La formación permanente es un proceso de estar al día en nuestra profesión elegida. La formación inicial y la formación profesional son sólo las bases de un proceso continuado de estar preparado y al día. Por lo tanto es una responsabilidad profesional comprometerse a continuar la formación. Los profesionales se lo deben a las personas a quienes se han comprometido a servir y también a si mismos como profesionales responsables. Nadie quiere sufrir una operación quirúrgica o tener un repuesto de cadera por un cirujano que esté diez años retrasado en su profesión.
Muchos profesionales, particularmente en el campo de la medicina, demandan prácticas profesionales permanentes y nuevas titulaciones en forma regular. Esto se hace frecuentemente por grupos de compañeros en la profesión. La Iglesia y las comunidades religiosas de suyo no tienen estas prácticas, sino que tienen ocasionalmente talleres, reuniones anuales y sabáticas, que, generalmente no requieren más que participación a discreción personal. Algunas comunidades ciertamente están más avanzadas y más comprometidas en este campo que otras. Algunas veces las reuniones sirven de ocasión para preparar planes diocesanos o religiosos. Creo que es razonable decir que la participación en movimientos contemporáneos, como El Cursillo, El Encuentro Familiar Cristiano, Focolare, Neo-Catecumenado y Journaling, de una parte, y la preparación profesional en sicología, consejo pastoral, trabajo social, dirección organizativa y administrativa de otra, indican un profundo deseo de estar al día, ser efectivo y profesional.
El uso de la palabra «profesional» puede perturbar a ciertos lectores, ya que estamos hablando de la Iglesia, el sacerdocio, comunidades religiosas y comunidades de vida apostólica. La nuestra no es una profesión, es una vocación arraigada en el Misterio Divino del Amor de Dios y los elementos intangibles que constituyen el corazón de nuestro compromiso de por vida. Aún, hay una faceta profesional en nuestra vocación. Públicamente nos mostramos capaces y competentes en guiar y servir al Pueblo de Dios y en proclamar la Buena Nueva al pueblo de buena voluntad. Profesamos ser evangelizadores y pastores capaces de partir el Pan con los que tienen hambre de la Palabra de Dios. Presumimos de ser líderes experimentados en formar comunidades de discípulos comprometidos. Se espera que estemos preparados para acompañar a Cristianos maduros en los vaivenes del camino de su fe. Ser profesionales indica que nosotros tenemos que aceptar la responsabilidad de la tarea pública que profesamos en servicio de otros.
Cuando el Papa Juan XXIII convocó el Segundo Concilio Vaticano inventó la expresión «aggiornamento», significando: «ponerse al día». Fue su visión de la Iglesia que se había quedado atrasada y necesitaba ponerse al día ante el mundo contemporáneo para relacionarse y predicar el evangelio con eficacia. Su visión fue profética. El Papa preveía donde llevaba Dios a su pueblo. El día de la apertura del Concilio, 11 de octubre de 1962 dijo en su homilía: «La Divina Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas». Estaba claro que el nuevo orden sería aquel en que los hombres no usaran la violencia para resolver las dificultades y para construir la comunidad humana.
Los Papas Pablo VI y Juan Pablo II siguieron el mismo camino cuando convocaron «Una Nueva Evangelización» La Iglesia necesitaba, en su visión, renovar sus fuerzas espirituales y usar nuevos métodos yun vocabulario adecuado al pueblo de hoy. Esto implica un cambio en el significado de fidelidad. Fidelidad incluye ahora no solamente lo que Dios ha revelado en el pasado sino también a lo que Dios está preparando para nosotros en el futuro.
Mi formación inicial comenzó en los años 1950, en un mundo que estaba a punto de morir. La formación que yo recibí se parecía mucho más a lo que había terminado antes que a lo que iba a llegar. Nuestros textos de filosofía y teología estaban en Latín y expresaban significados inmovibles de dogma, moral y filosofía por medio de un lenguaje ya sin uso en aquellos días; lo que se consideraba como una ventaja. Le iba bien al mundo esencialista de significados en el que fuimos formados. Era un vocabulario especializado que nosotros esperábamos otros compartirían para que ellos pudieran también comprender con la misma segura certeza las verdades fundamentales que iban a dirigir nuestras vidas. Tenía en si muchas ventajas y nosotros con frecuencia nos aprovechamos de este lenguaje en años después, pero nos enseñó poco acerca del conocimiento histórico y del pensamiento científico contemporáneo. Ponía mucho énfasis en la esencia permanente de las cosas, mientras la ciencia ya desde tiempos pasados había estado intentando explicar los cambios y los accidentes observables que nuestro pensamiento esencialista dejó a un lado. Nuestra formación era un ejemplo de pensamiento clásico.
El mundo del pensamiento clásico había sido sometido a la fuerza ya durante mucho tiempo y tuvo que entregarse al mundo del pensamiento histórico, con mayor dramatismo durante y después del
Segundo Concilio Vaticano. En círculos católicos a través del siglo 20 los estudios de la Sagrada Escritura se encaminaron hacia el mundo de la historicidad, del pensamiento histórico, del desarrollo y del concepto positivo del cambio. Investigaciones Patrísticas y Litúrgicas a la vez arrojaron nuevas luces sobre la naturaleza evolucionista e histórica de la fe y el culto. La teología fue lenta en acercarse al campo de la investigación, pero con el tiempo entró a través del trabajo pionero de Congar, De Lubac, Rahner, Von Baltasar, y Lonergan entre otros. Después de todo, la religión Judeo-Cristiana es una religión histórica en el sentido más intimo de la palabra; nuestro Dios es el Dios de la historia.
Además de aceptar la naturaleza de la vida en el mundo, histórica, cambiante y evolucionista, hemos tenido que enfrentarnos con otras dos realidades. Una es la súbita velocidad del cambio en nuestro tiempo, la otra es la certeza de que una época se está terminando y otra está comenzando.
La palabra «conversión» en el pasado casi siempre indicaba un cambio singular, y frecuentemente dramático en el camino de nuestra vida, de una vida de pecado a una de obediencia a Dios o de una religión a otra. Hoy hablamos de una «conversión continuada» o «de una conversión permanente. Conversión, mientras aun a veces se refiere a un cambio dramático, con más frecuencia se refiere a la frecuente y aun diaria vuelta hacia a Dios en nuevas circunstancias. Bernan Lonergan indica que el camino hacia la autenticidad, como persona y como creyente, exige fidelidad diaria a las cinco leyes del ser humano que llevan a una conversión religiosa, moral, intelectual, psíquica y social. Es un proceso de por vida, día a día. Las cinco leyes son: Estar Atentos, Ser Inteligentes, Ser Razonables, Ser Responsables y Amar a Dios.
Además de estas llamadas a la conversión continuada, también debemos aprender siempre más. Podemos aprender con lecturas y estudio, por medio de los hechos y de las personas, por las circunstancias de la vida diaria, escuchando, colaborando con otros, estando atentos al diálogo de la Iglesia con el mundo. Hay una avalancha de información que nos llega diariamente. Se requiere un hábito de reflexión crítica. Para este fin la formación permanente puede ser una bendición especial. Nos ayuda a entender las cosas y guardar una mente serena.
El Concilio Vaticano II tuvo un doble ímpetu; uno fue la vuelta hacia las fuentes, y el otro su «aggiornamento», ponerse al día y de esta forma recomponer nuestra relación con el mundo. El Concilio invitó a las congregaciones religiosas, entre las cuales nosotros estábamos agrupados entonces, a volver hacia nuestros fundadores y fundadoras y recuperar nuestro carisma, renovar nuestro carisma en nuestro propio tiempo actual. La formación continuada y la formación permanente nos meten en la misma dinámica.
Poseer de nuevo el carisma de San Vicente. Quizás las futuras generaciones de Paúles aprenderán durante la formación inicial todo lo que ellos necesitan para conocer la vida de San Vicente, sus obras y su carisma, pero hoy día es verdad que el reto del Concilio de volver al carisma de San Vicente, auténtico y total, está por llegar. No obstante, por mucho que lo sintamos el intermedio de dos siglos y medio desde la muerte de San Vicente y la publicación por Pierre Coste de los 14 volúmenes de las cartas, conferencias y documentos, además de la traducción a otras lenguas, estamos viviendo en un tiempo aceptable para volver a las raíces y recuperar el regalo de San Vicente para nosotros y para el mundo.
Los sesenta años desde la Segunda Guerra Mundial (1945-2005) han sido fructíferos en revelar el rostro de San Vicente de nuevo. Se ha dicho que las imágenes de San Vicente frecuentemente ocultan más que revelan al Santo. Una profunda investigación de los tesoros de Coste y en los archivos de la Congregación, mayor conocimiento de la historia y las costumbres de sus tiempos, viendo a San Vicente en su contexto, en relación con los hechos y circunstancias en las que él actuó y en la que él vio la dirección guiadora de la Providencia, todo esto ha dejado abierto el molde de «Santidad» que le encerró y reveló la humanidad y el genio de Vicente. Todo aun nos da una oportunidad de ver en el santuario de su vida interior de mística comunión con el Cristo de la Caridad. Es evidente que para nuestra presente generación la vida y carisma de San Vicente constituye una parte integral y necesaria de una formación permanente.
Estar al día. Esta es la otra y más evidente dimensión de la formación permanente y la que compartimos con muchos en la Iglesia. Los tiempos han cambiado y la velocidad del cambio ha sido extraordinaria. Solamente en diez años hay, por ejemplo, un billón de usuarios de Internet, entre los cuales nos contamos nosotros mismos. Además, han aparecido una consciencia mundial y una consciencia histórica. Bernard Lonergan escribe: «Estamos conscientes de muchas culturas muy diferentes que existen en el tiempo actual, y estamos conscientes de las grandes diferencias que separan las culturas presentes de las pasadas». Cuando había una sola cultura y era, para todos los temas, Europa, nosotros que pertenecemos a ese mundo, directamente o derivadamente, teníamos un punto fijo desde el cual veíamos y medíamos al resto del mundo. La realidad es que no habiendo una única medida cultural, sino que hay muchas culturas y que estas son evaluadas por si mismas, no evaluadas desde fuera a través de otra cultura, ha creado una revolución en nuestra forma de pensar y sentir. Cada cultura tiene su propia y auténtica identidad y su conjunto de conceptos y valores. En este aspecto el carácter internacional de la Congregación y del CIF es una gran bendición. Los Paúles vienen de todo el mundo y son apóstoles para todo el mundo. Esto, desde luego, indica que estamos llamados a una conversión permanente de inesperadas dimensiones en términos de consciencia histórica y cultural.1
Formación y Transformación. La educación continua y la formación permanente no son la misma cosa, pero son utilizadas intercambiablemente. Sin intentar diferenciar estos términos, creo que la formación indica y se anticipa a la transformación en un sentido, en el que la educación lo hace. Pienso en la educación también del entrenamiento, en términos de información, comprensión y habilidad, mientras que formación implica cambios que son más personales, cambios en actitudes, aspecto, comprensión y decisión. Rosemary Haughton en su precioso libro sobre conversión de hace muchos años identificaba la diferencia entre formación y transformación y su relación de una a otra. Formación intenta la transformación y relación de una a otra. La formación intenta la transformación pero nunca pude conseguirla. Los cursos pueden dar formación pero la transformación es obra del Espíritu Santo y la persona individual respondiendo libremente a la guía del Espíritu. La formación prepara los materiales y las herramientas de transformación, los ladrillos y el mortero, el hierro y la piedra pero no puede construir el edificio. La formación sin embargo tiene una función importante. Puede ser que cuando alguien está decidido a construir para el futuro nada está preparado sino unos pocas maderas y unos cascotes de piedra.
La transformación tiene diferentes nombres en el Este y el Oeste. En el Este se llama «iluminación», en el Oeste «conversión». La iluminación, nirvana, se consigue al final de un largo proceso de purificación y requiere estar en armonía con todo el universo. En el Budismo, por lo menos en algunas de sus formas, la iluminación se manifiesta con estas palabras: «Todo es Vaciedad, todo es Compasión. Hay total compasión hacia todos los seres vivos. Thomas Merton vio todo esto en las caras de los Budas gigantes en Sri Lanka. La vaciedad crea el espacio para la compasión sin fin. Daoismo es una religión que intenta estar completamente acorde con el Camino (el Dao o Tao) de todas las cosas. Aunque la comparación cojea de muchas formas, se puede pensar que San Vicente estaba en sintonía con la Divina Providencia o acorde con Jesús que es el Camino, la Verdad y la Vida. Está claro que hay desapego desde un menor punto de vista de cosas y una entrega hacia algo trascendente. En el Oeste y particularmente en la tradición Evangélica, se habla de transformación en términos de metanoia o conversión. Juan el Bautista pedía metanoia y Jesús después proclamó: «¡Arrepentíos, el Reino está cerca!». Cuando el pueblo fue impresionado por la predicación de San Pedro el Domingo de Pentecostés, le preguntaban qué debían hacer. Pedro respondió: «¡Arrepentíos y bautizaros!».
A veces los programas de formación se tienen como una vacación por los que vienen, quizás con más frecuencia por los que no vienen. Y puede haber algo de verdad en ello, de lo que hablaré más abajo. El problema real es la dimensión oculta de los cambios y transformaciones que le ocurren al participante. Al final, se trata de la conversión de la mente y el corazón del participante.
Bernard Lonergan pone la conversión en el centro de la actividad teológica y finalmente en el centro del camino humano hacia la autenticidad. Hay tres formas de conversión: conversión religiosa, conversión moral y conversión intelectual. Algunos añaden una conversión psíquica o conversión afectiva y una conversión socio-política, pero eso puede esperar para otro día. Lo que siempre me ha impresionado acerca de estas tres conversiones es el orden. La conversión religiosa está la primera. Todos los esfuerzos por poner la conversión religiosa como resultado natural de actuar humanamente, psicológicamente, socialmente y filosóficamente se han quedado cortos — como la Torre de Babel, no tan alta como para llegar al cielo. Me gustaría reflexionar sobre la formación continua en los términos de estas tres conversiones, no en el sentido de lo que un programa de formación promete a los asistentes, sino desde el otro lado, qué pueden hacer los asistentes para ellos mismos con el Espíritu en su camino hacia la autenticidad hoy.







