La convicción profunda del Señor Vicente, tanto para consigo mismo como para con aquellos y aquellas a quienes tuvo ocasión de guiar e iluminar, es que Dios quiere servirse de nosotros. El mejor empleo que podemos hacer de la existencia que nos ha dado, es dejarle disponer de nosotros a su albedrío. Esta convicción, la expresa él con la mayor frecuencia en función de la vocación sacerdotal o religiosa, pues es a los sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad a quienes se dirige habitualmente en la mayoría de las cartas y de las pláticas que han llegado hasta nosotros. Pero puede y debe iluminar todos los caminos: «Puede uno salvarse en cualquier vocación».
Resulta de ahí una admirable mezcla, singularmente equilibrada, de pesimismo y de optimismo; pesimismo a causa de los límites y de las flaquezas de los seres pecadores que todos somos, el Señor Vicente el primero, como gusta de repetir, tratándose públicamente de «miserable»; optimismo a causa de Dios, que es capaz de lograrlo todo mediante esos mismos límites, a condición de que aceptemos el ser accionados por él. De ahí que gane el optimismo: «Debéis redoblar vuestra confianza en Nuestro Señor, no considerándoos más que como un pobre instrumento, el cual, si no estuviese en manos de un obrero tan excelente, lo echaría todo a perder».
Pero para que así sea, son esenciales ciertas condiciones, que el santo incansablemente recuerda, al paso de los acontecimientos. La iniciativa corresponde a Dios; en cuanto a nosotros, no hemos de dejarnos guiar, ni por un espíritu de ambición, ni por un espíritu de defección. No debemos adelantarnos a Dios ni retroceder ante lo que pide de nosotros. En él encontramos fuerza y ternura: «Dios no es variable». «Tiene cuidado de nosotros; no debemos sino abandonarnos enteramente a su guía, como lo hace un niñito al cuidado de su madre».
La iniciativa corresponde a Dios
La iniciativa corresponde a Dios, y es cosa suya el disponer de nosotros a su albedrío: «Qué dicha, Señor, estar en los lugares donde Dios nos pone, y qué desgracia establecernos donde no nos llama».
Habría inconveniente en comportarse de otro modo, pues, entregados a nosotros mismos, ¿de qué somos capaces?
«¿Qué puede esperarse de la flaqueza del hombre, qué puede hacer la nada, el pecado?».
Pero si Dios dispone de nosotros, nada tenemos que temer: «Animo, Señor, id y poned de vuestra parte lo que podáis, y Dios hará el resto».
Esta disponibilidad en efecto hace del hombre «un instrumento muy propio para las obras de Dios». Y muy normalmente «Dios lo preferirá siempre a todos los demás obreros en los que no vea esta disposición e indiferencia para el cumplimiento de sus designios».
Dejémosle obrar conforme a su albedrío, que es siempre un albedrío de amor: «Dios nos destinó en tal tiempo para tales almas y no para otras».
La historia personal del Señor Vicente ilustra de manera chocante las convicciones que él expresa. Al fin de su dolorosa prueba de fe, había hallado la paz comprometiéndose a consagrar su vida al servicio de los pobres. Guardó su palabra: multiplicó las iniciativas más diversas para remediar las innumerables miserias de los confusos tiempos en que vivía, y puso a trabajar a todo el mundo: hombres y mujeres, grandes señoras y humildes campesinas.
Pero todo esto, hízose insensiblemente. Las grandes realizaciones no comienzan, bien modestamente por lo demás, más que hacia la cuarentena. Vicente parece esperar siempre por la lección de los acontecimientos para ponerse en movimiento. A veces se impacienta: Bourdoise, vehemente reformador del clero, le tratará de «gallina mojada». No es sin embargo una prudencia del todo humana la que le hace circunspecto, sino una actitud de fe: antes de lanzarse a una obra, quiere cerciorarse de que es de él de quien Dios quiere servirse para llevarla a cabo; él es instrumento, no quiere «adelantarse a la Providencia»: «Esta lengua que os habla no pidió jamás cosa alguna de las que ahora posee la Compañía. Es la disposición en que estoy, y en la de dejar hacer a la Providencia de Dios».
Para comprenderlo, hay que oírle contarnos el origen de las principales fundaciones.
Primero las Hijas de la Caridad: «La primera Caridad de señoras establecida en París por inspiración de Dios, es la de San Salvador».
Trátase de señoras de condición que el santo, según su costumbre, había puesto al servicio de los pobres, pero que tenían escasas aptitudes para el cuidado de los humildes.
«Por aquel tiempo tuvo una pobre chica de Suresnes la idea de instruir a los pobres. Había aprendido a leer mientras guardaba las vacas. Cuando supo, fue a vivir a cinco o seis leguas de París. Allá fuimos a dar la misión; se confesó conmigo y me comunicó su plan. Cuando hubimos establecido allí la Caridad, se aficionó tanto a ella, que me dijo:
—«Desearía mucho servir a los pobres de esta manera». «Por aquel tiempo, las Damas de la Caridad de San Salvador, como eran de condición, buscaban una chica que quisiera llevar la cazuela a los enfermos. Vino, pues, esta pobre chica a ver a la Señorita Legras, y se le preguntó lo que sabía, de dónde era, si quería servir a los pobres. Ella aceptó de grado.
Vino, pues, a San Salvador. Se le enseñó a administrar remedios y a prestar todos los servicios necesarios, y lo hizo con mucho éxito».
Así es como se dio comienzo a las Hijas de la Caridad.
«Ved, hermanas mías, cómo ocurrió eso. No se había pensado en ello. Así es como comienzan las obras de Dios; se hacen sin que se piense en ellas. Esta pobre chica se vio empujada por ese camino en su temprana edad. Quedamos tan contentos de ella, que admitimos a otras que vinieron a ofrecerse e hicieron otro tanto. He ahí, hermanas mías, cómo ha hecho Dios esta obra. La Señorita no pensaba en ella. El Señor Portail y yo no pensábamos en ella, ni menos aquella pobre chica. Ahora, hay que confesar, tal es la regla dada por san Agustín, que, cuando no se ve al autor de una obra, es Dios mismo quien la hace. Dios comenzó esta obra; es por tanto suya».
Fue en el marco de una misión, poco después de 1630, como nació esta obra. Habíale precedido en 1625 la fundación de la congregación de la Misión.
Ya ahí, como gustaba de recordarlo el Señor Vicente al atardecer de su vida, habíanse hecho las cosas por sí mismas, «sin que se pensara en ellas». Todo comenzó en 1617. Es él entonces preceptor en la familia de los Gondi. Este ministerio, que parece restringir abusivamente su servicio sacerdotal, va a convertirse, por el contrario, en ocasión de que lo extienda. Cuando los Gondi van a sus mansiones de provincias, gusta Vicente de establecer contacto con los aldeanos, ya que se ha consagrado al servicio de los pobres. Un día se le llama para que vaya a confesar a un pobre hombre, enfermo de gravedad, que pasaba por hombre de bien; estaba sin embargo cargado de pecados que nunca se había atrevido a manifestar en la confesión; «él mismo lo declara a voz en cuello después» en presencia de la Señora de Gondi: «¡Señora! Me hubiese condenado sin esta confesión general por causa de varios pecados graves de los que nunca me había atrevido a confesarme». Ella se vuelve entonces a su capellán: «¡Ah!, ¡Señor! ¿Qué es eso? Lo mismo ocurre sin duda con la mayoría de la pobre gente. ¡Ah! ¡Señor Vicente! ¡Cuántas almas se pierden! ¿Cómo remediarlo?». Y, a petición de esta señora, el 25 de enero de 1617, predica «un sermón en la iglesia de Folleville exhortando a los vecinos a la confesión general». Lo que comienza aquel día, no cesará de desarrollarse:
«Dios bendijo tanto este sermón, que todos los vecinos del lugar hicieron a continuación confesión general, y en tal afluencia, que fue preciso que vinieran dos padres jesuitas para ayudarme a confesar, predicar y catequizar; lo que fue causa de que se prosiguiera la misma práctica en las demás parroquias de las tierras de dicha señora durante varios años, la cual quiso finalmente sostener a algunos sacerdotes que continuasen misionando, y puso a disposición nuestra el colegio des Bons-Enfants, al cual nos retiramos el Señor Portail y yo, tomando con nosotros a otro sacerdote al que dábamos cincuenta escudos por año. Al salir, dábamos la llave a algún vecino, o le rogábamos fuese a pasar la noche en casa. A todo esto, no predicaba yo más que un único sermón en todas partes, adaptándolo de mil maneras, que versaba sobre el temor de Dios».
El anciano en que para entonces se ha convertido, se asombra y maravilla: «Eso es lo que hacíamos nosotros, mientras Dios hacía aquello que desde toda la eternidad tenía previsto. Bendijo no poco nuestros trabajos; visto lo cual, se nos juntaron algunos buenos eclesiásticos y pidieron estar con nosotros. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador! ¿Quién hubiese jamás pensado que aquello llegaría al estado en que ahora se encuentra? Si alguien entonces me lo hubiese dicho, hubiese yo creído que se burlaba de mí, y sin embargo así era como quería Dios dar comienzo a lo que veis. ¡Bien, pues! Señores, hermanos, ¿llamaréis humano a aquello en lo que nunca nadie pensó? Pues ni yo ni el pobre Señor Portail pensábamos en ello; ¡qué habíamos de pensar, bien lejos estábamos de ello!
¿Habíamos pensado, por ejemplo, alguna vez en los ministerios que la Compañía ejerce para con los ordenan-dos? Jamás se nos había pasado por las mientes. ¿Habíamos jamás pensado en la cofradía de la Caridad? ¿Cómo llegamos a ocuparnos de los pobres niños abandonados? No sé cómo se hizo todo eso; en cuanto a mí, no sabría decirlo. Ahí está el Señor Portail que puede seros testigo de cómo en nada pensábamos menos que en todo eso.
Y las prácticas de la Comunidad ¿cómo se introdujeron? Lo mismo, poco a poco y sin que yo sepa cómo.
Las conferencias, por ejemplo; puede que sea ésta la última que os dé: no nos las figurábamos. Y la repetición de oración, cosa antes inaudita en la Iglesia de Dios, ¿cómo tuvimos esa idea? Tampoco lo sé. Eso se hizo todo como por sí mismo, poco a poco, lo uno después de lo otro».
No adelantarse a la Providencia
Es, pues, apoyándose en la experiencia de toda una vida vivida por Dios, como el Señor Vicente nos ilumina sobre la manera de hacernos nosotros también buenos instrumentos de Dios: «El bien que Dios quiere, se hace como por sí mismo sin que se piense en él. Sed paciente más bien que agente, y Dios hará así por vos solo lo que los hombres juntos no podrían hacer sin él».
Hacer en el instante actual lo que Dios pide de nosotros en ese instante, sin pretender adelantársele; todo lo demás es afán perdido. No cesa de repetírselo a un corresponsal siempre demasiado presto a emprender algo: «Creo que los asuntos de Dios se hacen poco a poco, y que su espíritu no es violento ni tormentoso». «En nombre de Dios, Señor, apartad de vuestros cuidados las cosas ausentes y remotas y que no os atañen. La gracia tiene sus momentos. Abandonémonos a la Providencia de Dios y guardémonos mucho de adelantarnos a ella».
Nueva insistencia ante una iniciativa a todas luces demasiado humana: «¡Oh, no, Señor, no hay que pensar en ello ni debéis ir tan de prisa! Las obras de Dios no avanzan de esa manera, se hacen por sí mismas; y las que él no hace se acaban muy pronto».
Y todavía algunas semanas después: «Ya os he dicho otras veces, Señor, que las cosas de Dios se hacen por sí mismas y que la verdadera sabiduría consiste en seguir a la Providencia paso a paso. Y convenceos de una máxima que parece paradójica, que en las cosas de Dios, el que se apresura retrocede».
No es sólo en la dirección de una vida donde hay que guardarse de tomar la delantera a la Providencia, es ya en la orientación primera de la propia existencia. Acordándose sin duda de las miras demasiado interesadas que habían marcado la orientación de su vida en un principio, el Señor Vicente da aquí consejos muy simples: ni ansiar ni desistir. Así podemos ser instrumentos en las manos de Dios. Estos consejos, los da él habitualmente para que iluminen una vocación sacerdotal o religiosa; se acomoda a la condición de aquellos a quienes se dirige. Pero es sin duda posible sacar de ahí provecho para iluminar modos de vida.







