Maestro, te seguiré vayas a donde vayas. Jesús respondió: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nido, pero este Hombre no tiene en donde reclinar la cabeza». Mt. 8,20).
Aunque era verdadero dueño de todos los bienes, Cristo adoptó una vida tan pobre que no tenía donde reclinar su cabeza. Quiso, además, que los apóstoles y discípulos que trabajaban con El en la misión, vivieran en el mismo estilo de pobreza, de modo que no tuvieran propiedad personal… También nosotros nos esforzaremos, según nuestras pobres fuerzas, en el cultivo de esa virtud (RC III, 1). De este modo los misioneros manifiestan que dependen totalmente de Dios y la misma evangelización de los pobres resultará más eficaz (C.31).
Jesús supo carecer en el momento preciso de todo; supo tener lo justo; supo mantenerse libre ante los ricos y riquezas y supo ser fiel a todo lo que le exigió su misión. Por eso, el modo como Jesús vivió la pobreza es fuente de todas las formas de observarla en la Iglesia.
1. Siendo rico se hizo pobre.
San Vicente recurre al ejemplo y a las enseñanzas de Jesús para exhortar a los misioneros a que practiquen la pobreza. Comentando el n. 1.0 del capítulo III de las Reglas Comunes dice:
La primera reflexión que hemos de hacer es que nuestro Señor, el señor soberano, el creador y legítimo poseedor de todos los bienes, habiendo visto el gran desorden que el deseo y posesión de las riquezas han causado en la tierra, quiso remediarlo con la práctica de la pobreza. El, que fue tan pobre que ni siquiera tuvo donde reclinar su cabeza, quiso que sus apóstoles y discípulos, a quienes había admitido en su compañía, adoptasen esta práctica de la pobreza, lo mismo que los primeros cristianos, de los que se dice que no tenían nada propio, sino que sus bienes eran comunes. Así pues, viendo nuestro Señor el estrago que el espíritu maligno había hecho en el mundo por la posesión de las riquezas, que causan la perdición de muchos, quiso combatirla con un remedio totalmente contrario, esto es, la práctica de la pobreza». (XI 649).
2. Libres ante las cosas y dependientes de Dios.
La pobreza da libertad ante las cosas, evita depender excesivamente de ellas y hace más patente y más real la dependencia de Dios. Así pensaba San Vicente. Meditemos lo que escribió a uno de los misioneros excesivamente preocupado por la pérdida de algunos bienes materiales:
¡Viva la justicia! Hemos de creer que es justa la pérdida de su proceso. El mismo Dios, que le había concedido antes ese bien, ahora se lo quita: ¡bendito sea su santo nombre! Ese bien es malo cuando está en donde Dios no quiere. Cuanta más relación tengamos con nuestro Señor despojado, más parte tendremos también en su espíritu. Cuanto más busquemos como El el Reino de Dios, su Padre, para establecerlo en nosotros y en los demás, más se nos darán las cosas necesarias para la vida. Tenga esa confianza y piense en esos años estériles de que habla; si lo son, no será por su culpa, sino por disposición de la Providencia, cuya voluntad es siempre adorable. Dejémonos guiar, pues, por nuestro Padre que está en los cielos y procuremos en la tierra no tener md s que una sola voluntad con El». (VIII 140).
3. La credibilidad de la misión.
«El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, y si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio» (Evangelii Nuntiandi 41). La sensibilidad ante los bienes materiales, la desconfianza ante toda evangelización que se apoye en el poder y en la riqueza obligan al evangelizador a dar testimonio vivo de fidelidad a Cristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, y de libertad ante los poderes del mundo.
Así exhorta el Concilio a los sacerdotes:
«Usando del mundo como si de él no usasen (I Cor 7,13), llegarán a la libertad que les hará dóciles para oír la voz de Dios que les habla en la vida cotidiana. De esta libertad y docilidad emana la discreción espiritual con que se halla la recta postura frente al inundo y los bienes materiales. Actitud esencial para los presbíteros, pues la misión de la Iglesia se realiza en medio de este mundo y porque los bienes terrenos son completamente necesarios para el progreso personal del hombre. Agradezcan, pues, todo lo que el Padre celes-tiel les concede para vivir convenientemente. Es menester, sin embargo, que disciernan a la luz de la fe todas leo rosas que les llegan para usar de los bienes según !a voluntad de Dios y rechazar cuanto obstaculiza su misión». (PO 17).
- La imitación de Cristo pobre y las exigencias de la vocación misionera ¿qué grado de radicalidad en la pobreza me piden como misionero?
- ¿Sé armonizar en la práctica el máximo al que me impulsa el dinamismo de la pobreza con los mínimos que me exigen algunas normas?
- El haber experimentado las consecuencias de la pobreza ¿me ha hecho sentir más fuerte la dependencia de Dios o me he sentido tristemente limitado?
Oración:
«Oh Salvador de mi alma, concédenos la gracia de no querer tener ni poseer nada que no seas Tú. ¿No dice todo el clero: `Dominus pars heriditatis meae et calicis mei’? ¿Y no somos nosotros el clero…? Quiera su divina Majestad concedernos la gracia de amar este estado de pobreza, de observar fielmente las reglas que nos hablan de ella y de hacer todo lo posible a fin de ser ejemplo para la posteridad en la práctica de esta santa virtud tan recomendada por el Señor y que El sabrá recompensar generosamente. Amén». (XI 676-677).






