«Pedro»…»Pedro». Y Pedro no me contesta. «Si no hace 20 minutos que hemos estado hablando con toda normalidad». Así sucede frecuentemente, se nos acaba de señalar en alguna de las lecturas del Adviento: A la hora que menos penséis, vendrá el Hijo del Hombre.
Inmediatamente (9 de diciembre de 2014), envié un correo electrónico a la Curia de Roma. En él, se podía leer una pequeña biografía de él. Con dolor emocionado, añadía:
El Hno. Pedro-Rocío, a lo largo de su vida, pasó por varias de nuestras casas (Cuenca, Salamanca, Hortaleza, Andújar y Casa Provincial de Madrid).
Sus oficios fueron: zapatero, chofer, fontanero, jardinero y encuadernador. En todas las Comunidades fue muy apreciado por su carácter afable y bondadoso. Estimado, querido, muy querido, por todos.
«Bálsamo de Comunidades», oí comentar poco después a alguno. Esto explica que sus amistades fueran muchas, tanto de dentro como de fuera. Prueba de ello es el gran número de veces que sonaba su teléfono. «Bórrame los mensajes y llamadas», me decía semanalmente. Y yo, correspondiendo a su franca y agradecida sonrisa, le respondía, tras eliminarlos: «Pedro, tienes más llamadas que un ministro».
El que esto escribe tuvo el gusto de conocerlo en Santa Marta de Tormes. Corría, muy avanzado, el año 1963. Cada semana, ejerciendo yo de «pobreza» durante algún tiempo en el Seminario teológico, ingresaba en la zapatería medio saco de zapatos maltratados. Nunca el Hermano Pedro me puso el menor reparo. «Ya tengo para distraerme algunas horas», comentaba sonriente.
Pero el oficio que mejor dominaba era el de chofer. No en balde guardaba orgulloso, aunque en secreto, su carnet de 1ª especial. No lo pregonaba, pero se notaba en los múltiples viajes que realizó.
Viajes de trabajo (por aceite y vi no, a Esquivias; por garbanzos y melones, a Valdemoro; por frutas y verduras, a Torrejón). Y todo, tras pedir al Superior del Colegio los pertinentes permisos para ponerse al servicio del Seminario… No dudo de que varios seminaristas de entonces, moradores en el «Mar Báltico» y hoy sacerdotes, se lo pagarán con oraciones. También fueron muchas las veces que, conducidos sabiamente por él, gozamos de la vida del campo, o visitamos diversas ciudades, en viajes de fraternal distracción y de formación artística. Como es lógico, también tenía sus despistes: En el recuerdo bonus dormitat Homerus. Recuerdo aquella ocasión en que le dio el «alto» la policía. Pedro, al contrario que el apóstol, confesó y no negó: «Ciertamente, he pisado un poquito la línea continua». Le pidieron el carnet. «Siga, siga, le dijo el Agente, pero ¿cómo puede usted come ter tal infracción con semejante permiso?» La sinceridad del Hermano, el reconocimiento de su falta, le libró una vez más del justo castigo.
Pedro Rocío era un hombre bueno por naturaleza. Como diría Machado de sí mismo, «soy, en el buen sentido de la palabra, bueno». Y si el autor de «Campos de Castilla» no quiere hacer un amplio recordatorio de su vida, yo, por el contrario, como están viendo, sí pretendo recordar, para edificación de todos, algunos casos de la vida de nuestro compañero. «En cierta ocasión, cuenta él con detalle y gracia, hallándome en el ́noviciado ́ allá en mi fría y robusta Cuenca, por entregar una barra de pan a un estudiante necesitado, casi me expulsan del Seminario». Y es que lo hizo, pásmense ustedes, por medio de una cuerda a la cual sujetó la preciosa presa. Algo llegó a imaginarse el P. Director.
Pero… no insistió demasiado en sus pesquisas. También aquí, en este inocente ardid, se manifiesta lo que estamos diciendo: que Pedro tenía un corazón grande y compasivo. Por todos los poros de su cuerpo y de su alma, se manifiesta su sentido de compasión y su bonhomía. Todo ello mamado a los pechos de sus padres y crecido al calor de todo un entorno familiar. No hay más que conocer a Salvador, el menor de los hermanos, para hacerse cargo de lo dicho.
Bonhomía, sí, pero Pedro era algo más. El Hermano era, ante todo, un buen «paúl». Fiel cumplidor de los diversos actos de piedad. «Mira, Nicolás, me decía en las ocasiones en que me hallaba en su habitación tratando de solucionar alguno de sus múltiples problemas informáticos, déjalo para otro momento, que es ya la hora del Rosario». No digamos si de lo que se trataba era de llegar puntualmente a la Eucaristía.
El Hermano Pedro, como venimos diciendo, era un hombre bondadoso, sencillo, religioso. Y no quiero dejar pasar otra nota característica suya: la capacidad de sufrimiento. En el sufrimiento y en el dolor, fue un verdadero modelo. Y a la verdad que fue bien probado. Con qué resignación y paciencia soportó tantas largas y dolorosas enfermedades.
No hay más que hablar con médicos y enfermeras, tanto de la Clínica como de nuestra Enfermería, para corroborar nuestro aserto. Su lema, me decía una de las enfermeras, era molestar lo menos posible.
Tampoco el humor y el divertimiento le eran ajenos. Lo prueba ese gusto por viajar y conocer nuevas tierras y ciudades. Lo pude palpar en varias ocasiones: En Santiago de Compostela, en Sevilla, en Guadalupe, en Turquía… Turquía. ¿Recuerdas, Pedro, aquel gorro moruno, cuajado de falsa pedrería, que compramos pensando en el «día de inocentes» y en la noche última del año? Alguno, con humor, querrá fijarse en uno de tus defectos (que algunos también había). Dirá, para ello, que parecías dióptrico en el momento de juzgar a tu querido Real Madrid. Y tú, desde las alturas, te sonreirás de nuevo a tu manera.
Pedro, te oí confesar varias veces que no tenías muchos estudios. Ciertamente, carecías de profundos estudios teológicos y teorías morales. Pero estoy seguro de que el último y más transcendental examen, el examen final, lo has superado con buena nota, si no con «matrícula de honor».
«¡Pedro!»… «¡Pedro!»…»¿Me has remitido un mensaje?». Bueno, bueno, pues será el otro Pedro, el portero del cielo. El caso es que estoy leyendo en mi móvil: He peleado la buena batalla, he terminado la buena carrera, he guardado la fe.







