Recuerdo del P. Lorenzo Sierra Rubio en el centenario de su nacimiento (II)

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Autor: Anónimo .
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EL P. SIERRA, ORGANIZADOR DE LAS OBRAS POST-ESCOLARES DE LA GUINDALERA

Un profundo afecto, nacido de sincera gratitud, me impulsa a dedicar estas mal trazadas líneas como homenaje póstumo a nuestro muy amado y Rvdo. P. Lorenzo Sierra, intentando con ellas poner de manifiesto las obras p9st-escolares de nuestro Colegio, cuya organización debemos a su prodigiosa inteligencia y caridad ardiente.

Digno hijo de San Vicente, su caridad y celo eran tan grandes que le llevaron a interesarse de modo extraordinario, no sólo por el bien es­piritual, sino por el temporal de todo lo que con el Colegio y con cada una de nosotras se relacionara.

La Asociación de Hijas de María, objeto constante de su cariño y desvelos, ha llegado a constituir un numeroso plantel de jóvenes, que son la más hermosa joya que puede presentar a la Santísima Virgen. Su vita­lidad es intensamente piadosa: comuniones y reuniones mensuales, retiro espiritual, procesiones, ejercicios espirituales, etc., y poniendo broche a todo esto el Auxilio Mariano, que estrecha y une más entre sí a los miembros de la Asociación por medio de ejemplares actos de caridad hacia el prójimo.

Esto es lo fundamental, la vida del espíritu, que, como vemos, que­daba atendida debidamente. Pero había otra cosa muy importante y que iba a influir grandemente en esa vida espiritual, y por consiguiente, era preciso, atender. Todas al terminar nuestra instrucción disminuiríamos, aunque no del todo, la asistencia al Colegio; i ha a desenvolverse nuestra vida en otro ambiente, pues unas irían a trabaja! en oficinas, otras a cursar diversos estudios en centros docentes, y precisamente en la edadb más peligrosa, en que las pasiones están más propensas a desordenarse, y el roce constante con los peligros del mundo…

Nuestro buen P. Sierra, inspirado por Dios, sale al paso de todo esto, ofreciéndonos en el mismo Colegio diversiones honestas para contrarrestar la fatiga que produce el trabajo diario, y en las que nuestro espíritu encontraría agradable expansión durante los días festivos, en unión de las compañeras de infancia, y bajo la mirada de las Hermanas, ángeles tutelares de nuestra niñez y juventud.

A este fin se establecieron distintas secciones: una de ellas, la Caja Dotal, es la principal, que recoge el producto económico del consumo que se hace en la bien surtida cantina; veladas y rifas celebradas a be­neficio de la citada Caja Dotal, encargándose de repartir después equita­tivamente entre sus miembros dicho producto. Como fácilmente se puede apreciar, asistiendo a este Centro, no sólo pasaríamos distraídas y agra­dablemente los domingos y días festivos, sino que el tanto por ciento de los ingresos iría formando insensiblemente un fondo, cuyo importe podría recibir cada Hija de María perteneciente a esta Caja Dotal, al tomar estado o cumplir los veinticinco años, mediante la presentación de las primas que anualmente se reparten.

¿Qué es lo que verdaderamente constituye nuestra distracción en esta santa Casa los domingos y fiestas durante las varias horas que permanece­mos en ella? Hay para todos los gustos: hermosa y seleccionada biblio­teca para las aficionadas a la lectura; máquinas de cine y proyecciones, que desempeñan un buen papel los días de invierno; pianola, columpios y, cuando el tiempo lo permite, excursiones proyectadas por la Junta de fiestas.

Esto ya es mucho, pero no todo. Llegarán las vacaciones de verano y hay que aprovecharlas para reponer las fuerzas perdidas. ¿Cómo recu­perarlas a fin de seguir trabajando con nuevo vigor? No puede pasar esto inadvertido a quien tanto preocupa el más mínimo detalle relativo a nosotras, y ahora, como tantas otras veces, el P. Sierra obra callada­mente, pero con tenaz empeño, hasta conseguir el veraneo en Cóbreces, pintoresco pueblecito de la provincia de Santander, muy adecuado para nosotras por tener una playa bonita, pero poco concurrida, que nos man­tiene al margen de las inmoralidades que desgraciadamente han de pre­senciar quienes acuden a playas veraniegas de más renombre. No está satisfecho plenamente nuestro buen Padre con que vayamos de veraneo y estemos hospedadas en hermoso pabellón, que para esto hay destinado en el Colegio del Patrocinio de San José, sino que desea, y lo consigue, que tengamos casa propia, para lo cual adquiere un hermoso chalet en el mismo pueblo. A dicho veraneo asisten las jóvenes que, perteneciendo a la Caja Dotal, tienen en su carnet marcadas las asistencias reglamentarias.

Más tarde, para satisfacer los deseos y aficiones de algunas Hijas de María, estableció el P. Sierra bajo su dirección un Círculo de Estudios, en el que semanalmente y durante cinco años seguidos se trataron temas variadísimos. Por las muchas ocupaciones del Director, hubo de suspenderse, con sentimiento por parte de todas, pues a él llevábamos nuestras dudas, seguras de salir con ellas desvanecidas, gracias al profundo talento de que Dios había dotado al P. Sierra. Haciendo alusión a esto, un día, al salir de una reunión, hubo quien dijo: “El P. Sierna es la Enciclopedia España.”

Otras secciones funcionan en el Colegio, que por considerarlas como una consecuencia de las anteriores o de carácter más secundario no he citado.

Creo, con lo anteriormente expuesto, haber dado una idea, aunque sólo sea vaga, de la organización y actividad existentes en nuestro Colegio, don­de días tan felices e inocentes vive la juventud, lejos de los peligros que con atrayente disfraz presenta el mundo, pudiendo decir con verdad que en él se encuentran las jóvenes como en su propia casa.

Todo esto lo debemos, después de Dios, a nuestro amadísimo P. Sierna. El fue quien se constituyó en organizador de estas obras post-escolares, siendo, además, padre para todas y cada una de nosotras. Era tal su abne­gación, que no temo equivocarme si aseguro que jamás perdonó sacrificio alguno por hacer el bien, aun a costa de su salud. Durante el dominio rojo, y desde tierra extranjera, no dejó de enviarnos aquellas famosas cartas que eran para nosotras un rayo de luz que nos iluminaba a través de la pe­numbra en que vivíamos. Si el Señor promete recompensar un vaso de agua fría dado en su nombre, ¿qué no tendría reservado a quien por El tanto bien nos hizo?

En las Hijas de la Caridad del Colegio encontró siempre unas fieles y grandes colaboradoras —y a quienes no estamos menos agradecidas—, pues su labor no por ser más oculta es menos meritoria a los ojos de Dios.

Es ley que todo hombre muera, y a nuestro inolvidable P. Sierra, el día y de la forma que menos lo esperábamos, le sorprendió la muerte, dejándonos honda pena e imperecederos recuerdos. En nuestras diarias oraciones no debe faltar, ni faltará, una súplica por su alma, y mientras lloramos tan irreparable pérdida, acatemos la voluntad de Dios y digamos con el santo Job: “Dios nos le dio, Dios nos le ha quitado; sea su nombre bendito.”

Este escrito se completa con las secciones de trabajo establecidas en el mismo Colegio, y que me han sido facilitadas de otras fuentes: 1 Es­cuelas diurnas. 2 Clases especiales: labores y oficinas. 3.1 Escuelas noc­turnas o Academia nocturna. 4.ti Escuelas Dominicales. Sección de re­creos y fiestas. 6.” Vacaciones veraniegas. 7.a Comedor para niñas pobres. 8.” Asociación de los Santos Angeles. 9:a Hijas de María. 10. Biblioteca escolar. 11. Caja Dotal. 12. Cooperativa de ropas y mercería. 13. Cantina escolar. 14. Ropero para los pobres.

He indicado antes que otro de los centros de Formación que fomentó y dirigió el P. Sierra fueron las Escuelas del Pilar de Cuatro Caminos; pero si hubiera de describir la labor que desarrolló en este Centro, tendría que repetir en casi su totalidad lo dicho en el anterior, porque siendo iguales el director de la obra y los elementos sobre los que tuvo que actuar, los resultados necesariamente tenían que ser los mismos.

Tengan, pues, las Hermanas del Pilar y sus alumnas por dicho de ellas cuanto quedó anteriormente escrito del Colegio del Dulce Nombre.

La Asociación de la Medalla Milagrosa fue una de sus devociones pre­dilectas, que por todos los medios trató de extender. La siguió con curio­sidad e interés desde que se empezó a propagar en España y ahora que se encontraba en el Centro Litúrgico Nacional de todas las Asociaciones de la Milagrosa, todo le parecía poco para honrar y dar a conocer a la que era titular, junto con San Vicente, de la Basílica de Madrid. Con co­operadores tan entusiastas y eficientes como los PP. Hilario Orzanco y Antonio Serra, no es extraño que los cultos a la Santísima Virgen se mul­tiplicaran y la asistencia de los fieles también fuera en aumento. Hasta los Reyes de España acudieron a la Basílica a rendir tributo a la que es Reina de cielos y tierra, e inscribirse en su Asociación. Nunca se han predicado tantos triduos, quinarios y novenarios como en los tiempos del Padre Sierra, y la mayor parte de los oradores salían de la Casa Central de Madrid.

COLABORADOR EN NUESTRAS REVISTAS

No se trata de las aficiones prehistóricas de sus primeros tiempos. Cualquier tema propio de las publicaciones que dirigen los Paúles o las Hijas de la Caridad, misiones, enseñanza, Asociaciones, obras de caridad, todo lo que tuviera relación con nuestra doble familia, con nuestro espí­ritu, fue siempre objeto ele sus escritos y de su pluma. Bastaría recorrer los números de nuestras revistas: Anales de la Congregación, La Mila­grosa, Reina de las Misiones, Justicia y Caridad, en los años que iban de este siglo hasta su muerte, para encontrar su firma al pie de numerosos artículos que tratan de omni re scibili. Sirvan de ejemplo los siguientes: Las curaciones conseguidas por la Virgen Milagrosa. Sobre Catequesis La Milagrosa en Norteamérica. Sostenimiento económico de Culto y Clero en Norteamérica. Y otros y otros. Quizá no se le pueda considerar como literato, pero sí como escritor, y los directores de nuestras revistas en­contraron en él una ayuda, que siempre es de agradecer.

UNA ANECDOTA DE SU VIDA

Aunque fuera de lugar y del tema que vengo tratando, voy a recordar un hecho que pudo ser de dolorosas consecuencias para él y para la Co­munidad, Fue en la primavera de 1921. Con frecuencia enviaban de Hor­taleza una carreta tirada por un par de bueyes para transportar la carne y productos de la huerta que surtían a la Comunidad de Madrid. Una vez descargada la carreta, los bueyes quedaban o sueltos para comer la hierba, o atados al tronco de algún árbol. Cierto día debieron quedar sueltos, y al salir la Comunidad a recreo después de la comida, sea porque se asusta­ ron al ver tanta gente, o porque los jóvenes novicios o estudiantes los azuzaron, el caso es que arremetieron contra la multitud y cada uno tuvo que refugiarse donde pudo. Fue entonces cuando salió al ruedo —por de­cirlo así— el P. Sierra, para ordenar a todos que se retiraran a sus sitios y quizá creyendo que por lo menos a él ya le respetarían los bueyes por tratarse de la autoridad; pero uno de los astados, desconocedor sin duda de las leyes de cortesía, le acometió furioso, le tiró al suelo, lo revolcó y no sabemos lo que hubiera ocurrido de no surgir en aquel instante un espontáneo novicio llamado Secundino Gutiérrez, que lanzándose al bruto lo cogió por el rabo y lo sujetó fuerte mientras otros, tirando de la cuerda que llevaba arrastrando, dieron lugar a que desapareciera el peligro y pu­sieran al Padre a salvo. Gracias a Dios no hubo que lamentar fracturas ni siquiera heridas leves, pero el susto fue de categoría. El heroico Secun­dino Gutiérrez se ordenó sacerdote a su debido tiempo y fue destinado a Filipinas, donde murió siendo todavía muy joven.

No fue éste el único caso. Otro día fueron dos vacas las que llevaron la carreta. Al salir a recreo la Comunidad, una de ellas se desmandó algún tanto y echó a correr detrás de los que se ponían delante. Su principal objetivo fue el P. Miguel Gutiérrez, que acababa de llegar de América, de Cuba concretamente. Al ver que le seguía la bicha, se recogió la sotana hasta la cintura y echó a correr por el pasillo central en busca de un árbol donde subirse. Cuando pasó el peligro decía, con su gracia andaluza: “Yo miedo no tenía mucho; lo que temía era que después se dijera que el P. Miguel Gutiérrez había muerto de cornada de vaca.”

SU VIAJE POR AMERICA

Entre los años de 1920 y 1930 del presente siglo se había extendido notablemente la Provincia de Madrid por América, fundándose varios es­tablecimientos en Estados Unidos, Venezuela y Bolivia. Su desarrollo fue rápido, pero sin mucha solidez. Con el fin de apuntalarlos —digámoslo así— los Superiores comisionaron al P. Sierra para que visitara todas esas fundaciones, y lo hizo a conciencia, empleando en ello algo más de un año, desde noviembre de 1935 hasta el fin de 1936. Se preocupó, sobre todo, de dar solidez a las mismas, haciendo contratos con los señores obispos, particularmente para el régimen de los Seminarios diocesanos. En esta jira se granjeó la gratitud de todos los misioneros y el respeto y aun la admiración de los prelados con quienes trató.

Primera etapa. Bolivia.—Una vez recibidas las credenciales de su mi­sión para América, se puso a hacer los preparativos del viaje. Con el fin de encontrarlo todo preparado a su llegada, escribió inmediatamente al señor Arzobispo de Sucre, anunciándole que dentro de poco embarcaría rumbo a Bolivia, donde tratarían todos los asuntos relativos a los Seminarios de Sucre y La Paz. Lo mismo escribió a los Obispos de Iquique y La Paz y al señor Nuncio, y que también residía en La Paz.

Por las mismas fechas decía al F. Ramón Gaude, Vicevisitador de Ve­nezuela, que embarcaría para Buenos Aires el 8 de noviembre (1935) y que llevaba para Bolivia a los PP. Mariano Bartolomé, Román Gil, Nico­medes Escribano y Valentín Alcalde; más cuatro jóvenes, los PP. Basilio Díaz-Ubierna, Gregorio Subiñas, Cesáreo Giráldez y Luis García.

Llegado al término de su viaje se entregó de lleno a resolver los pro­blemas que tenía planteados. Tuvo entrevistas con el Sr. Nuncio, estudió el régimen de los Seminarios con los señores Obispos, firmó los debidos contratos de fundación y redactó los Reglamentos y plan de estudios para los seminaristas. Antes de marchar dejó al P. Mariano Bartolomé de Su­perior de Sucre, y al P. Román Gil, de La Paz, destinando a los demás según las necesidades de las casas.

Y sobre la marcha va comunicando al Visitador de Madrid todas las noticias que cree de interés. De Iquique le dice que no hay ningún alumno en el Seminario y los Padres se dedican a trabajar en la parroquia.

Alguien debidamente autorizado debió de hablarle del proyecto de pa­sar a la Provincia de Madrid las casas que los Padres catalanes tenían en Chile. El P. Sierra, después de tratar el asunto con el P. Adolfo Tobar y con el Visitador del Pacífico, remitió el proyecto al Padre General. Sabe­mos que el proyecto se convirtió más tarde en realidad.

Segunda etapa. Venezuela.—En carta dirigida al P. Adolfo Tobar se limita a informarle del estado de varias casas, haciendo hincapié en el Seminario de Coromoto, donde se detuvo once días, y terminó diciendo —con frase un poco fuerte— que aquello era un desbarajuste, como otros Seminarios. Parece ser que habían aceptado ya también los de Maracaibo y Valencia, aunque sin tomar todavía posesión por escasez de personal. Igualmente quedó en huertas el de Cumaná, y consta por carta posterior que fueron tres Padres a encargarse de él.

El Arzobispo de Caracas y el Nuncio le aconsejan que abra el Noviciado, como los demás religiosos, y funden una residencia en la capital.

Como en Bolivia, revisó los contratos de fundación con los señores Obispos y redactó los Reglamentos y plan de estudios para los semina­ristas.

Terminadas sus visitas en la república venezolana, propone al Visitador de Madrid el cambio de Consejo Viceprovincial indicándole los nombres que, a su parecer, pueden formar el nuevo Consejo.

De regreso en Europa escribió inmediatamente a los Vicevisitadores de Bolivia y Venezuela, suplicándoles que le enviaran cada uno cinco ejem­plares de los contratos.

Se enteró también de la toma de posesión del nuevo Nuncio de Vene­zuela, a quien había conocido en Bolivia, y le faltó tiempo para felici­tarle, recomendándole el cuidado de los Padres.

Tercera etapa. Puerto Rico y Nueva York.—Pocas noticias nos quedan de lo que encontró en Puerto Rico. De una de sus lacónicas frases se desprende que siguen métodos anticuados. No obstante, en su informe deja en muy buen lugar a todos los misioneros.

De Nueva York lo único que sacó fue que aún no estaba aquello or­ganizado a la americana, y además, que se pasó quince días enfermo en cama.

BREVE ESCALA EN POTTERS BAR

Después de Nueva York hizo una breve escala en Londres; aquí em­pezaba el puente que le conduciría a Europa —a Francia, principalmente—, donde tanto trabajo y sinsabores le estaban esperando. En la Aduana de Londres se le presentó un ligero contratiempo. Sea porque él no domi­nara el inglés, o porque los jefes de Aduanas tampoco estaban muy fuertes en español o en francés, el caso es que no acababan de entenderse. Le hacían preguntas sobre el objeto de su viaje, sobre el lugar y duración de su residencia en Inglaterra, etc. Al oír la palabra residencia en inglés, que tanto parecido tiene con el español y el francés, se le ocurrió echar mano del Catálogo General de la Congregación, que llevaba en la cartera, y bus­cando POTTERS BAR, señaló con el dedo el primer nombre que figuraba en la lista de personal —que era el mío— y dijo: “Este señor es el que me ha invitado a estar en su casa todo el tiempo que quiera.” En esto aparecimos el P. Grande y servidor por otro extremo de la Aduana y el problema quedó resuelto. Media hora más tarde le rodeaba alegre la joven Comunidad de Potters Bar, escuchando con interés las peripecias de su viaje. Era el 11 de noviembre de 1936.

Al día siguiente nos habló largamente en la oración de la situación de nuestros Hermanos en las misiones de América y nos exhortó a estar pre­parados para trabajar por la Iglesia y por la Compañía en cualquier parte del mundo donde quiera la obediencia destinarnos. Descansó con nosotros unos días, visitando también a los compañeros de las otras dos casas de Inglaterra, y marchó a París, a dar cuenta al Padre General del resultado de su misión en América. Desde allí escribía el 21 de diciembre al P. Adol­fo Tobar, diciéndole que esperaba verle pronto, que estaba poniendo en limpio los papeles de las visitas.

Antes de partir para España recibe carta del P. Gaude, en que pide con insistencia que 1e envíe algunos de los jóvenes que están esperando destino en Potters Bar; pero le contesta que el Visitador ha prohibido al Padre Aquilino Sánchez destinar a ninguno de ellos sin recibir órdenes suyas.

Llegó a San Sebastián el 3 de enero de 1937 e inmediatamente escri­bió al P. Tobar preguntándole dónde podría verle. ¿Cuál fue el lugar del encuentro? Lo ignoro. Sólo sé que estuvieron varios días juntos y juntos llegaron hasta Valdemoro. En sus conversaciones debieron hablar de los jóvenes de Potters Bar, dando destino a varios de ello… Estos destinos fueron comunicados al P. Aquilino por el mismo P. Sierra; ni bien pocos días después tuvieron que ser anulados, por dificultades en los visados.

SU LABOR DURANTE LA GUERRA DE ESPAÑA

Las fuentes de información que le sirvieron para dar principio a la nueva empresa que le iban a encargar fueron: Primero Potters Bar, don­de el P. Aquilino Sánchez le dio cuenta de la correspondencia que a diario le llegaba de numerosos puntos de la zona española, exponiendo sus apuros y necesidades y pidiendo auxilio; también de varios lugares de Francia, donde se habían refugiado Padres y Hermanas después de cru­zar la frontera, y ahora, faltos de recursos, no sabían qué camino tomar. Segundo, París. Allí tenían que estar al corriente, más o menos al detalle, de la situación angustiosa porque estaba atravesando la doble familia vi­cenciana en España. Tercero, San Sebastián. Paso obligado de nuestras Hermanas y Hermanos, que habían logrado escapar de sus prisiones, y cada uno contaba su odisea y lo que sabían de los que aún quedaban en el destierro. Cuarto, por último —y principalmente—, lo que el P. Adolfo Tobar debió contarle, al encargarle de su nueva misión.

Con estos y otros muchos datos en cartera, se dirigió a su nuevo Cuar­tel General, Marsella, adonde llegó el 8 de febrero de 1937. El campo ya lo tenía preparado, pues la noticia de su llegada le había precedido; así que pudo empezar a trabajar inmediatamente. Como él no podría moverse de Marsella, sino rarísimas veces, por necesidad tuvo que buscarse cola­boradores que le ayudaran a empezar la labor después ya irían apare­ciendo otros.

El primero que se le había ofrecido ya incondicionalmente era el Pa­dre Aquilino Sánchez, residente en Potters Bar (Inglaterra). Por su situa­ción geográfica y por sus fáciles comunicaciones con las Provincias y Vi­ceprovincias filiales de nuestra Provincia de Madrid, que habían de coope­rar económicamente en la nueva empresa, Gran Bretaña era el lugar más indicado para ayudar al P. Sierra. La procura de Potters Bar podía valerse de cualquier Banco de Londres para girar dinero a cualquiera de las dos zonas de España. En Londres también tiene la Procura General de la Con­gregación una segunda Sucursal, a la que se podía acudir en caso de ne­cesidad o apuro. Alguien sugirió que sería mejor hacer estas operaciones desde París, pero la experiencia demostró lo contrario. Hubo todavía otra Sucursal filial, que facilitaba los envíos. En Hendaya, cerca de la playa, tenían —y supongo que aún tendrán— las Hijas de la Caridad españolas una residencia con diversos ministerios. De acuerdo con el P. Sierra, se presentó un día el P. Aquilino Sánchez a la Superiora y le propuso esta­blecer en su casa una especie de depósito, con el fin de acudir rápida­mente en socorro de los Padres o Hermanas que pudieran necesitar di­nero. Tanto la Superiora como sus Hermanas de Comunidad quedaron conformes, y desde ese momento, con una fuerte cantidad que se les en­tregó, empezaron las transacciones bancarias. Y digo bancarias porque las mismas Hermanas llamaban al depósito el Banco del P. Sánchez. Bastaba una nota de parte del P. Sierra o del P. Aquilino, indicando cantidad y destinatario, y la operación quedaba hecha sin pérdida de tiempo.

Otro colaborador de primera hora fue el P. Jaime Ramis, de la Pro­vincia de Barcelona. La ocasión fue la siguiente: El P. Sierra, con fecha 29 de abril de 1937, escribió al Superior de Bélgica, P. Peters, diciéndole: “A algunas Hermanas que llegan de la zona roja las obligan a ir a Bél­gica ¿No podría alguno de ustedes encargarse de mirar por ellas?” A vuelta de correo llegaba la respuesta: “Precisamente se encuentra entre nosotros el P. Jaime Ramis para atender a los suyos y dice que con sumo gusto se puede encargar también de esa labor. Desde esa fecha todos los casos que se iban presentando quedaban atendidos eficazmente.

Aún hubo otro misionero de la Provincia de Barcelona, el P. Puig, que, sin residir en un lugar fijo, tomó con sumo interés y celo el ayudar y socorrer a los miembros de nuestra doble familia que vivían ocultos en la región catalana, principalmente en la capital.

Y tratándose de Hermanas, entre otras es de justicia mencionar a Sor María del Val, quien no se contentaba con preparar la huida y faci­litar el paso de la frontera a algunas Hermanas aisladamente, sino que a veces lo conseguía con grupos considerables. Entre mis notas tengo dos, una de 48 Hermanas y otra de 43. En una ocasión se atrevió a enfren­tarse con el Ministro de Justicia, poniendo en peligro su vida o, por lo menos, su libertad, con el fin de conseguir pasaporte para cuarenta y tantas Hermanas que querían pasar de Barcelona a Francia.

La labor de estos colaboradores del P. Sierra a primera vista parece cosa sencilla; pero los que tuvimos que estar meses y meses en la brecha sabemos lo que ello significa. Cada carta del P. Sierra llevaba consigo or­den de mandar cantidades de dinero a los lugares más diversos y apar­tados de la zona roja española, lo cual ocasionaba frecuentes viajes a la capital y gastos considerables de todo género. Con frecuencia, además, esas cartas contenían noticias que había que transmitir a los familiares de los Padres o Hermanas en ellas mencionados. No pocas veces había que bus­car además, o adivinar, la dirección de los destinatarios:

A pesar de todo, no dudo en afirmar que esa colaboración se prestó con grandísimo desinterés, con un amor sincero y sin límites a nuestros Hermanos que sufrían, y con una entrega valiente y decidida a todos los riesgos que hubiera que correr. Y no me refiero sólo a los colaboradores mencionados. ¡Cuántos otros colaboradores anónimos habrá habido que únicamente Dios conoce y desde el cielo pide por ellos el P. Sierra!

Imposible sería reducir a número las buenas obras realizadas por él durante su estancia en Marsella: las cartas que escribió para comunicar noticias a Padres y Hermanas y a familiares; para interesarse por los asuntos de los demás, de los Superiores y de la doble familia vicenciana ; los miles, o tal vez millones, de pesetas enviados a los que vivían en la mayor miseria; los pasaportes y demás papeles que arregló para que pu­dieran llegar a su destino los evadidos de la zona roja; los víveres que proporcionó, los hospedajes que buscó, las veces que salió a las estaciones de ferrocarril y autobuses y se llegó a la frontera para ver si había alguien a quien recoger. Y esto sin preocuparse gran cosa del estado de su salud, que a veces era bastante precario.

Parece que su única ilusión, en medio de tan enorme trabajo, era poder salir al encuentro de la Madre Justa cuando llegara a la frontera, acompañarla a París para que estuviera con los Superiores Generales y dejarla después en la frontera de Irún en los brazos de sus Hijas, que la estarían esperando. Pero Dios dispuso las cosas de otra manera. Precisa­mente la víspera de la llegada de la Madre Justa él cayó gravemente en­fermo y tuvieron que llevarlo al hospital. Allí fue a visitarlo la Madre Justa cuando llegó a. Francia, y viendo que su estado de salud inspiraba serios temores y que el servicio de los que le cuidaban era algún tanto deficiente, le dejó una Hija de la Caridad enfermera para que le cui­dara todo el tiempo que lo necesitara.

Convencido de la imposibilidad de seguir dando detalles de su ac­tuación en todo lo que queda de este período, voy a poner fin al presente capítulo con un artículo que publicó más tarde el P. Esteban González en los ANALES, que servirá de edificación a nuestros lectores y que resu­me todo mi pensamiento. Helo aquí:

“A principios de 1937 regresó de América el P. Sierra, siendo enviado luego a Marsella, desde donde se dedicó a ayudar a los Padres y Her­manas que estábamos cautivos en la zona roja. Es incalculable el bien que hizo en los que vegetábamos malamente, más bien que vivíamos, en dicha zona, con sus cartas de aliento, que eran para nosotros inyecciones de optimismo y vida del corazón. Por mí y por cuantos sabemos lo que es estar de esta manera tan terrible, incomunicados con los seres queridos de la Compañía, tanto de Padres como de Hermanas, puedo decir que, aun­que el P. Sierra no hubiera hecho otra obra que escribir aquellas notas, cifradas las más de las veces, ya merecía el parabién más ardiente de toda la Provincia de los Paúles y de las Hijas de la Caridad. Pero hizo más, mucho más: no solamente nos puso en comunicación con la Compañía, sino que dio noticias nuestras a las respectivas familias y se interesó con gran corazón por todos y cada uno.

Esta obra de tanto consuelo es difícil ponderar como se debe, pues depende de las condiciones psicológicas de cada uno. También hizo una labor muy benemérita en favor de los que llegaban a Marsella evacuados de la la zona roja, ya proporcionándoles víveres, cuando llegaban, ya ha­ciendo que se los llevasen a los trenes en que eran almacenados para ser conducidos a Irún; ya arreglándoles los papeles para circular por Francia, lo cual suponía infinidad de gestiones con los centros de poli­cía franceses; ya buscándoles hospedaje. Mitigó la situación angustiosa de los cautivos, enviándoles dinero y víveres, y, en una palabra, siendo padre, hermano, consuelo, sostén, el todo en muchas ocasiones, para los infortunados, según confesión de cuantos conocimos de penas y dolores por entonces. Y no solamente para los Misioneros y Hermanas, sino para cuantos religiosos y seglares españoles se pusieron en relación con él. Ha­biendo luego tenido que trasladarse a la España Nacional, continuó man­teniendo correspondencia con la zona roja, debido a enlaces que buscó en Francia y a otros medios que desconozco. En Marsella padeció una grave enfermedad que le obligó a estar en el hospital bastante tiempo (cua­renta y cuatro días). Debido a las exigencias de su salud, tuvo que aban­donar Marsella y trasladarse a la España de Franco, quedando bastante tiempo en San Sebastián, aunque fechaba la correspondencia que nos en­viaba en Marsella; los enlaces que allí tenía se encargaban de franquearla y ponerla en el correo.

En el verano de 1938 cayó enfermo en Marín y estuvo hospitalizado en el Municipal de Vigo durante una temporada. Estuvo luego unos cuan­tos meses en Villafranca del Bierzo, hasta los últimos meses del citado año, en que se trasladó a Tardajos y a Burgos, para entender en el arre­glo de ciertas dificultades surgidas por la movilización de nuestros Her­manos estudiantes. Al acercarse las tropas de Franco a Madrid, fijó su residencia en Ávila, consiguiendo entrar en la capital de España casi al mismo tiempo que el Ejército conquistador y comenzando inmediatamente a hacer gestiones para que nos fuese entregada la Casa de García de Pa­redes, que había sido cuartel de los rojos y refugio de evacuados durante el último período de la guerra.

DE NUEVO EN MADRID

Efectivamente, la ocupación de la Casa de García de Paredes debió ser solamente dos o tres días posterior al último parte de guerra, pues el 17 de abril de 1939 escribía ya el P. Sierra al Superior General diciéndole: “Entrada en Madrid, terminada la guerra.” A continuación le exponía la situación en que había encontrado la Casa y la Basílica, y que eran ya dieciséis los que formaban la Comunidad.

Habiendo sido cuartel y refugio la última temporada y milicianos y evacuados sus últimos inquilinos, es de suponer cómo encontrarían los misioneros el edificio. Todo desmantelado, las paredes ennegrecidas y lle­nas de mugre, los pasillos medio levantados, el piso de la iglesia resque­brajado y lleno de hoyos, los altares y confesionarios destrozados, mue­bles pocos y derrengados, montones de basura y desperdicios por todas partes, etc.

Y la Casa y la Iglesia había que ponerlas en movimiento sin pérdida de tiempo. Tarea difícil, pero insoslayable, que tuvieron que acometer el Padre Sierra y todos los que iban llegando de los diversos puntos de la geografía española. A los ocho días yo mismo llegué de Inglaterra y me encontré con la grata sorpresa de ver que las misas de la Basílica se de­cían ya casi normalmente y las confesiones se oían sin interrupción, sen­tados los Padres en sillas colocadas a lo largo de las naves laterales y vestidos de seglar casi todos. Así comenzó la restauración de la Casa Cen­tral y así fueron volviendo a su curso normal todos sus ministerios y actividades, organizados e impulsados por el Sierra. Era lo mismo que empezar a edificar de nuevo; pero por lo menos se tenía la experiencia anterior —con una interrupción de tres años— y algunos meses después las cosas volverían a estar otra vez en su sitio. El P. Sierra puso en marcha en seguida la publicación de ANALES y revistas, la reorganiza­ción de las Asociaciones de la Milagrosa, de las Hijas de María, de las Damas de la Caridad, las capellanías, retiros mensuales, los ejercicios espi­rituales, las misiones de fundación y todos los demás ministerios que eran tradicionales en la Comunidad. Nada quedó que no le prestara la debida atención, y hasta es muy posible que nuevos compromisos vinie­ran a sumarse a los ya adquiridos.

Tres años largos tuvo a su disposición el P. Sierra para desarrollar el plan que se propuso al entrar en Madrid después de la guerra; tres años que, por lo duros y difíciles, parecían pedir un descanso bien merecido o, por lo menos, cambiar la labor que llevaba entre manos por otra más suave y llevadera. Así lo debieron comprender los Superiores Mayores, o quizá así lo expuso él mismo. El caso es que el relevo se produjo.

SUPERIOR DE LA CASA DE SAN PEDRO

El día 6 de julio de 1942 el Sr. Visitador, P. Adolfo Tobar, durante la oración de la mañana, mandó sentar a la Comunidad, y después de exponer la conveniencia de hacer algunos cambios de oficios en la Pro­vincia y en la Casa Central de Madrid, nombró Procurador Provincial al Padre Bonifacio González, y Superior de la Casa Central, al P. Aquilino Sánchez. Respecto al P. Lorenzo Sierra, después de agradecerle pública­mente los valiosos servicios prestados en tiempos tan difíciles a la Casa y Comunidad de García de Paredes, declaró que seguía siendo Consejero Provincial y pasaba de Superior a la Casa de San Pedro, de la que le dio posesión aquel mismo día. En la Casita de Lope de Vega había resi­dido ya con el cargo de Subdirector de Hermanas desde el 8 de julio de 1926 hasta el 7 de noviembre de 1932, en que volvió nuevamente de Superior a la Casa Central.

Las ocupaciones que desde ahora iban a llenar su vida eran, a no du­darlo, de su predilección. Naturalmente, lo primero la Comunidad, con todos sus detalles, obligaciones y compromisos; pero después se entregó con ardor y entusiasmo al estudio de la doble familia de San Vicente, su espíritu, su historia, sus obras. Su nueva residencia lleva el título de Centro Nacional de las Conferencias de Caballeros o Sociedad de San Vicente de Paúl, y al frente de la Obra, como Director Nacional, estaba una gran figura, sabio, literato y, sobre todo, fervoroso discípulo de San Vicente. Don Luis Martínez Kleiser —que ése era su nombre— y el Pa­dre Sierra eran amigos desde antiguo; pero ahora iban a unir sus fuerzas para trabajar por la misma causa. Así lo hicieron con tesón y perseveran­cia, sin descuidar ninguno de ellos sus obligaciones personales.

El P. Sierra no podía olvidar a las Damas de la Caridad, de las que era Director Nacional desde el 15 de mayo de ese mismo año, ni había abandonado las obras post-escolares de los Colegios de la Guindalera y

Cuatro Caminos, ni le sufría el corazón aflojar en la propagación de la Visita Domiciliaria, ni se podía hacer sordo a las múltiples peticiones de ayuda que de todas partes le hacían las Hijas de la Caridad; todo lo lle­vaba adelante, sin desmayo, a ritmo acelerado, como si tuviera prisa en ir acumulando obras buenas para la otra vida, ya que ellas son la única moneda que se cotiza en el cielo. A esa velocidad, en esos menesteres y otros parecidos, fue el P. Sierra consumiendo sus energías durante los cinco años escasos que el Señor le concedió en la residencia de San Pe­dro para poner fin a su carrera.

SU MUERTE

Siempre tuvo una salud muy delicada. De estudiante ya le pronosti­caron poco tiempo de vida, pero siempre se levantaba. Le fallaba, sobre todo, el aparato respiratorio, siendo muy propenso a catarros, pulmonías y cólicos nefríticos. Muchas veces estuvo a la muerte y recibió lo que se creía los últimos sacramentos; pero siempre salía a flote. Era nota­bilísima su extremada quietud en la cama, sobre todo cuando se lo man­daba así el médico, lo cual seguramente influía en su curación.

Desde que llegó a Madrid como Superior en 1915 fue siempre Conse­jero Provincial, y Consejero Provincial sería hasta su muerte. En el último Consejo del mes de enero de 1947 se sintió mal, sin duda uno de esos ata­ques que solían darle de vez en cuando. Lo trasladaron a la enfermería, que, como todos sabemos, era una dependencia de la Clínica de la Milagro­sa, y allí quedó para que le cuidara la Hermana encargada, que lo era ya sor Sabina Azpiazu. En el Consejo siguiente del 1 de febrero del mismo año quedó constancia de que no había asistido por estar enfermo. Y yo, que estaba entonces de Superior, puedo asegurar que permaneció en la Casa Central, entre enfermo y convaleciente, más de dos meses.

Por fin, el 9 de abril, sintiéndose totalmente recuperado, decidió volver a su casa de la calle de San Pedro. A media mañana, sin duda para hacer tiempo hasta la hora de la comida, salió a pasearse a la huerta rezando el rosario. Cuando se sintió cansado fue a sentarse en uno de los bancos que había a ambos lados de los pasillos. El banco era de madera, pero las patas eran de hierro y casi redondas; Además, estaba colocado sobre tierra húmeda y movediza. Al sentarse, las patas traseras del banco se hun­dieron en la tierra y él quedó con la espalda apoyada en el respaldo del mismo banco y las piernas en alto, sin poder moverse ni levantarse. Sea que él gritó pidiendo auxilio, o que el Hermano que estaba a alguna dis­tancia cavando en la huerta se dio cuenta, el caso es que dicho Hermano acudió presuroso, levantó el banco y el Padre pudo incorporarse. No pasó nada, sólo fue un susto; pero cualquiera diría que era una especie de pre­sagio de lo que iba a ocurrir después.

Al cabo de un rato de descanso, el P. Sierra volvió a pasear rezando el rosario, y cuando lo terminó debió fijarse en los edificios que estaban levantando alrededor de nuestra huerta. El más próximo estaba en el rincón donde todavía se conserva la carpintería. Esta, por la parte que daba a la calle del General Sanjurjo, estaba completamente descubierta; sólo tres o cuatro postes de madera sostenían el cobertizo protector de la misma carpintería. Los postes estaban solamente apoyados en el piso, pero sin clavar, y a pocos centímetros hacia afuera empezaba la pared del só­tano o cimientos del edificio contiguo. Estos cimientos tendrían de pro­fundidad unos cinco metros aproximadamente, y tres metros más arriba había un tablón grueso y resistente que debió servir de andamio para los obreros. El P. Sierra, movido sin duda por la curiosidad, quiso ver cómo andaban las obras de al lado. Entró en la carpintería, se inclinó un poco para ver el fondo de los cimientos, al mismo tiempo que se apoyaba en uno de los postes, sin reparar en que estaba suelto. El poste cedió hacia el precipicio y detrás fue el cuerpo del P. Sierra, dándose el primer golpe en el tablón que había atravesado, quedándole un brazo casi desgajado y cayendo después de cabeza al fondo de la zanja. El conocimiento debió perderlo en el acto, pero el corazón siguió latiendo, por lo menos hasta la entrada del Sanatorio de la Milagrosa.

Cuando esto ocurría no había nadie en la huerta; hasta el Hermano, que estuvo antes cavando, se había marchado; pero al caerse el poste el cober­tizo de la carpintería experimentó una sacudida, o tal vez se desplomó en parte, y algunos de los obreros que estaban en los andamios próximos se dieron cuenta del accidente. Tocaron la bocina o instrumento que ellos usan para interrumpir el trabajo o para casos de accidente, y varios ba­jaron a recoger al Padre. Intentaron subirlo por la parte de la huerta, pero dada la altura y lo difícil del terreno, prefirieron llevarlo a la calle del General Sanjurjo, de allí a Modesto Lafuente, para entrar en el Sanatorio de la Milagrosa. Allí nos lo entregaron aquellos buenos obreros, pero sin vida. Dios les habrá premiado su obra de misericordia.

Los médicos que estaban entonces en el Sanatorio le hicieron un mi­nucioso reconocimiento, por si todavía hubiera alguna esperanza; pero ya era tarde, no había nada que hacer. Lo mismo confirmó un poco más tarde el médico de casa, D. José Unzaga.

Pasados los primeros momentos de zozobra y de angustia, cuando to­davía la noticia no era del dominio público, tuve necesidad de salir a la puerta del Sanatorio, y precisamente en ese mismo instante, muy ajena a lo que estaba pasando, se me presenta Sor Teresa Plata, la Superiora del Colegio del Dulce Nombre de la Guindalera, donde tantos años llevaba el Padre Sierra trabajando por el bien de sus alumnas, y me dice: “He oído que el P. Sierra se marcha ya esta tarde a su casa de San Pedro, ¿dónde podría verlo, pues tengo que tratar un asunto con él?” “¡Hay, Sor Teresa, qué difícil y qué duro es en estas circunstancias contestar a su pregunta! El P. Sierra no se va ya a su casa de San Pedro. El P. Sierra está de cuer­po presente.” Lo que sintió ella entonces y lo que sentí yo sólo Dios lo sabe.

La noticia del fallecimiento se comunicó rápidamente a todas las ca­sas de Padres y Hermanas de Madrid, mientras la radio y la prensa se encargaban de publicarlo en toda la nación. Se colocó el féretro en lugar apropiado para que pudieran verlo y rezar por su alma todos los devotos y amigos que lo desearan, y al día siguiente, con asistencia de Padres Paú­les, de numerosísimas Hijas de la Caridad, de sacerdotes, de religiosos y religiosas e innumerables fieles, se celebró solemne funeral en la Basílica y a continuación tuvo lugar el sepelio en el panteón que tienen los Padres Paúles en el cementerio de San Isidro. Algunos días más tarde se celebró otro segundo funeral en el Templo Nacional de las Conferencias de Caba­lleros, que es la iglesia de su Comunidad. Confiamos que el Señor reci­biría en seguida a su siervo bueno y fiel en el seno de su misericordia. Descanse en paz.

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