Pobres de Espíritu

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1985 · Fuente: CEME.
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asd«He aprendido a arreglarme en toda circunstancia: sé vi­vir en estrechez y sé tener abundancia; ninguna situa­ción tiene secretos para mí, ni estar harto, ni pasar ham­bre, ni tener de sobra, ni pasar falta; para todo me siento con fuerzas, gracias al que me robustece. Con todo, me habéis hecho un favor al tomar como vuestra mi dificultad». (Fil 4,11-14).

«En el uso y disposición de los bienes es necesario, por razón del voto, contar con el permiso del Superior, según las Constituciones y Estatu­tos. Ahora bien, para vivir el espíritu de pobreza no basta con el permiso del Su­perior, sino que es necesa­rio que cada uno pondere qué es lo más propio y más conforme a nuestra vida y ministerio, según el espíritu de nuestro Fundador, expre­sado en las Reglas Comunes».

(C 34).

La pobreza del misionero está orientada a la misión (RC III 2), pero también pide la dependencia del Su­perior (RC III 3,6,8,10). Siempre, sin embargo, será necesario el discernimiento a la luz del espíritu de po­breza.

1. «¿En qué consiste la pobreza?».

La pobreza es renuncia de los bienes externos e in­ternos como son el propio juicio y la propia voluntad (XI 651). La renuncia se extiende también al afecto de los bienes y al apego de los mismos.

«La pobreza es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra, por amor de Dios y para servirle mejor y cuidar de nuestra salvación; es una renuncia, un desprendimiento, un abandono, una abnegación. Esa renuncia es exterior e interior, no solamente exterior. No sólo hay que renunciar externamente a los bienes; es preciso que esa renuncia sea interior, que parta del corazón. Junto con los bienes hay que dejar también el apego y el afecto a esos bienes, no tener el más mínimo amor a los bienes perecederos de este mundo. Renunciar externamente a los bienes, conservando el deseo de tenerlos, es no hacer nada, es burlarse y quedarse con lo mejor. Dios pide principalmente el corazón, el corazón, que es lo principal. ¿De dónde viene que uno que carece de bienes merezca más que el que teniendo gran­des posesiones renuncia a ellas? De que el que no tiene nada, va con más afecto; y eso es lo que Dios quiere especialmente, como vemos en los apóstoles». (XI 156).

2. «El espíritu de pobreza es espíritu de Dios».

El espíritu de pobreza es el que tiene la primacía. Sin él, toda práctica de la pobreza no tiene sentido, sería algo negativo. Para San Vicente, el espíritu de pobreza es espíritu de Dios:

«Si, el espíritu de pobreza es espíritu de Dios; por­que despreciar lo que Dios desprecia y estimar lo que él estima, buscar lo que él aprueba y aficionarse a lo que él ama, es tener el espíritu de Dios, que no es otra cosa que tener los mismos deseos y afectos que Dios, entrar en los sentimientos de Dios. Y ese es el espíritu de Dios: amar, como él y los suyos, la pobreza a la que se opone el espíritu del mundo, ese espíritu de propie­dad y de comodidad que busca la satisfacción propia, ese espíritu de apego a las cosas de la tierra, ese espíritu de anticristo, sí, de anticristo, no ya de ese anticristo que ha de venir un poco antes de nuestro Señor, sino ese espíritu de riquezas opuesto a Dios, de esas máximas contrarias a las que ha enseñado el hijo de Dios». (XI 140-141).

3. «No basta estar sometido a los Superiores».

La pobreza-dependencia requiere someterse a la decisión de los superiores en el uso y disposición de los bienes (c. 600), pero no basta, es preciso que los Misioneros sean real y espiritualmente pobres. Se requiere un discernimiento a la luz del espíritu de pobreza. Este espíritu guiará al Superior en la concesión del permiso y también dará valor espiritual al hecho de pedirlo. Me­ditemos lo que Pablo VI dice sobre el uso de los bie­nes de este mundo por parte de los religiosos, que vale también para nosotros:

«En una civilización y en un mundo que se distinguen por el prodigioso crecimiento, casi infinito, de lo mate­rial ¿qué testimonio puede dar el religioso que se deje arrastrar por el ansia desenfrenada de la propia comodi­dad o encontrase normal permitirse, sin discernimiento y moderación, todo lo que se le ofrece? Mientras, para muchos, ha aumentado el peligro de ser atrapados por la seguridad que da el poseer, el saber y el poder, la llamada de Dios os pone en lo vivo de la conciencia el que recordéis a los hombres que el verdadero y com­pleto progreso consiste en responder a la vocación pro­pia de participar como hijos en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres». (ET 19).

  • ¿Aprecio el valor de dependencia que lleva con­sigo la pobreza?
  • Veo el permiso como el complemento del dis­cernimiento previo personal?
  • Aunque por norma no esté obligado a pedir al­gunos permisos ¿procuro, para cumplir mejor la pobreza-dependencia, pedir el parecer del Su­perior o de otro que me dé seguridad en mi dis­cernimiento?

Oración:

«Dulce Salvador, concédenos el espíritu de pobreza por el que sólo te busquemos a ti. Ese espíritu viene de ti, de­pende de ti; dánoslo, pues te lo suplicamos con toda hu­mildad… Sabemos, Señor, que si lo tenemos, lo tendremos todo; si morimos en ese espíritu, seremos bienaventurados. ¡Qué honor, qué dicha y qué gloria morir como murió el Hijo de Dios! Así es como moriremos, si vivimos en el espíritu de pobreza. Lo esperamos de tu infinita bondad. Amén». (XI 142).

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