Ponciano Nieto Asensio (1875-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros Paúles1 Comment

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Author: Elías Fuente · Year of first publication: 1942 · Source: Martires Españoles.
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PoncianoNietoEl haber salido ileso de la revolución de Méjico no le curó de espantos; tenía un miedo cerval. Siempre fue varón de dolores: de constitución enfermiza, derrengado su cuerpo, con marcada y tenaz inclinación a la derecha y hacia delante, débil su voz: poca cosa en lo físico para que los revolucionarios españoles tuvieran que quitarle de en medio, por suponer un peligro para los zurdos, en aquellos momentos de lucha.

De haber existido libertad de pluma, la que existió, siquiera, en la Revolución Francesa, que permitió a su hermano de Congregación, el ilustre mártir Beato Luis José Francisco, convertirse en terrible debelador de la «Constitución Civil del Clero», sí podía haber sido un sujeto de cuidado para los marxistas el P. Nieto.

Porque de él se puede decir lo del otro:

Digna legi scribis, facis et dignissima scribi:
Scripta probant docitum te, tua fasta probum.

Durante toda su vida, el P. Nieto no fue hombre de palabra, sino de pluma. Escribió, en estilo correcto, depurado y conciso, las siguientes obras:

  • Historia de San Vicente de Paúl, traducción de la de Monseñor Bougaud.
  • Vida de San Vicente de Paúl, compendio de la anterior.
  • Vida de Santa Luisa de Marillac.
  • La Beata Catalina de Labouré y la Medalla Milagrosa.
  • Historia de la Congregación de la Misión en Méjico.
  • Historia de las Hijas de la Caridad. 2 tomos.
  • Introducción al estudio de la Sagrada Escritura.
  • Santa Teresa de Jesús, confirmación evidente de la Verdad del Cristianismo.
  • La gran Cuestión.

Y multitud inmensa de artículos ascéticos, morales, históricos, gramaticales, etc.

Fue Director de La Inmaculada de la Medalla Milagrosa y de Anales de la Congregación de la Misión por espacio de seis años.

A este propósito, escribió el P. Franco:

«Era éste —el P. Nieto— un veterano en lides literarias. Historiador de gusto y estilo depurados por la lectura, el ejercicio y la gramática, imprimió reposada madurez a sus trabajos. Parco y pulcro, pálido y enfermo, perfiló su silueta con una sobriedad que parecería anemia si no se catara el meollo ascético de sus producciones. Meticuloso guardián del idioma, no pasaba una incorrección. Su lápiz rojo sangraba la palabra impropia y marginaba la tachadura con más justo vocablo. Era ejemplarmente terco.

Quien le conociera personalmente sabía que su cuerpo era el reflejo de su alma y ésta la vería reproducida en su literatura. Más bien que por sus achaques, parecía inclinado por la benevolencia del abuelo que se agacha para oír mejor al pequeñín. Sus pelos canos y ralos le aureolaban de prestancia confidente y consejera. Lució su ingenio y su bondad en ‘Buzón abierto’. En él estampó delicadas respuestas a consultas reales e imaginarias. Allí sacudió de su abastecida mesa migajas nutritivas de sus notas de lector infatigable. Es una ontología de pensamientos seleccionados entre variadísimos escritores y populares musas. A veces sería la respuesta un hábil pretexto para engarzar el esmalte de una cita. No disminuyó la rigidez de la moral, pero animó su adusto semblante con la amabilidad acogedora del conocedor de la debilidad humana.

Su paso por la Revista grabó las huellas de la corrección y la finura en su noble sentido de enmienda y finura.»

Había nacido el P. Ponciano Nieto y Asensio el 9 de marzo de 1875, en Valverde del Campo, provincia de Valladolid, Diócesis de Palencia. Sus padres, Eustasio y Felicidad.

Estudió Latín y Humanidades en Medina de Rioseco.

Tras los dos años de noviciado hizo los santos votos como miembro de la Congregación de la Misión, el 10 de marzo de 1893.

Cursó la Filosofía y Teología, con las demás ciencias eclesiásticas, en Madrid. Pero cuando le faltaba todavía un año para terminarla, fue enviado a Alcorisa, como profesor del Colegio de Segunda Enseñanza. Estando allí de residencia se ordenó de Menores y Subdiácono, en Teruel, el año 1898; de Diácono, en Zaragoza, el 1899, y de Sacerdote, en Huesca, el mismo año de 1899.

En 1903, tras corta estancia en el Colegio de Limpias, marchó destinado a Cuba, residiendo en Santiago desde 1903 a 1905, y en Matanzas desde este año a 1908.

Vino a España y fue destinado al Seminario de La Laguna (Canarias), donde estuvo un solo curso, por haber sido destinado a Méjico, y, al frente de la Escuela Apostólica que la Congregación tenía en Tacuba-San Juanico, estuvo hasta que la Revolución le obligó a salir del país.

En estos últimos años es cuando escribió la Historia de la Congregación de la Misión en Méjico. Cuando por acá se perseguía a las Órdenes religiosas —famosa ley del Candado— y la elocuentísima voz del gran Mella se levantaba potente para gritar contra la injusticia y la ingratitud que tamaño empeño suponía y en abono de su tesis de defensa clamaba que no le explica la Historia de España sin las Órdenes religiosas y mucho menos la colonización de América, ¡qué oportunamente redactaba los bellos capítulos de una historia contemporánea de acción hispánica valiosísima —PP. Paúles e Hijas de la Caridad en Méjico, cuando el pabellón de la Patria era mirado con desprecio por sus hijas de allende los mares—, la pluma maestra del P. Nieto, también él, como sus historiados personajes, artífice de hispanidad!

Una nota aguda de su vivo y ardiente españolismo la dejó escrita en el «Buzón abierto» de la Revista, respondiendo a un patriota pesimista ante la «Derrota de Annual». Sentada que «la nación toda se ha levantado y se está manteniendo en un resurgir brioso», añade: «… hoy por hoy, no tenemos, realmente, motivos para abatirnos ni desanimarnos; lo que hace falta, sí, es que no nos crucemos de brazos, que no nos durmamos cuando los demás pueblos velan por ir adelante; que no nos fiemos tampoco de las palabritas pintadas y caricias felinas de algunos de esos pueblos, y que, a todo trance y con  toda verdad, amemos nuestra nación y nuestras industrias y nuestras cosas, y queramos ser ante todo españoles y trabajemos en todos los órdenes por hacer subir el nivel moral y material de nuestra patria, en vez de ayudar tontamente a otras naciones y ser vil andamio para que ellas suban a costa nuestra y desde su altura nos vilipendien.»

Desde 1914 a 1920 estuvo el P. Nieto en Matanzas de Cuba, dedicado a la enseñanza en el magnífico Colegio que allí dirigía la Congregación, y que por entonces vivió sus días más esplendorosos.

A fines de 1920 vino de nuevo a España, para no abandonar ya nunca el solar patrio. Oportunísima fue su venida, ya que su reconocido mérito le hacía tan a propósito como pieza de encaje en la taracea congregacional de la provincia de Madrid, en el fuerte impulso renovador vigente.

El número de La Inmaculada de la Medalla Milagrosa correspondiente a febrero de 1921 es el primero de los por él confeccionados en los veintiún meses que estuvo la Revista a su cargo. Firma el artículo de fondo, titulado «Hora de acción» y el «Buzón abierto», que es la novedad por él introducida. En esta sección es donde él mejor se retrata. Desde luego se advierte al Paúl testigo de la admirable obra de las Hijas de María en aquella República, y su consiguiente entusiasmo por su Asociación, acerca de la cual escribe: «… me apresuro a contestar que sí, que en adelante las Hijas de María Inmaculada tendrán su sección particular en las páginas de la Revista.»

Como se ha dicho que el estilo es el hombre, nada mejor, para dar a entender a los lectores de estos apuntes de martirologio el carácter del P. Nieto, que transcribir aquí una muestra de sus preciosos escritos. Es un, comentario al tema de la Purificación de la Santísima Virgen, artículo de fondo del número de febrero de 1922 de la Revista.

«… Delirio de imaginación abrasada por la fiebre, parece fábula de la mitología griega en que los soberbios titanes, alzando montes sobre montes, tratan de escalar el Olimpo y destronar a Zeus; pero quizá sea más inconcebible todavía el orgullo insensato del hombre que, puesta la vista en sí mismo y extendiéndola después por esos mundos de maravillas que nos envuelven y cuya contemplación embelesa, no sólo no cae de rodillas ante el Supremo Hacedor de tan magníficas obras, sino que se rebela contra Él para negarle todo respeto, y aun para desconocerle y maldecirle. Aberración única, inexplicable frenesí, contagio satánico. Y jamás desde el día triste sobre toda ponderación en que nuestros primeros padres negaron a Dios obediencia, han faltado hombres de esta clase; pero jamás también, justo es confesarlo, la temeridad del impío ha ennegrecido su corazón con tantos odios y quemado sus labios con tantas blasfemias como en estos últimos tiempos. Jamás el hombre ha dejado tanto de ser hombre por acercarse a Luzbel como en nuestros días. Hasta ha puesto en himnos de diabólica hermosura su rebeldía y el por ellos imaginado triunfo de Satanás sobre el Dios de los sacerdotes. ¡Réprobos infelices, agitados ya en este mundo por las iras atormentadoras del infierno!

¡Cuán al contrario debe ser nuestra conducta, la de aquéllos que queremos ser y tenemos por nuestra mayor gloria la de ser hijos de Dios! ¿Qué es el hombre al lado del Todopoderoso? Nada; arena imperceptible, sombra de átomo impalpable. Ni en hipótesis sufre que con Dios se le compare. Y aun lo poco que es, de Dios lo ha recibido. —Y Dios ¿quién es? Dios es el ser por excelencia, infinito en toda suerte de perfecciones. Como su principio ha sido sin principio, su continuación será sin fin. De Él han recibido ser todas las cosas, y jamás cosa alguna ha sido hecha sin Él. Él ha dado ser y movimiento a todos esos astros que giran sobre nuestras frentes y poblado la tierra de tanta variedad y hermosura de seres. Él ha hecho de las tierras, de las plantas y de los animales de nuestro globo motivos de utilidad y de agrado para todos los hombres. ¿Qué más? Hasta se ha servido de esos inmensos mundos que pueblan el espacio para que, achicados por la distancia, embellezcan como diamantes celestiales la bóveda del cielo y formen, con la atmósfera, luminoso pabellón con que cubrir nuestra morada en la hora del sueño. Pues a tantas razones de soberanía y de bondad por parte de Dios, ¿cómo corresponderá el hombre que no esté dementado por el orgullo, si no es poniendo su frente en el polvo y exclamando con San Agustín: ‘Señor, siervos tuyos y obra hecha por tus manos somos: danos hacer lo que mandes y mándanos lo que quieras’; o con el Apóstol de las gentes, camino de Damasco, convertido ya por el Señor: ‘Señor, ¿qué queréis que haga’.

Y el alma que se halla poseída de estos sentimientos y que en vista de la grandeza, hermosura y bondad de Dios toda sumisión le parece poca, cuando el Señor la dice: Anda, no mira si es de día o de noche, si el viaje es corto o largo, ni si el camino está sembrado de flores o de abrojos; alza inmediatamente los ojos a Dios y se pone en marcha. —¿Dios lo quiere? Pues adelante. —Y se dejaría hacer añicos antes que ir contra una sola tilde de la ley divina. Así han procedido siempre las almas verdaderamente religiosas; así se portaron los Patriarcas, así un Abraham, por ejemplo, que a una indicación de Dios deja primero su parentela y su patria y después se dispone a sacrificar a su propio hijo Isaac; así los Profetas, así los verdaderos israelitas, así, sobre todo en la nueva ley y cuando el conocimiento de Dios era más claro, esa inmensa multitud de fieles de todas condiciones y de todos los siglos que antes que faltar a un solo mandamiento del Señor, han escogido vivir en la oscuridad y en la miseria, ser objeto de las más negras calumnias y hasta derramar su sangre entre los más atroces y exquisitos tormentos.»

De intento dejamos la cita. Al escribir estas últimas palabras que hemos subrayado, no tendría él ni el más mínimo presentimiento de que iba a ser uno de esos infinitos mártires que le arrebataban la admiración.

Residía por este tiempo en la casita de la calle de Lope de Vega, atento, a más de a sus trabajos literarios, al servicio de las Hijas de la Caridad en el Real Noviciado.

En octubre de 1922 dejó la dirección de la Revista de la Milagrosa y siguió con la de Anales de la Congregación de la Misión que, bajo su dirección, pasaron a serlo asimismo de las Hijas de la Caridad, convirtiéndose de trimestrales en mensuales.

Por motivos que la Historia se encargará, tal vez, de enjuiciar debidamente, fue destinado a Las Palmas (Canarias), en 1928, cesando automáticamente en la dirección de Anales. Fueron días de dura prueba… El catálogo registra su nombre en la casa de Cádiz en el año 1929; aquí, en efecto, pasó la primera mitad del dicho año y una gran temporada en Cuenca. Padeció entonces mucho de la vista, que creyó perder.

En 1930 fue nombrado Asistente de la Casa Central y Director de la Revista La Caridad en el Mundo.

A principios de 1934 tuvo el consuelo de ver salir a luz la obra que más trabajo científico y más quebraderos de cabeza y, sobre todo, más disgustos le ocasionara: la Historia de las Hijas de la Caridad, «obra ella sola capaz de inmortalizar a un hombre».

A fines de 1934 pasó de nuevo a vivir en la casita de la calle de Lope de Vega, donde residía cuando vino la explosión revolucionaria de 1936.

Su Superior, el P. Maurilio Tobar, le llevó consigo a la casa que en la calle de Abascal les sirvió de refugio, y juntos murieron el 24 de septiembre, como se relata al hablar de aquél.

La principal cualidad que señalamos en el P. Nieto es una fuerza de voluntad para el trabajo por pocos superada, ni al fin igualada. No es, pues, extraño que en los últimos años de su vida, él, que siempre fue de constitución enfermiza, estuviera lleno de achaques, completamente desgastado. Aunque no hubiera habido la brutal sopladura del marxismo, esta débil lucecita pronto, muy pronto quizá, se hubiera apagado. Fue lucerna ardens Bit lucens, y su resplandor, perdido para la tierra, si no es por el reflejo de sus luminosos escritos, lo ha trasladado el Señor a la eternidad de la vida inmortal.

One Comment on “Ponciano Nieto Asensio (1875-1936)”

  1. El nombre correcto del lugar de nacimiento del Padre Ponciano es Valverde de Campos.
    Es el pueblo de mi familia, lo conozco bien.
    Un saludo,

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