Recuerdo del P. Lorenzo Sierra Rubio en el centenario de su nacimiento (I)

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Autor: Anónimo .
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El día 9 de abril de 1947, o sea, hace ya veinticinco años, murió en nuestra Casa Central de Madrid el R. P. Lorenzo Sierra Rubio, una de las grandes figuras de nuestra Provincia en los últimos tiempos. Por causas desconocidas, o quizás por algún descuido involuntario, no apa­reció entonces una pluma que se comprometiera a escribir la biografía completa del por tantos títulos benemérito de nuestra Congregación, de nuestra Provincia y de España. Solamente el P. Vicente Franco publicó de él una breve y acertada semblanza en la revista «La Milagrosa» —de la que era entonces Director— que creemos muy digna de figurar al frente de este humilde trabajo—, contando, como es natural, con el permiso del autor. Después han ido apareciendo en revistas y periódicos reseñas más o menos afortunadas sobre alguna de sus múltiples facetas; pero sólo han llegado a conocimiento de muy contados lectores. En 1957, el R. P. José García, religioso agustino, que había trabajo largos años en Filipinas, al regresar a España y enterarse de que había muerto su ilustre paisano, se propuso escribir en el periódico local «Nueva Rioja» algunos artículos titulados «Un riojano ilustre», para dar a conocer al que era desconocido en su región natal. En efecto, se dirigió al Superior y al Archivero de nuestra Casa Central de Madrid, para pedirles datos con que realizar su labor, y ellos pusieron a su disposición cuantos tenían a mano. Es sin duda el trabajo más extenso y de más valor que se ha publicado sobre el P. Sierra, pero todavía quedó muchísimo que decir acerca de una vida tan llena, tan fecunda y tan digna de ser conocida, admirada y, sobre todo, imitada por todos los miembros de la doble familia vi­cenciana.

Mi propósito, al emprender esta obra, es reunir cuantos escritos o documentos han visto la luz pública sobre el tema, y completarlos des­pués con otros muchos que permanecen inéditos. Aún estamos a tiempo de subsanar el fallo o descuido que tuvieron los contemporáneos del P. Sierra silenciando la desaparición de su relevante figura, y esta opor­tunidad nos la brinda el hecho de cumplirse ahora los cien años de su nacimiento, que tuvo lugar el 14 de marzo de 1872.

Empecemos con los artículos del religioso agustino, que se firma con el seudónimo «Jo-Gar» (José García), y que dice así: «Hace unos días —el 9 de abril de este año 1957 se han cumplido dos lustros del falle­cimiento del ilustre naturalista teólogo profundo y eminente canonista riojano P. Lorenzo Sierra Rubio. Este ilustre varón, que tan celebrado fue en la capital de España y tan estimado y admirado por los más destacados hombres de ciencia nacionales y extranjeros casi es desconocido entre nosotros.»

A continuación, y como prólogo a sus artículos, copia la semblanza escrita por el P. Franco en «La Milagrosa». También yo la vuelvo a trans­cribir, según me había propuesto, para conocimiento de nuestros lectores, y se ajusta a los términos que siguen:

«El P. Lorenzo Sierra es una figura relevante, que merece estudiada biografía, lejos de tópicos y ñoñeces, que analice su acusada y completa personalidad. No la vamos a trazar ahora. Sólo apuntaremos su semblan­za. Era muy sensitivo bajo un caparazón de frialdad y reserva, merced al dominio de su corazón y a la acritud temperamental creada por sus continuas dolencias. Su entendimiento discursivo y práctico parecía des­pojarle de fantasía y, no obstante, era de una imaginación euclidiana, tocada de un idealismo «sui generis». Era poeta de obras y realidades. Su voluntad tesonera seguía la ruta inflexible de la convicción, como el pro­yectil su parábola. Su carácter, netamente celtíbero —como riojano na­tivo—, mantenía una noble independencia de apreciaciones, fuera de pro­vincionalismos y amistades, que salvó siempre su pureza de intención, aún dentro de sus equivocaciones.

«Pero si algo retrata el temple de su carácter y los quilates de su virtud, fue la renuncia heroica a su vocación científica. Porque no se trata de caprichos, de aficiones, de aptitudes, de ensayos, sino de autén­tica y definida vocación para los trabajos de prehistoria. Los afortunados hallazgos paleolíticos en las cuevas santanderinas, las excavaciones patro­cinadas por Mecenas principescos y admiradas por hombres de ciencia, le dieron un renombre europeo, y desde Alemania, Austria, Francia, se carteaban con él sabios de la talla de Obermaier, el príncipe de Mónaco, y acudían a verle al Colegio de Limpias de los PP. Paúles, y buscaron su cooperación el Abate Breuil y H. Alcalde del Río en la monumental obra «Les cavernes de la Region Cantabrique». Estaba empezando sus investigaciones y ya era una autoridad mundial en la materia. Y cuando la fama le halagaba, y el director del Museo Paleontológico de Madrid le proponía trabajar pensionado por el Gobierno español, recibió de sus Superiores eclesiásticos la orden de consagrarse a otras ocupaciones in­compatibles con su vocación científica. Quien conozca aun superficialmen­te el alma humana, podrá valorar la grandeza de alma del P. Sierra en esta ocasión, al inmolar sus ideales y sus éxitos en aras de la obedien­cia. Si un sabio se malogró entonces para la ciencia y para España, se reveló todo un hombre, que sin protesta ni reticencias se sacrificaba por más altos compromisos y se entregaba con alma y vida a nuevas ocupa­ciones, ajenas a sus tendencias.

«La enorme energía de voluntad que demostró para torcer impasible el rumbo de su vida, a pesar de los cantos de sirena con que ciencia, patria y vocación le atraían, le hacen digno de todo respeto y admira­ción, que ya Dios habrá recompensado.»

El P. Sierra vio la primera luz en Ezcaray, el 14 de marzo de 1872. Sus padres se llamaron don Clemente Sierra y doña Felipa Rubio. Apren­dió las primeras letras en una de las escuelas de su villa natal. A los diez años sintió que Dios le llamaba a su servicio y, obediente a su voz, comenzó a prepararse para abrazar el estado religioso, cursando Latín y Humanidades en Ezcaray y Morales, en la preceptoría que dirigía a la sazón otro paisano ilustre de nuestro biografiado, el presbítero don Angel Manso, más adelante canónigo de Santo Domingo de la Calzada y aca­démico de la Historia y Bellas Artes. El 18 de mayo de 1887 ingresó en el noviciado de los PP. Paúles de Madrid, e hizo los votos perpetuos el 15 de marzo de 1890. Muy pronto distinguiose entre sus compañeros por su religiosidad y virtudes a toda prueba, por su vivo ingenio y por su talento claro y agudo. Tan aprovechado y sobresaliente fue en los estudios, y tal admiración causó en sus maestros y superiores después de la maravillosa defensa que hizo en público de una tesis que se le había señalado en 1894, que no titubearon ya en confiarle el desem­peño de una cátedra de Derecho Canónico y de Hermenéutica. Mas ape­nas comenzó a ejercerla, le sobrevino una grave enfermedad, y sus supe­riores, temiendo ver truncadas para siempre las bellas esperanzas que en el joven Sierra tenían cifradas, sin terminar la carrera, le enviaron al Colegio de Limpias, en Santander, al que llegó en septiembre de 1894. Allí se sometió a un régimen de curación extremadamente duro, que observó escrupulosamente con gran entereza, y logró reponerse. Fue ordenado de menores y subdiácono el 29 y el 30 de marzo de 1895 en Santander, y de diácono el 8 de junio del mismo año y en el mismo lugar. Otro detalle pone de manifiesto cuál era la disposición del joven y la con­fianza que a todos les merecía, y fue que, siendo todavía diácono, le encomendaron el sermón de San Lorenzo en la fiesta principal de Laredo, y lo predicó a satisfacción de todos. Se ordenó de presbítero el 21 de marzo de 1896 —también en Santander— y permaneció en Limpias hasta el año 1915, donde desempeñó, sucesivamente, y a veces varios a la vez, todos los oficios y cargos del Colegio: profesor, director de estudiantes, procurador, vicesuperior y rector desde el 6 de octubre de 1906. A su actividad, pericia y celo se debió principalmente la feliz terminación del edificio nuevo del Colegio de Limpias y la traída de aguas para el mismo, tan difícil en aquellas circunstancias.

EL SABIO.—Tal es el calificativo que por múltiples conceptos mere­ció el P. Sierra. Para demostrarlo, bueno será dedicar alguna página a reseñar sus trabajos de investigador y clasificador de objetos prehistóri­cos, pues sus afortunados hallazgos y meritísimos estudios en este ramo de la ciencia fueron los que le acarrearon un renombre mundial.

Según varias notas que han llegado a nuestras manos, la afición del P. Sierra a los estudios prehistóricos se despertó con la relación que dos alumnos del Colegio de Limpias, naturales de un lugarejo denominado Aldea Cueva, en el valle de Carranza, le hicieron de una cueva en que se guardaban huesos humanos. Con objeto de estudiarla, visitóla en las vacaciones estivales de 1895, y, en efecto, encontró en ella muchos restos humanos, que clasificó como prehistóricos; lo que fue confirmado poco después por el sabio profesor francés Edouard Harlé. Con ellos comenzó a formarse el museo prehistórico del Colegio de Limpias, que de día en día fue enriqueciéndose con las sucesivas aportaciones del P. Sierra, ad­quiriendo fama internacional, y atrajo a sabios tan eminentes como Hugo Obermaier, austríaco; F. Birkener, de la Facultad Antropológica de Mu­nich; el abate H. Breuil, del Instituto de Paleontología de París; al barón A. Blanc, de la Universidad de Roma; a I. Nelsen, de Nueva York; al ya citado F. Harlé, de la Universidad de Toulouse; al famoso príncipe de Mónaco; a Hermenegildo Alcalde del Río, al señor marqués de Cerralbo y otros nacionales y extranjeros, cuya relación se haría interminable. Casi todos los nombrados y algún otro extranjero se honraron en solicitar la colaboración del P. Sierra en sus estudios e incluyeron en sus publica­ciones los del sabio paleontólogo riojano. Desde el feliz hallazgo de que nos hemos ocupado, el P. Sierra emprendió la exploración de las regiones próximas a Limpias, como Rasines, en la que descubrió la importante Cueva del Valle, de la que nace el río Silencio, y en la que encontró notabilísimos objetos y huesos prehistóricos; Gibaja, en la que puso al descubierto otras tres cavernas designadas con los nombres «La Venta de la Perra», de «Solarriza» y «Coya Negra», en las cuales se encontra­ron diversas pinturas rupestres y variadísimos objetos paleolíticos; entre las pinturas o dibujos, uno incompleto de caballo trazado por un tro­glodita.

Para no alargar demasiado este artículo, bueno será remitir al lector a la Enciclopedia Espasa (volumen dedicado a España, en su sección o tratado de Prehistoria) o, mejor todavía, a la colección «Actas y Memo­rias» del Primer Congreso de Naturalistas Españoles, celebrado en Zara­goza los días 7-10 de octubre de 1908, en las que se inserta la Memoria que el P. Sierra presentó a dicho Congreso con el epígrafe de «Notas para el Mapa Paletnográfico de la provincia de Santander», seguido del mapa descriptivo, en que hace una relación sucinta de las 44 cavernas de la provincia descubiertas hasta entonces, con los nombres de sus des­cubridores y estudiadores, objetos hallados en cada una con su descrip­ción y clasificación, y la situación topográfica de las mismas. De las 44, más de la mitad —24— habían sido estudiadas exclusivamente por el autor de la Memoria; varias de las otras, por él acompañado de don Hermene­gildo Alcalde del Río, y algunas, asociado a su amigo el célebre paleon­tólogo francés Edouard Harlé, quien, en 1908, dio a conocer al mundo científico algunos de los descubrimientos del P. Sierra, sobre todo los restos del reno de la Cueva de Valle y de Ojebar. Esta última fue sin duda el trabajo más importante del P. Sierra, a cuya descripción y cla­sificación de la variedad de objetos que contenía dedicó un trabajo, con numerosos dibujos y grabados que recogió el «Boletín de la Real So­ciedad Española de Historia Natural», mayo de 1913. Merced a los tra­bajos científicos ejecutados por él y por el Conde de la Vega del Selle, «ateniéndose a la sistemática moderna», la región de Asturias y Santan­der es «sin duda la mejor investigada», según testimonio del competen­tísimo abate Obermaier.

No queremos omitir el detalle de que su concurso al Congreso de Zaragoza fue a invitación oficial de sabios tan eminentes como el doctor Ramón y Cajal, señor marqués de Cerralbo, Cabré, Recasens y otros no menos destacados hombres de ciencia.

Era el P. Sierra socio numerario de la «Asociación Española para el Progreso de las Ciencias», de la «Real Sociedad Española de Historia Natural», de la «Sociedad Española de Física y Química» y socio fundador de la «Sociedad Ibérica de Ciencias Naturales», de Zaragoza.

Como epílogo de lo expuesto anteriormente, permítasenos recoger aquí varias anécdotas y episodios acaecidos al P. Sierra con motivo de sus andanzas por la provincia de Santander y de sus estudios prehistó­ricos, anécdotas que se conservan en nuestro Archivo:

En cierta ocasión, con motivo de una peregrinación de la Milagrosa, el P. Sierra preparó un descanso en Mónaco, con el propósito de visitar los famosos gabinetes de su Museo de Historia Natural. Cuando llegó a la sección de Prehistoria, comenzó a explicar el origen y características de cuanto allí se contenía. Los encargados del Museo fueron dejando sus trabajos, y poco a poco se fueron sumando a los curiosos que rodeaban al Padre. Al terminar éste, llenos de admiración, le preguntaron si había visitado ya antes el Museo, y como él respondiera que no, se resistían a creerlo. Entonces les dijo quién era y ellos exclamaron: «Así se com­prende que usted conozca esto tan bien.»

Era el año 1921. El P. Sierra visitaba como uno de tantos curiosos la exposición que había abierto el señor Marqués de Cerralbo, sin ser conocido. Al poco tiempo llegó con idéntico propósito el señor Maura, y el Marqués comenzó a recorrer con él los «stands», explicándole lo que allí se albergaba. Pero al acercarse donde el P. Sierra admiraba con deleite de sabio dichos objetos, reconocióle el señor Marqués, le saludó complacido, y, después de hacer su presentación al señor Maura, dijo, volviendo a los circunstantes: «Señores, yo debería callarme ya y ceder la palabra a este Padre.» El P. Sierra agradeció humildemente el cumplido y suplicó al Marqués que continuara en sus explicaciones, sumándose como uno de tantos al cortejo.

La cueva de Cobalanas fue la segunda en el mundo que se descubrió con pinturas… El P. Sierra quiso ponerle puerta, para que no se dete­riorasen las pinturas estando a merced de todo el mundo, pagando los gastos el Instituto de Paleontología de París…, pero el Ayunta miento de Ramales puso dificultad.

 

EL HOMBRE QUE LEE EN LAS CALAVERAS LO QUE HA HECHO CADA UNO

El simpático santanderino don Julián Salguero, que dirigía la explo­tación de las minas de hierro de Peña Cabarga, cerca de Solares, avisó en cierta ocasión a su amigo el P. Sierra, que en una finca de su pro­piedad situada en Heras, no lejos de Astillero, había encontrado unos sepulcros antiguos, rogándole que pasara por allí para verlos. Aprove­chando una oportunidad, se llegó el sabio riojano hasta aquel lugar, y, acompañado del señor Salguero, examinó alguno de los sepulcros y des­cubrieron uno. Al ver el cráneo, dijo el P. Sierra, con la naturalidad del sabio: «Esta calavera es de una mujer de unos cuarenta y cinco años de edad.» Los obreros que hacían la excavación y otros curiosos que presenciaban el acto, se miraron asombrados, pero nada dijeron. Junto a los restos de la mujer se encontraban los de un niño de pocos años. Recogidos estos y otros despojos, se volvió el Padre a Limpias. No bien hubo montado en el tren, los que habían presenciado la escena anterior se acercaron al señor Salguero y le preguntaron cómo podía saber aquel fraile que el esqueleto era de una mujer, y, sobre todo, conocer su edad. El señor Salguero, que era un hombre chistoso y agudo, respondió: «¿De eso os admiráis? ¡Pues si supierais lo que me ha contado! Porque ese hombre ha aprendido a leer en las calaveras lo que ha hecho cada cual. con la misma facilidad con que vosotros leéis en un libro. Y así, en el cráneo de esa mujer leyó que de joven tuvo un desliz y luego sufrió mucho.» Sobre este tema tejió el señor Salguero una interesante novela, y por último añadió: «Pero no creáis que lee sólo en las calaveras de los muertos. A nosotros mismos, cuando estábamos con él, nos leía los pensamientos.» Al oír está, quedaron estupefactos, y particularmente al­gunos jóvenes exclamaron: «Por Dios, don Julián, no traiga más a ese fraile, o avísenos con tiempo para escondernos.»

LAS PIEDRAS QUE ARDEN

En otra ocasión, cuando descubrió el P. Sierra la caverna prehistó­rica de Ojebar, la gente de aquel pueblo se quedaba admirada y no sabía qué pensar al verle escarbar y buscar con todo afán los restos y uten­silios de los contemporáneos del oso de las cavernas. Entonces, uno de los que en la Montaña llaman «indianos», y que por haber recorrido tierra poseía cierto tinte de ilustración, dijo a los vecinos: «No seáis necios, esos frailes son muy listos; lo que buscan principalmente no son huesos, sino más bien unas piedras que arden. A no ser por eso, para rato se iban a gastar ahí tiempo y dinero. Lo que debéis hacer es bus­carlas vosotros, y así os ahorraréis el trabjo de ir por leña al monte.» A los campesinos se les hizo cuesta arriba creerlo, y entablada viva dis­cusión, terminaron por apostarse una cántara de vino, determinando ha­cer la prueba el domingo siguiente. El indiano de marras pidió al P. Sierra unas cuantas piedras de carburo que llevaba para las linternas de explo­ración, y provisto de ellas, se presentó muy ufano el domingo por la tarde ante sus vecinos, que estaban segurísimos de ganar la apuesta. Como por entonces no se había generalizado todavía el uso del carburo, les persuadió fácilmente de que aquellas piedras eran las que buscaban, y habían encontrado en la cueva los frailes de Limpias. Puso, pues, unas cuantas en medio del corro, y después de echarles agua —con no poca extrañeza de los presentes—, mandó a uno de ellos que les prendiera fuego. El estupor que a aquellos hombres les produjo el ruido del car­buro al inflamarse tan pronto como le acercaron la cerilla, no es para dicho. No les quedó otro recurso que pagar la apuesta, aunque luego se bebieron el vino entre todos; pero sin dejar de revolver continuamente en su caletre el modo de dar con aquellas misteriosas piedras. La con­secuencia fue que al día siguiente acudieron todos a la caverna bien provistos de picos, palas y otros instrumentos. Hasta sonó algún barreno. La cueva quedó completamente estropeada. Afortunadamente, se había retirado ya de ella cuanto era de alguna utilidad o valor para la ciencia.

NUEVA ORIENTACION DE SU VIDA

En 1915 tuvo que dejar sus investigaciones y el Colegio de Limpias, del que era Rector desde 1906, por haber sido nombrado Superior de nuestra Casa Central, cargo que desempeñó hasta 1925. Desde esta fecha se trasladó a la casita de Lope de Vega como Subdirector de las Hijas de la Caridad. Estuvo al frente de las dos familias de San Vicente en España mientras el P. Atienza pasó visita canónica en Las Antillas.

Un ilustre misionero Paúl afirmaba no hace mucho que el P. Sierra había sido uno de los puntales más firmes de la Congregación en Es­paña; y otro, tratando de dar una explicación satisfactoria a su traslado de Limpias a Madrid cuando tan destacadamente había llegado a figurar su nombre entre los más eminentes científicos nacionales y extranjeros, y tan embebido se hallaba en sus exploraciones y meritísimos estudios pre­históricos, alegó que en aquella época la Congregación había cobrado en España un ritmo ascendente, llegaba a su punto crucial, disponía de personal abundante, joven y prometedor; mas era preciso encauzar su actuación por derroteros amplios, dejando por arcaicos, ciertos moldes ya anticuados. Para realizar este programa se necesitaba una voluntad fuerte, de un guía que los dirigiese sin vacilación y de conformidad con las cir­cunstancias imperantes en aquel momento, y los Superiores creyeron que el P. Sierra sería el más apropiado para llevar a cabo tal empeño; pues a su esmerada preparación científica y óptima formación religiosa, a las singulares dotes de organizador y de gobierno que había manifestado en el Colegio de Limpias, y a la aureola de sabio que le rodeaba, unía un conocimiento profundo de la historia y actividades propias de la Congre­gación, de los escritos y vida de su glorioso Fundador San Vicente, y su encendido entusiasmo y amor para todos los que con él y su obra máxima —la Congregación— se relacionaba. Por otra parte, elegido dipu­tado por la Provincia de España, había participado y actuado en la Asam­blea General que la Congregación celebró en 1914, por lo que se había dado a conocer personalmente a sus miembros de más relieve y nota. No es de admirar, por lo tanto, que los Superiores pusieran sus ojos y confianza en él para tan alto empeño. Desde el 1914 fue elegido dipu­tado por la Provincia de Madrid para participar en todas las Asambleas Generales que se celebraron hasta el año 1939, y en todas intervino muy activamente y con mucha autoridad. La más alta superioridad de la Con­gregación le encomendó, por esto, estudios canónicos de gran impor­tancia, especialmente con motivo de la adaptación de las Constituciones de la Congregación al Código de Derecho Canónico, cuando éste se re­formó. A tales estudios añadió por su cuenta otros similares sobre el espíritu e interpretación de las mismas, uno de los cuales se publicó en «Anales» de la Congregación de la Misión. Escribió también un largo y profundo estudio sobre la situación canónica de las Hijas de la Caridad, que permanece inédito todavía. Pero no es esto todo. Desde que fue nombrado Superior de la Casa de Madrid, consagró de modo especial sus energías a la organización y buena formación de nuestros jóvenes, como también de las Hijas de la Caridad.

SUS ACTIVIDADES EN MADRID

Hoy que tanto se habla y se insiste en que las Comunidades en ge­neral, y sobre todo los centros de formación, se compongan de un nú­mero reducido de miembros, que vivan en pisos particulares, haciendo, por consiguiente, desaparecer numerosos seminarios, para darles otro des­tino…, nos podemos formar una idea de lo que sería nuestra Casa Cen­tral de Madrid en 1915 cuando llegó el P. Sierra. Entre sacerdotes, teó­logos, filósofos, novicios y hermanos coadjutores, no bajaban de 400 los individuos que formaban la Comunidad. Número exhorbitante, si se quie­re, pero no anormal, según los signos de aquellos tiempos.

Con esta numerosa familia tuvo que enfrentarse el nuevo Superior al tomar posesión de su cargo. Es verdad que venía del Colegio de Lim­pias, que acababa de emprender una era brillante y de ascenso, pero no es lo mismo un Colegio que una Comunidad religiosa en lo tocante a formación, disciplina y espiritualidad. El cambio era extraordinario, las dificultades que le esperaban… muy fuertes, y la cooperación de los que tenían obligación de ayudarle…, quizás no del todo eficaz; más que por mala voluntad, por mentalidad opuesta o distinta.

Su primera actuación fueron los ejercicios espirituales a la Comuni­dad, que, por cierto, tuvieron que retrasarse hasta finales de noviembre, para que él los diera, en lugar de hacerlos a principio de curso, como era costumbre. Dados sus conocimientos acerca de la Congregación y del espíritu de San Vicente —que expuso con brillantez , la impresión que causó fue favorable y positiva, aunque a algunos parecieran tal vez de- masiado fuertes y exageradas ciertas ideas y orientaciones que no esta­ban acostumbrados a oír. Sus conferencias y repeticiones de oración, a lo largo de sus superioratos, fueron siempre saturadas del espíritu vicen­ciano y de la santa doctrina de la Iglesia.

Bien pronto empezó a darse cuenta de la situación de la Casa, así como de los oficios y ministerios que desempeñaban los individuos de la Comunidad. Como hombre organizador y de orden, hizo su plan y se entregó de lleno a realizarlo hasta donde las circunstancias se lo per­mitieran. Estas circunstancias parece que cada día se volvían más con­tra él, ya que, por un lado, veía tan claras las cosas, que no podía decir que no cuando su conciencia le dictaba que debía decir que sí, y por otro, no eran solos los asuntos de la Casa Central con los que no estaba conforme; eran también muchas las cosas y los problemas de la Provin­cia con los que no podía estar de acuerdo. No obstante, siguió luchando y aguantando… hasta que se colmó la medida y no pudo más. (Datos tomados del Archivo.)

Fue entonces, en 1919, cuando, después de consultarlo largamente con Dios en la oración, dirigió una carta al señor Visitador —que lo era a la sazón el P. José Arambarri— y sin rodeos de ninguna clase le dijo: «Puesto que estoy en desacuerdo constante con usted y con el Asistente en el gobierno, pido ser destinado a América.»

No dispongo de datos para asegurar lo que pasó entonces; pero lo que sí consta es que desde ese momento las cosas empezaron a cambiar. Poco tiempo después, el P. Adolfo Tobar era nombrado Director de estudiantes, y algo más tarde los teólogos eran trasladados a Cuenca. También se acordó en el Consejo Provincial sacar de Madrid el Novi­ciado, que pasó a Hortaleza con nuevo Director. Y para nadie es ningún secreto que poco a poco se fue corriendo la especie, discretamente y «soto voce», de que pronto habría cambio de Visitador; hecho que se consumó el 27 de febrero de 1921 con el nombramiento del P. Joaquín Atienza, a quien, en vista de la resistencia que ponía para aceptar, ani­mó el mismo P. Sierra, prometiéndole su ayuda, poniéndose incondicio­nalmente a su disposición y sugiriéndole como sucesor suyo en Limpias al P. Antonio López. Y así terminó este primer período del Superiorato del P. Lorenzo Sierra en Madrid.

ACTIVIDADES INTELECTUALES

Son principalmente de orden jurídico y ascético, y tienen por objeto casi exclusivo las dos Congregaciones en cuyo gobierno participó casi constantemente, ya que fue, en toda esta segunda parte de su vida, Con­sejero Provincial de nuestra Congregación y durante varios años Sub­director de las Hijas de la Caridad.

Aparte de los estudios canónicos que se le encargaron con motivo de la adaptación de nuestras Constituciones al Código de Derecho Canó­nico —de que ya se ha hecho mención en otro lugar, voy a enumerar los principales trabajos literarios a que se dedicó –o le encargaron— des­de que se puso al frente de la Casa Central de Madrid. Y digo enumerar, porque sería imposible hacer un estudio detenido de cada una de las obras que nos ha dejado. Sea la primera:

Historia acerca del establecimiento de las primeras Hijas de la Ca­ridad en Barbastro. Una serie de documentos desconocidos hasta que él se lanzó a su búsqueda y que hoy figuran en nuestro Archivo.

Esta obra le dio pie para emprender otra de mucha mayor enverga­dura, puesto que no se trata ya de la fundación de una sola casa de Hijas de la Caridad, sino del establecimiento de la Compañía en toda la nación, y que titula: «Datos sobre el establecimiento de las Hijas de la Caridad en España».

También escribió un largo y profundo estudio sobre la situación canó­nica de las Hijas de Caridad, que no se ha publicado.

Nos queda así mismo un librito manual de 304 páginas, publicado por la Editorial «La Milagrosa», que titula: «Las Hijas de la Caridad, llamadas comúnmente Hermanas de la Caridad. Lo que son y deben ser y lo que serán». Textos originales de su fundador San Vicente de Paúl. Es una obra dividida en XXI capítulos, en la que se historia a grandes rasgos el origen, principios y desarrollo de la Congregación de las Her­manas de la Caridad, se fijan normas de vida, sobre todo en lo que se relaciona con el espíritu, se intercalan consideraciones o meditaciones muy oportunamente traídas, y que tienden a prestar ánimo y consuelo y, finalmente, se exponen ejemplos que imitar y vidas que admirar.

En su entusiasmo y devoción por San Vicente, se adentra en el estu­dio de sus obras y nos deja otro librito con el nombre de «Textos de San Vicente sobre la perfección cristiana». (Archivo.)

Los números que acabó de mencionar, a modo de ejemplo, pues hay muchos más, se refieren principalmente a las Hijas de la Caridad. Fi­jémonos ahora en algunos asuntos que dicen relación más bien con los misioneros.

UNA CARTA MAGNA DE LA CONGREGACION DE LA MISION
(«ANALES» 1941)

Dada la extensión de este documento, nos vamos a ceñir a exponer solamente el INDICE GENERAL, remitiendo a los que deseen estudiarlo a fondo a, los ANALES DE LA CONGREGACION, correspondientes al año 1941, páginas 260, 313 y 341:

Introducción.

Texto de las cinco Máximas Fundamentales.

L—Texto de la Carta Magna de San Vicente.

II.—Texto de la Bula de erección de la Congregación de la Misión

III.—Antecedentes de estas Máximas:

Las Máximas en el Contrato de Fundación de la Congregación de la Misión.

Oposición y negativa en Roma a la aprobación de la Congrega­ción de la Misión.

C) Oposición de los Párrocos de París.

Explicación de las Cinco Máximas, según las Resoluciones de los romanos
Pontífices y las enseñanzas de San Vicente de Paúl.

Primera Máxima.—Sumisión a los Obispos.

Segunda Máxima.—Sumisión a los Párrocos.

Tercera Máxima.—Gratuidad de nuestras Misiones.

Cuarta Máxima.—E1 culto público en las ciudades. Misiones. Otros ministerios.

Quinta Máxima.—Libertad de los Superiores en la dirección del Ins­tituto.

A principios de junio de 1926 fue nombrado, junto con otros misio­neros de diversas Provincias, miembro de la Comisión encargada de revisar los libros de la Congregación de la Misión para la Asamblea General.

En los primeros días de diciembre de 1939 aparece también formando parte del cuerpo de redactores del proyecto de nuevas Constituciones. Le manda al P. Visitador un borrador, aún sin terminar, y le dice que el Padre General da de plazo hasta las fiestas de Navidad.

En una de las reuniones del Consejo Provincial se le encarga de la sección de Enseñanza, y desde entonces no perdió de vista todo lo re­ferente a nuestros Centros de formación. Empieza por unificar los pro­gramas de las Escuelas Apostólicas, y en lo posible, también los textos de estudio. Pero no contento con el resultado obtenido, se propuso en 1934 reunir en Limpias representantes de dichas Escuelas Apostólicas, para perfeccionar y llevar adelante la obra. Con este motivo les dirigió una Circular, en la que exponía el temario completo para la reunión, y más tarde, él mismo presidió la reunión.

Y como prueba de que esta idea le seguía preocupando, a pesar del tiempo transcurrido y de los acontecimientos en que se había visto en­vuelto, el 10 de abril de 1938 escribió una carta al P. Antolín Panta­león, en la que le decía: «Estoy recogiendo datos sobre nuestras casas de Enseñanza. Hay que pensar en poner Escuela Apostólica en Pa, redes de Nava.»

Por ese mismo tiempo se encontraba en París el P. Benito Paradela haciendo algunos estudios propios de su oficio. Le recomienda con interés que se entere cómo llevan allí nuestros estudiantes los cursos de Filo­sofía, y sore todo cuántos años, e igualmente otros usos y costumbres de la Casa Madre, tales como repetición de oración, conferencias, enfer­mería, etc.

El P. Sierra, de músico no tenía nada, y no obstante, no se le escapa ese punto tan importante para nuestros jóvenes estudiantes. Durante los años de guerra escribió al P. Gregorio Sedano y le encomendó redactar los programas de música para toda la carrera. Y al P. Angel Marvá le recomienda que se ejercite en el armónium, para acompañar los prime­ros cultos de la Basílica, una vez terminada la guerra, en caso de que el P. Alcocer no pueda llegar a tiempo. Parecida recomendación hace al P. Antonio Serra respecto de los bancos de la Basílica. Que los tenga preparados con antelación.

De regreso en Madrid después de la guerra, y puestas algún tanto en orden las cosas de casa y de la Basílica, se dirigió por escrito al Di­rector del Tesoro Artístico Nacional pidiéndole una relación de los ob­jetos artísticos recogidos, por si hubiera alguno nuestro. Gracias a esta medida se recuperaron algunos muebles, bastantes ornamentos de Iglesia y, sobre todo, muchos libros de la biblioteca, aunque poquísimos de las ediciones raras e incunables que poseíamos.

En la vida del P. Sierra se encuentran rasgos que nos recuerdan a San Vicente. Al santo Fundador acudían frecuentemente personas de to­das clases a exponerle sus dudas, sus dificultades, sus problemas; a pe­dirle un consejo, una orientación… Y cuando no podían hacerlo perso­nalmente, lo hacían por escrito. Millares de cartas nos han quedado que dan testimonio de ello. Algo parecido se puede afirmar del P. Sierra, guardando la debida proporción. En el recibidor de García de Paredes —y lo mismo en el de la calle de San Pedro, el tiempo que estuvo allí de Superior— se le veía .a diario con personas de toda índole. Es verdad que a veces eran pobres que iban a exponerle su situación, pero la ma­yoría de los casos eran personajes de categoría, por su ciencia, por su posición social, que acudían a tratar con él temas variados y de impor­tancia. Jamás eran visitas de mero pasatiempo, ni menos se trataba en ellas de asuntos triviales.

Y en cuanto a su correspondencia, quedan de él muchos centenares de cartas que hablan muy alto de su honradez, sabiduría y virtud. Me voy a tomar la libertad de mencionar algunas de ellas, porque revelan la confianza con que sus compañeros y aún sus Superiores acudían a él en materias delicadas o de difícil solución.

Se acababa de comprar en Nueva York una antigua sinagoga judía para convertirla en Iglesia católica bajo la advocación de la Virgen Mila­grosa, y hacerla después parroquia. El Superior, P. Ginard, queriendo asegurar la propiedad y que figurara como española, consultó al P. Sierra sobre el procedimiento a seguir. Este le contestó casi a vuelta de correo indicándole los medios para ponerlo todo bajo la protección del Rey. Era esto en 1927.

Otro caso parecido encontramos sobre la Provincia de Barcelona en 1935. Su Visitador, P. Comellas, dándose cuenta de que se habían des­cuidado en un asunto de importancia, le escribió suplicándole averiguara la fórmula para la inscripción de la Congregación de la Misión en el Ministerio de Justicia. La respuesta no se hizo esperar.

Fue a su propio Visitador Provincial, P. Adolfo Tobar, a quien orientó en mayo de 1938 sobre las atribuciones que puede dar el Visitador a los Vicevisitadores que de él dependen.

Cierto señor Obispo le pidió un informe sobre el señor Camarasa. Ni corto ni perezoso, el P. Sierra escribió al mismo señor Camarasa, con fecha 19 de marzo de 1937, diciéndole: «En Burgos tienen mala opinión de usted. Un Obispo me ha pedido una nota de su actuación.» El señor Camarasa contestó con la nota, escrita de su puño y letra, en la que relata por qué fue, y cuál fue su actuación en el Alcázar de Toledo. Copia de dicha nota llegó a manos del mencionado señor Obispo.

Y basten estos botones de muestra para formanos una idea de lo dilatado que era el campo de su correspondencia. Nos quedan en el Ar­chivo provincial numerosísimas cartas dirigidas a todos los grados de la Jerarquía, o de ellos recibidas: Roma, Cardenales, Arzobispos, Obispos, Nuncios; al Superior General de la Congregación de la Misión, a la Ma­dre General de las Hijas de la Caridad, a Visitadores y Visitadoras, Con­sejeros y Consejeras, Comisarios y Comisarias, a centenares de misione­ros e Hijas de la Caridad en España y del extranjero, dando a cada uno la respuesta adecuada y justa que requerían el momento o la circuns­tancia.

ACTIVIDADES SOCIALES

Tal vez sea éste el punto más fuerte e importante de la labor que realizó el P. Sierra en Madrid, o desde Madrid, aunque quizás no se le pueda dar la extensión que merece.

Su obra social abarca, por lo menos, cuanto abarcan las principales Instituciones de caridad fundadas por San Vicente: Las Damas de la Ca­ridad y las Conferencias de Caballeros, o Sociedad de San Vicente de Paúl. (Se entiende después de los misioneros Paúles e Hijas de la Cari­dad.) De las dos estuvo encargado bastante tiempo, y de ambas fue un sabio inspirador y guía. GUIA precisamente fue el nombre con que llamó su primera obra escrita para la dirección de dichas Instituciones.

GUIA DE LAS INSTITUCIONES CARITATIVAS DE MADRID

El fin que se propone el P. Sierra al publicar este folleto, lo explica él mismo en el prólogo. Dice así: «El objeto inmediato de este trabajo es facilitar a las Damas de la Caridad de San Vicente de Paúl y a cuan­tas Asociaciones y personas caritativas que les parezca bien utilizarle, poder encontrar algún lugar de refugio, cuando en muchos casos no se sepa qué hacer con los pobres, por necesitarse para su cuidado y remedio algo más que los socorros particulares, que ellas les van proporcionando: se necesita un centro o un establecimiento apropiado, en el cual se pueda atender de un modo estable a esos necesitados. Puede suceder que estén ya ocupadas las plazas en algunos o en todos esos establecimientos; pero siempre les servirán de orientación para ir entendiendo lo que hay que’ hacer hasta conseguir el socorro deseado. No he pretendido, añade, dar un índice completo de todas las Instituciones caritativos existentes en Madrid, pues no es fácil agotar una materia tan abundante. Muy pocas son las fuentes que he podido utilizar. Hace más de veinte años que comencé a anotar todas las instituciones de que, sucesivamente, iba te­niendo alguna noticia, utilizando cuantos datos encontraba en la prensa y en informaciones particulares, y de un modo especial en la Guía Tele­fónica de Madrid. Llegué a formar un diminuto fichero, clasificado según el «Fichier Central de Bienfaisance», de París. Los rojos se encargaron de dar al traste con todo, cuando saquearon mi habitación. Muy pronto empecé a rehacerlo con la mayor diligencia. El año 1943 la Dirección Central de la Acción Católica Española publicó una meritísima Guía de la Iglesia y de la Acción Católica Española. En esa Guía se incluye una sección Benéfico-Social, en la cual se informa sobre 1.031 obras de este género. He aprovechado no pocos datos de la misma, así como de nu­merosas obras de Auxilio Social.

Podrá acaso llamar la atención que a las Instituciones de esta Guía las llame Caritativas y no Benéficas. Sólo he incluido las que económica­mente reportan alguna ventaja a los beneficiados. Caridad significa más que beneficencia, y, gracias a Dios, en Madrid ahora hasta las aútoridades civiles quieren que sus obras en favor de los necesitados lleven el sello católico y sean caritativas.

Quiera el Señor de la Caridad proporcionar elementos abundantes para éstas sus obras, que constituyen la porción más elegida de su mies. Y que San Vicente de Paúl, Patrón canónico de las Obras de Caridad, di­funda su espíritu grande e ilustrado para mayor bien de ricos y pobres.

A esta GUIA de las Instituciones Caritativas de Madrid hay que aña­dir la LISTA DE LAS ASOCIACIONES DE CARIDAD EN ESPAÑA, SEGUN EL ORDEN DE SU FUNDACION: DESDE EL AÑO 1918 HAS­TA EL 1945, como puede verse en los ANALES de este último año.

El 15 de mayo de 1942, el Visitador, P. Adolfo Tobar, le nombró Director Nacional de las Damas de la Caridad, en sustitución del P. En­rique Albiol; y si ya antes se había dedicado a la obra con marcado interés, desde ahora la tomaba como una obligación que pesaba sobre su conciencia, y a ella dedicaría las horas más preciosas de su vida.

Ya anteriormente, en 1917, al cumplirse el tercer Centenario de las Cofradías de Caridad, había pedido permiso al P. Visitador para imprimir un Reglamento, formado con los varios de San Vicente. Una vez impreso este Reglamento, se lo envió el P. Sierra al P. Louwyk, suplicándole le mandara patentes de erección y Crucifijos para las Damas. Ahora, con su nuevo nombramiento, lo primero que emprende es la organización de las Cáridades de Madrid, objeto principal de la GUIA anteriormente citada.

Como se trata de obras de caridad a pobres y enfermos, según la mente de San Vicente, se fija en el personal que ha de desempeñar estas obras y en la preparación que ha de tener para hacerlo debidamente. Con este fin se dirige el Visitador de Bélgica y le pide los libros y regla­mentos de las Enfermeras Visitadoras. Estos llegaron en breve, pero ve­nían acompañados de una serie de folletos y programas, que sin duda reforzarían y perfeccionarían los estudios propuestos.

Otra de sus preocupaciones era la juventud femenina, sobre todo la que se educa en los Centros de las Hijas de la Caridad. A su formación moral e intelectual dedicó gran parte de sus energías y de su tiempo. De los varios lugares que él frecuentó personalmente me voy a fijar sólo en el Colegio del Dulce Nombre, en la Guindalera, y en las Escuelas del Pilar, de Cuatro Caminos. Afortunadamente nos ha quedado una MEMO­RIA del Colegio del Dulce Nombre —especie de homenaje póstumo— que nos da una idea exacta de la labor del P. Sierra en los Colegios. Está escrita por la Superiora, Sor Teresa Plata, pero presentada como si fuera una de las jóvenes quien la compuso.

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