Profetismo del carisma vicenciano a la luz de la doctrina social de la Iglesia (6)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: María Pilar López, H.C. · Año publicación original: 2009.
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6.- San Vicente y la solidaridad

La palabra «solidaridad» es una de de esas palabras que se usan muchísimo pero que no siempre se hace con su verdadero significado. Viene del latín «solidus», sólido, fuerte…, se dice que es solidario aquel que presta o muestra adhesión o apoyo a una causa ajena, especialmente en situaciones difíciles. Recordemos que, en el ámbito del derecho civil, cuando un grupo de deudores se compromete «solidariamente», significa que cada uno de ellos se hace responsable de la totalidad de la deuda.

«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza».1 Es sobre este texto, sencillo y a la vez profundo, donde se fundamenta la teología cristiana para adoptar el término solidaridad. El Dios cristiano no es un dios solitario, es un Dios que está en comunión de vida y de amor, el Dios comunidad del Padre con el Hijo y el Espíritu Santo.

La teología cristiana adoptó por primera vez este término aplicándolo a la comunidad de todos los hombres, iguales todos por ser hijos de Dios. Así el concepto de solidaridad, para la teología, no puede separarse del de fraternidad de todos los hombres. Si todos somos iguales en dignidad, dada nuestra filiación divina, esta fraternidad nos impulsa a buscar el bien de todos.

La solidaridad ha sido siempre una exigencia de convivencia entre los hombres y, en sentido estricto, es una relación de justicia, porque al vivir en sociedad, todos necesitamos de todos; ello es así porque todos somos seres humanos, iguales en dignidad y derechos. Y decimos que es de justicia porque los bienes de la tierra están destinados al bien común, al bien de todos y cada uno de los hombres.

Hemos tratado este punto en varias ocasiones pero parémonos en un aspecto que aparece en la Constitución Dogmática «Gaudium et Spes», dice así:

«…jamás se debe perder de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Sin embargo todos los hombres tienen derecho de poseer una parte de bienes suficientes para sí mismos y para sus familias… Quien se halle en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí… «2

Yo espero que a nadie le vaya a parecer que este texto es subversivo. Lo que sí es vergonzoso y escandaloso es que el pequeño fragmento de población que controla el 50% de la riqueza está en el primer mundo: América del Norte y Europa; los países con mayor nivel de renta per cápita son países cristianos. Otro dato: en la mayoría de los países de mayor renta per cápita, es en los que se dan las mayores desigualdades sociales, dentro del propio país. No voy a seguir comentando este tipo de datos, después de más de seis años en Rwanda, los datos tienen rostro, nombre y apellido y soy incapaz de hablar de cifras.

Cuando se estudia un poco la Encíclica «Sollicitudo Rei Socialis» de Juan Palo II, se ve el profundo contenido que el Papa da al término, se descubre el extraordinario análisis de la realidad que hace en la misma y las responsabilidades que el Papa asume como cabeza visible de nuestra Iglesia.

No encontramos en ningún texto de San Vicente el término «solidaridad»; no podemos encontrarlo pues aparece en el siglo XIX. Pero sí encontramos en sus escritos, pues lo había hecho vida, este sentimiento compasivo hacia el hermano que sufre.

Tal vez el mejor ejemplo sea el texto más conocido de todos los vicencianos:

«Los Pobres son mi peso y mi dolor»3

Creo que mayor expresión de solidaridad no se puede pedir, sobre todo sabiendo, como todos nosotros sabemos, como lo vivió nuestro Fundador: hasta las últimas consecuencias.

Como en tantos temas, podríamos seguir y seguir citando textos de San Vicente. Espero que, desde el cielo, no le parezca mal que trate de resumir, en una cita no demasiado larga, lo que me parece más esencial de toda su doctrina y que tantos miembros de la Familia Vicenciana, hoy con él en el cielo, trataron de vivir hasta las últimas consecuencias. Escuchemos con atención:

«Dios ama a los pobres, y por consiguiente ama a quienes aman a los pobres… Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios».4

Preparando esto me vino a la mente una reunión de religiosos jóvenes en la que, al terminar de ver la película de «La Misión», un novicio jesuita exclamó: «No podemos ser hijos pigmeos de padres gigantes».

El tema de la solidaridad, está muy presente en nuestras Constituciones desde las provisionales de 1975 hasta las actuales. Cuando nos detalla a qué pobres estamos llamadas a servir, nos dicen:

«Las Hijas de la Caridad reconocen en los que sufren, en los que se ven lesionados en su dignidad, en su salud, en sus derechos, a hijos de Dios, a hermanos y hermanas, de quienes son solidarias».5

Como referencia nos da el nº 6 de la «Populorum Progressio» que, al hablar de la aspiración de los hombres de hoy dice:

«Verse libres de la miseria, hallar con mayor seguridad la propia subsistencia, la salud, una estable ocupación; participar con más plenitud en las responsabilidades… cuando un gran número de ellos se ven condenados a vivir en tales condiciones que convierten casi en ilusorio deseo tan legítimo»6

Vayamos un momento a la gran Encíclica sobre la solidaridad:

«Ésta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos«.7

Hoy la ética de la solidaridad está siendo suplantando por la falsa estética de la «solidaridad como espectáculo», y los medios de comunicación la están convirtiendo en otro artículo de consumo más. Los conflictos sociales no existen, tan sólo desgracias ocasionales. Se enmascaran los problemas sociales, políticos y económicos de fondo, provocando reacciones emocionales, pero brilla por su ausencia un mínimo análisis de la realidad y, por tanto, la posibilidad de toma de conciencia y de movilización contra la injusticia.

Nos estamos acostumbrando también a la «solidaridad como campaña» o respuesta inmediata a una situación de máxima urgencia, sin preguntarnos por sus causas estructurales. Si un terremoto causa muerte y dolor en Méjico, es una desgracia que sufren los pobres, en ningún momento se cuestiona por qué un seísmo de la misma intensidad produce distintos efectos en Los Ángeles que en Méjico. La ayuda humanitaria se asemeja a un servicio de urgencias, cada día mejor equipado, pero es muy limitado pues trata de paliar las consecuencias de las catástrofes, pero no cuestiona sus causas.

Ya dijimos que, en tiempos de San Vicente, no se usaba la palabra «solidaridad», él hablaba continuamente de «bien común«, pero con su vida nos mostró la «solidaridad como encuentro» que significa:

  • la experiencia de encontrarse con el mundo del dolor y de la injusticia y no quedarse indiferente, y
  • tener la suficiente capacidad para pensar y vivir de otra manera.

Este vivir la «solidaridad como encuentro» condujo a Vicente de Paúl a conocer y a amar a los Pobres, desde la profundidad de su participación en sus vidas humanas, con una generosidad vivida en la verdadera fraternidad y, a su vez, se traduce en la fundación de las «Caridades», de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad y, a partir de estas fundaciones iniciales, la realidad de tantas Congregaciones religiosas y Asociaciones de laicos que siguen su espíritu.

Vivir la solidaridad como «encuentro» nos obliga también a plantearnos qué modelo de sociedad deseamos y ser consecuentes. Ello supone un cambio de los propios valores, para adaptarlos al estilo de vida con que Vicente de Paúl realizó el seguimiento de Jesús. Debemos poder decir con nuestra vida:

  • que es posible que el ser pueda reemplazar al tener, como el valor básico de nuestra sociedad
  • que necesitamos mucho menos para satisfacer nuestras necesidades humanas fundamentales
  • que la calidad de nuestras relaciones da un nivel de felicidad mucho mayor que la cantidad de bienes que podamos poseer.

El documento «Religiosos y promoción humana» publicado en 1978 por la llamada entonces «Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares» nos lo dice claramente:

«El testimonio de los religiosos en pro de la justicia en el mundo comporta, sobre todo para ellos mismos, una revisión constante de las propias opciones de vida, del uso de los bienes, del estilo de sus relaciones. Porque quien tiene la valentía de hablar de justicia a los hombres debe en primer lugar ser justo ante ellos»8

Y de una forma más sintética leemos en Vita Consecrata:

«La misión peculiar de la vida consagrada en la Iglesia y en el mundo es testimoniar a Cristo con la vida, con las obras, con las palabras»9

Vivir así, con la coherencia que acabamos de citar, y comprometiéndonos en la defensa de los pobres, provoca el estar en tensión entre el anuncio y la denuncia. Nuestra denuncia debe dirigirse, no solamente a la trasgresión de los valores éticos por parte de los poderes públicos, por ejemplo, sino también hacia la revisión crítica de nuestras actuaciones cuando se limitan, solamente, a la parte más doliente de la exclusión: cubrir simplemente la supervivencia física.

Como en tantas cosas, San Vicente nos marcó el camino y nos mostró cómo hacer de los pobres auténticos protagonistas de su propia promoción.

  1. Gen. 1,27
  2. GS, 69
  3. Louis Abelly. «Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl» CEME (1994) p. 631
  4. SV XIA, 273
  5. C.16c
  6. PP, 6
  7. SRS, 38
  8. SRS, 38
  9. VC.., 109

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