¡Que nunca segundas partes fueron buenas, D. Rafael!
Así le amonestaban, caritativos y prudentes, sus huéspedes, respondiendo a sus balandronadas de viejo niño: «¡Bah! Esto es como en Méjico. Mira que allá… ¡Y lo que he corrido y visto desde entonces! Vosotros sois unos niños. ¡Bobadas! ¡No hay que tener tanto miedo, hombre!»
Y cuando le venía en gana se marchaba a la calle, y, como en Méjico, no le pasaba nada.
Tanto le insistieron que se guardara más, que no saliera de casa, que le iban a coger cualquier día, que, al fin, determinó ser prudente y quedarse en, casita.
A la mañana siguiente no salió, en efecto. Mas —lo que son las cosas— hete aquí que el peligro —quién sabe si granjeado en las pasadas correrías— le vino a buscar._
—»No sé, D. Rafael; me da mala espina ese tipo, pasea que te pasea, arriba y abajo. No se asome a la ventana».
Era el 18 de agosto de 1936. A media mañana se presentaron, en su coche, cuatro milicianos a la puerta de casa. Tres subieron la escalera y el cuarto al pie de la misma se quedó.
El que no haya vivido en «Zona roja» durante la erupción del volcán revolucionario, no sabe lo que es un automóvil.
«El automóvil, que antes de los años malditos 1936, 1937, 1938 significaba, y significa ahora, lujo, comodidad, descanso, ilusión satisfecha, conquista del esfuerzo, regalo. del amor…, en aquel tiempo de abominación, de día, y aun más de noche, con la ciudad en sombras, entreverándose las tinieblas espesas con los siniestros fulgores de un desgrane frecuente de rosarios de tiros, porque una lucecita parpadeó en tal o cual ventana, oíd a un célebre escritor, que parece cinceló más que escribió el detalle:
«Un automóvil se paró a la puerta de una casa. ¿Cuántas vidas se cobijan en esta casa madrileña?… ¿Veinte o sesenta?
«Es igual. Está seguro de que en ese instante, veinte, sesenta corazones se han detenido un segundo y en seguida se han puesto a galopar frenéticos, de terror, de angustia…
«El automóvil es el monstruo negro. Negro de noche y de crimen. Su claxon ruge con ronca voz de amenaza…
«En los veinte, en los sesenta hogares de la casa se suspenden todas las conversaciones. En todos los rostros hay un gesto de tremenda ansiedad. Tiemblan las manos. Las mujeres acarician, las frentes de los niños, que acaso duermen, con una mirada dolorosa de despedida. Los hombres miran a la madre, a la hermana, a la esposa, con una expresión que quiere ser resignada, falsamente decidida…
«Se ha parado un coche a la puerta. ¿Por quién vendrán?
«Tienes la ansiedad del jugador de una lotería trágica.
«Ronfla el motor. En vez del claxon, a veces es la bocina, que con golpes secos canta el estribillo de una canción burlona.
«Macabro humorismo. Fúnebre ironía.
«Para oír mejor hasta se suspende la respiración. En cada hogar el hombre intenta sonreír con una mueca helada que, contra lo que él cree, no tranquiliza a nadie.
«Porque él, sin poderse dormir, está temblando… Y la madre y la esposa se han puesto a rezar entre dientes… Y los niños mayores, que ya saben lo que esto significa, tienen les ojos desorbitados de espanto…
«El automóvil era, ¡siempre!, el augurio terrible, el monstruo negro del crimen.
«Era el asesinato o era el martirio…
«Un coche que clamaba a tu puerta era la llamada del abismo… Abismo rojo de sangre. Negro de miseria y de crimen. Y en él nos hundimos todos.
«Pero… ¡callad!…
«Un timbre suena. Están llamando a la puerta de un piso… «Tirrín… rin… rin…»
Este rin, rin, antes tan dulce y simpático, porque era la llamada del amigo, del familiar, del amor.., en estas ocasiones, que tan al vivo nos acaba de describir el aludido escritor, rajaba el corazón y partía el alma.
¿Y si el timbre que sonaba era el de tu propia puerta?…
Es cierto, certísimo, que vosotros, los dichosos habitantes, en aquel apocalíptico entonces, de la «Zona Nacional», nunca, por jamás de los jamases, sabréis lo que es un automóvil de desalmados, asesinos de alma lívida, fanáticos brutales y rencorosos, los criminales de los «paseos», lo desvalijadores de hogares, los dirigentes de la horda roja… parado a la puerta, ni cómo suena un timbre en hora de persecución roja…
Y a la puerta de la casa donde estaba refugiado el P. Torres —hemos dicho arriba— se paró un coche de milicianos… y a su particular estancia llegó el sonido de un claxon y de una bocina y de un timbre. Después…
—»Tú tienes aquí un fraile y una demandadera de las monjas», dijeron a la dueña de la casa, mientras se colaban de rondón y atropellándolo todo.
La demandadera, por fortuna, se había marchado dos días antes, llevándose hábitos, tocas y demás atuendo de Hija de la Caridad; pero el fraile, en su nueva celda estaba.
Entre sus papeles, carta de aquí y de allá. Lo de siempre: «A mí no se me conoce que soy…» «Ah, no; no llevo nada de compromiso.»
En una de las cartas leyeron esta frasecita: «Esto pronto se arreglará.» Y la firmaba el P. Torres. No sabemos a quién iba dirigida.
—»Conque esto pronto se arreglará, ¿eh? ¡Ya, ya!», repetían los patibularios con sorna y retintín.
Nada dijo ni de nada protestó el P. Torres. Se quitó el guardapolvos que llevaba, se puso la chaqueta, y, en marcha. Ya por la escalera, dijo a la huésped D.a Adela: «¡Hasta pronto, que volveré.»
Habían dicho los milicianos el consabido: «Es sólo para prestar unas declaraciones». Y él, cándidamente, se lo creyó, o aparentó creerlo; que de todo solía haber en trances semejantes: esperanza y disimulo.
«Nada —añadieron los de la pandilla canallesca—: que el camarada (señalando al dueño de la casa) se presente esta misma tarde en el centro de las Juventudes Socialistas de la calle Baja.»
Y volvió a sonar el claxon y ronfló de nuevo estrepitosamente el motor y…
A los pocos días se pudo averiguar que el P. Torres estaba en el Penal de San Miguel de los Reyes. Al primer día de visita logró Juan Bautista Asunción, que le había dado acogida en su casa, verlo y hablar con él a través de la reja. El P. Torres, tan animoso. Agradeció mucho la visita; pero le rogó, piadoso, que no volviera, pues era mucho a lo que, yendo, se exponía. Por lo visto, aquello iba peor que lo de Méjico.
Volvió, sin embargo, el 14 de septiembre, y, al preguntar por el camarada Rafael Torres, le dijeron: «Ese tío ya no está aquí, y excusas interesarte por él; ya no lo necesita.»
Seguramente se hizo la fotografía de su cadáver, pues en Valencia, como en Madrid, se cuidaban del asunto; mas no se conservan las de 1936 porque las hicieron desaparecer los milicianos de la Columna de Hierro cuando, a fines de dicho mes, ocuparon la ciudad.
Parientes hubo del P. Torres que, recién terminada la guerra, hicieron en Valencia sus pesquisas, recomendados ante el Gobernador de la misma por el de la propia ciudad de Badajoz; mas nada nuevo averiguaron fuera de lo que acabamos de apuntar, si no es que fue fusilado el 11 de septiembre de 1936.
Era el P. Rafael Vinagre Torres Muñoz hijo de Ildefonso e Isabel y natural de Feria (Badajoz), donde nació el 24 de octubre de 1867. Estudió latín en el Seminario de Badajoz; a los 17 años de su edad ingresó en el Seminario Interno de la Misión, en Madrid; hizo los santos votos el 14 de julio de 1886; cursada la Filosofía en Madrid (Chamberí), se ordenó de Menores y Subdiácono en las Témporas de Adviento de 1890, en Sigüenza; de Diácono, al principio de la Cuaresma, y de Sacerdote, el sábado precedente a la dominica de Pasión de 1891, asimismo en la ciudad de Sigüenza. En su Seminario Conciliar ejerció de profesor durante tres años. Destinado a Filipinas, permaneció allí otros tres arios. Vuelto a España, fue enviado a Alcorisa. A fines de 1899 marchó a Méjico y vivió tres años en Tlapan, un año en Oajaca, seis años en la capital de la República y doce en Puebla. Pasó a Cuba impulsado por los vientos revolucionarios de Méjico, y estuvo tres años en Matanzas. En 1926 volvió a España, siendo destinado a Ecija, luego a Sevilla el 1932 y, finalmente, el 1935, a Valencia, para capellán de las Hijas de la Caridad en la antigua Cartuja.
Aquí le sorprendió la revolución en julio de 1936 y corrió los primeros días la misma suerte que el P. Agapito Alcalde, corno se apunta al hablar de éste, hasta que las Hermanas de «La Protectora» le proporcionaron el refugio mencionado en esta relación.
Los sufrimientos padecidos en la cárcel fueron el Cautiverio de sus imperfecciones.
El fogonazo con olor a pólvora puso en sazón la espiga rubia, que el Dueño de la mies trasportó a sus celestiales trojes.







