Quienquiera que haya conocido al Sr. Raymond Rezzasco ha admirado la solidez y la excelencia de sus virtudes y ha llorado la gran pérdida que la Congregación ha tenido en su persona. Por eso, todos se han convencido de que Dios le había conservado hasta la edad más avanzada, con el fin de prolongar la utilidad de una vida tan preciosa, pues la sombra sola de este hombre de Dios era, para todos, un gran auxilio y una poderosa protección .
Nació el 19 de julio de 1693, en Vernazza, lugar notable, que es capital de cinco dominios en la parte oriental de la Riviere de Génova, en la diócesis de Sarzane. Sus padres vivían cómodamente ya que eran propietarios de esos dominios, y también negociantes de mar; eran excelentes cristianos y educaron a su hijo en una gran piedad.
Su buen carácter y su docilidad le permitieron hacer, desde sus más tiernos años, grandes progresos en el estudio; también adquirió, en su educación primea, una tierna devoción a la Santísima Virgen que conservó toda su vida y buscó siempre cómo inspirar a los demás.
Entró en la Congregación en el seminario de Génova, el 8 de mayo de 1712, y se distinguió pronto entre sus cohermanos por su piedad y su juicio.
Fue enviado después a Roma con algunos otros jóvenes para hacer sus estudios. Bien que en esta época fuera de una salud muy débil, él utilizó muy perfectamente el tiempo de sus estudios, como se ha podido juzgar por la extensión de su ciencia teológica, sobre todo en lo que se refería a la moral, y cuando las circunstancias lo pedían, sabía hablar de ellas pertinentemente y sólidamente.
Es verdad también que ha llevado casi siempre en la casa una vida muy oculta; sin embargo, un gran bien se cumplió en el pequeño número de misiones que ha dado y sobre todo en los retiros que ha dirigido en la casa.
Es lo que se ha visto sobre todo en la ciudad de Ferrara, donde ha permanecido cerca de treinta años. Gozaba allí de tal estima en todos los rangos de la sociedad que, cuando dejó la ciudad, fue un duelo universal.
Estando dotado de un espíritu justo, de un alma recta, de un buen juicio, de un corazón desinteresado, acogía a todo el mundo con mucha afabilidad, escuchaba tranquilamente a la gente más pesada, consolaba a las almas más atribuladas e inspiraba a todos la paz de que el mismo gozaba. También esta reputación no se quedó encerrada en la sola ciudad de Ferrara; llegó incluso a oídos del pontífice Benedicto XIV tan sabio y tan clarividente, por mediación del piadoso cardenal Rainero Delchi, que le había conocido cuando era legado, luego arzobispo de Ferrara; el papa quiso pues ver al Sr. Rezzasco y le mandó venir a Roma en 1751. En la primera audiencia que le concedió quedó muy maravillado y reconoció que no estaba por debajo de la opinión que le habían dado de él; por lo cual le dijo que viniera a su audiencia todos los domingos sin más aviso ni llamada. El muy humilde Sr. Rezzasco inclinó la cabeza ante el mandato del vicario de Jesucristo sin replicar de ninguna manera a pesar de la gran repugnancia que sentía su profunda humidad. Este grande y sabio pontífice tuvo, hasta el fin de su vida, que sucedió en 1758, un extremado placer en conversar con el hombre de Dios, a causa de la gran rectitud y del desinterés que veía en él y que había advertido tantas veces; pues, teniendo el privilegio de venir a su casa todos los domingos durante siete años, no abrió jamás la boca para pedir nada para sí mismo o los suyos o la Congregación, excepto algunos favores espirituales, y aun así muy raramente. Por lo cual muchos cardenales y prelados no tuvieron dificultad en venir a consultarle sobre los asuntos más importantes, y cuando temían proponer alguno al papa para ellos mismos, se lo encomendaban al Sr. Rezzasco, seguros de que haría la comisión sin tener ningún miramiento hacia sí mismo, y que el asunto sería llevado al papa en toda su integridad. La opinión tan favorable que se había formado de la rectitud y del desinterés del Sr. Razzasco, perseveró en Roma, hasta después de la muerte del gran papa, y se vio, como anteriormente, a los cardenales y prelados más distinguidos hacerle venir a sus casas o venir a verle ellos mismos, o retirarse a nuestras casas, para hacer en ellas varios días de retiro bajo su dirección, consultarle así más cómodamente sobre los asuntos de su conciencia o sobre el gobierno de la Iglesia.
Un hombre de un talento tan reconocido por las personas más sabias y más clarividentes no podía dejar de prestar grandes servicios a nuestra Congregación. Y, en efecto, los superiores mayores no habían tardado en conocerle y en emplearle útilmente. En 1731, nuestra casa de Ferrara habiendo sido designada como la residencia de los estudiantes de la provincia de Lombardía, el Sr. Rezzasco, que había vivido ya nueve o diez años en esta casa, fue nombrado director de estos jóvenes. El desplegó el mayor celo en mantener entre ellos una exacta disciplina y el espíritu de recogimiento, y logró siempre con toda facilidad de su parte obediencia, confianza y afecto. En el mismo tiempo, fue encargado del oficio de asistente del superior que estaba con frecuencia ausente a causa de las misiones y de los retiros. Su regularidad ejemplar contribuyó mucho a mantener en esta casa una perfecta observancia.
En 1735, como se debía abrir una nueva casa en Sarzana, el Sr. Rezzasco fue enviado allí para ser el primer superior para implantar las funciones del espíritu primitivo de la Congregación. Pero a causa del clima, y del aire del mar que era muy contrario a su salud, no pudo terminar el año y volvió a Ferrara: Allí reemprendió las funciones de director de los estudiantes y de asistente hasta 1742, cuando los estudios, llevados a otra parte, se quedó en esta casa con el título de superior.
En 1747, el Superior general, Sr. Debras, unió a su cargo de superior el de visitador, de la provincia de Lombardía; pero, como sobrevino en la provincia romana una mayor necesidad de su presencia, fue trasladado de Ferrara al superiorato de Roma con el título de visitador de la provincia romana. No obstante, a sus reiteradas instancias, fue liberado de esta carga de visitador en 1760, y se quedó superior, primero de Monte Citorio, luego de Monte Celio, donde tuvo también el de director del seminario interno hasta 1766; tras lo cual fue descargado de todos estos penosos empleos a razón de su edad avanzada y fue solamente admonitor del superior, de suerte que la mayor parte de la vida del Sr. Rezzasco pasó transcurrió guiando dirigiendo a los Misioneros. Tan pronto como por el órgano de los superiores, estuvo seguro de la voluntad de Dios que le encargaba de gobernar, bien como superior local, bien como visitador, consideró la casa o la provincia de la que estaba encargado como una porción escogida de la viña de padre de familia que le era confiada para ser conservada y fecundada por sus cuidados, para reformar en ella los abusos que el tiempo había introducido en ella y para procurar lo antes posible el adelanto espiritual de cada uno.
A este efecto, mantenía un frecuente comercio de cartas con el Superior general, y con el asistente italiano en París, para no hacer nada sin su parecer en los casos más urgentes y más difíciles. Continuó esta correspondencia hasta su muerte, a fin de darles a conocer siempre el estado de las casas y, de ahí, impedir, en cuanto dependía de él, la introducción de los abusos y de las novedades. Cuando el bien de la Congregación o de alguna casa o de algún sujeto requería que se llegara a un cambio o también a un despido, nada podía retenerle: ni recomendaciones, ni protecciones poderosas podían retener el golpe, pues él estimaba que el bien del cuerpo debía pasar antes que todo interés y toda consideración.
El Sr. Rezzasco no creía haber satisfecho con su deber impidiendo o reformando los abusos, él quería también procurar el progreso de la Congregación. Se sabe que nuestras casas no están en condiciones de avanzar mucho respecto de lo temporal, pero es mucho ya cuando ellas no se deterioran en este aspecto. El Sr. Rezzasco no fue nunca del parecer de hacer ahorros con perjuicio de los individuos, y estos últimos no sufrido jamás, con él, por falta de las cosas necesarias. Al contrario, él vigilaba para que todos estuviesen en un honesto desahogo, en la persuasión de que contribuía en gran parte a la observancia de la regla. Era liberal y generoso con todos, pero sobre todo con los enfermos y los convalecientes y les otorgaba con ternura todos los alivios posibles. No era riguroso más que consigo mismo y se privaba incluso a menudo de las recreaciones más legítimas, como por ejemplo de los dos paseos concedidos al año a la casa de campo ; en estas ocasiones, encontraba siempre algún pretexto para encargarse de la guarda de la casa. Empleaba todos los ingresos de su patrimonio en socorrer las necesidades de los pobres, en adornar la capilla o en enriquecer con nuevas obras la biblioteca de la casa. Pero era muy difícil, y hasta inexorable, en cuanto a los gastos vanos, superfluos o excesivos porque, decía él, se trataba del patrimonio de Jesucristo y de los pobres. Sabía no obstante administrar tan bien lo temporal y hacer las provisiones en tiempo conveniente que, no solo no se encontró nunca en déficit, sino que le quedaba siempre algo en caja; así que se le vio bien en la casa de Ferrara, donde, un año con otro, siempre se estuvo en perfecto equilibrio, y en la casa de Monte Celio, donde las deudas al menos no aumentaban, como en Monte Citorio.
Pero su mayor preocupación era el avance espiritual, es decir que trataba de hacer avanzar a cada uno en las virtudes y en el espíritu de la vocación y en los cumplimientos de las funciones del Instituto.
También no habrá que sorprenderse que el Sr. Rezzasco haya sido tan aplaudido por los hombres, tan útil a la Congregación y como se puede bien creerlo tan agradable a Dios. Es imposible nombrar aquí a los que daban la mayor importancia al Sr. Rezzasco, basta con citar a los cardenales Rainero Delchi, Camillo Paulucci, Crescenzi, Antonelli, Orsini, delle Lanze; este último consintió en honrarle con una visita algunas horas antes de su muerte; y otros cardenales y prelados más, que en todo tiempo y en toda ocasión le dieron señales nada equívocas de la estima más distinguida y de la más profunda veneración. Es suficiente también con nombrar al muy santo y sabio papa Benedicto XIV quien, enterado de que se había levantado cierto revuelo entre los Misioneros por la imprudencia de algunos, creyó que un hombre así era necesario en Roma y que se necesitaba su probidad y su prudencia para ejecutar fielmente sus voluntades. Se necesitaba, en efecto, de su prudencia, de su firmeza para calmar los espíritus sin amargarlos, para corregir los abusos y los errores sin aumentarlos. Lo consiguió perfectamente en todo ello y en escaso tiempo se vio a todos los miembros de la comunidad reunidos en una santa unión, en la caridad y en la subordinación, en la satisfacción de todos y sobre todo del papa y de la mayor parte de los cardenales que habían sido informados del asunto. El Sr. Rezzasco fue el principal objeto de admiración, de estima, de veneración de todos, fue considerado como digno de toda confianza ; aunque no hubiera prestado otro servicio a la Congregación que el de haber calmado y apagado un fuego que podía causar un gran incendio, él merecería la eterna gratitud de los Misioneros.
Verse a la cabeza de una numerosa comunidad y honrado por todos sus miembros como superior y visitador era una carga demasiado pesada para su humildad que le hacía creer que era incapaz de llevar convenientemente estas cargas. Por ello se dirigió en varias ocasiones al Superior general para expresarle su incapacidad y sus faltas pretendidas y, hacia el final de su vida, fue escuchado a causa de su edad avanzada. Fue entonces cuando llegó a ser más admirable que nunca ; pues lleno de un santo gozo al verse liberado, se puso con la mayor satisfacción en el rango del más humilde sujeto sin exigir nunca la menor preferencia ni la menor atención, sea por su edad sea por los servicios que había prestado a toda la Congregación.
En la noche del 31 de marzo de 1775, se encontró incómodo; se levantó sin embargo por la mañana para asistir a todos los ejercicios de piedad, pues tenía por costumbre no escuchar fácilmente a sus indisposiciones. Pero una vez levantado, se sintió tan débil que no le fue posible llegar hasta la capilla y menos hasta la iglesia para celebrar la santa misa como hubiera deseado. En ese tiempo llegó el médico y le hizo acostarse; descubrió que una erisipela se había declarado en la pierna izquierda; el mal hizo tales progresos que al día siguiente, 2 de abril, le dieron el santo viático, y antes de la medianoche del tercer día, se durmió en el Señor, casi sin agonía. Se fue, como así lo esperamos, a recibir la recompensa de su vida muy laboriosa, muy virtuosa y muy edificante.







