Reflexión sobre un texto Vicenciano (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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III. PROVOCACIONES DE ACTUALIDAD

  1. RESPECTO A LA INICIATIVA EN LA FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA

Estoy convencida, hay muchísimas pruebas de ello, que la dinámica de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac nunca fue la del protagonismo en la innovación de sus obras sino la de responder al querer de Dios en todo, desde una búsqueda común de su Voluntad, poniendo en juego para ello la riqueza de la inteligen­cia y personalidad de ambos, junto con su complementariedad, discernimiento en común y acción conjunta para dar una res­puesta imposible de asignar exclusivamente a uno solo de ellos.

En mi opinión, la fundación de la Compañía habría sido inconcebible sin uno de los dos santos. No me parece acertado creer que uno pensó y la otra realizó, que uno intuyó y la otra obedeció, que uno realizó y la otra colaboró, que…

Cuando hoy estamos en un momento en que se habla conti­nuamente del discernimiento espiritual (y muchas veces, según parece, aplicando esta palabra, incorrectamente, a lo que no es más que búsqueda de consenso, diálogo para tomar una decisión, etc.) y en el que, ciertamente, se hace imprescindible discernir para actuar según Dios, distinguiendo las luces verdaderas de las falsas, siguiendo las máximas evangélicas, intuyo que el nacimiento de la Compañía es un fruto claro de un verdadero proceso de discernimiento en común entre nuestros Fundadores, del que haríamos muy bien en aprender.

Con el conocimiento que ya tenemos de lo que fueron sus vidas, y en la gran herencia de sus Escritos, encontramos ele­mentos claves para hacerlo:

Profunda vida interior en ambos.

Realidad personal e histórica por la que se dejan interrogar desde la convicción de que Dios les habla en ella.

Deseos de responder únicamente a la adorable Voluntad de Dios siguiendo los pasos y ritmo de su Providencia», en una total indiferen­cia o libertad interior».

Comunicación y diálogo mutuo sobre acontecimientos y personas». Intercambio sobre las inspiraciones interiores».

Firme determinación de realizar lo descubierto como voluntad de Dios.

El proceso seguido podría resumirse en:

Atención al discurrir histórico,

Oración sobre el acontecer (orar la vida),

Comunicación y confrontación frecuente,

Espera activa hasta encontrar la ‘confirmación’ de Dios» y la realización de su ‘querer y no querer’, en colaboración mutua y sin adelantarse en nada al paso de la Providencia.

  1. EN TORNO AL CLIMA QUE ENVUELVE LA CARTA

Me llama poderosamente la atención las muchas palabras espirituales escritas en una carta de extensión tan limitada. En sólo 244 palabras aparecen abundantes expresiones explícita­mente religiosas: «La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros… ¡Bendito sea Dios!… En el nombre de Nuestro Señor… Con la ayuda de Dios… Su ángel bueno… Con la ayuda de Dios… Nuestro Señor proveerá a todo… Su Providencia… Con­fiar en El y permanecer en paz… En el amor de Nuestro Señor».

Podría pasar por encima todas estas expresiones e incluso infravalorarlas (¡como, superficialmente, lo hago con tantas otras bajo la muletilla de ser propio de aquella época pero no del hoy…!). Sin embargo, me he sentido fuertemente provocada por este hecho y deseo compartir, con toda humildad, las reflexiones que me ha suscitado.

Es muy conocido el refrán castellano que dice: «de la abun­dancia del corazón hablan los labios». También lo es el mensaje de Jesús: «donde está tu tesoro allí está tu corazón»51. Se entien­de que, siendo el tesoro lo más valioso para mí, tendré puesto all: mi corazón y será de eso de lo que fácilmente versen mis pala­bras. Me pregunto:

¿Qué tono, qué ambiente general envuelve mi vida, centra mi corazón y construyo alrededor con la abundancia de mis palabras?

¿Es Jesucristo el interlocutor permanente de mi existencia, el que per­cibo y expreso presente en el misterio de cada persona, en la comuni­dad reunida en su Nombre, en la fe compartida y celebrada

Si Cristo es mi Amor esencial, mi Vida, mi Sentida, la Razón última de mi opción vocacional, de mi vida en comunidad y al servicio de los pobres…: ¿por qué está tan ausente de mis labios? ¿Lo estará verdaderamente, también, de mi corazón y de mi vida? Por supuesto que no se trata de hablar de El sin ton ni son y, menos aún, tomar su Nombre en vano pero, sinceramente, tengo que pedir perdón y os confieso que me siento fuertemente llamada a pasar de lo anónimamente vivido a lo explícitamente anunciado; de una fe callada y oculta a una fe encarnada, procla­mada con la vida

¡operante en las obras¡ y confesada con los labios.

La llamada de Dios me empuja a romper con una posible situa­ción de rutina, aburguesamiento, instalación y mediocridad espi­ritual, en la que dando todo por supuesto voy perdiendo entusias­mo, novedad, valor apostólico, creatividad, frescura vocacional. Me siento llamada a perforar la realidad, con la Palabra de Dios y los Escritos de nuestros Fundadores, para ir más allá de lo que pasa y los medios de comunicación nos cuentan (y los malinten­cionados manipulan); más allá de lo que el capital compra y los mercados venden; más allá de lo que se ve y aparece; y de lo que científicamente se demuestra y las nuevas tecnologías inventan. Soy consciente de que Dios nos visita de continuo pero, con demasiada frecuencia, estoy ‘fuera de mi casa’ (personal y comu­nitaria). Y escucho a santa Luisa y san Vicente decirme que Cris­to habita en la casa del pobre pero me da miedo preguntarle: ¿cómo haces, Señor, para vivir por ellos, con ellos, como ellos?

Tal vez sea demasiada intimidad la que os estoy desvelando pero, sabiéndome en familia, tengo fundadas esperanzas en la ayuda mutua para dar respuesta a todos estos interrogantes. Tal vez alguna Hermana comparta mis inquietudes y juntas podamos seguir preguntándonos:

¿Cómo bajarnos de la noria de la actividad vacía, de la ociosidad cul­pable, del confort (¡hasta espiritual!)?

¿Cómo embarcarnos en la hondura de la vida, en la vivencia a fondo perdido del don total a Dios, en el sentido profundo de la Misión, en la trascendencia inmanente de Dios Trinidad personal, vivido en relacio­nes interpersonales de amor mutuo, fecundas en la caridad?

¿Cómo ayudamos a permanecer en una actitud orante sostenida? ¿Cómo recorrer juntas el camino del diálogo permanente con nuestro Señor para conformar nuestros sentimientos y acciones con las suyas?

¿Cómo desbloquear nuestros sentidos interiores y exteriores, atascados por tanto ‘yo’, para abrirnos al prójimo dejando que el Espíritu recree en nosotras la auténtica identidad personal inscrita en nuestro yo más verdadero?

¿Cómo avanzar en la respuesta vocacional como ‘cuerpo instituciona­l’, como Compañía?

Apoyadas en el testimonio de nuestros Fundadores os invito a renovar nuestra fe en el Dios de Jesucristo, no como un bien supremo a conquistar y, menos aún, como premio a merecer, sino como una humilde y regalada Presencia acompañante que nos habla y compromete desde la realidad sangrante de los pobres. Juntas podemos proclamar nuestra fe en Cristo a quien buscamos y sabemos que está en el centro y, sobre todo, en los márgenes de nuestra Historia, de la que no pretendemos escapar porque la sabemos habitada por el Espíritu y sólo a Él anhelamos secundar.

  1. LLAMADAS PARA NUESTRO HOY

Con toda sinceridad creo que, en el momento actual de la Congregación de la Misión y de la Compañía en España, necesi­tamos dejarnos interpelar ¡con mucha más fuerza¡ por las reali­dades sociales, políticas, culturales y religiosas que generan exclusión y empobrecimiento y, por tanto, afectan escandalosa­mente a nuestros hermanos más débiles, poniendo en juego la posibilidad y credibilidad de una fraternidad universal propuesta y realizada por Jesucristo, nuestro Maestro y Señor. Igualmente, necesitamos que nuestra materia de oración, nuestros intereses más personales, nuestras búsquedas más sutiles… no sean otra cosa que escucha y respuesta a las llamadas de Dios, quien susu­rra en el grito de un mundo que se construye al margen de su pro­yecto amoroso53, produciendo miseria, marginación y sufrimiento para los pobres y falsedad, vacío y pérdida de Sentido verda­dero para otros muchos.

Me parece muy peligroso seguir mirando tanto atrás cuando la gran historia gloriosa, que por gracia de Dios y con auténtica verdad podemos contar, nos conforta, pero también conforma ante la situación actual precaria, ardua, compleja y difícil de afrontar. Es demasiado arriesgado que, por tener ya ¡según ‘ley natural’ ¡ pocos años como perspectiva para coronar la carrera de esta vida, pasivamente nos complazcamos en un feliz pasado que nunca volverá igual, pudiendo con ello bloquear el presente e hipotecar el futuro de los que ¡ si Dios quiere¡ nos seguirán. Menos aún me parece permisible que se pueda mirar atrás para rescatar dificultades vividas y, con mucha santidad, ya supera­das. Sin duda, es del espíritu maligno, incluso de una gran torpe­za mental, actualizar dificultades pasadas para revivirlas en un contexto que para nada es igual. Necesitamos seguir teniendo la audacia profética de los que siempre miran hacia delante pensan­do en los demás, de quienes con agradecimiento recuerdan todo lo bueno vivido para ofrecer sus frutos a los que aún les queda mucho por caminar, de los que proponen la sabiduría de la vida colaborando así en la búsqueda de los caminos que quedan aún por peregrinar.

Tengo la convicción de que la llamada de Dios es permanen­temente nueva y se actualiza en cada instante y en cada persona, en cada tiempo y en cada comunidad por Él ‘convocada’. Esto demanda vivir nuestra vocación y misión como quien cada mañana despierta a la novedad del Amor y, desde el gozo del asombro, busca realizar por todos los medios lo que ese Amor da, desea y espera de quienes, en seguimiento de Jesucristo y de todos los hermanos y hermanas mayores de nuestra larga histo­ria, somos hijos e hijas de nuestros Fundadores. Me parece que nos engañamos, y podemos engañar y confundir a otros, si cree­mos que la revitalización y actualización del carisma en nuestro hoy puede hacerse compatible con perder atención a la realidad histórica, disponibilidad, pobreza, espíritu de siervas, significación religiosa, hondura de vida, docilidad, diálogo profundo, obe­diencia, cercanía real a los pobres, desprendimiento, comunión sincera con sus sufrimientos y comunión eclesial. En mi opinión, las urgentes necesidades de nuestro mundo nos están exigiendo más riesgo y radicalidad, nuevas formas de organización y funcionamiento, frescura evangélica y sincera libertad interior para seguir dispuestas a entregarnos totalmente, sin rebajas de última hora, sin tratar de recuperar lo que ya fue entregado en su momento, por una única pasión: ¡la Caridad, Dios, los pobres!

Creo que estas tres referencias son las condiciones de posibi­lidad para vivir hoy, en actitud de discernimiento, porque sólo desde la pasión por Cristo y por los pobres podremos inventar formas válidas, nuevas y evangélicas de presencia real, como Iglesia, entre los pobres. Sólo desde la pasión por Dios y por la caridad podremos innovar formas válidas de organización comu­nitaria y de gobierno, coherentes con nuestro espíritu, eficaces para el servicio evangelizador de los pobres, signos visibles de la bondad de Dios para un mundo que le quiere obviar o ningune­ar. Sólo desde la gozosa pasión por la vocación y misión recibi­da podremos gustar de la fidelidad y santidad a la que hemos sido llamados.

En este camino compartido por quienes recibimos la misma vocación y una misión común, nos debemos ayuda mutua; una ayuda que, en mi opinión, no puede pasar por inmovilismos, componendas, autojustificaciones o instalación, porque en la fidelidad al proyecto original de Dios ¡ sobre la Compañía y sobre el mundo¡ nos jugamos la propia felicidad, la transmisión del relevo vocacional y, lo que aún es mejor, la ayuda a quienes en el mundo y en la Iglesia nos necesitan para conocer a Dios y vivir en su Amor. Y me parece que no son suficientes las fideli­dades personales; se impone una búsqueda en común ¡como Compañía, como Comunidad y como Iglesia! de la adorable Voluntad de Dios.

En la carta, Vicente de Paúl, con mucha fuerza ¡le suplico en el nombre de Nuestro Señor! hace una súplica a Luisa, referida a su salud. Dada la humildad del señor Vicente creo que me per­mitiría utilizar sus palabras y poner en su boca otra súplica, que os invito a escuchar como dirigida a cada una de nosotras y teniendo por referencia la salud, entendamos el cuidado, la fide­lidad- de la Compañía y, por tanto, el cuidado de los pobres. Sería esta: «Le suplico, hermana, en el nombre de Nuestro Señor, que haga todo lo posible por cuidar la fidelidad de la Compañía, no ya como una persona particular, sino como si otras muchas —y muchísimos pobres— tuviesen parte en su conservación».

¡Qué dicha poder rogar y cultivar la sensibilidad suficiente para escuchar y entender lo que dice nuestro ángel bueno! ¡Qué felicidad poder ayudarnos a dialogarlo, hasta que ‘nuestros ánge­les buenos’ lleguen a comunicarse! Pero, también, ¡qué respon­sabilidad llevar a efecto comunitariamente el contenido de seme­jante mensaje de Dios!

Pidamos juntos a Nuestro Señor que la confianza en que Él proveerá a todo siguiendo los pasos de su Providencia en la vida, aliente nuestro camino y nos haga permanecer en paz.

San Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, rogad por nosotros.

 

CEME

Cristina Calero H.C.

 

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