RAÍCES CAMPESINAS DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA (III)

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  1. ITINERARIO DE VICENTE DE PAÚL HASTA ALCANZAR LA ILUMINACIÓN DE SU VOCACIÓN MISIONERA

Pese a todo esfuerzo por seguir su camino, la evolución espi­ritual y apostólica del señor Vicente sólo puede ser rastreada, pero de ningún modo puntualizada con rigor. Tras lo dicho por Taveneaux, surgen espontáneas tres preguntas: ¿Qué vías de espiritualidad nuevas abrió el señor Vicente al valorar la religio­sidad de los sufridos campesinos? ¿Qué experiencias le confir­maron en su misión apostólica y de qué medios se valió para dar forma a su pensamiento? Tales cuestiones obligan a retomar el camino seguido por el joven Vicente desde 1608 en que fija su residencia en París y comienza a tener relaciones con los princi­pales promotores de la llamada «escuela francesa de espirituali­dad». De 1608 a 1633 en que damos por diseñado su proyecto espiritual y apostólico, pero de ninguna manera cerrado, pasaron 25 años de maduración progresiva, en la que el año 1617 resulta clave en su decisión de convertirse al evangelio de la caridad misericordiosa y seguir las huellas de Jesús de Nazaret, evange­lizador de los pobres.

RUMBO HACIA UNA ESPIRITUALIDAD NUEVA

Hacia 1608 el clérigo Vicente de Paúl se instala en París mientras atraviesa una dura crisis de fe, provocada acaso por la situación de ociosidad en que se encontraba. En tal estado de prueba encamina sus pasos hacia el distinguido Pierre de Béru-lle, a quien descubre la noche oscura en que se ve envuelto. Bérulle le orienta y le encamina a la parroquia de Clichy, en sus­titución de Francisco Bourgoing que ha decidido ingresar en la naciente comunidad del Oratorio. En 1612 tomaba posesión de la parroquia de Clichy, aldea próxima a París, donde se encontra­rá feliz en medio de campesinos parecidos a los de su tierra natal. Clichy dejará huella imborrable en su corazón, huella evocada más tarde con evidente emoción:

«Yo he sido párroco de una aldea. Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no deja­ron de hacerlo. Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que hacían sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: ¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo».

La parroquia rural de Clichy le enciende en el deseo de dedi­carse, de por vida, a los aldeanos. Desde entonces le pareció entender que Dios le llamaba a trabajar entre la buena gente del campo cuya religiosidad carecía de formación y convicciones sólidas. Pero este primer chispazo sobre su futura misión necesi­taba convertirse en faro que le iluminara y confirmara en su vocación misionera.

TRES EXPERIENCIAS SIGNIFICATIVAS: GANNES-FOLLEVILLE, CHÁTILLON LES DOMBES Y MONTMIRAIL-MARCHAIS

Cinco aldeas misionadas por Vicente de Paúl constituyen otros tantos hitos de su itinerario que vendrían a encaminarle hacia su misión de apóstol de los campos. Las dos primeras y las dos últimas forman parte de una misma experiencia apostólica. Primero, obedece las indicaciones de Bérulle, en cuyas manos se había puesto, y se dirige a la familia Gondi: Felipe Manuel y Margarita de Silly, un matrimonio con inquietud espiritual por los habitantes de sus extensos dominios. Mientras permanece en París, habita en la mansión señorial de los Gondi, haciendo de director de conciencia de la señora y preceptor de sus hijos. La verdad es que no se sentía satisfecho, aunque se viera rodeado de atenciones por parte del señor de las galeras y de la piadosa Mar­garita, algo cargante, por cierto, y preocupada de su situación espiritual.

Era el 25 de enero de 1617 cuando acompañando a dicho matrimonio en una de sus correrías por tierras de Picardía, pre­dica un sermón a los campesinos sobre la confesión general, en vista de lo sucedido con un moribundo de Gannes pocos días antes. Dios bendijo sus palabras y aquellos buenos aldeanos corrieron en masa a confesar sus culpas. El hecho impresionó vivamente al señor Vicente, que pondera ante sus compañeros la trascendencia de lo sucedido:

«Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo. Dios hizo esto no sin sus designios en tal día».

A propósito de esto, comenta José Mª Román: «Fue una revelación. Vicente sintió que aquélla era su misión, aquélla era para él la obra de Dios: llevar el Evangelio al pobre pueblo cam­pesino. No fundó nada aquel día. Acaso, ni siquiera tuvo la idea de que hiciera falta una fundación». Hay que esperar todavía unos años para que su carisma de fundador de la Misión quede manifiesto y florezca en él la semilla plantada por el Espíritu. De hecho, el sermón de Folleville señala la fecha del nacimiento de la Misión, que pasaría a llamarse Congregación de la Misión en 1625 y aprobada como tal por la bula Salvatoris Nostri, del Papa Urbano VIII, en 1633.

La experiencia obtenida en Folleville se repite en otras aldeas cercanas donde predica misiones: Villepreux, Joigny… La predi­cación del señor Vicente es catequética, a base de preguntas y respuestas, como lo requerían aquellas gentes ignorantes y por­que lo que él buscaba era, ni más ni menos, que todos quedaran instruidos y movidos a la conversión. Así lo demuestra el esque­ma de sus dos sermones más antiguos que nos han llegado sobre el catecismo y la comunión.

En agosto de ese mismo año 1617 tomaba posesión de la parro­quia rural de Chátillon, a las órdenes también de Bérulle. Aquí estalla el primer brote de la Caridad y su primer Reglamento en el que quedaría pergeñado el genio organizador de su autor, pero sobre todo su espíritu de caridad con los campesinos enfermos. Tal Reglamento, modelo de previsión y de sensibilidad servirá de base para otros muchos que vengan sobre la marcha de los aconteci­mientos y encuentros con personas atraídas por la caridad. Esta vez será a las Hermanas a quienes se lo desvele:

«Estando cerca de Lyon en una pequeña ciudad en donde la Provi­dencia me había llevado para ser párroco, un domingo, como me estuviese preparando para celebrar la misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el inundo enfermo, sin que quedase ni una sola perso­na para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es impo­sible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios tocando el cora­zón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos… Fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad».

La breve estancia en Chátillon confirmaría su «carisma de fundador», esta vez de la Caridad. Misión y Caridad avanzarán en adelante juntas; no se concibe la Misión sin la implantación de las Cofradías de la Caridad, por más que se urjan y comple­ten ambas en años sucesivos; es un mismo carisma, con dos caras complementarias, que no se entenderían sin contar con el «carisma del mismo fundador».

Habían pasado tres años de su estancia en Chátillon cuando el señor Vicente se persona en Montmirail en 1620. Aquí se encuentra con tres hugonotes, de los que dos de ellos vuelven al catolicismo. El tercero, más reacio a la predicación, argumenta al misionero que no cree en que el Espíritu Santo guíe a su Igle­sia, pues es patente el abandono de los campesinos por parte de sus pastores espirituales, que además afeaban el rostro de la Igle­sia con sus vicios e ignorancia. Esto era tan cierto, que le lleva­ría a decir al propio señor Vicente: «La Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes».

Antes de cumplirse el año de la misión de Montmirail, Vicen­te misionaba Marchais. Fue entonces cuando aquel hugonote incrédulo salió al paso del misionero, revelándole su decisión de entrar en la Iglesia: «Ahora he visto que el Espíritu Santo guía a la Iglesia romana, ya que se preocupa de la instrucción y salva­ción de estos pobres aldeanos». ¿Necesitaba el señor Vicente de más señales para abrazarse con su misión de evangelizador de los campos?

Pero antes de avanzar más, dediquemos un breve recuerdo al año 1617, año del viraje espiritual y apostólico de Vicente de Paúl: año de su conversión o vuelta al Evangelio, año de la ilu­minación de su verdadera misión de apóstol de los aldeanos, año de la manifestación del carisma de fundador. Su vuelta al Evan­gelio no fue súbita ni obedeció a una revelación extraordinaria obtenida en la oración, sino progresiva y confirmada por la expe­riencia de los acontecimientos misionales. La experiencia es la señal inconfundible de la prudencia vicenciana, que no arriesga­ba nada sin haberlo probado antes. Fue en contacto con los pobres campesinos como descubrió la voluntad de Dios sobre su vida. Y en conformidad con tal descubrimiento, reorienta su misión y conducta según las máximas evangélicas. Ciertamente, hubo de renunciar a sus antiguas ambiciones de prestigio y bien­estar sociales.

Y junto a 1617 no separemos el año 1633, crucial también en la vida de Vicente de Paúl, pues no sólo obtiene, tal año, la apro­bación pontificia de la Congregación de la Misión, sino la fun­dación de las Conferencias de los Martes y la de la Compañía de las Hijas de la Caridad, por cierto de origen campesino en su mayoría, fruto sazonado de aquella primera Cofradía de la Cari­dad de Chátillon.

Si tomamos al pie de la letra lo que dijo de sí mismo, en rela­ción con las fundaciones de la Misión y de la Caridad, resulta que no tuvo ni arte ni parte en el nacimiento de esas comunida­des. Más bien, fue el mismo Dios quien puso la mano en su obra, dando origen a tales congregaciones. Y esto lo repite hasta la saciedad siempre que tiene que explicar cómo nacieron en el tiempo. Tal es así, que llega a quedar sorprendido y no saber «qué parte ha tenido en ello y que le parece un sueño todo lo que ve».

Su radio de acción íbase extendiendo día tras día, pero no por eso dejaba de salir a los pueblos a predicar el Evangelio, porque, como dirá de muchas maneras: «El pobre pueblo del campo se muere de hambre y se condena». Lo lleva tan dentro de sí que, en octubre de 1654, cuando sólo le faltaban seis años para expi­rar, escribía a un sacerdote de su Congregación ante los buenos resultados de las misiones:

«Ciertamente, no soy capaz de callármelo; es necesario que le diga con toda sencillez que esto me da nuevos y grandísimos deseos de poder, en medio de mis pequeños achaques, ir a acabar mi vida en un chaparral, trabajando en alguna aldea, pues me parece que sería mucho más feliz si Dios me concediera esa gracia’.

El trato frecuente con los campesinos le ayudó a crecer en la simpatía hacia ellos y ayudarles de todas las formas, espirituales y materiales, porque conocía bien sus necesidades reales. Ya en 1643, en plena actividad, podía asegurar:

«Nuestro trabajo durante largos años ha sido entre los aldeanos, hasta el punto de que nadie los conoce mejor que los sacerdotes de la Misión».

ENCUENTROS CON AUTORES Y OBRAS ESPIRITUALES

Entre tanto se percibe una gran inquietud espiritual en el fun­dador de la Misión y de la Caridad. A la par que descubre la cari­dad de Jesucristo evangelizador, el «pobre pueblo» sale a su encuentro hablándole del sufrimiento que padece ante las adver­sidades de la vida. Para discernir su misión, Vicente de Paúl había conversado con maestros sabios y experimentados. Por una parte, Bérulle pilotaba la Escuela del misticismo en Francia, máxima representación de la Mística renano-flamenca, de tendencia abstracta, que Benito de Canfield había resaltado en su obra la Regla de perfección sobre la voluntad de Dios. El señor Vicen­te la leerá con atención y la tendrá en cuenta cuando componga las Reglas Comunes o Constituciones de su Congregación, aun­que no incorporará en éstas la última parte de la obra de Canfield «sobre la voluntad de Dios esencial y vida supereminente».

Pese a la prestancia intelectual y moral de Bérulle, Vicente no sintoniza con las aspiraciones del gran cardenal, excelente expo­sitor de los distintos estados del Hijo de Dios. Su destino era otro distinto del Oratorio y tendía a una vida espiritual más práctica y menos abstracta. Por eso, entre otras razones, se irá apartando de Bérulle para entrar en relaciones con André Duval.

Bérulle, mentor de una aristocracia espiritual, provenía de la nobleza y tenía casi en olvido la religión de los pobres campesi­nos. Era además absorbente en sus decisiones, como lo explica el hecho de querer imponer un cuarto voto, el de esclavitud, a Mme. Acarie y a las carmelitas traídas de España. Llegó incluso a oponerse a la aprobación de la Congregación de la Misión. Vicente, en cambio, guardará hacia él un gran agradecimiento, pero sin desvelar las razones que le indujeron a separarse de él y elegir a André Duval, doctor de la Sorbona, como director y confesor.

Duval, no menos sabio que Bérulle y uno de los directores del Carmelo, sintonizaba más con las inquietudes de una espirituali­dad de la acción. Aunque era hijo de un abogado al Parlamento, el talante de Duval era sencillo y conocía bien las necesidades urgentes de los aldeanos. Así que apoyó desde el primer momen­to la fundación de la Congregación de la Misión y el compromi­so apostólico de su dirigido’. Este es el hecho apuntado ya por Calvet en el artículo sobre su confesor. Con el apoyo del Dr. Duval, «cuyos consejos eran órdenes para el señor Vicente», éste rompe lanzas en el campo espiritual.

El aprecio que mostraba hacia Duval era conocido de todos, no sólo porque había ordenado que un cuadro suyo figurara en el recibidor de San Lázaro, sino por su sabiduría y experiencia en asuntos de la Iglesia. Así lo confirmaba en la carta dirigida a Francisco Du Coudray, destacado en Roma para conseguir la aprobación de la Congregación de la Misión. Más impresión le produjo al señor Vicente, si cabe, la palabra que oyera a Duval acerca del amor a Dios demostrado por los pobres campesinos:

«El buen señor Duval me decía un día: Padre, los pobres nos dis­putarán algún día el paraíso y nos lo arrebatarán, porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra. Su amor se realiza, como el de Nuestro Señor, en el sufrimiento, en las humillaciones, en el trabajo y en la conformidad con la voluntad de Dios. Y el nuestro, si es que tenemos alguno, ¿en qué se da a conocer? ¿Qué es lo que hacemos que lleve el sello de ese verdadero amor?».

Por otra parte, soplaban los vientos de la «Devoción moder­na» como reacción contra la escuela abstracta; su representante podría ser Tomás de Kempis, autor de la Imitación de Cristo. A este movimiento se apuntarán muchos autores de distintas nacionalidades, entre ellos el jesuita español, P. Alonso Rodrí­guez, cuya obra Ejercicio de perfección y virtudes cristianas conocía bien el señor Vicente, lo mismo que Guía de pecadores del P. Granada.

Una tercera corriente, sostenida por Francisco de Sales, cono­cida con el nombre de «humanismo devoto», se situaba en medio de las dos anteriores, equilibrando los extremos de la balanza.

Sus obras, Introducción a la vida devota y Tratado del amor de Dios, hicieron época. A Vicente de Paúl le entusiasmaba su lec­tura y más aún la persona misma del santo obispo que hacía tan atrayente la aspiración a la santidad. Del Tratado del amor de Dios declarará:

«Yo he procurado con todo interés que se leyera en nuestra comu­nidad como remedio universal para todos los lánguidos, como aguijón para los perezosos, como estímulo del amor, como escala para la perfección. ¡Ojalá todos lo manejasen con la dignidad que se merece! No habría nadie que pudiera escaparse de su ardor!”.

Pese a tan excelentes maestros, de los que Vicente de Paúl no tiene reparos en tomar prestados algunas palabras y pensamien­tos, adaptándolos según convenga a los fines de la Misión y de la Caridad, porque es un ecléctico en materia doctrinal y muy libre para llevar a cabo su proyecto como demostración de una auténtica vida espiritual, aparecerá, sin embargo, en la historia escrita de la espiritualidad, o se pondrá en duda, como un depen­diente de Bérulle o de Francisco de Sales. Ello es debido, en gran parte, a que no escribió tratado alguno estructurado de vida espiritual, limitándose sólo a animar, con su abundante palabra y ejemplo, a vivir comprometido en la misión de Jesucristo evangelizador, a quien ve sobre todo actuando en las aldeas.

Es bien sabido que la doctrina vicenciana se centra y desarro­lla en torno al seguimiento de Jesucristo encarnado y crucifica­do por amor al Padre y a los hombres. Jesús es para él ante todo el Evangelizador de los pobres de las aldeas, el Enviado o Misio­nero del Padre, lleno de amor misericordioso y compasivo hacia los afligidos. El Evangelio y la vida son su fuente de inspiración continua, por encima de todas las dependencias y comentarios que pudo encontrar en los autores espirituales en boga. Dirá, por ejemplo, del amor de Cristo a la humanidad:

«Sólo arrastrado por el amor a las criaturas dejó el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su pala­bra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la cari­dad no puede permanecer ociosa».

Las dependencias de Vicente de Paúl respecto a otros maes­tros no le privan de originalidad, como vamos a ver. En la obra de Juan Bautista Boudignon, Vicente de Paúl, modelo de hom­bres de acción y de obras, de 1886, ya destacaba el discípulo independiente, roturador de una espiritualidad centrada en la práctica del «evangelio de la caridad». El que comenzó siendo un hombre activo por naturaleza, acabaría en un santo de la acción caritativo-social, en un místico del amor a los pobres.

Fue Juan Calvet el primero en llegar, en 1903, al meollo de la originalidad vicenciana, al hacer crítica de la opinión de sus maestros: «…A pesar de todo su tiempo, a pesar de todos sus ami­gos, a pesar de san Francisco de Sales que también le había  arrastrado, a pesar de Bérulle que ha hecho de su Oratorio una escuela de ascetismo aristocrático, a pesar la corriente que empu­jará pronto hacia Port-Royal, a pesar de su confesor Duval que ve la perfección cristiana en el Carmelo y en Mme. Acarie. Esta idea él la ha extraído de su indefectible buen sentido y de su sen­timiento muy agudo de la realidad; ninguno como él, al princi­pio del siglo xvii, ha comprendido las necesidades religiosas de Francia… Él, hijo de un campesino, ha vivido la vida dura del campo, él ha sentido confusamente en sí mismo y a su alrededor las aspiraciones del alma popular… San Vicente, mucho antes del siglo xix, había comprendido y desarrollado, sin decirlo, el aspecto social de la religión cristiana… Desde el punto de vista del sentimiento religioso un crítico eminente —se trata de Fortu-nat Strowski— juzga que san Vicente ha completado la doctrina de san Francisco de Sales…, poniendo de relieve la práctica de las virtudes humildes y sólidas, el huso y la rueca… De haber fal­tado san Vicente de Paúl, se adivina lo que habría faltado al cato­licismo a pesar de san Francisco de Sales».

Si esto es así, no deja de extrañar un tanto que Henri Bremond afirmara en 1923, veinte años después de lo dicho por Calvet: «No es el amor a los hombres lo que le ha conducido a la santidad, es más bien la santidad lo que le ha convertido verda­dera y eficazmente en hombre caritativo; no son los pobres los que le han entregado a Dios, sino Dios, por el contrario, quien le ha devuelto a los pobres. Quien le ve más filántropo que místi­co, quien no le ve ante todo místico, se imagina un Vicente de Paúl que no existió jamás… Si no le falta la vida interior, lo debe, después de Dios, a los ejemplos y lecciones de su primer maes­tro Monsieur de Bérulle. El más grande de nuestros hombres de acción nos lo ha dado el misticismo».

Después de lo que sabemos, no se sostiene totalmente el jui­cio de Bremond, aunque contenga gran parte de verdad. Los pobres campesinos ayudaron al señor Vicente a encontrarse con sus modestos orígenes y a descubrir a Jesucristo evangelizador de los aldeanos. El fallo de Bremond estuvo en dejarse llevar de su visión particular sobre el «sentimiento religioso», en su con­cepto restringido del «misticismo» y en hacer depender al hom­bre y santo, que era el fundador de la Misión y de la Caridad, de las consignas de Bérulle.

Pero ya en 1923, apenas aparecida la obra de Bremond, el jesuita Pierre Defrennes hizo esta atinada observación que debe tenerse en cuenta y que servirá de base a posteriores investiga­ciones sobre la espiritualidad vicenciana: «Nosotros vemos en particular al señor Vicente mucho más fiel a su gracia que Bremond no quiere decir, no sólo muy libre sino uno de los más independientes que hayan aparecido».

Bremond no quiso decir, por ejemplo, algo que caracteriza la misión de Vicente de Paúl: que «según el camino ordinario de la Providencia, Dios quiere salvar a los hombres por medio de otros hombres, y nuestro Señor se hizo él mismo hombre para compadecemos y salvarnos a todos». En buena medida, la expresión de San Ireneo, «gloria Dei, vivens homo», la gloria de Dios consiste en que el hombre viva y alcance su plenitud, encuentra respuesta adecuada en la misión del señor Vicente, que supo abrir, en la práctica del amor, senderos luminosos a la antropología teológica y por ende a la espiritualidad cristiana.

La independencia y libertad del señor Vicente y, por consi­guiente, su originalidad en materia espiritual parte de la conside­ración que hacemos del término «mística», reservado hasta enton­ces para explicar los grados extraordinarios de oración. Nosotros entendemos por mística, en el sentido genuino de la palabra, la participación íntima del misterio divino: misterio y mística pro­ceden de una misma raíz. Trasladado su sentido al cristianismo, dice experiencia de la divinidad y humanidad del Hijo de Dios encarnado en la naturaleza humana. Según esto, el sentido res­tringido que Bremond da misticismo y atribuye a Vicente de Paúl no llega a explicar la fe y experiencia de san Vicente, pues tan místico puede ser un monje arrobado en éxtasis, como un após­tol de campaña, si bien sus experiencias son distintas. El señor Vicente es un místico que participa de la cruz salvadora de Cris­to descubierta además en el sufrimiento de los pobres aldeanos.

Antonino Orcajo

CEME 2008

 

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