… POR CLAUSTRO las calles de la Ciudad (I)
INTRODUCCIÓN
No de manera distinta que otras instituciones pluriseculares, las Hijas de la Caridad han vivido y están viviendo años no fáciles. Aun siendo todavía hoy la Comunidad con el mayor número de miembros (algo más de 24.000), en poco tiempo han visto disminuir notablemente sus filas; baste pensar que en 1965 eran 45.000. El progresivo envejecimiento de tantas hermanas y el reducidísimo número de los nuevos ingresos, sobre todo en el continente europeo y en el norteamericano, les fuerzan a abandonar con dolor campos de actividad de primaria importancia a nivel de la asistencia y de la educación. Es verdad, gracias a Dios, que la Compañía se está implantando y creciendo en los países en vías de desarrollo, pero el problema permanece.
El ideal de vida trazado por Vicente de Paúl y Luisa de Marillac a las Hijas de la Caridad es de una belleza incomparable y de perenne actualidad. Quien lo conoce a fondo queda encantado y no puede menos de preguntarse cómo entonces ese ideal no ejerce todavía en las jóvenes de hoy la fascinación de antes, Sabemos bien que las causas de la crisis de las vocaciones en los países del bienestar son múltiples y complejas. Pero, ¿no podría ser también que el proyecto vicenciano originario y original se haya deslucido con el correr de los siglos? ¿O que elementos tomados de otras instituciones no hayan alterado algún rasgo característico?
Joven sacerdote vicenciano y estudiante de derecho canónico en la Universidad Gregoriana de Roma en los años del fermento conciliar y postconciliar, en el momento de elegir el tema de la tesis del doctorado pedí al P. Jean Beyer, S. J. , estudiar el origen de la Compañía de las Hijas de la Caridad en su aspecto histórico-jurídico, Lo hice con pasión, estudiando las varias fuentes vicencianas y acudiendo directamente a los archivos parisinos de las Hijas de la Caridad (rue du Bac) y de la Congregación de la Misión (rue de Sêvres). Salió un trabajo que en 1968 fue publicado en Annali della Missione con el título: Una istituzione originale: le Figlie della Carità di S. Vincenzo de Paoli (Una institución original: las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl), y vio la luz también como volumen separado de 160 páginas.
Desde hacía tiempo y de muchas partes se me fue pidiendo que retomara aquel trabajo juvenil revisándolo y presentándolo de nuevo. Me he decidido, finalmente, a más de treinta años de distancia. La producción que ahora me encuentro entre las manos es, sin embargo, al menos en parte, algo distinta: un poco menos elaborada y documentada, y, por lo tanto, más manejable; en armonía con la evolución de estos decenios; con vocación de posible ayuda para la reflexión; y de invitación a la esperanza.
La ofrezco como homenaje a la memoria de la Madre Susana Guillemin, «de la Compañía de las Hijas de la Caridad», muerta en 1968, que me animó cuando yo estaba examinando los documentos de los archivos de la Casa Madre y ya se iniciaba el proceso de vuelta a los orígenes y a la renovación, que llevaría a la elaboración de las Constituciones de 1983. Puede darse que estas páginas resulten de alguna utilidad en el momento en que la Compañía pide a todas las Hijas de la Caridad el empeño de «revisar las Constituciones y Estatutos», dado que el objetivo del proceso de revisión no es, en primer lugar, cambiar algunas cosas en las Constituciones, sino estudiarlas, profundizar en su conocimiento, captar todo su alcance, convertirlas verdaderamente en «regla de vida»: revisar para revitalizar.
El pasado de las Hijas de la Caridad ha sido verdaderamente glorioso: merece ser recordado y contado. ¿Podrán ellas construir todavía una gran historia? Ciertamente este es mi deseo. Me sentiré feliz, por tanto, si estas páginas, que intentan describir la identidad original de las Hijas de la Caridad, llegan a constituir para cada una de ellas un estímulo para ‘mirar al futuro, al cual —como afirma Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Vita Consecrata— las proyecta el Espíritu para hacer con ellas todavía cosas grandes».
Florencia, 25 de marzo de 2001 ALBERTO VERNASCHI, C. M.
De las «Caridades» a las «Hijas de la Caridad»
Estamos en 1617. Dos experiencias particularmente significativas marcan la vida de Vicente de Paúl, y están en el origen de sus dos realizaciones revolucionarias: la experiencia de Gannes Folleville y la de Châtillon-les-Dombes.
Nacido el 24 de abril de 1581 en Pouy (hoy San Vicente de Paúl) en las cercanías de Dax, Vicente1 es sacerdote desde hace 17 años, habiéndose ordenado cuando sólo tenía 19. Tiene ya en su haber un buen bagaje de experiencias, debidas también a su deseo de abrirse camino y llegar a altas posiciones. Ha madurado, sin embargo, y el sacerdocio lo ejerce con convicción. Al inicio de 1617 desempeña su ministerio en las tierras de los Gondi, no lejos de Amiens. Es llamado al lecho de muerte de un campesino, que pasaba por una persona de bien. De la confesión de aquel hombre emerge, sin embargo, la situación de gran miseria espiritual de la pobre gente del campo. El mismo campesino, efectivamente, cuenta a la señora de Gondi que se hubiera condenado a causa de pecados graves que nunca se había atrevido a confesar. La señora, muy impresionada, ruega a Vicente que hable a la gente exhort4ndola a la confesión general. Es el 25 de enero, fiesta de la conversión del apóstol Pablo. Vicente sube al púlpito de la iglesia de Folleville y habla. El efecto es tal, que el confesonario es tomado por asalto y es preciso llamar a otros confesores. Como el árbol surge de la semilla, de la predicación de Folleville nace la Congregación de la Misión. Releyendo ese episodio a la luz del desarrollo posterior, el santo dirá que aquel fue «el primer sermón de Misión».
En agosto del mismo año Vicente es párroco en Châtillon-les-Dombes (hoy Châtillon-sur-Chalaronne) a pocos kilómetros al norte de Lyon. El domingo 20 de agosto acontece lo que él mismo cuenta a las Hijas Caridad: «Sabed, pues, que escando cerca de Lyon en una pequeña ciudad a donde la Providencia me había llevado para ser párroco, un domingo, cuando me estaba preparando para celebrar la santa misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el mundo enfermo, sin que quedase ni una sola persona para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos a compasión por aquellos pobres afligidos.
Después de comer se celebró una reunión en casa de una buena señorita de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mostró dispuesto a ir a verlos, consolarlos con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de vísperas, tomé a un hombre honrado, vecino de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y un poco más adelante, con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban al lado del camino para descansar y refrescarse. Finalmente, hijas mías, había tantas que se podía haber dicho que se trataba de una procesión.
Apenas llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el Santísimo Sacramento para los que estaban más graves… Así, pues, después de haberlos confesado y dado la comunión, hubo que pensar en la manera de atender a sus necesidades. Les propuse a todas aquellas buenas personas, a las que la catidad había animado a acudir allá, que se pusiesen de acuerdo, cada una un día determinado, para hacerles la comida, no solamente a aquellos, sino a todos los que viniesen después; fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad».
- Las Cofradías de la Caridad
El llamamiento de Vicente suscitó mucho entusiasmo. El santo se percató, sin embargo, de que la onda del entusiasmo se puede agotar. Para que la caridad esté bien ordenada y perdure hay que organizarla. Por eso, el miércoles 23 de agosto de 1617 reunió a aquellas buenas personas, y con ellas tomó los primeros acuerdos. Pasaron tres meses de experiencia antes de llegar a la redacción del primer reglamento de la Cofradía de la Caridad: el Vicario del Arzobispo de Lyon lo aprobó el 24 de noviembre. Finalmente, el 8 de diciembre de 1617 la Cofradía Caridad fue solemnemente erigida por Vicente en la capilla del hospital de Châtillon-les-Dombes .
Después de la vuelta de Vicente a la casa de los Gondi en París, las «Caridades» se difundieron rápidamente en todos los lugares de las tierras de los Gondi a los que el santo se dirigía para hacer lo que había hecho en Folleville: la Misión. Nacen así sin interrupción las Caridades de Villepreux, de Joigny, de Montmirail.
Las buenas personas que formaban parte de estas Cofradías estaban animadas del más genuino espíritu de amor hacia el prójimo necesitado, y se dedicaban con abnegación a aliviar toda miseria material y moral. La Caridad de Châtillon-lesDombes se distinguió durante el hambre y la peste sobrevenidas después de su fundación y contribuyó a la conversión o, al menos, a la mejora de muchos. Vicente reconocerá muy pronto que las Cofradías de la Caridad obraban maravillas.
La fundación de la Congregación de la Misión en 1625 provocó un notable aumento de las Caridades. Los Misioneros, efectivamente, recibieron del Arzobispo de París la facultad de erigirlas y visitarlas dondequiera lo consideraran conveniente 6. Tal facultad les fue confirmada por el Papa Urbano VIII el 12 de enero de 1633 . Las Cofradías de la Caridad se convierten en las manos de los Sacerdotes de la Misión en uno de los medios más eficaces para consolidar los frutos de sus Misiones.
No bastaba con erigir las Caridades, era necesario animarlas. No basta con encender un fuego, es necesario reavivar continuamente su llama. La Providencia puso en manos de Vicente a Luisa de Marillac. Nacida ilegítima en 1591, educada lejos de la familia, no admitida en las capuchinas, Luisa escogió como salida el matrimonio con Antonio Le Gras. La vida conyugal no había sido feliz y el hijo Miguel constituía para la madre una fuente de desilusiones. Daba ella vueltas al pasado y se veía asaltada de dudas y angustias. El día de Pentecostés de 1623, sin embargo, tuvo el gozo de una gran «Luz» interior. Esa «luz» la dirigió también entre otras cosas a Vicente de Paúl. El encuentro con el santo acaeció en 1624 ó 1625.
En espera de más claras indicaciones voluntad de Dios sobre ella, Vicente pensó que debía secundar el deseo ardiente de Luisa de dedicarse al servicio de los pobres.
Así, la tuvo ocupada en obras de caridad y en 1629 empezó a enviarla a visitar las distintas Caridades ya instituidas, con el fin de garantizar la vitalidad de las mismas.
La primera Caridad de París nace en 1630 en la parroquia de San Salvador. A pujante ritmo van surgiendo otras: en 1631 ya son seis. El ejemplo es contagioso. Pedro Coste escribe que «de allí a poco no había casi parroquia alguna de la ciudad y de los suburbios que no tuviese su asociación». Vicente y Luisa se interesan de modo especial en fundar la Caridad en su parroquia de San Nicolás de Chardonnet; Luisa será la presidenta
- La Compañía de las Hijas de la Caridad
Las Caridades de París presentan pronto problemas particulares. A diferencia de las de las aldeas, están compuestas en general por señoras de noble condición, Muchas no pueden dedicarse al servicio de los pobres personalmente, como desearían y como deberían según el reglamento, porque encuentran dificultades en la familia. Otras sienten repugnancia en prestar los servicios más humildes y se hacen sustituir por sus criadas. Los que lo pagan son los pobres, que no son atendidos como deberían
El inconveniente no es pequeño. De otra parte, se advierte la necesidad de escuelas y de maestras para los pobres. Vicente y Luisa saben que los pobres son los predilectos de Dios y no pueden tolerar que se los descuide o que se les trate mal. Piensan poner remedio a la situación buscando jóvenes de humilde condición que, dentro de las Caridades, puedan desempeñar los servicios más humildes y dedicarse a la instrucción de los pobres. ¿Pero dónde encontrarlas?
La Providencia de Dios llega de la campiña, que Vicente y sus sacerdotes evangelizan. El mismo Vicente lo cuenta: « En las misiones me encontré con una buena joven aldeana que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares. Dios le inspiró el pensamiento de que viniese a hablar conmigo. Le propuse el servicio de los enfermos. Lo aceptó enseguida con agrado, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha establecido la Caridad».
La historia de Margarita Naseau es encantadora. Vicente no se cansa de contarla a las Hijas de la Caridad: «pobre vaquera sin instrucción», aprendió a leer y a escribir a fuerza de gran tenacidad, después se dedicó a instruir a otras muchachas de su aldea, y después «decidió ir de aldea en aldea con otras dos compañeras formadas por ella, para enseñar a la juventud».
«Finalmente, cuando supo que en París existía una Cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, se llegó allí impulsada por el deseo de trabajar en ella; y aunque seguía con gran deseo de continuar con la instrucción de la juventud, abandonó, sin embargo, ese ejercicio de caridad, para abrazar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario. Así lo quiso Dios para que fuese ella la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París», «la primera en tener la suerte de enseñar a otras el modo de dar escuela a las muchachas y el de asistir a los pobres enfermos, aunque casi no tuvo otro maestro o maestra fuera de Dios». Margarita mostró verdaderamente y siempre a las «otras» el camino hasta el sacrificio de su vida: «Su caridad fue tan grande que murió por haber hecho dormir con ella a una pobre muchacha enferma de peste”
Otras jóvenes de los campos siguieron el ejemplo de Margarita: servían en las diversas Caridades de París y dependían de las asociaciones individuales en las que prestaban servicio. No son, pues, sino una sección de las Caridades.
Son estos los humildes comienzos de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Pero son los comienzos de una obra de Dios. «Puede decirse en realidad que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía, Yo pensaba hoy en ello y me decía: ‘¿Eres tú el que ha pensado en hacer una Compañía de jóvenes? iNi mucho menos! ¿Es la señorita Le Gras? Tampoco. Yo no he pensado nunca en ello, os lo puedo decir de verdad. ¿Quién ha tenido entonces la idea de formar en la Iglesia de Dios una Compañía de mujeres y de Hijas de la Caridad en traje seglar? Esto no hubiese parecido posible…». «Ahora bien, —añade el santo— san Agustín asegura que cuando las cosas acontecen de este modo es Dios quien las hace»». En otro lugar repite a las Hijas de la Caridad: «Os he dicho muchas veces, hijas más, que tenéis que estar seguras de que es Dios el que os ha fundado, porque os puedo decir delante de Él que yo nunca había pensado en ello, y que tampoco creo que lo pensase la señorita Le Gras». El principio es claro: «Las obras de las que no se pueden indicar los autores, salen de las manos de Dios». Dios está al tajo y sabe adonde quiere llegar. Para ello se escoge instrumentos dóciles, que se dejen guiar y conducir de la mano, un paso después del otro, sin oponer resistencia, sin buscar quemar etapas. Vicente sabe que «las cosas de Dios se hacen por sí mismas y que la verdadera sabiduría consiste en seguir paso a paso a la Providencia”.
El camino prosigue. El 29 de noviembre de 1633 se abre para las Hijas de la Caridad una nueva fase. Las jóvenes aldeanas continúan siendo una sección de las Cofradías de la Caridad, pero surge la exigencia de su formación. «La señorita Le Gras.,., se encargó de tomarlas bajo su dirección para formarlas en la devoción y en la manera de servir a los pobres, y entonces se les proporcionó una casa’. La formación no era abstracta, ajena a la realidad, a la vida práctica. Era la formación requerida por una misión de plena inserción en el mundo al servicio de la humanidad más pobre y sufriente, Antes todavía de ser confiadas a Luisa, las jóvenes debían ejercitarse en el servicio en una cofradía parroquial. Se realizaba así una primera selección
Se inicia entretanto la apertura de algunas casas de Hijas de la Caridad en París y fuera; se procede asimismo a la elaboración de los primeros reglamentos o estatutos. Un hecho particularmente digno de mención en este periodo es la emisión, como algo excepcional, de los votos perpetuos por parte de santa Luisa y otras cuatro Hijas de la Caridad el 25 de marzo de 1642
El 20 de noviembre de 1646, Juan Francisco Pablo Gondi, obispo coadjutor de París, aprobó la nueva Compañía «en forma de cofradía particular bajo el título de Siervas de los pobres de la Caridad». Las Hijas de la Caridad se convertían así en una asociación de derecho diocesano distinta de la Cofradía de la Caridad y dependían del Ordinario del lugar, Juan Francisco Pablo Gondi, sin embargo, delegó su autoridad en san Vicente mientras este viviera
La situación jurídica de la Compañía aparece un tanto frágil: lo que un Arzobispo de París ha hecho podía ser anulado por un sucesor. Para evitar este peligro, en 1647 es dirigida al Papa, a través de la Reina Ana de Austria, una súplica para obtener que las Hijas de la Caridad dependieran de san Vicente y de sus sucesores, pero sin resultado alguno. El obstáculo se supera cuando se trató de proceder al reconocimiento legal de la Compañía. No encontrándose el documento original de aprobación de 1646, se pidió otro. El que lo concede es el Arzobispo de París el mismo Juan Francisco Pablo Gondi, llegado ya a ser el famoso Cardenal de Reta El 18 de enero de 1655 desde Roma aprobó de nuevo la Compañía erigiéndola «en cofradía o sociedad particular, bajo el título de Siervas de los pobres de la Caridad» y confiando su dirección a san Vicente y, después de la muerte de este, a su sucesores como Superiores Generales de la Congregación de la Misión. El paso era de vital importancia para las Hijas de la Caridad. El 8 de agosto siguiente Vicente firma juntamente con Luisa y otras Hermanas el acta de erección de la Cofradía de las Hijas de la Caridad.
Parecía todo resuelto. ¿Pero los sucesores del Cardenal de Retz respetarían Io por él establecido o no querrían reivindicar sus derechos? ¿Y los Ordinarios de las otras diócesis? A estas dudas responderá, después de la muerte de los Fundadores, el Cardenal Luis de Vendôme, Legado del Papa Clemente IX. El 8 de junio de 1668 confirmará con el sello de la autoridad apostólica la aprobación dada por el Arzobispo de París.
Con la aprobación de 1655 y con la confirmación de 1668 viene a configurarse uno de los aspectos característicos de la Compañía de las Hijas de la Caridad: su dependencia del Superior General de la Misión y, consiguientemente, su exención de hecho de la jurisdicción de los Ordinarios diocesanos, exención varias veces hostigada y combatida, pero siempre defendida, hasta el pronunciamiento de León XIII, del 8 de julio de 1882, a través de la Sagrada Congregación de los Obispos y Regulares:
‘no hay cambio alguno que aportar en el gobierno de dicha Asociación de las Hijas de la Caridad; este gobierno, de hecho, en fuerza de los indultos Pontificios, pertenece al Superior General de la Congregación de los Sacerdotes de la Misión.. «. A nivel formal el privilegio de la exención para las Hijas de la Caridad se pidió y obtuvo solamente el 12 de agosto de 1946. Aparecerá en las Constituciones de las Hijas de la Caridad, adaptadas al Código de Derecho Canónico de 1917 y aprobadas por la Sagrada Congregación de Religiosos el 1 de junio de 1954. Las Constituciones de 1983 (l.13) confirman que la Compañía de las Hijas de la Caridad «es de derecho pontificio y exenta». Esta exención debe interpretarse a la luz del Código de Derecho Canónico de 1983. Las mismas Constituciones afirman que «el Superior General de la Congregación de la Misión es asimismo Superior General de la Compañía de las Hijas de la Caridad», y recuerdan que «esta disposición existe desde los orígenes, habiendo sido expresamente pedida por Luisa de Marillac, que veía en ello un medio privilegiado para conservar la identidad y la vitalidad del espíritu vicenciano en todas las circunstancias de tiempo y lugar”.
Han pasado tres siglos y medio. La realización del deseo de santa Luisa ha sido fecunda para las Hijas de la Caridad. Quizá ninguna otra comunidad femenina en la Iglesia ha tenido la asistencia espiritual tan organizada, constante y zonal, con resultados ciertamente relevantes en el terreno de la formación, del gobierno, de la actividad apostólica, de la fidelidad al ideal vicenciano. La contribución de las Sacerdotes de la Misión ha sido apreciada por las Hijas de la Caridad, que han demostrado siempre para con ellos acogida, estima, respeto cordial y agradecimiento. Bastantes misioneros deben su propia vocación a las Hijas de la Caridad.
Quizá se han podido dar momentos de algún dominio masculino con la consiguiente mortificación para el espíritu femenino de las Hijas de la Caridad. La historia está marcada también por limitaciones. Hay que reconocerlas y tratar de superarlas, partiendo propiamente de las intuiciones y realizaciones vicencianas, siempre en la línea de una auténtica promoción de la mujer. Es apoyándose en estos elementos en los que hay que pensar para un futuro, que esté marcado, sobre todo, por un espíritu de colaboración, de participación, de integración entre los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad, tanto en el plano espiritual y de formación como en el operativo para un mejor servicio de los pobres. A esto invitan sin duda las llamadas a la unidad de todos los componentes de la Familia Vicenciana, que repetidamente ha hecho el Superior General, P. Robert Maloney, estos últimos años con el fin de poder responder mejor a los retos que nos presenta el mundo de hoy y extender a un radio lo más amplio posible la participación en el carisma vicenciano.
Alberto Vernaschi
CEME







