta. Dícese que nuestro Almirante calcula en 8.000 los proyectiles que nos dispa­raron el día anterior los yankees, y que alguien ha averi­guado que, con las 16.000 arrobas de acero que importan aquéllos, podría construirse un gran sarcófago para ente­rrar a todos los yankees. Según esto, gastaron 300 arrobas de acero por cada herido de los nuestros. También se ase­gura que el General. Vara de Rey ha atacado duramente a los primeros yankees que desembarcaron por Aguadores.

8 de Junio.— Se divisan los mismos buques enemigos. El Gobierno felicita a la Marina española, Ejército Volun­tarios y Bomberos, por la defensa del día 3 y 6.

9 y 10 de Junio.— Los mismos buques enemigos a la vista.

11 de Junio.—Pide el enemigo parlamento para intimar de nuevo la rendición de la ciudad. Nuestras Autoridades segunda vez contestan negativamente.

12 de Junio.—Los mismos buques enemigos a la vista.

13 de Junio.—A las once de la noche dos barcos enemi­gos se aproximan y disparan ocho o diez cañonazos, que son contestados por nuestras fortalezas.

14 de Junio.—El enemigo rompe el fuego a las seis de la mañana; disparan de do a 70 cañonazos. Contestan nues­tras fortalezas, haciéndoles alejar con averías. De nuestra parte sin novedad personal.

15 de Junio.-A las once de la noche óyense disparos de cañón.

16 de Junio.—De madrugada nos bombardea el enemigo con nutrido fuego, que dura una hora. Tuvimos tres muer­tos y tres heridos. Dispara el enemigo con dinamita.

17 de Junio.— A las cinco y quince minutos de la ma­ñana comienza un nuevo bombardeo, que dura hasta las seis y media, causándonos un Oficial herido, un cabo de cañón muerto y dos más de tropa heridos.

18 y 19 de Junio.—Sigue el enemigo a la vista, y por la noche óyense algunos cañonazos. El Gobernador militar arma una Compañía urbana, compuesta del Clero Catedral, parroquial, Audiencia y demás personas de posición y de edad madura, para el caso de que el enemigo rompiese las trincheras é intentase entrar en la ciudad.

20 de Junio.–Al amanecer hay, como en los días ante­riores, 21 barcos americanos a la vista; pero al medio día se aumentan hasta el número de 63 barcos.

21 de Junio.—Sólo quedan en la escuadra americana 21 barcos, habiendo desaparecido los restantes. A las once de la mañana disparan varios cañonazos.

22 de Junio.—A las ocho y quince minutos de la mañana comienza un horroroso bombardeo sobre la costa, prote­giendo desembarco por Daiquiri. Las fortalezas del Morro y Punta Gorda hicieron al Indiana una avería de cuatro me­tros, destrozando su máquina (según parte oficial). El Texas recibió tres proyectiles (oficial). Por la noche cañonearon a la Socapa, haciéndonos un muerto y dos heridos con di­namita.

23 de Junio.— Corre el rumor de que los yankees han desembarcado, en número de 2.000, por el Siboney, donde han destruido varias casas, pereciendo muchos de los nuestros, entre otros el Comandante de dicho puesto, que, al salir de casa, explotó a sus pies una bomba de dinamita, dejándole muerto. El enemigo atacó nuestras tropas al mando del General Linares, entre el Siboney y Sevilla, causándonos pocas bajas. Por la tarde el General Rubín re­chazó fuerzas enemigas, ocupándoles municiones y una es­clavina de paño azul con botones dorados de Oficial. Dícese haber muerto este día Himilton, hijo del Ministro del mismo nombre y sobrino del General Grant. Circulan por la ciudad algunas medias águilas de oro y galletas americanas, cogi­das por nuestros soldados.

21 de Junio.—Artillería enemiga ataca a columna Rubín, retirando aquélla con numerosas bajas vistas. Por nuestra parte siete muertos tropa, un Capitán y un Teniente heri­dos graves y 12 leves.

25 de Junio.—EI General Linares da orden general ma­nifestando que ha tenido que abandonar zona minera de Daiquiri por no poder hacer frente a la artillería de los buques enemigos; que el choque y avance del enemigo se acerca y la lucha se prepara con fuerzas iguales; que más de mil marineros de nuestra escuadra han desembarcado para ayudarnos; y que la otra división del Cuerpo de Ejér­cito vendrá a socorrernos, esperando, por lo tanto, que todos conserven su puesto de honor como él lo guardará. A las doce y cuarenta el Morro dispara tres cañonazos a un barco, que parece el Argonauta, que se acercaba a la costa.

26 de Junio. — Según parte del enemigo a su Gobierno en, el ataque del 24 sostuvieron combate con los nuestros los Regimientos 7, 12 y 17 de los Estados Unidos, el 2.° Machurret y el 71 de New York, y otros cuatro escuadrones desmontados de caballería y otros cuatro de Josevett, con­fesando haber tenido 12 muertos y 50 heridos.

27 de Junio.—Dícese que han desembarcado 8.000 yan­kees con cañones de tiro rápido. Nuestras tropas han colo­cado en las trincheras 70 cañones y fortalecen a Santa Inés y Santa Úrsula. Asegúrase que Vara de Rey ha hecho 600 bajas al enemigo.

29 de Junio.—Frente al Morro sólo aparecen dos buques enemigos de guerra y tres mercantes. Por la tarde aumenta el número.

30 de Junio.—Por la tarde causa verdadera alarma la aparición de un globo por la parte del Caney, suponiendo que los yankees estudian por este medio la situación de nuestra población, escuadra y trincheras. 1.000 hombres de infantería de marina refuerzan nuestras trincharas.

1 de Julio.–Desde la madrugada, el enemigo con 6.000 hombres ataca con artillería y fusilería al Caney, que sólo defienden 600 de los nuestros. Muere el General Vara de Rey. El hermano de éste cae prisionero con otros varios. Muchos muertos y heridos. Fue esto una verdadera heca­tombe, que apenas pueden describir nuestros soldados que afortunadamente pudieron salvarse. Enterado el General americano del poco ejército que defiende el Caney, se ad­mira del valor de nuestras tropas y manda enterrar a Vara de Rey con los honores de Capitán general. Cubren su se­pultura con ramaje y ponen una señal por si algún día los españoles quieren honrar sus restos.

El Caney quedó destruido en poder del enemigo. Este mismo día, a las ocho de la mañana, las cornetas anuncian a la ciudad la proximidad del enemigo. Ciérranse los esta­blecimientos, y todos los Institutos armados corren a sus puestos. El pánico es grande. 20.000 hombres yankees e insurrectos con fusilería, cañones, ametralladoras y otras máquinas de guerra atacan a la ciudad de un modo rudo, tenaz y valiente. Parecía el fin del mundo. Hasta las seis y treinta de la tarde el estampido de cañón es incesante y el fuego de fusilería rápido y nutrido; y constando nuestras fuerzas solamente de 3.000 hombres, rebasa el enemigo la primera trinchera o línea de fuego, tomándonos el fuerte de San Juan. Cae herido el General Linares y su Ayudante; son recogidos en camillas el Coronel Bustamante, de Marina, Ordóñez de Artillería, el de Ingenieros y Asia, y considera­ble número de Jefes y Oficiales de todas armas y multitud de soldados que en un momento poblaron el patio del Hos­pital Militar. La confusión es grande y el pánico horrible; hubo un momento que no había quien dirigiese el fuego, hasta que el General Toral tomó el mando de las fuerzas, llegando a caer numerosos proyectiles dentro de la pobla­ción. El desaliento al finalizar el ataque es grande, y las bajas, por nuestra parte, de 60o a 700. Las bajas del ene­migo en la toma del Caney se calculan en 2.500, y en el ataque a la ciudad innumerables.

2 de Julio.—Durante la pasada noche los yankees colocan un cañón hacia Aguadores y a las cinco de la mañana rom­pen un horroroso fuego que aterrorizó a la población. A las ocho los nuestros tomaron el cañón a la bayoneta y el Coronel Aldea llega con 1. 000 hombres de Punta Cabrera, que ocupan las trincheras, dando ánimo a nuestros soldados, ya cansados del combate del día anterior. Los yankees pelean por mar y por tierra, pero con muchos menos bríos y fuerzas que ayer. Nuestras baterías hacen retirar la es­cuadra enemiga con certeros disparos que les causan gran­des averías. Por la tarde, fuerte y nutrido fuego de fusilería por la parte Este de la población. Llega a Palma Soriano el General Escario con 6.000 hombres procedentes de Manzanillo. El Cónsul francés alarma la población, porque se decía que nuestra escuadra, pasada media hora, bombar­dearía la ciudad para no ver ondear en ella la bandera americana, próxima a enarbolarse. Bajo la protección de dicho Cónsul francés salen con la alarma referida multitud de mujeres, niños y hombres, incluso el Párroco de Dolo­res, D. Desiderio Mernier, en dirección a Cuevitas. Por la tarde nuestra escuadra da a entender que va a hacerse a la mar, y desde este momento la ansiedad es muy grande. Las Siervas de María, por orden del Sr. Arzobispo, aban­donando su domicilio é iglesia, vienen a refugiarse al centro de la población. El Santísimo Sacramento, por orden del Sr. Arzobispo, es quitado de las iglesias y capillas, inclusive en la iglesia de San Francisco, quedando reservado sola­mente en la Capilla del Seminario y Hospital militar. Esta medida fue tomada a fin de evitar que S. D. M. fuese profanado.

Á las nueve y media de la noche se siente un horroroso bombardeo y ataque de caballería é infantería a nuestras trincheras, siendo defendidas éstas con brío por nuestras sufridas tropas. Cae durante el ataque lluvia torrencial que el enemigo aprovecha para sorprender la plaza. Júzgase por los inteligentes que éste ha sido el mayor y más en­carnizado ataque y que, no habiendo avanzado un paso el enemigo, no es siquiera probable la entrada en la pobla­ción por la fuerza de las bayonetas.

3 de Julio.—Entran las fuerzas de cobre.

A las diez menos diez minutos la escuadra española sale rompiendo el bloqueo de 27 buques americanos, que en dos filas la esperan a la boca del Morro. En esta hora sucede la mayor hecatombe que se registra en la historia moderna. Óyese por el espacio de una hora en toda la población nu­trido y continuado fuego de cañón, que llena de espanto, terror y angustia a toda la vecindad. La defensa que hizo nuestra escuadra fue desesperada y heroica. Todos sabían que iban al sacrificio, y la Capitana sale delante para que, como dijo el Almirante, mientras ella sucumbía, pudieran salvarse los demás. Después de la hora de la salida de nues­tra escuadra, el Gobernador del Morro avisa por teléfono a la plaza que los cuatro cruceros habían doblado Punta Cabrera; poco después corrió el rumor de que nuestra Es­cuadra había sucumbido a 60 millas de la boca del Morro, a manos del enemigo. Durante dos días han estado llegan­do náufragos que cuentan horrores, y ninguno sabe dar cuenta de su barco. El enemigo disparó 3,000 proyectiles sobre nuestros barcos, haciendo blanco 200 sobre el Oquendo.

Tan horroroso desastre ha causado mucho desaliento en los españoles, que lo conceptúan como un asesinato pre­visto y no evitado por nuestro Gobierno. Los mambises cortan el acueducto. Los yankees piden parlamento y ame­nazan bombardear de nuevo, envalentonados con las derro­tas de la escuadra.

4 de Julio. — Entran 6.000 hombres de Manzanillo al mando del General Escario, sosteniendo terrible fuego con los mambises en la loma del Aguacate, teniendo 70 bajas que dejan en Palma Soriano, a petición de los Cónsules se prorroga veinticuatro horas el bombardeo, que anuncian como horroroso, porque ha de verificarse por medio de camisas embreadas para arder la población.

El Sr. Arzobispo, en Junta magna, propone la rendición de la ciudad; niégase el Sr. Presidente de la Audiencia y demás. Pide el Sr. Arzobispo a Blanco la rendición, y éste, lo mismo que el General Toral, se opone a ello.

Bando del Sr. Gobernador civil, para que, los que quie­ran, salgan de la población a los puntos de Cuevitas y Ca­ney. La ciudad se alborota, y todos se preparan a salir. A las doce de la noche se cierra el puerto, sumergiendo a la boca el Reina Mercedes, queriéndolo impedir los yankees disparando multitud de cañonazos.

5 de julio. — a primera hora de este día abandonan la población de 25.000 a 30.000 personas, que, con un pe­queño lío de ropa, se dirigen a Cuevitas y el Caney. Salen también las niñas de la Beneficencia por orden del Presi­dente, las acompañan las Hijas de la Caridad de dicho es­tablecimiento. Del asilo de los pobres también salen seis Hermanitas; salen los Cónsules con sus conciudadanos. Fueronse los Sres. Curas de la Catedral y tres Párrocos criollos, y algunos otros Clérigos, quedando tan solamente un Párroco, el Cabildo Catedral y los Padres Paúles, y el Prelado é Hijas de la Caridad del Hospital, Siervas de María, las monjas de la Enseñanza y algunas Hermanitas de los Pobres.

La soledad es grande, y todo presagia que el día ha de ser fatal para Santiago de Cuba. a fin de salvarse del bombardeo anunciado, refúgianse en la iglesia de San Francisco varias familias, algunos clérigos y Siervas de María, siendo alentados por los PP. Paúles, que, con fer­vorosas oraciones, piden a Dios Nuestro Señor, y a todos los Santos, piedad y misericordia. Suspéndese el bombar­deo, media parlamento y canjéanse los marinos del Merry­Mak por 27 heridos de los nuestros.

Entran a las cinco de la tarde las fuerzas de los fuertes de Boniato, etc., etc., dando entusiastas vivas a España.

Estas fuerzas de 300 hombres, estando copadas por los mambises, con la obscuridad de la noche burlan la vigi­lancia enemiga. Por la noche de este terrible día la ciudad parece un cementerio.

7 de Julio.— Continúa el parlamento y suspéndense las hostilidades.

8 de Julio.- Sin novedad, y por una y otra parte hácense grandes preparativos para el ataque.

El General manda perforar la Caja de la Administración de Hacienda y se paga una mensualidad a los funcionarios que, fieles a España, quedaron en la ciudad a sufrir las consecuencias del bombardeo.

9 de Julio.—Anúnciase el ataque por tierra, mas luego se prolonga 48 horas, que los yankees aprovechan haciendo fuertes trincheras y emplazando piezas de cañón.

10 de Julio. — Corre el rumor de que se trata de rendir la plaza por falta de víveres; pero no habiendo aceptado los yankees proposiciones honrosas para nuestro Ejército, rómpense las relaciones.

A las cuatro y cuarenta de la tarde un nutrido y horro­roso fuego de cañón y fusilería consterna la ciudad, que­dando a las siete la victoria por nuestra parte. El Coro­nel Aldea y los Generales Rubín y Escario toman al ene­migo una trinchera con pocas bajas por nuestra parte y muchas hechas al enemigo. Reúnense en San Francisco las familias del día 5.

11 de Julio.— a las seis de la mañana comienza el bom­bardeo sobre la población, durando hasta la una y treinta de la tarde; han caído numerosos proyectiles, que han hecho destrozos de consideración. Al terminar la tarde hay parlamento. Por la noche, durante una horrible tem­pestad, cae una chispa eléctrica en la torre de San Fran­cisco, haciendo varios desperfectos y causando alarma entre las familias refugiadas en la sacristía por temor al bombardeo.

12 de Julio.—Corre el rumor de nuevo bombardeo; sábelo el Sr. Arzobispo y pide parlamento al enemigo, rogando le dejen salir con el Clero y familias religiosas que quieran seguirle. A la noche contestan a S. E. antes de otro bom­bardeo. Se alarma la población, que interpreta el acto de su Prelado como un egoísmo, y hasta se preparan a ape­drearlo a la salida. Convoca el Prelado a su Clero para co­municarle el paso dado el día anterior. Casi todos contes­taron en sentido negativo, formando parte de esta reunión el Cabildo Catedral, Clero parroquial y Superior de San Francisco.

Cable oficial al General en Jefe y al Ministro de la Guerra
por el General Linares.

«Aunque postrado en cama por acentuada debilidad y agudos dolores, me preocupa de tal modo situación estas sufridas tropas, que creo deber mío dirigirme a V. E. y Mi­nistro de la Guerra para exponer realidad cosas. Posiciones enemigas muy cercanas, recinto plaza efecto estructura terreno, las nuestras con desarrollo 14 kilómetros, tropas extenuadas, enfermos en proporción considerable no ingre­san Hospital por necesidad de tenerlos en trincheras. Ga­nado sin pienso ni forraje en pleno temporal de lluvias, llevamos veinte horas sin cesar caer agua en las zanjas, trincheras sin cubrir, alojamiento permanente del soldado, que sólo come arroz y no puede enjugar sus ropas; bajas considerables; Jefes, Oficiales muertos, heridos, enfermos desaparecidos, privan a fuerzas de la necesaria dirección en momentos críticos. En estas condiciones imposible abrir paso, y que al intentarlo quedaría disminuido nuestro con­tingente una tercera parte de hombres que no podrían salir y mermada la otra por bajas que produciría el ene­migo, resultando al fin verdadero desastre, sin conseguir, como V. E. desea, la salvación de II mermados batallones. Para salir protegidos por la división de Holguín, que es preciso venga a romper línea enemiga para en combinación romperla estas fuerzas, y para ello necesita Holguín em­plear ocho jornadas y traer número de raciones, y no podrá transportarlas fácilmente. La solución se impone, la rendi­ción es inevitable, y únicamente prolongar la agonía logra­remos; el sacrificio es estéril, el enemigo lo comprende así, y apercibido de nuestra situación y bien establecido el cerco, agotará nuestra fuerza, sin exponer la suya, como lo hizo ayer cañoneándonos por tierra por elevación, sin que viera- ramos sus baterías, y por mar con la Escuadra, que tiene ya perfectas referencias y bombardea la plaza por sectores con precisión matemática.

Santiago de Cuba no es Gerona, plaza murada, pedazo de territorio de la Metrópoli, defendida palmo a palmo por sus propios hijos, sin distinción de ancianos, mujeres y niños, que alentaban, ayudaban y exponían sus vidas por la idea santa de la Independencia, en la esperanza de socorros que recibieron. Aquí, la soledad, la total emigración del ve­cindario, así insular como peninsular, incluso los cargos pú­blicos, con raras excepciones; sólo queda el Clero, y ya hoy pretende salir de la plaza con su Prelado al frente. Estos defensores no empiezan ahora su campaña llenos de entu­siasmo y energía, pues vienen luchando hace tres años con­tra el clima, privaciones y fatigas, y se presentan estas cir­cunstancias cuando ya no tienen aliento, fuerzas físicas ni medio de repararlas; les falta el ideal, y defienden la pro­piedad urbana de los que en su presencia la abandonan y de los que tienen al frente aliados con fuerzas americanas. El honor de las armas tiene sus límites, y yo apelo al cri­terio del Gobierno, de la Nación entera; y éstas, sufridas, lo han dejado a salvo desde el 18 de Mayo, que sufrió el pri­mer cañoneo. Si es necesario que se llegue al sacrificio, por razones que desconozco, o hace falta que alguien asuma la responsabilidad del desenlace, previsto y anunciado por mí en distintos telegramas, yo me ofrezco lealmente, en aras de mi Patria, a lo uno y a lo otro, y me encargaré del mando para el acto de suscribir la rendición, ya que mi mo­desta reputación vale muy poco por tratarse de intereses nacionales.—Linares».

14 de Julio.—Contesta el Gobierno a este telegrama en sentido afirmativo, y esto hace renacer el ánimo, entrando las familias refugiadas en bahía.

15 de Julio.—No se habla de otra cosa que de las capitulaciones.

16 de Julio.—Fírmanse éstas, ignorándose por completo sus bases; desármanse las guerrillas y el Cuerpo de Volunta­rios; vuelven los refugiados en el Caney y Cuevitas, y entran algunos soldados americanos y alternan con los nuestros.

17 de Julio. —Prepáranse nuestras tropas para acampar en el campo enemigo hasta su embarque. A las nueve Punta Blanca dispara las salvas de Ordenanza, y poco después arría la bandera española. A las diez entra el General Shaf­ter con seis Generales más, 60 Oficiales y dos regimientos, uno de infantería y otro de caballería. Entra en el Gobierno civil y llama a todas las autoridades, incluso la eclesiás­tica, rogando a todos continúen funcionando como hasta aquí, pues sólo viene, dice, a poner orden. A las doce ízase la bandera americana en el Gobierno civil. El Cabildo acuerda abrir la Catedral. Por la tarde entra en bahía un barco con cruz roja y otros dos más. Abrense los estable­cimientos y empieza a circular la moneda americana.

18 de Julio.—Entran en bahía hasta el número de vein­tiséis barcos mercantes.

19 de Julio. —Comienzan a descargar víveres, entrando más de 20 carros.

20 de Julio.—Es sepultado el Coronel Bustamante, que falleció ayer. Circula la proclama de Mac-Kinley.

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