Principio de autoridad en la Compañía: De la autoridad «que manda» a la autoridad que «organiza» el servicio inútil

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Marie Claire Saad, H.C. · Year of first publication: 2000 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

Todos estamos invitados a compartir el poder de Dios en el Reino Celestial. ¿Podríamos formarnos a este compartir en un ejercicio comunitario de vida dedi­cada al servicio? ¿Y cuál sería el cometido del jefe o de quien detenta la autoridad en este caminar hacia el compartir el poder de Dios de quien somos todos hijos legítimos?

Para llamarnos a su Reino, Dios revela su secreto de Poder a través del ejemplo de vida de su Hijo, a la vez amo y servidor, o Amo que modula su mandato según la petición o la orden que recibe de aquellos a quienes gobierna y de los que se convierte en servidor.

Dios nos invita a compartir su poder aceptándonos como somos, perdonándo­nos lo que hacemos, acogiéndonos en nuestros desvíos y devolviéndonos siempre la confianza en nosotros mismos, para que podamos descubrir su fuerza inagotable en nosotros, como condición indispensable para compartir su poder.

El principio de Autoridad que tenemos de nuestro Padre Dios, a través de Cristo su Hijo, se nos concede en nuestra función de jefe para hacer descubrir a cada una de nuestras compañeras la autoridad que ella ha recibido de Dios. Este mismo principio nos ordena, en nuestra función de jefe, a reforzar a nuestras compañeras para que ellas, mediante el servicio, lo hagan descubrir a quienes han perdido sus fuerzas y su poder. Por tanto nuestra autoridad, por vocación, tendrá que hacerles sentir que son dignos de ser escuchados, amados y servidos según lo que ellos ordenan.

¿Cómo ajustarnos a la autoridad del amo-servidor en una revisión continua del ejercicio del poder para que, mediante nuestra función de jefe, lleguemos a ser los garantes del acceso al compartir del poder de Dios, de todos aquellos de quienes somos responsables (nuestras compañeras y aquellos a quienes servimos)?

Esta es la pregunta que nos plantea el principio de autoridad y que yo voy a tratar de explicar a continuación.

I. Vitalidad de la comunidad y función de la Responsable

La autoridad de la Responsable, por ser la garante del acceso de todas las compañeras, así como de todos aquellos o aquellas a quienes sirve, al poder del Padre, tendrá como función principal hacer vivir las Constituciones. Se esfuerza con este fin para que las normas lleguen a ser vivificantes y no «esclerosantes», mo­vilizadoras y no opresivas. Para ello evitará caer en la trampa de quedarse en la letra que define la norma, y procederá a una purificación continua de esta letra, sometiéndola a la luz del Espíritu, el Espíritu de Jesucristo, que le ordena las modificaciones necesarias según la situación y la cultura del ambiente donde se encuentra y en función de la evolución de los tiempos y de los espacios. Dicho esto, ¿cuáles serían las orientaciones que la Responsable tendrá que clarificar al ejercer su autoridad? ¿Cuáles serían también los objetivos de su misión y la manera de llevar a cabo su compromiso apostólico?

1. Las orientaciones

La Responsable tendrá que asumir su autoridad según tres orientaciones:

  • Dinamizar la fidelidad al proyecto de la Compañía, proyecto que necesariamen­te ha de tener como finalidad el servicio al pobre, servicio prestado por un «amo-servidor» a un «amo-servido».
  • Armonizar el conjunto de actividades que se llevan a cabo en el seno de la Compañía, respetando la diversidad de las acciones orientadas según el envío a misión de cada una de las Hermanas, incluidos los envíos aislados. La Responsable velará para que todas estas acciones correspondan al proyecto de la Compañía tal como se ha definido anteriormente.
  • Fortalecer a cada compañera en su servicio para que pueda ella a su vez fortalecer a las personas a quienes sirve a partir de lo que son dichas personas y no según un molde definido previamente y con una relación mutua de reco­nocimiento y de humildad. Se trata, por lo que se refiere a la Responsable, de favorecer el crecimiento de las personas que tiene a cargo desde una relación de cercanía que comunique fuerza y con un vínculo social que dé autonomía.

2. Los objetivos

La Responsable tendrá que fijarse tres tipos de objetivos basándose en las orientaciones definidas antes:

  • Convertirse: venimos a comunidad para convertirnos a un estilo de vida que puede capacitarnos para trazar de nuevo el itinerario de Jesucristo en nosotras, a través de nuestra disponibilidad al servicio del pobre. La primera tarea de la Responsable sería recordar sin cesar este primer objetivo.
  • Aprender a servir: venimos a comunidad para aprender a servir al pobre. Este aprendizaje sólo puede hacerse desde la escucha al pobre. Se llevará a cabo con la humildad de un conocimiento siempre insuficiente e incompleto para que podamos adaptar nuestro servicio a las aspiraciones, expectativas y deseos profundos del pobre. La función de la autoridad consistiría en reforzar este vínculo con el aprendizaje continuo, exigiendo de cada compañera que no se establezca en la suficiencia y la pasividad en cuanto al saber necesario para mejorar el servicio al pobre, sino que continúe sin cesar su formación por un camino que nunca termina. Es una manera de asociar la gracia de estado a la esperanza desde una búsqueda continua para superar la tendencia espontánea que tenemos a refugiarnos en el mito.
  • Servir:venimos a comunidad para servir, para servir al pobre desde un impulso de caridad. Esto requiere mantener un fervor de conversión y supone un apren­dizaje continuo que suscite tres tipos de consideraciones que la Responsable deberá poner de relieve y hacer respetar :
    • Las cualidades humanas de la compañera (servidor), es decir, sus aptitudes y sus motivaciones. Estas cualidades no se miden por el nivel de los estu­dios realizados, sino en el plano de la conjugación del saber adquirido con las actitudes humanas reforzadas para que el servicio al pobre, según su necesidad declarada o latente, pueda alcanzar el objetivo de fortalecimiento deseado por lo que a él se refiere y el objetivo de humildad buscado por el servidor.
    • La promoción de la compañera (servidor). Si esta promoción es indispensa­ble, sería necesario cuidar de que vaya continuamente unida a las exigen­cias de nuestra alteridad, como fortalecimiento necesario para que se pueda fortalecer a los pobres debilitados y temerosos. Se trata para la Responsa­ble de ayudar a cada una de las compañeras para que no caiga en la trampa de la promoción como refuerzo de la «omnipotencia» de su ser ante el otro, pobre y desprovisto.
    • La fidelidad de la compañera a la comunidad y cohesión del grupo comu­nitario. La autoridad tiene la difícil tarea, en este tercer nivel del acto (ser­vir), de suscitar una fidelidad que se mide por la profundidad de la inquietud espiritual de una compañera y de una comunidad que buscan mejorar su servicio con relación a las necesidades y aspiraciones del pobre, y no en función de la seguridad que procura esta comunidad.

3. La manera de llevar a cabo el compromiso apostólico

Basándose en las orientaciones y objetivos que la Responsable tiene que pro­mover en el ejercicio de su autoridad en la Compañía, es posible entrever una perspectiva de calidad en el modo de llevar a cabo el compromiso apostólico que ella habrá de favorecer.

No se tratará, evidentemente, para la Responsable, de buscar una perfección del compromiso con relación a la eficacia aparente de su responsabilidad y del rendimiento del servicio que presta cada compañera.

Se tratará más de ver en qué línea debería situarse el esfuerzo de aquella a quien la Providencia ha puesto en condición de ejercer una responsabilidad comu­nitaria para que el compromiso apostólico, a doble nivel, personal y comunitario, pueda situarse con relación a las solicitaciones efectivas expresadas en un deter­minado medio de vida y para que dicho compromiso pueda insertarse en una pastoral de conjunto.

La Responsable deberá velar para que el sentido del Evangelio sea percibido en todo compromiso apostólico. Su preocupación central será suscitar el interrogan­te de si se llega realmente a anunciar a Cristo haciendo lo que el Proyecto Provin­cial propone hacer.

Para profundizar más en esta perspectiva de calidad, habría que remontar a los fundamentos de la autoridad, distinguiendo el aspecto humano de estos fundamen­tos del aspecto sobrenatural, aunque sin disociarlos. Es lo que vamos a intentar hacer en la segunda parte de esta intervención.

II. Vitalidad de la Comunidad y fundamentos de la autoridad

1. Fundamentos de la Autoridad en el nivel humano: La madurez de la Res­ponsable

En este encuentro nos fijaremos en un punto primordial: el de la madurez requerida para que una responsable desempeñe verdaderamente su cometido de animación en el seno de la vida comunitaria. Ciertamente, toda vida consagrada exige un mínimo de madurez sin la cual el compromiso corre el riesgo de evapo­rarse con las menores sacudidas. Cuando hablamos de la madurez de una respon­sable, pensamos en cierta riqueza de madurez que pueda ofrecer a la Provincia una referencia de apoyo.

Esta madurez debe manifestarse en tres puntos esenciales:

  • la inteligencia concreta;
  • la voluntad;
  • la afectividad.

En el plano de la inteligencia, no pensamos en un saber abstracto, en una erudición libresca, en una vasta extensión de conocimiento. Puede haber Herma­nas con un sencillo bagaje de conocimientos, pero con un saber profundo enrique­cido por la experiencia de Dios y de las personas.

En el plano de la voluntad, pensamos, sobre todo, en la capacidad de hacer opciones y de comprometerse en las opciones elaboradas en la oración, con el consejo de personas competentes y la unanimidad de las Hermanas de la Pro­vincia.

En el plano de la afectividad, pensamos en la superación de las reacciones pasionales que ciegan y que desconciertan a los miembros de la comunidad.

Una vez planteado este problema de la madurez, vamos a tratar de precisar su condición principal, sus exigencias y sus vínculos con la sociabilidad y con el sentido del riesgo.

a) El equilibrio de la persona: condición principal de madurez. El equilibrio hay que buscarlo en cuatro niveles concretos:

  • Equilibrio que hay que basar en un dinamismo común, evitando las impo­siciones arbitrarias o poco esclarecidas por la reflexión común;
  • Equilibrio fundado en motivaciones evangélicas y que tiende a reflejar una vocación común, para nosotras la vocación vicenciana;
  • Equilibrio que es preciso restablecer sin cesar en la perspectiva de una indispensable conversión permanente, tanto en el plano individual como en el colectivo;
  • Equilibrio dinamizado continuamente por la voluntad de suscitar una mayor comunión entre las personas.

b) Madurez y exigencias para ser creer, actuar y entrar en relación

  • En el plano del ser: no ceder a las reacciones mal dominadas; tanto en el plano positivo como en el negativo; nada está tan bien como lo que cree­mos en ciertos momentos, ni tan mal como lo pensamos en otras circuns­tancias. La madurez exige el dominio de los sentimientos.
  • En el plano del creer: evitar hacerse esclavo de un solo autor, de un eslo­gan, de una idea erigida en sistema de vida: ideología de la acción, de lo social, de los «más pobres», etc.
  • En el plano de la acción: perseverar en las tareas emprendidas, siguiendo el consejo de San Vicente: «invariables en cuanto al fin y flexibles en cuan­to a los medios»; evitar los impulsos que se desvanecen demasiado fácil­mente.
  • En el plano de la relación: no variar el trato con los demás de manera que se encuentren desconcertados; mostrarse capaz de amistad y de discre­ción; la confianza no se impone; debe merecerse. La comunicación de las Hermanas exige un tipo de relación que facilite la apertura.

c) Madurez y sociabilidad

La madurez supone también cierta riqueza en el plano de la sociabilidad: pen­samos en cierta capacidad de apertura sin angustia con todas las personas de los grupos comunitarios así como en el medio de vida en el que están inmersos esos grupos.

Esta sociabilidad se manifiesta en la capacidad de amar al otro desde el respeto hacia lo que tiene de especial. Cuando el grupo afectivo se hace más restringido, se asiste a una falta de madurez en el plano del sentido sociable de la responsable. Las marginaciones que se dan como consecuencia son perniciosas para la vida comunitaria y para las vocaciones.

La caridad más bella es la que ayuda al otro a salir de su situación de aisla­miento.

La sociabilidad que nos interesa se manifiesta en un sentido profundo del bien común; en este punto, la trampa que hay que hacer fracasar es la que conduce hacia actitudes de complacencia más o menos demagógica; la firmeza debe poner­se al servicio del bien común y no al de su propia razón.

La sociabilidad se construye desde el respeto a las personas según su ritmo de vida y sus propias dificultades. Somos fácilmente inclinados a criticar a las perso­nas en lugar de proporcionarles los medios para superarse.

Finalmente, la sociabilidad de la que hablamos impone la lenta gestión del diálogo sin el cual se correría el riesgo de construir sobre la arena movediza del autoritarismo. Con la aceptación y a través de la aceptación y del respeto a los demás es como se manifiesta la serena aceptación de uno mismo. Con el diálogo se construye la cordialidad y la capacidad de adaptación para el conjunto de las personas que forman la comunidad.

d) Madurez y sentido del riesgo

La madurez que se requiere de la Responsable exige cierto sentido del riesgo propio de toda persona que deba tomar decisiones.

Esto supone:

  • Capacidad de hacer opciones con toda libertad,
  • Capacidad para asumir las consecuencias de las opciones tomadas,
  • Lucidez ante las consecuencias de las opciones tomadas.

Tocamos aquí la verdadera noción de responsabilidad que afecta a todos los aspectos de la vida: oración, acción, presencia comprometida en el mundo… etc. Para alcanzar cierta riqueza en el terreno de la madurez en lo relativo al riesgo hará falta, por tanto, desarrollar en una misma la capacidad de acogida:

  • Para aceptarse: con las propias riquezas y carencias.
  • Para aceptar a los demás: no como quisiéramos que fueran sino como son: evitando los rechazos, las envidias, las indiferencias, las angustias excesi­vas.
  • Para asumir lo que sucede, como signo que Dios da para discernir su querer.

Como Conclusión  la madurez de una Responsable se manifiesta en una integra­ción progresiva de todos los factores citados.

Esta integración se hace perceptible a través de:

  • una serenidad capaz de dominar los movimientos pasionales;
  • una apertura de espíritu que nos hace capaces de una mayor comprensión;
  • un dominio de sí que ayuda a señalizar el camino de la ascesis.

Las cuatro grandes señales que indican que estamos en el buen camino pue­den, por tanto, resumirse en cuatro orientaciones:

  • Capacidad para compaginar prudencia y compromiso;
  • Capacidad de discreción: no ver en ello solarn&Ite cierto silencio sino ca­pacidad de discernimiento;
  • Capacidad de atención a las personas para descubrir las complementarie­dades que permiten valorar a todos los miembros de la comunidad;
  • Capacidad de cordialidad, impregnada de cierto sentido maternal que debe evitar desviarse hacia el maternalismo.

2. Fundamentos de la autoridad en el plano sobrenatural

  • La función de la Responsable no exige solamente cualidades humanas sino que supone un compromiso con relación a la Fe y a la Esperanza de una persona que vive de Dios y para los demás con una espiritualidad intensa y un sentido vocacional profundo.
  • Por la fe, la Responsable intenta vivificar sus comportamientos: esto supone en ella una continua referencia a Dios que es el «primer responsable». No se vive la responsabilidad más que dentro de un contexto misterioso de Fe. La locura del Evangelio se convierte en su ley. A esta luz deben esclarecerse los acon­tecimientos, las personas, los éxitos y los fracasos; sin huir de todo esto, es necesario aprender la adhesión progresiva a la Persona de Jesucristo.
  • Por la esperanza, la Responsable busca las germinaciones del Espíritu que son siempre lentas. La confianza debe permanecer fundándose no en nosotras mismas, ni en quienquiera que sea, sino en Aquel que nunca falla. A este respecto se trataría de disociar bien la Esperanza teologal de todo cálculo humano. La Responsable no debe limitarse a nutrir su esperanza personal; debe ser generadora de Esperanza para quienes trabajan con ella. Es instru­mento indigno, pero a pesar de todo es mediación suscitada por Dios.
  • Por el amor, la Responsable se une con Dios que la ha seducido, solicitando que haga su Querer; ella busca ese Querer por todos los medios. Donde no hay amor, no podría existir una animación válida. Es a Él a quien hay que acudir sin cesar para poder animar a una Provincia que sólo en el amor puede encontrar sus fuentes para una superación indispensable cuando surjan ruptu­ras, problemas. El Amor hace surgir esa vida de familia sin la cual las comu­nidades caen en las normas colectivistas. El Amor impide a la responsable convertirse en un Director General de Empresa aprovechado, que pone a su servicio a los hijos de Dios que el Espíritu Santo le ha confiado. Este Amor debe despertar sin cesar a la comprensión, al perdón, al estímulo. El Amor es capaz de animar en la verdad.
  • Por la espiritualidad intensa, la Responsable se compromete a reforzar la vida espiritual. Es una condición esencial. La vida espiritual no debe servir de coar­tada a las cualidades humanas sino que les da la dimensión exacta. Se trata de precisar bien qué se entiende por vida espiritual:
    • El sentido de filiación con relación al Padre.
    • El sentido de solidaridad humana en el Hijo.
    • La expresión de amor verdadero en el Espíritu.

Esto debe dinamizar su fidelidad a una inspiración que vivirá como miembro de la Iglesia y con una dedicación concreta.

  • A través del sentido vocacional profundo, la Responsable refuerza su opción por el amor, de un modo libre y consciente. Su vocación se ejerce así a través de una opción consolidada que pone sus miras en la valoración de la inspira­ción religiosa de la institución y en los elementos constitutivos de su visión. Sin embargo, su responsabilidad no podría ejercerse de manera válida más que según «la letra y el espíritu» de las Constituciones.
    • Una responsable que minimice las estructuras de la Compañía no podría ser una persona unificadora. Esto requiere conocimiento, reflexión, experiencia. Esta vocación supone, por consiguiente, un sentido pastoral en continuo despertar, es decir, una anima­dora de «células vivas» fermento de la extensión del Reino. El sentido apos­tólico se opone al espíritu de capilla; capta los vínculos que deben anudarse entre las diversas células de la Iglesia. Esa preocupación pastoral es primor­dial en la aparente fragmentación de los compromisos vocacionales.
    • Una responsable debe estar atenta, sobre todo, al bien y al progreso de las demás. Por consiguiente a una Responsable así, se le pedirá lo siguiente:
      • Dar la prioridad a los encuentros verdaderos con aquellas que trabajan con ella; y con aquellos que se benefician de su compromiso en la Compañía.
      • Velar por la buena salud de las vocaciones y por todo lo que pueda refor­zarla o ponerla en situación de peligro: el bien primordial para una Respon­sable es el de las personas antes incluso que el de las instituciones.
      • Enriquecer con motivaciones lo que se vive;
      • Poner a las personas ante las exigencias evangélicas;
      • Suministrar los medios indispensables para equilibrar a las personas;
      • Dar testimonio de una abnegación incansable;
      • Inspirar confianza por todos los medios disponibles;
      • Permanecer en la búsqueda de la verdad en toda circunstancia;
      • Manifestar el interés que cada una requiere;
      • Estimular los compromisos que se debilitan.
      • Desarrollar cierto estilo de presencia y un «saber desaparecer» ante un querer misterioso que está por encima de ella y que no puede ser desvelado más que desde la caridad incansable y a través de esa caridad.

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